viernes, 27 de diciembre de 2019
Turno noche
─Bueno González, yo creo que la búsqueda está cerrada. Tengo un candidato que cumple con el perfil. ─Dijo y colgó el teléfono mientras le dedicaba una leve sonrisa.
El postulante se revolvió en su silla. Había llegado tarde a la entrevista. No tenía un curriculum extenso o específico para el área y esa clínica médica era una de las más selectas de la capital pero de alguna manera había logrado caerle bien al encargado de RR.HH. Le habían hecho estudios médicos de todo tipo durante la tarde y no estaba seguro de si ya tenían los resultados. Todos eran bastante herméticos en ese lugar y no eran dados a conversar. Deambuló por consultorios y salas de espera cumpliendo un riguroso cronograma. El lugar tenía su lógica interna. El solo era un postulante más, quién sabe si pasaría la selección. Nadie le debía demasiada consideración. Lo único que le jugaba a favor era la época. Se acercaban las fiestas y esto abría cupos por el inminente período vacacional.
─Pase por ropería que le van a tomar las medidas así le preparan el uniforme. Empieza el lunes a la noche. Firme estos papeles así se arma su legajo.
─¿A la noche?...pensé que el puesto era diurno.
El encargado lo miró por encima de los anteojos con algo de severidad.
─¿Tenemos problemas con el horario?
─No ...no, para nada. Completamente agradecido. ─le contestó mientras le daba la mano. ─No va a tener quejas de mí, gracias por la oportunidad. ─dijo y salió apurado rumbo a quién sabe dónde.
─Perdón...¿ropería? ─preguntó en el pasillo del ascensor.
Ese lunes a la noche, puntual, ya estaba vestido con su uniforme nuevo y un reluciente cartelito que lo identificaba abrochado a la solapa. Estaba su foto, su nombre y las siglas R.E.N en letras grandes y rojas junto al logo de la clínica.
Deambuló medio perdido buscando la oficina de supervisión mientras veía a gente ir y venir en todas direcciones. Se dio cuenta enseguida que todos llevaban sus cartelitos pero ninguno era REN rojo. Los había azules y negros y otros que parecían más importantes llevaban otra sigla. C.O.N
Pronto dedujo que había algún tipo de escalafón en donde el REN rojo era el nivel inicial. Cuando llegó por fín, la encargada lo miró de arriba a abajo. No parecía muy convencida. Había varias personas trabajando en los escritorios. REN azules en su mayoría. Apenas lo miraron. Una chica le vio el cartelito y le sonrió timidamente pero luego se volvió a su pantalla de computadora a seguir tecleando.
─Hola, me llamo Esteban Marqués, el nuevo, si me orienta un poco ya puedo empezar ¿cuál sería mi escritorio? ─preguntó mientras la supervisora revisaba lo que parecía ser su legajo.
─No tiene. Usted es un temporal. Los expedientes que los operadores vayan emitiendo usted los lleva a los sectores correspondientes. ─dijo mientras le entregaba lo que parecía ser un mapa de la clínica.
─Los sectores de destino están en rojo. Los azules no están habilitados todavía para usted y los negros están prohibidos ¿me explico? ─dijo mientras le daba la mano. ─Mucho gusto señor Márquez.
─No, no...Marqués, con acento en la E y...
La supervisora gruñó algo que no entendió y levantó el dedo indice para interrumpirlo mientras contestaba su teléfono.
Otro teléfono sonó y una voz femenina se oyó desde el fondo.
─Necesitan este expediente de la mañana en hematología. ─dijo con algo de apremio.
Así Esteban comenzó su larga noche allí adentro. Cada vez que volvía había expedientes esperándolo en una especie de mueble. A veces eran varios rotulados según el destino. Fue aprendiendo despacio la lógica interna del edificio. Eran pasadas las 20 hs cuando regresó a la oficina después de las primeras entregas y ya no quedaba nadie allí excepto un REN negro con cara de pocos amigos.
─¿Ya nos abandonaron? ─dijo como para romper un poco el hielo pero el otro ni siquiera contestó.
Al rato su compañero, que Esteban apodó "Sonrisas", como para tenerlo presente en un futuro, se levantó de su escritorio y le puso una pila de expedientes enfrente.
─A historias clínicas. ─dijo secamente y volvió a sentarse.
Eran bastantes y pesados. Hasta ese momento había llevado todo a mano con el entusiasmo típico de un empleado nuevo. Pero ahora veía que la cosa no funcionaría si no mejoraba el sistema.
─Pero son muchos...─dijo tímidamente.
Sonrisas volvió a pararse con algo de fastidio y movió algo que había en un rincón. Era una carreta de esas que se veían en las oficinas para repartir las cosas. Una especie de carrito de avión, de esos con los que te servían el catering.
─Use eso.
─Te agradezco, es bueno saber que estuve haciendo el trabajo mal desde que llegué. ─dijo con algo de ironía que nadie se preocupó por valorar.
Así partió con su mapa de una clínica que ahora era completamente distinta. Sus pasillos estaban a media luz y nadie transitaba sus corredores. La única parte activa eran los consultorios de guardia pero esa parte se ubicaba del otro lado del edificio. Estaba en la parte oscura. Y era enorme.
Había visto algún agente de seguridad deambulando pero ellos tenían sus puestos fijos. Solo había que llamarlos si se los necesitaba. Le corrió un escalofrío por el cuerpo ante la silenciosa mole de cemento. Pero nada podía ir mal esa noche. Esa era su misión. Había que sacar el trabajo adelante y ganarse la confianza de todos. Ya se había acabado la indemnización del trabajo anterior y tocaba sostenerse con nuevos ingresos.
Historias clínicas parecía ser algo que estaba en el segundo subsuelo. El mapa lo mostraba como un solitario rectángulo rojo y negro. Así mismo, dividido al medio entre ambos colores. Era el único lugar al que tenía acceso allí abajo. El ascensor que llegaba hasta allí estaba en el final de un pasillo desolado. El silencio era sepulcral. "¿En serio?" pensó mientras mostraba una sonrisa de resignación. Ahora hasta extrañaba las modulaciones de radio de la gente de seguridad. Era el único sonido que había roto la monotonía de sus noches. Le parecía increíble que no hubiera un alma por ningún lado.
