No
pudo saberlo hasta que lo vio sentado en su sala. ¿Cómo intuir que
algo así podía pasar?
Había
llegado como todos los días, cansado, cargando bolsos, bolsas, su
mochila y algún ocasional comic que solía comprar cuando venía
desde el norte de la ciudad. Hacía bastante que había renunciado a
la idea de publicar los suyos. Ahora simplemente guionaba trabajos
ajenos de dudosa calidad. La última novela gráfica en la que
trabajaba de alguna manera vería la luz ese verano. Era increíble
que eso se fuera a publicar. “La invasión de los mutantes del
espacio”
Había
tratado de mejorar la historia pero el editor no tenía ganas de que
la cosa tuviera un poco de sentido. Los mutantes eran de otro
planeta. Fue difícil explicar que solo puede mutar una forma
conocida. En todo caso serían alienígenas pero la editora manejaba
datos de que eran populares las series de mutantes pero no podían
ser terráqueos por la similitud con otras obras recientes. Mutantes
del espacio sería en claro homenaje o robo, a las series B de los
60´s. Podía haber objetado también esa parte pero desistió en el
intento.
Su
saga estaba muerta hace mucho. Había publicado tres tomos completos.
La historia de Darciel, el angel renegado, que había elegido
volverse humano por una mujer. No había gran novedad en la premisa
hasta que el tipo se pasaba de bando y pactaba con el diablo para
lograr su propósito. Eso la hizo interesante. Pelear junto a los
demonios contra sus antiguos compañeros. Enfrentarse a Dios y
gritarle sus verdades. Era todo un tópico. Así fue que después de
varios comics había decidido sacar una novela gráfica para explicar
un poco todo ese mundo de entidades espirituales. Luego la situación
del país cambió y su editora quebró, llevándose muchos de sus
dividendos. Darciel podía haber adquirido poderes angélicos y
demoníacos pero nunca podría ganarle a la situación del país.
En
un arrebato de furia decidió darle un final a la saga. Nunca había
podido publicarlo. No importaba que hubiera ganado dos premios y
hubiera sido la revelación unos años atrás. Ahora guionaba
artistas mediocres, post adolecentes que pasaban al papel las poses
que reproducían a diario. Además de las deudas claro. Las malditas
deudas.
A
veces tenía ganas de romper aquel final. Quemarlo. Siempre optaba
por esperar un poco. Quizás algún editor recordara la saga. Tenía
un final y algún curriculum como para generar expectativa. Además
había que reconocer que era demasiado bueno. Tan trágico y
movilizante. Quizás lo mejor que había escrito, así que volvía a
guardarlo.
─No
cumpliste con tu parte. ─dijo el que estaba sentado en las sombras.
─Vos
fuiste el que no cumplió. ─respondió el escritor sin siquiera
soltar las cosas que traía en la mano.
Intentó
aparentar naturalidad aunque hacía mucho que no lo veía. De hecho
casi lo había olvidado. Tendría que haberle pagado antes pensó.
Pero de verdad creyó que simplemente se había ido.
Dejó
las cosas en la mesita del pasillo y se dispuso a encender las luces.
─Dejalas apagadas. Ya te dije que no me gusta que me vean la cara.
─Prendo
la de la cocina. Todavía no veo en la oscuridad.
No
esperó respuesta y encendió una tenue luz. La cocina era apenas un
pasillo con mesada angosta y cocina antigua rematada en el fondo con
una heladera pequeña. Todo era pequeño en aquel lugar, pero era
todo lo que podía costearse.
─Mirá
como vivo. ¿Te parece que cumpliste?
─Creo que tendrías que revisar los términos de nuestro arreglo. Estás así porque no continuaste con lo nuestro.
─Yo
creo que no tenías la influencia que dijiste tener. ¿No eras el
"hombre" preferido de tu jefe? ─dijo haciendo comillas en
el aire con los dedos.
Olvidó
que no debía provocarlo. También olvidó lo alto que era. En un
instante lo tuvo respirando frente a él. Eran solo centímetros. Su
aliento, tan cálido y fétido, le hizo recordar que estaba
indefenso ante él. Se había encorvado para quedar cara a cara con
él. Agradeció la sugerencia de permanecer a oscuras. También su
propia astucia de mantenerse al amparo de la luz de la cocina. Se
estableció una frontera en toda regla. Ahora había que negociar esa
precaria seguridad, que el visitante estaba dispuesto a romper.
─Me disculpo. ─Dijo bajando la mirada. No se había dado cuenta pero inconscientemente había levantado las manos como si lo estuvieran asaltando. Quizás esa era la cuestión, aunque creyera que manejaba la situación.
