viernes, 31 de enero de 2020

Orientación para la vida a la hora de la siesta

Todo el barrio le decía Doña Betty, sin saber cuanto le molestaba. En realidad era Petty, diminutivo de Petronila. Orgullosa matriarca de una familia numerosa del conurbano.
Casa sencilla de clase obrera. Viuda severa, vecina noble. Su marido se la trajo de su Chaco natal hace tanto que nadie se acuerda si hubo un antes. Se vinieron con una mano atrás y la otra también, porque venían con el culo al aire tratando de ganarle a la pobreza. Pero Don Justo era un poco como la madera que sabía trabajar y merced a su trabajo de carpintero empezó a forjarse un porvenir a golpe de martillo y guiso carrero.
Doña Petty y su olla de hierro negro, esa de tres patas fue el poema culinario del barrio y cuando a alguien le picaba el bagre, cuando llegaba el hambre a hacer cosquillas, ella les abría la puerta a todos, hasta que llegaba Don Justo a la noche e invertía el proceso, echándolos.
Así se fue formando la familia Morales. Fueron seis hijos varones y una sola mujer.

─Mucho músculo y poco seso ─dijo aquella vez cuando se despertó de la siesta Doña Petty y los vio tomando mate a los siete a la sombra de la parra...y cuanta razón tuvo.

 Pero la carpintería creció más allá del esfuerzo de Don Justo, que se fue de este mundo una noche mientras lijaba una mesa. Los seis varones habían aprendido el oficio temprano. Y lo continuaron hasta hacer de ese establecimiento familiar uno de los más conocidos de la zona. Y llegó finalmente la oportunidad. Una importante fábrica de muebles que empezaba a expandirse en el país hizo un trato con ellos. Querían una cantidad importante de productos que estaba por encima de las posibilidades de la carpintería de los hermanos. Así que la familia se sentó a negociar la posibilidad de tomar un préstamo, uno de esos que obligan a que la gente se siente a pensarlo bien. Claro que Doña Petty veía que la carpíntería venía trabajando poco y nada. De golpe aparecía esta oportunidad que hacía ilusionar a todos.

─Cuando la limosna es grande...─dijo nada más, cuando se levantó de la siesta.

Ernestina tampoco veía con buenos ojos meterse en deudas en un momento así. Era el cerebro con pollera y la única que estudiaba. La economía del país se había estancado. Había que sostener un ritmo de trabajo que obligaba a adquirir un local más grande y quizás ayudantes además de comprar mucha madera extra. Pero era la menor de los hermanos y mujer. 
Los seis varones, monolíticamente, se mostraron partidarios de sacar el préstamo cuanto antes. Y así fue como se hizo. Ese septiembre los encontró trabajando para entregar la primera parte del pedido. Para noviembre ya habían entregado la mitad de lo acordado cuando repentinamente los dueños de la fábrica de muebles dejaron de atender el teléfono. Sólo tuvo que pasar un mes para que entendieran, ya que en diciembre de 2001 ya no había pedido, ni muebles, ni una importante fábrica en expansión.
Lo que si había quedado era un préstamo impagable y deudas por doquier.
De incipientes empresarios pasaron a ser desocupados los hijos de Doña Petty. Lo único que pudieron salvar fue la casa para que todos mantuvieran un techo sobre sus cabezas. Claro que debajo de él tenían que convivir con su madre y hermana. Que a partir de ese momento pasaron a tomar las decisiones importantes de la familia. No se alzaron voces disconformes. Ese día la matriarca decidió que si quería encausar el destino de la familia, tenía que ser como su finado marido y la madera. Golpe seco y ubicado. Ya no daría demasiados rodeos para decir las cosas. Antes le preocupaban mucho los sentimientos ajenos pero ahora entendía cierta impiedad presente en Don Justo. Por algo la sentencia del juez llega cuando el martillo golpea. Lo amargo es mejor tragarlo de una vez.
Un día se levantó de la siesta y vio a Juan, el menor de los varones, tomando vino en la esquina. Había empezado con algunos vicios demasiado temprano. Lo fue a buscar y lo llevó de la oreja esa misma tarde al taller de Don Enrique y lo puso de ayudante del mecánico del barrio.

