Se encontraron en la senda que atravesaba el bosque. Solían juntarse antes del arroyo para cargar sus cantimploras y caminar el trecho que quedaba charlando acerca de lo cotidiano. Siempre eran cuatro.
Florin, Mihail, Ivan y Vassili. Llegaban a la boca de la mina y echaban una última mirada al sol que asomaba por el valle. Ya no lo verían más por ese día. La aldea casi parecía hermosa con esa tenue luz, pero todos sabían que no era así. Plangand Bine siempre había sido un lugar miserable y oscuro hundido en un valle profundo entre las montañas. Terminaban sus cigarros o una pipa, ya que Florian jamás la abandonaba, diciendo que debería ser un sacramento.
Un alcahuete de Velkan, el dueño, tomaba sus nombres y lo ponía en el papel. Cada cual conocía su túnel pero casi siempre le echaban un poco de tabaco al escribiente para que los ponga juntos. Luego se internaban con sus lámparas de aceite y su canario.
Esa mañana Florian y Mihail tomaron sus picos y atacaron la piedra por más de una hora mientras el resto acarreaba los escombros y cargaba el carretón. Luego intercambiaron roles con los otros dos. El carbón se estaba agotando. Era difícil dar con una veta abundante. Ya no eran los días en que los cuatro trabajaban al unísono casi sin dar abasto. Florian decía que la mina estaba tan muerta como sus pulmones, de hecho el grisú ya casi no se mencionaba allí abajo. El gas del carbón, que aprendieron a oler, después de tantos años de temerle, ahora parecía una amenaza lejana.
Florian sacó su reloj colgante del chaleco percudido y sentenció.
─Última ronda y a comer.
Vassili rompió el silencio con una exclamación. Vieron que dejó de golpear, lo cual les pareció extraño ya que parecía incansable. Salió corriendo buscando la luz de una lámpara para lo que tenía que llegar hasta el corredor principal. Su mano ennegrecida no pudo ocultar el brillo. Miró a los demás, que se unieron a él, fascinados por el hallazgo. Una pepita de oro de grandes dimensiones. más rojiza que amarilla pero indudablemente valiosa.
─¿Es verdadera? ─preguntó Ivan. ─No es completamente amarilla.
─Es pura idiota, por eso. ─le escupió Florian mientras la observaba.
Tardaron un rato en darse cuenta de que Norian, el muchacho que les traía las raciones, los esperaba con la comida. Se produjo un silencio incómodo. El muchacho fingió no haber visto nada y se concentró en colocar los pequeños cacharros con el guisado. Luego apartó el agua para ellos.
Los cuatro se miraron. Ivan sostenía tenso el pico, amasando el mango con ansiedad pero Florian puso su mano sobre la de Ivan y lo calmó negando con la cabeza. Luego se dirigió al muchacho.
─Ven, ya has visto suficiente. Acércate.
Norian estaba aterrado, temiendo haber precipitado su final con esa inoportuna llegada, los mineros del valle tenían fama de salvajes, pero el viejo Florian lo tranquilizó.
─Calma muchacho, nada de esto nos pertenecerá si abrimos la boca. No importa si somos cuatro, cinco o cien. Si esto se descubre será del maldito Velkan. No podemos dárselo. Prefiero sellar el túnel que volverlo más rico.
Los cinco volvieron al túnel y no hizo falta mucho esfuerzo para ver que había una veta brillante y amarillenta entre la negrura.
─¿Cuánto creen que habrá? ─preguntó ansioso Mihail.
Cuanto más raspaban la pared más se extendía el brillo Hasta el mismo techo del túnel.
─Suficiente. ─dijo Florian. ─Suficiente.
Vassili fue el de la idea.
─Pues que se derrumbe entonces. Sólo nosotros sabemos donde está. Quizás podamos volver.
─¿Solo díganme que ya no escupiré negro en las noches de frío ─graficó Ivan con la mirada perdida en alguna ilusión. ─Esas cuando sientes que tus pulmones se han vuelto de piedra?
