Fue duro internar a la abuela aquella vez. Eso casi rompe a la familia. Y todo fue por un perro.
El reparto de culpas desató una guerra entre los hijos. Hubo ofensores y ofendidos. Viejos pases de factura pero poco más.
Demasiados disgustos había causado a la familia aquella vez que se escapó la mascota, sobre todo porque dejó a su dueña con la cadera quebrada, tirada en la vereda. Era claro que la nona necesitaría supervisión y cuidado luego de la operación. Pero los hijos fueron hábiles para llegar a un arreglo.
Al menos Sultán había logrado algo con su aventura. Por primera vez los hijos se habían puesto de acuerdo. Claro que mucho tuvo que ver la culpa de haberla dejado sola tanto tiempo. Fue ley desde ese día que alguien debía estar presente para ocuparse de la mascota y para mirar a la abuela. Y la cadena de responsabilidades fue bajando en la escala familiar hasta depositarse en la nieta menor.
─Dale de comer al perro hija ─le pidió la nona una siesta de chicharras y calor sofocante.
A la nieta le fastidiaba ese labor. Tanto que se dio el gusto de dilatar la tarea un par de horas. El perro era bonachón, hasta simpático pero era enorme y baboso. Un mantonegro obeso, con esa permanente sonrisa bobalicona que ella detestaba, esperándola en el patio mientras custodiaba su comedero de lata.
Él festejaba cuando alguien llegaba a sus dominios. Hilos de baba corrían por los pliegues de sus fauces porque sabía que la visita solo podía significar una cosa. Comer.
Todo se volvía sucio y baboso con ese perro. Maldito perro pensaba la nieta mientras agarraba a duras penas el plato de lata. El labrador agradecido, le lamía la mano, la pierna y si podía la cara en el proceso. El creía que debía mostrar gratitud aunque ella hubiera preferido que estuviera atado, pero su abuela jamás hubiera consentido hacerle eso a su querido Sultán.
Aquella tarde, quizás por el fastidio, olvidó cerrar la puerta de costado cuando fue a cargarle el bebedero de agua. Se preocupó más en entrar rápido a limpiarse. El perro ya estaba engullendo el alimento balanceado con avidez así que creyó su tarea cumplida pero olvidó algo fundamental en el manejo de Sultán desde siempre, porque si hay algo que le gustaba tanto al animal como comer, era escaparse a la calle.
El grito de la abuela sacó a Gladys del baño en un santiamén, pero ya era tarde.
─¡El perroooo!
Gladys corrió a la puerta de calle solo para comprobar que estaba abierta de par en par. Miró con angustia en ambas direcciones pero aún con su tamaño y sobrepeso el perro se había esfumado.
Decidió correr en una dirección. La que fuera. Al menos dar la vuelta a la manzana pensando en las cosas que podrían atraerlo. Una plaza cercana podía ser la clave. Se cruzó con el quiosquero y con el del puesto de diarios. A ambos les dio el mismo resúmen de situación.
─Se escapó Sultán.
Ambos se agarraron la cabeza mientras empezaban a mirar en todas direcciones. La crisis barrial era conocida. Ya había pasado alguna vez y había sido de difícil resolución, ya que llevó varias horas encontrarlo. Y solo porque se había lanzado a perseguir colectivos en la avenida causando un modesto caos local hasta que fue atropellado. Sultán la había contado por poco. Pero no era como los gatos, así que nadie apostaba que tuviera más de una vida.