Tan rápido como se paró, la visita volvió a sentarse.
─¿Puedo
sentarme al menos? ─preguntó el escritor.
─Es
tu casa.
Hizo
una mueca como si en realidad eso estuviera en duda y pudo sentir
como la visita se revolvía en el sillón de la sala. Tenía que
dejar de provocarlo. Era algo que debía tatuarse alguna vez,
preferiblemente en la frente para leerlo cada mañana frente al
espejo. Tendría que ponerlo al revés o no lo entendería si estaba
demasiado dormido, pero no dejaba de ser una excelente idea. Quizás
le iría mejor en la vida.
Estiró
el brazo y arrastró una silla hasta el débil haz de luz que venía
de la cocina. Tenía una vaga idea del porqué de la visita pero
estuvo callado mientras el intruso permanecía en silencio. Esperaba
que él dijera algo. Cuando el visitante calmó lo suficiente la respiración tomó la palabra.
─Traelo ante mí.
Al principio el escritor no se movió. Se hizo el desentendido. Hizo un gesto como de incredulidad, o duda pero la visita no estaba para juegos.
─Quemaré este lugar hasta los cimientos si me vuelves a provocar.
Fue
hasta un mueble de la sala. Estaba envuelto en una bolsa de plástico.
Lo había escrito en su computadora en cinco noches consecutivas. A
veces ebrio, a veces drogado, pero siempre inspirado. Apenas durmió
esos días. Sintió un hambre extraña por escribir y devoró hojas
en blanco todo el tiempo que su cuerpo resistió. Luego durmió lo que
pareció ser una semana. Perdió una excelente oportunidad laboral de
participar en un stand de la comicon donde expondría sus obras
completas, cortesía de un colega que no congregaba más que un
puñado de aficionados. A él en redes sociales lo seguía un pequeño
ejército de fans que no dejaba de reclamar la conclusión de su
saga.
Lanzó
el manuscrito a las sombras, frente a la visita. El sonido sordó al
chocar el piso daba cuentas de su importante volumen.
─¿Cómo
pudiste?
─Vivo
de esto.
Se
hizo otro silencio.
─Debo
recordarte nuestro trato según veo...
─Entiendo
la naturaleza del asunto. ─ se apuró a aclarar, sin lograr que su
interlocutor detenga la sentencia.
─...porque solo había una condición ineludible.
─Quizás este asunto necesite una renegociación. Porque necesito algunas mejoras sensibles en la calidad del intercambio.
─Nunca ofrezco algo por nada. Debo obtener algo a cambio. Y no me interesa nada de lo que tengas. De hecho no tienes nada más que ofrecerme. Estás acabado.
─Lo publicaré si es necesario. ─Dijo, reaccionando precipitadamente. ─Voy a salir de esta situación como sea. Si eso no es bueno para mí, está bien...correré el riesgo. Tampoco creo que sea agradable para tí.
─Sería realmente novedoso en esta relación que intentaras amenazarme. ─Dijo el visitante poniendo un tono inquietante en sus palabras.
─¿Acaso
no ves que realmente podía hacerlo solo? ahí está,
levantalo...leelo.
─Yo te di la historia. El desarrollo. Los personajes. Te subí a la bicicleta ¿y ahora me dices que inventaste el pedaleo?
─Nunca
te necesité realmente.
─Y
eso me lo dices después de que te di una carrera. Resulta que ahora
eres independiente. ─Señaló con ironía ─Cuéntame como
te ha ido sin mí, te invito.
─Se
suponía que todo se iría contigo cuando obtuvieras lo que querías
de mí. Ya se como funciona. Ahora...
─Acabas
de decirme que no me necesitaste nunca. ¿Qué podría haberme
llevado entonces? Obtuviste mucho más que varios que trataron
conmigo.
─Pero
resulta que ahora puedo quitarte algo como tú lo has hecho. De hecho
puedo quitártelo todo.
─¿Y si esta noche murieras y me llevara tu manuscrito? ¿has pensado en eso?
─¿Si eso fuera realmente cierto, por qué sigo respirando?
─Quizás
solo estaba esperando el momento...
El
silencio volvió a escena. La partida estaba en tablas ahora. No
había razón para su existencia pero el visitante se tomaba el
tiempo de mantener conversación con un triste escritor. Algún valor
debía haber allí. Algo que el dueño de casa no podía deducir de
la visita pero que hacía que volviera, como en otras épocas en que
se sentaba en su sala por largas horas a contarle como había sido
todo. Casi podía ver los sucesos en su cabeza.
─¿Recuerdas
cuando empezamos esto? ─preguntó el escritor tratando de recuperar
alguna simpatía.
La
visita se tomaba su tiempo para responder, así que tuvo que
improvisar.
─Nunca
te ofrecí nada para beber, pero esta es una noche donde necesito un
trago. No se si sea adecuado ofrecerte.
─Podría
beberme tu alma ─dijo con algo de gracia en el tono ─ pero en
realidad no tenemos ese tipo de necesidades. Toma todo lo que
quieras. No me disgusta ver a los hombres influenciados por el licor.
Se vuelven más osados, más transparentes, de hecho hubiera jurado
que tu ya estabas bebido después de amenazarme.
─Quizás
no tenga nada más que perder ¿No reconoces a un hombre desesperado?
─Te
conozco a tí. Y veo que es tu estado natural.
─¿Qué
harías en mi lugar?
─No
lo sé, pero intentaría no volver mi situación peor de lo que está.
─Esto
no puede estar peor. Tú lo sabes, y yo lo se.
─He
visto hombres sacrificarlo todo por una mentira. Por una vana
esperanza. Por un minuto de vida. Por ver sus libros en una lista de
mejores vendidos.
─¿Te
burlas de mí?
─Tanto
como tú te burlas del que me ofrece todo por ver a sus hijos
pequeños superar una operación o un mal diagnóstico. O recuperar
un amor. O salvarse ellos mismos de morir.
─Esto
no va a ninguna parte. ─Concluyó el escritor.
Se
miraron casi sin verse. Uno en la penumbra era un contorno borroso
arrellanado en el sillón de la sala. El otro sentado en el pasillo
amparado por el haz mortecino de claridad que le daba la cocina.
─...Todavía
recuerdo el cielo poblarse de luces y refucilos. De rayos furiosos
provocados por las espadas de fuego...─ recitó el escritor. ─Lo
escribí tal cual me lo dijiste.
─Lo
se. Leí tu obra. Creí que lo contarías distinto.
─Era
imposible de mejorar. La batalla del cielo. Había que estar allí
para describir aquello. Y yo no estuve invitado.
─Peleamos
por culpa de ustedes. El viejo preparaba el escenario. Y ya se había
conseguido un villano.
─Tu
nuevo jefe supongo.
─Pudo
ser cualquiera de los que peleaba allí arriba. Todos teníamos
nuestras diferencias con la jefatura. Siempre supimos que todo
aquello era un gran teatro. Una tragedia a la que le faltaba otro
acto.
─Si
me hubieras señalado eso lo habría puesto. Siempre me pareció que
peleaste por convicción, pero que te faltaba conflicto.
─Eras como alguien perfecto al que una mujer trastocó.
─Esa fue la imagen que me diste. Me reí de ello realmente. Supe que no habías entendido nada. ─comentó la visita con aire despectivo.
─No fuiste tan abierto con esa parte. Solo me hablaste de ella. De como te habló. Su inocencia. Su hechizo llegaste a decir.
─Estaba condenada. Demasiada carga. El viejo estaba orgulloso de su plan y no iba a escuchar sus ruegos, pero nosotros estuvimos viéndolo todo.
─Pero sabías que si bajabas y te mostrabas a ella habría consecuencias. ─Afirmó el escritor.
─Era mi trabajo. Tenía que estar allí, con los dolientes. Y estuve.
─Sabías que no sería omitido. De hecho quedó escrito. Supongo que la parte que no me cuentas es que fuiste castigado.
─No exactamente. Se cambiaron algunas partes. Me suplantaron. Y si, fui citado ante el trono.
─¿Eso era como un tribunal?
─Ni siquiera, el viejo era juez, verdugo y damnificado.
El escritor perdió un poco el miedo. Notaba menos tensión en el tono del visitante. Algo parecido a la emoción parecía querer aflorar.
─¿Crees que hubiera sido distinto el desenlace?
─Por supuesto. Venía con varias legiones a salvarlo, pero el viejo lo tenía todo planeado. Estaba a algunas leguas cuando me puso a Miguel en el camino. Chocamos sobre el monte Carmelo. Todos sintieron el terremoto que causó el enfrentamiento. Pero ya era tarde.
─Hay algo que no entiendo. Estaba escrito que tenía que morir. ¿Acaso no estaríamos condenados si eso no pasaba?
─Estaba escrito que sacrificaría a su hijo por la humanidad, no el mío. ─dijo con dolor el visitante.
La cara del escritor fue de absoluta sorpresa. Eso era toda una revelación para él. El visitante nunca le había confesado que María y él hubieran intimado. Lo había entendido como algo platónico, casi irreal. De hecho no sabía si eso era posible. ¿Era posible?