─Doña Betty, ¿de que me va a servir acá?...no tengo como para pagar un sueldo.

─Enséñele el oficio nomás. Lo que menos necesita ahora es plata en el bolsillo. ─Dijo y le echó una mirada desafiante a su hijo. El hijo entró y tuvo que tomarle cariño a los fierros a la fuerza.

Después de unos meses de hacer changas encaró al resto de los hijos, como siempre, al levantarse de un sueño reparador.
 
─Se ponen de acuerdo y juntan plata para comprar un auto. Se van a turnar para manejarlo así no para de trabajar. ¿Entendido? 

Ni una voz se alzó para cuestionar el mandato, ni siquiera Ismael, el mayor.

Así fue que empezaron a trabajar en una remisería donde siempre había un hermano disponible para hacer viajes. Y si el auto se rompía se llamaba a Juan para que lo mirara. Con el tiempo Ernestina empezó a organizar la agenda de la agencia y no faltaron las malas lenguas que señalaban lo seguido que le salían los viajes a sus hermanos. Pronto fueron dos los autos y la remisería pasó a ser prácticamente de los Morales. Lo que no era poco.
Así pudo la familia sobrevivir el trance de perderlo todo. Y así fue como Doña Petty empezó a ser escuchada con veneración. Por sus hijos y cuando el barrio vio que la familia caída en desgracia resurgía, también por los vecinos, que a veces la molestaban a la hora de la siesta, para pedirle algún consejo. A esa hora estaba sola en la casa, lo que al ojo ajeno significaba disponible. Todo empezaba con los ladridos de Títán avisando que alguien merodeaba la vereda.

Así fue como le dijo a Norma Bustamante que deje de una vez sus amoríos con el almacenero y volviera con Fermín. Su abnegado marido.

─El muchacho del almacén no te conviene. ─Le dijo sin demasiada ceremonia. ─Volvé con tu marido antes de que lo agarre la ex.

La impresión de Norma fue grande cuando volvió a su casa y vio a su marido arreglado y perfumado saliendo apurado. Allí mismo en la vereda la vecina salvó su matrimonio al darse una oportunidad con Fermín. Nadie supo si esa tarde iba a visitar a su ex o si realmente tenía un cumpleaños como él juraba, la cuestión es que Norma actuó basada en las palabras de Doña Petty. Desde ese día la pareja sigue unida y planea sacar un crédito para arreglar la casa. También empezó a hacer correr el rumor de las virtudes de Doña Betty, como le decían todos.
 Claro que la magia de Doña Petty era no revelar sus trucos. Norma Bustamante salía con el almacenero que acusaba muchas menos primaveras que ella y era bastante buenmozo. Pero de almacenes el muchacho sabía poco y nada. Nadie tenía el azúcar, la yerba y los fideos tan caros como él. Hasta los chinos entienden que eso no se puede remarcar tanto. Si no entendía su oficio, menos iba a entender de relaciones. Además tenía la costumbre de ir por mujeres mayores que él, ya comprometidas. Señal de que no iba a formalizar nunca aquellos vínculos. Y Doña Norma estaba casada con un hombre trabajador por demás, que venía de una relación bastante tormentosa con una vecina del barrio, que no se rendía en su afán de recuperarlo. Al bueno de Fermín lo único que le interesaba era estar tranquilo así que se lo podía contentar con poco.
Lo otro que catapultó la fama barrial de Doña Petty fue el asunto del hijo de la Zulma. Un día empezó con dolor de estómago al mediodía y para la tarde ya estaba en un grito. Tenía como ocho años y era un nene tranquilo. Nunca lo habían visto tan pálido y descompuesto. Zulma entró en crísis demasiado rápido. Había tenido un tío que se murió después de comer. Una torsión intestinal, fruto de una operación previa. Ella nunca se pudo olvidar de ese domingo y temía que la torsión fuese una especie de maldición familiar. Todo el barrio se movilizó a la salita con la madre a la cabeza con el diagnóstico fijo. Claro que el pediatra podía intentar convencer a una madre desesperada de lo que podía ser simplemente un dolor abdominal pero cuando eran veinte personas vociferando no había espacio para las explicaciones médicas. Recomendó llevar al nene a un hospital, dejando que otros lidien con la turba enfurecida. En el camino pasaron por la puerta de Doña Petty. Ya habían ido a buscar un auto para llevarse al nene pero Norma Bustamante dijo que había que presentarselo a la Betty que era medio milagrosa. Y así fue que la madre entró con el niño en brazos, hecha un mar de lágrimas.

