lunes, 9 de diciembre de 2019

Tirar a matar



No podía decirse que Rosendo Nuñez fuera un hombre malo. Quizás un poco influenciable, eso sí, pero eso no lo volvía malvado. Nunca había querido hacerle daño a nadie.

Vivió con su madre toda la vida en el pequeño pueblo de Salinas donde su vida era tan anodina como
podía serlo en un pueblo chiquito a la vera del cerro. Poco y nada podía decirse de su conducta. No era un gran trabajador, eso sí. Y quizás esa fuera la condición necesaria que lo arrastró al ejército. Porque cuando su vecino Ignacio le propuso robar la burra del tendero, vio con buenos ojos la idea de no salir al campo a cosechar ese día y ganar unos pesos vendiendo al tonto animal en otro pueblo, como le había prometido su cómplice.

Porque a Rosendo no le gustaba la cosa de madrugar para ir a recolectar, o volver por la tarde con la
espalda quebrada para entregar lo suyo al tendero, José Luis, que pocas monedas ofrecía por el sacrificio del día.
Lo que le gustaba un poco a Rosendo era el trago, eso sí. Eso y la promesa de su vecino de que no tendría que trabajar en todo el mes si lograban el atraco. Porque a Rosendo no le apasionaba el campo y su estilo de vida. Hubiera preferido nacer en la ciudad. Trabajar en algo que no le demande tanto esfuerzo. Pero que tampoco le exigiera demasiado el pensamiento, eso sí.

Así fue como una siesta se encaminó el dúo hacia la tienda del pueblo. Como el tendero era un hombre recio y de mal genio esperaron que se pasara la hora del almuerzo, porque se iba a tomar unas cañas al bar y se acostaba a dormir la mona, como era su costumbre, hasta que fuera hora de abrir la tienda a eso de las cinco.
Pero al vecino de Rosendo le faltó inteligencia para la planificación. Porque una vez por mes al tendero le llegaba el pedido de mercancia que no podía conseguir en el almacén general. Ese se lo traía un mulero que llevaba una hilera de animales por la sierra proveyendo a los pequeños poblados de géneros, utensilios de cocina y herramientas. Ese día el tendero no tomaría caña ni se acostaría a dormir la siesta por tener que tratar con el mulero. Así fue como el dúo llegó con el sol sobre las cabezas al establo de José Luis, confiados de tener allí a la burra sin quién la vigile. Grande fue la sorpresa cuando se encontraron el establo lleno de mulas cargadas,  al mulero y tendero en plena faena, y todos con cara de sorpresa por la situación.
El tendero, como todos sabían, era conocido por su mal genio, y ese día Rosendo comprobaría que también por su mala puntería. 

Sacó su revólver de la cintura y disparó contra ellos, con tan mala fortuna que le dio al mulero en la cabeza en la confusión. Dicen que no hubo nadie que subiera el cerro más rápido que la malograda pareja de malhechores. Desaparecieron por unos días. Pero sólo uno regresó. Porque parece que Jose Luís no tenía tan mala puntería como se había creído y había herido al cómplice de Rosendo en una pierna. Ignacio se fué en sangre esa misma noche. Se quedó dormido en el cerro para no despertar.
Para cuando Rosendo volvió a ver a su madre, varias historias circulaban por el pueblo. En algunas él
había sido el asesino a sangre fría del mulero según había declarado un pobre tendero atribulado. En otras, sostenidas por su madre, un hijo desesperado por salir de la difícil situación habia caído en el engaño de un vecino criminal que se aprovechó de su desesperación.
La cosa es que la policía lo buscaba a él y a su vecino. Y aunque fantaseó con escapar la realidad es que no duraría mucho en los cerros. Así que se fue caminando despacito por la calle en dirección al pueblo para entregarse. Terminó en la delegación de la policia rural, en la misma habitación que el tendero. Todos sabían en el pueblo que Rosendo no andaba armado, no porque no pudiera sino porque no tenía un céntimo para comprar un arma. Su vecino Ignacio ya era otro cantar.

