—Lauti dale, arriba que llegamos tarde…
La casa estaba helada, había amanecido nublado pero
no estaba anunciada lluvia ese día, eran nubes de frío. Era un junio que no
perdonaba el descuido de dejar las estufas apagadas.
—papá hace re frío,
¿me puedo quedar?
El padre se sintió tentado de apagar todas las luces
y quedarse en la cama junto con él, pero tenía entregas pendientes y solo tenía
un par de días antes de la fecha límite, tenía que trabajar, y mucho.
— ¿no querés ver a Joaquín, a Agus y jugar con
ellos?…hace un montón que no vas al jardín…─le contestó aludiendo al fín de
semana que había pasado como un suspiro.
En cuanto le acercó el vasito con sorbete en el que
le preparaba la leche ya se dio por sentado que no había posibilidad de
quedarse. Amagó un puchero final pero era inútil, pronto ya estaban en camino al
jardín de infantes cargando bufanda, campera y bolsita estampada. Mamá se
iba a trabajar temprano y papá trabajaba en casa hace un par de años cuando
había logrado que la oficina lo libere de la obligación de estar encerrado entre
cuatro paredes. Pero no todas eran mieles en ese arreglo. Había un niño que
atender y una casa que, al menos, no había que dejar caer. Así se repartían las
mañanas y los días hasta la tarde, cuando mamá retornaba de trabajar en el
centro, siempre cansada del viaje y las presiones de su propia oficina, pero
lista para relevarlo para que se encierre en el altillo. Desde su base de
operaciones realizaba los envios de trabajo aunque a veces solo constaba de lo que hubiera avanzado en el día. La cosa, aún con altibajos, funcionaba.
La puerta del jardín era ese lugar que había que frecuentar poco, y de ser posible de manera fugaz, no por nada bromeaba con su mujer sobre las novedades de la frontera mexicana cada tarde de mates. Esa mañana la comitiva de madres estaba reunida con gesto adusto. No era necesario mucho para que el conflicto estalle, para él esas reuniones se asemejaban a la tribuna de una cancha en pleno partido contra el clásico rival…
La puerta del jardín era ese lugar que había que frecuentar poco, y de ser posible de manera fugaz, no por nada bromeaba con su mujer sobre las novedades de la frontera mexicana cada tarde de mates. Esa mañana la comitiva de madres estaba reunida con gesto adusto. No era necesario mucho para que el conflicto estalle, para él esas reuniones se asemejaban a la tribuna de una cancha en pleno partido contra el clásico rival…
Aminoró el paso, no había apuro. El portón seguía
cerrado, algo nada extraño para un lunes nublado…
— ¿Me prometés que te vas a portar bien?... Se hizo
un silencio. A Lautaro no se le escapaba la seriedad de una promesa. Así que antes de
confirmar debía sopesar sus opciones.
— ¿Qué me vas a comprar?
—Nada, portarte bien es parte de tu trabajo.
—Los nenes no trabajan papá, sólo las mamás y
algunos papás —afirmó con seguridad.
—Oiga…su papá trabaja y mucho, sólo que lo hace en
la casa para cuidarlo a usted.
Lautaro lo miró de reojo con un dejo hiriente en
la mirada, como cuando pedía algo en el kiosko y él decía no
tener plata. Todas muestras de temprana desconfianza.
Prefirió arriesgarse con las mamás de la puerta,
eran un enemigo más manejable para esas horas. Había un ambiente
crispado. Uno de los nenes lloraba y no quería entrar, cosa normal hasta que se
evidenció el motivo.
—Tomás todo el fin de semana habló del señor de saco
verde…ahora no quiere entrar, yo no me voy de acá sin hablar con alguien…eso no
lo vio en casa, lo vio acá…—dijo una mamá airada de pelo castaño que solía
llegar siempre tarde pero hoy estaba desde temprano, raro para un lunes.
—La mía también habló del señor de verde, quiero saber que pasa acá adentro...eso
pasa porque la maestra es nueva, no se que les enseña, Tamara durmió
conmigo estos días, y eso que se había pasado a su cama el año pasado. —comentó
otra.
Amagó un buen día pero no hubo mucha recepción. El
tema eran las lágrimas desconsoladas de
algunos nenes, porque ya no era uno, ahora eran varios los que se habían sumado
a la ola de llanto.
El portón se abrió y apareció la portera con su
gesto correcto y la sonrisa estudiada. Era bastante seria pero los chicos la querían de alguna manera.
El diálogo del grupo de madres se apagó de pronto. Todos miraron a la mamá de
Tomás ya que el suyo parecía ser el nene más afectado. Se acercó a la portera
mientras los nenes se reconocían. Lauti se acercó al que lloraba y se dijeron algo. El
llanto de Tomás desapareció mientras más nenes se acercaban al dúo. Algo decían
entre ellos que terminó con las lágrimas de todos. La discusión se trasladó
dentro del jardín pero ya eso pertenecía a los afectados. El papá de Lauti emprendió el regreso cuando vio que su hijo doblaba el patio rumbo a las
aulas. El resto sería seguramente la catarata de whatsaps, el fatídico grupo del jardín, pero le llegaban a la mamá, él lo tenía silenciado mientras ella había elegido mantenerlo activo. Había
aceptado la misión riesgosa quizás por culpa ya que todo asunto diario requería más de
su marido que de ella. Era una valentía sencilla, protegida por la distancia y las obligaciones laborales.
Más tarde esa mañana llegaría el llamado telefónico
de su esposa. En parte lo esperaba, aunque más no fuera para darle reporte del incidente del llanto.
–– ¿Que pasó esta mañana? ––comenzó el diálogo sin
siquiera un hola ––Me llenaron el teléfono de mensajes, los de voz son
interminables.
––Hola amor, ni idea, ahora lo habilito ¿qué dicen? Yo vi un par de
nenes llorar, lo de siempre.
––Una mamá sacó el nene del jardín y dice que no lo
manda más. Que el nene se asustó ahí adentro. Dicen cualquier cosa a esta altura, ya me pusieron nerviosa a mí, preguntá por favor cuando lo vas
a buscar, tomate el tiempo…
La sugerencia tenía tintes de reproche, de amenaza velada, es como si le pidiera que se ocupe de algo de lo que siempre se ocupaba. Ella
no solía sonar así. De hecho siempre estuvo bastante aliviada de no tener que lidiar
con el trajín diario del jardín. Pero lejos de enojarse, él sintió miedo en su voz y evitó
la confrontación. Algo se le había escapado. De hecho podía haber preguntado a
la mañana. Era claro que las madres estaban agitadas. También podrían haberse
quedado durmiendo. El día había comenzado raro, y no se había podido sacudir
esa sensación.
El trabajo le alejó las dudas por un rato pero a medida que se acercaba el mediodía la inquietud volvió a aparecer. Revisó su teléfono para ver de que iban los mensajes. Había dos o tres madres rezagadas preguntando que había pasado esa mañana y se sintió reconfortado de no estar sólo en su ignorancia. Audios de mamás enojadas por algo era cosa recurrente, pero había un audio compartido por la mamá del chico que más lloraba...
..."─Mami no me dejes solo con el señor del saco verde, vení a buscarme, por favor mami, te quiero"...
El papá de Lauti sintió un frío fugaz en la espalda al imaginar la voz de su propio hijo diciendo algo semejante. La voz del nene sonaba angustiada. Eso de por sí podía poner loca a cualquier madre..bah, a cualquier familiar. Había ruido de fondo, otros chicos que reían y un murmullo que no se llegaba a oír bien. La voz de la maestra se escuchaba en el final del audio llamándolos. No duraba más que unos segundos pero disparaba todas las alarmas porque al nene le asustaba algo que estaba restringido al ámbito del jardín. Las mamás empezaron su catarata de mensajes. No era usual que los nenes manejaran teléfonos en el jardín. Nadie se había dado cuenta de que el nene había llevado un viejo teléfono celular que había en su casa, y que lo había llevado por algo. Que la maestra no se había dado cuenta y que por sobre todo había enviado ese audio hace un par de días, más precisamente el viernes.
─Chicas lo escuché a la noche recién, no hubiera dejado a mi hijo un instante más de haberlo escuchado antes. ─se defendió cuando empezaron los cuestionamientos hacia ella.
─Yo a mi hijo le reviso la bolsita siempre, cuando lo mando y cuando lo voy a buscar porque si no pierde todo...
─¿Cómo puede ser que nadie vea un celular en un aula?...¿quién los controla ahí adentro?
─Yo siempre estoy pendiente del celular por si me llaman del jardín, una nunca sabe
─Yo me plantaba en la puerta y hasta el último que trabaja ahí adentro me daba explicaciones, vieron como soy de carácter.
─Bueno chicas ─intentó bajar el tono a medias, otra ─cada uno es como es, no sabemos lo que pasa en cada casa pero si tenemos que saber que pasa en el jardín.
─Y si, creo que van a pedir una reunión con la directora. Pero esto ya lo teníamos que plantear el viernes mismo.
*Mamá Tommy jardín salió del grupo*
El papá de Lauti suspiró. Le pareció seguro que otras madres en solidaridad con la atacada salieran en su defensa o desertaran del grupo, pero para la hora de la salida no hubo más comentarios ni actividad. Decidió ir un poco más temprano para evitar otra reprimenda de su esposa. Con suerte encontraría a Juan, el de la concesionaria y papá de Luciana. Nunca estaba de más intentar enterarse algo más por fuera del circuito materno. Pero Juan se enteró más por él que viceversa.
─Jodéme...¿y la reunión cuando la hacen? Luli no me dijo nada, bah viste como es, colgada como la madre, ni se enteró...che y este tipo ¿es alguien del colegio?
─No se mucho más, quería saber si habían leído el chat del jardín, si les había llegado algo.
─Nada, mi mujer se salió del grupo hace rato y yo ni pienso aparecer, bastante tengo con el laburo
El papá de Lauti se despidió y no tuvo más remedio que acercarse a la puerta con la certeza de que el problema seguía creciendo. El portón tenía un cartel escrito con fibrón que rezaba
"Atención sala amarilla turno mañana, reunión con dirección, 17 hs"
Las madres charlaban entre ellas pero ahora con respecto a la reunión. El nene que lloraba lo habían retirado esa misma mañana y parece que ya no volvería. Cuando el portón se abrió muchas mamás entraron y se quedaron adentro esperando hablar con una maestra que parecía resignada. Sabía que una opción era quedarse pero optó por salir con Lauti de la mano y caminar despacito tratando de sacarle información.
─¿Como te fue enano? ─fue lo más original que se le ocurrió.
─Bien. ─fue toda la respuesta, sin dar demasiada chance a la repregunta.
─¿Aprendiste algo nuevo hoy?
─Hice un oso rojo.
─...
─¿Que mas hiciste hoy?...¿pasó algo raro? ─dijo apresurando la jugada con un jugador mucho más avezado que él.
─¿Querés saber por qué lloraba Tomi no?
─¿Lloró Tomás?...¿y por qué?
La mirada fija en él del pequeño invitaba a dejar los rodeos de lado. Le revisó la bolsita para evitar la insidiosa forma en que lo analizaba un nene de cinco años que parecía manejar situaciones mejor que él. Después de todo, lo dejaban trabajar desde su casa porque había tenido algunos ataques de pánico y tenía dificultades para socializar con sus compañeros de trabajo. Sólo cuando prestó atención lo vio. Doblado prolijamente debajo de la taza de merendar y el cuaderno de notificaciones estaba ese papel. Podía jurar que no estaba esa mañana. En un momento pensó en un improbable oso rojo pero en realidad el papel estaba pintado con un verde intenso.
Desplegarlo fue todo un desafío ya que sintió como se le aceleraba el corazón y la cabeza le empezaba a latir. Se ordenó controlarse. Hacía rato que no tenía un episodio y no lo tendría con Lauti en plena calle. Recordó que tenía todavía medicación en la mesa de luz. Tenía que controlarse mientras abría el papel para descubrir el sobretodo verde de lo que parecía ser un hombre de bastón con el pelo enmarañado. Lo más perturbador eran los ojos. Redondos y negros, más grandes de lo normal y la boca, la boca muy grande y abierta, casi una mueca.
─¿Y esto Lauti? ¿quién es? ─dijo intentando mostrar aplomo.
─Ah lo tenía yo...ese es el ciego de la suerte pá.
─¿Pero quién es? ¿es alguien del jardín?
Lautaro pensó por un rato para luego cambiar de tema.
─¿Que me vas a comprar?
─Decime quién es Lauti...
Otra pausa mientras caminaban y el nene miraba las casas vecinas buscando algún perro para acariciar. A él le encantaban los perros. El papá lo miraba fijo esperando una respuesta que el niño no quería dar. Finalmente el pequeño entendió que el padre no se rendiría con facilidad.
─No te puedo decir pá...es un secreto.
Las peores pesadillas cruzaron veloces la mente de un padre al que le empezaba a faltar el aire. Estaba a punto de alzarlo y volver al jardín para intentar que le expliquen la situación cuando el pequeño volvió a hablar.
─Es mi amigo papá, pero me dijo que los grandes se asustan de él...aunque no lo puedan ver.
"Aunque no lo puedan ver"...ese detalle bajó al mínimo todas las alarmas previas. Si los grandes no lo pueden ver hablamos de la prolífica imaginación de unos chicos empezando a definir su realidad.
─Lauti, mi amor...tu...amigo...¿no se puede ver?
─Yo lo veo...pero los grandes no ─cerró la charla con algo de fastidio Lauti que ahora miraba como un enorme labrador le movía la cola desde un jardín.
─¿Cuando voy a tener un perro pá?
─Cuando seas más grande, ya te dije
─Ya soy grande pá, la abuela me dijo que estoy enooorme ─dijo haciendo el ademán con sus brazos abiertos ─ Quiero un perrito
─Los perros dan mucho trabajo Lautaro ─dijo con algo de brusquedad
─Siempre te enojás para no darme un perro, ¿ves que tiene razón?...
─¿Quién tiene razón Lauti?
─Mi amigo
─¿El señor del saco verde?
─No le digas así, es el ciego de la suerte
─¿Y que te dice de mí?
Lautaro ya estaba en búsqueda de otro perro para intentar acariciar, el labrador estaba atado y aunque le movió la cola no se pudo acercar a él. Manejaba los tiempos de la charla con un aire a película de Hitchcock. Se notaba que ponía a prueba a su padre y ese permanente trastorno de ansiedad que padecía.
─Lauti...¿que te dice de mí?
─No te puedo decir, te vas a enojar
─Te prometo que no me enojo
─También me prometiste un perro cuando fuera grande, ya soy grande, la abuela me dijo.
El padre suspiró buscando argumentos. Sabía que Lautaro estaba buscando una manera de volver a la charla sobre ese perro que él no estaba dispuesto a aceptar en casa. Una profunda cicatriz en la pierna atestiguaba que nunca volvería a estar demasiado cerca de uno.
─Bueeeno, si no me querés contar no vamos a poder ir al kiosco
La mirada del niño se volvió desconfiada. Entendió enseguida el ardid y su gesto fue condenatorio pero el papá no tenía más recursos y necesitaba tener algo que decirle a su mujer para cuando volviera. No pensaba entregar el fuerte ahora que estaba sitiado.
─Está bien, no me compres nada.
─¿Seguro?...mirá que justo hoy traje plata eh
─Entonces comprame un perro.
El resto del camino transcurrió en silencio. Con un papá humillado y un hijo que seguía sin mascota. El almuerzo siguió algo tenso, pero eran camaradas y se habían acostumbrado a convivir así que siguieron la rutina más allá de las desavenencias. Comieron fideos con manteca y gelatina de frutilla. Luego el pequeño se sentó en el sillón a mirar dibujitos hasta quedarse dormido. El papá fue a la pieza de su hijo a buscar entre la pila de dibujos que guardaba en un cajón con sus crayones. No había nada parecido al dibujo del hombre del saco verde. Pero tampoco encontró el color verde en ese cajón. Ni fibra verde ni nada que pudiera pintar con ese color. Revisó en silencio la habitación pero siguió sin encontrar nada. No recordaba que ese fuera su color preferido. A él le gustaba el rojo, casi todo podía ser rojo en su mundo, hasta un oso.
Fue en el cajón de la ropa, que tenía bajo su cama, donde encontró lo que estaba buscando. Del costado del que se apilaban algunas remeras sin mangas para los días calurosos aunque fuera invierno. El último lugar donde se buscaría. Tres lápices verdes de distinto tono y una fibra, también de ese color. Y una pila desordenada de hojas. El hombre del saco verde estaba allí. Aunque al principio no se notara demasiado. Porque no había sido siempre así, como lo había dibujado finalmente. Al principio era pequeño y de cabeza enorme pero los dibujos lo mostraban cada vez más grande. Al principio no tenía cabello y luego parecía tener una enmarañada cabellera roja que crecía en largo y abundancia. Sus ojos eran inicialmente, puntos negros diminutos y luego empezaban a adquirir proporciones mayores, también su boca que no aparecía dibujada al principio. Los contó. Eran catorce dibujos mostrando la evolución del que llamaba el ciego de la suerte. No le pareció normal. O si. Una vez había consultado a su psicóloga por los temores que tenía acerca de la paternidad. Su miedo a no ser capaz de ser un buen padre. Cómo manejar las necesidades de un niño, ni hablar de su imaginación. Y ella, una de las mejores profesionales que había conocido en su largo derrotero por consultorios y divanes. Y por sobre todo, madre de dos, le había dicho que tendría que lidiar con el hecho de que su normalidad se vea amenazada. Que ese cambio podía ser positivo aunque muy estresante. Tenía que entender que los chicos construyen su realidad con distintos parámetros que los adultos. Y estas eran cosas que los chicos suelen hacer, arman su mundo interior a partir de cosas imaginarias. Lo que le parecía inédito era como crecía su amigo.
Lauti tosió y se revolvió en el sillón. El papá guardó todo a las apuradas como si estuvieran por descubrirle un crimen. Dejó los dibujos como estaban y siguió camino a la escalera después de fijarse que no se hubiera despertado. A Lautaro le gustaba dibujar en hojas que él desechaba de su trabajo, estaban usadas de un lado solo. Y lo más importante, Estaban rotuladas por el sistema que usaba para pasar planillas. Tenían un código por el que podía rastrear la fecha. Eso quería decir que podía saberse cuando había empezado a dibujar a su amigo imaginario. Sonrió por un momento festejando su ingenio. Todavía podía ser mas astuto que su hijo.
Subió a toda prisa al altillo a encender la PC y rastrear los códigos que se había anotado en la mano. Lauti dormía profundamente en el sillón. No tardaría más que unos minutos así que se aventuró por las escaleras. El altillo estaba helado, aún más de lo que solía estarlo en esa época del año. Enchufó la estufa y se sentó en la PC. Tecleó presuroso los códigos y se sentó a esperar la respuesta que el sistema estaba buscando. Se distrajo por un segundo mientras miraba su oficina. Era bastante lúgubre y mal iluminada. Tendría que hacerse el tiempo para acomodar y pintar un poco pensaba mientras se iba acomodando en la silla. No tardó en quedarse dormido.
Lo despertó el sacudón de su esposa que lo miraba desencajada. Le costó ubicarse en tiempo y espacio. La oficina estaba más oscura que cuando había subido lo que lo sobresaltó. Saltó a la escalera para ver como estaba su hijo. Encontró más gente abajo. La abuela que abrazaba a su nieto que mostraba claros signos de haber llorado. El abuelo y padre de la mamá mirándolo con desaprobación. El reloj le devolvió un poco de claridad sobre las reacciones ajenas. Eran cerca de las 20 hs.
─¿Cómo podés dormirte dejándolo solo acá abajo todo el día? ─comenzó su diatriba el abuelo.
─¡Calmate Rubén!...─intervino la abuela y se acercó con tono maternal ─¡ay nene!...tenés que avisarnos, no podemos estar con el corazón en la boca todo el tiempo.
─Es que no había nada que avisar, subí a...subí a...tenía que hacer un envío urgente al trabajo...─atinó a balbucear mientras trataba de aclarar la cabeza.
─Pero si llamamos a tu trabajo querido, dijeron que todo estaba normal ─insistió la abuela ─Lauti estaba convencido de que te habías ido, no se si lo soñó o qué pero me llamó llorando a la tarde y lo vine a buscar, te llamé nene, te llamé un rato largo, nunca contestaste. Ni tu teléfono sonaba así que pensé que habías salido.
El papá de Lauti se acercó a él buscando su mirada pero el nene hundió su cabeza en el regazo de la abuela.
─No te enojes conmigo papá, no lo hago más...─dijo con la voz quebrada. ─te prometo...te prometo que me porto bien, que no te pido más un perro pero no te vayas.
Su suegro lo tomó del brazo y se lo llevó a un costado, lejos de los demás, y con su habitual brusquedad lo interrogó.
─¿Volviste a las pastillas vos? ¿es eso?...¡mirá que no quiero otro invierno como el año pasado eh!
El papá de Lauti se liberó de él y volvió con su hijo mientras los abuelos intercambiaban miradas y saludaban a su hija. Esa crisis parecía estar resuelta. Las amenazas y los consejos no pedidos ya habían sido entregados. Junto con el juicio abreviado a un despreocupado padre que no velaba por su hijo y que afortunadamente no había abandonado el hogar. Apenas cerraron la puerta era claro que empezaría la otra batalla.
─Pasé por el jardín ─comenzó la mamá. ─pensé que te iba a encontrar ahí. Había una reunión hoy.
─Ya se, no se como me pude quedar dormido. Debo estar incubando algo.
─Decime la verdad. ¿Qué te pasa? ─retrucó mientras miraba hacia la habitación conyugal
─¡No tomé pastillas mujer!...eso es idea de tu papá.
─Ya te dije que las tiraras o que las escondas, sobre todo si tenés un nene dando vueltas ─dijo mostrándole el frasco de la medicación. Seguro había buscado en su mesita de luz. Él se sintió traicionado pero no estaba en condiciones de hacer una escena. Ella puso el frasco arriba de la heladera, esa suerte de lugar inaccesible donde acababa todo lo que querían mantener lejos de la curiosidad de Lauti.
─¿Que dijeron en la reunión? ─dijo intentando cambiar de tema
─Se sacaron el asunto de encima. No hay nadie de verde o parecido. La historia de la imaginación de los chicos y todo eso. Las mamás quieren que la psicopedagoga los evalúe. Como viene dos veces por semana hoy no estaba pero mañana los empieza a ver ─dijo ella en tono de resignación
─Lauti lo vio...pero es imaginario. ─dijo con aire despreocupado ante la sorpresa materna ─Parece que lo inventó él o al menos lo conoce desde hace un tiempo. ─dijo yendo a la habitación de su hijo a buscar los dibujos. El cajón le pareció ordenado distinto. Todo estaba perfectamente doblado y acomodado, no había ningún dibujo, tampoco colores. No dijo nada aunque le pareció extraño. Pudo cambiarlos de lugar ya que estuvo "solo" toda la tarde.
─La casa está helada de nuevo ─volvió a la carga ella ─tenemos que llamar a alguien que sepa ─lanzó en un dardo perfecto a la mantención que él mismo hacía de las estufas antes de cada invierno.
─Mañana llamo a alguien, no te preocupes.
La cena transcurrió tensa. La magia de sus suegros era potente sobre el estado de ánimo de su esposa. Simplemente nunca vieron con buenos ojos la relación con alguien a quien ella había conocido en una de sus crisis. Compartieron primero el psiquiatra y luego una cama. Siempre conscientes de que solo ellos sabían el infierno que habían atravesado en ese tiempo y que la unión podía ser férrea por momentos, pero no exenta de los altibajos propios de una novedosa estabilidad para ambos.
El niño había devuelto influencia a los padres de ella. Ella defendió la idea del vínculo y la necesidad de los chicos de tener quien los malcríe. Él no estaba tan convencido pero le parecían mejor ellos que su propio padre, violento y abusivo.
Su idea era seguir evitando la discusión. Darle todas las garantías para que mañana se fuera a trabajar tranquila. Y conseguir los malditos dibujos.
Volvió tarde al altillo para revisar los resultados de su búsqueda anterior. Había terminado de lavar los platos y habían acostado juntos a Lautaro. La PC extrañamente estaba apagada. Podía ser un apagado programado pero él recordaba haberlo configurado para la madrugada. El programa volvió a pensar por un rato...
*no file found*
Refrescó la pantalla tratando de forzar algún resultado.
*no file found*
Eso era imposible. El sistema ya le puso número de codificación al trámite. Era lo único que hacía el programa. Ordenaba los números de pedido. Decidió llamar al conocido que tenía en sistemas. Era tarde pero algo inventaría para justificarse.
─¿Hola, Gastón?...
─¿Hola?...ah como estás, te conocí el número...decime que no se cayó el sistema porque me muero ─sonó una voz entre sorprendida y somnolienta.
─No querido, anda sobre ruedas, mi problema es que necesito rastrear unos números de trámite y no me tira el resultado
─¿Están bien ingresados?
Se tomó un momento para hacer como que tecleaba. Eran su pan de cada día y no se había equivocado en ninguno, pero hizo una pausa para que supusiera que estaba trabajando.
─Están bien, si querés te paso los números de trámite y los buscas vos
Apenas los pasó se sentó a mirar nuevamente su lúgubre oficina. Si lo viera su psicóloga estallaría. Nada de ambientes lúgubres, mucha luz y aire fresco le dijo a quién ahora trabajaba en un altillo sin ventanas, frío y mal iluminado. Al menos allí se sentía seguro. Algo del útero le explicó ella alguna vez. Tenía que salir de la matriz insana. Malditos traumas de la niñez decía un dibujito de la tele. Gran verdad.
─Tenemos un problema ─dijo una voz en el teléfono, sacándolo de sus pensamientos. ─no aparecen porque están borrados. Es rarísimo.
─¿Y tenés manera de ver al menos de que época son?
─Por las planillas puedo ver que son de meses distintos, algunos son del año pasado. Son más o menos de la época en que...cambiaste de oficina...─dijo refiriéndose diplomáticamente a la crísis del invierno pasado ─y la fecha de modificación es de...¿hoy? ¿pero si no se hizo ninguna revisión? Habría que rastrear al que metió mano. Alguien va a estar en problemas si piden de arriba los reportes.
─Tranquilo, no hay drama, llamo durante el día y averiguo por mi oficina. Anda a dormir.
─Listo, cualquier cosa avisame, abrazo.
Colgó con la certeza de que algo más había sucedido por la tarde. Ese programa no estaba habilitado para que sea modificado por alguien como él. El programa controlaba que los empleados entreguen su trabajo cada día. Si de alguna manera el fallo lo había generado él estaría en problemas. El programa controlaba que estuviera activo y presente. Si se ausentaba de las sesiones diaria de trabajo su jefe se contactaba con la familia, era lo convenido. Desventajas de ser un empleado "inestable".
El siguiente día arrancó con la rutina de siempre. Curiosamente no recordaba al principio por qué su mujer estaba distante. Sólo cuando se despidió y le lanzó una frase familiar.
─Vuelvo temprano...te amo...sin sorpresas por favor ─dijo saliendo, sin esperar respuesta.
A él no le parecía posible que una frase pudiera albergar información, cariño y reproche todo junto en una misma línea, pero ella era talentosa para probar los límites del lenguaje. No dijo nada. Demasiado temprano. El se ocupaba de levantar al occiso cada día. Era una forma simpática de referirse a la manera en que su hijo quedaba dormido por las noches. Era un muñeco de trapo, todo desarmado al que le llevaba bastante reaccionar. Se imaginó la cara de sus suegros si se llegaba a referir así de su nieto en presencia de ellos. Más le valía no probarlos demasiado. Se opusieron a que le dieran tratamiento ambulatorio después de su crisis pasada. Habían pensado que lo mejor era mantenerlo internado pero primó más la opinión de su esposa y la terapeuta gracias a Dios.
El desayuno pasó en silencio. El papá hizo como que todo estaba bien, que era una mañana más. Lauti tampoco dio señales de conflicto aunque en algún momento tendría que aflorar. El papá reprimió todo impulso de ansiedad y se sentó a desayunar en silencio mientras el nene comía su tostada con mermelada. Quién rompería la tregua silenciosa era aún un misterio.
─Le voy a poner Coquito ─dijo finalmente un despreocupado hijo.
─Mirá vos che, que lindo nombre ─replicó un distraído padre.
─Me lo va a tener la abuela en su casa. Ya sabe que no te gustan los perros.
─No me gustan porque muerden, debe ser por eso.
─Los chiquitos no, bueno, el de Ema muerde pero es cachorrito y no te hace nada.
─¿Y cuando sea grande que hacemos?
─Nada, la morderá a la abu pero lo pueden atar.
─Esa sería toda la solución...poner en la cárcel al pobre Coquito
─¿Por qué pobre si lo van a cuidar? la casa de los abuelos no es una cárcel ─dijo el nene, pero el padre no estaba tan seguro, ya que eran obsesivos de la seguridad. Cámaras de video, rejas. detectores de movimiento. Sólo faltaba un guardia apostado en la terraza. A veces pensaba que había muchos que tenían problemas peores que él, solo que a él se le dio por demostrarlo. Pidió ayuda. Otros andan con sus problemas pintándolos de normalidad.
Al principio hubo poca charla entre padre e hijo, pero no resistían mucho sin hablarse. Algún disparador iniciaba la charla despreocupada. Luego se llegaría al tema escabroso.
─Le voy a comprar un collar rojo con una correa para llevarlo a la plaza. ─inició el avance Lauti.
─Lindo color, le va a quedar bien a Coquito
─Me asusté mucho ayer. Pensé que te habías ido. Que me dejaste como antes.
El papá se sintió conmovido por la sinceridad del reclamo y se arrodilló junto a él para poder verlo a los ojos.
─Papá nunca te dejó. Papá se enfermó y se tenía que curar bien porque sino no te podía cuidar ¿sabés? pero papá nunca te dejaría porque te ama. ─dijo mientras se abrazaban. Lauti también lagrimeó cuando vio la emoción de su papá. Eso marcaba el fin de las hostilidades.
─Yo sabía que era mentira ─fue toda la acotación del nene.
El papá se sintió algo alarmado por esa afirmación pero no quiso romper el momento y lo dejó pasar. Enseguida estaban de camino al jardín. Y otra vez había tumulto en el portón. Un cartel anunciaba que sala amarilla sería atendida por turnos en el gabinete pedagógico. Había que estar atentos al teléfono por si se requería de la presencia de los padres. No hubo mucha más información. Lauti entró como siempre y el papá se quedó esperando un rato. Los comentarios iban desde los indignados con la indiferencia del jardin a los que todavía no se habían enterado del tema y preguntaban todo de nuevo.
El papá de Lauti se rindió. No había información fresca así que emprendió el regreso. Mando un mensaje a su esposa sin demasiados detalles. No los había. Era cuestión de esperar y estar atentos.
La mañana transcurrió normal y de a poco se fue olvidando del tema mientras se sumergía en su trabajo. Había calculado que si adelantaba lo suficiente se podía dar una vuelta por el jardín como un papá preocupado más y despejar las dudas sobre su maltratada paternidad.
Solo era cuestión de subir y mandar los archivos. Pesadamente emprendió el camino por la escalera y se abandonó en su sillón de oficina enorme y mullido. Uno de los pocos gustos culposos que se había permitido en ese etapa. La PC tardó en encender. La humedad no favorecía el proceso y la bendita máquina no perdía oportunidad en recordárselo. Tenía que cambiar ese lúgubre lugar de una vez por todas. Pintar, arreglar lo de la humedad, iluminarla mejor. Todo eso sonaba lindo pero en realidad no deseaba cambiar nada. En el fondo nos debemos un lugar donde seamos nosotros mismos pensó con algo de rebeldía mientras la pantalla de inicio cargaba a regañadientes.