Gladys recordaba cuanto había sufrido la abuela por el suceso y de la necesidad de internarla luego por su cadera y para controlar su desbocada presión arterial. Desde ese día la nona usaría bastón y necesitaría más ayuda de la que habían sabido brindarle. Los nietos, imitando a sus padres, se repartieron la tarea de atender a Sultán al mediodía como medida de seguridad. Pero últimamente Gladys era la única con tiempo para la tarea ya que estaba cercano el fín de clases de su cuarto año de secundaria. Los demás trabajaban y ella tenía un verano más relajado por delante. Estudiante modelo como era. No había materias pendientes y ya asomaban días de pileta en el club, juntadas con amigos. Al menos hasta ese momento, de esa tarde, cuando olvidó la puerta del costado abierta y se desató ese pequeño infierno familiar. Eso dinamitó sus sueños de verano y la arrojó a la pesadilla de estar corriendo en ojotas por el barrio en busca de señales de ese estúpido perro. Lo odiaba pero era todo lo que quería que sus ojos vieran.
Mientras tanto la abuela estaba sentada en la vereda completamente pálida y una vecina ya había llamado a la ambulancia, mientras le prometia que iba a aparecer su amado perro, tratando de calmarla.
─Doña Nora no se ponga así. Usted sabe que juega un rato y después vuelve. Siempre vuelven dónde hay de comer.
Pero Doña Nora no estaba convencida. Era un perro que no conocía la calle. Que se dejaba llevar por el movimiento. En realidad no es que ella lo quisiera tanto, pero era el perro que había traído su finado marido una vez para que le haga compañía durante el día. Como él se pasaba la mayoría de la semana trabajando para la empresa de electricidad y llegaba tarde, la mayoría de las veces borracho, se había acostumbrado a Sultán. Era como un marido. Una compañía que hablaba poco y comía mucho. Le hablaba mucho al perro. Más que nada de esas cosas que no quería contarle a sus hijos. A ellos poco le importaba lo que a ella le pasara. Apenas disimulaban para no hacerla sentir mal.
Mientras tanto Gladys seguía buscando en la plaza. En la avenida. En los negocios. Molesta por haber salido casi descalza en el apuro, ya que una de sus ojotas no soportó el trajín y se bajó del evento. Tuvo que continuar descalza, sofocada por el calor de aquella tarde de diciembre, sin celular siquiera. Habían pasado algunas horas de búsqueda y ya empezaba a pensar que decirle a su abuela cuando volviera sin noticias. Tenía que avisarle a su papá para que viniera con el auto. Todo el asunto ameritaba algo de apoyo y logística.
Pidió el teléfono en el bar de la plaza. Era habitué del lugar y ya se habían enterado de la fuga así que le prestaron el aparato sin mucho requerimiento. Había perdido noción del tiempo que había pasado en la calle. El sol empezaba a declinar y asomaba un nuevo dilema, de los tantos de esa tarde. El problema podía resumirse sencillamente. Sin su celular estaba perdida. No recordaba el número personal de nadie. Sólo atinó a recordar el teléfono fijo de su abuela y el de su casa. Dudó por un momento pero mejor sería empezar por sus padres. Era hora de llamar y enfrentar las consecuencias, por duras que fueran. Necesitaba ayuda para contener a su abuela. Los sonidos del marcado y las llamadas sin responder la desesperaron. Cuando se cansó de intentar a su casa sabiendo que no habría respuesta, decidió que tenía que llamar a la nona.
Marcó insegura. Apenas retenía la serie de números aprendidos a fuerza de repetición. Era un número antiguo, casi un mantra que podía repetir sin pensar. Sonó una vez, dos, tres. Volvió a marcar con un nudo en la garganta y las lágrimas a las puertas. Sonó varias veces antes de que se rindiera. Iba a salir nuevamente a la calle cuando decidió hacer un último intento.
─Hola....¿abuela?...¿abuela?
─¿Donde estás hija?
La voz de Gladys se quebró.
─No lo encuentro abu...
─Te quiero hija. Siempre.
Del otro lado sintió el tubo colgar y se quedó pensativa. También avergonzada.