 ─Doña Betty, por qué no me lo mira al Lucas, mire como está...

Petronila podía no tener poderes pero la remera del nene todavía tenía rastros de una salsa por demás grasosa que tenía el aroma inconfundible del chorizo a la pomarola, en pleno verano. Comprados seguramente en esa carnicería de la vuelta, la que tenía fama de lavar la carne mala a la noche para volver a venderla por la mañana. El chorizo se hacía con los restos. dos más dos...

─¿Es de vomitar? ─fue todo lo que preguntó.

─No Betty, casi nunca.

Así que Doña Petty se limpió la mano con el delantal y le metió los dedos por la garganta. Lo puso de costado y lo acomodó esperando la explosión.

─Alcanzame el balde ─le pidió a la Zulma. Que llegó justo a tiempo para ver que debía cambiar de carnicero.

El nene recuperó el color enseguida luego de sacarse de encima esa dudosa receta. Zulma aún tenía la orden médica que decía "posible torsión" hecha por un médico, amenazado, pero médico al fín. Había que zanjar el asunto de alguna manera sin que su buen nombre y honor quedara lesionado, además de tener que lidiar con la turba enfurecida que la esperaba afuera. Así que la historia oficial reza que Doña Betty curó milagrosamente la torsión con unos extraños gestos. Con la simple imposición de manos, o en su defecto, los dedos, le acomodó las tripas al niño. No cabía otra explicación. Una santa había nacido en Barrio La Esperanza.

─Dale un tecito a la noche pero no le cargues el estómago ─fue todo lo que le dijo al despedirse.

Pero Doña Petty había notado algo en la cara de los presentes que la puso nerviosa. Cerró la puerta con la sensación de que su apacible vida iba a cambiar de golpe. Esa sensación de antes, como le pasaba antes cuando llegaban a su puerta con cara de hambre. Porque cada uno que la miraba estaba pensando en que petición traerle a la vecina milagrosa.

Ernestina, que había presenciado todo la miró por un rato. Estaba sacando cuentas. También tenía esa mirada. Y la siguiente mañana cuando fue a la verdulería y Don Sixto le regaló un kilo de naranjas junto con lo que llevaba, también tenía esa mirada. Ya no dejaría de notarla cuando se empezó a juntar gente en la puerta cada mediodía.
Así como había compartido el guiso carrero con el barrio en otras épocas, ahora compartía algo que para ella no tenía nada de milagroso y si mucho de observación. ¿Pero como explicarlo?
Hasta el cura de la parroquia la visitaba esperando ver si tenía que preocuparse de que alguna sucursal de la divinidad viniera a hacerle competencia. Decían que tenía visiones en sueños, así que todos esperaban a la hora de la siesta para saber si había revelaciones. ¿Cambiar el auto o pintar la casa? ¿poner un kiosko con la indemnización? ¿abogado o contador? ¿Ana o Silvia?
Todo el mundo venía a consultarle las grandes o no tanto, decisiones que debía afrontar.
El problema eran las dolencias físicas, los cuadros terminales, los desesperados.
¿Cómo explicar que ella no podía curarlos? ¿Cómo convencerlos de que todo aquello eran exageraciones?
Un día apareció alguien con una silla de ruedas. Traía a una mujer con mal semblante. Pálida y ojerosa. Se puso a gritar en la puerta reclamando que Doña Petty lo recibiera. Que le daba todo lo que tenía con tal de que ayude a su mujer. Doña Petty se cansó de escucharlo. Se tuvo que levantar de la siesta a recibirlos. Hizo entrar primero a la mujer dejando el hombre al sol para que se calmara un poco. Aún de malos modos no tuvo más opción que aceptar las condiciones.
La mujer parecía avergonzada por el comportamiento de su marido.