Finalmente la puerta del ascensor se abrió y se encontró otro corredor apenas iluminado y una solitaria ventanilla a oscuras al final. "¿En serio?" volvió a pensar. Empujó el carro mientras silbaba quién sabe que canción. No soportaba tanto silencio. El estaba acostumbrado a la gente, se había destacado en relaciones públicas toda su vida y ahora no tenía con quién hablar siquiera. Todavía purgaba su pena por el affaire con la hija de su anterior jefe y la maldición que le había echado..."No vas a volver a trabajar en publicidad en tu vida" Y así fue como las puertas de su anterior vida laboral se sellaron a cal y canto para él. Ahora empujaba un carro lleno de carpetas y silbaba quién sabe qué para soportar el silencio.
Miró dentro de una oficina con las luces apagadas. La ventanilla parecía cerrada. Puede que Sonrisas se hubiera equivocado pero no quería volver con toda la carga a preguntarle. Apiló las carpetas sobre el marco que parecía tener un soporte que se extendía hacia fuera a manera de repisa. Alguien tendría que venir ya que tenían que sellarle una planilla de entrega que estaba junto a las carpetas. Al menos así había sido hasta ahora cuando algún REN pálido y ojeroso estampaba su sello de "RECIBIDO" Empezó a vagar por el pasillo e inspeccionó un poco el lugar. No había puertas más que una junto a la ventanilla. No había cámaras. Pronto vio un cartel que en la penumbra y se acercó. Apenas se leía. "TOQUE TIMBRE Y AGUARDE"
Esteban suspiró, revisó la pared y dio con el enseguida. Lo tocó una vez. Nadie vino así que volvió a insistir un par de veces más. Había perdido bastante tiempo y ya empezaba a parecer que se había quedado paseando por ahí. Al menos eso podía parecerle a Sonrisas, su nuevo amigo. Volvió a silbar quizás por los nervios o quién sabe por qué pero entendió que no era buena idea, el eco de esos pasillos interminables daban la sensación de silbar con él...y no estaba bueno. Después vagó otra vez por el pasillo. Buscaba algún otro cartel que quizás le dijera que hacer. Se conformaba con un amable "espere un poco más" o un gracioso "suicidate"
Escuchó un sólido click metálico y la ventanilla se abrió de golpe. De la oscuridad surgieron un par de brazos delgados y pálidos que tomaron la voluminosa pila de carpetas, llevándose todo a la negrura. La ventanilla seguía abierta pero no había luz ni sonidos cercanos. Esteban apuró el paso mientras ensayaba una disculpa por la insistencia con el timbre.
─Disculpame, no sabía si había alguien ya que...
Un brazo volvió a salir de la oscuridad. El sello se estampó en la planilla con fuerza. Luego la ventanilla se cerró con violencia. Un sólido click metálico fue toda la respuesta.
─...estaba todo oscuro. Gracias y de vuelta disculpas...─le dijo al marco de la ventana. ─Muy amable todo.
Su Frankenstein se iba armando lentamente. Ahora "Brazos" se agregaba a "Sonrisas" y si se apuraba tendría el albúm lleno antes de terminar el verano.
"Ojos", la REN azul que le sonrió el primer día, fue lo lindo de esa primera semana. Esos grandes ojos cafés inocentones eran un descanso a tanta hostilidad. Apenas levantaba la mirada del teclado para mirarlo tímidamente pero esos fugaces contactos visuales eran la gema que brilla en el fango. Sólo había que pulir el detalle de que nunca le hablaba. Pero eso estaba de moda. Casi nadie lo hacía. Todo era monosílabos y directivas. Un cálido ambiente de trabajo podría decirse.
"Gruñidos", la encargada, estaba obligada a comunicarse oralmente, quizás por contrato, pero no obtuvo quejas ni felicitaciones de ella. Solo el consejo de que se ciñera al mapa y no deambulara por la clínica de noche. Supongo que el consejo venía de la mano del generoso aporte de Sonrisas después de esa demora de la primera noche en Historias Clínicas.
El resto de la semana se volvió rutinaria. Conoció sectores. Una larga sucesión de REN poco motivados para el servicio y a "Músculos", el de mantenimiento, que resultó ser tan parco como los demás pero le arregló una noche el carro cuando perdió una rueda. El solo hecho de que hubiera solucionado su percance ya elevaba la relación a nivel personal. Estaba seguro de que podía invitarlo a conocer a su familia. Si tuviera una, o más precisamente, si tuviera una relación con ellos.
Una noche en que debía hacer un largo periplo entre administración y recursos humanos tuvo que sentarse un momento en un patio interno donde habia descubierto que podía fumar. Estaba disfrutando de un agradable fresco nocturno mientras chequeaba su teléfono celular y se olvidaba por un momento del peso de un lugar tan pernicioso como ese.
─Linda noche. ─se escuchó decir a sus espaldas.
Podría haberse asustado o alarmado pero lo único en lo que pensó fue en que se había terminado su brilllante carrera en ese lugar.
Al lado suyo se sentó un CON negro, según pudo espiar de reojo en el cartel. Supuso que algún tipo de realeza del lugar. Había visto a los CON azules como la máxima autoridad de allí. Se consideró automáticamente despedido así que se relajó, lo habían agarrado en la primera de cambio, fin del juego...
Sacó un cigarrillo y Esteban le convidó fuego. Se dio cuenta que el desconocido tampoco lo miraba. Estaba atento a la porción de cielo que les regalaba ese pequeño espacio.
─Linda noche. ─volvió a decir, pero como si no fuera para él. Inspiró profundo y saboreó el aire...─deliciosa noche.
Esteban asintió un tanto descolocado pero siguió fumando sin mirarlo. No sabía si quedarse o irse directo al vestuario a llevarse sus cosas. Pero el CON estaba quieto, parecía absorto, mirando la luna mientras pitaba lento y profundo. Esteban no quiso mirarlo demasiado, pretendía hacer como si no prestara atención. Quizás en un algún tipo de pacto social, el acto de fumar juntos, supusiera un principio de camaradería.
─No le digas a nadie que me viste fumando ─dijo cuando se levantó finalmente, y se fue.
Lo vio alejarse con su porte erguido y su cabello cano. Esteban volvió a sus tareas con la sensación que deben tener aquellos a los que les conmutan la pena de muerte a último momento. Alivio, confusión, o algo entre ellos.