La policía no quería andar teniendo que investigar ni perseguir a nadie. Se venían las fiestas de la virgen del pueblo y había que estar atentos a los preparativos. Al mulero no se conocía quién pudiera llorarlo, así que la situación podía mantenerse contenida. El teniente de policía era un hombre pragmático que creía en el diálogo así que los sentó frente a frente a Rosendo y al tendero para que arreglen las versiones. Tenían que salir diciendo lo mismo, o al menos parecido, eso sí.
Rosendo no se animaba a mirar al otro a los ojos al tendero por la verguenza, pero también estaba molesto porque les había disparado sin más.

─¿Donde está el otro?─ladró Jose Luís.

Rosendo se encogió de hombros.

─Ustedes mataron a ese pobre hombre.

Rosendo siguió con la mirada baja por un momento pero después se animó a mirarlo. El tendero, en realidad, más allá de su corajeada, estaba pálido y asustado, quizás tanto como él. A Rosendo se le escapó una sonrisa. Entendió que al otro no le creían. Estaban los dos complicados así que se puso a pensar un poco. Solo por un rato, eso sí.
Entendió que no se trataba de justicia ni nada sino de tener alguien a quién culpar. Por alguien que nadie iba a reclamar. Rosendo iba a tener algún castigo porque ya había confesado cuando se entregó. Pero no iba a cargar con un muerto.

─Si usted mantiene a mi madre yo digo que fue el otro. ─se arriesgó a proponer.

─¿Tú me vas a decir a mí lo que tengo que hacer, ladrón?

Rosendo se volvió a encoger de hombros.

─No señor. Yo nada más les voy a decir donde murió el otro. Tiene un balazo en la espalda así que le van a echar la culpa a usted y al revólver ese que le conoce todo el pueblo.

Rosendo vio que al tendero la expresión le empeoraba todavía más. La cosa se ponía seria con dos muertos. Podía perderlo todo por su temperamento. El teniente no era precisamente su amigo, sobre todo desde que le negó algunas artículos en consignación para la dependencia. El detalle del balazo en la espalda se le ocurrió en ese momento a Rosendo, pero era adecuado. Era algo que a los ojos del tendero podía condenarlo a la ruina.

─Vea, mi madre no se puede mover mucho así que usted tiene que llevarle la provista. Le prepara las
cosas el domingo y el lunes le lleva para la semana. No come mucho pero por ahí necesite un vestido nuevo.

Jose Luís lo miró con odio pero no dijo más nada. No hizo falta un sí para el acuerdo.

Y así Rosendo declaró esa misma tarde que había intentado robar a José Luís, tendero, por consejo de su vecino Ignacio. Que su compañero no le avisó que andaba armado y dado que su acción terminó en tragedia, su conciencia lo obligó a volver al pueblo y confesar. Que quería tomar la misa el domingo y contarle al cura sus pecados para que Diosito lo perdonara. Que el tendero también era un buen hijo de Dios y que iba a ayudar a su madre mientras el cumpliera la condena. Que rezaría por el alma del mulero cada noche para que tenga descanso y rogaría también para que su cómplice sintiera la mano del señor y decidiera imitarlo presentándose ante al autoridad, por el horrible acto de tomar la vida de alguien. Algo que solo le corresponde a Dios.

Claro que ese acuerdo tenía que rubricarlo el teniente que había confiscado el revólver de José Luís y
nunca se lo había devuelto. En vista de lo confuso del episodio siempre quedó la duda de si lo iba a
mandar a peritar a la capital. La verdad es que durmió en un cajón por años mientras José Luís nunca más le hizo faltar nada a la dependencia policial. Ni a la madre de Rosendo, que no fue a la cárcel finalmente. Para eso había que instruir a un juez en la causa, traer a su secretario a que tome declaración, llenar los formularios y devolverlos debidamente completados. Y eso en vísperas de las festividades, era un problema para todos. Así que a Rosendo lo dejaron despedirse de la madre y lo enviaron la noche siguiente al cuartel quinto de montaña como conscripto para que pague su deuda sirviendo a la patria.

Si la vida como granjero no era adecuada para Rosendo. La disciplina militar tampoco sería demasiado amiga con él. No sabía agarrar el rifle. Tampoco mantener el uniforme en condiciones. No había manera de que se pare derecho después de una vida de cosechar agachado. Si bien sabía pensar, Rosendo nunca abusaba del privilegio. Sólo usaba la mente para librarse del trabajo o de las culpas, eso si.
Parecía que lo único que sabía hacer era fuerza. Así que ese fue su destino. Lo sacaban al cerro para que cargue con los pertrechos del pelotón que subía. Iba al final de la fila de soldados arrastrando un pequeño carro hasta el campamento del alto donde estaban las tiendas de los soldados que hacían las rondas buscando forajidos. A Rosendo no le parecía tan malo, y hasta podía acostumbrarse a eso. Pero el capitán López era demasiado severo y no lo quería en sus filas. Decía que no cualquiera podía vestir el uniforme del ejército. Creyendo que eso lo haría rebelarse lo había puesto como porteador. Y Rosendo no se quejaba. Lo había mandado meses a limpiar letrinas, Y Rosendo no se quejaba. Lo hizo cargar troncos de palma para hacer una cabaña de herramientas, y Rosendo no se quejaba.
El sargento Sánchez siempre decía que hay criaturas en las que el Señor no había puesto demasiada atención. Eso era Rosendo. Era el sentir de todos en el cuartel.

El capitán se rascó la cabeza y pidió los papeles de Rosendo. Así se enteró que estuvo involucrado en un homicidio y se le ocurrió una idea.

─Así que a usted le gusta matar ─afirmó el capitán.

─No señor. Yo nunca he matado. ─contestó Rosendo con naturalidad.

─Sus papeles me confirman que usted está aquí por la muerte de alguien.

─Estoy por robo, pero no llegué a robar siquiera.

─Todos dicen lo mismo. Todos son inocentes.

─No soy inocente señor. Quise robar pero casi me agarraron y me escapé. El que mató fue mi cómplice. ─contestó recordando su mentira.

─¿Usted sabe como me doy cuenta si alguien es un asesino?

Rosendo se encogió de hombros.

Había un oficio que nadie deseaba en el cuartel. Se atrapaban muchos bandoleros y prófugos en los
cerros. Desertores, fugados de prisiones. Todo indeseable tendía a subir por las montañas tratando de
evitar la captura. Aunque no sucedía siempre, había reincidentes o personas con pedido de detención para los que no había posibilidad de indulto. Eran demasiado peligrosos, demasiado revoltosos o lo que fuera. Para esos solo había un tratamiento posible.
Desde ese día Rosendo Núñez quedó adscripto al pelotón de fusilamiento del cuartel. La tarea más
odiada. Había que obligar a la mayoría ya que pocas veces había voluntarios y se alternaban siempre entre soldados, pero para Rosendo aquello sería una ocupación fija.

El sargento Sánchez fue el encargado de entrenarlo para dominar el fusil. Cosa difícil, pero peores que Rosendo había tenido.
Y salió nomás como fusilero. Tenía el carácter tan calmo que era asombroso su pulso. Podía no ser el soldado modelo pero le acertaba al blanco desde varios metros.
Rosendo no sabía como se iba a librar de esto ya que una de las pocas cosas que tenía clara en la vida era no querer cargar con un muerto, así que puso a pensar a su cabeza, sin abusar, eso sí.

No era un hombre complejo y la solución era la cosa más simple de pensar. Para evitar la carga de
conciencia había decidido que iba a fallar el tiro, las veces necesarias.
Fueron 38 ejecuciones sumarias a cargo del cuartel en esos años y de lo único que se puede imputar a
Rosendo Núñez es de no haberle dado nunca al reo. Fue castigado, azotado, echado al hoyo como si fuera el peor de los cautivos. Se inventaron castigos nuevos solo para él. Pero Rosendo agachaba la cabeza y aceptaba lo que fuera que pergeñara el capitán.
Solía hacerse por la costumbre cada vez que se ajusticiaba a uno que el resto de los reos fueran formados en el playón para ser testigos del hecho. Así les metían el miedo y muchos hasta pedían enrolarse. Pero las últimas veces todo el cuartel estaba pendiente de una sola cosa, de si Rosendo volvería a fallar el tiro. El capitán estaba cerca del ascenso y no quería irse de allí sin la victoria sobre el tozudo campesino, vuelto soldado.

El asunto había escalado tanto que se habían hecho apuestas y Rosendo pagaba mucho si alguna vez acertaba. También si fallaba había premio. Los soldados lo incitaban a que haga una u otra cosa de acuerdo a como habían apostado.

─No le des el gusto Rosendo, que Dios nos mira a todos desde el cielo...

─Apunta tranquilo Rosendo que yo te voy a preparar el rifle con una salva...

─Si le pegas en una pierna alcanza. No te pueden decir nada por eso...

─¿Mira si te vas a dejar castigar por uno de esos tipos? dale plomo que después te acostumbras, yo ya
estuve en seis fusilamientos...

Rosendo había aprendido a no fiarse. Nadie ahí entendía la vida como él la veía. Pocas cosas eran igual a como fueron en sus años mozos. Su madre había fallecido hace un tiempo y según le contaron los del pueblo, estaba contenta con como su hijo la cuidaba a la distancia. Nunca le había faltado nada, cortesía del tendero y del teniente de policía que le hizo cumplir el acuerdo. Rosendo sabía que no podía volver. El día que volviera los beneficios de su madre se cancelarían. Estuvo conforme con el arreglo y nunca se preocupó por regresar.

Fue una mañana fría y brumosa cuando la cosa encontró su rostro final. El capitán fue ascendido, finalmente, por atrapar al criminal más buscado de aquellos tiempos. Le decían Tiroloco, y tenía una banda como de treinta secuaces. Era buscado en varios departamentos. Decían que una de sus amantes vivía cerca del pueblo. Pero se disfrazaba para bajar de la montaña, alternando caminos y nunca daban con él. Le tendieron una emboscada de acuerdo a unos dichos pero parece que tenían mal el dato. Bajó sin problemas a ver a su cariño pero a la vuelta tenía un par de whiskies de más y se descuidó. Lo agarraron en un camino de mulas y no le dieron tiempo a nada. Cuando lo llevaron les costó reconocerlo pero ya en el cuartel no tuvo escapatoria. Era sabido que a Tiroloco se le habían acabado las andanzas. Esa mañana fue sentado en una silla y atado frente al paredón, listo para conocer a su creador. El capitán hizo retirar cuatro fusiles y solo dejó uno. Cuando Rosendo fue a tomar parte del asunto se encontró con que estaba solo en la linea de tiro. Todos estaban expectantes. Los reos formados en el playón también habían hecho sus apuestas.
El capitán esperaba que Rosendo falle para acusarlo de traidor a la causa nacional, a la patria y a cuantos designios se le ocurrieran. O que acierte y le diera la razón de que siempre había sido un asesino. Tiroloco lo miró desafiante para que supiera que no tenía miedo de morir. No había aceptado que le venden los ojos para poder mirar a su ejecutor. Rosendo suspiró y chequeó el fusil. Puso bala en recámara y apuntó despacito.

La detonación sonó en todo el cerro.

Luego le siguieron otras. Los vigías cayeron de las torres y se dieron voces de alerta. Estaban todos tan expectantes con Rosendo en el cuartel que habían debilitado las guardias. Los hombres de Tiroloco cayeron sobre ellos enceguecidos. Venían por su líder.
El capitán no se dejó distraer y dio la voz de ¡fuego! a Rosendo. Las balas picaban cerca de ellos.
Tiroloco seguia mirando a Rosendo fijamente como este miraba a su capitán esperando que le pida
que vaya a cubrir los muros o algo. Pero este solo seguía repitiendo ¡fuego! en una danza demencial de voluntades.

El capitán reaccionó finalmente y sacó su revólver. Rosendo se vio cerca de tocar el arpa pero su superior apuntó a Tiroloco en vez de a él pero una nueva detonación lo hizo caer. Lo habían herido. Rosendo soltó el rifle y fue a ayudarlo.

─Mire si será idiota Rosendo, esa gente nos va a matar a todos.

─Yo no puedo cargar con un muerto señor. ─dijo y se encogió de hombros.

Pronto los hombres de Tiroloco habían copado el cuartel. El grueso del destacamento estaba en el
campamento alto así que los que quedaron no fueron rivales para semejante bandidaje. Sobre todo cuando los reos formados para ver la ejecución decidieron que era negocio participar en la revuelta.
No había pasado una hora que ahora el capitán López era el que estaba atado a la silla.
Tiroloco se paseaba por el cuartel dando órdenes y cargando las armas del arsenal en una carreta. Todavía quedaba un puñado de soldados prisioneros pero Tiroloco era conocido por su salvajismo.

─¡Todos a cuchillo! ─dijo y el lamento general se dejó oír por un rato mientras las voces fueron callando una a una.

─Jefe ─dijo un lugarteniente cuando vio que el siguiente en morir era Rosendo. ─¿Y con este que?

─Acérquese hombre ─dijo el bandido al reconocerlo. ─Este hombre recibió la orden de ajusticiarme y se negó. De hecho ya lo conocen. Jamás lastimó a uno de los nuestros ─dijo, haciendo que los demás reparen en él. ─Libérenlo.

Lo tomó del hombro y lo llevó hasta donde estaba el capitán. Atado y amordazado en la silla de los condenados.

─No hay justicia en este mundo ─comenzó a decir el bandido. ─Uno va fabricando alguna clase de justicia en el camino. Le ofrezco que tome la suya ─le dijo mientras le ponía el revólver del capitán en su mano. ─Acá nadie lo va a delatar, de hecho no va a quedar nadie que pueda decir que pasó. Este hombre le ha hecho mucho daño a los míos. Usted no la ha pasado mejor. Si mi gente no hubiese llegado usted podía haber terminado en la silla por desobedecerlo, mi amigo.

─Yo no puedo cargar con un muerto señor. ─se limitó a decir

─Pues ya está decidido. Se la voy a poner fácil. O él o usted, así no tiene mucho más que pensar. Es un tiro fácil ─cerró diciendo Tiroloco.

Parecía que aún el mismo capitán estaba esperando confirmar su teoría sobre él ya que miraba expectante. Como invitándolo a que lo ajusticie.

─Entonces...¿qué hacemos? preguntó Tiroloco ansioso.

Rosendo amartilló el revólver. Le sintió el peso y jugó con el por un momento mientras el capitán parecía estar rezando por lo que venía. Hasta el hombre más pintado sabe cuando ponerse a cuenta. El campesino devenido en soldado, tenía que pensar en la situación y en alguna clase de justicia. No tenía mucho tiempo para decidir, eso sí. Era cierto que la opción era sencilla, como lo era el tiro. Rosendo nunca había sido un hombre complejo. Las soluciones que buscaba tendían a ser las más simples. Así que le dedicó una última mirada al capitán y se encogió de hombros, luego se puso el revólver en la sien y disparó.










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