lunes, 11 de noviembre de 2019

La noche de mi destino

 

LA NOCHE DE MI DESTINO


Quise enterrar esa noche. Perderla.
 

 Ríos de alcohol que me ahogaron desde esa tarde, pasando por debajo del puente. Ese que une lo que pretendí alguna vez, de lo que estoy destinado a ser.
Se que no puedo escapar de la sombra. Tampoco acercarme a ella. Estará siempre alli. Equidistante. Acusándome de mis actos. Agitando con su mano negra el veredicto. Culpable.

Entonces solo escapo, me pierdo. Quizás pueda evadirla en alguna esquina, me miento. Camina a la velocidad con la que pienso en esa noche, que es todas las noches. Todos los recuerdos. No hay más mérito. Ya no hay acto de redención, y solo miedo.
Deberían haber venido por mí pero aún no lo han hecho. Quizás no me han descubierto, o si. Y acechan grises en la sombra que me ha estado persiguiendo.

Y sueño con las maneras en que pude ser distinto. Pero fui el mismo. Aquel capaz de hacer lo que ya había hecho. Soy esa cárcel que habito cuando todavía no hay juicio. Porque ya existe mi condena, en cada sueño o recuerdo. Y no hay refugio, porque ese juez implacable se ha vuelto mío. Agita su martillo de madera y soy yo mismo, condenándome a llevar la carga que ya he elegido.
Y me pienso en aquellas infancias idílicas e inocentes. Aquellas que no he tenido. Porque se gestaba algo en mí, cuando aún no era cierto ni probable que albergara sentimientos. Al menos, no de ese tipo.

Y siento que quizás no era elección sino destino. Y que algún oscuro designio marcó mi frente temprano. Y estoy perdido.

Pero aún siento las fuerzas para realizar el intento, o quizás algo más, ¿quién sabe? acaso me alcance el brío, para forzar la revuelta. Y sublevar esperanzas de torcer, finalmente, aquel designio. Borrarlo de mis recuerdos como esas cosas que no deberían guardarse, que es mejor haber perdido. Desterrarlo del presente y dejarlo en alguna tumba. Volverlo pasado o frío. Quitarlo con una manta. Guardarlo en algún armario. O peor, volverlo mío. Acostumbrarme al débil escalofrío de las almas que no descansan. Al abandono del cuerpo y el cruel encanto de sentirme ido. No ser dueño de mi mente ni de tortuosos recuerdos. Abandonarme para siempre cuando el alcohol haga nido, matando mi canción y mi rima. Como quien terminal asiente que la vida ya se ha ido. El aliento entre los dedos, en arena convertido.

Déjenme intentar explicar, arriesgarme a ser culpable, si debo dar confesión necesito de testigos.
Para explicar lo imposible, declarar que esos actos no son míos. Quizás la sombra no me lleve si me ve luchar y no darme por vencido. Por ahí le divierta el inútil cansancio de querer volver de la noche. Aquella de mi destino. Pasaje de aquel lugar en que la suerte me ha retenido. Intentaré apelar a lo triste de la experiencia y al cúmulo de lo vivido. A un pasado tormentoso que me empujó a aquel abismo. Buscar un rastro de piedad. Migajas de algún consuelo. Algo con que mitigar el fallo de mi conciencia. Dejar de ser carcomido.

Y entre paisajes borrosos y escenarios vacíos sobrevive aquella imagen. La sangre goteando al piso. Mis manos ya están manchadas de posteridad, casi como un malentendido. Aunque quiera reescribir, es tarde para el retiro.Y sobreviene el espanto. Mirando sin saber que ha sido. A mis ojos viene el llanto. De aquel dolor escurrido. No hay un por qué en esos actos. Pero tampoco habrá olvido. Me seguirán a mi muerte, las imágenes, los ruidos. Y lejos de al fin encontrarme, permaneceré perdido.

Rezaran los policiales, placas rojas de domingo. Que a aquel que mató a sus padres se lo llevan detenido.


No hay comentarios:

Publicar un comentario