La dueña del bar le acercó un par de zapatillas de su propia hija. Ambas calzaban parecido y al menos no parecía una indigente alienada buscando un perro invisible. Volvió con la cabeza gacha contando las baldosas dilatando el momento de la confesión. Encontró la casa de su abuela a oscuras. Se acercó por el fondo, cruzó la puerta de costado que seguía abierta, acusándola de su descuido y revisó debajo de una maceta. Allí estaba la llave que los hijos escondieron por si pasaba algo. Entró llamando a su nona con necesidad de escuchar su voz pero todo era silencio. Intentó encender las luces pero tampoco tuvo éxito. Parecía que no haber electricidad en la casa. Era común que fallara la vieja instalación que tenía. Más de una vez la abuela había pasado noches enteras a oscuras esperando que algún hijo viniera a revisar al otro día.
Buscó en la mesa del comedor su celular pero era difícil en la total oscuridad. Después de chocar con algunos muebles tuvo éxito. Fue entonces cuando escuchó que algo rascaba la puerta. Suspendió el llamado que tenía pensado y buscó las llaves. Cuando abrió, en el porche oscuro, la sombra de Sultán se mostraba expectante, recortada en la débil claridad del atardecer. El olor que tenía era terrible. Tenía el pelo apelmazado y húmedo así que lo dejó pasar sin acercarse demasiado. Un rato antes lo hubiera abrazado con todas sus fuerzas. Ahora volvía a odiarlo como al principio. Su abuela no estaba, seguramente, por todo el caos que había provocado con su huida.
Llamó desde el celular a su mamá, que tardó un rato en responder.
─Gladys, ¿donde estás amor?
─En lo de la abuela. Se me escapó Sultán. Recién lo encuentro ─mintió, pensando en la posible reprimenda.
─No puede ser hija.
─Mamá, la abuela no está. Decime que está con vos por favor...
─...
─¿Mamá?
─Hija...la abuela se descompensó.
Gladys tragó saliva. Se esperaba algo así.
─Es por este perro de mierda. Me tiene cansada.
Parada en la oscuridad del comedor, lo sintió detrás de ella jadeando como siempre. Parecía querer comer de nuevo.
—Hija...la nona se nos fue...falleció...al rato de que saliste a buscarlo. No alcanzó a llegar la ambulancia. ─dijo su madre rompiendo en llanto. A Gladys se le aflojaron las piernas y tuvo que sentarse en el suelo. No podía articular palabra.
Todo se volvía sucio y baboso con ese perro. Maldito perro pensaba la nieta mientras agarraba a duras penas el plato de lata. El labrador agradecido, le lamía la mano, la pierna y si podía la cara en el proceso. El creía que debía mostrar gratitud aunque ella hubiera preferido que estuviera atado, pero su abuela jamás hubiera consentido hacerle eso a su querido Sultán.
Aquella tarde, quizás por el fastidio, olvidó cerrar la puerta de costado cuando fue a cargarle el bebedero de agua. Se preocupó más en entrar rápido a limpiarse. El perro ya estaba engullendo el alimento balanceado con avidez así que creyó su tarea cumplida pero olvidó algo fundamental en el manejo de Sultán desde siempre, porque si hay algo que le gustaba tanto al animal como comer, era escaparse a la calle.
El grito de la abuela sacó a Gladys del baño en un santiamén, pero ya era tarde.
─¡El perroooo!
Gladys corrió a la puerta de calle solo para comprobar que estaba abierta de par en par. Miró con angustia en ambas direcciones pero aún con su tamaño y sobrepeso el perro se había esfumado.
Decidió correr en una dirección. La que fuera. Al menos dar la vuelta a la manzana pensando en las cosas que podrían atraerlo. Una plaza cercana podía ser la clave. Se cruzó con el quiosquero y con el del puesto de diarios. A ambos les dio el mismo resúmen de situación.
─Se escapó Sultán.
Ambos se agarraron la cabeza mientras empezaban a mirar en todas direcciones. La crisis barrial era conocida. Ya había pasado alguna vez y había sido de difícil resolución, ya que llevó varias horas encontrarlo. Y solo porque se había lanzado a perseguir colectivos en la avenida causando un modesto caos local hasta que fue atropellado. Sultán la había contado por poco. Pero no era como los gatos, así que nadie apostaba que tuviera más de una vida.
