─¿Alguna vez sintió que por dentro se partía en dos?
El Dr Juarez intuyó que esa sería otra sesión intensa. Era viernes, último turno antes de cerrar el consultorio. Momento para escapada con amigos o una cerveza fría en casa. Su mente volaba lejos de las vívidas imágenes mentales de su paciente.
─No es que uno sienta romperse o algo así doctor. O si. Es como si uno fuera una cáscara. El huevo de otra cosa.
Juarez estaba acostumbrado al modus operandi de su paciente. Una jugosa revelación para dar inicio a la terapia y los desvaríos posteriores del señor Montelaguna. Canalizaba la ansiedad en multitud de formas. Todas más o menos fantasiosas o floridas. Jugosas como solía pensar Sebastián. Ninguna que representara de manera cabal los conflictos con su padre, que era el elusivo punto al que deseaba llegar con él. Lo único que anudaba la serie de conflictos que paseaba cada viernes en el consultorio según su parecer. No le daba mucho con que trabajar a parte de ese puntapié inicial. Al menos no de la manera en que le serviría para orientar la consulta.
─¿Y usted que cree que saldrá de ese huevo Julián?
─No lo se, me da miedo saber. Usted sabe como soy. Uno no sabe lo que hay adentro de un huevo hasta que se rompe.
─Pero sin que eso tenga que ser algo amenazante, no tenemos que pensarlo así, si tuviera que imaginar algo, cualquier cosa.
─Es que no se me ocurre nada. Nada bueno en realidad.
─Probemos otra cosa. ─concluyó el doctor.
─Cambió el cuadro ─señaló el paciente. ─me gustaba el otro, el del mar. Este de montañas me da como frío.
─¿No le gusta el frío?
─Depende. Creo que en la montaña se vuelve peligroso. La gente se muere congelada.
─Tienen que ser muy altas para eso me parece ─dijo el doctor sin mucho convencimiento, pensando en una pintura de una cabaña alpina que transmitía más paz y quietud que nada. Pero los cambios a veces pueden molestar.
Cuando desvariaba era difícil traerlo de vuelta. El señor Montelaguna era un hombre serio y responsable en su entorno. Funcional socialmente. De buena reputación, al que una serie de ataques de pánico depositaron en su divan. Y desde que empezó a tratarlo se evidenció que el hombre había necesitado tratamiento toda la vida. Para ser un odontólogo infantil respetable del lado oeste de la ciudad era demasiado maniático en algunos aspectos. No parecía ser ese rasgo de carácter compatible con el trato de pediátricos, sin embargo, era el consultorio más requerido de la ciudad. Se decía que conseguir un turno con él era ponerse en lista de espera un buen tiempo. El otro misterio era por qué no se atendía con algún terapista más cercano a su lugar de trabajo. Tenía muchos colegas respetables de ese lado de la ciudad pero Julian Montelaguna cruzaba la capital para llegar puntual cada viernes en el último turno hace tres años. Supuso que no quería que se enteraran que hacía terapia. Se le ocurría al Dr Juarez que podía ser mala publicidad para su negocio.
Manías, miedos, mala relación con un padre castrador con el que trabajaba en un moderno consultorio donde habían invertido mucho. Cada vez que se acercaban un poco al asunto paterno había un efecto fuga y los desvaríos se hacían presentes. El terapista intentó acorralarlo una vez más y volvieron al juego. Pero el gato estaba cansado y el ratón sabía la rutina así que pronto cada uno siguió su camino. Era viernes a la noche y el Dr Juarez lo despidió como siempre.
─Creo que por hoy ya estamos Julián. ¿La semana que viene a la misma hora?
El señor Montelaguna asentía con la cabeza mientras se ponía el abrigo y se notaba el cambio de expresión en el rostro. Dejaba de lado el aspecto débil y confundido de la sesión y volvía al aspecto frío y certero con el que se manejaba en la vida. Parecía colgar el personaje y todas sus seguridades en el perchero al llegar. Casi como todos suelen hacerlo.
Lo veía alejarse caminando erguido y parsimonioso como si de una salida de compras se tratara. Las apariencias podían serlo todo para gente como Julián. Recordó la llamativa frase con la que definió su estado..."el huevo de otra cosa".
Después cerró el consultorio y se fue a tomar una cerveza. Suficiente por esa semana.
El lunes por la mañana abrió el consultorio temprano. No solía ocupar las primeras horas para organizar su semana y concertar la agenda con Susana, su asistente, consejera y amiga de su difunta madre que terminó siendo una extensión de ella.
─Canceló la paciente de las 10 hs...otra vez. Tenemos un pedido de cambio de horario para la tarde, pero se superpone con otro paciente. Se enojó cuando le dije que era imposible, le ofrecí que venga hoy a la mañana, dijo que iba a ver...y...¡ah!...rebotó el cheque del Sr. Montelaguna.
Lo último fue lo único que le llamó la atención a Sebastián Juárez. Psicólogo. Como rezaba el cartel metálico en la puerta del edificio. Sabía que la paciente de las 10 era Mónica, que pasaba por un agudo caso de transferencia después de una ruptura sentimental traumática, ese enamoramiento que se da con los terapistas a veces y que dificultan la tarea si persiste, pero no la había derivado con otro especialista todavía. El que cambiaba los horarios todos los lunes era González, el de la distribuidora de golosinas, que solía tener problemas para planificar algo en su vida, justamente hacía terapia por ello. Desde que había puesto el consultorio hubo pocas constantes en su vida laboral. Pero justo esas le eran familiares. Es cierto que era joven y le costaba estar atado mucho tiempo al consultorio pero jamás había tenido problemas con nada de eso, lo que si era llamativo era la insolvencia del eminente dentista.
─Nada fuera de lo previsto entonces, pero habría que llamar al banco Susana. ─dijo mientras revisaba su celular.
─Y derivar a Mónica de una vez...digo...esa chica está encaprichada con vos. A menos que le hayas dado motivos...
─Se llama transferencia Susana, ya te lo expliqué, es una etapa que hay que superar.
─O se llama "paciente linda" ¿no? ¿de que trabajaba esta chica? ah si, era modelo ─dijo ya sacándose los anteojos para poder juzgar cada gesto que se asomara al rostro del Dr.
Sebastián la miró extrañado pero no contestó. Era como discutir con su madre, que en paz descanse, solo que esta madre sustituta no tenía esa pizca de cariño que se puede tener por el fruto de tus entrañas, esta era la que lo había adoptado casi como encomienda de una moribunda. Seguramente su santa madre le había pedido que lo tenga vigilado. Y Mónica era hermosa, para variar. Pero de eso no podía hacerse mucho cargo.
─Bueno mamá, ¿terminaste de retarme, ya me puedo ir al consultorio?
─Anda que en un rato te llevo el café, tengo que organizar todo de nuevo a ver si puedo conseguirle un hueco a González, ese hombre me vuelve loca...
─Podrías salir con él Susana. Justamente sos lo que le hace falta, orden, control y mano dura.
Tuvo tiempo para cerrar la puerta antes que el diario le diera en la cabeza. Abrió apenas y aprovechó la agresión para tomarlo. Quería ver la sección deportiva antes de que viniera el primer paciente.
Finalmente Mónica vino a la consulta. Quizás para ver si habían puesto a otro paciente en su turno, u otra. Por lo que fuera, Sebastián le comentó la posibilidad de derivarla, cosa que no le cayó en gracia. Amenazó con abandonar la terapia y montó una escena, que parecía ser para otra persona a su entender. Luego lloró desconsolada y terminó confesando que lo había visto por redes sociales y que era muy parecido a su ex, por lo que a veces le costaba diferenciar. Que rastreó su consultorio por internet cuando supo que era psicólogo. A todas luces era una cuestión obsesiva y hasta ella sabía que la situación no podía sostenerse. Esa misma mañana habló con un colega y concertaron la derivación. Mónica se arregló en el baño, volvió a maquillarse, le dio un beso en la boca por sorpresa cuando la despidió en la puerta y se subio el ascensor. Susana lo miraba fijamente pero su rostro no emitía gesto alguno. Tomó una planilla y anotó algo.
─Te morís por decir algo Susana, date el gusto ─dijo vencido cuando se desplomó en un sillón de la sala de espera.
─No tengo nada que decir, solo que González también está enojado porque no le pude conseguir el horario que quería. Supongo que lo vas a tener que recibir así también.
─Llamá al banco por favor ─fue toda la respuesta de Sebastián y se metió al consultorio.
Esa tarde transcurrió entre dilemas maternos y relaciones tóxicas de pareja. Los lunes le pesaban. A veces Sebastián se cuestionaba su elección de profesión pero era talentoso en eso. Todos lo decían. Hasta quién lo supervisaba que era un viejo profesor de la facultad, pero se iban a pescar y comían juntos cada tanto, así que se podría decir que esa opinión estaba viciada de nulidad.
Para cuando se moría la tarde despidió a González, su último paciente y se sentó en la sala de espera.
─Faltó el besito.
─¿Llamaste al banco?
─Tiene la cuenta cerrada. Algo de un cambio de firma debe ser. A veces cambian la razón social para evadir.
─Raro en alguien como Montelaguna ─arriesgó Sebastián.
─Te sorprenderías nene. Cuanto más serios parecen...
─Parece que hablara la experiencia.
─Tres matrimonios nene. Yo ya me recibí.
A Sebastián le molestaban las generalizaciones pero no quedaban dudas de que los últimos cheques pertenecían a esa cuenta y que la deuda se había acumulado.
─Vamos a tener que llamarlo.
─Lo llamé toda la tarde querido. Pareciera que cambió el número también. Y el del consultorio tampoco está activo.
El Dr Juárez se quedó pensativo. Dado su cuadro y los pocos avances. Las implicaciones del ausentamiento los medía en clave de riesgo claro hacía si mismo. En el sistema tan estructurado que lo contenia los cambios radicales eran dificiles de lograr. Si tomaba la decisión de asomarse a una faceta que temía enfrentar era imposible precisar las consecuencias. "El huevo de otra cosa" podía significar mucho. Podía significar un cambio o peor, un final.
La idea de que pudiera suicidarse le rondó toda la noche en su cabeza. Todo el martes su mente revisaba mentalmente las sesiones. Tenía miedo de haber pasado algo por alto. Tenía pocas anotaciones relevantes y un par de dibujos que él había hecho alguna vez cuando no lograba anclarlo a la realidad. Dibujos infantiles que hacía por puro aburrimiento que ahora le parecían vergonzosos.
Ese martes apenas terminó de atender se despidió de Susana apurado y se subió al auto. Le tocaba su extenuante sesión de gimnasio pero no sería de la partida esta vez.
Sabía la dirección del consultorio de Montelaguna pero el viaje era largo. Pensó por un momento que estaba exagerando pero sentía la urgencia de ocuparse del paciente que menos había tenido en cuenta en ese tiempo.
El enorme cartel que decía "SE ALQUILA" no prometía demasiado ni atenuaba sus temores. Se veía apenas giró y se encontró con el edificio. Odontología Montelaguna se leía encima en una marquesina despintada. Eso llevaba su buen tiempo así. No podía decirse que fuera un próspero negocio familiar.
Repasó una vez más las sesiones. Hablaba de trabajar en el mismo lugar que su padre había abierto hace años. Las fantasías de un local propio. Los años de rutina en un mismo lugar. Nada de aquello era cierto al parecer.
─¿Anda buscando a alguien?
La voz del portero del edificio de al lado lo sacó de sus pensamientos.
─Ando averiguando sobre los dueños del local. Tengo ganas de poner mi negocio por acá. ─mintió.
─El hijo anda medio desaparecido. No es el primero que pregunta. Un tipo raro. A veces viene pero no se que hace ahí adentro. Siempre hay ruido.
─¿Y el padre? ¿se puede ubicar?
─Nooo...el viejo Montelaguna falleció hace tres o cuatro años. Se infartó acá adentro. Un disgusto grande. Se le murió un chiquito cuando lo estaban atendiendo.
─Ah mire usted. Y eso que tenía buena reputación el hombre.
─Si, un dentista de primera ─ dijo y luego se acercó vigilando que no hubiera nadie cerca.
─ Dicen que no fue él. Que el problema lo tuvo el hijo. Pero el juicio se lo comió el padre, vió como es ─le confesó arqueando las cejas. ─Eso me contó la secretaria del viejo. El hijo de ocupaba de la anestesia y se les murió un chiquito. Se pasó de dosis.
Sebastián se quedó pensativo. Cada vez era más evidente que lo hablado en las sesiones había sido el invento de una mente que no podía asimilar ninguno de esos hechos. Eso condicionaba el cuadro hasta el límite. Era una fábula demasiado elaborada. Y ahora había detonado por un descuido. Tenía que haber una interconsulta con psiquiatría de manera urgente. Pero la duda de Sebastián que había traído la angustia era si su paciente seguía vivo.
Se quedó un rato en el auto mirando a la nada. El cartel de alquiler tenía un número de teléfono celular. Decidió mensajear a Susana. Ella lo podía sacar de dudas al respecto.
─¿Que querés nene? ─leyó apenas mandó el mensaje.
─¿Tenés el número de Montelaguna a mano?
....
Enseguida llegó el número más un emoticón de fastidio. Decidió molestarla un poco más.
─Gracias mamá.
Emoticones más obscenos llenaron la pantalla de su celular.
Cotejó ambos números. El del cartel y el de su paciente eran el mismo. No había inmobiliaria intermediando. Se acomodó en el auto y se quedó pensativo. Vio un hombre con un abrigo un tanto exagerado y capucha caminando hacía el lugar y subió la ventanilla discretamente. La figura pasó de largo frente al auto y se paró en el local. Apenas hizo un movimiento y de pronto había desaparecido dentro. Sebastián se bajó rápido marcando el número que le había pasado Susana. Pudo escuchar un timbre sonar lejano mientras se acercaba.
Ahora estaba seguro de que era él.
La puerta del enorme local estaba cerrada. así que dio una vuelta manzana buscando ver si había otra entrada al complejo. No la encontró o no había pero si vio un paredón que se alzaba en el contrafrente. No era demasiado alto. Se preguntó por un momento por quién estaba haciendo todo eso, si por su paciente o por él y su bendita crísis vocacional. La respuesta no estaba clara todavía. Pero si suponía que él representaba un peligro para si mismo, también podía serlo para otros. O para un infortunado psicólogo entrometido. Desechó la idea un tanto engreidamente. Quizás por sentirse joven y fuerte. Supuso que en última instancia podría contener la situación y llamar por ayuda. Montelaguna era alto pero delgado y encorvado.
Para cuando terminó de pensar ya estaba en los fondos del local. Sintió el corazón latiéndole desbocado, como cuando era chico y se animaba a entrar furtivamente a recuperar la pelota caída en lo del vecino, o cuando se robaba las manzanas del árbol de Don López para impresionar a sus amigos. Siempre había sido el osado de la banda. Al menos así era de chico, cuando se caía mejor. Antes de volverse un adulto lleno de reglas y temores. Todo aquel asunto era una bocanada de aire puro y lo más emocionante que había hecho en ese último tiempo, al menos desde que cazó un ratón en su departamento.
Lo primero que oyó fue música infantil. Vio elementos de albañilería y pintura por doquier. Estaban refaccionando el local. Vio imágenes de dibujos animados pintadas en las paredes y colores pastel adornando los ambientes. Un cartel nuevo apoyado junto a una puerta rezaba "Odontopediatría, mecánica dental, Parodi y asociados"
Sebastián supuso que el incidente de mala praxis habia derivado en la ruina de su padre. El apellido Montelaguna había quedado manchado para siempre y no podia ligarse más con la atención de chicos. Una renovación y cambio de firma parecían lo más lógico para el negocio. De pronto se sintió estúpido haciendo de detective. Tenía que salir de allí y dejar de ir más allá de lo evidente. Solo necesitaba aclarar la situación el próximo viernes antes de la consulta. Entonces lo oyó. Las risas. Había risas de alguien, quizás Montelaguna. Pero la otra. La otra lo alarmó. Porque era de un chico.
¿Familia? no la había mencionado jamás. Estaba claro que si estaba con algun pariente allí, un hijo, por así decir, sería un problema explicar que hacía invadiendo propiedad privada. Pero no había mencionado nada de lazos. A esa altura ya era difícil imaginar que esperar de él.
Pero eran risas extrañas, casi histéricas. No parecían naturales. Encontró una puerta tipo trampilla en el suelo. Estaba abierta. Una escalera descendía hacia la oscuridad. Se dió cuenta que estaba revestida como el resto del piso. Supuso que si estaba cerrada pasaría inadvertida. Todavía estaba a tiempo de llamar a la policía o algo, pero ¿para decirles que? ¿mi paciente no me pagó? ¿mi paciente se ríe raro? La clave era esa risa infantil. Necesitaba saber un poco más todavía y después decidir. Así que bajó despacio la escalera.
El lugar era impresionante. Esperaba un modesto cuarto, a lo sumo dos pero eso tenía la sensación de ser un galpón enterrado. Vio un pasillo con puertas luego de una sala de estar con frases de hermosa caligrafía en las paredes. Seguir adelante significaba un riesgo cierto. No veía albañiles o pintores, pero era lógico por el horario, sin embargo ese lugar no estaba en refacción. Era un ambiente pulcro, aséptico, de un blanco impoluto y acabado. Apenas una sala amplia donde había una mesa con sillas y lo que parecía ser los restos de una cena comprada. Un armario alto y estrecho del que asomaba ropa de abrigo, tanto de niño como de adulto. Aquello era completamente distinto al nivel superior, aún en obras. Volvió sobre sus pasos al no escuchar más las risas y se quedó en la puerta del sótano espiando pero nada pasaba. La música infantil resultaba molesta para su vigilancia. Escuchó algo parecido a una conversación. Reconocía la voz de Montelaguna claramente aunque no entendía lo que decía. Hablaba en un tono familiar. Casi jovial. Parecía contento. La voz del niño volvió a oirse. No sonaba con miedo o temor. Otra vez Sebastián sintió que quizás estaba invadiendo un momento que parecía ser familiar, pero...¿y si no lo era? Un menor interactuando con un adulto en la noche, en semejante lugar. Cabía apelar a la duda razonable. Por lo que fuera, estaba decidido a actuar.
Volvió a descender, peldaño por peldaño, conteniendo la respiración. La escalera era metálica y amplia, pero estaba revestida, así que no hizo ningún ruido. Miró las frases en las paredes con detenimiento y algo en él se revolvió. Era como esos cuadernos que a veces se les recomendaba a los pacientes llenar de pensamientos. No eran para un terapia convencional, sino para casos más complejos, cuando hay dificultades en volcar lo propio en las sesiones. Pero verlo pintado en las paredes en letras tamaño molde no suponía un uso terapéutico. Había una especie de regodeo insano en lo que se suponía era la intimidad. Intentó descubrir aquello que se quería proclamar.
"dos enormes piernas pétreas, sin su tronco se yerguen en el desierto, yo también las he visto"
"Josef Priestley 1771-1772"
"El imperio de la voluntad será victima del tiempo, condenado a su ineludible fortuna, el olvido"
Había otras cosas escritas pero venían ruidos del pasillo y decidió no distraerse más de lo necesario. Le llamó la atención la primera frase. La reconoció de un famoso soneto inglés. Ozymandías. Pero le sonaba extraño el final. No reconocía el nombre y la fecha, quizás un poeta.
Algo acerca de los imperios parecía obsesionarlo. Ozymandías trataba de eso, de la caída de los grandes reinos de los hombres a manos del tiempo, que todo lo vence. ¿Acaso esto hablaba del imperio de su padre? ¿El hombre bajo cuya sombra el señor Montelaguna vivía, aún después de muerto?
Sin dudar demasiado siguió avanzando. Chequeó sus pertenencias para saber si tenía todo lo necesario. Caminó despacio, cautelosamente, buscando la fuente de las risas, que volvían a oirse con fuerza. La puerta estaba abierta. Había luz y las sombras bailaban sobre la pared del pasillo. Tomó valor y se asomó. Un nene que no tendría más de 8 o 9 años estaba en un silla reclinable de esas que usan los consultorios odontológicos. Tenía una mascarilla puesta y le hacía señas ansiosas a alguien junto a él, riendo en el proceso. Montelaguna estaba de espaldas. Con pantalón de trabajo y camiseta. Lo vio distinto. Como de mayor porte, vigoroso. Tenía la espalda desarrollada y bien definida. Recordó que iba a las consultas con camisas amplias y tiradores. Parecía alguien delgado tratando de mostrarse más fornido de lo que era. Pero ahora entendía que realmente tenía un cuerpo trabajado y sólido, que le hizo dudar de sus posibilidades contra él.
El niño estaba vestido pobremente. Casi como si fuera un chico de la calle. Y reía bajo la mascarilla como si estuviera intoxicado. Cada tanto Montelaguna se la sacaba y tomaba una bocanada pero enseguida se la reclamaban. Era como un par de drogadictos compartiendo dosis. La situación le pareció insana. Sabía algo de la moda europea de drogarse con óxido nitroso. El gas de la risa, como era vulgarmente llamado. Bastante usado en pediatría para evitar la sedación por medios más invasivos como lo eran las inyeciones dentro de la boca. Era conocido que los chicos le temían bastante a las agujas.
Pero ese gas también era una especie de droga social. Un fenómeno en aumento, del que se desconocía el alcance y los posibles efectos secundarios. El niño reía alocadamente mientras Montelaguna empezaba a cerrar un largo tubo del que se proveía del gas.
─Basta Juan, te va a hacer mal.
─Un poco más doc, un poquito, dele...─le rogaba con el pecho completamente agitado.
Julian Montelaguna lo miró un momento y volvió a girar el regulador, le acarició la cabeza y salió del consultorio.
El Dr Juárez apenas tuvo tiempo de esconderse tras el armario de la sala de estar. Montelaguna iba pensativo. Tenía una mirada extraña. Se paró junto a la mesa y se rascó la cabeza, luego tomó las sobras de comida y subió la escalera. Sebastián entendió que estaba de suerte. Vio que era su momento. Se asomó lo más que pudo y vio que Julian había subido las escaleras.Volvió a paso ligero al consultorio y le sacó la mascarilla al niño lo más rápido que pudo. El olor del gas era dulce y metálico. Se cuidó de no aspirarlo demasiado. Lo que menos necesitaba era ponerse a reir allí dentro. Cerró el paso del largo tubo de color azul y sacudió al pequeño para que despierte. Pero parecía profundamente dormido con una sonrisa. Intentó tomarle el pulso pero parecía débil o ausente. Le abrió la boca y sintió que el cuerpo empezaba a ponerse frío. Comenzó las compresiones con el nerviosismo típico de quién tiene los segundos contados. Volvió a insuflar aire tratando de ventilar, las compresiones siguieron pero los labios ya estaban azulados. Le abrió un párpado y vio la pupila dilatada por completo. volvió a insuflar con desesperación. Masaje, masaje, masaje, insuflación. Nada. Masaje, masaje, masaje, insuflación...nada.
─Vamos pibe, vamos...reaccioná. ─dijo estrangulado por el cansancio.
─Es tarde doctor. ─dijo una voz inconfundible a sus espaldas.
─Hijo de puta, lo mataste. ─dijo con la voz quebrada por la emoción, agitado por el esfuerzo, mientras dejaba lentamente de comprimir el pequeño pecho.
─Doctor, ¿que es ese lenguaje? No perdamos la distancia profesional. Ese pibe ya estaba muerto desde que nació. Usted no sabe nada de él. ─dijo y Juárez percibió un rastro de emoción en su voz. ─Vivía en Plaza Constitución. Lo prostituía el comisario del destacamento. No conoció más que abusos y abandono. No se le conocían padres o familia. Había empezado a robar con los chicos de la estación. Le quedaba poco tiempo. Llegó a decirme que no conocía eso que le hacía sentir el gas. No sabía mucho de reirse o ser feliz.
─¿Y la solución era matarlo?
─Acá no hay soluciones doctor Juárez. Solo decisiones. ─Dijo mientras lo tomaba por detrás. Ató sus muñecas en un movimiento hábil y coordinado con un precinto. Le vació sus bolsillos y apagó su celular, luego se lo llevó a una silla y lo sentó.
─Supongo que ahora me toca a mí ¿no?
─Todo depende de las decisiones doctor. No tengo nada contra usted. Hay gente que se ha ido caminando de aquí. Gente que entendió...
─¿Cómplices?
─Aliados. Gente que sabe que no estamos buscando soluciones a esta altura. Gente a la que le duele lo que le pasa a estos chicos. Hay un ejército de estos pibes en la calle, un montón de nadies. Solos, vulnerables...disponibles.
─Un ejército que estás exterminando. Suena a una guerra contra ellos. ─Afirmó el Dr. Juárez.
─Soy uno de ellos. Jamás sería su enemigo. Jamás.
─Pero los matás julián.
Montelaguna negó con una sonrisa.
─Cuando los conozco. Cuando me involucro. Cuando intento darles refugio al menos por un par de noches. Ahí les hablo, les digo todo acerca de mí. Mis motivos. También les cuento del gas. Ellos no me tienen miedo a mí. Tienen miedo de volver a la calle.
─¿Que decisión certera puede tomar un nene de 9 años Julián?
─Se sorprendería doctor ...aunque debo aclararle que Juan tenía 11 años. Tenía principio de desnutrición, entre otras cosas. además de SIDA. y si, al final es una decisión que toman ellos. Yo solo les brindo los medios. Podrían venir a sentirse bien un rato o venir a concluir con sus vidas. Soy un intermediario. Al menos les brindo la posibilidad de una decisión entre tantas imposiciones. Llega el día en que vienen con una mirada distinta, están como eufóricos. Ese día, aunque trate de convencerlos no se quieren sacar la mascarilla...y no los culpo.
El Dr. Juárez mantenía la vista fija en el cuerpito inerte mientras Julian Montelaguna comenzó a prepararlo. Lo desnudó y le puso una especie de camisolín celeste. Hacía todo con dedicación y cuidado. Lo higienizó, lo peinó y acomodó en una camilla que trajo por una puerta lateral. Y procedió a llevárselo por ella. El Dr podría haber juzgado impropio todo aquello pero se dejaba entrever cierta solemnidad en el momento. Algo ritual contaminaba la escena.
No tardaría mucho en volver, de eso estaba seguro. Sebastián Juárez tanteó sus bolsillos pero hasta las llaves le había quitado. Hubiera sido útil tener consigo una navaja o algo, pero no acostumbraba portar cosas como esas. Tampoco esperaba terminar el día cautivo. Tenía ese último recurso pero todavía confiaba en su habilidad como terapista. Tenía que pensar más rápido que él. Hacerlo hablar lo más posible, no dejar que lo volviera ese otro que llega a él a que lo saque de sus miserias.
En la pared del fondo del consultorio se leía una frase que le llamó la atención. "Esclavo de las risas"
Solo esa estaba pintada en lo que parecía ser un consultorio clandestino. Faltaban la asepsia y la limpieza que se requería en un lugar de esos. Hasta equipo de entrenamiento había allí. Pesas, mancuernas. Entendió que les ofrecía varias cosas además del gas. No tardó en ver un mando de videojuegos semitapado con revistas. Era como un espacio adolescente lleno de aquello que sus victimas anhelaban. Porque no se dejaba comprar por el discurso eutanásico humanitario. El que mata por voluntad halla algún tipo de goce. Eso se lo habían enseñado hace mucho.
Cuando volvió se había puesto algo encima de la camiseta de algodón. Se había acomodado un poco el pelo también. Estaba en plenos preparativos. Parecía haber olvidado que él seguía allí expectante. Decidió no someterse a ese trato deshumanizante. Si lo permitía estaba perdido.
─¿Quién es Josef Priestley?
...
─Leí su nombre en la pared de la sala. Debe ser importante para vos Julián. Había unas fechas también.
─¿Va a intentar distraerme ahora?
─Digamos que puedo hacer una consulta informal. Mi trabajo es entender Julián, por eso pregunto tanto.
─Se dice que fue el descubridor del oxígeno, al menos uno de los que pudo aislarlo. Un año despues descubrió el óxido nitroso. En un año descubrió las dos cosas más importantes para todos. La vida es risa dicen por ahí. No estaban muy lejos una de la otra. Además creía que religión y ciencia estaban emparentadas. Se dedicó a reconciliarlas toda su vida.
─Lindo desafío se tomó.
─Nadie lo entendió. Se dedicaron a desprestigiarlo simplemente.
─¿Creés que nadie te entiende, que tu misión no es valorada?
─Imaginemos que llamo a los noticieros para contarles, ¿que piensa que dirán de todo esto? ¿Que pensaría la gente? ─Desafió un cínico Montelaguna.
─Probá conmigo, explicame tu misión.
─Vos me estás analizando. Estás ganando tiempo, buscando tu oportunidad.
─Pero si partís desde el prejuicio nadie está en condiciones de entenderte.
Julián Montelaguna terminó de acomodar el consultorio. Guardó revistas, posters, escritos, objetos que parecían ser los que compartía con Juan, el chico muerto. Embalaba todo como si no pudiera ser para nadie más. Se tomaba las cosas personalmente, cosa extraña para un asesino de su tipo. Porque Sebastián veía trazos de organización en su accionar, su falsa terapia. Su distancia emocional frente a la muerte de otros.
Sebastián se resignó a ir detrás de él y su plan. No tenía la iniciativa, ni podía manejar la charla, pero si no lograba que le hable tenía pocas expectativas de salir de allí.
─¿Por qué a mí? Tenías muchos terapistas de este lado de la ciudad.¿Para que buscarme para montar semejante teatro?
─Yo no fingí nada. Ese era yo. O parte de mí en realidad.
Sebastián supuso que ahora vendría el acto de las múltiples personalidades. Las voces. Las influencias y todo eso.
─Tenía que terminar de cambiar doctor. No soportaba la medianía. Me sentia suspendido entre estados.
─El huevo de otra cosa ─recordó Sebastián en voz alta.
─Quiero que entienda que mi tratamiento con usted lo elegí por sus referencias. ─afirmó seguro.
─No tengo especialidad. Sería raro que alguien me recomiende.
─Usted trató a un hombre hace un tiempo. Había sido víctima de abuso cuando era apenas un niño. Esa persona estaba decidida a quitarse la vida hasta que se cruzó con usted. Logró sacarlo adelante. Lo empujó a actuar. Una de las cosas que usted le recomendó era buscar enfrentar todo aquello lo más sinceramente posible. Así lo conocí. Estuvo aquí para hacerlo.
─No entiendo la relación. ─dijo el Dr. Juárez un tanto confundido.
─Todo esto que ve aquí no lo hice yo. Lo heredé en todas las maneras que se pueda imaginar.
Sebastián lo miró extrañado. No quería arriesgar ninguna hipótesis. Quería que hable por si mismo.
─Es raro que no pregunte doctor. En algún momento llegaremos a mi padre. Eso ya lo sabemos.
─Se que murió de un ataque al corazón aquí dentro. Que tuvo algún tipo de pico de stress. Hay gente que lo señala a usted.
Montelaguna se resignó y se sentó finalmente. Por la expresión entendió que estaba buscando las palabras para comenzar.
─Esa tarde no teníamos mucho trabajo. Pero mi padre estaba encaprichado con un arreglo menor. ─Comenzó a decir con la mirada perdida. ─Se llamaba Theo. Un nene de cinco años. Lo traía seguido la madre. Mi padre hacía mucho trabajo social y trataba pacientes de bajos recursos casi sin cobrarles. Era una especie de santo para algunos. Le juro doctor que pensé que mi padre tenía una especie de historia con ella. Yo no veía nada en la boca del chico que justificara un trabajo extenso. Mi padre me mandaba a cada rato a buscar materiales para él. La madre ya estaba acostumbrada así que se sentaba a leer revistas en la sala de espera. Yo le decía que estaba todo bien y volvía adentro. Pero me equivoqué en el color de la pasta del arreglo. Mi padre siempre se enojaba por todo. Los pacientes lo tomaban por exigente. Pero en realidad solo tenía ganas de humillar a alguien, y yo era siempre lo más a mano que tenía. ─Dijo y se tomó un respiro. Salió del consultorio y volvió con un par de bebidas.
─Me vas a tener que desatar.
Tomó el escritorio de metal y pese a que parecía pesado lo corrió con una facilidad que asustaba. Lo puso a su lado, apoyó la bebida cerca de él y le colocó un sorbete. Luego le echó una mirada desafiante y volvió a sentarse.
─Yo no me había equivocado. Le faltaba pasta de ese color para el arreglo. Pero su orgullo pudo más y fue a buscarlo él, y ese fue su error, ese día se equivocó... porque tardó lo suficiente. Al nene se le pasó un poco el efecto de la anestesia. Mi padre trabajaba a la vieja usanza. Usaba nitroso. Le iba a aplicar más cuando lo miré a los ojos. El nene lloraba. Lo quise contener y me agarró el brazo. Me quería hablar. Estaba muy agitado así que le saqué la mascarilla para que hable.
─No me dejes...con él...no me dejes...me toca...las partes. No quiero, tengo...miedo...─repitió como si el niño fuera él.
─Me quedé petrificado doctor. Jamás se me hubiera pasado por la cabeza. Era un tipo inmaculado en ciertos aspectos. Tan estricto que uno pensaba que estaba más allá de las bajas pasiones. Y después eso.
─¿Ese fue el primero de los nenes que murió? ─preguntó incisivo, Juárez.
Montelaguna lo miró extrañado. Luego lanzó una risita incrédula mientras sacudía la cabeza.
─Lo saqué en brazos y se lo entregué a la madre. El nene se aferró a ella. Yo no sabia que decirle. Mi padre salió y solo la miró. Tenía esa mirada extraña. Ella bajó la vista y se fué. No dijo nada ni preguntó que le había pasado. Se fue doctor. Yo no lo podía creer...era como si supiera ¿entiende doctor? era como si supiera.
Sebastián Juárez se sintió interpelado por la mirada de Julián Montelaguna. Buscaba respuestas. Y él no las tenía.
─Theo murió tres meses después. Sufría maltratos. El padrastro le pegaba y un día se le fue la mano. La madre también lo sufría. Los dos terminaron presos por abuso físico y sexual. Mi padre se aprovechó de eso. El nene venía marcado, estaba lleno de cicatrices. Con amenazar a la madre bastó para que se sometiera. Y otro cargó con su parte de la culpa.
─¿Eso como lo supiste? ¿Él te dejó seguir trabajando después de que lo descubriste?
─Esa noche no me dirigió la palabra. Tuvo el cinismo de pretender que no había pasado nada. Mi padre solía ser contundente para descalificar a los demás si se lo provocaba. Me buscó con su mirada insidiosa pero no lo enfrenté. Quizás tuve miedo de que me dijera algo terrible, no sé...no sabía si agradecer o no que solo me hubiera pegado de chico. Jamás me...él no...usted...usted me entiende. Al menos no recuerdo.
Era la primera vez que lo notaba abrumado, como confundido. Había que presionar. Buscar el quiebre. Era su momento de vulnerabilidad.
─¿Y no te parece que es tiempo de parar con todo este asunto? Tu misión es romper con las acciones de tu padre. No podes tomar ese legado. No es tu herencia Julián. No es tu imperio.
─¿Y quién dice que tomé algo de eso? me callé por un tiempo pero empecé a prepararme para enfrentar la situación. Alteré las agendas. Le inventé un viaje por un congreso. Suspendí los turnos. Y esperé que terminaramos ese viernes. Este sótano que ves ─dijo abriendo los brazos para marcar el abundante espacio ─supuestamente era un depósito. Yo no bajaba nunca hasta que no tuve más remedio. Tenía una especie de respeto extraño por este lugar. Cuando bajé descubrí este otro consultorio. Solo que acá filmaba a sus pacientes. ─hizo una pausa para tomar una larga inspiración y continuó. ─Llevaba unos registros que a simple vista parecen historias clínicas. Pero eran una especie de perfil psicológico con una lista de puntos vulnerables. Cosas que el podia utilizar contra las familias o contra las mismas víctimas. Armaba los abusos como casos médicos. Pero eran varios biblioratos, llenos de expedientes, cientos. También tenía una especie de socios. Gente con nombre en clave, tan enfermos como él. Claro que estaban las filmaciones. Siempre eran pibes de la calle. Algún que otro paciente regular si se tentaba. No se portaba como un vulgar pedófilo doctor. Le gustaba torturar. Amenazaba con lastimar a las familias. Les decía "negrito de mierda, quién te va a extrañar" o "si me llevo a tu mamá mañana, no sabés lo que le voy a hacer".
Vi que mi mejor arma eran esos videos pero los destruía al poco tiempo. Así que un viernes decidí que seguía él. Le drogué la comida y me lo traje para acá. Esa tarde descubrí que todos tenemos oscuridades doctor. Ese día el cascarón empezó a romperse. Lo confieso, lo disfruté. Lo filmé a él, atado a la camilla. Filmé todo el interrogatorio y tres días después de trabajarlo, la confesión.
─Ningún tribunal admitiría esa prueba. ─señaló Sebastián.
─No era una confesión para el tribunal. Era para las víctimas. Tenía acceso a todos ellos gracias a los registros de mi padre. Encontré tantas de esas "historias clínicas" que tenía trabajo para meses. Así que me tomé el tiempo de enviarles a cada uno, un detallado video donde se ve como lo torturo, lo lastimo, lo quiebro y lo hago confesar. ─señaló con un macabro brillo en la mirada. Un dejo de disfrute insano y bestial.
─Tuve que editarlo para que no saliera mi nombre. Mi padre me insultó bastante, me rogó bastante, en fín, hasta me suplicó que lo mate. Le puse una máscara de faraón. La tenía de una fiesta de disfraces. Después se me ocurrió darle un nombre a este poderoso caído...Ozimandías. Y yo era el tiempo. Solo me cubrí el rostro con un pasamontañas. Después me nombre Caronte, el barquero, la verdad no se me ocurrió otra cosa. Tenía que representar el tiempo de alguna manera. Supe que los faraones se pasaban toda la vida haciendo cosas para ir al más allá con gloria. Les preocupaba dejar una huella de grandeza.
─Pero en ese video también estabas vos. ¿No tenías miedo de que te reconocieran?
─¿Qué le puedo decir doctor? soy un buen actor, nadie me reconocería aunque fueran con el video en la mano. Ya sabe, fuera de aquí soy el otro, el inseguro. El débil. El burocrático. El inútil. Es cierto que algunos se asustaron y mandaron la filmación a la policia. Tenían miedo que fuera una jugarreta de mi padre. Pero tenía la situación controlada. Otros me lo agradecieron. Algunos hasta se lamentaban de no haber podido ponerle una bala en la cabeza. Esos me interesaban. Uno de esos fue paciente suyo. Y así llegamos hasta acá. Yo no lo elegí doctor. Él me dijo que usted entendería, que tenía una sensibilidad especial para estos casos, pero yo no estaba seguro.
─¿Ellos vinieron hasta aquí? ¿Esos son los que salieron caminando de acá entonces? ¿tus aliados?
─Entiendo que se sienta desilusionado. Usted tratando de llevarme a mi punto de quiebre, tratando de ganar mi costado vulnerable para salvarse y yo que solo le doy trato preferencial a las víctimas ─sonrió malicioso.
─Te felicito, estuviste jugando conmigo todo este tiempo. Me convertiste en tu juguete nuevo. ─contestó indignado.
─No se lo tome así doctor. Tampoco soy un monstruo. Ni siquiera maté a mi padre, no soy ese sádico que perfila, fue su paciente el que lo ejecutó. Pero no usó un arma. Se tomó su tiempo y déjeme decirle algo. Ese hombre disfrutó el momento. Su momento. Le hizo estallar el corazón con el gas. Fue raro ver como lloraba mi padre mientras reía...y reía...y reía...y reía hasta que se calló. Rieron juntos hasta el final. Sólo que su paciente no necesitó del gas.
─¿Y entonces que hacemos acá? Vengaste a los demás, te tomaste revancha...¿y ahora qué?
─Ya le dije doctor. Había socios, nombres en clave. Gente desconocida que venía y usaba este consultorio. Los vi ir y venir de chico. Todavía recuerdo. Eran varios y ya tengo algunos, pero todavía no cayeron todos. ¿Entiende ahora lo que estoy haciendo?
─Alguna clase de revancha dibujada de justicia. Tenías las pruebas en la mano para voltear esa red de pedofilia. Podrías haber denunciado todo y preferiste jugar al justiciero. Tu impulso narcisista.
─No sea duro doctor. Por la zona en la que estoy tendría que hacer la denuncia en la comisaria donde mandaba uno de ellos. Ese comisario que prostituía a Juan ¿se acuerda? Y la cadena iba hacia arriba. No era de las que bajan. Jueces, curas, políticos, docentes. Había de todo y más. En este momento están aterrados. Saben que están desapareciendo uno por uno. Saben que alguien sabe, que alguien habló. Se acusan entre ellos. Y pronto van a empezar a matarse.
─Un poco ingenuo tu razonamiento Julián. Estas cosas se matan exponiéndolas, no hay otra manera.
─Veo que no vamos a ponernos de acuerdo. Pero tenemos tiempo...─dijo lacónicamente y salió del consultorio.
Sebastián se quedó en silencio. Era en ese momento o nunca. Desde la ola de secuestros de hace un par de años había aprendido la técnica. Se la enseñó un amigo que hacía cursos de defensa personal. Era el último recurso. Sólo tenía que hacer los movimientos correctos. Era indispensable que Montelaguna no estuviera presente ya que era bastante aparatoso el movimiento. Empezó a hablarle en vos alta para poder ubicarlo mientras se contorsionaba para lograr su objetivo.
¿Y por qué acá Montelaguna? ¿Por qué no irte a otro lado? ¿No te parece muy obvio que van a saber que trabajas en el mismo sotano que tu padre? La policía no es tonta. Ya deben saber que algo pasa en la zona. Sobre todo secuestros. Además en un local tan céntrico a tres cuadras de la comisaría por la avenida, es muy arriesgado. Tu papá trabajó acá toda la vida. Es una esquina muy transitada...
─¿Qué trata de hacer doctor? ─Lo sorprendió Julián apareciendo de golpe con una cuerda larga en su mano. Se abalanzó sobre él a tiempo para quitarle ese segundo teléfono celular de la cintura del pantalón. Viejo y primitivo, tanto que todavía tenía teclado físico. Suficientemente útil para hacer una llamada sin ver el teclado. El rostro de Montelaguna estaba desencajado. Sirenas se empezaron a oír a lo lejos. El aparato estaba encendido y en llamada. Julián se lo acercó al oído lentamente casi sin respirar.
─Siga hablándonos señor. Los móviles ya están en camino...
─Me llamo Sebast...─gritó el terapista antes de que una patada en el estómago lo dejara sin aire. Ya era inútil. Julián había cortado. Sin embargo no tardó en ver destellos azules filtrarse por una pequeña ventana ciega. Un puñetazo terminó de hacerlo caer en posición fetal. Las sirenas parecían ecos lejanos pero lo tranquilizaron un poco. Todo terminaría allí. Ya no importaba tanto su suerte. Podía desmayarse un rato.
***
Sebastián Juárez se sentó en el pulcro escritorio de acero inoxidable y acomodó las carpetas. Tenía todo preparado. Anotaciones de sesiones previas, perfil actualizado del paciente. Sacó la lapicera de su saco y la apoyo en la mesa. La acomodó varias veces hasta que estuvo alineada con su libreta. Luego se paró y corrió un poco el pesado escritorio para que quede centrado. Era la oportunidad de su vida. Un nuevo enfoque en su carrera, al menos así quería verlo él después de todo lo que había pasado. Se oyó un pasador metálico deslizarse y la puerta se abrió. Julián Montelaguna lo saludó con un gesto a pesar de las esposas y se sentó frente a él.
─Buenas tardes Julián ¿estamos listos?
─Cuando quiera doctor. Yo siempre tengo tiempo para usted.
─Me parece un tanto excesivo. No era necesario ─dijo Sebastián mirando las esposas con extrañeza.
─Hay que seguir el juego doctor. No queda otra ─dijo encogiéndose de hombros. ─Soy un preso peligroso ─señaló divertido mientras hacía comillas con las manos en el aire.
─Retomando el tema de la vida y la risa, quería que me cuente un poco si sentía que la finalidad de su trabajo era ese. Devolver las risas a los demás.
─¿Usted dice que yo sería una especie de Joker criollo doctor? ─dijo entre risas.
Sebastián sonrió pero le mantuvo fija la mirada.
─El gas era una herramienta de trabajo que conocía bien. Me parecía simple de usar. Además tenía varios propósitos. Si hubiera sido plomero quizás sería el loco de la llave de caños.
─¿Varios propósitos? Si en definitiva causaba la muerte de inocentes y culpables, el propósito parece ser el mismo ¿no le parece?
─El mundo no es blanco o negro. Hay gente que milita por la eutanasia o la pena de muerte y son dos cosas distintas, pero la finalidad es la misma. No creo que haya nadie que le diga que tomar agua hace mal pero el exceso puede causar serios trastornos. O la muerte. Pero por las dudas se toma mucha agua ¿no? No son soluciones, son elecciones doctor. Elecciones en una extensa gama de grises.
─¿En un mundo sin bien ni mal? ─Atacó el Dr Juárez.
─En una cultura occidental, de tradición judeocristiana donde todos pecamos en público y nos arrepentimos en privado ─contrarrestó Julián.
─Estaba seguro que era al revés ─señaló Sebastián.
─El imperio de mi padre estaba a la vista de todos. Y nadie hacía nada. Los chicos desaparecían cada semana. La comisaría recibía las denuncias de desapariciones. Las marchas del dolor salían por televisión. Los políticos hablaban de flagelos. Y todos sabían que la cosa se agitaba por debajo de la tierra. Porque cuando mi padre no los encontraba en las calles se los arrebataba a los barrios humildes de la periferia doctor. Caminaba entre la gente como un santo, un doctor bueno que regalaba cepillos de dientes entre los olvidados. Nunca le faltó "material" doctor. Nunca. ─Le dijo Julián levantándole las cejas.
─Digamos entonces que el pecado es público. ¿Por qué hablamos de arrepentimientos privados?
─Por que a todos ellos les arranqué un arrepentimiento cuando los até a la silla. Les hice sentir lo mismo que ellos provocaban. Ese es mi pecado doctor. Porque nunca podré negar como disfruté ese momento. Al menos yo tuve la decencia de elegir cuidadosamente mi pecado. Puedo ir al infierno con una sonrisa.
─¿Infierno? No te tenía por fiel creyente.
─Es una expresión de deseo, nada más, pero si existe un Dios, y está mirando...nos tiene que quemar a todos.
─No cabe duda de que es motivacional tu discurso.
Julián Montelaguna se encogió de hombros mientras miraba condescendiente al Dr Juárez. En algún momento se sostuvieron la mirada y Sebastián no tuvo más opción que preguntar.
─¿Por qué a mí Montelaguna? ¿por qué a mí?
─¿Otra vez con eso doctor? Ya le dije que fue un paciente suyo el que lo señaló. A mi no me quedó más opción que investigarlo.
─¿Investigarme? ¿Y que descubriste? No tengo tanta trayectoria profesional como para sacar conclusiones jugosas. ─señaló Sebastián con una sonrisa.
─No me interesaba su trayectoria profesional. ─contestó con otra sonrisa que apagó la de su terapista.
Se sintió en el aire el cambio de ambiente. Sebastián pretendía llevar las riendas del asunto, tal como se lo proponía siempre pero era algo de lo que nunca se podía jactar con Montelaguna.
─No se ponga así doctor. Me tenía intrigado su paciente. Tenía tanta confianza en usted. Decía que usted tenía un entendimiento y una sensiblidad por su problema, que no había logrado percibir en ningún otro terapista. Y eso que había pasado por varios. Le tengo que confesar que al principio pensé que su acercamiento al tema fue por su intervención en el asunto de Susana, su asistente. Mujer madura, con un marido violento. Golpeador. Potencial femicida. Usted se contactó extraoficialmente con el perito forense y logró que lo entierre con las pericias. El fiscal hizo otro poco. El tipo sigue preso ¿no? Como sea, usted le dio trabajo en su consultorio y ella recompuso su vida después del intento de suicidio. Hasta le prestó plata para que se mude y todo.
─¿Cómo sabés eso?
─Después seguí escarbando un poco y mire lo que son las casualidades doctor...terminé en su pueblo.
Sebastián Juárez palideció. Sabía exactamente adonde iba la charla.
─Un nene de ocho años le confiesa a la maestra que su primo mayor le hace cosas en la casa de su tío. La maestra lo lleva con el doctor del pueblo, constatan el abuso, después va a la comisaría y quiere radicar la denuncia. El primo del nene era el prometido de la hija del intendente. Tenía un cargo político y era el protegido del poder local. Un escándalo en el año de las elecciones. A la siguiente semana había maestra nueva. De la denunciante no se supo más nada. Nunca llegó a su casa en Entre Ríos como se dijo. Desapareció. El nene fue mandado con su mamá a vivir en Buenos Aires en una casa flamante. Nunca les faltó nada, aunque su mamá nunca trabajó desde que llegó. Un intento de suicidio en la adolescencia y una relación distante con su madre que murió en un geriátrico unos años después.
─No sigas...─La mirada perdida, de ojos vidriosos, delataba a Sebastián.
─Ese dinero que llegaba del interior le pagó una buena educación y una carrera universitaria. Hace rato que se acumula en una cuenta a nombre suyo. Usted no lo retira generalmente. Pero cada tanto lo usa, como esa vez que tuvo que sobornar al perito y al fiscal por el asunto de Susana. Y así entramos en la extensa gama de grises doctor.
Montelaguna se acomodó en la silla y miró a Juárez que tenía la vista fija en el escritorio metálico pulcro y brillante.
─Su primo doctor, sucedió en el poder al viejo intendente. Gobernó varios períodos hasta que se dedicó exitosamente a la actividad privada. Claro que su estancia en el poder le sirvió para abrochar suculentos negocios. Un hombre del poder, ligado a los sectores acomodados de su provincia. Sigue haciendo giros de dinero a diversas cuentas, porque usted no fue ni el primero ni el último.
─No quiero saber nada de él, ya ni recuerdo lo que pasó...─levantó la voz Sebastián sin hacer lo mismo con la vista.
─Hace un tiempo entró en crisis y recorrió todo el camino hasta su pueblo una madrugada. Lo tomaron las cámaras de varios peajes. Hasta le llegó una multa. Pero no se atrevió a ir a buscarlo, se quedó en la entrada del pueblo. La panadera lo reconoció, se acuerda de usted. Lo vio esa madrugada. Le manda saludos. Como yo lo veo doctor, usted no se olvidó de él, usted no se olvidó de nada... ─dijo con su sonrisa fría y calculadora. ─Lo que lo aterra es no saber que pasaría si volvieran a encontrarse...
Sebastián lanzó un grito y saltó hacia adelante buscando con sus manos la garganta de Montelaguna. Había calculado la distancia un segundo antes. Estaba seguro de que llegaría a él. El odontólogo se hecho para atrás en la silla y se quedó expectante sin perder su sonrisa habitual. Sebastián pudo haberlo logrado de calcular bien pero la cadena atada a su cintura se lo impidió finalmente. Le faltaron centímetros.
─Casi..─fue todo lo que dijo Montelaguna. ─¿Estuvo haciendo trampa con el escritorio otra vez?
─Soltame y que sea una pelea justa ─le escupió el Dr Juárez sin dejar de estirarse para tratar de tomarlo del cuello. Luego se rindió y volvió a sentarse.
─Si un día lo logra doctor, se va a morir de hambre acá abajo. Solo y a oscuras. Ese no es un buen plan. Además, acá tengo óxido nítrico, lo uso para entrenar. Incrementa mi capacidad de respuesta física. No sería una pelea justa con o sin cadena. Como yo lo veo los dos necesitamos terapia. Yo, por ejemplo, tengo que lidiar con mi impulso narcisista. ─acotó con una sonrisa maliciosa ─Pero tengo un regalito para usted. Quiero que vea que me esfuerzo por hacer que esto funcione. ─Dijo mientras se levantaba e iba hacia la puerta. La abrió de par en par y dejó a la vista el consultorio justo enfrente. Atado a la silla dental se rebatía un sujeto encapuchado. Tenía unos auriculares puestos. Seguramente lo estaba torturando con música o algo.
─¿Le doy pistas o lo dejo adivinar solo?
─Vos crees que me voy a convertir en cómplice tuyo?
─Aliado doctor, aliado. Gente que toma decisiones, Es bueno que la gente haga eso si se pone a pensar. Sin aliados todo esto sería real y yo estaría esposado de verdad. ─Dijo Montelaguna quitándose las suyas.
─Pero yo llamé a emergencias. Vos no podés controlar todo. Quedan registros.
─Ya los había. Del portero de al lado. Dos veces llamó al 911 para denunciar que acá pasaban cosas raras. Dice que escuchó música y gritos. Yo presenté un plan de remodelación del local y lo demandé, hay una mediación pendiente. Declaré que le molestaban los ruidos de la obra, tenía todos los permisos en regla pero acepté de buena fé trabajar en horarios diurnos. Me vino bien tu jugarreta porque el celular tuyo apareció en su casa. Tuvo que ir a declarar a la comisaría. Chismoso como todo portero. ─dijo con una risita.
─Un día se te va acabar la suerte Julián.
─Mi suerte ya está echada doctor. La que queda por ver es la suya y la de ese...─dijo haciendo un ademán con la cabeza. ─Puede salir de acá caminando. Tiene mi palabra.
─No todos podemos matar a placer como vos.
─Me decepciona doctor. Con lo que me costó traerlo hasta acá. Era un hombre...digamos...perseguido por sus propias acciones. Tuve que decirle que era abogado suyo y que usted pensaba denunciarlo penalmente por abuso sexual. Lo cité a mi oficina. Vino urgente con una buena cantidad de dinero y armado. También trajo un guardaespaldas, un sicario en realidad, por si acaso. Todo un ejemplar su primo. Al sicario lo tuve que procesar rápido, pero si usted quiere a su primo lo soltamos. Digo...basta con que le diga que no fue usted y el hombre seguro se va a quedar tranquilo ¿no? Piénselo con calma que yo le dejo la puerta abierta. Cada uno tiene que lidiar con sus propias oscuridades ─Dijo apoyando una llave en el escritorio metálico, mientras le guiñaba el ojo. Luego fue al consultorio y le sacó los auriculares al encapuchado. Le acarició la cabeza y se fue.
─¿Quién es?...¿quién es?...¿Sebastián?...¿sos vos? Seba, escuchame por favor. No me hagas nada Seba...¿Sebastián? soltame por favor, hablemos. Te traje plata, es para vos, es mucha Seba...Yo no quise...pero no pude, estoy enfermo, es como si no fuera yo Seba ─Rogaba el encapuchado mientras el Dr Juárez miraba la llave sobre el escritorio. Era de la marca del candado que lo mantenía sujeto a la cadena. La tomó y pensó mientras la hacía girar entre los dedos.
Repasó una vez más las sesiones. Hablaba de trabajar en el mismo lugar que su padre había abierto hace años. Las fantasías de un local propio. Los años de rutina en un mismo lugar. Nada de aquello era cierto al parecer.
─¿Anda buscando a alguien?
La voz del portero del edificio de al lado lo sacó de sus pensamientos.
─Ando averiguando sobre los dueños del local. Tengo ganas de poner mi negocio por acá. ─mintió.
─El hijo anda medio desaparecido. No es el primero que pregunta. Un tipo raro. A veces viene pero no se que hace ahí adentro. Siempre hay ruido.
─¿Y el padre? ¿se puede ubicar?
─Nooo...el viejo Montelaguna falleció hace tres o cuatro años. Se infartó acá adentro. Un disgusto grande. Se le murió un chiquito cuando lo estaban atendiendo.
─Ah mire usted. Y eso que tenía buena reputación el hombre.
─Si, un dentista de primera ─ dijo y luego se acercó vigilando que no hubiera nadie cerca.
─ Dicen que no fue él. Que el problema lo tuvo el hijo. Pero el juicio se lo comió el padre, vió como es ─le confesó arqueando las cejas. ─Eso me contó la secretaria del viejo. El hijo de ocupaba de la anestesia y se les murió un chiquito. Se pasó de dosis.
Sebastián se quedó pensativo. Cada vez era más evidente que lo hablado en las sesiones había sido el invento de una mente que no podía asimilar ninguno de esos hechos. Eso condicionaba el cuadro hasta el límite. Era una fábula demasiado elaborada. Y ahora había detonado por un descuido. Tenía que haber una interconsulta con psiquiatría de manera urgente. Pero la duda de Sebastián que había traído la angustia era si su paciente seguía vivo.
Se quedó un rato en el auto mirando a la nada. El cartel de alquiler tenía un número de teléfono celular. Decidió mensajear a Susana. Ella lo podía sacar de dudas al respecto.
─¿Que querés nene? ─leyó apenas mandó el mensaje.
─¿Tenés el número de Montelaguna a mano?
....
Enseguida llegó el número más un emoticón de fastidio. Decidió molestarla un poco más.
─Gracias mamá.
Emoticones más obscenos llenaron la pantalla de su celular.
Cotejó ambos números. El del cartel y el de su paciente eran el mismo. No había inmobiliaria intermediando. Se acomodó en el auto y se quedó pensativo. Vio un hombre con un abrigo un tanto exagerado y capucha caminando hacía el lugar y subió la ventanilla discretamente. La figura pasó de largo frente al auto y se paró en el local. Apenas hizo un movimiento y de pronto había desaparecido dentro. Sebastián se bajó rápido marcando el número que le había pasado Susana. Pudo escuchar un timbre sonar lejano mientras se acercaba.
Ahora estaba seguro de que era él.
La puerta del enorme local estaba cerrada. así que dio una vuelta manzana buscando ver si había otra entrada al complejo. No la encontró o no había pero si vio un paredón que se alzaba en el contrafrente. No era demasiado alto. Se preguntó por un momento por quién estaba haciendo todo eso, si por su paciente o por él y su bendita crísis vocacional. La respuesta no estaba clara todavía. Pero si suponía que él representaba un peligro para si mismo, también podía serlo para otros. O para un infortunado psicólogo entrometido. Desechó la idea un tanto engreidamente. Quizás por sentirse joven y fuerte. Supuso que en última instancia podría contener la situación y llamar por ayuda. Montelaguna era alto pero delgado y encorvado.
Para cuando terminó de pensar ya estaba en los fondos del local. Sintió el corazón latiéndole desbocado, como cuando era chico y se animaba a entrar furtivamente a recuperar la pelota caída en lo del vecino, o cuando se robaba las manzanas del árbol de Don López para impresionar a sus amigos. Siempre había sido el osado de la banda. Al menos así era de chico, cuando se caía mejor. Antes de volverse un adulto lleno de reglas y temores. Todo aquel asunto era una bocanada de aire puro y lo más emocionante que había hecho en ese último tiempo, al menos desde que cazó un ratón en su departamento.
Lo primero que oyó fue música infantil. Vio elementos de albañilería y pintura por doquier. Estaban refaccionando el local. Vio imágenes de dibujos animados pintadas en las paredes y colores pastel adornando los ambientes. Un cartel nuevo apoyado junto a una puerta rezaba "Odontopediatría, mecánica dental, Parodi y asociados"
Sebastián supuso que el incidente de mala praxis habia derivado en la ruina de su padre. El apellido Montelaguna había quedado manchado para siempre y no podia ligarse más con la atención de chicos. Una renovación y cambio de firma parecían lo más lógico para el negocio. De pronto se sintió estúpido haciendo de detective. Tenía que salir de allí y dejar de ir más allá de lo evidente. Solo necesitaba aclarar la situación el próximo viernes antes de la consulta. Entonces lo oyó. Las risas. Había risas de alguien, quizás Montelaguna. Pero la otra. La otra lo alarmó. Porque era de un chico.
¿Familia? no la había mencionado jamás. Estaba claro que si estaba con algun pariente allí, un hijo, por así decir, sería un problema explicar que hacía invadiendo propiedad privada. Pero no había mencionado nada de lazos. A esa altura ya era difícil imaginar que esperar de él.
Pero eran risas extrañas, casi histéricas. No parecían naturales. Encontró una puerta tipo trampilla en el suelo. Estaba abierta. Una escalera descendía hacia la oscuridad. Se dió cuenta que estaba revestida como el resto del piso. Supuso que si estaba cerrada pasaría inadvertida. Todavía estaba a tiempo de llamar a la policía o algo, pero ¿para decirles que? ¿mi paciente no me pagó? ¿mi paciente se ríe raro? La clave era esa risa infantil. Necesitaba saber un poco más todavía y después decidir. Así que bajó despacio la escalera.
El lugar era impresionante. Esperaba un modesto cuarto, a lo sumo dos pero eso tenía la sensación de ser un galpón enterrado. Vio un pasillo con puertas luego de una sala de estar con frases de hermosa caligrafía en las paredes. Seguir adelante significaba un riesgo cierto. No veía albañiles o pintores, pero era lógico por el horario, sin embargo ese lugar no estaba en refacción. Era un ambiente pulcro, aséptico, de un blanco impoluto y acabado. Apenas una sala amplia donde había una mesa con sillas y lo que parecía ser los restos de una cena comprada. Un armario alto y estrecho del que asomaba ropa de abrigo, tanto de niño como de adulto. Aquello era completamente distinto al nivel superior, aún en obras. Volvió sobre sus pasos al no escuchar más las risas y se quedó en la puerta del sótano espiando pero nada pasaba. La música infantil resultaba molesta para su vigilancia. Escuchó algo parecido a una conversación. Reconocía la voz de Montelaguna claramente aunque no entendía lo que decía. Hablaba en un tono familiar. Casi jovial. Parecía contento. La voz del niño volvió a oirse. No sonaba con miedo o temor. Otra vez Sebastián sintió que quizás estaba invadiendo un momento que parecía ser familiar, pero...¿y si no lo era? Un menor interactuando con un adulto en la noche, en semejante lugar. Cabía apelar a la duda razonable. Por lo que fuera, estaba decidido a actuar.
Volvió a descender, peldaño por peldaño, conteniendo la respiración. La escalera era metálica y amplia, pero estaba revestida, así que no hizo ningún ruido. Miró las frases en las paredes con detenimiento y algo en él se revolvió. Era como esos cuadernos que a veces se les recomendaba a los pacientes llenar de pensamientos. No eran para un terapia convencional, sino para casos más complejos, cuando hay dificultades en volcar lo propio en las sesiones. Pero verlo pintado en las paredes en letras tamaño molde no suponía un uso terapéutico. Había una especie de regodeo insano en lo que se suponía era la intimidad. Intentó descubrir aquello que se quería proclamar.
"dos enormes piernas pétreas, sin su tronco se yerguen en el desierto, yo también las he visto"
"Josef Priestley 1771-1772"
"El imperio de la voluntad será victima del tiempo, condenado a su ineludible fortuna, el olvido"
Había otras cosas escritas pero venían ruidos del pasillo y decidió no distraerse más de lo necesario. Le llamó la atención la primera frase. La reconoció de un famoso soneto inglés. Ozymandías. Pero le sonaba extraño el final. No reconocía el nombre y la fecha, quizás un poeta.
Algo acerca de los imperios parecía obsesionarlo. Ozymandías trataba de eso, de la caída de los grandes reinos de los hombres a manos del tiempo, que todo lo vence. ¿Acaso esto hablaba del imperio de su padre? ¿El hombre bajo cuya sombra el señor Montelaguna vivía, aún después de muerto?
Sin dudar demasiado siguió avanzando. Chequeó sus pertenencias para saber si tenía todo lo necesario. Caminó despacio, cautelosamente, buscando la fuente de las risas, que volvían a oirse con fuerza. La puerta estaba abierta. Había luz y las sombras bailaban sobre la pared del pasillo. Tomó valor y se asomó. Un nene que no tendría más de 8 o 9 años estaba en un silla reclinable de esas que usan los consultorios odontológicos. Tenía una mascarilla puesta y le hacía señas ansiosas a alguien junto a él, riendo en el proceso. Montelaguna estaba de espaldas. Con pantalón de trabajo y camiseta. Lo vio distinto. Como de mayor porte, vigoroso. Tenía la espalda desarrollada y bien definida. Recordó que iba a las consultas con camisas amplias y tiradores. Parecía alguien delgado tratando de mostrarse más fornido de lo que era. Pero ahora entendía que realmente tenía un cuerpo trabajado y sólido, que le hizo dudar de sus posibilidades contra él.
El niño estaba vestido pobremente. Casi como si fuera un chico de la calle. Y reía bajo la mascarilla como si estuviera intoxicado. Cada tanto Montelaguna se la sacaba y tomaba una bocanada pero enseguida se la reclamaban. Era como un par de drogadictos compartiendo dosis. La situación le pareció insana. Sabía algo de la moda europea de drogarse con óxido nitroso. El gas de la risa, como era vulgarmente llamado. Bastante usado en pediatría para evitar la sedación por medios más invasivos como lo eran las inyeciones dentro de la boca. Era conocido que los chicos le temían bastante a las agujas.
Pero ese gas también era una especie de droga social. Un fenómeno en aumento, del que se desconocía el alcance y los posibles efectos secundarios. El niño reía alocadamente mientras Montelaguna empezaba a cerrar un largo tubo del que se proveía del gas.
─Basta Juan, te va a hacer mal.
─Un poco más doc, un poquito, dele...─le rogaba con el pecho completamente agitado.
Julian Montelaguna lo miró un momento y volvió a girar el regulador, le acarició la cabeza y salió del consultorio.
El Dr Juárez apenas tuvo tiempo de esconderse tras el armario de la sala de estar. Montelaguna iba pensativo. Tenía una mirada extraña. Se paró junto a la mesa y se rascó la cabeza, luego tomó las sobras de comida y subió la escalera. Sebastián entendió que estaba de suerte. Vio que era su momento. Se asomó lo más que pudo y vio que Julian había subido las escaleras.Volvió a paso ligero al consultorio y le sacó la mascarilla al niño lo más rápido que pudo. El olor del gas era dulce y metálico. Se cuidó de no aspirarlo demasiado. Lo que menos necesitaba era ponerse a reir allí dentro. Cerró el paso del largo tubo de color azul y sacudió al pequeño para que despierte. Pero parecía profundamente dormido con una sonrisa. Intentó tomarle el pulso pero parecía débil o ausente. Le abrió la boca y sintió que el cuerpo empezaba a ponerse frío. Comenzó las compresiones con el nerviosismo típico de quién tiene los segundos contados. Volvió a insuflar aire tratando de ventilar, las compresiones siguieron pero los labios ya estaban azulados. Le abrió un párpado y vio la pupila dilatada por completo. volvió a insuflar con desesperación. Masaje, masaje, masaje, insuflación. Nada. Masaje, masaje, masaje, insuflación...nada.
─Vamos pibe, vamos...reaccioná. ─dijo estrangulado por el cansancio.
─Es tarde doctor. ─dijo una voz inconfundible a sus espaldas.
─Hijo de puta, lo mataste. ─dijo con la voz quebrada por la emoción, agitado por el esfuerzo, mientras dejaba lentamente de comprimir el pequeño pecho.
─Doctor, ¿que es ese lenguaje? No perdamos la distancia profesional. Ese pibe ya estaba muerto desde que nació. Usted no sabe nada de él. ─dijo y Juárez percibió un rastro de emoción en su voz. ─Vivía en Plaza Constitución. Lo prostituía el comisario del destacamento. No conoció más que abusos y abandono. No se le conocían padres o familia. Había empezado a robar con los chicos de la estación. Le quedaba poco tiempo. Llegó a decirme que no conocía eso que le hacía sentir el gas. No sabía mucho de reirse o ser feliz.
─¿Y la solución era matarlo?
─Acá no hay soluciones doctor Juárez. Solo decisiones. ─Dijo mientras lo tomaba por detrás. Ató sus muñecas en un movimiento hábil y coordinado con un precinto. Le vació sus bolsillos y apagó su celular, luego se lo llevó a una silla y lo sentó.
─Supongo que ahora me toca a mí ¿no?
─Todo depende de las decisiones doctor. No tengo nada contra usted. Hay gente que se ha ido caminando de aquí. Gente que entendió...
─¿Cómplices?
─Aliados. Gente que sabe que no estamos buscando soluciones a esta altura. Gente a la que le duele lo que le pasa a estos chicos. Hay un ejército de estos pibes en la calle, un montón de nadies. Solos, vulnerables...disponibles.
─Un ejército que estás exterminando. Suena a una guerra contra ellos. ─Afirmó el Dr. Juárez.
─Soy uno de ellos. Jamás sería su enemigo. Jamás.
─Pero los matás julián.
Montelaguna negó con una sonrisa.
─Cuando los conozco. Cuando me involucro. Cuando intento darles refugio al menos por un par de noches. Ahí les hablo, les digo todo acerca de mí. Mis motivos. También les cuento del gas. Ellos no me tienen miedo a mí. Tienen miedo de volver a la calle.
─¿Que decisión certera puede tomar un nene de 9 años Julián?
─Se sorprendería doctor ...aunque debo aclararle que Juan tenía 11 años. Tenía principio de desnutrición, entre otras cosas. además de SIDA. y si, al final es una decisión que toman ellos. Yo solo les brindo los medios. Podrían venir a sentirse bien un rato o venir a concluir con sus vidas. Soy un intermediario. Al menos les brindo la posibilidad de una decisión entre tantas imposiciones. Llega el día en que vienen con una mirada distinta, están como eufóricos. Ese día, aunque trate de convencerlos no se quieren sacar la mascarilla...y no los culpo.
El Dr. Juárez mantenía la vista fija en el cuerpito inerte mientras Julian Montelaguna comenzó a prepararlo. Lo desnudó y le puso una especie de camisolín celeste. Hacía todo con dedicación y cuidado. Lo higienizó, lo peinó y acomodó en una camilla que trajo por una puerta lateral. Y procedió a llevárselo por ella. El Dr podría haber juzgado impropio todo aquello pero se dejaba entrever cierta solemnidad en el momento. Algo ritual contaminaba la escena.
No tardaría mucho en volver, de eso estaba seguro. Sebastián Juárez tanteó sus bolsillos pero hasta las llaves le había quitado. Hubiera sido útil tener consigo una navaja o algo, pero no acostumbraba portar cosas como esas. Tampoco esperaba terminar el día cautivo. Tenía ese último recurso pero todavía confiaba en su habilidad como terapista. Tenía que pensar más rápido que él. Hacerlo hablar lo más posible, no dejar que lo volviera ese otro que llega a él a que lo saque de sus miserias.
En la pared del fondo del consultorio se leía una frase que le llamó la atención. "Esclavo de las risas"
Solo esa estaba pintada en lo que parecía ser un consultorio clandestino. Faltaban la asepsia y la limpieza que se requería en un lugar de esos. Hasta equipo de entrenamiento había allí. Pesas, mancuernas. Entendió que les ofrecía varias cosas además del gas. No tardó en ver un mando de videojuegos semitapado con revistas. Era como un espacio adolescente lleno de aquello que sus victimas anhelaban. Porque no se dejaba comprar por el discurso eutanásico humanitario. El que mata por voluntad halla algún tipo de goce. Eso se lo habían enseñado hace mucho.
Cuando volvió se había puesto algo encima de la camiseta de algodón. Se había acomodado un poco el pelo también. Estaba en plenos preparativos. Parecía haber olvidado que él seguía allí expectante. Decidió no someterse a ese trato deshumanizante. Si lo permitía estaba perdido.
─¿Quién es Josef Priestley?
...
─Leí su nombre en la pared de la sala. Debe ser importante para vos Julián. Había unas fechas también.
─¿Va a intentar distraerme ahora?
─Digamos que puedo hacer una consulta informal. Mi trabajo es entender Julián, por eso pregunto tanto.
─Se dice que fue el descubridor del oxígeno, al menos uno de los que pudo aislarlo. Un año despues descubrió el óxido nitroso. En un año descubrió las dos cosas más importantes para todos. La vida es risa dicen por ahí. No estaban muy lejos una de la otra. Además creía que religión y ciencia estaban emparentadas. Se dedicó a reconciliarlas toda su vida.
─Lindo desafío se tomó.
─Nadie lo entendió. Se dedicaron a desprestigiarlo simplemente.
─¿Creés que nadie te entiende, que tu misión no es valorada?
─Imaginemos que llamo a los noticieros para contarles, ¿que piensa que dirán de todo esto? ¿Que pensaría la gente? ─Desafió un cínico Montelaguna.
─Probá conmigo, explicame tu misión.
─Vos me estás analizando. Estás ganando tiempo, buscando tu oportunidad.
─Pero si partís desde el prejuicio nadie está en condiciones de entenderte.
Julián Montelaguna terminó de acomodar el consultorio. Guardó revistas, posters, escritos, objetos que parecían ser los que compartía con Juan, el chico muerto. Embalaba todo como si no pudiera ser para nadie más. Se tomaba las cosas personalmente, cosa extraña para un asesino de su tipo. Porque Sebastián veía trazos de organización en su accionar, su falsa terapia. Su distancia emocional frente a la muerte de otros.
Sebastián se resignó a ir detrás de él y su plan. No tenía la iniciativa, ni podía manejar la charla, pero si no lograba que le hable tenía pocas expectativas de salir de allí.
─¿Por qué a mí? Tenías muchos terapistas de este lado de la ciudad.¿Para que buscarme para montar semejante teatro?
─Yo no fingí nada. Ese era yo. O parte de mí en realidad.
Sebastián supuso que ahora vendría el acto de las múltiples personalidades. Las voces. Las influencias y todo eso.
─Tenía que terminar de cambiar doctor. No soportaba la medianía. Me sentia suspendido entre estados.
─El huevo de otra cosa ─recordó Sebastián en voz alta.
─Quiero que entienda que mi tratamiento con usted lo elegí por sus referencias. ─afirmó seguro.
─No tengo especialidad. Sería raro que alguien me recomiende.
─Usted trató a un hombre hace un tiempo. Había sido víctima de abuso cuando era apenas un niño. Esa persona estaba decidida a quitarse la vida hasta que se cruzó con usted. Logró sacarlo adelante. Lo empujó a actuar. Una de las cosas que usted le recomendó era buscar enfrentar todo aquello lo más sinceramente posible. Así lo conocí. Estuvo aquí para hacerlo.
─No entiendo la relación. ─dijo el Dr. Juárez un tanto confundido.
─Todo esto que ve aquí no lo hice yo. Lo heredé en todas las maneras que se pueda imaginar.
Sebastián lo miró extrañado. No quería arriesgar ninguna hipótesis. Quería que hable por si mismo.
─Es raro que no pregunte doctor. En algún momento llegaremos a mi padre. Eso ya lo sabemos.
─Se que murió de un ataque al corazón aquí dentro. Que tuvo algún tipo de pico de stress. Hay gente que lo señala a usted.
Montelaguna se resignó y se sentó finalmente. Por la expresión entendió que estaba buscando las palabras para comenzar.
─Esa tarde no teníamos mucho trabajo. Pero mi padre estaba encaprichado con un arreglo menor. ─Comenzó a decir con la mirada perdida. ─Se llamaba Theo. Un nene de cinco años. Lo traía seguido la madre. Mi padre hacía mucho trabajo social y trataba pacientes de bajos recursos casi sin cobrarles. Era una especie de santo para algunos. Le juro doctor que pensé que mi padre tenía una especie de historia con ella. Yo no veía nada en la boca del chico que justificara un trabajo extenso. Mi padre me mandaba a cada rato a buscar materiales para él. La madre ya estaba acostumbrada así que se sentaba a leer revistas en la sala de espera. Yo le decía que estaba todo bien y volvía adentro. Pero me equivoqué en el color de la pasta del arreglo. Mi padre siempre se enojaba por todo. Los pacientes lo tomaban por exigente. Pero en realidad solo tenía ganas de humillar a alguien, y yo era siempre lo más a mano que tenía. ─Dijo y se tomó un respiro. Salió del consultorio y volvió con un par de bebidas.
─Me vas a tener que desatar.
Tomó el escritorio de metal y pese a que parecía pesado lo corrió con una facilidad que asustaba. Lo puso a su lado, apoyó la bebida cerca de él y le colocó un sorbete. Luego le echó una mirada desafiante y volvió a sentarse.
─Yo no me había equivocado. Le faltaba pasta de ese color para el arreglo. Pero su orgullo pudo más y fue a buscarlo él, y ese fue su error, ese día se equivocó... porque tardó lo suficiente. Al nene se le pasó un poco el efecto de la anestesia. Mi padre trabajaba a la vieja usanza. Usaba nitroso. Le iba a aplicar más cuando lo miré a los ojos. El nene lloraba. Lo quise contener y me agarró el brazo. Me quería hablar. Estaba muy agitado así que le saqué la mascarilla para que hable.
─No me dejes...con él...no me dejes...me toca...las partes. No quiero, tengo...miedo...─repitió como si el niño fuera él.
─Me quedé petrificado doctor. Jamás se me hubiera pasado por la cabeza. Era un tipo inmaculado en ciertos aspectos. Tan estricto que uno pensaba que estaba más allá de las bajas pasiones. Y después eso.
─¿Ese fue el primero de los nenes que murió? ─preguntó incisivo, Juárez.
Montelaguna lo miró extrañado. Luego lanzó una risita incrédula mientras sacudía la cabeza.
─Lo saqué en brazos y se lo entregué a la madre. El nene se aferró a ella. Yo no sabia que decirle. Mi padre salió y solo la miró. Tenía esa mirada extraña. Ella bajó la vista y se fué. No dijo nada ni preguntó que le había pasado. Se fue doctor. Yo no lo podía creer...era como si supiera ¿entiende doctor? era como si supiera.
Sebastián Juárez se sintió interpelado por la mirada de Julián Montelaguna. Buscaba respuestas. Y él no las tenía.
─Theo murió tres meses después. Sufría maltratos. El padrastro le pegaba y un día se le fue la mano. La madre también lo sufría. Los dos terminaron presos por abuso físico y sexual. Mi padre se aprovechó de eso. El nene venía marcado, estaba lleno de cicatrices. Con amenazar a la madre bastó para que se sometiera. Y otro cargó con su parte de la culpa.
─¿Eso como lo supiste? ¿Él te dejó seguir trabajando después de que lo descubriste?
─Esa noche no me dirigió la palabra. Tuvo el cinismo de pretender que no había pasado nada. Mi padre solía ser contundente para descalificar a los demás si se lo provocaba. Me buscó con su mirada insidiosa pero no lo enfrenté. Quizás tuve miedo de que me dijera algo terrible, no sé...no sabía si agradecer o no que solo me hubiera pegado de chico. Jamás me...él no...usted...usted me entiende. Al menos no recuerdo.
Era la primera vez que lo notaba abrumado, como confundido. Había que presionar. Buscar el quiebre. Era su momento de vulnerabilidad.
─¿Y no te parece que es tiempo de parar con todo este asunto? Tu misión es romper con las acciones de tu padre. No podes tomar ese legado. No es tu herencia Julián. No es tu imperio.
─¿Y quién dice que tomé algo de eso? me callé por un tiempo pero empecé a prepararme para enfrentar la situación. Alteré las agendas. Le inventé un viaje por un congreso. Suspendí los turnos. Y esperé que terminaramos ese viernes. Este sótano que ves ─dijo abriendo los brazos para marcar el abundante espacio ─supuestamente era un depósito. Yo no bajaba nunca hasta que no tuve más remedio. Tenía una especie de respeto extraño por este lugar. Cuando bajé descubrí este otro consultorio. Solo que acá filmaba a sus pacientes. ─hizo una pausa para tomar una larga inspiración y continuó. ─Llevaba unos registros que a simple vista parecen historias clínicas. Pero eran una especie de perfil psicológico con una lista de puntos vulnerables. Cosas que el podia utilizar contra las familias o contra las mismas víctimas. Armaba los abusos como casos médicos. Pero eran varios biblioratos, llenos de expedientes, cientos. También tenía una especie de socios. Gente con nombre en clave, tan enfermos como él. Claro que estaban las filmaciones. Siempre eran pibes de la calle. Algún que otro paciente regular si se tentaba. No se portaba como un vulgar pedófilo doctor. Le gustaba torturar. Amenazaba con lastimar a las familias. Les decía "negrito de mierda, quién te va a extrañar" o "si me llevo a tu mamá mañana, no sabés lo que le voy a hacer".
Vi que mi mejor arma eran esos videos pero los destruía al poco tiempo. Así que un viernes decidí que seguía él. Le drogué la comida y me lo traje para acá. Esa tarde descubrí que todos tenemos oscuridades doctor. Ese día el cascarón empezó a romperse. Lo confieso, lo disfruté. Lo filmé a él, atado a la camilla. Filmé todo el interrogatorio y tres días después de trabajarlo, la confesión.
─Ningún tribunal admitiría esa prueba. ─señaló Sebastián.
─No era una confesión para el tribunal. Era para las víctimas. Tenía acceso a todos ellos gracias a los registros de mi padre. Encontré tantas de esas "historias clínicas" que tenía trabajo para meses. Así que me tomé el tiempo de enviarles a cada uno, un detallado video donde se ve como lo torturo, lo lastimo, lo quiebro y lo hago confesar. ─señaló con un macabro brillo en la mirada. Un dejo de disfrute insano y bestial.
─Tuve que editarlo para que no saliera mi nombre. Mi padre me insultó bastante, me rogó bastante, en fín, hasta me suplicó que lo mate. Le puse una máscara de faraón. La tenía de una fiesta de disfraces. Después se me ocurrió darle un nombre a este poderoso caído...Ozimandías. Y yo era el tiempo. Solo me cubrí el rostro con un pasamontañas. Después me nombre Caronte, el barquero, la verdad no se me ocurrió otra cosa. Tenía que representar el tiempo de alguna manera. Supe que los faraones se pasaban toda la vida haciendo cosas para ir al más allá con gloria. Les preocupaba dejar una huella de grandeza.
─Pero en ese video también estabas vos. ¿No tenías miedo de que te reconocieran?
─¿Qué le puedo decir doctor? soy un buen actor, nadie me reconocería aunque fueran con el video en la mano. Ya sabe, fuera de aquí soy el otro, el inseguro. El débil. El burocrático. El inútil. Es cierto que algunos se asustaron y mandaron la filmación a la policia. Tenían miedo que fuera una jugarreta de mi padre. Pero tenía la situación controlada. Otros me lo agradecieron. Algunos hasta se lamentaban de no haber podido ponerle una bala en la cabeza. Esos me interesaban. Uno de esos fue paciente suyo. Y así llegamos hasta acá. Yo no lo elegí doctor. Él me dijo que usted entendería, que tenía una sensibilidad especial para estos casos, pero yo no estaba seguro.
─¿Ellos vinieron hasta aquí? ¿Esos son los que salieron caminando de acá entonces? ¿tus aliados?
─Entiendo que se sienta desilusionado. Usted tratando de llevarme a mi punto de quiebre, tratando de ganar mi costado vulnerable para salvarse y yo que solo le doy trato preferencial a las víctimas ─sonrió malicioso.
─Te felicito, estuviste jugando conmigo todo este tiempo. Me convertiste en tu juguete nuevo. ─contestó indignado.
─No se lo tome así doctor. Tampoco soy un monstruo. Ni siquiera maté a mi padre, no soy ese sádico que perfila, fue su paciente el que lo ejecutó. Pero no usó un arma. Se tomó su tiempo y déjeme decirle algo. Ese hombre disfrutó el momento. Su momento. Le hizo estallar el corazón con el gas. Fue raro ver como lloraba mi padre mientras reía...y reía...y reía...y reía hasta que se calló. Rieron juntos hasta el final. Sólo que su paciente no necesitó del gas.
─¿Y entonces que hacemos acá? Vengaste a los demás, te tomaste revancha...¿y ahora qué?
─Ya le dije doctor. Había socios, nombres en clave. Gente desconocida que venía y usaba este consultorio. Los vi ir y venir de chico. Todavía recuerdo. Eran varios y ya tengo algunos, pero todavía no cayeron todos. ¿Entiende ahora lo que estoy haciendo?
─Alguna clase de revancha dibujada de justicia. Tenías las pruebas en la mano para voltear esa red de pedofilia. Podrías haber denunciado todo y preferiste jugar al justiciero. Tu impulso narcisista.
─No sea duro doctor. Por la zona en la que estoy tendría que hacer la denuncia en la comisaria donde mandaba uno de ellos. Ese comisario que prostituía a Juan ¿se acuerda? Y la cadena iba hacia arriba. No era de las que bajan. Jueces, curas, políticos, docentes. Había de todo y más. En este momento están aterrados. Saben que están desapareciendo uno por uno. Saben que alguien sabe, que alguien habló. Se acusan entre ellos. Y pronto van a empezar a matarse.
─Un poco ingenuo tu razonamiento Julián. Estas cosas se matan exponiéndolas, no hay otra manera.
─Veo que no vamos a ponernos de acuerdo. Pero tenemos tiempo...─dijo lacónicamente y salió del consultorio.
Sebastián se quedó en silencio. Era en ese momento o nunca. Desde la ola de secuestros de hace un par de años había aprendido la técnica. Se la enseñó un amigo que hacía cursos de defensa personal. Era el último recurso. Sólo tenía que hacer los movimientos correctos. Era indispensable que Montelaguna no estuviera presente ya que era bastante aparatoso el movimiento. Empezó a hablarle en vos alta para poder ubicarlo mientras se contorsionaba para lograr su objetivo.
¿Y por qué acá Montelaguna? ¿Por qué no irte a otro lado? ¿No te parece muy obvio que van a saber que trabajas en el mismo sotano que tu padre? La policía no es tonta. Ya deben saber que algo pasa en la zona. Sobre todo secuestros. Además en un local tan céntrico a tres cuadras de la comisaría por la avenida, es muy arriesgado. Tu papá trabajó acá toda la vida. Es una esquina muy transitada...
─¿Qué trata de hacer doctor? ─Lo sorprendió Julián apareciendo de golpe con una cuerda larga en su mano. Se abalanzó sobre él a tiempo para quitarle ese segundo teléfono celular de la cintura del pantalón. Viejo y primitivo, tanto que todavía tenía teclado físico. Suficientemente útil para hacer una llamada sin ver el teclado. El rostro de Montelaguna estaba desencajado. Sirenas se empezaron a oír a lo lejos. El aparato estaba encendido y en llamada. Julián se lo acercó al oído lentamente casi sin respirar.
─Siga hablándonos señor. Los móviles ya están en camino...
─Me llamo Sebast...─gritó el terapista antes de que una patada en el estómago lo dejara sin aire. Ya era inútil. Julián había cortado. Sin embargo no tardó en ver destellos azules filtrarse por una pequeña ventana ciega. Un puñetazo terminó de hacerlo caer en posición fetal. Las sirenas parecían ecos lejanos pero lo tranquilizaron un poco. Todo terminaría allí. Ya no importaba tanto su suerte. Podía desmayarse un rato.
***
Sebastián Juárez se sentó en el pulcro escritorio de acero inoxidable y acomodó las carpetas. Tenía todo preparado. Anotaciones de sesiones previas, perfil actualizado del paciente. Sacó la lapicera de su saco y la apoyo en la mesa. La acomodó varias veces hasta que estuvo alineada con su libreta. Luego se paró y corrió un poco el pesado escritorio para que quede centrado. Era la oportunidad de su vida. Un nuevo enfoque en su carrera, al menos así quería verlo él después de todo lo que había pasado. Se oyó un pasador metálico deslizarse y la puerta se abrió. Julián Montelaguna lo saludó con un gesto a pesar de las esposas y se sentó frente a él.
─Buenas tardes Julián ¿estamos listos?
─Cuando quiera doctor. Yo siempre tengo tiempo para usted.
─Me parece un tanto excesivo. No era necesario ─dijo Sebastián mirando las esposas con extrañeza.
─Hay que seguir el juego doctor. No queda otra ─dijo encogiéndose de hombros. ─Soy un preso peligroso ─señaló divertido mientras hacía comillas con las manos en el aire.
─Retomando el tema de la vida y la risa, quería que me cuente un poco si sentía que la finalidad de su trabajo era ese. Devolver las risas a los demás.
─¿Usted dice que yo sería una especie de Joker criollo doctor? ─dijo entre risas.
Sebastián sonrió pero le mantuvo fija la mirada.
─El gas era una herramienta de trabajo que conocía bien. Me parecía simple de usar. Además tenía varios propósitos. Si hubiera sido plomero quizás sería el loco de la llave de caños.
─¿Varios propósitos? Si en definitiva causaba la muerte de inocentes y culpables, el propósito parece ser el mismo ¿no le parece?
─El mundo no es blanco o negro. Hay gente que milita por la eutanasia o la pena de muerte y son dos cosas distintas, pero la finalidad es la misma. No creo que haya nadie que le diga que tomar agua hace mal pero el exceso puede causar serios trastornos. O la muerte. Pero por las dudas se toma mucha agua ¿no? No son soluciones, son elecciones doctor. Elecciones en una extensa gama de grises.
─¿En un mundo sin bien ni mal? ─Atacó el Dr Juárez.
─En una cultura occidental, de tradición judeocristiana donde todos pecamos en público y nos arrepentimos en privado ─contrarrestó Julián.
─Estaba seguro que era al revés ─señaló Sebastián.
─El imperio de mi padre estaba a la vista de todos. Y nadie hacía nada. Los chicos desaparecían cada semana. La comisaría recibía las denuncias de desapariciones. Las marchas del dolor salían por televisión. Los políticos hablaban de flagelos. Y todos sabían que la cosa se agitaba por debajo de la tierra. Porque cuando mi padre no los encontraba en las calles se los arrebataba a los barrios humildes de la periferia doctor. Caminaba entre la gente como un santo, un doctor bueno que regalaba cepillos de dientes entre los olvidados. Nunca le faltó "material" doctor. Nunca. ─Le dijo Julián levantándole las cejas.
─Digamos entonces que el pecado es público. ¿Por qué hablamos de arrepentimientos privados?
─Por que a todos ellos les arranqué un arrepentimiento cuando los até a la silla. Les hice sentir lo mismo que ellos provocaban. Ese es mi pecado doctor. Porque nunca podré negar como disfruté ese momento. Al menos yo tuve la decencia de elegir cuidadosamente mi pecado. Puedo ir al infierno con una sonrisa.
─¿Infierno? No te tenía por fiel creyente.
─Es una expresión de deseo, nada más, pero si existe un Dios, y está mirando...nos tiene que quemar a todos.
─No cabe duda de que es motivacional tu discurso.
Julián Montelaguna se encogió de hombros mientras miraba condescendiente al Dr Juárez. En algún momento se sostuvieron la mirada y Sebastián no tuvo más opción que preguntar.
─¿Por qué a mí Montelaguna? ¿por qué a mí?
─¿Otra vez con eso doctor? Ya le dije que fue un paciente suyo el que lo señaló. A mi no me quedó más opción que investigarlo.
─¿Investigarme? ¿Y que descubriste? No tengo tanta trayectoria profesional como para sacar conclusiones jugosas. ─señaló Sebastián con una sonrisa.
─No me interesaba su trayectoria profesional. ─contestó con otra sonrisa que apagó la de su terapista.
Se sintió en el aire el cambio de ambiente. Sebastián pretendía llevar las riendas del asunto, tal como se lo proponía siempre pero era algo de lo que nunca se podía jactar con Montelaguna.
─No se ponga así doctor. Me tenía intrigado su paciente. Tenía tanta confianza en usted. Decía que usted tenía un entendimiento y una sensiblidad por su problema, que no había logrado percibir en ningún otro terapista. Y eso que había pasado por varios. Le tengo que confesar que al principio pensé que su acercamiento al tema fue por su intervención en el asunto de Susana, su asistente. Mujer madura, con un marido violento. Golpeador. Potencial femicida. Usted se contactó extraoficialmente con el perito forense y logró que lo entierre con las pericias. El fiscal hizo otro poco. El tipo sigue preso ¿no? Como sea, usted le dio trabajo en su consultorio y ella recompuso su vida después del intento de suicidio. Hasta le prestó plata para que se mude y todo.
─¿Cómo sabés eso?
─Después seguí escarbando un poco y mire lo que son las casualidades doctor...terminé en su pueblo.
Sebastián Juárez palideció. Sabía exactamente adonde iba la charla.
─Un nene de ocho años le confiesa a la maestra que su primo mayor le hace cosas en la casa de su tío. La maestra lo lleva con el doctor del pueblo, constatan el abuso, después va a la comisaría y quiere radicar la denuncia. El primo del nene era el prometido de la hija del intendente. Tenía un cargo político y era el protegido del poder local. Un escándalo en el año de las elecciones. A la siguiente semana había maestra nueva. De la denunciante no se supo más nada. Nunca llegó a su casa en Entre Ríos como se dijo. Desapareció. El nene fue mandado con su mamá a vivir en Buenos Aires en una casa flamante. Nunca les faltó nada, aunque su mamá nunca trabajó desde que llegó. Un intento de suicidio en la adolescencia y una relación distante con su madre que murió en un geriátrico unos años después.
─No sigas...─La mirada perdida, de ojos vidriosos, delataba a Sebastián.
─Ese dinero que llegaba del interior le pagó una buena educación y una carrera universitaria. Hace rato que se acumula en una cuenta a nombre suyo. Usted no lo retira generalmente. Pero cada tanto lo usa, como esa vez que tuvo que sobornar al perito y al fiscal por el asunto de Susana. Y así entramos en la extensa gama de grises doctor.
Montelaguna se acomodó en la silla y miró a Juárez que tenía la vista fija en el escritorio metálico pulcro y brillante.
─Su primo doctor, sucedió en el poder al viejo intendente. Gobernó varios períodos hasta que se dedicó exitosamente a la actividad privada. Claro que su estancia en el poder le sirvió para abrochar suculentos negocios. Un hombre del poder, ligado a los sectores acomodados de su provincia. Sigue haciendo giros de dinero a diversas cuentas, porque usted no fue ni el primero ni el último.
─No quiero saber nada de él, ya ni recuerdo lo que pasó...─levantó la voz Sebastián sin hacer lo mismo con la vista.
─Hace un tiempo entró en crisis y recorrió todo el camino hasta su pueblo una madrugada. Lo tomaron las cámaras de varios peajes. Hasta le llegó una multa. Pero no se atrevió a ir a buscarlo, se quedó en la entrada del pueblo. La panadera lo reconoció, se acuerda de usted. Lo vio esa madrugada. Le manda saludos. Como yo lo veo doctor, usted no se olvidó de él, usted no se olvidó de nada... ─dijo con su sonrisa fría y calculadora. ─Lo que lo aterra es no saber que pasaría si volvieran a encontrarse...
Sebastián lanzó un grito y saltó hacia adelante buscando con sus manos la garganta de Montelaguna. Había calculado la distancia un segundo antes. Estaba seguro de que llegaría a él. El odontólogo se hecho para atrás en la silla y se quedó expectante sin perder su sonrisa habitual. Sebastián pudo haberlo logrado de calcular bien pero la cadena atada a su cintura se lo impidió finalmente. Le faltaron centímetros.
─Casi..─fue todo lo que dijo Montelaguna. ─¿Estuvo haciendo trampa con el escritorio otra vez?
─Soltame y que sea una pelea justa ─le escupió el Dr Juárez sin dejar de estirarse para tratar de tomarlo del cuello. Luego se rindió y volvió a sentarse.
─Si un día lo logra doctor, se va a morir de hambre acá abajo. Solo y a oscuras. Ese no es un buen plan. Además, acá tengo óxido nítrico, lo uso para entrenar. Incrementa mi capacidad de respuesta física. No sería una pelea justa con o sin cadena. Como yo lo veo los dos necesitamos terapia. Yo, por ejemplo, tengo que lidiar con mi impulso narcisista. ─acotó con una sonrisa maliciosa ─Pero tengo un regalito para usted. Quiero que vea que me esfuerzo por hacer que esto funcione. ─Dijo mientras se levantaba e iba hacia la puerta. La abrió de par en par y dejó a la vista el consultorio justo enfrente. Atado a la silla dental se rebatía un sujeto encapuchado. Tenía unos auriculares puestos. Seguramente lo estaba torturando con música o algo.
─¿Le doy pistas o lo dejo adivinar solo?
─Vos crees que me voy a convertir en cómplice tuyo?
─Aliado doctor, aliado. Gente que toma decisiones, Es bueno que la gente haga eso si se pone a pensar. Sin aliados todo esto sería real y yo estaría esposado de verdad. ─Dijo Montelaguna quitándose las suyas.
─Pero yo llamé a emergencias. Vos no podés controlar todo. Quedan registros.
─Ya los había. Del portero de al lado. Dos veces llamó al 911 para denunciar que acá pasaban cosas raras. Dice que escuchó música y gritos. Yo presenté un plan de remodelación del local y lo demandé, hay una mediación pendiente. Declaré que le molestaban los ruidos de la obra, tenía todos los permisos en regla pero acepté de buena fé trabajar en horarios diurnos. Me vino bien tu jugarreta porque el celular tuyo apareció en su casa. Tuvo que ir a declarar a la comisaría. Chismoso como todo portero. ─dijo con una risita.
─Un día se te va acabar la suerte Julián.
─Mi suerte ya está echada doctor. La que queda por ver es la suya y la de ese...─dijo haciendo un ademán con la cabeza. ─Puede salir de acá caminando. Tiene mi palabra.
─No todos podemos matar a placer como vos.
─Me decepciona doctor. Con lo que me costó traerlo hasta acá. Era un hombre...digamos...perseguido por sus propias acciones. Tuve que decirle que era abogado suyo y que usted pensaba denunciarlo penalmente por abuso sexual. Lo cité a mi oficina. Vino urgente con una buena cantidad de dinero y armado. También trajo un guardaespaldas, un sicario en realidad, por si acaso. Todo un ejemplar su primo. Al sicario lo tuve que procesar rápido, pero si usted quiere a su primo lo soltamos. Digo...basta con que le diga que no fue usted y el hombre seguro se va a quedar tranquilo ¿no? Piénselo con calma que yo le dejo la puerta abierta. Cada uno tiene que lidiar con sus propias oscuridades ─Dijo apoyando una llave en el escritorio metálico, mientras le guiñaba el ojo. Luego fue al consultorio y le sacó los auriculares al encapuchado. Le acarició la cabeza y se fue.
─¿Quién es?...¿quién es?...¿Sebastián?...¿sos vos? Seba, escuchame por favor. No me hagas nada Seba...¿Sebastián? soltame por favor, hablemos. Te traje plata, es para vos, es mucha Seba...Yo no quise...pero no pude, estoy enfermo, es como si no fuera yo Seba ─Rogaba el encapuchado mientras el Dr Juárez miraba la llave sobre el escritorio. Era de la marca del candado que lo mantenía sujeto a la cadena. La tomó y pensó mientras la hacía girar entre los dedos.
─Sebastian por favor, hablemos, dale...nunca te hice faltar nada, dale...contéstame hijo de puta!
Se liberó de la cadena y siguió haciendo girar la llave entre sus dedos, casi como le daba vueltas al asunto hace días. No podía sacarse esas palabras de la mente..."El huevo de otra cosa"...que interesante frase. Avanzó hacia el consultorio con las manos en los bolsillos examinando la situación y cerró con suavidad la puerta una vez dentro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario