martes, 26 de noviembre de 2019

Ya no hay aroma a jazmines



Había algún placer culposo esa navidad para las hermanas Torres. No era por la comida o la bebida. No sería tampoco por la música que sonó desde temprano esa tarde. O las risas un tanto exageradas de ellas. Quizás fuera por el alivio que sintieron por fín ya que aquella iba a ser la primera navidad sin mamá.
Porque mamá había fallecido. Llevándose los silencios ominosos, las prohibiciones, las verguenzas. Alguna hasta fantaseó con llevar algún novio por fín al hogar. De pronto todo estaba permitido. Todo era válido, lícito, después de décadas de ostracismo y pulcritud. Severidad y rutina. Porque la mano de hierro de Margarita Torres ya no asomaba por la casa de la calle Humboldt. Se pudría ahora en el panteón familiar a kilómetros de distancia.
La casa del silencio se volvió fiesta. Música. Risas. Hubo comida que jamás se habrían animado a probar vuelta menú oficial después de tener asignada historicamente una comida para cada día. Los vecinos se escandalizaron por la falta de decoro y hubo más de un creyente que se persignó. El solo hecho de sacar a la calle los jarrones con jazmines fue bastante comentado por los vecinos, ya que era la flor preferida de la matriarca, además de que el perfume enfermaba a las hermanas. Y quizás solo esto bastó para que lo hicieran.
Solo habían sido semanas desde la pérdida de Margarita Torres. Se imponía un respetuoso duelo que ninguna de las hermanas se dignó guardar. Sólo la mayor vistió el negro, pero por ser la que tenía que manejarse en un barrio donde las miradas eran insidiosas por demás. Las otras dos se compraron ropa esa misma semana o empezaron a lucir modelos coloridos que tenían guardados. Todas se prepararon para festejar como se debe las fiestas.
La espaciosa casa de dos plantas se repartió equitativamente. Cada una tenía su cuarto pero se apropiaron también de espacios hasta ese momento vedados. El único lugar que se cerraría a cal y canto era la habitación del fondo, donde tuvo lugar el desenlace. Era la más espaciosa. Daba al parque y estuvo destinada a ser la última estancia. Ninguna quería volver a entrar en ella.
El cuarto de juegos donde estaba el piano, estaba ahora lleno de revistas de chicas y literatura ligera que su madre no permitía. Todas querían olvidar las lecciones que su madre les daba, con metrónomo y vara, mientras Chopin se volvía instrumento de tortura.
El despacho ahora albergaba un tocadiscos traído por la menor hace un par de tardes y ya inundaba los ambientes con la desfachatez de Sandro y Los de Fuego. Era el lugar donde su madre leía y allí no podía haber más que silencio.
Habían movido también el televisor al comedor y ese fin de semana vieron Sábados Circulares de Pipo Mancera sentadas en el suelo y gritando como locas con los números musicales. Todo eso luego de tener el aparato guardado por meses desde que Margarita había decidido que era una distracción innecesaria.
La vida irrumpió violentamente en sus realidades sin dejarlas indiferentes en ningún aspecto. Ni siquiera sabían si todo aquello les gustaba pero tuvieron la imperiosa necesidad de probarlo.
Leonor, la mayor, había sido la que más había sacrificado. Tuvo claro que la única manera de que alguien tuviera vida en esa casa era que ella renunciara a tener una. Dejó sus estudios de enfermería y su trabajo en la farmacia y empezó a atender a una madre cada vez más demandante. La severidad de la matriarca no menguó cuando ese cáncer se atrevió a carcomerla. Pero Leonor tomó las riendas de la casa con eficacia. Fueron dos agotadores años en los que el cuerpo de Margarita Torres se secó hasta consumirse pero su mente adquirió un brillo impiadoso ante la magnitud de su destino. Se volvió un azote que no dejó carne sin maltratar en ese hogar.
Cuando la menor, Lucila, quiso autorización para armar el menú de esa navidad, fue a la habitación de su madre como quién busca encontrar el santo grial en un templo perdido. Y como tantos exploradores antes que ella, volvió con las manos vacias.

─Ya tendrán tiempo de festejar cuando me muera. ─señaló impiadosa.