Gladys recordaba cuanto había sufrido la abuela por el suceso y de la necesidad de internarla luego por su cadera y para controlar su desbocada presión arterial. Desde ese día la nona usaría bastón y necesitaría más ayuda de la que habían sabido brindarle. Los nietos, imitando a sus padres, se repartieron la tarea de atender a Sultán al mediodía como medida de seguridad. Pero últimamente Gladys era la única con tiempo para la tarea ya que estaba cercano el fín de clases de su cuarto año de secundaria. Los demás trabajaban y ella tenía un verano más relajado por delante. Estudiante modelo como era. No había materias pendientes y ya asomaban días de pileta en el club, juntadas con amigos. Al menos hasta ese momento, de esa tarde, cuando olvidó la puerta del costado abierta y se desató ese pequeño infierno familiar. Eso dinamitó sus sueños de verano y la arrojó a la pesadilla de estar corriendo en ojotas por el barrio en busca de señales de ese estúpido perro. Lo odiaba pero era todo lo que quería que sus ojos vieran.
Mientras tanto la abuela estaba sentada en la vereda completamente pálida y una vecina ya había llamado a la ambulancia, mientras le prometia que iba a aparecer su amado perro, tratando de calmarla.
─Doña Nora no se ponga así. Usted sabe que juega un rato y después vuelve. Siempre vuelven dónde hay de comer.
Pero Doña Nora no estaba convencida. Era un perro que no conocía la calle. Que se dejaba llevar por el movimiento. En realidad no es que ella lo quisiera tanto, pero era el perro que había traído su finado marido una vez para que le haga compañía durante el día. Como él se pasaba la mayoría de la semana trabajando para la empresa de electricidad y llegaba tarde, la mayoría de las veces borracho, se había acostumbrado a Sultán. Era como un marido. Una compañía que hablaba poco y comía mucho. Le hablaba mucho al perro. Más que nada de esas cosas que no quería contarle a sus hijos. A ellos poco le importaba lo que a ella le pasara. Apenas disimulaban para no hacerla sentir mal.
Mientras tanto Gladys seguía buscando en la plaza. En la avenida. En los negocios. Molesta por haber salido casi descalza en el apuro, ya que una de sus ojotas no soportó el trajín y se bajó del evento. Tuvo que continuar descalza, sofocada por el calor de aquella tarde de diciembre, sin celular siquiera. Habían pasado algunas horas de búsqueda y ya empezaba a pensar que decirle a su abuela cuando volviera sin noticias. Tenía que avisarle a su papá para que viniera con el auto. Todo el asunto ameritaba algo de apoyo y logística.
Pidió el teléfono en el bar de la plaza. Era habitué del lugar y ya se habían enterado de la fuga así que le prestaron el aparato sin mucho requerimiento. Había perdido noción del tiempo que había pasado en la calle. El sol empezaba a declinar y asomaba un nuevo dilema, de los tantos de esa tarde. El problema podía resumirse sencillamente. Sin su celular estaba perdida. No recordaba el número personal de nadie. Sólo atinó a recordar el teléfono fijo de su abuela y el de su casa. Dudó por un momento pero mejor sería empezar por sus padres. Era hora de llamar y enfrentar las consecuencias, por duras que fueran. Necesitaba ayuda para contener a su abuela. Los sonidos del marcado y las llamadas sin responder la desesperaron. Cuando se cansó de intentar a su casa sabiendo que no habría respuesta, decidió que tenía que llamar a la nona.
Marcó insegura. Apenas retenía la serie de números aprendidos a fuerza de repetición. Era un número antiguo, casi un mantra que podía repetir sin pensar. Sonó una vez, dos, tres. Volvió a marcar con un nudo en la garganta y las lágrimas a las puertas. Sonó varias veces antes de que se rindiera. Iba a salir nuevamente a la calle cuando decidió hacer un último intento.
