miércoles, 26 de marzo de 2025

El ojo de vidrio

 

—Omar, cambiate que ya está por llegar.

Pero Omar no se movió del sillón, solo la miró. Estaba cansado. Había cocinado toda la mañana para el "evento" en especial haciendo el postre.

—Hagamos el esfuerzo, por una vez seamos familia. —Fue casi un ruego.

Omar resopló pero no dijo nada. No tenía sentido discutir y tampoco quería cargar de culpas a su madre. Se prometió no hacerlo. Estaba ahí casi de favor, de "visita" ese mes, a la espera del día que había intuido, imaginado, esperado, después de años. No tenía sentido para él renovar el alquiler. No por falta de medios sino por organización y no esperaba quedarse mucho. Decisiones. Decisiones. También era sabido que su madre hace rato buscaba tener junta nuevamente a la familia. Y eso incluía a los díscolos. Los rebeldes. Él y su tío, y su asunto. La trampa estaba servida.

Esos eran él y su tío. El resto era estopa, solo necesitaban una excusa para ir a comer de arriba, como se dice. Sus primos no habían tenido tanto roce con ese tío raro pero para Omar había sido distinto. Tenían historia, y no de la buena. 

Nunca había sido el tío ideal, de hecho eso no existe a los efectos prácticos pero, algunos en la familia creyeron que el accidente era lo que lo había cambiado. Para otros, y eso significaba simplemente para Omar, el accidente no fue realmente un cambio sino, el acelerante.

La cuestión es que Omar habia evitado exitosamente, durante toda su vida adulta, las reuniones familiares. Por un buen tiempo se había dedicado a evitarlo a él, solo por él, sin ningún tipo de misterio, sólo por la remota chance de que su tío Darío aparezca. Tenía que haber una razón de peso para cambiar la lógica, y finalmente había aparecido una.

—Yo no sé por qué se llevan tan mal si son familia caramba! —se quejaba una, diez, mil veces su madre, pero Omar no contestaba. Se guardó esa parte de la historia para él, la enterró, así como deseaba que le sucediera a su antagonista. Ahora que era adulto podía manejar la situación con mejores herramientas. Al menos eso creía. En su infancia había sido distinto. Siempre sintió la frialdad en el trato, la distancia, el desprecio, justo cuando más necesitaba algo parecido a un padre. Uno que nunca había conocido. Pero él solo lo miraba, fijo, sin rastro de ternura o complicidad, solo miraba, al punto de que le generaba temor esa mirada fija en él todo el tiempo, muerta e inexpresiva, como reprochándole quién sabe qué.

Y todo empeoró después del accidente. El colectivo en el que viajaba su tío chocó entrando a una avenida. Iba dormido con la cabeza apoyada en la ventanilla. Fue un estallido, una ráfaga, una nube negra que lanzó su rayo cuando un pedazo de vidrio voló directo a su cara y se enterró hondo, profundo en la cuenca de su ojo izquierdo. Parecía que no la contaba. Estuvo internado mucho tiempo y decían que estuvo a milímetros de que el fragmento se volviera fatal, que sin embargo había hecho gran parte de su trabajo, el daño estaba hecho al parecer, porque nunca más se lo vio caminar bien con ese andar orgulloso que tenía. Omar contuvo la respiración en esa época, no quería ilusionarse pero fantaseaba con la idea de que se fuera aquella vez, que se muriera y no pudo evitar tomarle cariño a los colectivos, a los accidentes y a las cosas de vidrio. Lo peor fue el día que lo trajeron de vuelta a la casa y lo instalaron en la pieza del fondo. Allí realmente fue cuando todo se volvió negro, un calvario. Al principio no podía valerse por sí mismo. Si bien seguía vivo tuvo esas secuelas en las que Omar no quería creer demasiado. Su madre estaba tan feliz de que se hubiera salvado, tan plena, que su alegría terminó por ofenderlo, no pudo evitar que los celos lo carcomieran. Desde ese día dejó de creer en Dios, en la providencia y en todos los angeles del cielo, porque a todos les pidió que se lo lleven, a todos, y no solo contentos con ignorar sus rezos, se burlaron de él, cuando lo convirtieron en su carga, en su propia cruz. Terminó siendo él quién debía atenderlo. Cada día, cada maldito día, le llevaba la comida al mediodía, las pastillas que tomaba por la tarde, le vaciaba la chata en el baño. Una tortura diaria. Sobretodo porque debía, verlo comer sin los vendajes, con ese pozo insondable metido en plena cara, ya que nunca se cuidó demasiado en ocultar, su herida, su "faltante". De hecho la incluyó en sus jueguitos mentales. Ahí empezaron a tomar fuerza. En ese momento encontró esa forma de tortura, los juegos.

 —Esta noche buscá bajo tu almohada...creo que vas a encontrar mi ojito, dicen que me anda buscando. —decía con fingida inocencia.

—Querés meter el dedo? dale, rascame, que me pica. —decía levantando los vendajes.

—Menos mal que le encontramos utilidad al huérfano... andá, vaciame la chata que la tengo que volver a usar...pero quedate.

—Que lástima que llegaste vos, sabés que tu mamá era tan linda que podía llegar a ser modelo si quería...

También decía tener sus juguetes escondidos, un soldado articulado, un cochecito de carreras, un bolón blanco que había ganado una vez en el colegio. Nunca tuvo muchos juguetes pero lo poco que tenía eran frecuentes víctimas de secuestro. Lo torturaba diciéndole que estaban escondidos en ese agujero asqueroso que tenía en la cara. Esos eran de los días malos, los peores, porque la cuestión era simple. Podía estar mintiendo descaradamente, pero solo había una manera de comprobarlo. Debía meter los dedos en el hueco oscuro mientras él sonreía como un maniático. Solo una vez lo intentó. Realmente ese cochecito le gustaba. Era un regalo. Pero apenas se acercó a su tío, este se sacó el vendaje de golpe y le acercó la cara brindándole una imagen tan nítida del interior de su cabeza que jamás olvidó esa imagen ni tuvo tanto miedo, y sobre todo asco 

Con el pasar de los días su tío pudo salir a caminar un rato, cuando las fuerzas se lo permitían y sus piernas no fallaban. A veces Omar no tenía más remedio que convencerse de que no había quedado demasiado bien. Secuelas decían todos como con pena pero Omar no sentía piedad, ni siquiera lástima por él, notaba que se desplazaba despacio y con cierto cuidado, como desconfiando de su propia sombra pero no podía creerle del todo. Movía la cabeza como las palomas que giran todo el cuello para mirarte. Pero esos paseos repentinos lejos de traer buenas noticias se volvieron un problema. Empezaban a faltar cosas y algunas aparecían en la pieza del fondo, como sus juguetes. Era algo impredecible. A veces solo lo encontraba paseando por el patio con una amplia sonrisa y la cara con vendas nuevas, justo a la hora en que le llevaba la comida.

—Juguemos un juego.

Tenía poca o nula esperanza pero apostaba lo poco que tenía a que él era el ladrón misterioso y también rogaba, sin mucha certeza de quién pudiera aceptar sus ruegos, que se le pudriera la maldita cuenca y se muriera de una infección, dando por cierto que se metía cosas ahí adentro como decía. Y sin embargo, los juguetes le seguían faltando y sin embargo cada día lo esperaba con su media sonrisa y esa media mirada haciendo juego. Y a veces, encontraba algún juguete de sus preferidos, mezclado en la mierda cuando vaciaba la chata en el inodoro, y quería llorar, o pegarle, o lo que fuera, pero se aguantaba, mientras su tío lo miraba divertido con el ojo que le quedaba.

Los tiempos, forzosamente, terminaron cambiándolo. Tuvo que intentar crecer. Llegó a la solución posible casi por descarte dentro de las primeras fantasías adolescentes. Había decidido fugarse. Claro que necesitaba los medios. Ahorrar todo lo posible, guardar dinero. Ya no tendría nada que no fuera estrictamente necesario. Todo sería parte del proyecto. Y en una pequeña lata escondida bajo la cama, cerca de la cabecera, tendría depositada mes a mes su esperanza. Allí fue a parar cada mísero centavo que pudiera ganarse. Sea haciendo algún trabajito en el barrio, o ayudando en la casa, o algún sobre que recibiera por su cumpleaños. Más de una vez lamentó que su madre no lo llevara a la parroquia del barrio, si ibas lo suficiente llegaba algo llamado confirmación y te ganabas plata, al menos eso entendió. Todo peso era un paso, uno más que lo acercaba a la puerta de calle, que lo alejaba de esa maldita pieza del fondo.

Hasta que un día desapareció. La lata, su lata, su pasaje, su libertad era solo un rectángulo marcado en el piso, dónde la tierra no se había acumulado.  Y Omar se desesperó. Todo su plan tambaleaba. Toda su fé contenida en un pedazo de metal se había ido. Y nadie podía negarle que había un responsable.

—Mamá...vos viste una lata que tenía bajo la cama?

La cara de la madre casi la disculpó. No lo miró incrédula o desconfiada. Lo miró preocupada. 

—Te ayudo a buscarla.

—Quien entró mamá?

Ella siguió mirando bajo la cama y no contestó. 

—Quien entró mamá?

Claramente ella se sentía culpable. No hacía falta hacer muchas cuentas. Quería gritarle, cuestionarla por su pasividad, lo permisiva que era con su hermano menor pero se contuvo. Era lo que siempre había querido ese infeliz, y no podía dejarlo ganar. Podía meterse todas las cosas que quisiera, en la cavidad que quisiera, pero había algo que estaba fuera de su alcance. Algo que no podía tocar. No podía separarlo de ella. Al menos eso creyó. Ella era todo lo que él tenía. Aún en sus planes de fuga había decidido no perder contacto. Le haría saber siempre que estaba bien. Le mentiría que solo buscaba aliviarle la carga. Ella lo entendería.

Fueron días en los que tembló de indignación y furia pero se contuvo. Tomó el plato un mediodía después del suficiente tiempo como para no ceder a la ira. Eran días de calor, después de varios viajes en los que vio a su madre hacer consultas a distintos médicos por su tío. La vio ir y venir incansablemente. Le hacía de bastón por sus supuestas dificultades para movilizarse, por sus problemas cardíacos recientes, y cuando volvían se ocupaba de alimentarlo. La vio agotada, sola, desbordada pero incapaz de pedirle algo a él después del incidente, quizás avergonzada.

El decidió que haría algo por ella, que la apoyaría, y le sacó el plato de la mano ese día.

—Seguro hijo?

—Tranquila.

Ya se sentía fuerte, firme, capaz de controlar la influencia que pretendía irradiar ese hombre. No importaba lo perdido. Todavía había tiempo de reponerse, volver a juntar dinero de la manera que hubiera. Pequeños trabajos, regalos de su madre, cumpleaños, lo que fuera. Y si su tío guardaba dinero en esa habitación inmunda pronto sería de él.  

Encontró esa habitación, generalmente viciada de olores, como el cigarrillo, aunque negara fumar, y el olor a remedio, a medicamentos. A enfermo. impregnada de perfume, de un olor nuevo, una fragancia. También tenía ropa nueva y lo más sorprendente. Un brillo vivaz, saliendo de la cavidad que tanto le asqueaba. Lo observó casi sin querer, fascinado. Estaba quieto, fijo pero no dejaba de ser un ojo, una superficie ovalada, un ojo de vidrio. Estrábico quizás porque estaba quieto y no acompañaba la vista del otro pero era distinto. Todo en su cara cambiaba. Todo se volvía un poco más humano.

—Te gusta? me falta aprender a guiñar de nuevo nomás.

—Está lindo, te debe haber salido sus buenos pesos.

—Pegué las 3 cifras en la quiniela el otro día. Me voy a dar la vida de un rey por un par de días hasta que no quede nada —dijo dejando entrever que seguiría el despilfarro. Tenía esa sonrisa maliciosa y estúpida de siempre. Esa mueca que odiaba.

—Mirá que suerte te tocó —dijo sin poder ocultar su rabia. Dejó el plato en la mesa de luz y pudo observar más de cerca. Ese ojo no tenía vida pero desde cierto ángulo disimulaba bastante.

—También te compraste ropa. Hasta perfume. 

—Vida de rey sobrino, vida de rey. —tirá a la mierda eso del plato, ahora compro algo rico.

Pero Omar ya había salido. No quería que viera cuánto le afectaba todo el asunto. Cómo estaba malgastando lo que tanto le había costado juntar. Su sueño de fuga transformado en plata malgastada. Tomó un pedazo de caño, de metal. Pesado y rígido, y se paró frente a la puerta de la pieza del fondo. Su mano ansiosa lo agarraba tan firme que se quedaba blanca, sin circulación esperando el sorpresivo esfuerzo que su mente maquinaba. Quería ver su cabeza romperse bajo el metal y dejar salir nuevas cavidades. Nuevos huecos asquerosos. Quería verlo yacer en un charco de sangre que se hacía cada vez más grande. Tan vívida era su violenta fantasía que tembló al pensarla realizada. Por un momento la respiración se le entrecortó, como una mano invisible apretandole el cuello. Solo debía dar un paso, un solo paso y entrar a esa pieza. Y hacer realidad lo que anhelaba desde hace tanto. Ese rectángulo oscuro, la puerta entornada, y el protagonista de sus pesadillas que ahí vivía. 

Un temblor lo atravesó. Lo conmovió por completo y el caño rodó, escapando de sus dedos. Cayó haciendo estrépito con su grito metálico. Y eso lo despertó de su trance, y entonces corrió. Se alejó de esa maldita habitación lo más rápido que pudo y ganó la calle antes de siquiera poder pensar en sus actos. Creo que escuchó el grito de su madre pero no estaba seguro. Quizás lo imaginó, porque pasaron los años y el tiempo adormeció los recuerdos un poco. Corrió para escapar pensando en nunca volver. Y no volvió a esa casa en mucho tiempo. Hasta le costó contactar otra vez a su madre, prácticamente la enterró junto con esa parte de su vida sin darle la chance de redimirse, desatendiendo cada promesa y buen deseo que pudo haber tenido. Finalmente le había ganado la cobardía.

Trabajó, mucho, de cualquier cosa, por sueldos irrisorios en lugares tan oscuros como sus pensamientos, por demasiado tiempo. Y así se fue haciendo de nuevo a sí mismo, reconstruyendo poco a poco los rasgos, hasta parecerse casi a una persona pero no pudo generar recuerdos nuevos, detenido siempre en esa tarde, en esa huida y en ese ojo de vidrio que lo perseguía incansable. Un monumento fiel a la cobardía. Hasta que tuvo el valor de levantar el teléfono una tarde y presentarse como si fuera un extraño vendiendo algo que nadie necesita. Y escuchó a su madre llorar, rogar, prometer con tal de que esa llamada no terminara. Allí empezó a volver. De a poco, con muchos silencios y cosas sin decir pero volviendo. Con su juventud truncada, nublada de espanto, y ese ojo muerto mirando desde lo alto. Juzgando sus acciones, inmóvil. Toda su vida vió brillos en la oscuridad, y toda su vida le trajeron recuerdos, como si ese maldito pedazo de vidrio estuviera vigilándolo.

El timbre sonó y por un momento se sintió confundido. El bolsillo le pesaba, no por el contenido, pero si por el contenido. Jugaba con el pequeño frasco, la hacía girar entre los dedos mientras repasaba en su cabeza el plan con el que fantaseó por años. Desde que había conocido a Olga, una enfermera de urgencias con la que salió un verano. Le había contado lo peligroso y simple que es confundirte con un medicamento y envenenarte. Las preguntas que le hizo en esos días no tuvieron nada de inocentes pero Olga jamás sospechó ser parte de su plan. Obvio toda la charla giraba en torno a la vista, los ojos, su obsesión y derivó a las gotas oftálmicas casi sin querer hasta que un día encontró su respuesta.

—Las gotas para los ojos...las de la vista cansada, del enrojecimiento. Esas son jodidas, te pueden dar un paro si en vez de ponértelas te las tomás. O un coma...

Nada puede expresar lo que sintió por Olga en ese momento. Ese verano realmente se esforzó en complacerla. Todo era tan simple, tan cercano. Tetrahidrozolina. Por fuera alivian la vista, pero por dentro envenenan. Y su tío siempre había usado gotas de ese tipo por el esfuerzo de tener un solo ojo.

—Te deprimen el sistema nervioso. Te apagan —dijo Olga despreocupada mientras Omar se concentraba en no olvidar ese dato, ese nombre, esa droga. Porque algún día ese dato sería preciso y necesario. Sería la diferencia entre la pesadilla y el despertar. El alivio final.

Los escuchó hablando en la puerta. Había llegado. Su voz estaba más gastada pero el sarcasmo y el filo en las palabras se distinguía.

—En serio vino mi sobrino preferido?...me cocinó? Seguro que no me quiere envenenar?

Huyó al baño con el corazón latiendo frenético. No podía saberlo pero a la vez seguía teniendo esa maldita intuición. Ese ojo muerto que veía más allá en sus pesadillas. Se escondió aterrado como un chico sintiendo que el pecho se le cerraba. Que la respiración se le hacía pesada, con la cabeza pulsando descontrolada. "No lo sabe...no lo sabe" se repetía como un mantra. Era simplemente él siendo él...pero la imagen en su cabeza era nítida, en la oscuridad el ojo, ese maldito ojo falso, otra vez brillaba.

Salió cuando estuvo más calmado. Esperando el encuentro menos querido y más esperado. El plan dentro de lo simple era claro. 

—Que dice mi tio preferido?

Ahora eramos dos en el juego.

—Seguro que sos vos? —dijo desconfiando.

—Quién más se tomaría el trabajo de venir a verte?

La mirada fue de incredulidad, matizada por la extrañeza. El ojo inquieto y agudo se clavó en su ojo derecho para mantener la tensión. El otro brilló estático. Era terreno desconocido para ambos, interactuar sin la mediación nerviosa de su madre. Ahora uno era apenas un adulto disfuncional y el otro un hombre que peinaba canas y usaba un ojo para mirarte mientras el otro quedaba detenido en la nada, en una perfecta imitación de algo muerto.

—Va a ser una tarde interesante —cerró la charla su tío y caminó en dirección a su antigua pieza. 

Omar se encaminó hacia la cocina dónde el postre se enfriaba en la heladera. Había probado combinaciones para enmascarar el sabor de las gotas oftálmicas. Después de probarlas el mismo mil veces en moderadas dosis supo que enfriando el postre y poniendo las gotas y luego la cobertura de chocolate apenas se notaba. Era la fórmula ganadora. Cómo el apenas probaría el postre y su madre, que jamás había mostrado predilección por lo dulce, sobre todo cuando el diagnóstico de diabetes volvió el azúcar su enemiga más acérrima, volcaba como él su entusiasmo en lo salado. En cambio su tío era fanático de todo lo empalagoso. Ni siquiera el mate tomaba amargo. Era una apuesta segura. Terminó de calentar el baño de chocolate y lo esparció sobre el budín de pan. Había echado medio frasco de solución. 15 mililitros eran suficientes a su entender para deprimir sutilmente su sistema nervioso. Tuvo el impulso de poner más, y si no alcanzaba? había tenido que adivinar el peso de un hombre adulto aunque delgado, así lo recordaba. Y no había cambiado mucho ahora que lo había visto. Si había llegado hasta ahí no podía ser impulsivo, pero tampoco tibio, tan solo equilibrado. Era la diferencia entre una indigestión y algo más. Se distrajo en sus perversos cálculos y terminó echando sin querer, todo el contenido. Se sorprendió de su error, pero a la vez entendió el momento. Ya no había vuelta atrás.

Dejó todo en la heladera nuevamente y se puso a poner la mesa, eran casi las 12 y los ravioles estaban en la olla. La salsa de su mamá era algo especial. Comieron hasta cansarse. Hasta Omar se atrevió a repetir, comenzaba a relajarse. 

—Dejá espacio para el postre tío. —comentó confiado. 

El tío Dario se miró con su mamá. Ambos sonrieron y hicieron un gesto de suficiencia. Omar lo interpretó como un buen indicio. La cosa marchaba. Al rato el tío se palmeó el vientre y se rió ruidosamente. 

—Hermanita, esto es tu culpa. No doy más, me voy a tirar un rato. 

Omar se quedó con su madre lavando los platos y preparando el postre. La sonrisa de su madre no le cabía en el rostro. Solo en ese momento asomó la culpa. Podría tirar todo a la basura y decir que se había malogrado o algo. Podría estirar el buen momento pero en realidad todavía no se habían quedado solos, su tío no había mostrado su verdadera cara, su verdadero ser. Sabía que esa sombra en su vida volvería a cernirse, a agigantarse.

—Andá, llevale el postre, charlen un poco, les hace falta... él no anduvo bien últimamente...

Casi un ruego materno, con unos ojos gigantes que eran toda ilusión. No podía decirles que no. Ella metió la mano en el delantal y sacó un papel doblado prolijamente. 

—Tomá...leelo después, después...cuando te vayas, ahora andá...llevale el postre.

Él estaba meciéndose en su sillón. Se hamacaba mientras miraba la puerta y lo observaba llegar. Algo pensaba, algo imaginaba. Quizás fuera sospecha, pero no le importaba. Quizás fuera duda. Era cuestión de tiempo. Había pensado llevarle una porción y al final llevó toda la fuente. No era momento para tibios. Si era necesario comería con él. Tenía naloxona en la mochila y estaba casi seguro de que actuaría como antídoto. Lo había leído en un portal médico. Había pensado en todo. 

—Servime que tiene buena pinta. —dijo mientras prendía un cigarrillo. 

Una porción generosa estaba pronto en sus manos mientras fumaba despreocupado. 

—Me sorprendiste...no te esperaba tan calmo y centrado. La verdad no sabía que esperar. Nunca me olvidé de esa tarde sabés? Pensé que me ibas a cagar a trompadas hoy...y me lo habría ganado...fui un boludo —dijo su tío mientras devoraba el postre con ansiedad. —Yo tampoco tuve un padre presente. Hice lo que pude, a veces ser odioso era en mi cabeza la manera de tomar un atajo, quizás, no sé...era un largo camino, tiempo y dedicación para ganarse el cariño de alguien, pero para odiar no hace falta mucho. Lograr que mis palabras, mis actos sirvieran de algo. Fue mi manera de ser ..de estar presente. Ser odioso supongo que era todo lo que podía dar.

Hubiera querido saber que decir. No se la esperaba. Su tío lo estaba mirando fijo, y el ojo bueno, el verdadero, estaba empañado

—Cómo le llegas a un pibe que anda enojado con la vida? Que le anda buscando la vuelta a las cosas? Qué busca un eje...el día que te fuiste tu mamá me encaró, nunca la ví decir una mala palabra en la vida pero esa vuelta me puteó de arriba a abajo. Me dolió pero entendí, el reclamo era válido, pero no tenía manera de volver atrás, de reparar algo.

Hablaba y era bastante sorprendente verlo así de emotivo pero a la vez contaba los bocados y volvía a servirle mientras dejaba que la confesión siguiera su curso. Quería estar seguro de que la dosis estuviera completa. Una charla no anulaba años de sufrimiento y distancia. Un arrepentimiento tardío no matizaba la angustia, no le interesaba. Podía negarlo, quería negarlo, sólo le interesaba cumplir su destino y hacer que él también lo cumpliera. 

—Bueno —dijo retirando la fuente. —Dos porciones eran suficientes pero te comiste media fuente, no quiero que me acusen de matarte de diabetes —bromeó mientras hacía cuenta tras cuenta mental. Dosis, peso del sujeto, tiempo de digestión. De paso comió un poco él para cubrir las apariencias. Pero apenas.

Tenía que darle 48 hs en el cuerpo para que actuara, claro que eso lo había calculado con otra dosis, pero ya eran detalles. El proceso interrumpido de una digestión fallida derivando en una situación clínica crítica. Todo estaba medido y cronometrado. Cualquier acceso a una guardia confundiría síntomas. Era fácil confundir un cuadro gástrico con un incidente coronario. Retiró la bandeja y la dejó sobre la comoda de la pieza. Estaban satisfechos ambos, por razones muy distintas. 

—Anda a decirle a tu vieja que ponga la pava. Estoy demasiado pesado para levantarme.

Salió pensando en lo que había hecho, sus cálculos de pronto le parecieron precarios, improvisados. Casi podía negarlos, o más bien negarse a asumirlos. Después de todo no era para tanto. Por ahí no pasaba nada. Nunca en la vida las cosas le habían salido como quería, y su tío había sobrevivido a todo. Y sin embargo sentía una liviandad absoluta. Acaso así se sentía la paz? no podría afirmarlo ya que era nuevo, se sentía distinto. Atolondrado, como eufórico, pero dentro de la maraña asomaba una especie de calma.

Decidió salir a la vereda a fumar, estaba agitado, el corazón le latía furioso. Como si hubiera escalado un cerro, una montaña, su montaña personal y hubiera clavado una bandera en la cima, un asta que se hundía profundo en el vidrio brilloso pero también opaco de un ojo falso que no miraba, pero que en sus sueños lo veía todo.

Cuando volvió, más calmado, se asomó a la cocina pero no vió a su mamá así que simplemente se sentó y prendió otro cigarrillo. Ahora estaba haciendo tiempo. Se sentía completo, pleno, saboreando cada bocanada. De a poco se iba aclimatando a la idea. Volver definitivamente a esa casa. Disfrutar de su madre a solas. Consolarla por la pérdida. Poner cara de inocente. Sonrió con malicia mal disimulada. Ahora abrazaba la idea de ser el villano con más seguridad. Sentado ahí, solo, examinó su momento, el momento.

—Mamá!?! mamá? ...má?

Se quedó mirando la mesada, los platos por lavar. La olla con lo que quedaba de salsa, los vasos con restos de gaseosa...los tres vasos... mamá no tomaba nada dulce, y sin embargo, había tomado gaseosa con ellos...se quedó perplejo. No había prestado atención, toda su concentración se la llevaba la visita. Mamá no come ni toma nada dulce, así fue siempre...que raro...y dónde está la pava y el mate? el edulcorante aún cerrado dormía en una alacena. Una idea fue tomando fuerza en su cabeza. Revisó primero con calma pero después con urgencia cada vez mayor...

—Mamá!?!?

No quería cruzar el patio, tampoco admitir su cobardía pero eso se le parecía bastante. No quería que ella estuviera con él mientras pasaba. Ahora pensaba en la dosis y sabía que era demasiada. Miró hacia la pieza del fondo. Ese trayecto se estiró hasta el infinito y esa puerta abierta con la cortina de flecos de tela de siempre estaba quieta, inmutable y oscura como la boca de una cueva, o un animal gigante dispuesto a devorar su cobardía. Aguzó el oído pero no se escuchaban voces de ningún tipo. Disimuló como pudo. Había una sola imagen que no quería encontrar asi que sólo retrocedió hasta volver a sentarse sabiendo que solo quería correr y ganar la calle como la última vez. Buscó instintivamente en la mochila la naloxona, estaba seguro de haberla puesto en el bolsillo grande pero ahí solo estaban las llaves, la tarjeta del colectivo, la billetera. El plan se deterioraba rápido y su febril mente solo ideaba, solo imponía el recurso de siempre, el escape, y se encontró con un papel doblado en el bolsillo mientras buscaba el celular y por un momento se obligó a calmarse, que era eso? recordó vagamente que se lo había dado su madre.

Omar. No sé por dónde empezar, todos estos años sin vos fueron mí condena. Mi castigo. Y lo merecí por completo. Te pido perdón hijo, perdón por no haber sido suficiente, por no haber estado, por no saber entenderte, perdón porque fui yo, fui yo la que tomó tu plata aquella vez, no me siento orgullosa, fui egoísta y lo sé. Siempre tuve miedo de que te fueras. Que no soportaras la situación, el abandono de tu papá nos rompió a los dos. Pero a vos más. Y tu tío con lo del accidente había cambiado, estaba raro, ido, cómo resentido con todo lo malo que le había pasado. Recuerdo esa tarde cuando te ví correr hacia la calle, te grité, me desesperé, corrí pero ya no te alcancé, te me escapaste de golpe, y mi corazón se fue con vos. Desde ese día la pena me sobrepasó. Dicen que tener el corazón roto es una expresión pero yo no tardé en terminar medicada. Mí corazón nunca fue el mismo, y el de tu tío tampoco, también lo culpé a él. Él solo no supo cómo acercarse a vos, yo se lo pedí, se lo exigí pero no pudo, y terminaron enojados entre ustedes. Después de eso ya no me quedó nada. Todos estos años terminé por descuidarme, dejó de importarme todo, hasta mi salud. No cuidé ni mí corazón ni mi presión, mucho menos mi diabetes, nada. Nada importó hasta hoy, pero hoy es diferente, hoy que seguro vuelva a verlos juntos quizás sane por fin, es mi único consuelo, reparar el daño que les hice, volver a tenerlos cerca y por fin querernos un poco, quizás volver a ser una familia, empezar a cuidarnos, a cuidarse, no sé, no puede ser tan difícil no? Te amo hijo... Mamá.

Juntó fuerzas para pararse de nuevo, se aferraba a su mochila como un náufrago se toma de un salvavidas cuando flota a la deriva. Caminó los pasos que lo separaban de esa pieza, lento, pausado y conteniendo inconcientemente el aliento hasta llegar a la puerta, la cortina de flecos de tela se mecía con alguna brisa perdida de la tarde. Aguzó el oído pero todo era perfecto silencio. Estaba parado frente a todo finalmente y aún temblaba ante esa puerta.

—... mamá?... tío?...

—...

—ma...MÁ?!...TÍO?!... ESTÁN AHÍ???!

La cortina de flecos de tela se siguió meciendo y algún pájaro perdido cantaba en alguna rama, mientras la modorra reinaba en aquella tarde, una figura fugaz desandó ese pasillo lateral hasta la calle. Alguien corría esa tarde de domingo por el barrio, con una mochila al hombro, pero nadie presenció su escape. Ese agujero negro, silencioso y amenazante que era una simple puerta se convirtió en la frontera infranqueable que separaba dos mundos y dos posibilidades. A ninguna fue capaz de enfrentarse. Corría y miraba fugazmente por sobre el hombro tratando de ver si algo lo perseguía porque estaba seguro que sí. Pero apenas divisaba. No sabía que era. Parecía un brillo, un destello, algo como de vidrio, algo que lo estaba acusando.









































 































lunes, 3 de marzo de 2025

El vigía

 


Tengo que hacerlo, seguro sea esta noche. Allá ellos si no me creen. No importa lo que me pase. Lo descubrí finalmente. Mi vecino es un asesino y hoy me toca exponerlo.

Tengo un revólver cargado, una barreta para ver si puedo reducirlo sin el arma y una soga para atarlo. Si confiesa no será necesaria la policía. Lo hago yo mismo y lo dejo ahí, en el lugar. Para cuando se note que algo se pudre ahí adentro habrá pasado suficiente tiempo. Estaré en alguna provincia o en Uruguay. Cuando revisen la casa encontraran los cuerpos. Vi mucha gente entrar y nunca más salir, no vi autos llegar ni gente, nada. Solo se los traga la tierra, o más bien esa casa. La cuenta es fácil, siguen adentro. Llevo tiempo pensando que hace con ellos. Quizás los entierra, sería lo más común... a veces fantaseo que se los come...no sé. Ese tipo nunca sale. Cada 15 días una camioneta estaciona y le deja bolsas con mercadería. Es de un supermercado chino de acá cerca, y nadie hace menos preguntas que un chino. Les pago las birras a los pibes del barrio que se sientan a tomar en la esquina. Ellos hacen la vigilancia. Les dejé un celular viejo y me mandan mensajes. "Prendió la luz del patio"..."se asomó a la ventana"..."cerró las cortinas"..."transferime plata que compramos unas pizzas"... A veces son caros pero fueron los que me dijeron que mi tío había entrado ahí a hacer un arreglo o algo. La cosa es que lo vieron una noche. Nunca más lo vimos. Era electricista así que se supone que pudo ser alguna changa. Era un poco loco pero era familia. La policía fue después de mucho insistir y no encontró nada, después me amenazaron que si seguía molestando a los vecinos me iban a guardar a mi un tiempo. Desde ahí seguí solo. Ya sé que ese tipo de la esquina de Gálvez esconde algo. Y yo voy a descubrirlo. 

Decidí que me meto esta noche. Los pibes me avisaron que él empezó a vigilarlos a ellos. Si sospecha algo y se va, lo pierdo. Como nunca un día salió a la puerta y se puso a mirarlos fijo. Ellos se rieron, hicieron un par de chistes, le gritaron un par de cosas y me llamaron. Para ellos él estaba sospechando algo. Dijeron que tenía una mirada rara, que el tipo no pestañeaba. Para ellos estaba duro como una puerta pero quizás quiso darles un mensaje. 

Apenas pasan las 12 de la noche me preparo. Tengo todo en un bolso negro. Nunca maté pero si tengo que hacerlo, que sea a un asesino. Caminé las últimas cuadras por la sombra, no quiero que nadie me vea. No me muestro, voy por el oscuro. Salto el paredón de atrás. La casa también está oscura pero él está adentro, estoy seguro. Tengo la barreta preparada para todo. Sea una puerta, un portón, una reja,  una persona. Tengo la fuerza de mi odio por ese tipo, ese enfermo.

Hay una luz, arriba, en una de las ventanas. Sabía que no me equivocaba. Él está, y si él está entonces lo que hizo con toda esa gente se descubrirá por fín. Yo lo voy a hacer hablar. Me va a decir todo. ¿Dónde están? ¿Qué les hizo? Hasta perdón va a pedir, me voy a ocupar de eso.

Rompo la puerta de atrás pero apenas hago ruido. La barreta se me da bien. Sé donde aplicar la fuerza para que la cerradura ceda. Había una reja antes pero estaba abierta. Se nota que se cree intocable. 

Me golpea en la cabeza una opresión grande. Es como si el ambiente de ese lugar fuera tan denso que te traspasara. No es un olor, no es un ruido, pero es algo que está presente. Es muy fuerte y no logro despejar mis ideas, me cuesta pensar. Toda esa claridad que tenía se fue apenas pasé la puerta que había ido forzado. Casi me caigo de rodillas. No entiendo que me pasa. Se me confunde todo y no parezco dueño de mí. 

Es como un zumbido taladrándome en silencio, haciéndome sentir nauseas, escalofríos, temblores. No tengo frío pero mi cuerpo se sacude levemente. Apreto la barreta lo más firme posible con el puño, tratando de no perder el foco, mi misión, mi propósito. El zumbido sigue y es como si detrás de el un eco me hablara. Una voz lejana, tranquila, como si intentara apaciguarme. Intenta decirme algo de forma suave. Me dice que me vaya. Me gana la náusea, intento llegar a una ventana más adelante. Sólo necesito un poco de aire me convenzo. Solo eso y podré seguir pero apenas puedo abrirla. Afuera la negrura es infinita, profunda. No veo ni el suelo y solo siento como sube calor. El zumbido es más intenso ahora. El vaho se impregna en mí como si un cráter volcánico me rodeara. Pero no veo nada, ni luz, ni sonidos, está todo negro asi que cierro la ventana antes de desvanecerme. No entiendo a mi cuerpo. Es como si se negara a seguir, pero puedo obligarme a hacerlo y lo hago. Me tomo de los pocos muebles que hay en la sala. Arriba, la luz estaba arriba, debe haber una escalera pero no veo nada parecido a una. Veo puertas arriba, habitaciones pero no hay escalera. Y suben hasta perderse de vista, no puede haber tantas. No tiene sentido. Algo en mí me dice que debo flotar para ascender, para subir, y no entiendo de dónde saco esa certeza. El bolso me pesa, no me deja, la barreta en la mano me pesa y no me deja, pero quiero desesperadamente flotar, abandonarme y dejar que esa corriente caliente se ocupe del peso de mi cuerpo. Intento aferrarme al arma, a la soga, al pedazo de metal con el que se funde mi puño. Se que si los sueltos cederé y no quiero. Cierro los ojos para evitar el mareo que me sobreviene. Estoy borracho del ambiente de ese maldito lugar. Quizás es algo que esparce ese hombre. Una clase de protección o droga, me digo en un rapto de claridad, que pronto se pierde, se disipa. Es un mentiroso y su casa transpira mentira. Exhala maldad. Me intoxica. No me olvido de lo que vine a hacer me digo y ya no tengo los pies en el suelo. Floto, y la sensación es inexplicable...¿Qué me pasa? tampoco se dónde es arriba o abajo, como si todo diera igual. Intento llegar a alguna pared. La barreta me detiene y pesa cada vez más. Podría liberarme de ese peso. Si lo suelto creo que podré llegar al nivel superior. No subo en linea recta sino que voy girando levemente. Termino por soltar la barreta que no cae, se queda cerca de mí haciendo su propio dibujo en el aire...¿Qué es esto? Me han drogado entonces? como si estuvieran esperándome y desactivaran mi odio con ese engaño de la liviandad. Tampoco puedo enfocar mi enojo. Lo pierdo, se disipa y vuelve en oleadas, pero no permanece. Es inconstante, episódico...¿Qué vine a hacer? y la respuesta que tenía tan clara antes de entrar a este extraño lugar ahora es lejana, tan poco clara. Quiero flotar y olvidar lo demás...pero no puedo. Uso mis piernas para impulsarme. Hay una luz que se cuela por debajo de una puerta allá arriba. Me la marco como meta. Debo llegar a ella.  

Apenas puedo alcanzar el picaporte. Me estiro en el aire como si de una pileta invisible se tratara. Nado de alguna manera, buscando abarcar espacio y lograr un punto de apoyo. Finalmente lo logro. Me agarro firme del pomo metálico y no lo suelto. Eso me ancla finalmente a algún lugar. Miro por sobre mi hombro y ya no veo la barreta por ningún lado pero me toca seguir. El bolso también se perdió. Tuve mucha menos conciencia de él. Aún me tengo a mí, tengo mis recursos y serán suficientes. Giro el pomo y abro. Apenas pongo un pie en la habitación el efecto se interrumpe, ahí dentro no floto. Me siento liviano aún pero recupero la vertical. Al fin estoy sobre mis pies de nuevo. Él está de espaldas a la puerta, está inclinado sobre una mesa de trabajo. Lleva un pullover amplio gris que se mueve como si dentro un montón de pequeños bultos se agitaran. El zumbido se eleva en intensidad y ahora sé que él es la fuente. No parece advertir mi presencia, o no le importa que esté ahí. Veo que extiende algo trabajosamente sobre el mesón. Me acerco despacio. Cada tanto se detiene pero no a causa de mí. Está observando su obra. La analiza con sumo cuidado. Sigo dando pasos cortos y silenciosos. Él ahora levanta su creación y la expone a la luz sobre su cabeza. Es como cuero, es como un género, es piel...y por su color, piel humana, con la forma de un brazo...es un brazo que se extiende hasta acabar en la muñeca. Veo que su propio brazo está desgranado, con terribles cicatrices, como si algo se lo hubiera carcomido, guardando apenas las formas anatómicas...¿Para eso necesitabas a tus victimas? ¿para repararte? ¿sanarte? injertarte?

Una voz se forma en mi pensamiento.

NO

Me alarma como surge en mi cabeza la respuesta a una pregunta que no había formulado en voz alta. 

NO PUEDO TOMAR NADA DE ELLOS

¿Y para que los matás? ¿Qué hiciste con ellos? ¿Dónde están todos?  

DONDE DEBEN ESTAR

No entiendo como pudo surgir ese diálogo. Sucedió en mi cabeza, de la nada. Y me entregué a ese intercambio con la facilidad con que había flotado, antes de saber que podía. 

TODAVIA PUEDES IRTE, Y OLVIDARME

No puedo olvidarte, porque no puedo olvidar a mi tío ni a todos los que te llevaste. 

AUN NO ME LOS HE LLEVADO

Y no te los vas a llevar. Se oyó fuerte en mi cabeza esa sentencia. Terminante. Fuerte como el estampido del revólver apuntado al centro de su "humanidad"

El acto de empuñar el arma, dirigirla contra él aún de espaldas y apretar el gatillo, desencadenando la detonación, pareció cuestión de un instante, y sin embargo él se movió con una rapidez inusitada. Vi su brazo atrofiado estallar cuando el blanco era el centro de su espalda. En esa finta se desplazó contra la pared que parecía de madera, con separaciones entre los listones. No era una sucesión de tablas cerradas sino una especie de enrejado que dejaba largos huecos oscuros, varillas de lo que parecía pino. Y entre todas las cosas que vi aquella noche presencié como se colaba entre las maderas y desaparecía dejando tras de sí el amplio pullover gris de lana basta. El brazo que le quité con el balazo estaba allí. Contorsionándose como si de una extraña víbora se tratara. Fue un espectáculo horrible ver como ondulaba sobre la mesa de trabajo, cada vez con menos fuerza mientras el retazo de piel intentaba llegar a él. Mi cabeza se negó a procesar todo eso. Sólo me decía una y otra vez..."no sé que es lo que estoy viendo" 

El brazo se quedó quieto por fin, y la piel se terminó posando sobre los restos, para deshacerse encima, como si hubiera algún tipo extraño de atracción entre ellos.

LO NECESITABA

La voz en mi cabeza volvió y me asustó por lo repentino así que descargué un par de balazos más en la pared por la que se había colado. 

—¡Salí cobarde! —grité, para romper con los diálogos mentales y recuperar la sonoridad de las palabras mientras apuntaba hacia el lugar por el que había escapado. —Vas a pagar por todos!

TODOS ESTÁN MURIENDO

De pronto, algo se agitó entre los listones de madera así que me preparé. Las últimas dos balas fueron a parar dónde se escuchaba el roce de algo que reptaba por las paredes. Creí tener un último cartucho, seguramente para mí si no lograba acabar con él. Apenas ví que no le había hecho más daño pensé en volarme los sesos y me apunté a la sien. Un latigazo oscuro me quitó el arma de la mano. Un tentáculo morado se agitaba en el aire amenazante. Detrás de él una forma empezó a colarse entre las maderas de la pared como si algo denso se volviera maleable y fluido, desbordándose por todas las rendijas para volver a unirse del otro lado tomando la forma de un hombre, llenando de nuevo el pullover gris, solo que sin un brazo pero con ese tentáculo violáceo naciendo del hombro maltrecho. Lo peor fue ver ese apéndice verdeazulado coronarse en un ojo intenso y sin párpado que no dejaba de observarme. Estaba allí, ante eso, desarmado y expuesto y fue cuando empecé a entender de que se trataba esto de la muerte. Cuando por fin estuvo erguido ví que sus facciones podían parecer de un hombre pero eran casi una máscara. Un rostro sin vida, imitación de un hombre. Los ojos quietos sin expresión ni brillo que no se posaban en nada, mirando la nada. Era claro que no podía abandonar esa casa sin dejar en evidencia que era poco menos que una copia barata. El tentáculo era todo lo que parecía tener vida, y sin embargo, parado frente a mí, el oponente era formidable.

TODOS ESTÁN MURIENDO...

No sé que debía hacer con esa información. Solo cerré los puños esperando el enfrentamiento, pero él se deslizó y se acercó dónde su brazo perdido había abandonado toda forma. 

CUESTA MUCHO HACER PIEL

—Por eso se la robas a las personas?

No me contestó, creo que empezaba a ignorarme. Parecía tratar de procesar los restos porque los juntó cuidadosamente. Sin embargo el tentáculo del ojo seguía fijo en mí. No surgía de su hombro sino casi de su cuello. Supongo que tenía más pero no llegaba a verlos, solo el brazo que le quedaba que trabajaba a toda marcha.

TARDAS MUCHO EN ENTENDER 

Estaba parado detrás de él, tenía una oportunidad más, pero buscaba con qué atacarlo. Me acerqué sigiloso para espiarlo de cerca. Vi que todos los restos eran una masa color marrón y se la aplicaba en uno de los tentáculos. El ojo que lo coronaba goteaba una secreción que se iba haciendo más densa. Se estiraba, supongo que volviéndose eventualmente en dedos ya que el ojo iba desapareciendo en el centro de la amorfa palma. Alcé mi mano para golpearlo. La nuca se le volvió un hervidero de pequeños haces de filamentos. Era su propio pelo volviendo vivo. El resto de él seguía trabajando en su brazo pero su nuca se erizó sabiéndose amenazada. Fue uno de estos filamentos, un muy delgado tentáculo se disparó hacia mí. No pude reaccionar a tiempo para evitarlo. Solo sentí un ardor en mi ojo, sentí una lágrima muy caliente caer y...

AHORA SOY ÉL, ME ATURDIAN SUS PENSAMIENTOS. NECESITO TRABAJAR

 Me nutro de sus proteínas. Tenía hambre ahora que lo pienso...aaah... también puedo hablar mejor. Parece que le gusta leer, veo gran reserva de palabras. Quizás podamos hablar cara a cara pero primero dejaré que esté en silencio. Que perciba su inferioridad. No tengo más remedio que someterlo...hmm...rico... palabras nuevas...cadena de aminoácidos... dónde leyó eso? es curioso, lee todo, no tiene gran educación pero...es curioso, entiende el "hambre" y sus bicicitudes...hmm...no tiene gran estima por la ortografía y la gramática...se la grabaré correctamente..."v i c i s i t u d e s"...o podría usar variaciones...que él decida. Listo.

—Hola intruso, puedes llamarne viajero.

—Devolveme mi mente hijo de puta!

Un poco más de silencio quizás. Seguiré buscando un poco más mientras trabajo. Fueron muchos meses trabajando en esa piel. Debería haber absorbido a un genetista alguna vez. O algún tipo de hombre de cuencia...ciencia...eso. Se degrada muy rápido. Pero no puedo acercarme a ningún lugar con mucha seguridad así...o quizás... claro, él tiene esa noción incorporada. Interesante el intruso. Si soy discapacitado puedo ponerme una...pritesos...hmm no, protes... prótesis... eso. Muy bien. Debo dejar de alimentarme de vagabundos. Nublan bastante la razón. O de técnicos, solo saben de una cosa. Pero cómo saberlo? Veamos si quiere hablar ahora.

—Te daré otra oportunidad...

—Que mierda querés de mí? matame de una vez!

—Y por qué debería hacerlo? Solo con jugar con tu lóbulo frontal o intervenir tu neocortex y estarás trabajando para mí. Intervenir tus secreciones y hasta tendrás deseos conmigo. Toco esta glándula y ves?... ahora te sientes a gusto conmigo.

—No soy tu juguete, hablemos, pero no intentes manipularme.

—Cuanta resistencia al placer. Eso te hace más determinado. Interesante. Bueno, intentemos... dispara tus preguntas ja!...hice un pequeño chiste.

—Si matas a los míos no puedo verte amigable.

—Entiendo. Preservas tu especie. Es por la cadena genética?

—Mi tío me crió, mi papá murió cuando era muy chico. Le debo mucho.

—Es una deuda monetaria? debes suplirle algún tejido? explícame 

—No se puede explicar, es mi familia y lo quiero.

—Espera... quieto...tu corteza está segregando oxitocina. Inunda tu organismo. Mira cómo activa tu sistema, pasó al sistema endocrino. Ahora genera emociones de respuesta en tu cuerpo, son... fisiológicas, cambios químicos, hay mucha dopamina en tu hipotálamo...tu respuesta física se magnifica. Desprecias el dolor, la fatiga, puedes controlar eso?

—No, solo reacciono a eso.

—Notable. No lo veo tan seguido. Claro que debo sorprenderlos para alimentarme. Se asustan a veces. Debería... cómo decirlo?...seducirlos?

—No, porque se despierta con las mujeres.

—No entiendo, tu tío no es mujer y lo produce intensamente en ti

—No es esa clase de amor...no sé como explicarlo, es familia, es parecido pero no es eso.

—También se aman entre varones, veo televisión cuando tengo tiempo. Es bastante común... déjame revisar por ti... 

—No me manipules

—No, lejos de eso. Acá tengo una categoría...no está muy superficial... está en...esto es conflictivo...amor...filial?

—No creo mucho en eso pero algo así 

—Oh...no confías en ese impulso...crees que tu padre no te quería. Tienes recuerdos...estos surgen fáciles... por qué te pegaba? un rito de iniciación?

—Queria hacerme duro.

—Claro, más resistente al ambiente...debe ser una forma eficiente.

—No. Era para hacerme insensible. Lloraba por todo. Quería que no fuera maricón.

—Oh...no quería que amarás a tu propio sexo. Claro, afecta la reproducción. Preservaba la especie. Era científico?

—No, colectivero

—...

—Transportaba personas.

 —Exigente ocupación según veo. Debía cuidar el acervo genético y la cadena de reproducción.

—No entendés nada. No importa, ya está muerto.

—Y tu tío lo reemplazó para garantizar tu correcta reproducción. Entiendo.

—Prefiero que me mates a que me obligues a lastimar a otros.

—He viajado suficientes... cómo le dicen ustedes?...oh, no tienen unidades astrales de medida. Vengo de muy lejos, el viaje es...penoso? debo perder toda forma, volverme incorpóreo... unidades de luz tienes? a ver? algo así como fotones. Y cuando llego a mi destino debo volver a reunirme con mi forma. Debo basarme en un autónomo...no, auto... autóctono, ahí está.

—Qué querés de nosotros? de mí... qué hiciste con mi tío?

—Nada que él no quisiera.

—Él no hubiera abandonado a su familia.

—No sabes todo de él. Él se entregó a mí.

—Qué carajo significa eso? te lo comiste?

—Es innata tu noción de alimento, caza y muerte, pero mi orígen no está basado en el carbono. No puedo hacer eso de...comerlos. Deberias ver algo que tengo aquí pero primero debo confiar en tú...en tí. Ahí está. En tí.

—Tomaste cosas de mí cuando te metiste, sos un mentiroso.

—Apenas unas proteínas. Nada muy complejo...es como si hubieras dormido poco realmente...oh, empiezo a comunicarme con fluidez...por fin he terminado de absorber tu léxico.

—Dónde está mi tío?

—Ciertamente tu apego es intenso. Él está en espera. Si suelto tu mente te apaciguarás?

...

—No intentes atacarme, me es mucho más valioso un intercambio voluntario. O quieres dormir hasta que termine?

Sentí el vértigo de salir de una especie de sopor muy profundo. Sentía mi cabeza revuelta. Me costó hasta mantenerme en pie. Lo volví a ver trabajando en su brazo. Ya tenía la forma y casi el aspecto. Solo faltaba el color. Era extremadamente pálido.

—Le falta color. Parece podrido.

—Lo sé, pero no puedo imitar aún la circulación de la extremidad. Apenas logro mantenerla activa. Apenas comenzaba a usarla y empezaste a dispararle.

—Me prometiste algo...eh...no sé cómo llamarte.

—No podrías usar tu aparato del habla para llamarme pero puedes decirme viajero. Tu tío está en esta casa...pero ya no podrá irse..o al menos no a tu mundo. No porque se lo impida sino porque está... cuándo le falta salud.

—Enfermo?

—Eso... llegó a mí desesperación. Volver perder contacto tu léxico. Es más fácil si dentro.

—Te entiendo perfectamente. Decime que le pasa a mi tío 

—Neoplasia...en varios órganos. Células inviables espontáneas. Desvío genético. 

—Tiene cáncer?

—Así le llaman, pero no entiendo no cura, por qué no bloquean los receptores de proteína, limitan la glucosa que alimentan las células extraños...limitar... 

—No podemos curarlo.

—Extraño, pero posible de ustedes. Y sin embargo intentó sucesar de muerte propia aquí cerca. Suicidar...lo traje aquí pero muy lastimoso...lastimado. Eso.

—Quiero verlo.

—Puedo, pero no tocarlo. 

Otra vez ví un pelo de su cabeza alargarse amenazante. Abrí el ojo resignado a mi suerte. Osvaldo lo merecía. El ardor me hizo lagrimear pero resisto. Está flotando, lo veo. Bajo la casa hay como capullos. Él está dormido en uno y su cara está serena. 

—No despierto hasta sanar, mucha heridas...un momento, debo absorber léxico primero... él decidió morir y no ser encontrado, pero yo percibí su angustia. Era muy intensa. Su miedo y a la vez determinación. Tenía un arma parecida a la tuya y mucho tejido se perdió en su autoataque? 

—Se voló los sesos...la puta madre! por qué Osvaldo?

—Los tejidos se dañaron, pero no autónomos. Se puede recuperar desde el tronco encefálico. La amigdala está casi intacta.

—Y cómo te comunicaste con él? 

—A esos niveles es simpleza. Solo consuelo y le dije duerma hasta que sanar. El miedo se irá. No habrá...no tendrá...es difícil. Tu dolor está bloqueando área de hablar. 

—Va a vivir? —lloro, no puedo evitarlo.

—Celda produce células nuevas. Lentamente, y necesito yo también. Pero evilus...evol...

Me soltó por completo. Otra vez se puso a trabajar en su maltrecho brazo y me siento culpable. Pero no podía saberlo. Estaba cegado. Pero su cara tiene paz. Osvaldo tiene paz y entonces yo también. 

ESA ES LA VERDAD 

—Cómo puedo ayudarlo? qué tengo que hacer?

TENGO QUE TRABAJAR, NO PUEDO PERDER TIEMPO. HAS GUARDIA, CUIDAR, LUZ DEBE SEGUIR PULSANDO.

—Cuidar? cuidar de qué?

LUZ ATRAE TODO.

Veo que se pierde otra vez en la pared con su brazo a medio hacer y me quedo solo. Ya no vuelve y yo tampoco lo haré. Sólo si necesitara ver a Osvaldo otra vez pero no me animaría a pedírselo. Y si viera su cuerpo lentamente descomponerse? y si me mintió para que soportara la pena?

Despierto en la calle. Es como si hubiera soñado pero se que no.

Sólo puedo quedarme en la esquina cuidando esa casa. Ese espacio. Es lo que Osvaldo se merece. El único padre que conocí...o el único que acepté. Ahora tomo la posta con firmeza. Nunca quiso ser una carga, pero yo la tomo cada noche con la certeza de que el viajero es la esperanza que le queda. Y que es el único motivo por el que sigo rondando el barrio. Sigo pagando cervezas de día, sigo fumando por las noches en esa esquina, quizás, solo quizás, un día se asome alguien por la ventana y salude, alguien que no tenga tentáculos y sepa sonreir, alguien con una cara familiar.




































 



sábado, 18 de enero de 2025

Planes torcidos

 

Retiró el último depósito y cerró el usuario, la cuenta le avisaría de algún cambio. Último cliente de ese viernes. Enter...escape. Había tenido una buena racha de inversiones. Ese fin de semana estaría a salvo su cartera. Clientes regulares, nada especial. En marzo se abrirían las grandes, las jugosas. Y dejaría los regulares de una vez. Era lo que se decía siempre. Estaba cansado de jugar con monedas. Así no se demuestra nada, no se hacen los hombres ni los nombres, era hora de las grandes ligas.

Cerró la notebook y habilitó el teléfono. Nada de distracciones por la tarde era la regla. Ni emergencias. No estaban permitidas. Todo se reducía a disciplina de trabajo. Le llamó la atención un número desconocido. Había llamado tres veces. Distintos horarios, aleatorios, un mensaje grabado. No de la primer llamada sino de la última. El identificador no arrojaba un contacto. 

—Nadie tiene mi número. No pertenezco a ninguna base de datos amiguito...¿cómo me encontraste? pensó y borró el mensaje.

Se bañó y salió a tomar algo. Decían que cierto bar de Puerto Madero explotaba a cierto horario. Todo lo cierto es incierto hasta que se probaba. Y ahí había comida para tiburones y él, sin falsas modestias,  se consideraba en la cima de la cadena alimenticia. No había parado de comer pero estaba aburrido de las presas chicas. A veces un golpe de suerte para un depredador le puede hacer la noche, o la vida. Por algo los tiburones nunca dejan de nadar.

No hubo demasiada suerte. Mucha escort de lujo pero todas de poca estirpe. Alguna figurita de la tele. Jugadores de fútbol demasiado jóvenes y si era extranjero ni hablar. Un imán de problemas, vida de la noche y lesiones tempranas. Ya conocía todo lo que había que saber de la fauna nocturna. Sólo alguien le llamó la atención. Traje italiano oscuro pero no negro, algo como gris satinado. Zapatos seguramente también de la península. Etiqueta pura. No tenía un Rolex sino un Panerai, reloj de diseño. Como un suizo pero bello. Pasó disimuladamente cerca de él. Tenía un perfume pero no cualquier perfume. Ahí se rompía el encanto latino, no era italiano sino árabe y lo conocía por un amigo, se vendía en Dubai, el Shumukh. Eso lo tranquilizó. Esperaba verlo flaquear con alguna loción barata de Dior o Armani. Se acercó a la barra y pidió algo para invitarlo. No eran conocidos así que no podía ser champagne, eso es para festejos con amigos o amantes de lujo. Whisky quizás, un Blue Label, así que pidió dos y esperó a ver su reacción cuando lo recibiera.

La moza lo miró y asintió con la cabeza, segura de que no estaba impresionando a nadie con esa estrategia ya que nunca preguntó si el invitado había tomado algo o qué había pedido. 

Para su decepción el extraño solo sonrió y alzó la copa con él a la distancia pero no bebió. Intercambió unas palabras con la moza y luego siguió charlando con otros comensales. Él esperó ansioso en la barra para saber del intercambio. 

—¿No le gusta el whisky? arriesgó con algo de ansiedad.

—No sé, solo me dijo que es muy temprano pero me pidió que cuando termine su copa le sirva uno a cuenta de él. Pero no el mismo.

Se sintió avergonzado. Seguro sería otra cosa, no a todo el mundo le gusta el whisky, pero tuvo la amabilidad de no humillarlo. Se tragó el blue sin sentirlo solo para saber que era lo que recomendaba el extraño. Levantó el vaso vacío y el bartender se dió vuelta para buscar una botella. No de abajo de la barra donde están los de uso frecuente, se puso a mirar en la pared a su espalda donde dormían infinidad de ellas. Allí se percató que algunas eran como cajas oscuras que apenas mostraban su contenido. Tomó una con cuidado y sirvió apenas asomando el pico. Toda una ceremonia. Le trajo un vaso nuevo con dos medidas generosas. 

—Un presente de Vittorio para usted. un Macallan escocés.

—¿Muy añejo...12...18? —arriesgó él para no quedar fuera de la jugada.

—No señor, este whisky basa su calidad en la hechura más que en el añejamiento. Igual este es un 40 —le dijo guiñando un ojo y se fue.

Era toda una experiencia ese trago, fuerte, eso sí. No tan aterciopelado. Tenía esos cubos de acero con forma de calaca, que enfriaban sin la desventaja de disolverse y cambiar el gusto de la bebida. Quiso repetir el gesto mientras lo bebía pero el tal Vittorio estaba charlando animadamente y no se percató de él. Se quedó con las ganas de alzar la copa de nuevo, así que dio por terminada la noche. Podía leerse como una humillación pero en territorio de grandes hay que respetar los rangos pensó, y con eso dejó a salvo su diminuta arrogancia. Cuando salía alguien le tocó el brazo. Era la moza de antes que ahora le daba una tarjeta. Era toda negra con un ribete dorado en la esquina superior izquierda y en símbolo en el medio, sutil, parecido a un arabesco. Sin embargo el dorso era gris y podía verse anotado un número de teléfono. Sonrió y le mostró la tarjeta a la moza que lo miraba impasible, como no entendiendo del todo, o quizás sin importarle demasiado. 

"No se perdió la noche" 

Estuvo los siguientes días pensando cuando llamar. No quería parecer intenso, además, solo lo invitaría a una copa, era hetero pero suficientemente capaz de coquetear un poco si lo necesitaba. Igual él no lo parecía, tenía esa forma tan italiana de mirar a las mujeres.

El miércoles por la tarde miró caer el sol con un trago y pensó en marcar. Jugó con la tarjeta negra entre los dedos un rato. Estaba listo para tantear el terreno. Comenzó a poner el número uno por uno, despacio y saboreando el instante, cuando completó la serie vió que le indicaba número reciente y dudó. Revisó el listado y encontró esas tres llamadas del viernes anterior. Ese número desconocido. No entendió del todo. Quizás una inversión de último momento. En realidad no sabía. 

El botón de "call" esperaba atento.

Marcó.

—Pensé que no ibas a llamar nunca...

—Hola... quién es? lo conozco?

—No hay tiempo, te paso mi ubicación. Venite lo antes posible. 

—No te conozco ni quiero saber nada de...

—Millones Lucio, son millones...un pez gordo. La definitiva, venite. —dijo y colgó.

Se quedó escuchando la nada. Silencio y ese nombre flotando de cuando no era nadie. Había optado por su segundo nombre y así se presentaba en sociedad. Era David Loz. Antes había sido Lucio David Lozermann. En la secundaria obviamente Loserman, traducción caprichosa para tildarlo de perdedor. Solo alguien de esa época, de cuando le tocó atravesar una depresión, de cuando quiso quitarse la vida. Sólo alguien de esa etapa oscura podría llamarlo por su primer nombre. Casi hiperventiló. Creía ser fuerte e invulnerable a su pasado pero el cachetazo se sintió sincero. Tuvo que servirse un trago. Algo fuerte para reaccionar. Quién?...esa era toda la pregunta. Quién?...no había lazos, ni amistades, nada de contactos, nadie de esa época le reconocía. Había cambiado tanto, y a la vez tan poco, su físico, su pelo, usaba lentes de contacto cuando salía o subía fotos, tanto hizo y parecía tan poco ahora que se veía hundido en el sillón de cuero teñido de la sala. Desarmado por un par de frases y casi una orden...venite.

—La definitiva... murmuró.

Recordaba vagamente un curso hecho una vez, al principio de todo, en Puerto Madero, cuando no era nadie, cuando quiso empezar a invertir. Mucho se decía de las oportunidades. Era como si tuvieran varios tipos. Las simples eran muchas, aleatorias, pero las especiales eran pocas o únicas a veces. Eran las más significativas...las definitivas.

Trató de recordar si había trabado relación con alguien en esos días. Si había hablado de más con alguna persona, claro que no estaba presente nadie de su pasado. Al menos no alguien suficientemente conocido. No podía identificar a cada participante. Sólo había durado una semana el curso.

Dedicó el resto del día a buscar material de aquel curso. Empezó por su computadora, pendrives, discos externos. Información de la nube. Nada 

Tampoco en el estudio, dónde guardaba el material de los cursos, apuntes, cartillas, programas, hasta volantes impresos. Encontró cosas que no recordaba tener. Cursos por demás ridículos que había tomado en su desesperación. Ahí apuntó exactamente su mente. Las cosas que había hecho en su desesperación, cuando estaba en la "búsqueda" Esa que lo terminó sacando del pozo, de la depresión, del delirio suicida. Cuando hasta robaba cosas que quedaban al alcance de su mano para vender y subsistir. El pozo había sido profundo. No quería recordarlo. En ese lugar oscuro había quedado Lucio Sucio...Loser Loserman. Lucio Sucio... Loser Loserman. Así le cantaban en los recreos del secundario, cosas de adolescentes que se inician en la vida, aunque rompieran una ajena en el proceso. Nunca volvió por ellos. Ahí quedaron. Nadie los extrañaría. 

Casi no durmió. Entrenó en su gimnasio personal hasta no sentir las extremidades. Al fallo pero en una forma aún más extrema. Se le cayeron las pesas de las manos en un momento y decidió parar. No tuvo fuerzas ni siquiera para una ducha, no podía cerrar las manos. Se quedó dormido en el suelo. La alfombra era mullida y sentía el cuerpo aterido. Ahí lo sorprendió la mañana. 

El celular estaba sobre la alfombra. No había llamadas nuevas, lo que no colaboraba ya que el número desconocido seguía esperando en el primer lugar de la lista. Se levantó con el cuerpo dolorido y se dió una ducha, no sin esfuerzo, pero ignoró el dolor y las molestias con toda la dignidad que pudo reunir. Una breve charla había cambiado su norte destruyendo la brújula en el proceso. Se había retrotraido a un momento peligroso de su vida. Sus seguridades estaban rotas, y había sido tan fácil como mencionar su nombre. Su primer nombre. Lucio Sucio estaba en el pozo, nadie podía sacarlo de ahí si él lo había ofrendado primero. Loser Lozermann. Quién había venido a romper su mundo? su fortaleza? 

Ahora estaba enojado, furioso. Quería lastimar. Hacer sufrir, sangrar, rogar quizás. Se levantó del sillón hecho una furia. El celular llamaba y llamaba, el respiraba hondo. Su espalda estaba tensa. Sentía calor en su nuca. 

—Te tomaste tu tiempo.

—Quién sos hijo de puta?

—Y pensar que te estoy por ofrecer la oportunidad de tu vida...

—Sabés lo que te va a pasar cuando te agarre?

—Me vas a abrazar, me vas a agradecer, eso es lo va a pasar. Ahora venite.

—Te hice una pregunta...

—Y yo te dije cómo encontrarme. —dijo y cortó.

Casi tiró el teléfono contra la pared. Quería estrangularlo con sus propias manos. 

Una pequeña línea de código, carácteres con un maps escrito casi al principio, una ubicación vía gps y poco más. La seleccionó y la aplicación hizo su búsqueda...estaba alejado. Eran más de tres horas de camino. Le preocupaba el último trecho. Muchos espacios vacíos con alguna línea que se adentraba en el mapa sin mayores referencias. Una casa alejada, quizás un country o una estancia...algo de eso.

"No me pienso regalar" pensó 

"La definitiva" también pensó, de dónde podía sonarle familiar esa frase.

Se pasó la siguiente semana inquieto. Claramente si era cierto (seguramente no lo era) había dejado pasar la oportunidad y quitado el elemento de presión. No tenía sentido otra comunicación. Había mirado y mirado la ubicación. Al final más allá de algunas fotos del frente de lo que parecía una estancia no había más información disponible. En una foto lejana advirtió unas sobre una tranquera pero era imposible distinguirlas con esa calidad de imagen. Era un lugar grande, muchas hectáreas, sin nada en internet que hablara de algún establecimiento comercial ni nada parecido en ella. Una residencia simplemente.

El asunto es que desde ese jueves, su toque especial para los negocios pareció esfumarse. Tenía algo de olfato para las inversiones y las relaciones que las facilitaban. De pronto todo se había esfumado. Por más conservador que fueran sus movimientos todo parecía arrojar pérdida apenas lo tocaba. Podía pensar en competencia desleal si es que acaso eso existe en ese campo dónde no existen relaciones que demanden lealtad alguna, todo quedaba reducido a la chequera de sus clientes. Había perdido en pocos movimientos lo que les había generado en tres arduos meses. Un par llamaron ofuscados después de revisar sus balances. Por primera vez en años su pericia estaba cuestionada. El miércoles, definitivamente, tuvo que parar de operar. Sus balances eran un caos. Otro jueves negro y tendría que liquidar la mayoría para salvar algo. Finalmente ese mismo día algo de esperanza surgió cuando un grupo inversor se sumó a su cartera con una generosa cantidad de activos. Grupo Génova. Le sugirió algunas acciones preferidas que debía priorizar, nada demasiado prometedor y sin embargo, todas empezaron a crecer casi sin pronóstico. No tardó mucho en empezar a usar esa información para levantar el resto de su maltrecha clientela. Cada consejo o aviso era oro bursátil. En sólo un par de cierres estaba de nuevo en carrera revirtiendo la tendencia de los últimos días, y sus movimientos cubiertos después del peor inicio de semana que recordara. 

Pero nada es mágico en su rubro, y temió, con bastante base, que este grupo salido de la nada, aunque con años operando, se hubiera involucrado en alguna maniobra de fraude. Siempre se estaba a la caza de esos movimientos que los "smart money" hacían para inflar o desinflar acciones. Pero en este caso era tan agresivo como explotarlas por completo.

Espero que el lunes llegara con el creciente temor de ser citado por la comisión de valores, pero nada pasó. Las acciones que seguían en pie se sostuvieron pero aquellas que el grupo pidió vender al llegar a cierto márgen quedaron reducidas a papeles inservibles. 

El viernes al anochecer le sonó el celular mientras tomaba un vino selecto en el balcón que daba al río. Había visto su carrera muy cerca de acabar. Su prestigio. Su porvenir. Todo era tan endeble como una mala semana, como un llamado telefónico, como un apodo del secundario. Dudó en atender, era un número privado. Pero no quedaba miedo en sus venas después de tanta tensión. 

—Hola? diga...

—Hizo usted mal en rechazarr mi invitación herr Loz. 

El acento era como alemán cerrado. Pero de modales prusianos. Metálicos. en modo casi imperativo.

—No me gustan las presiones...señor?...

—Adler, Konrad Adler mein herr.

—debo decir que es un gusto?

—Quizás no, pero si una necesidad mi querrido dado el impulso que le di a su modesto negocio.

—Acaso estoy en deuda señor?

—Para nada mein herr...es una formalidad para empezar a negociarr

—Usted va al hueso sin dudar

—Huess...hues... oh oh si si mein herr, knochen...pero aquí se dice también al grano verdad? es cierto, voy al grano, podríamos decirlo así.

La voz sonaba cascada, y excesivamente modulada, a pesar del marcado acento. Buscaba transmitir formalidad sin perder la cordialidad, pero a Lucio lo agotaba tanta parafernalia.

—Me podría decir que interés tiene en mis servicios? Creo que no fue mi mejor semana realmente, no creo que pueda decirse que sea un atractivo prospecto justo ahora.

—Oh no no mein herr, lejos de eso, venimos siguiendo su desempeño hace un tiempo. Es un corredor competente.

Le hizo gracia cuan marcadas podían sonar las palabras con erre para alguien alemán. Era casi cacofónico.

—Es agotadorr para mí hablarr demasiado, tengo una...condición...que me limita.

<<y sin embargo no dejás de hablar>> pensó pero se limitó a escuchar.

—Le espero en la ubicación que envié, creo que mi propuesta puede interesarle mein herr... adiós — escuchó antes de colgar.

Lucio miró al cielo por el balcón. La vista no llegaba al río como pretendía pero una brisa fresca se levantaba a esa hora y la esperaba con ansias. 

—No la necesitas...pero la querés. Sos cagón con la tuya y valiente con la ajena. —Se reprendió como siempre. Pero esto no tenía aspecto de la "definitiva"...esa que uno tenía que descubrir. LA oportunidad nunca es fácil de encontrar y jamás llamaba por teléfono. Pero la curiosidad...ay...eso si atizaba el fuego.

Porque lo atormentaba que esto estuviera ligado a Vittorio, ese italiano del bar que tanta presencia irradiaba. Quizás no sea la grande, la oportunidad de su vida pero eso era secundario porque no era el partido lo importante sino la liga. Con esa idea se fue a dormir, y con esa idea despertó.

Desayuno ligero después de una ducha, GPS y salió al camino. No había nada más importante ese fin de semana. Hubiera querido pedirle algún auto a Camilo, su amigo de la concesionaria que siempre lo ayudaba con algún modelo prestado para aparentar. Pero no había tiempo ni espacio en su cabeza, tenía que saber si estaba entrando en las grandes ligas o había comprado eso tan trillado que también solía vender él. Promesas. Terminó yendo en un modesto auto alquilado.

Cuando los poblados empezaron a escasear y a ver solo campo sembrado en todas direcciones, una parte de él, pequeña e insidiosa pedía frenar, pensar, no entregarse al mapa y al destino incierto. No había oro al final del arcoiris según sus datos. Por qué compraban ilusiones sus clientes? por qué lo hacía el mismo ahora? por esa fantasía, esa mínima posibilidad de que esta vez si fuera cierto.

ARMAFRE

No era un cartel sino más bien una inscripción hecha de letras metálicas soldadas a una arcada de metal sobre el amplio portón, solo eso como toda seña. Era la tranquera aquella de la foto. Había llegado.

Pese a lo rústico de la entrada no esperó demasiado. El portón estaba automatizado y se abrió hacia adentro con un chirrido de metales llorando por el esfuerzo. Vió la huella perderse en una arboleda que giraba hacia la derecha y ya no se apreciaba mucho más, lo que sí notó fue que había cámaras disimuladas en los arbustos, varias, y no parecían ser precarias. 

Era un pequeño búnker, algo bastante más secreto. Tenía el aspecto de un campo común, vió soja plantada, más allá de los árboles que le marcaban el camino, y unos aparatos atados a cierta altura en los troncos de los eucaliptus que lo intrigaron, intentó googlear con una foto pero la señal de pronto se había desvanecido por completo. Frenó y retrocedió hasta recuperar señal. Tuvo que alejarse de la primera de esas cajas negras. Volvió a frenar. Quién pondría bloqueadores de señal en el aire libre? sería para evitar la vigilancia de drones? porque nada más le parecía lógico pero dudaba de que eso fuera efectivo. Aceleró sin tanta ceremonia. Si pensara en dar la vuelta y volver no habría manejado tantas horas. La brisa fresca del campo era revitalizadora. Quizás en un futuro podría comprar un poco de tierra donde escapar de vez en cuando, porque esto le parecía eso, una escapada de fin de semana y poco más. Quizás con eso en mente se relajó un poco con la situación. Cuando quiso darse cuenta la arboleda cedió el paso a una especie de patio amplio con una fuente en el centro, angelitos meaban obscenamente con sonrisas de cemento, piedritas grises alfombraban la calle. Eso debería ser el casco de una estancia reciclada. Modernizada. Gris en la fachada tratada con esos revoques color piedra tan propios de un country.

Todo parecía frío e impersonal. Distante. Más parecido a una empresa que a una casa de campo. Tan gris como un internado, una cárcel. Apagado como un edificio del estado. Una puerta doble vidriada era toda la bienvenida que tuvo. 

Decidió estacionar ahí mismo y probar suerte en lo que parecía la puerta principal. Le parecía raro que faltara personal. Era un cáscara de empresa, algo vacío. Al estilo nórdico, o british al menos. A veces recordaba que esa impronta siempre desentonaba en el país, y no denotaba su pretendido aire profesional sino pura artificialidad. Empujó la puerta de vidrio para ingresar a un amplio vestíbulo. Nada de decoración. Gris afuera, más gris adentro, luces direccionales iluminando atriles con esculturas. No muy grandes, siquiera de arte clásico. Parecían más fruto de una exposición arqueológica. Distinguió una Venus de Willendorf, más allá una especie de representación de una deidad antigua que le recordaba alguna película de terror. Los atriles no eran muchos y no tenían ningún tipo de información visible. Al fondo un pequeño escritorio gris para hacer juego y un empleado de seguridad que miraba una pantalla sin molestarse en hablarle.
















 




   

lunes, 13 de enero de 2025

El oráculo

 

Sintió que golpeaban las manos una siesta. Era verano cuando se asomó a mirar y pegó el grito aprendido a fuerza de repeticiones.

—¡No compro nada!

Se desentendió del asunto por un rato pero algunas cosas no se resuelven con simple falta de voluntad. Otra vez escuchó que llamaban y ofendido por la insistencia salió a hacer valer su postura.

—¡Le dije que no compro nada!

—Acérquese joven...acérquese —lo invitaba un viejo, de esos que orillan la indigencia. Tenía una bolsa de plástico blanca pero era difícil que hubiera algo allí que pudiera interesarle. Con fastidio mal disimulado se metió para salir nuevamente con un paquete de fideos en la mano. Quería acelerar el trámite del mendigo lo más posible.

—Tome, lleve nomás...

—¿Joven? ¿El fideo solo? ¿no tiene nada para acompañarlo?

Le pareció un descaro. Un atrevimiento. Se quedó mirando la sonrisa desdentada del linyera. Que luego de un interminable impass se dió media vuelta.

—Cuídese de los cortes de luz, con el calor que hace, porque parece que va a ser largo. —Dijo mientras guardaba el paquete en la bolsa y se alejaba con una sonrisa extraña. El vecino se metió adentro consciente de que tenía el aire acondicionado prendido de temprano y que se estaba confortable adentro, lejos del calor y las advertencias. Lo turbó la facilidad con la que lo arrancó de su confort.

Media hora después de la visita el transformador de la esquina explotaba violentamente y dos manzanas del barrio Magallanes quedaba a merced de la sensación térmica.

La empresa de electricidad recibió decenas de llamados pero se escudaron diciendo que era imposible preveer cuándo podían fallar esos transformadores. Él también llamó desde su celular quejándose argumentando que seguramente no era el único que había fallado pero la cuadrilla que llegó a las dos horas le dijo que era el primero de esa zona que estallaba en varios meses. Le quedó la molestia, casi como acusatoria de que el viejo le había echado la sal simplemente. Le echó eso y 16 horas sin luz que tuvo que soportar. Después se olvidó.

Quince días después una sonrisa sin dientes lo espiaba desde la puerta de reja del frente de su casa. El proceso se repetía. Sonreía y le señalaba de forma insistente una bolsa de plástico blanca. Pensó en despacharlo con un gesto negativo pero recordó el asunto del transformador y salió. Llevó una lata de atún nada más. 

—¿Eso nomá? 

—La próxima en vez de un corte de luz avisame que va a salir en la quiniela.

Volvió a aparecer esa sonrisa sin dientes junto a una mirada extraña. 

—¿Por una lata? ...por eso solo le voy a decir que sale par.

—Tampoco es mucho dato...mínimo dos cifras necesito.

—Doble par...por un fideo le decía el último al menos. —Dijo y se sonrió de nuevo. Se dio cuenta que le quedaba solo uno de los incisivos, y que lo hacia bailar con la lengua mientras le sonreía. El diente iba para adelante y para atrás, para adelante y para atrás. Al viejo parece que eso, como todo lo demás, le divertía. 

Se miraron y por un momento el vecino dudó. La mirada del viejo tenía mucho de picardía. Mercadería había y eso parecía una apuesta. A él le encantaban. Entre vengativo y dudoso entró a buscar algo más para dar y salió con un paquete de azúcar pero en la vereda ya no había nadie. Le molestó que el viejo no esperara, como si tuviera el control de la situación, justo alguien que llegaba a mendigar a su puerta.

Se metió ofuscado, pensando que el último número no servía de nada, se necesitaba algo más. Esa noche saltaría la ficha, saber un solo número demostraría ser inútil y pondría en evidencia a un viejo hablador y nada más, pero para sorpresa y decepción salió en la lotería nacional el doble cero. Algo completamente inusual. Saber la última cifra si le hubiera servido para la ocasión. Solo tenía diez opciones a las que apostar. Frustrado apagó el televisor y rebufó. Era la segunda vez que de alguna manera ese viejo le ganaba. Aunque tuvo que googlear para saber si el cero era par. Y lo era.

Con los días la cosa empezó lentamente a ganar en ansiedad. Cuando las cosas pasaban una vez pertenecían al reino de la  casualidad pero cuando eran dos ya no era tan simple. Allí empezaba a ganar cuerpo la duda, por fantástica que fuera. Tres era, sin embargo, un límite, una frontera, cercana al imposible. Pero había que saber elegir la apuesta. Esa misma tarde compró algunas latas, fideos, un jugo en sobre. Una bolsita con lo justo, porque no quería parecer desesperado, cinco artículos tenían que bastar se dijo mientras dejaba junto a la puerta su miserable ofrenda. Se convenció que era la diferencia necesaria. Por días pensó lo que le iba a preguntar. Claro que quizás no volviera pero le hubiera parecido raro. Era el que iba ganando, y nadie se levanta de la mesa en racha.

Se tomó su tiempo el viejito. Él ya había guardado lo de la bolsita hace rato y abandonado esa estrategia. Se dedicó a mantener surtida su alacena simplemente. Había pensado mil preguntas y analizado cómo podría contestar el viejo. Cómo intentaría rebatirle, o escaparía transitando la ambigüedad ese viejo ladino.

El día que volvió del médico lo que menos esperaba era encontrarlo en la puerta. Venía ensimismado, ausente. Esa tos recurrente que había pasado del clínico al neumonólogo, y la consulta que quedaba pendiente con ese al que nadie quería ir si no era obligatorio. 

La aplicación de su prepaga en el celular preguntaba insistente pero el no daba el ok para proseguir...

"desea usted un turno con oncología?"

El viejo lo miró abrir el portón para entrar el auto. No sonreía. Esperó respetuoso. A él le hubiera encantado ver esa sonrisa para increparlo o decirle algo, descargarse con él toda su frustración y su miedo, pero como siempre pasaba, no le quiso dar el gusto al parecer.

Las palabras de su médico clínico de toda la vida le sonaban robóticas, metálicas, sin alma...

—Todavia no podemos saber que es esa mancha en el pulmón.

Había dejado el cigarrillo después del divorcio. Intentó algo de vida sana pero hasta ahí llegó su esfuerzo. Algo de ejercicio a la mañana, esporádico, tímido. Pero ni cien lagartijas diarias acomodan quince años de vicios.

Salió con lo que encontró a mano. Hasta ahí llegó su desafío. Lo habían sacado del partido y no tenía cabeza para juegos mentales con un linyera. Las prioridades cambian le habían dicho una vez cuando lo despidieron de la empresa. "Tenían tanta razón" pensó por un momento. 

—Tomá querido. Llevá nomás. 

—Tan preocupado? Siempre hay solución.

Ahora el que sonreía, pero resignado, era él. Le dió algo. Ni miró. Sintió la bolsa pesada y dejó de meter cosas simplemente. No estaba allí en cuerpo presente. Todavía seguía en ese maldito consultorio examinando la expresión de Luís, su médico de toda la vida, poniendo una cara que nunca le había visto. Levantando la placa para mirarla contra la claridad de la ventana del consultorio, volviendo a leer el informe, volviendo a mirar la placa. Tecleando y frunciendo el entrecejo mientras evitaba mirarlo. Siempre se preguntó si los médicos tenían alguna materia en medicina que les enseñe a no aterrar a los pacientes, para aprender a comunicar cosas con algo de empatía. 

—Todos se equivocan, no hay uno que no haya errado en la vida. —dijo una voz que lo sacó de sus pensamientos.

—Que sabrás vos? quién sos eh!?

El viejo sacó a relucir su vieja sonrisa y no contestó. Levantó la bolsa que le había dado. Llena, pesada, desbordante y asintió con la cabeza. 

—Ve la diferencia entre limosna y ayuda? —el diente bailaba dirigido por la lengua,  adelante y atrás, adelante y atrás. adelante y atrás. —No es nada jefe. Lo de hoy no es nada, pero ojo, lo que siempre mata es la duda, lo que mata es la duda—dijo levantando un dedo en advertencia, luego se sonrió y se fue caminando. 

El lo vió alejarse risueño con su bolsa llena de mercadería en una mano y en la otra mano esa eterna bolsa blanca de plástico con algo envuelto. Nunca la había preguntado que llevaba. Tal vez no hubiera próxima así que se quiso sacar la duda. 

—Al final que era lo que me querías vender? que tenías ahí?

—Acá?...un diario viejo. Lo quiere?

—No había nada más inútil para vender no? dijo él con pesadez. —Dejalo, buen provecho. —Dijo y se metió para adentro. El viejo lo observó y se volvió. Sacó un ejemplar amarillento de la bolsa de plástico blanca y lo tiró por encima de la reja. Se fue silbando por lo bajo consciente de que sería ignorado. Así eran las cosas. No pretendía cambiarlas pero el mensaje estaba dado, igualmente la gente ignora todos los avisos. No ven la cosa venir a menos que les pegue en la cara. 

Tres días después una llamada por la tarde lo sacaba de su estupor. 

—Quedate tranquilo, estaba mal el informe de la ecografía. Se prestaba a confusión. Es secuela de alguna neumonía, una cicatriz en el pulmón pero vieja. No se por qué no la vi antes, me debes un vino por la noticia...

Se contuvo, quería contestarle, pero no sería gentil. Seguía con la teoría de que no tenían demasiado tacto para dar información. Le había hecho pasar una semana de mierda. Y no era consciente de eso.

Luego de un rato salió al parque. Quería regar las plantas quizás por primera vez en años. El aire se sentía más fresco, más fuerte. O quizás era él contando el cuento finalmente después de replantearse un par de cosas. Un diario amarillento reposaba en el pasto mal cortado. Debería sacar la máquina y emparejarlo pensó. Luego empezó a juntar las cosas que estaban tiradas por ahí mientras juntaba valor para pasar la tarde acomodando el parque. El frente de su casa había perdido bastante encanto en esos meses, le había pegado mal la separación aunque no lo hubiera querido reconocer. Se había abandonado él, la casa, todo.

Cuando terminó de cortar y juntar el pasto se sentó un rato a disfrutar del fresco de la tarde. Todavía no había llenado la bolsa de consorcio dónde fue a parar el pasto, los papeles y plásticos y para coronar ese diario amarillento. Ni siquiera estaba completo, eran dos hojas, arriba decía "interés general" como si se pudiera saber que le interesa a todos en general. En un recuadro a la derecha de la nota principal que hablaba algo de la seguridad en el tránsito y se codeaba con una fiesta floral y no se qué, un titular rezaba..."Falsos positivos y diagnósticos erróneos, que le pasa a la medicina moderna?" Solo atinó a sonreir... "qué viejito ladino"... podría haberlo analizado un poco más, había material pero ese día no estaba de humor para esas cosas, quizás estaba de humor para otras, de lo que estaba seguro era de que el viejito había ganado, la competencia había finalizado. Tenía desafíos mejores.

Se bañó y se propuso hacer las cosas que tenía postergadas. Se produjo un poco. Un par de cremas, afeitada y perfume, revolver la cómoda buscando la ropa de salir. Tenía un par de contactos femeninos por conocer, bendita era de las apps de citas. Una quedaba más lejos pero le atraía más, la otra estaba cerca pero no le gustaba tanto. No descartó a ninguna, lo decidiría en el camino a medida que le contestaran. Se subió al auto con la certeza de que la vida arrancaba de nuevo. Agarró la autopista y puso uno de los destinos, el más lejano, mientras decidía escuchando la música fuerte. Mejor que sobre y no que falte se dijo mientras se mentalizaba en pasar una buena velada. Tratar de parecer simpático, dinámico, sociable, lo que sea necesario para hacer valer la noche. Empezaron a llegar los mensajes, ambas parecían interesadas. Sería su look maduro o esas fotos en la lancha de su compañero, cuando lo invitó a navegar un día al Tigre. La pasó mal, se mareó, casi vomitó y tuvieron que volverse pero las fotos quedaron bien. Les contestó a las dos buscando ver si podía encadenar las dos citas en una misma noche. Un plan ambicioso pero posible. La que quedaba más lejos aceptó verlo tarde, directamente en un boliche pero la otra tardaba en responder. Era la que quedaba cerca y podía abandonar sin tanta culpa ya que no le gustaba demasiado. 

—Vamos flaca, decidite...—pensó mientras ojeaba el mapa del celular. Tenía que bajar en el km 22 para ir a verla, la otra directamente quedaba en capital. La música tronaba en su nave mientras canturreaba, estaba por el puente del 16, tenía poco margen.

—..."Dale nena, dame Nesquick

Quiero tu Nesquick

Digo, dale baby, dame Nesquick

Yo necesito Nesquick"...

Su mundo quería acelerar, pero la respuesta al acelerador no llegaba a su celular. Quería acción, quería arte, poesía y sudor, quería estilo. Quería que Luca gritara, quería que el ojo blindado le guiñara el idem. Sonó el timbre de de la notificación. Afuera el cartel del km 18 pasaba de largo. Iba demasiado rápido pero el mundo no lo iba a esperar, bajó del carril rápido y se quedó en el medio. A la derecha por el carril lento venían los camiones que se arrastraban hacia el puerto. Km 20 también pasó rápido y empezó a lidiar con el teléfono mientras buscaba un hueco entre los camiones. Quería leer pero se encontró con un audio..."1 minuto 40 segundos"..."dale nena, me estás matando" Vió que un camión aceleraba y empezaba a abrirse paso, se chupó detrás para tomar la bajada de la 22 "pensemos en el si" se dijo mientras maniobraba y reproducía el audio. El camión adelante brilló con todas las luces del remolque, rojas, muy rojas, frenaba y ponía el giro, parece que ahora decidía bajar también en esa salida. La escuchaba hablar pero a la vez el tránsito no lo dejaba prestar mucha atención, pero un fragmento captó su atención.

—..."y terminé en la guardia con el nene, no sé para cuánto tengo acá, está con fiebre"...

—Me estás matando flaca...me estás matando!...

Las ironías tienen eso, esa capacidad de contraste, entre lo que se dice y lo que se quiere decir. La diferencia entre salir de detrás del camión y querer volver a la autopista en un impulso enérgico e instintivo o seguir la bajada y enfrentar el tránsito de la rotonda para volver a subir, y en el medio, esa cosa llamada guardarrail dividiendo sus ganas de vivir de su impulso suicida. Justo allí en el medio de sus ganas de vivirlo todo junto impactó con la realidad hecha de metal y bloques de concreto. La camioneta de la autopista llegó pronto para cerrar la bajada por el siniestro. El chofer bajó y puso pacientemente los conos para cerrar la bajada de la 22 mientras se guardaba un carril para que la ambulancia tuviera espacio, ya había espiado y no había nada para hacer dentro de lo que quedaba del auto. Un linyera que juntaba plásticos en la banquina se había acercado a curiosear. 

—No podes estar acá, es área de siniestro...

El linyera se encogió de hombros. Miró dentro del auto y negó con la cabeza. Hizo una mueca rara y volvió a tomar el palo con el clavo en la punta para seguir pinchando envases. El chofer quiso agregar algo de solemnidad al momento 

—Nunca se sabe cuándo va a tocar

El linyera ya se estaba yendo pero se tomó el tiempo para alzar un dedo de forma pedagógica.

—Por ahí no, por ahí sí. Por ahí no estamos prestando atención —dijo y sonrió con una sonrisa casi sin dientes, donde uno solo quedaba bailando en la encía, se movía como a punto de caerse, mientras el viejo se reía y caminaba por la banquina pinchando una que otra botella.



















 






domingo, 8 de diciembre de 2024

La virgencita del barrio

 

─Hola Inés, soy Marta, tengo que pedirte un favor.

Era cualquier tarde de agosto, con un calor que no parecía obedecer al almanaque. Eso ponía de mal humor a Marta. Ella no soportaba las altas temperaturas.

Inés todavía estaba rotulando medicación cuando la vió llegar. La modesta salita sanitaria del barrio era un lugar un poco impropio para el Toyota que la asistente social manejaba. No lo llevaba demasiado porque le parecía excesivo para su trabajo pero cuando algo le urgía olvidaba hasta sus pudores...o prejuicios. Se bajó apurada con una carpeta color marrón, de esas que tiene un elástico negro que les sujeta el contenido.

Inés se acodó en el marco de la puerta. Tenia los brazos cruzados enfundada en su eterno saquito de lana verde. A las 5 de la tarde ya el trabajo del día estaba hecho pero los viernes acomodaba el depósito mientras espiaba de a ratos el barrio desde la puerta de la salita, eternamente abierta. Era uno de los últimos refugios que los vecinos compartían. Inés era más que la enfermera de "la salita" Era patrimonio social a esa altura.

─Licenciada, no la esperaba un viernes. La hacía camino al country club a esta hora.

─No empieces ─se limitó a contestar la recién llegada.

─Pasá, ya puse la pava, te toca cebar.

Inés siguió acomodando la medicación según fecha de vencimiento y acomodando las dosis prellenadas en la pequeña heladera. Tenía que aplicarlas el lunes. Habían entrado las vacunas para la gripe. Un poco tarde pero había que aplicar todo el lote. El calor mentiroso tenía fecha de vencimiento a mitad de la semana y todavía quedaban fríos por delante. Los abuelos, las embarazadas y los chicos en edad de jardín eran su blanco y los vería desfilar en breve.

─Tengo un caso y me está superando. ─arrancó Marta mientras le pasaba el primer mate.

─Pasame las planillas que están atrás tuyo...de qué nivel de superación estamos hablando?

─Del mucho. Vos sabés que no te voy a molestar por pavadas.

Inés se sonrió. A veces con Marta era simple saturación. Era de esas mujeres que no saben soltar a tiempo y su trabajo la exponía a situaciones complejas. 

─A quién vas a salvar esta vez?

Rocio, 14 años. Embarazo de 24 semanas. Viene con todo el combo ─dijo apoyando una prolija uña esculpida color rosa chicle sobre la carpeta marrón que había traído.

Inés suspiró y arqueó las cejas, eso podía significar muchas cosas en el rubro. Y sin embargo sabía que la debilidad de su amiga de la infancia era todo lo que roce con la adolescencia y una temprana pérdida personal.

De las chicas del barrio era la que había "progresado" por así decirlo ya que se puso de novia rápido y dejó la carrera cuando la cosa se volvió seria con el pibe de padres bien. Pronto llegó el casamiento, la mudanza al country y el cambio de status, pero los años de matrimonio no significan felicidad y 15 intentos de lograrlo le parecieron suficientes. Había tratado de hacer la cosa funcionar y hasta por momentos lo hizo meramente para que Mara, su única hija, tuviera un marco de contención adecuado. Volvió a la carrera después de unos años y se había recibido mientras la criaba, quizás por un capricho de creerse independiente, como solía afirmar su ex marido, pero así fue. El diploma de Asistente Social adornó por años el amplio comedor de su casa en el country. Tenía toda la teoría social y psicológica fresca, todas los recursos para tratar el entorno del sujeto, tenía tantas herramientas y a la vez ninguna, para anticipar o procesar el hecho de que su hija tuviera depresión profunda y se suicidara antes de su cumpleaños número 15.

Desde allí todo fue en bajada. Un resbaloso descenso a los infiernos personales. No quedó nada que pueda señalarse como un después. El dolor fue un agujero negro que se tragó su futuro y la dejó anclada en el presente. En "ESE" presente. El matrimonio se fue mucho más rápido todavía. Solo quedó eso que colgaba en una pared de su amplio comedor como testimonio de que hubo un momento previo. Era ese pequeño marco negro y una enorme casa rodeándolo. Y una foto dónde tenía a su hija de la mano mientras alzaba el cartón enrollado que decía graduada. Esa era Marta hoy, un cartón enmarcado y una foto, denunciándola, al menos en su cabeza. Una brasa en el alma que quemaba sin consumir y dolía sin descansar. Y desde allí, la eterna lucha con la culpa y la dudosa misión de ir por ahí rescatando a todas, por una.

─Ya sé lo que me vas a decir...─arrancó con aires de disculpa. 

─Ah? resulta que es adivina la señora ─contestó la enfermera con una risita mientras le devolvía el mate. ─Contame todo, y no le pongas tanta azúcar. 

─Hogar disfuncional. 

─... Como siempre. 

— Socioeconómicamente bajo

—... qué novedad.

— Me vas a dejar hablar?

Inés se sonrió y siguió etiquetando ibuprofeno jarabe al 4%

─El papá del bebé no estaría ubicable. 

Inés se mordió la lengua para no acotar. Pero su cabeza pudo más.

─Al menos no es del tío o algo así.

─No es tan fácil...creo que hay historial de abuso.

Inés revoleó los ojos y su boca hizo un gesto involuntario pero Marta la ignoró. 

─Tiene déficit alimentario y un embarazo de 24 semanas, en cualquier momento de alto riesgo, esa nena no tiene buena salud.

─Ya veo. Pero 24 semanas es mucho. No se puede intervenir demasiado. ─se atajó la enfermera.

─No...no es eso. Quiero que alguien le hable, alguien que no sea yo. Vos sabés que a veces me cuesta.

Inés se tomó un momento para mirarla a los ojos. Marta le esquivó la mirada y se puso a cambiarle la yerba al mate.

─La seguís soñando a Mara?

Marta suspiró.

─Todas las semanas, pero ya no me angustia, ya no es como antes. A veces es todo lo que quiero ver cuando me acuesto. 

Habían sido duros los primeros tiempos de la pérdida. Inés trabajaba en una clínica de noche y varias veces le había tocado hacer de sostén de su amiga durante los días. Sobre todo cuando juraba que veía a la hija en la casa caminando. 

─Los procesos son personales, pero eso no es sano para vos. Lo sabés...

─Es todo lo que me queda Inesita, dejame esto al menos.

─Qué querés hacer con la piba?

─Hablarle, desde todos los ángulos posibles. 

─Tenés miedo que haga algo raro para sacárselo? que se muera en un sucucho clandestino?

─No es eso Inés, para ella era recomendable interrumpirlo, pero salió al revés la cosa...lo quiere tener.

─Bueno, ya sabés como es Marta, a veces quieren enganchar a un muchachito y...

─Es virgen Inés...

La enfermera dejó el jarabe que tenía en la mano en el estante y suspiró de nuevo. Tenía que lidiar día a día con realidades variadas. No había espacio para la fantasía traumática de una adolescente.

─Una cosa es explicarle a una pibita como es la vida, pero con vos se me hace complicado...

─Prefiero que le hables vos Inés. Ya sé cómo suena. A menos que sea un abuso intrafamiliar que no pueda asimilar porque jamás tuvo un novio ni se acercó mucho a un muchacho.

─Estamos de acuerdo en que no fue el espíritu santo no?

Quizás fue la expresión de Marta lo que la preocupó. O lo inverosímil de la charla. Ya que esperaba ese mínimo consenso con su vieja amiga pero no lo obtuvo. Solo una promesa de que en un par de horas la niña la visitaría ahí mismo. Así que Inés puso la pava de nuevo y le cambió la yerba al mate. Parece que todavía no había terminado su guardia.

La chica se bajó del Toyota de Marta sola, tenía una mochila amarilla que llevaba en el regazo. Se abrazaba a ella como si fuera una criatura. Golpeó tímidamente sin animarse a entrar.

─Pasá, te estaba esperando...

─Hola...me trajo la señora Marta, me llamo Rocío ─dijo y se sentó en la sala de espera. Inés la saludó con un beso y cerró la puerta, sabiendo que se abría otra. Ahora oficialmente había terminado la atención al barrio y solo restaba ese pequeño asunto.

─A ver...contame, cómo está eso de tu embarazo?

─Y... más o menos señora.

─Inés...me llamo Inés. Cuántos años tenés Rocío? Te hiciste los controles? de cuántas semanas estás?

─16...si, me hice, pero cuando me empezaron a hablar de que era muy chica y que no lo tenga dejé...24 semanas.

─Esa charla siempre te la tienen que dar cuando es embarazo adolescente. Casi nunca te hablan bien antes de esas cosas y tenés que saber las opciones.

─Pero yo lo quiero tener, es mi regalo.—Dijo estrujando la pequeña mochila amarilla.

Inés percibió un reborde, una resistencia sutil y cambió el enfoque. No quería perder la batalla antes de tiempo.

─Necesitamos saber algunas cosas del embarazo para cuidar a tu bebé, son sólo algunas preguntitas, sabemos si el papá tuvo alguna enfermedad? hepatitis? enfermedades venereas? Hay que saber si tuvo algo que le pueda afectar al bebé 

─No tiene papá, es mío nada más.

─Te entiendo, yo más que nada porque..

─Nunca estuve con un hombre. Por eso le digo.

Inés hizo una pausa y la miró fijo por un instante, quería saber si era simple negación.

─Vos sabés como se produce la concepción Rocio?

Las dos se miraron. La enfermera se reprochó a sí misma no haber sido más sutil pero la pregunta ya estaba hecha. Flotando y acusando.

 ─No soy una ignorante señora. Él es un regalo. Yo nunca podría tener me entiende? me salió algo de chica, un bulto y me tuvieron que vaciar. ─Soltó con indignación.

Inés suspiró como venía haciendo desde temprano. No quedaba más remedio que jugar el juego que le proponían. "ay Marta vos y tus ideas" es todo lo que pensaba. Ese "ÉL" era lo que más la turbaba. En su cabecita ya ese él era real, tenía sexo el bebé, o lo imaginaba así.

─Siempre es el último recurso una histerectomía, sobre todo en personas jóvenes. Quizás no te explicaron bien. Mi idea no es juzgarte sino apoyarte en esto. Marta también está para ayudarte.

─La señora Marta es buena. Yo se que se preocupa, pero yo estoy bien. Lo quiero tener...pero nadie me cree cuando les digo que soy virgen señora. Él es un milagro.

Inés la seguía mirando. La teoría del abuso empezaba a perfilarse en su cabeza. En ese escenario técnicamente ella podía defender perfectamente su virginidad porque no la había entregado, se la habían arrebatado y era una pulseada distinta.

─Bueno, pongámonos de acuerdo en algo. Yo te puedo revisar y confirmar lo que me decís. Igual la idea era controlarte, tomarte los valores y ver cómo está todo. Te parece?

La adolescente se paró y se acostó en la camilla casi sin indicación. Decidida. Eso le agradó a Inés. Después de todo, estaba mostrando demasiada madurez para la edad que tenía, en esa situación. Le tomó la presión mientras le hablaba y la acomodó para revisarla. Había asistido en quirófanos y participado en partos. Podía hacer de matrona si lo quisiera pero nunca le atrajo el mundo de la obstetricia. Se encontró con más de lo que pensaba. Para empezar, con un himen rosado e intacto. Sin embargo, la vagina despedía un olor ácido, tenue pero presente, un temprano indicador de algo que iba mal. Algo que ya había experimentado. Había cierta clase de diagnósticos que no eran alentadores y podrían explicar un poco de todo lo que la nena transitaba. Sin embargo esa panza incipiente parecía a todas luces un embarazo que podía llamarse saludable. La enfermera repasó los escenarios que pudieran poner a una joven en una situación que se preste a confusión. La alteración hormonal se podía dar con algunos diagnósticos ligados a malformaciones o neoplasias. Hasta dar falsos positivos en el test de embarazo por la alteración hormonal, y para cerrar el diagnóstico, causaba distensión abdominal. Pero la nena hablaba de embarazo. Estaba muy segura. Tenía que tener algun estudio que lo confirme. Algo a lo que aferrarse.

─Cómo te enteraste? tuviste un atraso y te hiciste un test? una ecografía?

─Me lo dijo una tía, una de Corrientes, y tengo una eco de cuando era más chica, ahí va a entender.

Metió la mano en la pequeña mochila y rebuscó. Inés la miró casi con ternura. Quién podía negarle la ilusión? ella no estaba para eso. Imposible saber más allá de lo que Marta le contaba. Quién sabe por lo que había pasado esa criatura antes de llegar a estar sentada en esa camilla. Trayectos...cada paciente tiene el suyo, y esa era la gracia de su oficio. Facilitarlo en cuánto fuera posible, sin interponerse. Inés siempre había sostenido que se dedicaba a otra cosa, o eso pretendía. No estaba para juzgar a nadie, bastante hacían con lo que les ofrecían sus realidades. Para qué castigar a quién ya se estaba flagelando desde siempre.

La adolescente le extendió un informe médico que no era más que un breve texto impreso que decía poco y nada, hasta que leyó algo perdido en la jerga médica, una linea, una oración, un problema "ausencia quirúrgica de cuerpo uterino"

El resto fue cautela, había que hacer un laboratorio y una ecografía nueva, pero no alarmar, mantener la línea del normal tratamiento. 

─Tambien tengo un test positivo ─dijo y sacó una tira blanca de un bolsillo de la mochila. La mochila era tan infantil, de un amarillo furioso y con dibujos de Bob Esponja, Inés hubiera tragado saliva si hubiera estado sola. Nada estaba de acuerdo con la situación. Era apenas una criatura abrazando la idea imposible de procrear como si fuera un premio.

─Ve? es un milagro señora, eso es, un regalo. ─dijo abrazando su pequeña pancita redonda, toda la ilusión del mundo encendida en su mirada clara. Ojos grandotes, sueños que se resistían a quebrar. 

─Cómo estás en tu casa? cómo se compone tu familia?

─Vivo con mi papá, pero seguro me tenga que ir, está enojado conmigo, me dice puta ─dijo mientras se le enturbiaba la mirada. ─Él no quiere saber nada del milagro...pero no lo culpo. Él es bueno pero a veces toma.

─Bueno, no es la mejor reacción pero es medio entendible. Hay que asimilar la situación. 

─Mi tía me ayuda, se vino de Corrientes para darme el mensaje y ya se quedó, no en mi casa porque mi papá no la quiere pero está cerca.

─Te voy a dar unas recetas, las vas a llevar a la guardia del hospital de la ruta, ahí está el doctor Ruiz, él las va a sellar para que puedas hacerte los estudios si? si podes te vas temprano en ayunas y ya te quedas hasta que te hagan todo.

─Me van a decir que me lo saque?

─Tenemos que saber cómo está tu embarazo ─mintió sin inmutarse Inés mientras le guardaba las órdenes en la mochilita.  ─Volvé con los resultados y vemos como seguir, te parece?

Esa noche discutiría con Marta, por lo precario de la situación y por no haber podido hacer que la piba se hiciera controles antes.

Marta se defendió como pudo pero la realidad era que la adolescente había sido muy hermética, solo accediendo a sus consejos cuando ya la situación era insostenible. El supuesto embarazo ya mostraba evidencias en su cuerpo y su padrastro había reaccionado con hostilidad a la noticia. Y en el medio Marta haciendo malabares con pinos ajenos. Con público ajeno. Con angustia propia. 

Los siguientes días se propuso averiguar algo de la tía. La persona que sostenía en parte la idea alocada de la inmaculada concepción, aunque hubiera explicación médica para todo. Le mandó mensaje a Marta tratando de que la reunión suceda. 

─Mirá que es todo un personaje ─fue el aviso que le dió su amiga. 

La siguiente tarde sucedió el encuentro. Se encontró con una señora de vestido de algodón rojo y estampado de flores parada en la puerta de la salita pero sin entrar. Rápido se dió cuenta Inés de que no era por timidez sino que examinaba el lugar con atención. Desde la distancia y sin apuro. 

─Hola... usted es la tía de Rocio no?

─Celedonia Nuñez...un gusto ─dijo haciendo un ademán con la cabeza mientras dejaba la mano de la enfermera en el aire sin siquiera mirarla, lo que miraba con atención era la salita. Tenía un acento bastante marcado del litoral.

La señora era extremadamente flaca, tanto que la piel cetrina y curtida parecía un cuero correoso pegado a los huesos. No era muy alta, casi encorvada, consumida. Solo destacaba un bulto oscuro en pleno escote, ahí donde los huesos de las costillas se unen solo que no había un generoso busto sino apenas una forma turgente y magra que recordaba que allí debían estar los pechos. Y en el medio un bulto que no debería surgir. Negruzco y ajeno, antinatural.

─Pase, siéntese que tomamos unos mates si quiere. 

La figura enjuta se acomodó con ojos duros y gesto severo. Se sentó recta como una estaca en la silla de la sala de espera. Miraba con atención el entorno y cada tanto aterrizaba la mirada en la enfermera del barrio. No era una mirada blanda y amable sino una blindada y fría, distante. 

En cuanto le ofreció un mate recibió la negativa con la mano y una mirada que seguía observando la salita con atención.

─Solo mate de vino doña. Cosas mías. ─fue toda la explicación.

─Si arranco tan temprano con eso no emboco ni un pinchazo así que me conformo con el mate común. Usted sabrá que Rocio vino el otro día a que la revise no?

─Y para qué? El bebé está bien...

─El asunto es la mamá, ver cómo se va desarrollando el asunto.

La tía hizo una mueca que no supo descifrar del todo pero que se parecía bastante al desprecio.

─No es de metida señora, un embarazo necesita controles, atención y...

─Seis tuve ─dijo en seco y sin emoción ─2 muertos y el resto vivos. No había médico en el campo, solo una vieja, la Jacinta, que venía del monte a lo último pa dar una mano, si venía de las patas te lo daba vuelta o te lo desenredaba si venía atado. Nunca me hice más nada que eso. Ni falta hizo.

─La entiendo, pero habiendo más cosas ahora para evitar complicaciones.

La mujer se rió irónica.

─Si la cosa viene torcida no hay médico que la enderece señora, pero a este que viene lo cuidan del otro lado, el santito. ─dijo y se acarició el bulto negruzco que asomaba del escote.

─Cada uno con sus creencias señora, eso está bien, pero no creo que le haga mal a nadie un par de estudios. ─arremetió la enfermera.

Otra sonrisa cargada de desprecio asomó en la tía 

─Ustedes los porteños nunca saben nada. No hay que hacer nada, solo cumplirle...al santito se le cumple, eso nomá.

─Ella me contó que tuvo algunas complicaciones de chica. Cuando la revisé noté que puede haber algo más, algo que hay que tratar.

─Ella no puede tener, eso es verdad, por eso me vine para acá. Porque la eligieron, eso lo supe por unos sueños. Supe hace rato que él la vió.

—Quién la vió? perdone que pregunte 

—El santito —dijo con fastidio mirando. —usted no cree verdá?...no tiene nada acá, ni una ofrenda, ni una estampita, tampoco una virgen... no sé cómo hace —dijo tirando una mirada alrededor.

—Quizás me haría falta —dijo con un gesto de resignación. —Pero bueno, lo importante es Rocío, que esté acompañada y...

—Yo me vine de Corrientes señora...de Estación Solari. Tuve que entregar mi santo para estar acá, con ella, yo no dudé de nada de esto ni un tantito eh! y no me arrepiento.

—No la quise ofender, disculpem...

—Ustedes no entienden nada...—el español se le empezó a mezclar con el guaraní mientras se levantaba de la silla y perdía el hilo..."tavy"..."ajúra galleta"...

El auto de Marta llegó y empezó a estacionarse trabajosamente entre dos autos. Apenas se asomó la enfermera para ver la maniobra, la tía salió mascullando y enfiló para la esquina. No hubo demasiada despedida. Marta se bajó y miró su obra terminada. Es auto estaba torcido y con la dirección mirando hacia el cordón así que le costaría salir más tarde.

—Esa señora no se fue contenta, te van a bajar las estrellas de Google —dijo riéndose.

—Estamos graciosas me parece...me dijo de todo pero mitad en guaraní, así que medio ofendida. Igual no vino a hablar, vino a analizar mi establecimiento sanitario —dijo con ironía. —No sé que vino a buscar la verdad.

—Pudiste avanzar algo?

—Todo apunta para cualquier lado con Rocio. Nada bueno. Le di unas órdenes para que se haga estudios en el centro médico de la ruta, espero que me haga caso.

—Yo la acompaño si hace falta. —dijo Marta, Inés la miró con gesto desaprobatorio. 

—De todas las veces que no me escuchas esta vez hacé una excepción. Marta acompañá pero no mezcles los tantos por favor.

—Que va a hacer esa nena sola con todo eso? ponete a pensar Inés. Decime vos. 

—Hay un papá, una tía, y quién sabe cuánta gente más en el medio antes que vos.

—Y sin embargo sigue estando sola. Se aferra a ese supuesto bebé como si fuera un salvavidas, que va a pasar cuando se entere que no existe bebé, ni milagro ni nada? 

Inés la miró como se miran esas cosas por descifrar. Sabía que su amiga estaba subida al caballo y con la armadura puesta. Y desmontarla sería arduo, con suerte.

—Decime cómo la vas a separar de la tía entonces? al menos sabés a qué santito le rezan? yo no llegué a preguntarle.

—No sé si responderte Inés, vas a poner el grito en el cielo...—La enfermera revoleó los ojos con fastidio y se quedó mirándola reclamando su respuesta... —a San La Muerte.


Pasaron algunos días, la cosa parecía enfriarse después de la discusión de aquella tarde con su amiga, otra más. La enfermera no tuvo más noticias. Fingió que la cosa se estaba normalizando sabiendo que en realidad, en algún lugar, algo que no estaba bien se seguía torciendo. Cosas que se aprenden a la fuerza en su profesión. Las cosas libradas al azar de ese tipo tienden a enroscarse solas, como una víbora, a ponerse nerviosas y a largar su veneno a la primera. La cosa es que cuando la cosa mordiera iba a ser tarde para algunas cosas. Y sin embargo, había que seguir.

Otro viernes más, las 5 de la tarde, y ya había pasado lo intenso del trabajo. Pensó que ahora que si habían empezado los primeros fríos pronto tendría que bajar el tercer nebulizador del altillo y ponerlo al día. Veía dos nenes en remera jugar en la plaza de al lado, la que estaba en la esquina y lindaba con la salita. Estaban transpirando, desabrigados y esa noche auguraba algunas tempranas toses. No los conocía, como a tantos chicos que ahora pululaban por el barrio, atrás habían quedado los tiempos dónde conocía a todos y cada uno. A veces a la familia completa. Dos salitas cercanas que atendían en otros barrios habían cerrado para fortalecer el centro asistencial de la ruta, pero ella permanecía imperturbable. Ese barrio era numeroso, tumultuoso y más picante que la periferia. Ahí convenía mantener la asistencia temprana y los ánimos calmados. Había que convencerlos para que cruzaran la ruta para atenderse. Era alejado y ajeno para ellos, porque para el barrio estaba Inesita. La mano sanadora, historia clínica viviente de todos, la atención de lo posible, porque si era imposible también era aceptable. Inés era vecina, nacida y crecida, y por lo tanto, también aceptada. Por eso le asombraba dejar de conocer las caras que llegaban a la puerta de la salita. Y sin embargo, al anochecer notó que la oscuridad se acrecentaba, las luces de la calle estaban opacas, como si la tensión fuera baja. Al rato.