─¿Tu hijo?
El visitante calló. Parecía arrepentido de haber hablado. El escritor supo que había encontrado una veta y sería un pecado no explotarla. La cuestión era hasta donde podía presionar.
─¿Que validez tendría un sacrificio si no sigue lo establecido? ─tanteó.
─La pregunta es quién lo establece. El que hizo la ley se preocupó por no estar sujeto a ella. Podía hacer lo que quisiera.
El escritor se quedó pensando. Tenía su lógica. Hasta ahora había lidiado con la idea del agente disconforme. La distorsión de la versión oficial. Pero ahora empezaban a transitar por terrenos personales. El conflicto que la historia reclamaba. Es que no podía dejar de pensar la historia en forma de saga aunque la realidad decía que el drama era algo más que un hecho literario.
─Tú solo piensas en tu estúpido libro de dibujos, pero esto es mucho más grande ─se quejó la visita.
─Estos estúpidos dibujos son los que permitirán contar tu historia. Esto mucho más grande de lo que piensas ─retrucó el escritor.
─Demasiada insolencia para alguien en tu posición. ─se escuchó decir en las sombras con un tono que volvía a ser amenazante.
─Creí que la insolencia era la marca de tu clan. ¿O acaso me buscaste por ser políticamente correcto?
─Fue el olor de tu desesperación ─cerró diciendo el visitante que se puso de pie y se dirigió a la ventana.
El escritor se puso de pie intentando evitar que se fuera.
─Espera. Si te vas esto quedará inconcluso. Dame algo con lo que corregir mi manuscrito. O dime como contactarte, no tengo ganas de tener que andar invocando al...
─No lo nombres. No lo quiero aquí, pavoneándose como siempre. ─Advirtió la visita.
─No deberías hablar así de tu jefe.
Ni siquiera pudo adivinar el movimiento. Salió de las sombras. Una mano o garra, lo que fuera, lo tomó del cuello y por primera vez el rostro de la visita salió tenuemente de la oscuridad. Estaba desmejorado. Parecía enfermo. Pálido en extremo. Con ojos que parecían no tener pupilas, como si fueran de un tono oscuro y uniforme.
─Yo no tengo jefe. ─gruñó guturalmente.
El escritor hubiera querido responder, pero la mano no dejaba de apretar al punto de quitarle por completo el aliento. Después de unos instantes, que parecieron eternos, la mano cedió y el escritor cayó de bruces intentando respirar aunque su esfuerzo solo produjo una tos lastimosa.
─¿Insistes en provocarme mortal?
Aún en el suelo el escritor levantó una mano en señal de rendición sin poder alzar la mirada. Todavía se tomaba la garganta después de la fuerza formidable que había sufrido. Parecía ser el fin de la contienda. No había espacio para otro round. Al menos eso pensaba el escritor. Con la poca voz de la que disponía intentó razonar con la visita que otra vez estaba ante la ventana.
─Tienes que ayudarme a entender. Tu historia no tiene sentido si no me detallas algunas cosas.
─Lo que tienes que entender primero, es por qué estás en el suelo. ─Dijo y se oyó el estruendo de la ventana estallando en pedazos.
La cortina desapareció en la noche y la luz de la luna lo bañó cuando desplegó un par de alas membranosas. El escritor recordó cuando lo conoció en su juventud. La imagen era tan distinta. Esas alas estaban pobladas de plumas blancas de increíble brillo. La rosadez de su piel y la pureza de sus ojos cafés casi lo enamoraron. Era tan bello. Pero quizás fuera un ardid en definitiva. Quizás siempre había sido de esta forma.
El visitante le dedicó una última mirada. El escritor, ciego quizás en su ambición literaria buscaba algo que deducir de todo aquello. Pudo leer que en el visitante había un rastro de vergüenza por mostrarse de esa forma. El ser dio un ágil salto en el que pareció ascender y se perdió en la noche. Notó que llevaba el manuscrito con él. Eso dejó al escritor tranquilo.
Sabía que volvería.
Quizás fuera con malos modos pero después de tratar con editores déspotas ¿Qué se podía temer de un ángel caído?
Sonrió por un momento, aunque debería estar temblando. Quizás había ido demasiado lejos esta vez,
porque ese caballero del cielo, en vez de llevarse la conclusión de su saga se había llevado el original de una muy mala novela que escribió en su adolescencia.
Apenas se había servido el segundo trago cuando otra vez algo aterrizó en su sala con su par de alas negras y una mirada de odio. Apuró el trago para lo que venía, porque entendió que se había equivocado un rato antes. En realidad, estaba listo para otro round.

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