─Le pido mil perdones señora. Fue idea de él.

─¿Y que le anda pasando a usted? eso si me quiere contar...

─Estoy muy enferma, y muy cansada de estar enferma señora. A esta alturas ya no quiero seguir así.
Yo no creo mucho en estas cosas, no se ofenda.

─Yo tampoco creo, pero se me junta gente afuera todas las tardes igual. ─dijo con resignación ─Se ve que la quiere mucho su marido, está desesperado.

La señora hizo una mueca amarga y negó con la cabeza.

─Es la culpa. Fue un pésimo esposo. Hasta hace poco me maltrataba, me engañaba y después esto. ─dijo señalando la silla ─Siente todo como un castigo. Yo ya estoy tan cansada que dejé el tratamiento. A veces hay que dejar que las cosas pasen señora.

Doña Petty la miró fijo. Se dio cuenta de que si hubiera una posibilidad remota de curarse, la mujer no estaba interesada en conocerla. Le puso la mano en el hombro y le dedicó una última mirada, luego la llevó para afuera.

─Llevela a su casa y téngala cómoda. ─Le dijo al marido, que no ocultaba su pesar ─A veces las cosas son como son. Ella no le guarda rencor. Sólo está cansada de estar así.

Los vio irse despacio por la vereda. Doña Petty sabía que no le iba a dar el corazón para seguir haciendo eso. Entró tan amargada a la casa que Ernestina se dio cuenta y la abrazó.
Al día siguiente otra vez hubo gente en la puerta. Doña Petty salió dispuesta a echarlos a todos pero Ismael, su hijo mayor se le había adelantado.

─... no puede andar preocupándose por todo, está grande, por favor, no sabemos de donde salió eso que dicen. Ella puede ayudarlos hablando o escuchando pero no puede curarlos...─

Doña Petty creyó que eso pondría fin a los malos entendidos, así que se acostó de nuevo. Quizás hubiera sido más atinado esperar a que su hijo terminara de hablar.

─...ella está pasando algunas privaciones así que espera que aunque no les cobre ustedes le traigan donaciones, a voluntad por supuesto...─

Al otro día a Doña Petty le pareció raro que sus hijos estuvieran acomodando mercadería en la cocina, pero tuvo la ilusión de que, finalmente, estaban aprendiendo a ser previsores.
Por la tarde sus hijos estaban todos en la casa, otra cosa que le pareció extraña. La ayudaban a atender a la gente que llegaba. A Petronila le sorprendió que fueran tantos.

De un día para el otro casi que no la dejaban hacer nada en su propia casa. Todo era esperar la siesta y tratar de mediar con la gente que empezaba a llegar. Para cuando se levantaba a poner la pava ya estaban sus hijos esperándola con el desayuno. Tampoco salía demasiado, sólo para hacer las compras para la comida pero había tanto en las alacenas y estaban tan dispuestos a ir por ella que se dejó estar por un tiempo. La única que ponía cara extraña era su hija, los demás parecían tan contentos que asustaban. Eran malos para mentir como todos los hombres pensó para sus adentros sin decir nada, pero en cuanto se descuidaron agarró su bolsa de los mandados y se fue a hacer las compras.
El intrincado ecosistema del barrio le brindaba muchas posibilidades pero la verdulería de Irma era el lugar más jugoso. Buscaba las lenguas más filosas del distrito y tuvo la suerte de encontrarse con Juana, la vendedora de Avon.

─Doña Betty tanto tiempo─primerió la empresaria barrial ─No sabía si la íbamos a volver a ver...digo....con su nuevo negocio. No se demore mucho que ya le va a llegar la gente ─dijo con una sonrisa maliciosa y pagó su kilo de papas. Petronila la vio alejarse satisfecha y miró intrigada a Irma.

─No le haga caso Doña Betty, se va a caer en su maldad un día y nadie la va a querer sacar.

─¿Usted sabe algo Irma? ─preguntó inocente mientras se elegía unos tomates.

─Acá los chismes son gratis, sabe como es...

─Son gratis pero alguien siempre paga. Cóbreme.