─Hola....¿abuela?...¿abuela?
─¿Donde estás hija?
La voz de Gladys se quebró.
─No lo encuentro abu...
─Te quiero hija. Siempre.
Del otro lado sintió el tubo colgar y se quedó pensativa. También avergonzada.
La dueña del bar le acercó un par de zapatillas de su propia hija. Ambas calzaban parecido y al menos no parecía una indigente alienada buscando un perro invisible. Volvió con la cabeza gacha contando las baldosas dilatando el momento de la confesión. Encontró la casa de su abuela a oscuras. Se acercó por el fondo, cruzó la puerta de costado que seguía abierta, acusándola de su descuido y revisó debajo de una maceta. Allí estaba la llave que los hijos escondieron por si pasaba algo. Entró llamando a su nona con necesidad de escuchar su voz pero todo era silencio. Intentó encender las luces pero tampoco tuvo éxito. Parecía que no haber electricidad en la casa. Era común que fallara la vieja instalación que tenía. Más de una vez la abuela había pasado noches enteras a oscuras esperando que algún hijo viniera a revisar al otro día.
Buscó en la mesa del comedor su celular pero era difícil en la total oscuridad. Después de chocar con algunos muebles tuvo éxito. Fue entonces cuando escuchó que algo rascaba la puerta. Suspendió el llamado que tenía pensado y buscó las llaves. Cuando abrió, en el porche oscuro, la sombra de Sultán se mostraba expectante, recortada en la débil claridad del atardecer. El olor que tenía era terrible. Tenía el pelo apelmazado y húmedo así que lo dejó pasar sin acercarse demasiado. Un rato antes lo hubiera abrazado con todas sus fuerzas. Ahora volvía a odiarlo como al principio. Su abuela no estaba, seguramente, por todo el caos que había provocado con su huida.
Llamó desde el celular a su mamá, que tardó un rato en responder.
─Gladys, ¿donde estás amor?
─En lo de la abuela. Se me escapó Sultán. Recién lo encuentro ─mintió, pensando en la posible reprimenda.
─No puede ser hija.
─Mamá, la abuela no está. Decime que está con vos por favor...
─...
─¿Mamá?
─Hija...la abuela se descompensó.
Gladys tragó saliva. Se esperaba algo así.
─Es por este perro de mierda. Me tiene cansada.
Parada en la oscuridad del comedor, lo sintió detrás de ella jadeando como siempre. Parecía querer comer de nuevo.
—Hija...la nona se nos fue...falleció...al rato de que saliste a buscarlo. No alcanzó a llegar la ambulancia. ─dijo su madre rompiendo en llanto. A Gladys se le aflojaron las piernas y tuvo que sentarse en el suelo. No podía articular palabra.
─ Alguien le vino a avisar que a Sultán lo atropelló un colectivo. Los vecinos lo llevaron al veterinario pero no lo pudieron salvar...La abuela no pudo con la noticia...le agarró un paro en la vereda...se fueron juntos amor. ─describió entre sollozos.
─¿Qué decís mamá? ─fue todo lo que atinó a decir.
Sintió el jadeo de Sultán muy cerca de ella y se petrificó. Sentía el calor de su aliento en el cuello. La actitud era la de siempre. Él festejaba cuando alguien llegaba a sus dominios. Hilos de baba corrían por los pliegues de sus fauces porque sabía que la visita solo podía significar una cosa. Comer.
─¿Qué decís mamá? ─fue todo lo que atinó a decir.
Sintió el jadeo de Sultán muy cerca de ella y se petrificó. Sentía el calor de su aliento en el cuello. La actitud era la de siempre. Él festejaba cuando alguien llegaba a sus dominios. Hilos de baba corrían por los pliegues de sus fauces porque sabía que la visita solo podía significar una cosa. Comer.
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