Todos esperaban la decisión de Florian. Era el más viejo y el más pensante de los cuatro. Se recostó sobre una viga a pensar.
─Sacaremos un poco, pero no podremos hacer nada con él excepto esconderlo. Y luego derrumbaremos el túnel. ─dijo mientras se acercó a Norian ─Espero que el guisado esté tan grasoso como siempre muchacho. Tengo una idea.
Esa Tarde un rato antes de que todos entregaran su producción como siempre, ocurrió el derrumbe. La verdad es que algunos grupos ni siquiera llegaban a la cuota. Los cuatro de Florian directamente entregaron medio carretón de carbón amarronado que apenas servía, pero cuando volvieron a entrar al túnel a buscar las herramientas se escuchó un estruendo. Todos acudieron a ayudar a los infortunados.
─Es el viejo, el viejo Florian, su pierna quedó atrapada. ─Gritaban entre la confusión y la nube de polvo que inundó los corredores.
Sus compañeros lo sacaron en una improvisada camilla. Cualquier accidente bastaba para comenzar con los reclamos habituales. La comida, las herramientas, la paga. El alcahuete de Velkan estaba en la báscula para pesar la producción cuando fue rodeado por los furibundos mineros. Muchos creían que el viejo Florian había muerto y no había quién lo aclare. El grupo ya había bajado al valle llevándose al herido a curar.
La carreta no fue muy amable con la maltrecha pierna del viejo ni con los estómagos de los demás. Todos habían tragado el oro y ahora habría que esperar un poco para recuperarlo. Pero al día siguiente todos estaban en casa de Florian con el botín recuperado.
─Podías haberlo lavado un poco Ivan ─fue la queja general.
Todo el tumulto supuso un dolor de cabeza para el dueño, Velkan, que tuvo que soportar una semana de huelga hasta que subió el magro salario al menos un par de monedas. A los pocos días Florian regresó apoyado en una vara y con la pierna entablillada a hablar con los demás. Los ánimo seguían caldeados. Algunos mineros se negaban a volver hasta que se aseguraran las vigas y los soportes. Velkan se negaba a seguir poniendo dinero en una mina seca. Los mineros propusieron comprarla, atizados por Florian que dijo conocer a alguien que invertiría en ellos. Un prestamista. Velkan se rió en sus caras.
¿De donde sacaran el dinero para comprarla? ¿Acaso pagarán con carbón?
─Pon el precio, pero piensa que si no somos nosotros, nadie querrá venir a trabajar aquí, y serás el dueño de un hoyo inútil en la montaña. ─Desafió Florian.
Velkan no era tonto. La mina era herencia familiar pero también la tercera generacion que la explotaba. Nada, ni siquiera el carbón, era inagotable. Se secaba rápido y no parecía haber nada más a lo que sacar provecho. Si cambiaba las vigas y soportes, debería reponer también los durmientes de los rieles, que tenían 20 años, Todo esto suponía gastar más de lo que había reunido en esa temporada, así que puso un precio modesto y los mineros aceptaron.
─Me reiré de ustedes cuando se arruinen. Este valle quedará desolado en poco tiempo.
Los mineros temieron que esto se hiciera realidad, pero confiaban en Florian. Él siempre estaba al frente de los reclamos cuando algo pasaba en la mina, o si necesitaban arrancarle algunas monedas al avaro Velkan para comprar herramientas. Ademaas, era el único que sabía leer y escribir en la mina. Si él decía que conseguiría un prestamo para todos, ellos creerían y seguirían trabajando.
Florian se montó en una carreta y viajó con Norian, ahora convertido en su protegido, y los otros tres en busca del préstamo aunque más no fuera para vender el oro lejos de allí. Volvieron con una generosa bolsa de cruzados y sendas escopetas, además de un barril de pólvora.