Irma se quedó callada. Petronila era una mujer honrada que había sacado a su familia adelante. No había querido creer en las pavadas que se estaban diciendo aunque nadie ponía las manos en el fuego por los hijos. Sólo los menores trabajaban seguido y la nena estudiaba.

─No puedo decir nada de usted Doña Betty y no es correcto hablar mal de la familia de alguien, tome su vuelto.

Se despidieron después del mensaje cifrado. Petronila disfrutó del sol de la mañana en la placita del barrio. No había apuro por volver. No hay que ir corriendo a buscar las amarguras, llegan solas, pensó para sus adentros. Pasó por la carnicería y compró huesos para Titán.Y con eso lo distrajo para que no ladre. Pasó por el pasillo y se fue para el fondo donde Ismael tenía su pieza aparte. Sabía que iban a estar todos en el frente. Le bastó con abrir la puerta para ver el botín acumulado. Cosas apiladas. Había dos televisores y electrodomésticos por todas partes, también ropa. De marca y sin estrenar, esa que le gustaba al mayor de sus hijos. También había una lista pegada en la pared con nombres y horarios. Todos después del mediodía. Se chocó con una de las tantas cajas y asomaron las medallitas de la Virgen de Luján en cantidad. Sintió que el pecho le ardía un poco y la cabeza le empezó a doler, pero no dijo nada. Volvió a la vereda y entró a su casa como si recién hubiera llegado. Los encontró discutiendo pero todo acabó apenas abrió la puerta. El mayor, Ismael, fue el que tomo la iniciativa en el asunto.

─¿Cómo se va a ir así mamá? estábamos con el corazón en la boca.

─¿No puedo ir a comprar ahora? ¿qué les pasa?

─Hay de todo acá, y si necesita algo mamá me dice y yo se lo compro ¿me entendió?

Petronila barrió la sala con la mirada pero todos la evitaron. Había miedo y un silencio sepulcral. Había cosas en Ismael que reconoció de su finado marido. Un hombre duro y violento, no muy amigo de las explicaciones o los cuestionamientos. La fruta no cae lejos del árbol pensó para sus adentros. Él se acercó para tomarla del brazo y ella lo paró con la mirada, la mayoría de los presentes se revolvió inquieto.

─Vaya a descansar mamá, yo le aviso cuando está la comida. ─se limitó a decir mientras ella se iba a su cuarto. Pasó por la pieza de Ernestina, la única ausente en la sala. La encontró acomodando fajos de billetes en su cama con los ojos llorosos. Cuando se dio cuenta que su madre la miraba casi pidió perdón con la mirada. Petronila le sonrió y negó con la cabeza tratando de aliviarla. Luego  fue a su pieza y se recostó. Sentía el mismo dolor de cabeza de hace un rato y ese ardor en el estómago que seguía subiéndole. Se le cerraba el pecho como si la ropa le apretara. Miró al techo fijamente pensando en las cosas que les había enseñado. No recordaba haberles mostrado alguna vez un atajo, el lado fácil del asunto que tanto se empeñaban en elegir.

La encontraron así. Con los ojos muy abiertos, mirando al techo. Parecía muerta pero respiraba despacito. Ismael se desesperó. Era la hora de recibir a la gente y Petronila no respondía. Estaba como ida en la cama con la mirada fija en ninguna parte. Ese día Ismael tuvo que repartir las medallitas bendecidas y disculparse con los presentes. Recién después de terminar con todos accedió a llevarla al médico aunque el resto de los hijos le rogaran hace horas. No quería que el barrio la viera salir en ambulancia así que la cargaron en el auto familiar y la llevaron al hospital.
Le hicieron algunos estudios y la tuvieron internada una noche pero no había nada en los resultados que pudiera explicar su estado.

─¿Tuvo algún disgusto? ¿algo que la tuviera triste? ─preguntó el médico extrañado.

─La teníamos como a una reina doctor. No le hicimos faltar nada. ─Exageró Ismael.

─Si quieren podemos hacerles otros estudios, pero no encuentro nada clínico. Le doy el teléfono de un neurólogo. Para empezar a ver ese tema por separado ─anotó en un recetario.