La duda de con quién se había cruzado esa noche lo persiguió unos días. Pero no le podía preguntar a nadie sin delatarse sobre sus escapadas a fumar. Intento algo de charla con Sonrisas pero era como dialogar con el menú grabado de una contestadora automática. Tenía que preguntarle a alguien que no fuera una amenaza. Bajar en la escala alimenticia. Alguien que sepa mucho pero a la vez tuviera menos rango.
Había un viejo que movía los carros de limpieza por el playón. Uniforme gastado y gorrita verde. Ni cartel en la solapa tenía. Solía verlo desde una de las ventanas toda las noches acarreando un carro más grande y pesado que el suyo. Ese tenía que ser un inferior. Ahora había que acecharlo hasta saber donde encontrarlo.No fue difícil. Sin acceso a ese pequeño jardín interno del que disponía Esteban y con el playón de descarga lleno de cámaras solo le quedaba el vestuario.A eso de las tres de la mañana cruzaba todo el patio y entraba en el. Ahora tenía que sorprenderlo.
─Perdón, no sabía que estaba ocupado ─dijo Esteban al entrar de improviso y encontrarlo fumando, sin zapatos.
─¡Uy hermano! me agarraste...─dijo el viejo sorprendido.
─No se preocupe jefe. Siga nomás ─dijo y se lavó las manos mientras se miraba al espejo. ─¿Hace mucho que trabaja acá?
─Ya perdí la cuenta hermano. Demasiado. ─Apuró la pitada y se presentó. ─Benito Polanco ─dijo extendiéndole la mano. ─Pero decime Polo...
Esteban se la estrechó, satisfecho de que su plan hubiera funcionado. Esa noche empezó a sacarle información sobre el lugar. Pero Don Polanco no era tan lenguasuelta como hubiera querido. Supo que el viejo tenía menos acceso que él a ciertos sectores y que odiaba a los REN, porque tenían dos meses allí y ya se creían superiores a él, que llevaba años en el lugar. Esteban no dijo nada aunque el viejo había sido bastante certero.
─Yo soy un temporal así que no puedo competirle a nadie ─contestó aunque por dentro el viejo le generara un leve desprecio. Si llevaba años empujando carros de desechos no podía creerse demasiado según su entender. Pero necesitaba información urgente del lugar si quería salir de la noche y de su propio carro personal.
─No me queda claro el asunto de los rangos Polo. Es rojo, azul y negro ¿pero eso es también para los CON?
─Yo que sepa todos los CON son azules. Nunca vi de otro color. ─contestó el viejo bastante seguro.
Esteban entendió que el viejo estaba confinado a los lugares menos visitados por la jerarquía. Era un informante mediocre para variar. Pero cada tanto el viejo lo miraba divertido y se quedaba callado. El muy ladino se guardaba datos. Parecía gustarle verlo intentar sacarle información. Tenía una frase que dejaba a Esteban a oscuras cada vez que se iba.
─Vos no querés saber lo que pasa acá.
Así pasaron dos semanas y llegaron las vísperas de las Fiestas. No había conseguido gran cosa y parecía condenado a volverse un nocturno. Los destratos seguían pero la paga era buena a pesar de todo y se ganaba mucho más de noche. Sin embargo continuó asediando a su informante hasta el límite de volver la relación más tensa de lo recomendado. El viejo tenía, según el parecer de Esteban, la forma de salir de ese turno, aunque no hubiera usado esa información para sí.
Cuando se enteró que habría un brindis por las fiestas para el personal y no estaba invitado, la cabeza de Esteban detonó. Se obsesionó con que esa reunión podía ser su presentación en sociedad. No podía perder esa oportunidad. Esa noche empezó a perseguir incansablemente a Polanco intentando saber como ser invitado.
─Vos no querés saber lo que pasa acá. ─se hizo escuchar varias veces.
Pero no podían mantenerlo a raya por siempre, por recia que fuera la resistencia iba a terminar por ceder. Lo esperó noche tras noche, en el playón, en el vestuario, en donde fuera que el viejo anduviera hasta que lo cansó. Cuando lo emboscó en el ascensor el viejo finalmente reaccionó.
─Ya me cansaste pendejo, si querés saber lo que pasa subite. ─le escupió amenazante. Y marcó una sucesión de teclas de los pisos hasta que se iluminó una que parecía anulada. La oprimió entre resignado y molesto.
─Es tu elección.
El ascensor bajó y bajó más allá de lo que el tablero indicaba. De pronto el habitáculo se puso intensamente frío para lo que era un diciembre cálido y húmedo. Polo se subió el cierre de la campera que no se sacaba nunca y se acomodó la gorra verde. La puerta se abrió y un vaho helado los invadió. El viejo prendió un cigarrillo y trabó el ascensor. Le hizo un gesto hacia adelante con la cabeza y se acodó en el marco de la puerta.
─Te espero acá.
Definitivamente eso no era parte de la construcción original. Esteban se encontró con una corredor de piedra. Algo que parecía excavado con gran maestría. Había apenas unas lámparas que parecían de aceite. No había nada eléctrico allí. O que representara algún signo de modernidad. Era lo que en su cabeza se podía asemejar a cosas antiguas. Su cabeza bullía de ideas sobre cosas secretas de tiempos inmemoriales donde no había otra cosa que mitos. Bs As estaba cruzada de túneles desde los tiempos de la colonia. Historias de contrabando, de logias y antiguas conjuras. Hacía mucho frío ahí abajo. Una humedad pegajosa y helada. Pronto el corredor se ensanchó dando lugar a una gigantesca cámara. No se veía demasiado allí donde la oscuridad reinaba. Supuso que la linterna de su teléfono celular podría ayudarlo pero no le daba más que unos metros de claridad. Avanzó dando inseguros pasos hasta que se topó con algo que pendía de lo que parecía ser una parte más baja del techo de la caverna. Se topó con "algos" en realidad. Eran cientos. Suspendidos y en silencio, reposaban cabeza abajo. Como si la caverna fuera un árbol oscuro y húmedo, dando como fruto a esos rácimos de seres. Tenían forma de personas, sin un solo cabello en el cuerpo y con un extraño color gris. A su mente acudieron imágenes de esas viejas películas de terror. Su mente había transitado por cosas ocultas alguna vez, por simple curiosidad, pero nada lo había preparado para esto. Todo sonaba a cliché si no fuera porque lo tenía ante sus ojos. Retrocedió tratando de no hacer ruido. La lógica decía que tropezaría y despertaría a una horda de no muertos desatando la matanza. Pero no tropezó ni trastabilló. En absoluto silencio llegó hasta la puerta del ascensor. Polo lo miraba divertido.