La compra se realizó con los cincuenta mineros presentes. Velkan sintió el peso de las miradas torvas de una muchedumbre ansiosa. Aunque quiso posponer la venta, o incluso cancelarla ya no pudo decidir más nada. Ni siquiera la presencia de mercenarios contratados por él garantizaba su seguridad. Florian ya los había sobornado por si acaso. Tanto es así que apenas se escuchó la acusación de que tenía sangre turca en las venas, se llevaron a Velkan a los empujones para terminar con la parodia que estaban representando. Nada se odiaba más en la región que a los otomanos.
Florian esperó a que se firme la cesión definitiva ante una multitud expectante, luego alzó el acta y la agitó mientras todos explotaban de alegría. Claro que Florian y los suyos estaban festejando otra cosa, pero para todos el significado era el mismo. Eran los dueños de la montaña.
Así fue como Florian y los suyos aseguraron la supervivencia del valle y de las aldeas circundantes. Se convirtieron en prósperos mercaderes que negociaban el carbón en la capital de la provincia a precios fabulosos. Hubo para los mineros y sus familias una forma de vida muy lejana a la miseria a la que estaban acostumbrados. Nunca más alguien en el valle se fue a dormir con las tripas cantando por el hambre porque...
─Tío Norian, ya me has contado mil veces esa historia. ─se quejó la muchacha, fastidiada. ─Ya se como fue el asunto de la firma. La estatua de la plaza del pueblo es suficiente explicación ─señaló, recordando la representación de los cuatro de Florian Dresko, con él por delante, con el acta de compra en alto. ─Y que tu eres el heredero de su fortuna.
─Pero aunque la hayas escuchado mil veces Elizabeth, aún debes aprender lo necesario para seguir con el negocio de esta familia. El linaje. Eres su nieta. Tú eres la heredera muchacha.
─Ya se que mi abuelo siguió trabajando, que siguió siendo un minero aunque no le hacía falta volver a tomar un pico. Que lo hizo para no dejar de ser lo que había sido toda su vida. Los valores que Florian le legó a este pueblo bla bla bla...
─No es necesaria la insolencia mocosa. ─Gruñó el viejo Norian.
─Ay tío, no te ofusques, pero todo eso fue para sacar el oro. No me creo la historia del santo.
─Tu abuelo salvó este pueblo, y quizás a todo el valle. No enterró su tesoro. Lo compartió. ─ dijo con vehemencia ─¿Acaso vives en una mansión como si fueras noble? Esta propiedad es amplia pero nunca hubo espacio para lujos. Ese oro ya no está pero dio inicio al comercio en la región.
─Y a los famosos préstamos tío, Todo el mundo le debía dinero.
─Él compartió lo suyo con otros menos afortunados.
─Cobrando generosos intereses.
─La paciencia de tu abuelo hizo que no viera ese dinero en vida.
─Por eso te dejo a ti para cobrarlo ─dijo la sobrina risueña.
─Eres incorregible niña, insultas a tu familia pero después sales al mundo y crees que todos son buenos.
─Quizás no crea todo lo bueno que dicen en la misa sobre esta familia tío, deja de regañarme.
Norian se revolvió en su silla. Era inútil discutir con la muchacha. Renegaba de todo aquello que había pretendido inculcarle. Pero ese había sido la última voluntad del viejo Florian.
"Prepárala para este mundo amigo mío, prepárala para que defienda esta casa, porque los hijos de Velkan no dejarán de venir por lo nuestro"
Porque esa había sido la sombra que oscureció los días de Florian. La posibilidad cierta de que el reclamo de Velkan, aún después de muerto tuviera finalmente el favor del conde y fueran despojados de aquello que habían logrado arrancarle aquella vez. Habían sido años de permanentes visitas. Abogados, notables, sirvientes del conde. Todos tratando de conocer el origen de la fortuna Dresko. Una que no podía provenir de una mina de carbón agotada. Ahora volvían a la carga contra la nieta Elizabeth a quién su decrépito tío no podría proteger por mucho más tiempo. Ella tampoco colaboraba con la situación ya que el permanente secretismo que rodeaba a la familia hacía imposible que tuviera amistades, asistiera a fiestas, o alguien que pudiera cortejarla. Su tío permanecía inflexible. Debía ser alguien de máxima confianza y no existía en todo el valle algo semejante a ello.