Es cierto que faltaba un mes para navidad, y que solo se trataba de animar un poco el hogar con los preparativos, pero el menú del 24 sería el de todos los viernes. Se comería pescado con ensalada.
La del medio, Olga, tuvo la intención de confrontar pero Leonor hizo valer su edad y se puso firme. Solo ella trataría con su madre. Solo ella se encargaría de las peticiones. Eso zanjó las diferencias pero hubo rumores de ruptura completa con la matriarca ese diciembre caluroso.
Lo que no sabía el resto es que Leonor había tenido mucho trabajo esos últimos meses, y que había sucedido algo que intuyó como posibilidad, cuando tuvo que atender a su madre por algunas caídas que tuvo en la habitación. Aunque estaba débil por permanecer postrada y dolorida, todavía intentaba bajar de la cama para supervisar a sus hijas. Cuando el dolor aumentó en el cuerpo de su madre, su hija no aumentó la dosis de morfina, y hasta en ocasiones la disminuyó pese a que su madre pedía enérgicamente lo contrario. Eso la condenó a la cama definitivamente. Por fuerte que fuera la voluntad de Margarita Torres no podía manejar el dolor. Así fue que aquella vez en que, desesperada por el dolor, había tirado todos los frascos de la cómoda en busca de calmantes, aquella vez que terminó arrodillada sobre los vidrios tratando de dar con la morfina. Aquella vez que su hija mayor la trató por unos cortes profundos en las piernas. Aquella vez Margarita Torres no supo que su primogénita se ocupó de dejar, deliberadamente, una herida sin curar.
 La enfermedad había minado tanto las defensas de su madre, que un inocente corte sin tratamiento podía llegar a infectarse gravemente luego de unos días. Eso hizo la mayor de las Torres, y a esa empresa dedicó la mayoría de sus esfuerzos durante el mes previo. Tuvo pericia para esconder esto del médico de la familia, que viajaba ese diciembre a un congreso y ya había dicho a Leonor que no podía esperarse más que un desenlace. Que todo dependía de las fuerzas de su madre y que había que prepararse para lo peor en los próximos meses.
A Leonor hablar de meses le pareció demasiado. Sus hermanas merecían una navidad por fín. Asi que puso una expresión triste hasta que el doctor Morales se fue de la casa y luego volvió a cuidar de ese pequeño corte como quién cuida de un retoño en una maceta o una mascota rescatada de la calle. Y su trabajo dio frutos cuando la herida en la rodilla de su madre se convirtió en una hinchazón rojiza que empezó a colonizarlo todo. Luego, como era de esperar, llegó la fiebre.
Los delirios se hicieron cotidianos. Su madre hablaba mucho con personas que no estaban allí. Generalmente era gente de su pasado que sus hijas no habían conocido, mientras que a ella no la reconocía y la llamaba Ester. Hasta se enteró de cosas que su madre jamás le hubiera confesado. Todo esto debido a las fiebres. Como el hecho de que tambien había trabajado en una farmacia en su juventud preparando recetas magistrales. O que tuvo un novio antes de conocer a su padre que se llamaba Luis y que quería escapar con ella a Corrientes.

─No Luis, no puedo, mi padre jamás lo permitiría...no Luis, no puedo...claro que te amo...─repetía sin cesar una tarde.

Un pátina de humanidad se vislumbró a través de la corteza de severidad que recubría a su madre. Pero era tarde para arrepentimientos. Ante los ojos de Leonor el asunto era cosa juzgada. No podían ser meses, serían días. Sus hermanas tendrían una merecida navidad.
A mediados de mes tuvo el único sobresalto en ese tiempo. Encontró a su madre en la despensa. Eso era muy lejos de su habitación en la planta alta. No se imaginaba como logró bajar las escaleras con la rodilla del tamaño de un melón de tono violáceo. Ella era una excelente cocinera y hacía unas conservas exquisitas, pero a ellas no les era permitido acercarse. Mucho menos probarlas. Eran para las visitas o para ocasiones especiales. Sus hijas no entraban en ninguna de las dos categorías.

─¿Mamá que hacés acá? pudiste haber caído por las escaleras. ─dijo con fingida preocupación.

─Mis hijas...tengo que darle de comer a mis hijas Ester. Tengo que...

─Soy Leonor mamá. Vamos que te llevo a la cama.

 La madre forcejeó por un momento con el resto de sus fuerzas y la miró fijo.

─Tengo que estar con mis hijas Ester. Tenemos que estar juntas al final...

Con un gran esfuerzo Leonor la devolvió a la habitación. Ya no se levantaría de la cama.
Dos días después las líneas violetas de la rodilla habían subido más allá de la cintura y los ojos se le habian puesto vidriosos. Unas manchas rojizas invadieron su cuerpo y se supo que el final estaba cerca. Leonor le cambió los paños húmedos de la frente y le tomó el pulso. Estaba débil como nunca antes. Había resistido demasiado. Le acarició el pelo y empezó a despedirse.

─Ya está mamá, ya está.

En un súbito estertor Margarita Torres se sentó en la cama y tomó el brazo de Leonor con fuerza. La miró fijo a los ojos sin parpadear. La hija mayor se dio cuenta que la reconocía finalmente, pero en su mirada no existía el mínimo rastro de ternura. Había acusación. En sus ultimos momentos Leonor comprobó que su plan había funcionado, y también supo que su mamá lo había descubierto. La acostó nuevamente pero sus ojos no dejarían de estar fijos en ella. Ojos que decían mucho. Que le hablaron hasta que se vaciaron de vida. Había muerto.
No pudo dejar de mirarla. La severidad en el rictus. La ausencia de parpadeo. La condena.

Sus hermanas estaban en el comedor cuando bajó a darles la noticia.

─Se terminó.

Se quedaron en silencio un rato. No había llanto ni pesar, pero sintieron culpa. Cada una por sus propios motivos pero sobre todo por desear su muerte.

Después de ese día vendría el servicio fúnebre y un sepelio simple. Miraron el cajón de lejos y trataron de no acercarse a nadie. Temían ser descubiertas. Nada memorable más que actuar como dolientes. Una semana después el 24 de diciembre las encontró en la mesa tras un largo día de preparativos. Todas estrenaron vestido y se maquillaron como las actrices de la televisión. Cantaron temas de Sandro y bailaron en la sala hasta que llegó la hora de cenar.
Leonor les dijo que cerraran los ojos y para cuando los abrieron, las conservas de mamá estaban en la mesa junto al pollo relleno que había hecho Lucila. El vino que guardaban en la despensa también estaba servido. Los ojos de las menores brillaron y Leonor se sintió satisfecha. Lo había conseguido finalmente. Sus hermanas tenían navidad.
Esa noche comieron y rieron como nunca.
Hubo música y la televisión pasaba un especial de nochebuena. No podía ser más perfecto pensaron las tres.
Tal es así que despertaron por la mañana todavía sentadas en esa mesa. Seguramente por el vino. Todavía desperezándose salieron a la calle a saludar a los vecinos que seguramente ya estaban visitándose entre sí.
Se pararon en la puerta y pronto descubrieron con pesar que nadie les dirigía la palabra. Actuaban como si ellas no existieran.
Lucila intentó saludar a Norma, la peluquera de la esquina, pero esta pasó caminando a su lado y entró en la casa contigua.
Olga, la del medio, no pudo soportar la indignación y les dedicó algunas maldiciones.

─¡Hipocritas! ¿que saben ustedes de lo que pasamos? ─les gritó finalmente. Pero nadie se dignó mirarlas.

Leonor las tomó de los hombros y las llevó para adentro. No quería que nadie en ese barrio les quitara su navidad. Su momento. Su alegría.
Y así se mantendrían por siempre. Juntas, unidas por un lazo inquebrantable y poderoso . Dueñas ahora de sus destinos en la casa donde morarían sin pensar jamás en el tiempo. Sería siempre navidad desde ese momento.
De eso se había ocupado Margarita Torres, a mediados de diciembre, en un rato en que las fiebres cedieron y le devolvieron la lucidez. Justo cuando vio su final acercarse y con lo que restaba de sus fuerzas, expresó su última voluntad, envenenando las conservas de la despensa.





 







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