─No podías quedarte con lo que tenías ¿no?...te pagan bien y no te joden... ─bufó Benito. ─Estos pendejos ambiciosos. ─le dijo a manera de condena.
─¿Vos?...¿vos sos...?
El viejo se rió con ganas rompiendo el silencio por primera vez mientras negaba con la cabeza.
Se subieron al ascensor y Polanco repitió la lógica con los botones. El viaje en ascensor ahora le parecía eterno. Esteban quería fumar, correr, gritar. pero cuando lo pensó bien quiso entender.
Pero qué preguntar era paradojicamente la pregunta. El viejo lo vio entre pensativo y asustado y rompió el fuego.
─O te vas corriendo y nunca más volvés. O hacés de cuenta que no viste nada y empezás a escalar acá adentro. ─dijo el viejo mientras hurgaba en su campera buscando los cigarrillos. ─Entre los papeles que firmaste y que seguro no leiste hay un pacto de confidencialidad. Ni siquiera podés denunciarlos. Te meten preso o te hacen pasar por loco. Te lo digo porque ya lo he visto. Deben tener preparado un diagnóstico si lo necesitan. Son gente de poder.
─Vos me querés decir que nadie sabe lo que pasa acá.
─ La gente de arriba sabe. Bah...ellos son la gente de arriba. Han estado siempre. Son más viejos que el mundo.
Después de insistirle un poco se llevó a Benito a ese pequeño jardín donde él fumaba. Tenía mil preguntas y el viejo tenía respuestas, como él había sospechado. Polanco miraba hacía arriba contemplando las estrellas. El cielo parecía limpio, el pulmón entre los edificios tenía una agradable corriente de aire que lo volvía fresco y el olor de la hierba le daba el toque. El viejo hizo una mueca de desprecio. Él llevaba años fumando en el inmundo vestuario de mantenimiento donde el servicio de limpieza rara vez entraba. Sin embargo, disfrutaba de la incertidumbre de su ocasional compañero de cigarrillo. Le encantaba cuando no sabían que decir. Recién ahí lo empezaban a respetar. Él sabía mucho más de lo que pensaban pero allí no convenía hacerlo saber.
─Son lo que pensás, pero no son como te imaginás. Esos de la cueva son durmientes. Pasan así mucho tiempo. Los que están despiertos trabajan en alguno de los subsuelos. Ahí no hay diferencia entre el día y la noche. Es como si hibernaran por épocas. Mucho no se sabe de ellos y no les vas a conocer las caras a menos que sean jefes. Esos tienen reuniones y los ves seguido. Se visten como personas normales y tienen otro color. Yo he visto algunos de día pero nunca salen al sol. Tienen mucha influencia en el sindicato de salud. De hecho son más del 80% de los empleados nocturnos. Y coparon otros gremios también. Siempre se hacen fuertes en el turno noche. Te lo digo yo que fui delegado hace años. Pero no se te ocurra decirles vampiros o algo así porque se ponen locos. Dicen que son hematodependientes ─dijo el viejo y se le escapó una risita. ¿No viste como se apiñan en el fichero los que se van a última hora? Todos amontonados en esa oficinita con cara de miedo. ─dijo Polanco mientras daba un alarga pitada.
─¿Todo el mundo sabe entonces? ─Esteban no daba crédito a lo que oía.
─Si ascendes tarde o temprano te toca la charla informativa. Donde te explican que ellos no son lo que son. Y que sufren de una rara enfermedad. Y que se yo. Pero nadie quiere trabajar de noche. Eso es un hecho.
─¿Pero a qué le tienen miedo todos exactamente? ¿A que los hagan desaparecer acá adentro?
─Ellos no andan persiguiendo gente. La cosa no funciona así. Eso es para la tele. El manejo es bastante moderno. ¿A vos te sacaron sangre para hacerte estudios antes de entrevistarte no?
─Si, pero eso te lo hacen en todos lados. ─concluyó, seguro de lo que decía Esteban.
─Necesitan unas gotas para tener los resultados, el resto se almacena. ─dijo el viejo con una media sonrisa. ─Te van a sacar una vez por mes para "medirte niveles" y determinar que no consumís drogas o tenés enfermedades venéreas. Y el resto se almacena. Y así te van ordeñando como a una vaca. ¿Que te pareció lo que te dan de cenar?
Esteban no tenía queja alguna del servicio de cocina. Comía mejor que en mucho tiempo y eran porciones abundantes.
─¿Te engordan bien no? ─insinuó con una leve sonrisa.
Esteban lo miró raro. Una parte de él empezaba a preocuparse. Visto así el asunto todo cuadraba. La imagen de esa gente colgando del techo no podía borrarsela de la mente. Sin eso se estaría riendo del viejo, pero después de la caverna estaba seriamente preocupado.
─Se nota que no sos un gran lector. Si no ya entenderías la diferencia entre un CON y un REN. Es el sentido del humor retorcido que tienen.
Esteban se quedó pensativo.
─Recurso empleado numerado me dijeron que significa mi puesto ─señaló sin entender a que se refería. ─Y comisionado operativo numerado es para decir jefe o gerente ¿no? Cada empresa le pone como quiere a los empleados Polanco. No me pareció raro.
El viejo no contestó. Ya terminaba el segundo cigarrillo y tenía que retornar al playón.
─Tampoco es raro lo que viste en la cueva ¿no? ─cerró la discusión el viejo y se paró. ─ Mirá pibe, tomalo como quieras. Pero por traerme acá a fumar te voy a hacer un favor, para que no digas que soy un desagradecido. ─dijo mientras guardaba el paquete de cigarrillos en la campera gastada y sacaba un sobre doblado. ─Es la invitación al brindis de fin de año. Yo nunca voy así que no te puedo decir como es. Que se yo, por ahí tenés suerte y pasas.
─Gracias por esto ─Le dijo Esteban agitando el sobre ─Pero no me dejes con la duda. ¿Que querés insinuar con las siglas?
─ Deberías leer algún clásico sobre la temática, es un chiste bastante obvio, ellos tiene ese humor...ese desprecio por el ganado ─dijo el viejo acentuando la malicia en las palabras. Luego se acomodó la gorrita verde y se fue silbando.
Esteban se guardó el sobre y volvió a su reparto. Tuvo que usar internet para entender a que se refería el viejo. Y no llegó a entenderlo del todo, pero le pareció un chiste barato. Quizás el viejo era un tanto exagerado pero quién sabe, las cosas no marchaban por los caminos usuales en ese lugar.
Esa noche Sonrisas estaba tranquilo y solo visitó tres sectores más. Brazos le pareció hasta simpático cuando trabó la ventanilla. Ojeras, el de farmacia, estaba más despierto que otras veces. Casi podía sentirse el ambiente festivo. Sin embargo era gente normal, claro que nunca los cruzaba en el fichero ni tenía otras interacciones fuera del trabajo pero parecían normales, aunque pálidos.
El día del brindis todos los empleados tuvieron asueto. Faltaban un par de días para que finalice el año pero ya no volverían al trabajo hasta el próximo año.
Esteban se dio el lujo de quedarse en la cama todo el día pensativo. Jugó con el sobre y la invitación girándola entre los dedos. La miraba y volvía a leer buscando algún detalle que lo ayudara a decidir. Decía algo de elegante sport y ser puntual. No tenía nombre pero si una especie de chip adherido. Intentó dormir y la caverna se le mostró en sueños extraños y sofocantes. Se levantó para ducharse. Estaba decidido a no ir. No por miedo sino porque no le parecía el momento. Prendió la TV del monoambiente pero la pantalla estaba completamente negra. Un cartel le avisaba que regularizara su situación.
─Genial, ni televisión tengo. Un éxito mi vida.
Después de un rato de dar vueltas abrió el placard y empezó a buscar que ponerse. Las oportunidades están para aprovecharse se dijo para sí. No lo iba a detener ni siquiera un hematodependiente.
Cuando llegó a la clínica había menos gente de la esperada, de hecho no se cruzó con nadie más que los habituales guardias de seguridad, pero había carteles indicando la dirección del evento. El resto era la oscuridad de siempre.
"Fiesta y brindis de fín de año" Tercer subsuelo. 22 Hs.
Se acomodó la camisa y se miró en el espejo del vestíbulo. Sacó la invitación del bolsillo. Tenía una especie de pequeño chip que había que pasar por el tablero para desbloquearlo. Al menos eso vió hacer a una pareja mientras esperaba su turno...probó y funcionó. Se iluminó una tecla al final del mismo. No era parecida a la que el viejo había apretado esa vez, cosa que lo tranquilizaba bastante. Pero también era cierto que este ascensor no ea el de servicio. La apretó y respiró profundo. Todo o nada.
Al abrirse la puerta no había túneles de piedra o grandes cavernas oscuras. Era un pasillo iluminado con luces de neón y decoración moderna. La música sonaba con potentes bajos a manera de discoteca. Un guardia de seguridad le extendió la mano pero no tomó la invitación sino que le selló la muñeca con un símbolo fluo y luego le señaló lo que parecía ser un salón enorme, dándole la bienvenida. Todo era muy moderno, hasta para él, que esperaba algo más formal. Se encontró con una de esas fiestas electrónicas tan de moda en la ciudad. No era el más excelso bailarín pero se defendía bastante bien. Todavía quedaba el detalle de lo incómodo que podía ser intentar una charla en medio de la pista de baile, pero algo saldría de todo eso. Tenía que haber algo para él ahí.
Luces láser iban y venían peinando la pista mientras los temas de moda sonaban remixados y deformados por sintetizadores. Una bandeja llena de tragos se cruzó en su camino y se sirvió antes de que la moza se diera cuenta pero su aventura tropezó con la espalda de un muchacho que ya estaba realizando arriesgados movimientos de baile. Trago derramado.Oportunidad perdida. Empezó a bailar al son de quién sabe que cantante pop latino mientras intentaba reconocer algun rostro. Sonrisas estaba acodado en la barra. No perdía su habitual encanto aunque estuviera vestido de camisa sport y tiradores. Músculos había acaparado la pista de baile y parecía una especie de Travolta drogado, pero tenía una ronda de gente alrededor que lo vivaba. De alguna manera funcionaba lo suyo. Su muñeca brillaba con las luces ultravioletas gracias al raro símbolo que le habían estampado. Le pareció fuerte el champagne que había bebido. Se sintió mareado. Quizás fuera por no haber comido bien durante el día pero por las dudas fue al baño y se mojó la cara. Necesitaba todos sus sentidos alertas. Esa tenía que ser su noche y no necesitaba alcohol para desinhibirse. Pronto daría con alguien de arriba y le mostraría cuán valioso podía ser. Todos los seres del mundo necesitan buenos asistentes, humanos o no.
El alcohol no dejaba de correr por la pista de baile y las tres barras que la rodeaban. Todos parecían muy animados y no se podía reconocer quién era REN o CON. Humano o hemato. Todos bailaban y reían sin distinción. Se acercó a una de las barras y pidió gaseosa. El barman se rió de la ocurrencia.
─Acá no vas a encontrar nada liviano. Pero si no te gusta el alcohol también se consiguen otras cosas para colocarte. ─Le dijo guiñándole un ojo.
Todavía estaba acodado en la barra cuando cruzó miradas con una rubia despampanante de vestido negro ajustado que le sonrió. Pero estaba demasiado seguro de que esa era una chupasangre así que solo le hizo un gesto a manera de saludo y siguió caminando. Le ofrecieron tantas veces tragos que tomo una copa y la tuvo en la mano para que dejaran de molestarlo, pero no estaba en sus planes beber, ya no. Supuso que podría dar con el CON que se cruzó fumando. Al menos podía comenzar una charla con él. Pero en realidad no se sentía cómodo. Las luces estroboscópicas le saturaban la vista. Quizás se había acostumbrado a la penumbra por su trabajo porque apenas podía soportar los destellos intensos. Los láser a esa altura parecían manejados por algún intoxicado ya que parecían venirse encima de uno en tandas repetitivas, de manera casi hipnótica. El tatuaje fluo parecía arder con las luces negras. De hecho podía ver quién estaba sellado y quién no en la pista de baile, con bastante facilidad. Algo bastante llamativo. De hecho cada sellado parecía estar rodeado de gente que no, así que empezó a mirar a su alrededor. Se topó con un par de miradas que intentaron evitarlo apenas se sintieron descubiertas. Si se guiaba por los dichos del viejo todo aquello funcionaba de manera profesional. Se preocupó por descubrir si Sonrisas o Músculos estaban sellados pero Sonrisas tenía la manga de la camisa abrochada. Con Músculos era más simple porque estaba con una simple remera. Su sello brillaba como un adorno de navidad. Alrededor de él no pudo ver ningún otro sellado. Había un gigantesco reloj que iba en cuenta regresiva como anunciando el momento del brindis, solo que ahora a Esteban ya le empezaba a incomodar todo aquello. Estaba volviendo a los temores iniciales. Los que asociaba a la caverna. Esa con la que soñaba desde que estuvo allí.
Dos chicas muy atractivas llegaron tratando de que tome más champagne pero declinó la oferta. Una intentó besarlo y lo miró con bastante desprecio cuando la rechazó. Después se fueron lanzándole miradas torcidas que le parecieron demasiado hostiles para el ambiente que reinaba. Aún quedaban 43 minutos para que llegara el momento cero. El tan mentado brindis. Había cosas que no cuadraban en todo el asunto. Se preguntó que estaba haciendo exactamente allí. O en que momento se había enterado de la fiesta y casi no podía recordarlo. De hecho no podía. No había una charla previa o infidencia de alguien dentro de la clínica. Pero de alguna manera lo sabía, sabía hasta como desbloquear el ascensor y lo más le preocupaba era que no podía explicar el intenso deseo que tenía de asistir. Era todo lo que podía recordar entre las lagunas mentales que padecía esas últimas semanas. También se sentía muy cansado. Lo atribuyó al cambio de vida al empezar con el turno nocturno, pero realmente no se sentía él desde hace tiempo. Todavía quedaban 40 minutos así que había decidido refrescarse en el baño y huir de allí. Todo aquello ya era pasado para él. Se disculparía con su antiguo jefe, trataría de enmendar las cosas pensando en volver a aquello donde era bueno. Era lo mejor que podía hacer con las cartas que tenía. Los bajos de la música remixada empezaban a taladrarle la cabeza. Sentía mucho calor. El baño parecía la cola del banco. Todos se mojaban la cabeza. como si les ardiera el cuerpo, la piel. Esteban tenía una leve sensación de ese tipo pero no al extremo de los demás allí. Todos exhibían el tatuaje en la muñeca. Cosa que seguía inquietándolo. Abandonó la idea de esperar allí. Todos gritaban y se empujaban eufóricos jugando con el agua.
Buscó el pasillo que daba al ascensor y encontró la puerta del corredor cerrada con llave. Estaba abierta de par en par cuando entró pero ahora ni siquiera había seguridad cerca. Cuando pudo ubicar a uno este no le hizo mucho caso a su petición.
─Después del brindis, después del brindis ─es todo lo que decía.
Las alarmas en su mente se seguían disparando
"...creo que la búsqueda está cerrada. Tengo un candidato que cumple con el perfil" sonaba en su cabeza, del día de la entrevista, pero lo cierto era que él no daba con el perfil, al menos no el laboral. No tenía experiencia previa ni había llegado en horario. Entonces ¿cuál era el perfil que buscaban en realidad? Había algo en lo que sí encajaba. Después de todo era un hombre solo, sin relación familiar cercana, ni mujer o hijos. Allí encerrado y sin nadie que lo busque si faltaba. Se habían buscado la víctima perfecta.
Pero si algo había tenido toda su vida era instinto de supervivencia. Y le parecía que era hora de usarlo. Examinó el lugar. Solo tenía una salida y estaba cerrada pero recordaba que el mapa mostraba que los subsuelos tenían otro ascensor.
Miró hacia arriba. Tenía que haber algo. Se escondió tras unos cortinados buscando encontrar si el salón tenía oficinas. De hecho las encontró apenas disimuladas por la decoración. Las luces estaban apagadas pero se podía llegar a ellas si escalaba por las columnas de sonido. Aprovechó el inicio del siguiente tema que era cuando se apagaban las luces por completo y empezaban los efectos luminosos psicodélicos y trepó. Se tuvo que colgar de un largo cortinado rojo pero llegó a una de las ventanas. Estaba cerrada. Maldijo su suerte pero más adelante se veía una que estaba abierta. Solo quedaba el pequeño detalle de que debería hacer equilibrio por el riel de las luces de colores. Debajo la pista ahora parecía pequeña. Pero se podían apreciar las rondas conformadas. No parecía gente suelta en una pista de baile sino un ejercicio coreográfico. Se podía apreciar como los que tenían las muñecas brillantes estaban rodeados por pequeños grupos de gente que no se apartaban de ellos. Veía que en las barras había un encargado que señalaba gente tras quienes salían las camareras prestas a ofrecerles de beber. Excelente servicio o estrategia. Se apuró a llegar a la ventana abierta y se colgó del marco. Quedaban tres minutos para el brindis.
Cayó dentro de una oficina oscura. Apenas se puso de pie dio un vistazo a la situación. El salón era mucho más grande de lo que pensaba, destacaba también en altura. Ahora que podía ver el techo se dio cuenta de que era de piedra. Oscura y excavada. La caverna vino a su mente con la claridad que no había tenido en esos días. Ahora estaba seguro. El viejo lo había traído por el ascensor de mantenimiento, ese era el otro que se veía en el mapa. Sonrió por su ingenio. Se asomó por la puerta de la oficina y encontró un pasillo largo y vacío lleno de oficinas. Supuso que del otro extremo de la cueva encontraría el ascensor al playón de descarga, allí donde conoció al viejo. Volvió a la ventana para dar una última mirada. Ya tenía suficiente ventaja allí arriba como para corroborar si sus suposiciones eran correctas o si era presa del pánico. Miró hacia la puerta cerrada y vio como Gruñidos y Sonrisas abandonaban el salón saludando a la gente de seguridad que gentilmente les abrió la puerta. Esa que le habían negado hace minutos. Detrás de ellos, otros también se despidieron. Seguro eran jerárquicos también, pero para el resto de los sellados parecía ser otra la realidad. Allí en la pista, borrachos y vulnerables.
El reloj estaba llegando a cero y una alarma tipo de bombardeo sonó por los parlantes mientras la voz del animador arengaba a todos a hacer el conteo final a viva voz.