─Quisiera no tener nada. Ser libre de esta carga ─se la oyó decir aquella vez en que su tío espantó de malos modos al pretendiente de turno.
─No sabes lo que es no tener la certeza de llenar la tripa durante el día. No saber si tú y los tuyos podrán dormir por el hambre.
La carta del hambre acababa con toda discusión. Elizabeth no la conocía pero sabía que era real. No tenía la intención de parecer una mocosa malcriada ante su tutor. Además un mensajero había llegado a la estancia y a ella las noticias le agitaban las entrañas. La posibilidad de que algo nuevo hubiera sucedido en esas tierras tan imperturbables.
Apenas bajó del caballo pidió por Norian y se lo llevó aparte para comunicarle algo. Esto era frustrante para la muchacha. Como la verdadera dueña de esa casa debían mostrarle más consideración a su entender. Se paró en el patio esperando ser tenida en cuenta mientras los hombres murmuraban en un rincón.
Norian la vio inquieta, así que apenas el mensajero salió al galope se acercó a ella.
─Viene una comitiva de abogados. Van a pedir hablar contigo Elizabeth. Esta vez no puedo tomar la representación por ti. Ya has cumplido la mayoría de edad y no te has casado. Es lo que corresponde.
─¿Que quieren de mí? ¿por qué te preocupa tanto esa gente? si quieren dinero veremos como hacer
─No me importa el dinero muchacha, y a ellos tampoco. Lo que ellos quieren es poner el nombre de tu abuelo en vergüenza. Quitarnos la mina.
─Mi abuelo la compró. No veo como podrían. Este pueblo es el dueño.
─Ellos intentaron siempre dashacer el trato, hacer ver como que amenazaron al viejo Velkan. Un pobre anciano que dependía del carbón. Ese maldito que no tenía corazón sino un bolsillo más que llenar dentro de él...pensar que enterró a casi ciento cuarenta mineros en su vida al frente de esa mina.
Dos días después, por la mañana, la comitiva había llegado hasta las puertas de la villa en busca de su dueña. Norian se adelantó a presentarse pero fue despreciado casi de inmediato.
─Ya te conocemos Norian, esta vez hablaremos con ella, te guste o no.
─Por supuesto, ella los espera ─contestó con sequedad mientras los conducía a la sala principal.
El salón de la estancia era amplio pero despojado de ornamentos. Se distinguía por una gran mesa de roble con sillas de respaldo alto. Un espejo y una única pintura. Florian Dresko levantando el alto el pergamino de venta de la mina ante los vítores de todos. La comitiva miró la obra con una mezcla de desprecio e indiferencia. Eran tres. Dos apoderados que Norian ya conocía de antes. Matones con traje de gala simplemente, y un joven que parecía extrañamente ajeno a aquella comedia que llevaba años. Rudolph y Berger se encargaban de los asuntos sucios de la familia Velkan, pero el muchacho era un rostro nuevo por allí. Casi inocente en su accionar si no fuera porque compartía carruaje con esos dos indeseables.
Tomaron asiento sin siquiera pedir permiso a la dueña de casa que estaba parada en la cabecera de la mesa, junto al respaldo de la silla. El jóven permaneció también de pie, mirando extrañado al dúo y se acercó solícito a la anfitriona para tomar su mano y besarle el dorso.
─Agradezco su hospitalidad mi señora. Espero no importunarla con mi visita y poder poner fin a las penosas diferencias que me obligaron a ella. Es mi trabajo como abogado real.
─Oh...¿usted viene de la capital entonces?
─Claro, pensé que le habían informado. ─dijo echando una mirada condenatoria a los dos que ya se habían sentado.
Norian se sentó a la derecha de ella, imperturbable, mientras desplegaba unos papeles. Entre ellos, el famoso pergamino de compra. Se lo extendió al joven abogado que le sonrió y negó con la cabeza.
─Se que es auténtico. Es parte de la historia de la región. Fue impulsor de muchas regulaciones que llevaron a hacer de la minería un recurso que sostienen los pueblos cercanos. Como pasó aquí primeramente. Pero...
Si había algún atisbo de relajación en Elizabeth se esfumó cuando la frase no terminó como ella quería.
─...Siempre hay un pero ─se quejó ella.
─Si no fuera así no tendría trabajo mi señora ─contestó galante el joven abogado.
─Pero si la venta es válida, ¿cuál es el motivo de esta reunión? ─Retrucó Elizabeth.
─Mucho me temo, mi señora, que el demandante, en este caso, el señor Velkan, que en paz descanse no fue cuidadoso en esa venta y existía un derecho preexistente. El no tenía clara la extensión de sus posesiones.
─¿Habla de la mina?
─Hablo de la misma montaña.
─Mi abuelo, en representación de este pueblo, compró una mina, la montaña seguirá siendo de nuestro señor todopoderoso.
─No toda. ─cerró diciendo el abogado.
Elizabeth resopló. No tenía paciencia para las intrigas. Dió una palmada en la mesa y se puso de pie.
─Pues como veo que esto será un asunto de largo aliento propongo que almorcemos y dejemos lo siguiente para la tarde.
Rudolph y Berger se miraron desconcertados. Se habían preparado para largas horas de debate y pugna. El abogado, en cambio, sonrió satisfecho.
─Se hará como la dama proponga. No veo la hora de probar los exquisitos vinos del valle.
La comida fue todo lo tensa que Norian y el dúo de matones pudieron forzar, pero Elizabeth estaba encantada con el jóven abogado. Tenía tanta información sobre la capital, tantos chismes de la realeza y sentido del humor que la anfitriona hizo un par de horas de sobremesa.
Luego fueron a una glorieta en el parque de la estancia y acomodaron una mesa más modesta para seguir negociando en compañía de buen vino.
Obviamente las rispideces se fueron aplacando ya que tanto Norian como los matones sabían que habían perdido todo protagonismo. El viejo consejeron estaba aterrado de la seducción e influencia del jóven abogado y los matones no se sentían tan distinto, sin posibilidad de ejercer presión sobre el letrado de la capital.
─Debe entender mi señora, que el producto de la montaña no es igual a lo que habita en su superficie. Velkan fue dueño de la mina y fue eso lo que vendió. Esta magnifica residencia se halla situada justo encima y más abajo se encuentra la villa, de la que la mayoría de los mineros provienen. Todo lo que esté por encima de la montaña pertenece al príncipe en tanto enviado de la gracia del Señor a esta tierra. Y nosotros en tanto súbditos debemos ceñirnos a su señorío.
─Y jamás dejamos de reconocer su liderazgo, Bastian ─contestó rápido Elizabeth llamando por primera vez por su nombre al jóven abogado. ─Si el hecho de afincarnos aquí es el inconveniente, le pido que le comunique al príncipe que convocaré a las cuadrillas de las minas para que reduzcan esta propiedad a escombros. Si es esto lo que su majestad considera conveniente.
(El muchacho de la comida es engañado y obligado a provocar el derrumbe muriendo en el mismo, su hermano menor es educado gracias al dinero de Florian y gracias a que su madre, monja abdicante le enseñó primero a leer y uego conn las remesas de Florian lo envió lejos del pueblo a educarse en leyes. Es el abogado que viene de parte del conde ya sabiendo que su hermano murió por culpa de Florian y su grupo aquella vez. Todo se descubre gracias a que cuando recuperaron el cuerpo del muchacho llevaba una pequeña carta en el bolsillo en la que decía lo que había pasado por si le pasaba algo)
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