martes, 28 de enero de 2020
Simulacro de amor
Ella se lo chupó con fuerza para arrancarlo de su letargo. Él tenía esa manía de habitar un cuerpo sin demasiada conexión con el entorno.
Pero ella tampoco se quejaba demasiado. Los arabescos que hacía con la lengua valían el turno pagado a medias. No importaba en que lugar los utilizara. Agradecía húmedamente el gesto pero él no se quedaba demasiado tiempo junto con ella aunque las pieles siguieran en contacto. El resto parecía una extraña liturgia prohibida, permanentemente ensayada. Una escena sin guión ni dirección con el desenlace lánguido de los dramas franceses en blanco y negro. Eran dos cuerpos en mantenimiento, trabajando a porcentaje prudente, sin arriesgar demasiado la maquinaria del acto.
Ella ponía más intensidad, tenía más impronta y ganas de romper el paisaje gris del que escapaba. Él ya se había dejado atrapar y apenas daba destellos de realidad pero había perdido aquella lejana furia.
Ella era el hambre y él, las privaciones, aceptadas a base de temporadas miserables. Pero aún cruzaban miradas intensas y él se dejaba tentar por la vorágine, al menos por un rato. Ya no se hablaban. Apenas un saludo mientras ella acomodaba la moto en el estacionamiento y se sacaba el casco, agitando la melena negra en el proceso, como un cliché de comercial de cigarrillos. Porque ella podía ser si quería, demasiada fantasía para la frágil imaginación de un hombre. Él siempre llegaba unos minutos antes y estacionaba su auto desvencijado, bajaba con su insoportable campera verde militar y se ponía las manos en los bolsillos. Despeinado y con anteojos negros, parecía sentirse un regalo para la humanidad aunque en realidad no se soportaba ni a sí mismo.
Llegaban juntos a la ventanilla y él le pasaba el efectivo mientras ella sacaba su tarjeta de crédito en una transacción cuasimatrimonial. El pacto se consumaba como hace tanto, los jueves por la tarde. Y luego él volvería a la oficina a trabajar un rato más mientras ella aceleraba a fondo su moto, haciendo bramar el escape por la avenida Costanera.
En la semana pensarían en cancelar, ambos fantaseaban siempre con lo mismo. Habían entendido de la futilidad de un proceso que había perdido toda magia y se había llenado de convenciones. Pero el jueves los encontraría siempre a las cuatro, esperando en el estacionamiento. Porque los vicios son eso a veces. Apenas una rebelde costumbre.
Ella sentiría el cuerpo agotado. Sudada como si drenara la insatisfacción de la semana. Él la miraría, incrédulo, sin saber como llegó a ser parte del proceso, pero disimulando a base de ausencia. Sus ojos se encontrarían plenamente cuando la gimnasia dejara de ser protagonista. Ella se lo diría todo, se lo reclamaría todo. Pero solo sería con su mirada de reproche velado. Ninguno de los dos fumaba actualmente pero se sacaban la ansiedad con un par de chicles. Se quedarían un rato uno junto al otro, casi abrazados y se consumaría la intimidad que sus seres reclamaban. Podían hablar si querían pero preferían no perturbar la calma. Quizás la única razón que justificaba el resto de la liturgia.
Se ducharían por turnos. Jamás juntos. Eso ya era de cada uno. Cada uno tenía su propio ajuar evitando contaminarlo todo con lo que ofrecía el hotel. Luego salían caminando despacio por el pasillo y apenas saludaban al encargado que siempre le regalaba una mirada intensa a ella y otra incrédula a él al apretar el botón del portón automático. Ella se sentaba y ponía la moto en marcha, le gustaba acelerar a fondo un par de veces, solo por el placer del ruido. El rezaba porque el suyo arranque al menos, para evitarse la tarea de empujarlo hasta la calle.
La carrera de los perdedores ganaba un par de competidores cuando ambos salían lentamente y se dedicaban una última mirada. Luego partían en diferentes direcciones como seres que se repelían profundamente y que no deberían haber estado nunca en contacto. El escape de ella bramaba a la distancia negándose al silencio mientras el sentía su auto fallar en el primer semáforo. Luego devenía el olvido de la semana y la repetición de rutinas que los encerraban en su lógica perversa. La reproducción de la angustia y la soledad, vueltos un miedo invencible, los castigaría impiadosamente hasta dejarlos rendidos. Ese cínico magnetismo, que invertía la polaridad de sus actos y los arrastraba a encontrarse, una y otra vez un jueves, a las cuatro de la tarde.
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