...10...9...8...─gritaron todos
Detrás del escenario se habían reunido gente que salía de lo que parecía ser una cueva lateral. Seguridad les daba indicaciones como si tuvieran que ponerse al tanto de alguna situación.
...7...6...5...
En la pista de baile todos estaban expectantes pero se veia claramente como se iba rodeando ordenadamente a las muñecas que brillaban. La gente de la barra de tragos había cerrado y se iban apurados por una salida lateral con los encargados cerrando la fila. La puerta se cerró finalmente y un guardia de seguridad quedó apostado en ella.
...4...3...2...
Músculos estaba abrazado con varias personas. Si reaccionaba tenía tiempo de sobra para llegar a la puerta y correr al ascensor. Ninguno de seguridad tenía su porte. Podía con ellos si no estuviera tan borracho como para no poder mantenerse en pie.
...1.
Todos alzaron sus copas y alzaron la voz en el festejo. Pero eso es un decir. Porque el grito de algarabía inicial se mezcló con los lamentos individuales cuando empezó la matanza. Del escenario brotaron los que parecían ser una horda de seres como los había visto suspendidos del techo de la caverna. Tenían un color gris intenso y estaban desnudos, esa era la única diferencia con los demás que se unieron a ellos. Esos que ya estaban en la fiesta. Músculos se sacó a dos de encima e hizo valer su fuerza para mentenerlos a raya. Hubo un momento en el que dejaron de atacarlo hasta que una nueva oleada cayó sobre él y lo hizo trastabillar. Pudo ver sus esfuerzos por levantarse pero cada vez que lo hacía se le venían otros encima. Le caía bien Músculos, le había reparado el carro una vez. Debía ser nuevo también, porque nadie era amable con él allí.
Se apenó de ver que la rubia que le había sonreído en la barra también estuviera siendo devorada por varios de esos seres. Parece que al final solo estaba flirteando con él. Lo tendría en cuenta para futuras ocasiones. Le sorprendió ver que Ojeras, el de farmacia, se había subido a la barra y pegaba patadas para intentar mantenerlos a raya. Pronto le tomaron de las piernas y lo hicieron caer. Un racimo de gente cayó sobre él. No era como Músculos así que no le dio muchas esperanzas.
Vio que los sellados ya habían sido en su mayoría ultimados y que todos se reunieron alegremente a comerlos. Había risas y comentarios en un idioma que desconocía. A medida que comían su color cambiaba a un saludable color piel. Se preguntó cuál de todos era Brazos, aunque apostaría la vida a que pertenecía al bando vencedor.
Se había terminado la fiesta, así que cerró lentamente la ventana y luego deambuló por los pasillos, atento a cualquier sonido. Encontró una puerta con la leyenda "servicios" y supo que había una luz de esperanza en todo eso. Había dado con un pasillo más rústico llenó de tubos que llevaban cableado por las páredes. Le pareció un pasillo técnico, de esos por donde deambula personal de maestranza. Se podía oler una brisa de libertad en el asunto. Esperó hasta que oyó sonidos de ruedas pesadas y pasos firmes y se escondió. Traín carros con los restos de la fiesta y los dejaban después de una curva que daba el pasillo, frente a una puerta de ascensor. Uno que le pareció familiar. Se montó en uno rogando no encontrarse con restos de personas en su interior pero tuvo suerte. Solo eran partes de la decoración, guirnaldas y una pierna que se movió cuando la tocó accidentalmente. El miedo puede disparar reaciones impensadas pero su primer reflejo fue mantener la calma. Corrió con el corazón desbocado lo que parecía ser un cartón con la palabra bienvenidos y se encontró con unos enormes ojos café que lo miraban aterrados.
─No me mates por favor ─susurró Ojos, todavía llena de lastimaduras y cubierta de sangre.
Puso las manos en señal de súplica. Estaba con un vestido hecho jirones y el maquillaje corrido. Se notaba un corte profundo en el brazo y el estado de shock. Esteban solo atinó a cruzar un dedo por sus labios en señal de silencio y asomarse apenas para ver si había gente. El ascensor hacía ruidos como si estuviera llegando a ese piso. Sabía que solo entrarían dos carros como mucho en el habitáculo así que era posible que los despacharan hacia arriba sin escolta. Con suerte sería Polanco quién los recibiera.Ya tenía ganas de ponerle las manos encima a ese tipo.
Alguien se acercó y empujó el carro hasta el fondo del ascensor sin ninguna delicadeza. Luego metió el otro con menos dulzura que el primero y aporreó los botones y se fue a seguir con lo suyo. La sensación del habitáculo subiendo era la gloria. Se escuchó un sonido metálico cuando por fín llegó a destino. Las puertas se abrieron y se escucharon los sonidos propios de la calle. Una brisa entró e inundó los pulmones de Esteban. El playón pensó con ilusión mientras Ojos lo seguía atenta con la mirada. Tenía suficientes razones para desconfiar de él. Estaba limpio, sin heridas ni signos de pelea así que lo mantenía vigilado.
Esteban dio otro vistazo y vio que no había nadie. No sabía si alguien vendría por el carro rapidamente o si debía esperar algo más pero decidió que no se quedaría allí.
─No hay nadie ─le dijo a una aterrada Ojos que no quería ni ser tocada. ─Yo me voy de acá, decidí vos que querés hacer. ─dijo lacónicamente y salió del carro buscando una salida a la calle. Encontró un portón que estaba cerrado pero que se podía trepar. Apenas puso un pie en las rejas alguien habló a sus espaldas.
─Ayudame.
Ojos estaba detrás de él. Él se tomó el tiempo para ayudarla. La sostuvo unos segundos que parecían interminables. Pronto pudo hacer pie y se descolgó del otro lado del portón. La siguió sin hacer apenas ruido. Se encontraron de pronto en la vereda de la clínica.
Habían salido.
Caminaron en silencio por la ciudad callada. Era la madrugada y prefirieron no pedir un taxi o alertar a nadie. A Esteban todo aquello que se había montado en una prestigiosa clinica le significaba protección de todo tipo. Política, policial o ambas. No podia confiar en nadie, mucho menos pensar en denunciar algo. Él ni siquiera debía estar allí esa noche. Cuando estuvieron a prudente distancia le ofreció su camisa para que se cubriera y le preguntó si quería ir a su departamento y desde ahí pedir un taxi o algo.
─Te podés pegar una ducha en casa si querés. Después llamás a alguien para que te venga a buscar. Además tenés que hacer algo con ese brazo ─dijo encogiéndose de hombros.
─No conozco a nadie acá. Mi familia vive en el interior. Hace seis meses que trabajo en la clínica. Ni siquiera iba a ir a esa fiesta, pero me ascendieron un mes antes y me dijo Gladys que tenía que ir.
Tenía bastante lógica la elección, entendió Esteban. Entendió que Gladys debía ser Gruñidos. La que se había escapado antes del asunto. Una empleada modelo al parecer.
El departamento era un desorden total, tal como era la vida de Esteban por esa época. Apenas pudo ordenar algo para que ella se sentara y le fue a preparar la ducha. En el momento en que le trajo unas toallas le extendió la mano.
─Esteban, un gusto conocerla en este apocalipsis. ─se presentó con una sonrisa.
─Clara ─contestó, y le devolvió la sonrisa, aunque no estaba para chistes.
Él la miró detenidamente y suspiró exageradamente.
─No te veo los colmillos, parece que me puedo quedar tranquilo.
Ella ya no sonrió, todavía no estaba lista para reirse del asunto.
─Perdón pero te lo tengo que preguntar ─inició él tratando de no ser demasiado brusco. ─¿Cómo te escapaste de ahí?
─Por una apuesta estúpida. ─dijo ella con los ojos empañados. ─Cuando se fueron los de la barra de tragos me desafiaron a robarme alguna botella. Y me crucé del otro lado. Estaba aprovechando que todos estaban distraídos con lo del brindis ─dijo y la mandibula le tembló pero contuvo como pudo el llanto y se secó una lágrima delatora. ─No me puedo olvidar los gritos. Los gritos...uno de los chicos de la oficina me gritaba mientras...mientras...me gritaba "no salgas...no salgas" ─se secó las lágrimas con la toalla. ─Lo estaban lastimando pero él se preocupaba por mí. Habíamos entrado juntos a trabajar ahí. Me cayeron cosas encima. Vidrios. Sangre. Restos. El celular de alguien que intentó llamar o algo. Lástima que se rompió con el golpe sino hubiera llamado a la policia para que los maten a todos esos hijos de puta. Me arrastré a la cocina y me escondí detrás de unos tachos grandes de basura. Después cuando se callaron todos y vi el otro carro cerca me metí ahí y esperé a que me vengan a buscar. Me tapé como pude pero nunca creí que no se dieran cuenta de que estaba ahí...Estaba esperando que me vengan a matar. ─dijo y su mirada de dolorosa resignación dejó mudo a Esteban.
Permiso, me voy a bañar. ─dijo y entró en el baño apurada.
Tardó un buen rato en el baño, tanto que a él le preocupó que se hubiera desmayado, o algo así pero decidió no molestarla. Demasiado habían pasado esa noche así que se sentó en la silla y no tardó en quedarse dormido. Lo despertó un agudo dolor en el pecho. Manoteó la mesa en su desesperación. El control remoto cayó y el televisor se encendió mostrando otra vez la pantalla negra y el cartel de "regularice su situación". Clara estaba sobre él, empapada y desnuda, empujando un cuchillo de cocina entre sus costillas. Gritó y se resistió pera ya estaba muy profundo.
─¡Morite hijo de puta, vos no me vas a matar. Yo te voy a matar a vos bicho de mierda! ─gritaba enloquecida y con las pulilas enormes, dilatadas. Estaba fuera de sí. Pero no dejaba de tener unos grandes ojos cafés que podían ser un descanso para Esteban que se fue contemplándolos. Sus cabellos empapados le caí en la cara y le pareció una imagen hermosa y terrible. No tendría que haber dejado que se bañe, tarde lo comprendía. Cuando sintió que las fuerzas lo abandonaban dejó de luchar y se entregó a su suerte. Su madre fue el último rostro que imaginó. Tendría que haberse despedido.
La policia llegó en minutos y derribó la puerta por el llamado de los vecinos, Se apersonaron por un caso de violencia doméstica según se desprendía de los testimonios, encontrando a un hombre sentado en la mesa rodeado de un charco de sangre. Una generosa cuchilla le asomaba del pecho. Al lado había una mujer desnuda y semidesvanecida que murmura que el hombre la quería matar, que era un vampiro. Desvarió todo el tiempo hasta que se la llevaron gritando, pedía que se aseguren de que estaba muerto. Se la derivó a un centro de salud para ser evaluada y luego quedó detenida.
Se comprobó a primera hora de la mañana que estaba drogada con LSD que había consumido a través de un tatuaje en su muñeca, una moda de las raves electrónicas del momento. Se creía que la acusada no tenía control sobre su adicción y que alguien la había inducido al consumo, sufrió una fuerte sobredosis, propiciando un brote psicótico que desencadenó la tragedia.
El caso, de alto perfil, estalló en los medios, sobre todo cuando se filtró que era empleada de un prestigioso centro de salud.
El periodismo acechó las puertas del nosocomio hasta que consiguió una declaración oficial.
Gladys, encargada de la acusada, salió ante las cámaras hablando del flagelo de las drogas y que ellos no podían hacer la vista a un costado como centro de salud.
La jóven ya tenía antecedentes según se pudo comprobar por estudios presentados por la clínica. Estaba siendo asistida por su problema de adicción. Habían afrontado el problema desde que conocieron su caso. Lamentaban que un empleado nuevo se hubiera aprovechado de su situación y la hubiera inducido a una recaída. Se comprometieron a seguir acompañándola, facilitando sus instalaciones, de ser necesario, si se la declaraba inimputable, dado el diagnóstico psiquiátrico que podía caberle ya que la acusada insistía en su fantasía de que una logia de vampiros dominaba los centros de salud y devoraba a sus empleados.
Pasada esa semana de agitación. Benito barría la vereda de la clínica, llena de basura por la intensa guardia periodística cuando un jóven se acercó a preguntar si allí estaban tomando gente. Tenía una carpeta de la que asomaban papeles, curriculums seguramente. El viejo se acomodó la gorra verde y se rascó la barbilla, luego señaló una entrada lateral y con una sonrisa le aclaró.
─Creo que es por aquella puerta, yo que vos pruebo...me parece que están tomando...para la noche.
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