Ismael agradeció y se guardó la receta con el teléfono al que jamás iba a llamar y la volvió a cargar en el auto. En cuanto se descuidaron en el playón de ambulancias se robó una silla de ruedas y la escondió en el baúl. Con un poco de trabajo podía seguir haciendo que las cosas funcione se dijo a sí mismo.

La siguiente semana Petronila volvió a recibir gente en su casa. En silla de ruedas y con su hijo mayor al lado, que parecía ser el único que la escuchaba murmurar. Claro que la calidad de los consejos sufrió bastante el cambio de guión. La gente dejó de irse con la sensación de haberse sacado un peso de encima. Ahora se iban entre preocupados y extrañados.
Las voces de disconformidad no tardaron en alzarse. Doña Betty tenía buenas palabras para dar pero también sabía mirar a los ojos. Era parte de su magia. Hacerte sentir que estaba acompañando el momento. Eso se había ido, o habían querido reemplazarlo con los ojos muertos de su hijo mayor. Unos que transmitían frío y distancia. Empezaron a dudar de él aunque jurara escuchar las palabras de su madre. Tampoco podía explicar como dormía la siesta y tenía visiones una mujer que nunca cerraba los ojos.
Así fue como el nuevo negocio de la familia Morales comenzó a desmoronarse. No había medallita o revelación mediada que saldara el asunto, además de que hubo gente que había ofrendado cosas costosas para no recibir una respuesta a su problema. Pronto los dedos acusadores se dirigieron al mayor de los Morales, además de una denuncia por un ungüento milagroso para curar ciertas enfermedades que generaba sarpullido. Todo eso terminó en un cargo por ejercicio ilegal de la medicina.

Ernestina tuvo que hacer frente a los reclamos cuando su hermano mayor se fugó una noche y nunca más se lo vio por el barrio. Les abrió la puerta a los más exaltados y los dejó ir a recuperar sus cosas a la pieza de su hermano mayor. Hasta las ventanas y las puertas se llevaron. Apenas un esqueleto de ladrillos avisaba que alguien había vivído en el fondo de los Morales. Hasta hoy.

Ernestina llevó religiosamente a rehabilitación a su madre y le dieron esperanzas pero fueron pocos los avances. Seguía en su silla de ruedas robada tomando sol en la puerta de su casa todos los días. Apenas podía sostenerse erguida en la silla. Sus hijos volvieron a la remisería a seguir con lo suyo y Juan al taller mecánico. Los vecinos que pasan le preguntan a Ernestina si ya habla pero ella solo niega con la cabeza con una mueca de resignación. Muchos quisieran preguntarle cosas o pedir consejo como era al principio. Cuando apenas algunos se acercaban a ella pero Doña Betty ya no era la misma. Como si alguien la hubiera liberado del servicio.

Al caer la tarde su hija menor la metía adentro y empezaba a charlarle mientras cocinaba y esperaba a sus hermanos. Titán se quedaba al lado de ella mirándola ansiosamente.

─Titán, no la hinches o te saco afuera.

Ernestina mojó un pancito en la salsa y se lo puso en la mano a su mamá esperando ver si lograba que reaccionara. Le apuntó con el dedo al perro para que se comporte. Titán solo agachó las orejas tratando de conmover a su dueña. La hija menor apagó las hornallas y se fue a bañar sin confiar demasiado en él. Después de todo siempre le robaba el pan de la mano.

Doña Petty esperó a escuchar la ducha, se desesperezó y pudo suspirar, se acomodó un poco en la silla y le tiró el pedazo de pan a Titán como era su costumbre mientras se arreglaba el vestido. Caminó hasta la cocina y probó la salsa. Tuvo que condimentar un poco. Siempre le faltaba sabor y un poco de azúcar para matar la acidez del tomate. Le echó una hojita de laurel y revolvió despacito para no hacer ruido.  Luego volvió a la silla y acarició a Titán antes de tomar su postura habitual con los ojos bien abiertos para esperar paciente la cena. Se había convencido de que merecía su descanso. Ya no tenía más consejos para dar ni dolores que compartir. Todo eso de andar cargando con las penas ajenas siempre le había dado ganas de salir corriendo pero no era solución. 

Mejor quedarse quieto que correr para ningún lado, pensó para sus adentros.











 
 
   
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario