sábado, 14 de diciembre de 2019

Los saberes perdidos



LOS SABERES PERDIDOS
 

VIERNES


Era noche de festejo. Se cumplían los siete días vaticinados, el número perfecto, anhelado. Alguna vez imposible pero ahora cercano. Casi al alcance, como quién acaricia a una bestia esperando que ya no gruña ni muerda.
Ya eran las once de la noche y las pizzas estaban preparadas y listas para servir. Las cervezas transpiraban en la mesada. Gastón, el mayor, se ufanaba de haber traído a la persona indicada. El del medio, Walter, mantenía sus reservas pero se permitía creer. Era la menor la que todavía mantenía una seriedad y un silencio sepulcral mientras trajinaba en la cocina.
Pamela había aprendido de chica a desconfiar de todo. Hasta de las buenas noticias.

─Me debés un fernet, no te hagas ─apuraba el mayor, pero el del medio solo sonreía y servía la cerveza.

Cada tanto todos miraban disimuladamente el reloj de la cocina. 23:34 hs. Apenas un puñado de minutos más.  Si hubiera sido decisión de Pamela comerían después, pasada la medianoche, pero sus hermanos no eran conocidos por la paciencia.

La cerveza empezó a correr generosa así que Pamela sirvió la pizza. Era inútil con esos dos. Mejor que no calentaran el pico con el estómago vacío.

Walter cortó la segunda pizza. De cebolla. Su preferida. Empezaba a relajarse de la mano del alcohol y de un miedo que se iba. El reloj ya anunciaba las 23:48 hs

Lo que los mantenía confiados era el ambiente. No parecía cargado ni nada, como otras veces. Habían peleado mucho entre ellos. Sobre todo los viernes de esas últimas semanas. Pero hoy bromeaban como cuando eran chicos y vivían en la casona de la abuela. Cuando no tenían que lidiar con nada de todo eso. 23:54 hs y Gastón propuso un brindis. Pamela puso cara de "¿podrías esperar un minuto más?" pero Walter ya estaba volviendo a llenar los vasos. 23:58 hs y ya el ambiente era como cuando se esperaba la cuenta regresiva de navidad o fin de año. Los varones se levantaron y alzaron los vasos.

─Rata, te podrías haber jugado con un champagne. ─chicaneó Gastón.

23:59 hs. Los vasos quedaron quietos sin avanzar para encontrarse. Los hermanos no pudieron chocarlos por un motivo obvio. El florero en el centro de la mesa levitaba frente a ellos. Luego, movido por una fuerza invisible atravesó todo el comedor y se estrelló violentamente contra la pared del fondo. El ramo de rosas que le había regalado su novio a Pamela, deseándole lo mejor para esa noche, yacía desparramado en el suelo. No había alcanzado para conjurar el espanto. Como tampoco alcanzaron los esfuerzos que había hecho el cura traído por Gastón el viernes anterior. Prometió que si la cura alcanzaba los siete días se podría decir que todo había terminado.
 Reinaba el silencio y la tensión que no se había hecho presente en esa noche. Gastón estaba pálido y no reaccionaba. Permaneció inmóvil con la mirada fija en la mesa sin atreverse a mirar hacia el destino final del florero. Walter tenía una mezcla de miedo y rabia que por momentos parecía una expresión de querer llorar como cuando pierde tu equipo de fútbol una final.
Fue Pamela la que se desplomó rendida en la silla y se tomó la cabeza mientras negaba toda la escena. Se miró con Walter a quién la indignación le desfiguraba el rostro por momentos. El hermano del medio quería llorar pero hacía fuerza para no quebrarse. Ellos dos siempre se habían entendido sin hablarse, eso era bueno ya que el varón tenía un nudo en la garganta, no hubiera podido decir nada. Fue la menor de los hermanos Galván la que tuvo que ponerle palabras al momento.

─Vamos a tener que llamar a la vieja.

                                                   

*** 


SÁBADO


Eulogia Ceferina Pena no había podido dormir bien esa noche, ni las últimas. Se levantó con la fresca y encendió el fuego para espantar a los bichos. También para poner esa pava negra de hollín que la acompañaba hace mucho tiempo. Polvorín, su viejo perro, se echó junto a ella y la miró tristón. Presentía que su dueña andaba preocupada. La señora estiró un poco de masa que había dejado tapada con un repasador y tiró algunas tortillas pequeñas a las brasas en un pequeño enrejadito que tenía al costado.
Polvorín se relamió. Cuando su dueña andaba así casi no comía. Doña Pena se hizo un mate cocido y se sentó en su sillita de paja a cuidar las tortillas. Intentó comer una pero casi no pudo tragar así que se la tiró al perro. Tenía dolor en la boca del estómago. Le quemaba hasta arriba de la garganta. Había vuelto a soñar con esa casa. Tres nenes chiquitos que lloraban en una habitación y un hombre que se paseaba rodeado de oscuridad.
Desde su patio de tierra se veía la calle que se perdía en el monte. Estaba por levantarse a lavar cuando vio que un sobrero de paja se recortaba en el horizonte. La Palmira venía apurada en su bicicleta roja. Seguro venía con el recado. Era la única que tenía teléfono cerca y además era una buena mujer. Desde que le había curado al marido no había cosa que la Palmira no hiciera por ella.Y eso que el tipo no valía nada. Borracho y mujeriego, tendría que haberlo dejado secarse. Pero ella lo quería, así que Doña Pena hizo lo suyo y el tipo se curó. La Palmira iba a entender tarde que a veces es mejor estar sola. Pero no sería Doña Pena quién le enseñara.

─¿Ya me la anduvieron molestando de nuevo m´ija? ─dijo a modo de saludo.

─No pasa nada Doña Pena, buen día.

La Palmira se sentó cerca del fuego y le aceptó una tortilla mientras recuperaba el aliento. Polvorín se le acercó como dando lástima para sacar algún que otro bocado.

─¡Sape! ¡sape! ─lo espantó su dueña para que no moleste a la visita. ─Anoché soñé. ─fue todo lo que dijo la dueña de casa.

La Paulina la miró entendiendo algo de lo que le decía. No eran buenos los sueños de Doña Pena.

─Llamaron de Buenos Aires. Esos chicos que una vez me contó. Pidieron por Mamá Rosa.

─Así me decían allá. Ya sabés que no me gusta mi nombre. No se que tenía en la cabeza mi padre.

Palmira ya había cedido a la insistencia de Polvorín y le estaba convidando de su tortilla.

─¿Que quiere hacer doña Pena?

─Me da pena molestarla Palmira, usted sabe como soy.

─El micrito pasa a las dos. Me voy al pueblo a sacarle el pasaje ¿le parece?

─No la quiero molestar, mire si se enoja su marido.

─Ese anda en capilla Doña Pena, no va a chistar. En un rato la venimos a buscar con la camioneta.

La Palmira se volvió a subir a su bicicleta roja y partió rauda. Doña Pena se quedó mirando un rato. Tendría que apurarse a preparar el bolso para estar lista. Buscar agua para bañarse y esas cosas pero eso no era problema. El bolso estaba sobre la cama, listo desde la tarde anterior, junto al vestido de domingo. Solo quedaba ir a buscar agua al aljibe.


*** 


─¿Qué te dijo?

─No estaba, no vive ahí, es una vecina.

─¿Entonces?

─¿¡Que se yo Gastón!?...dijo que le iba a avisar.

Estaban sentados en el sillón de la sala. Evitaban moverse demasiado por el momento. Walter fue a comprar comida ya que nadie se acercaba a la cocina desde el incidente. Tampoco habían dormido mucho. Trajeron los colchones al comedor. Pamela usó el sillón. Decidieron no llamar tan tarde esa noche pero a primera hora de la mañana no pudieron evitarlo. Sus miedos eran lógicos, los del momento y los que se desencadenaron al revivir todo aquello.
Hacía casi veinte años que no tenían contacto con ella. No sabían si estaba viva o no. Si ese teléfono todavía pertenecía a alguien. Tampoco se ponían de acuerdo en el nombre. Pamela decía que se llamaba Rosa Peña pero era como si hubieran olvidado ese episodio del pasado y todos sus detalles en algún tipo de mecanismo de defensa. Walter dejó unas empanadas y se fue a trabajar. Pamela tenía que irse a la facultad a entregar unos trabajos, pero dudaba de dejar a Gastón solo.

─Andá Pame, yo me quedo. Tengo que esperar a ver si llama la vecina esta. Sino llamo de nuevo.

─¿Seguro?

Gastón le guiñó el ojo y flexionó el biceps como cuando eran chicos. Él le decía que era el más fuerte del barrio y la iba a defender de todo.

─Ya no sos el más fuerte. ─le respondió ella con una sonrisa pícara. ─ahora es mi novio.

─¿Ese enclenque raquítico? no me dura ni un round. ─afirmó confiado.

Cuando se paró en la puerta y la despidió Gastón podría haberle gritado si quería que la acompañe a la facultad. O a la parada del colectivo al menos, o si lo abrazaba y se quedaba con él para poder arrancarse el miedo un rato, pero solo le sonrió.
Cerró la puerta y podría jurar que oyó una risita a sus espaldas.Una de esas burlonas que te calan los huesos y te vuelven un niño aterrado. Porque de los tres a él le había tocado la mochila más pesada. Sus hermanos habían padecido las señales. Los ruidos. Los malos ambientes. Pero para él era peor, porque él los veía.
No podría decir que eso fuera un don. Era una condena. Porque un don implica algún tipo de poder sobre la situación y eso que tenía desde siempre lo obligaba a vivir con un miedo que no podía desearle a nadie. Y que siempre pensó que nadie podría comprender hasta que conoció a la cuidadora de su abuela. Mamá Rosa le puso él y el nombre le quedó. La única que se daba cuenta cuando había soñado cosas feas o que sabía que estaba viendo algo cuando se quedaba con la mirada fija en el vacío y temblaba como una hoja. Ella venía y lo abrazaba despacito, hablándole al oído.

─No lo mires. Mirá para abajo que ya se va. ─le decía Mamá Rosa mientras recitaba algo que Gastón nunca entendía.

Para cuando lo soltaba ya no había nada y el alivio era tan grande que quería decirle todas las cosas lindas que se le ocurrieran, pero ella ya se había ido a atender a su abuela de nuevo.
Cuando la abuela falleció Gastón estaba más triste por el destino de Mamá Rosa que por esa señora que nunca se sabía su nombre y lo miraba raro. Era la mamá de su papá y los había criado luego del accidente, pero apenas podía consigo misma y nunca los trató con amor. Los vio como una carga injusta, que no le correspondía. Pero la ley los depositó en esa casa, y los encadenó a su dueña.
Sin embargo los tres aprendieron a estar juntos. A quererse por sobre el resto de las cosas, y a compartirlo todo. Hasta los eventos que no se podían explicar pero que ellos aprendieron a entender.
Mamá Rosa tuvo mucho que ver. Les explicó cosas que no podían contarle a nadie más. Que eran para ellos. Y aunque Pamela nunca la quiso verdaderamente, la respetaba como a nadie. Walter la molestaba diciéndole su nombre verdadero. Ella se enojaba pero jamás lo retaba o amenazaba. Ella sabía por lo que estaban pasando y tenía mucho cuidado en como tratarlos. Quizás, en el fondo, ella había sido esa abuela que no habían podido disfrutar.
Gastón miró alrededor y prendió todas las luces aunque fuera mediodía. No soportaba la más mínima sombra a su alrededor. Se fue a la cocina en un rapto de coraje para servirse algo fresco de la heladera.

─¿¡Por qué llamaste a esa vieja de mierda!? ─le gritó la cabeza de su abuela desde el cajón de las verduras.

Trastabilló y retrocedió hasta chocar con la mesa. En el centro se bamboleó el florero que había estallado contra la pared la noche anterior. Las rosas estaban marchitas y ennegrecidas. Caían gusanos de sus pétalos. Sintió que se le cerraba el pecho y se ahogaba casi en simultáneo. Tuvo que salir a la calle. Se sentó en la vereda buscando aire. Hubiera querido fumar pero los cigarrillos estaban adentro. La billetera para ir a comprar otros también.
La vecina de la esquina pasó y lo vió pálido.

─¿Te sentís bien nene?

─Tenía calor ─fue todo lo que se le ocurrió decir.

En realidad tenía ganas de prender fuego la casa, pero no estaba seguro de si eso resolvería el problema.



 ***


Pamela llegó al atardecer, solo para confirmar sus peores temores. Gastón no le contestaba el teléfono hacía rato y desde que bajó del colectivo solo quería ver las luces de su casa encendidas, pero toda la esquina era una boca de lobo. Walter llegó al rato con la moto y recién ahí entraron juntos. Habían pasado por tanto esa última semana que todas sus acciones las dominaba el miedo. La casa estaba tan oscura y silenciosa que a los hermanos les corrió un viejo y conocido frío por la espalda. Fue angustiante ir de cuarto en cuarto sin saber lo que podrían encontrar. Al final lo mejor y lo peor fue no dar con Gastón por ningún lado. Y lo único extraño fue la puerta de la heladera abierta de par en par.

─Por ahí se fue a comprar algo. ─arriesgó Walter.

Pamela solo hizo una mueca. Hace rato había dejado de fantasear con la versión complaciente de las cosas. Salieron a la vereda a ver si lo veían por ahí.

La vecina de la esquina volvía de quién sabe donde y vio a los chicos charlando en la puerta.

─Tu hermano se fue a la parroquia. No tenía buena cara. Muy pálido. Ese chico no se alimenta bien. ─dijo al pasar y siguió su camino.

Pamela le quiso contestar pero no iba a ser en buenos términos. No le caían bien las ancianas. Cosas de crianza. La herencia de sufrir a su abuela. Walter la frenó y le paso el casco invitándola tácitamente a la moto. Salieron con la luz escapándole al día. La iglesia no estaba lejos.
La encontraron cerrada. Golpearon pero nadie respondió. Pamela miró alrededor. Solo había un borracho tirado en la esquina. Con una angustia creciente se acercó a él. En cualquier escenario se encontraría con un extraño. Era Gastón. Estaba desvanecido por el alcohol. Le habían robado la zapatillas y la campera, por eso no pudieron reconocerlo. Se nota que había empezado a tomar temprano.
Como pudieron trataron de ponerlo de pie pero no se sostenía. De alguna milagrosa manera lo subieron a la moto. Walter manejaba y Pamela lo sostenía abrazado en medio de ellos. Así volvieron y así lo metieron bajo la ducha. Era el más grande no solo de edad sino también de físico, pero de alguna manera ellos siempre habían tratado de cuidar de él. Era el que peor la había pasado. Era como un nene grande y asustado. 

─Ese hijo de puta del cura me dijo que no puede hacer más nada. ─rezongó cuando por fin abandonó el baño. ─que nos tenemos que comunicar con la diócesis y que ellos vean. Que él no se puede involucrar más, que tiene que pensar en sus fieles...

Pamela conocía esa reacción. Era algo de siempre. Alguien venía con buenas intenciones. Llámese cura, pastor o curandero. Se encontraba con ese caos con el que tenían que vivir. Todo se agitaba, se ponía peor y el buen samaritano salía corriendo, pero ellos no podían. Y volvían a quedarse solos.
Así pasó con esa señora que hacía "limpiezas" de hogar. Apenas entró a la casa fue como si le bajara la presión. Después pidió que le dieran alcohol para tomar. Y luego dijo que lo que había era muy fuerte y que tenía que volver preparada pero nunca volvió. Nadie volvía.

─No quiero irme de mi casa ─comenzó a decir Walter ─pero no se si podemos seguir así. ─dijo mientras en la pared se comenzaba a escribir una frase de la nada. Era como si un hilo de pintura negra fuera movida por un dedo invisible..."YO MATAR".

Walter se quedó quieto y apenas respiró por un rato. No era normal que ellos vieran las cosas que afectaban a Gastón. En su vida solo se habían dedicado a escuchar lo que él les contaba con un temor reverente. Ellos creyeron que alejarse de la casa de su abuela seria suficiente. Sabían que ese era un lugar de mala estrella. Dañino. No había allí momentos felices o propios. Solo un sinfín de días llenos de destrato y dolor que había que dejar pasar hasta que llegara el momento en que pudieran irse. El plan siempre había sido mantenerse juntos a pesar de todo.
Allí fue que Gastón se puso esa improbable capa de héroe. Dejó de ser solo alguien que había sufrido lo indecible para convertirse en aquel que los rescató finalmente. Porque con la mayoría de edad y la casa que Mamá Rosa tenía en un barrio del conurbano fue que lograron salir de allí. Después de un tiempo sobrevino la parálisis de su abuela. Pero ellos ya no tenían contacto. Mamá Rosa se encargó de todo. Siguió asistiéndola en soledad. Se quedó viviendo con ella un tiempo hasta que finalmente murió. Ellos no podían estar más agradecidos. Parecía ser el final de la pesadilla.

Hasta que todo se descontroló el verano anterior. Fue aquella noche en que Gastón volvió con cara de preocupado. Trabajaba de remis haciendo viajes cortos. Fue un viernes a la noche que parecía ser productivo. Gastón metió tres viajes seguidos sin bajarse del auto. Los recogía en la puerta de la remisería y los dejaba en una casa, en un lugar apartado. Volvía y el siguiente cliente le pedía que lo lleve a ese mismo lugar. Al tercero le dio algo de charla para saber si allí había algún tipo de fiesta.

─Vamos a misa. ─dijo el que parecía ser un hombre mayor.

Pudo verle la sonrisa por el retrovisor. Tenía los dientes negros, como podridos. Le pareció raro porque parecía más joven cuando se subió al auto. No pudo llegar a destino. El pasajero se había descompuesto ante sus ojos en segundos y era un monton de huesos y materia amarronada en el asiento trasero. Casi estrelló el auto contra un poste. El olor se mezclaba con la imagen en el retrovisor. De alguna manera pudo frenar el auto a salvo. Se bajó de un salto y se sentó, jadeando, en el cordón de la calle con la mirada fija en el suelo. Le costó bastante controlar la respiración. Otro rato le costó volver a subirse en él. En el asiento trasero no había nada. Apenas un maldito olor penetrante. Esa noche volvió con esa cara que sus hermanos conocían. Se sentaron en la mesa como siempre y esperaron que les cuente.

─Están volviendo. ─fue la sencilla explicación de Gastón, que todos entendieron claramente. No dijo más nada.

La verdad es que ellos apenas percibían lo que era su pan diario. A fuerza de ver aquello que antes les era vedado entendieron por qué la vida de su hermano había sido esa extraña sucesión de cosas inexplicables, que parecían no llevar a ninguna parte. No tenía trabajo fijo. No estudiaba, y si en un rapto de rebeldía quería hacer algo con su vida, se encontraba repentinamente con que la gente a su alrededor tomaba actitudes extrañas con él.
Tuvo un patrón que lo había querido apuñalar sin razón aparente. Compañeros de trabajo que no querían estar cerca de él. Y mujeres, que aunque lo encontraban atractivo, no podían ocultar la repulsión y el temor que les causaba su presencia.
Gastón llevaba su vida de paria bastante dignamente. Lo soportaba todo si a cambio no veía nada extraño por un tiempo. Pero siempre terminaba sucediendo. Siempre volvían. Sólo había momentos de respiro entre un round y el siguiente. Porque esto se asemejaba bastante al boxeo que practicó en una época. Parecía un pelea de fondo por el título, solo que él era el retador puesto para que el campeón se luzca. No parecía tener chances de ganar la pelea. Terminaba besando la lona a cada rato.
 Pamela le alcanzó unos pantalones para que su hermano no anduviera en calzoncillos por la casa. Nunca se sabía si podía pasar algo que los obligara a salir corriendo. Pero Gastón seguía su discurso de indignación hacia la iglesia católica apostólica romana por el destrato.
Las palabras que había visto Walter en la pared se habían convertido en ceniza y ahora eran un polvillo negruzco acumulado en el suelo, seguido de ese olor característico a azufre, cosa que les reveló una de las tantas limpiadoras de energías que habían pasado por esa casa. Pamela se había pasado un rato mirando hacia la puerta de calle y ninguno sabía a ciencia cierta si estaba viendo algo. Es que de pronto todos eran Gastón y sufrían los eventos que antes pertenecían solo al mayor.
Walter fue el que finalmente tomó el mando de la situación. No estaba acostumbrado a vivir con ese miedo tan distinto, tan desconocido. No era como el mayor. No se veía por años mirando a la nada y agachando la cabeza.

─¡Nos vamos de acá ya! ¡así no se puede vivir! ─gritó y abrió la puerta con ímpetu. Una presencia en la entrada lo frenó en seco. La pequeña figura no superaba el metro y medio de altura y llamaba la atención por el atuendo.

Walter se quedó sin palabras, se le había hecho un nudo en la garganta.

─Ya no me conoces parece...¿me invitas a pasar? ─dijo Mamá Rosa y a Walter se le llenaron los ojos de lágrimas.





***



La cara de Gastón se iluminó como pocas veces en su vida. Hubiera querido correr a abrazarla pero ella lo miró de arriba a abajo. Estaba en calzoncillos y con el rostro desencajado. Bastó una mirada de ella para que se ponga los pantalones y se acerque a esperar su turno del abrazo. Porque hasta Pamela la abrazó. Hasta ella se rindió ante la evidencia.

─Dejá de decirme vieja vos...¿te crees que no vas a llegar a esto?

Pamela se ruborizó pero la sonrisa cómplice de mamá Rosa le dio un respiro. Cuando llegó el turno de Gastón sus hermanos podían jurar que tenía la expresión de un nene de diez años. La abrazó como creyendo que no estaba allí. Que era una visión. Después se desmoronó sobre ella. Pero Mamá Rosa resistió el peso gracias a una vida entera de tareas manuales y vida rural.
Todos se atropellaron para contarles el infierno del último mes mientras ella solo miraba alrededor. Parecía no prestarles atención. Estaba buscando algo. Dio una vuelta por el comedor mientras miraba principalmente el suelo. Pidió una escoba y recogió el polvillo negro que había visto Walter y dos pétalos de rosa que quedaban del incidente con el florero.

─¿Me dan un encendedor? ─dijo cuando tuvo todo eso reunido. Salió a la vereda y lo encendió en la misma pala de la basura. Todo ardió como si le hubieran echado combustible.

Cuando volvió a la casa a la casa las caras de los hermanos eran la angustia personificada. Pero la tranquilidad de Mamá Rosa echaba por tierra el temor que reinaba.

─¿Qué comemos? ─preguntó la visita y todos fueron confiados a la cocina.

Esa noche fue la primera de calma después de muchas muy distintas. Comieron y cada uno contó sus experiencias. Doña Pena los miraba en silencio. Habían crecido tanto. Casi no los reconocía pero detrás de esa adultez estudiada había unos chicos con miedo y una tremenda soledad. Esa noche de cena tranquila y relajación hizo que el sueño se apoderara de todos. Pudieron volver a sus habitaciones por fin. Todos, menos Gastón que quería dormir en el comedor para que Mamá Rosa usara su cama.

─Dejame el sillón ─dijo Doña Pena. ─No creo que hoy me dejen dormir.

Gastón tragó saliva, sabía lo que era una mala noche pero se quedó con ella toda la madrugada. Podía no acostarse en toda la noche pero sentía de por sí un tremendo descanso.

Mamá Rosa se interesó por todas las cosas que había estado viendo. A veces se quedaba pensativa y le pedía detalles que al mayor no le parecían relevantes pero para ella significaban un largo rato pensativa.

 ─¿Por qué a mí? ─Era la duda que lo carcomía desde hace años. Alguna vez ella le dijo que él era especial, pero nunca estuvo seguro de eso.

─Hay gente que siente más estas cosas Gasti, les gusta todo el asunto, pero puede ser que pase porque sos el primero nada más.

─Entonces no tengo solución ─dijo abatido.

Ella le acarició la cabeza mientras pensaba, pero no lo contradijo. No le salía bien eso de andar mintiendo.

─Hay cosas que vas a tener que aprender nomás. Todo se termina sabiendo a la fuerza.

─¿Y usted Mamá? ¿Le gusta esto? ¿Cómo hace para aguantarlo?

─Fue un poco como vos todo ¿sabés? pero antes las cosas eran más sabidas. Nadie te iba a mirar raro.
Mi mamá me sacó el miedo de chica. Y después ya no costó tanto. Pero nunca es lindo.

Gastón se quedó pensando. Le consolaba un poco la idea de que no le pasara solo a él. Pero no mejoraba demasiado el asunto.

─¿Cuanto tiempo tengo para aprender?

─Hace mucho que venís aprendiendo, no te diste cuenta nomás. Tenés que matar el miedo. ─Le dijo ella con tono imperativo.

Gastón no entendía como podía ser posible eso. Cómo evitar sentir lo que sintió siempre. Tampoco conocía un antídoto para eso. La más básica de las emociones.

─¿Por qué no se va la abuela de una vez? ─fue la otra pregunta histórica, que Gastón mantuvo en su cabeza por años.

─No se donde estará tu abuela pero no está acá Gasti. Doña Bárbara le tenía mucho miedo a la muerte, hizo de todo por quedarse en este mundo pero cuando te llega la hora ya está.

─La vi en la heladera ayer...la cabeza me gritó.

Ella se levantó trabajosamente y se encaminó a la cocina.

─Vení.

Ella se dirigió decidida y abrió la heladera. El cajón de verduras apenas tenía un tomate y algunas hojas de lechuga. No había cabezas a la vista. Cerró la heladera y lo invitó.

─Abrila vos.

Gastón la abrió y el contenido se mantuvo inalterable.

─Otra vez.

Se repitió el proceso por un rato hasta que Gastón empezó a fastidiarse. Ella le dio un descanso pero le encomendó otra tarea.

─Haceme un tecito Gasti.

─No puedo Mamá Rosa ─dijo sin moverse de la heladera. Estaba mirando al piso.

La abuela de Gastón flotaba descalza sobre las hornallas y lo apuntaba con el dedo. Su boca estaba abierta en un grito enmudecido. Sus dientes negros hacían contraste con los ojos blancos y vacíos. Su cabello canoso parecía flotar en una brisa que no estaba ahí. Tenía una mueca de odio indecible, además de un vestido blanco manchado de negro y un aspecto de cadáver a medio podrir.
Mamá Rosa se adelantó tomándose el crucifijo que traía colgado.

─¿Cómo te llamás? ¿cómo te llamas? ─preguntaba constantemente mientras murmuraba algo.

Pero la abuela parecía no reparar en su presencia, o la ignoraba. Buscaba que Gastón la mire, pero no tuvo éxito. El mayor se quedó mirando fijamente al piso como si pudiera ver a través de él. La presencia se elevó después de un momento, desvaneciéndose como un humo oscuro por el techo.

Gastón se desplomó en la silla y se quedó mirando a la nada. Doña Pena le puso una mano en el hombro.

─¿Qué te dijo?

─Está enojada porque usted vino. Dijo que la iba a matar.

─Haceme un tecito. Hoy no va a morir nadie.



*** 


DOMINGO


Los otros dos se despertaron después de haber descansado como nunca en esos días, pero al encontrar a Gastón durmiendo en la silla de la cocina intuyeron que algo había pasado durante la noche. No veían a Mamá Rosa por ningún lado y la puerta de calle estaba abierta, tragaron saliva pensando lo peor, si es que había algo más por pasar en esos dias. Para alivio de todos estaba sentada en la vereda tomando mate y hablando con la vecina de la esquina, tan chusma como siempre. Esa que les controlaba los movimientos.
En realidad discutían sobre la receta correcta de tortilla pero eran de distintas provincias así que ambas tenían razon.

─Si le pone harina cuatro ceros le sale chiclosa ─afirmó segura Mamá Rosa.

─Nah que va a ser, es más liviana que si le pone las tres ceros, sino cae pesada. ─Respondió la vecina.

Los chicos salieron a saludar antes de que las cosas pasaran a mayores.

─A la tarde paso y le dejo, asi prueba ─le tiró desafiante la vecina de la esquina, antes de seguir rumbo al mercado.

─Deje si quiere  ─contestó Mamá Rosa con un mal disimulado fastidio.

Los chicos se sentaron con ella. Ella les sirvió un mate amargo. Pamela rechazó como siempre pero Walter siempre se lo aceptaba aunque le fuera difícil tragar algo tan amargo con el estómago vacío.

─Me parece que hoy voy a hacer un guisito. Están demasiado flacos ustedes.

Nadie desautorizó el menú. Pamela tenía ganas de empezar con el veganismo pero esos días no estaba como para encarar cambios profundos. Walter comía cualquier cosa. Y no era una exageración. Gastón sufría de acidez crónica, y nadie podía sorprenderse de eso. Antes de la crisis tenía la cosa bastante controlada pero ahora era raro que comiera.
Gastón se asomó a la puerta todavía dolorido por la mala posición. Despeinado a más no poder se sentó con ellos en la vereda. Mamá Rosa le pasó un mate sin mirar siquiera.

─¿Tiene yuyito?

─En un rato te busco Gasti, cuando voy a comprar. ─Dijo Doña Pena entretenida en darle pedacitos de pan a un perro de la calle.

─Estaría para un guisito ¿no? ─se aventuró a decir el recién levantado.

Todos se rieron menos él, que los miró confundido. Después se dio cuenta que era el menú establecido y sonrió. Lo importante era comer bien ahora que estaba mamá Rosa. Y pocas cosas cocinaba que no fueran sus famosos guisitos.



***
 
JUEVES

Los siguientes días Mamá Rosa acomodó algunas cosas en la rutina de su antigua casa. Colgó páginas de una pequeña biblia en las paredes. Llamó a Palmira para recordarle que le llevara alguito de comer a Polvorín, pero su vecina ya se lo había llevado con ella. Le encomendó que le cuidara el ranchito y Palmira le dijo que se quede tranquila pero que no se encariñe mucho que ya la andaba extrañando. 
Solo quedaba un asunto complicado por atender. Tenía que lograr que Gastón lo acompañe a la casona donde se crió con su abuela. Ahí tenía que estar el origen de todo según entendía.
Pero ninguno de los chicos quería pasar ni cerca de esa casa. Los tres habían hecho su pacto personal. Ni siquiera se opusieron cuando un primo lejano vino para reclamar una supuesta parte de la herencia. Si hubiera sido por ellos, le entregaban la casa con un moño. Pero avisado de que había que pagar la sucesión desapareció de un día para el otro. Después una inmobiliaria les ofreció alquilarla con algún artilugio legal que nunca se terminó de realizar. Y allí quedó la casona. Desmoronándose en una esquina. Lo último que supieron era que la municipalidad quería nombrar la propiedad de interés cultural de la zona. Hacer un museo o algo. Walter decía que se podía hacer una mansión del terror y que Gastón podía dar visitas guiadas, contando las porquerías que había visto en su infancia.
Todo se dilataba hasta que un día los sentó a la mesa y les habló muy seria.

─Ustedes se creen que yo voy a vivir para siempre me parece. ─Arrancó su discurso enojada. ─Tenemos que acomodar las cosas para que me pueda volver a mis pagos tranquila de una vez.

Ellos se quedaron mirando con cara de compungidos. La verdad es que desde que ella había llegado Gastón comía y dormía como una persona normal. Ellos habían dejado de ver cosas y sus vidas mantuvieron una relativa calma por una semana completa. Pero ese tipo de problema no era de los que iba a solucionarse solo. Tenía temporadas simplemente. Y las cosas que a ellos los habían dejado tranquilos estaban ensañados con Doña Pena. Raramente dormía una noche completa, siempre la despertaba alguien gritándole pero ya levantada no podía ver a nadie. Fue Gastón el que la encontró varias madrugadas tomando mate sola en la oscuridad y entendió que solo habían conseguido paz pasándole el daño a alguien más, encima era alguien querido. Se sentía como lo que su propia abuela les hacía. Entonces fue que habló con sus hermanos.

─Pasé por la inmobiliaria. Ya tengo las llaves de la casa. El sábado vamos para allá. Acomoden sus tiempos.

Los hermanos se quedaron callados. Hacía rato que no veían tanta determinación en él. Sabían que lo hacía por ella, por su abuela del corazón. Todos entendían que era lo justo. Terminar con todo. Probar las mieles de una vida tranquila.

─Supongo que te vas a pagar el asado después de todo lo que vamos a hacer por vos ─Lo pinchó Walter con tono irónico.

Gastón sonrió. Esperaba ese tipo de desafíos. Pero ya había hecho cuentas. Pensaba juntar plata toda la semana en el remis para hacerle una fiesta a Doña Pena. Se lo merecía. Y después pagarle un pasaje de micro, pero de la empresa más cara. Primera clase. Esos que tienen butacas grandes y te dan de comer bien.

─Hacemos lo nuestro el sábado y yo te aseguro que te vas a cansar de comer.

─...Y de tomar...hacemela completa.

─¿Y vos no vas a poner nada? ─retrucó Pamela, que veía el interés de su hermano en lucrar con la situación.

─El pecho a las balas nena. Lo mío es el riesgo ─sonrió Walter poniendo cara de héroe absoluto.

Gastón negó con la cabeza. No le gustaba esa actitud sobradora cuando lo que estaba en juego era tanto, pero entendía que en realidad se estaba dando ánimos. Conocía a su hermano. Tenía miedo. De esa casa, de todo lo que se había vivido y de volver a revivir momentos. De que eso que los acechaba no se fuera más.


***


MALDITO VIERNES
 
Ese sábado por la mañana Gastón se fue a trabajar temprano para tener libre la tarde. Los hermanos se quedaron limpiando la casa como si no fuera a pasar nada durante el día. Mamá Rosa fue a comprar y trajo cosas de quién sabe donde. Ninguno de ellos se hubiera atrevido a preguntar algo. A veces las respuestas son más peligrosas que las preguntas. Permanecían ajenos a lo que se gestaba tanto como podían. A Walter le tocó cocinar mientras Pamela lavaba un vestido blanco de algodón para la invitada.
Doña Pena casi no comió. Estaba pensativa y en la sobremesa leyó por un largo rato una pequeña biblia llena de anotaciones. Ellos no sabían que fuera creyente. O si pensaba mezclar a Dios en el asunto como último recurso. Quién sabe, pensaron para sí, pero siguieron dejándolo todo en el silencio.
Gastón mandó un mensaje a media tarde avisando que se la había roto el auto y que se iba a demorar. Mamá Rosa estaba ansiosa con todo el asunto así que Pamela empezó a organizarse para llegar a la casona en caso de que Gastón no pudiera resolverlo. Eso en sí no era problema. El asunto que preocupaba a Doña Pena es que andaban separados cuando se necesitaban juntos. Se reprochó el haber dejado a Gastón solo todo el día. Tenía miedos de las jugarretas y las cosas que veía. Nunca había logrado prepararlo por más que le hubiera hablado muchas veces. Hay cosas tan amargas que no se pueden describir hasta que se prueban. Y a veces ni así se logra. 
A las cinco todos salían para la casa de su infancia. Allí donde conocieron a Mamá Rosa. Donde vivieron con esa persona que nunca consintieron en llamar abuela, porque no podían, no lo merecía. Había faltado amor para llenar ese título y había sobrado odio para marcarlos de por vida. Se quedaron en silencio en el comedor con las cosas preparadas, pero Gastón no contestaba los mensajes. El actor principal no había subido a escena.

─Prepárense chicos. ─Dijo, lacónica, Doña Pena.

Ellos se miraron. No sabían muy bien que preparación necesitaban. Mamá Rosa miraba hacia la puerta anhelando ver a su Gasti llegar. Y entonces sonó el teléfono.

A kilómetros de distancia Gastón se limpiaba la grasa en el pantalón tratando de tomar su teléfono. Se le había hecho tarde y casi había volcado cuando una de las ruedas se aflojó de repente en plena ruta. Había logrado dominar el auto y se había puesto a la tarea de intentar repararlo para llegar a su casa. Sabía que lo esperaban y no le importaba si se terminaba de romper en el proceso. Era el día. Su día. El que había esperado años. Iba a llegar como fuera y necesitaba que su familia lo supiera. Tenía miedo que pensaran que se había asustado. Que había abandonado la batalla. Que otra vez se dejaba vencer.
El teléfono llamó pero nadie atendía así que se subió al auto sin dudarlo. Podía seguir intentando mientras cruzaba calle tras calle a toda velocidad. Era la primera vez que corría hacia aquello de lo que había intentado escapar toda su vida. Era como recurrir a la bala de plata que todos guardamos para estas situaciones. Ese momento de coraje que todos podemos tener alguna vez. Gastón ya había decidido usarlo.

Walter miró a los demás y puso la llave en la cerradura con cuidado. Pamela no aguantó las ganas y le palmeó la espalda cuando más concentrado estaba. El gritito que pegó en el sobresalto hizo que hasta Doña Pena se tentara. La puerta se resistió a abrir por un instante, luego se quejó con ganas mientras el óxido era vencido por fín. La oscuridad y el polvo no daban exactamente una bienvenida. Ellos tampoco visitaban el lugar por placer.

Los hermanos se quedaron en silencio. La sala parecía menos grande que en sus recuerdos pero seguía siendo imponente. Mamá Rosa no se dejó distraer por el lugar y examinaba todo con la mirada. Su cara tenía un rictus severo que no le conocieron nunca. Había algo que la tenía contrariada. El ambiente no era el que esperaba. Le faltaba carga. Se sentía vacío. Le hacía acordar a alguien en sus pagos, que siempre la llamaba para que le limpie la casa, pero el hogar no tenía nada. La carga la tenía la persona, pero no sabía como explicarle que donde fuera, eso iría con ella. Tan solo se limitaba a hacer lo suyo y no cobrarle. Se hubiera sentido como una estafa. Pero el hombre seguía insistiendo.

─Decime otra vez que te dijo Gastón por teléfono. ─Preguntó preocupada Doña Pena.

─Que venía directo para acá. Que el auto no andaba bien y que no nos quería demorar. ─Resumió Walter.

Doña Pena se rascó la cabeza. Quizás la presencia de Gastón fuera necesaria para cambiar el ambiente. Pero no podía comprobarlo si no estaba allí con ella. No tendría que haberlo dejado ir solo por ahí todo el día. Había sido floja por no marcarle la agenda, pero es que parecía todo un señor ahora. Había sacado a sus hermanos de esa casa y los había protegido de todo. Hasta de las apariciones. A veces se olvidaba de que en el fondo era un chiquito asustado, aunque por fuera tuviera disfraz de hombre. Uno al que ella ayudó a enfrentar el mundo que le había tocado y que mal que mal, no se había dejado doblegar en todos esos años. Lo real es que Doña Pena estaba preocupada. Empezaba a pensar que se le habían escapado cosas y no había nadie allí para hacérselas notar.

El auto frenó haciendo chirriar los neumáticos. Gastón se bajó de un salto y corrió a su casa esperando ver si los encontraba todavía. Todo se sabría al comprobar la puerta. De estar cerrada con llave seguiría camino, pero la puerta se abrió de par en par. Era de noche ya y las luces estaban encendidas. Avanzó unos pasos llamando a todos. Su constante temor a que pensaran que se había asustado lo empujaba a seguir, a demostrar algo. Quizás a sí mismo antes que a los demás. Demasiados años de miedo. Dejó las llaves en la mesa expectante por oir alguna respuesta. Fue entonces cuando por su mente pasaron las imágenes previas de ese día. Lo que habían hablado en la semana. Ese último mes de infierno. O meses. Ya había perdido la cuenta.
No podían haberse ido si recién había hablado con Mamá Rosa. Lo estaban esperando. No querían irse sin él.

─Te dije que no la llames...─sonó desde algún lugar de la casa mientras todo quedaba repentinamente a oscuras.

Luchó con el miedo en el primer momento para no quedarse paralizado y tanteó la mesa en busca de las llaves pero no las encontró. Retrocedió hasta la puerta para salir afuera pero la encontró trabada como si ahora sí estuviera cerrada con llave. Estaba seguro de no haber sido él. La tecla de la luz tampoco respondía. Era imposible. Recién había entrado. Hace unos minutos había hablado con Mamá Rosa. Todo estaba listo. Subirían al auto e irían a aquella casa para hacer lo que tuvieran que hacer. Librarse por fin de esa presencia. Era el final. Tenía hasta el dinero en su bolsillo para la comida de esa noche. También el pasaje que había conseguido para su abuela del corazón. Primera clase para que vuelva cómoda a su casa, para que pudiera descansar merecidamente. Pero el fin de semana próximo. Porque esa semana la llevaría a pasear y conocer el centro. Le daría todos los gustos...

─Nadie te va a defender ahora...

Se vació los bolsillos lentamente. Dejó en la mesa toda la plata que tenía, el pasaje de ómnibus y la billetera, luego avanzó a tientas por  la oscuridad, tentado en responderle. Mamá Rosa se lo había prohibido de chico, pero ahora era grande y tenía que pelear sus batallas. Tenía que poder.

─Otra vez estás solo...

─Eso es mentira...ya no te tengo miedo abuela.

Una pequeña claridad iluminó vagamente la sala del comedor. Era la puerta de la heladera que empezaba a abrirse lentamente. Gastón tragó saliva pero se mantuvo de pie frente a ella.
No mires al piso, no mires al piso, se repetía mentalmente. Estaba dispuesto a encontrarse con lo que sea, con tal de mantener a los suyos a salvo. Ahora estaba seguro de lo que tenía que hacer. Ya eran demasiadas noches soñando que su gente sufría. La imagen repetida de su abuela lastimando a Mamá Rosa. Demasiadas.


Walter y Pamela apuraban al chofer del remis para que pisara el acelerador. Doña Pena murmuraba algo con los ojos cerrados mientras apretaba esa pequeña biblia. Estaba a unas cuadras apenas de su casa pero parecía el viaje más largo de sus vidas. Mamá Rosa había pegado un grito y todos se habían asustado.

─¡¡¡Gastiii!!! ─se oyó en toda la casona cuando entró a la habitación donde dormían de chicos.

Doña Pena lo vió frente a ella llorando. Era el mismo nene de diez años que solía ver hace mucho. En esos días cuando ella lo calmaba y le decía lo que tenía que hacer, cuando le explicaba que no había que mirar ni hablarle a las apariciones. El niño le extendía la mano pidiendo ayuda, quería alcanzarla. Gritaba sin voz. Luego desapareció en la oscuridad.
El resto había sido correr a una remisería para volver lo antes posible. Todos sintieron la carga de haberlo dejado solo. Walter se sentía culpable de algo, pero no entendía bien de qué.

─Pero me dijo que venía para acá, yo no entiendo. Me dijo que estaba en camino, me dijo...

Doña Pena no contestaba. Sólo cerraba los ojos con fuerza tratando de estar con su nieto del alma, que estaba solo.
Llegaron y vieron el auto de Gastón estacionado en la puerta. Pamela se quedó pagando el viaje mientras Walter volvía a ser el encargado de abrir la puerta. La llave giró sin oposición. Todos pensaron que Gastón quizás se había asustado. Una explicación simple. Tenía todo el derecho después de todo lo que había visto.
Todas las luces estaban encendidas. Encontraron dinero en la mesa y un pasaje de micro a nombre de Eulogia Pena para la semana que viene. Su billetera y nada más. Era raro que no contestara.

─¿Se habrá acostado? ─preguntó inocente Walter. La mirada de Pamela le sirvió de respuesta. Le señaló a Doña Pena que estaba parada cerca de la cocina. Mamá Rosa empezó a llorar desconsolada pero ninguno de los chicos veía nada.

─Ya va a aparecer Mamá Rosa, no se ponga así ─intentó consolarla Walter ─Déjeme intentar volverlo a llamar. ─Dijo mientras marcaba otra vez su número.

El inconfundible ringtone de Gastón sonó en la cocina. Le gustaba el heavy metal y su banda preferida había sido la elegida. Doña Pena seguía inmóvil en el comedor. Pamela señaló la heladera. De allí venía el sonido.

─Ya le pasó una vez que lo dejó ahí adentro. ─comentó el hermano del medio, con una sonrisa que intentaba apagar el miedo. ─Me debe haber tomado toda la cerveza otra vez ─comentó mientras abría lentamente la puerta. Trató de ponerse eso en la cabeza. Sólo sacaría el celular y buscaría esa cerveza que había guardado al mediodía.

La impresión lo hizo caer sentado. Pálido. sin entender lo que estaba viendo. Pamela dió un grito y cayó arrodillada mientras sus manos se crispaban. Doña Pena seguía llorando como sabiendo lo que iban a encontrar.
Gastón estaba dentro de ella en una grotesca posición. No había espacio para él allí. Parecía como si fuera un muñeco de trapo, metido a presión, con sus extremidades dobladas y enredadas alrededor del torso. Tenía los ojos muy abiertos, la boca también, en una mueca de miedo inexpresable. Como si el proceso hubiera sido lento, doloroso y muy consciente para él. Los brazos estaba partidos en varias partes. Las piernas igual. Los huesos rotos habían rasgado la ropa y asomaban sanguinolentos como ramas secas, mientras se acumulaba la sangre en el cajón de las verduras. La puerta se fue entornando sola hasta que la luz se apagó y ocultó el cuadro. Un sonido apagado avisó que se había cerrado totalmente. Nadie era capaz de hacer un movimiento ni dijo una palabra, solo se escuchaba el sollozo ahogado de Pamela y el ringtone que siguió sonado hasta que atendió el contestador.

─Hola, te comunicaste con Gastón, dejá tu mensaje...  

El resto de la noche fue presa de las luces policiales. Peritos. Una ambulancia esperando y gente reunida afuera que le preguntaba a inoportunos policías, que nada respondían ni dejaban espiar demasiado. Todos querían saber que era lo que había pasado en la casa de los hermanos Galván. 

─Fue un ajuste de cuentas. ─Arriesgó una vecina que había escuchado hablar a los de la ambulancia.

─Habrá sido por drogas. ─Sentenció otra, completamente satisfecha con su deducción.

Los policías interrogaron a los hermanos y a Doña Pena, pero lamentablemente no habían estado allí. Poco podían decir y aunque la policía pidió permiso para revisar la casa no encontraron nada que supusiera evidencia. El celular listaba los intentos de llamada entre los hermanos pero no había mucho más. No había indicios extraños ni nadie que tuviera antecedentes en la casa. No había signos de pelea ni relatos de los vecinos de haber escuchado algo. Tampoco denuncia previa. Les preguntaron si Gastón tenía enemigos. Si lo habían amenazado recientemente. Cosas como esas que hacen pensar que la victima había sido en parte responsable de su destino.
Los peritos tardaron un rato en analizar la escena. Los hermanos se llevaron a Mamá Rosa afuera para no presenciar el operativo. Ninguno de los tres soportó el sonido que hizo el cuerpo cuando intentaron sacarlo de allí. Luego lo pusieron como pudieron en un bolsa negra y lo subieron a la camilla. Hasta los de la ambulancia estaban impresionados del estado y se lo llevaron a la morgue judicial sin demora. Todo el asunto quedó caratulado como homicidio. Pero no había sospechosos. El remisero corroboró las declaraciones de los hermanos sobre el horario de llegada. Y el hecho de que el auto de la victima ya estaba estacionado en la puerta. Esa noche ya nadie dormiría en el barrio. El viernes cruzó la frontera de la medianoche y se volvió sábado sin que nadie se atreviera a retirarse. La vecina que los vigilaba estaba en la vereda, callada, con un vestido negro y un rosario en las manos. Ella también lloraba.
 
 
 
ALGUNOS VIERNES DESPUÉS

Las semanas siguientes transcurrieron entre juzgados, declaraciones y gente que los miraba como si ocultaran algo, pero los hermanos Galván estaban resignados, sabían que no obtendrían justicia para su hermano. Al menos no de ese tipo.
Doña Pena hizo honor a su apellido. Apenas pronunció palabra. Acompañó a los hermanos en toda la odisea judicial a la espera de poder darle a Gastón su último descanso. La policía se encogió de hombros ante los sucesos y sólo argumentó que nadie sabía en que andaba la víctima. 
Doña Pena fue dispensada por el fiscal y finalmente tomó el micro de vuelta a sus pagos. Apenas se despidió de Pamela en la terminal. Walter estaba tan shockeado que tuvieron que sedarlo. Estaba internado. Fue el inicio de su largo periplo por pabellones psiquiátricos. Un viaje que aún no termina. Todavía intenta explicar que había hablado con su hermano ese fatídico día, aunque el celular de Gastón no registraba esa llamada.
Pamela le dedicó una última mirada a Doña Pena el día que se fue. Una de esas que acusan. El breve acercamiento entre ambas se había desvanecido. Mamá Rosa la entendió. Vino para salvar a su hermano y no pudo. Al final no pudo ayudar a ninguno. 
Su estancia había durado más de la cuenta dado que llevó un tiempo poder enterrar a su nieto. Solo cuando se despidió de él pudo decirlo finalmente. Solo cuando el cajón tocó el fondo de la fosa tuvo la fuerza.

─Descansá Gasti, te amo...mi nieto ─dijo tirando su puñado de tierra.

Se había resistido a tomar ese papel. No quería usurpar el título que había manchado la abuela de sangre había sido tan cruel y despiadada con ellos, pero se dio cuenta de que los había adoptado hace mucho, y no podía negarlo. El cariño pudo más. Tampoco pudo negar que le habían arrebatado al más cercano.

Palmira la esperó en la terminal, la trajo de vuelta a su casa y se encargó de abrazarla cuando lloró, desconsolada, otra vez. Pero finalmente la pena se le quedó guardada adentro. Se le amontonó como tantas otras en el apellido y tuvo que seguir con lo que le quedaba de vida. Polvorín le hizo toda la compañía que pudo. Parecía tan triste como ella, quizás entendiendo mucho más de lo que podía.

Esa mañana, como las que habían seguido a su regreso no tenía que encender el fuego si quería. Palmira lo había puesto a trabajar al marido y le habían instalado una cocina con garrafa. Le habían comprado una cama, un colchón y hasta el baño estaba terminado. Podría haberse quejado pero estaba tan golpeada que les perdonó la intromisión. Necesitaba de compañía en esos días.
Igual hizo su fueguito para espantar a los bichos, fiel a su costumbre, y se quedó mirando el camino mientras tomaba su mate amargo.
Polvorín se le sentó en los pies sin pedirle ni un pedazo de tortilla. Sólo se quedó mirando a la nada con ella. Ella le rascó la cabeza agradeciendo la compañía.

─Me lo llevaron negro, me llevaron al Gasti. ─Se quejó amargamente mientras Polvorín la miraba con las orejas gachas. Después ya no dijo nada, mientras dejaba ir la última lágrima. El agua se le había enfriado así que volvió a poner la pava en el fuego. El perro levantó la cabeza. Quizás adivinando un ruido. Luego se volvió a acostar en el patio de tierra y resopló. Ella volvió a tirar un par de tortillas en su enrejadito. No había más que hacer que esperar. Quizás la tristeza le hubiera acortado los días y pronto pudiera descansar con su nieto.

Eso a veces la consolaba un poco. Solo un poco. Mientras miraba el camino sin esperar a nadie.
       



  

 










       












 
















  













  








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