El sonido de su celular lo despertó. Se levantó de un salto. Dormirse no estaba en sus planes inmediatos. Miró a todos lados y tropezó con la estufa cuando intentó alcanzar el teléfono para responder. Seguramente era del jardín intuyó mientras trataba de despabilarse. Cuando alcanzó el dichoso aparato ya había dejado de sonar.
*llamada perdida "amor" 18:53*
Se le heló la sangre.
La casa estaba en silencio y a oscuras. Anochecía temprano en invierno. Tuvo que andar a tientas hasta que pudo encender las luces. Sólo uno llamada perdida en todo el día. El jardín parecía no haberlo llamado. Se había suspendido todo lo urgente...o él no había estado disponible y la habían llamado a ella.
─¿Hola amor? ─dijo él tratando de parecer calmo aunque el corazón se le desbordaba.
─Hola desaparecido. ─contestó ella en tono cordial
─No llegué a atender. Me lo había olvidado arriba
─Igual hoy te dejamos tranquilo así podías terminar con tu trabajo. Me avisaron de tu oficina que estabas atrasado. Llevamos a Lauti a comprar el perro con los abuelos. Está re contento, se cansó de jugar con él. Ahora lo llevamos con mi papá. Ah...y también me llamaron del jardín...
─¿Ah si? bueno con respecto a eso te quería decir algo...
─Quedaron impresionados con lo que les dijiste. ─Lo interrumpió ella sin dejarlo terminar. ─Dicen que lo van a poner en práctica ─cerró con algo de emoción.
─ ¿...?
─¿No vas a decir nada? miralo al señor modesto. A mi también me pareció genial la idea.
La confusión lo nublaba. No recordaba que le hubieran hablado del jardín, ni recordaba que ella hubiera sonado de ese modo alguna vez. Mezcla de admiración y complacencia. Fuera lo que fuera seguro fue tema de conversación con sus suegros. Quedaba el pequeño asunto de no tener la más mínima idea de como había hecho él para intervenir en el asunto del jardín con éxito. Y que les diría a todos cuando le pregunten. El por qué no recordaba nada era el otro asunto que le taladraba la cabeza. Esos apagones le empezaban a preocupar. Supo tener algunas crisis en el pasado pero nunca de ese tipo. Su problema siempre había sido la ansiedad creciente.
Decidió que iría recabando información de a pedazos para reconstruir su día. Todavía no sabía lo que le pasaba y poco tenía para decirle a su mujer. Revisó su celular. El historial de internet lo dejó sin aliento. *abrigo verde largo* páginas de venta online, páginas de redes sociales. Había visitado más de treinta publicaciones con esa búsqueda. En todas había dejado los correspondientes "me gusta" con su perfil que ahora aparecía en modo público. Todo estaba allí, expuesto a quién quisiera mirar si lo decidía.
Esa noche transcurrió entre el renovado entusiasmo de su esposa y las dudas de él de decir algo que rompa el clima. Lo atormentaba lo que no sabía de la tarde pero disimuló como un actor consumado. Cocinó y trató de mostrarse activo. Habló con su hijo del cachorro y por primera vez se planteó la posibilidad de traerlo con ellos. Su hijo ahora también lo miraba extasiado. Aquello podía ser un punto de inflexión en su vida familiar. Un quiebre que había venido buscando sin éxito desde hace tiempo. Y ahora llegaba a él casi como un regalo...¿pero de quién? la respuesta no tardó en llegar.
─Me dijo que quiere ser tu amigo pá. ─fue la confidencia que le hizo su hijo cuando la mamá se había llevado los platos de la mesa.
─¿Quién Lauti?
Su hijo lo miró incrédulo.
─Mi amigo papá...¿no te acordas?
─ Ah si, me acuerdo...¿Y antes no? ─preguntó un extrañado padre.
Lauti lo miró con seriedad mientras negaba con la cabeza. Por primera vez percibió miedo en su hijo. Y no le gustó. Ese sentimiento se quedó con él por el resto de la noche.
La mañana siguiente la sensación de que algo amenazante lo observaba continuó. Había dormido mal, soñando con ojos en las oscuridad, miles. Oscuridad que se iba tragando la luz y acercándose a él. Mucho antes de que sonara la alarma de su mujer ya estaba levantado. Ya que estaba develado preparó el desayuno familiar y se sentó a mirar la nada con un café enfriándose en su mano.
─¿No pudiste dormir? ─lo interrogó su esposa apenas levantada mientras recibía una taza de té caliente que él le pasó.
─La fama me tiene mal ─contestó, tratando de parecer simpático.
─No te olvides que hoy te esperan en el jardín para charlar eso ─le contestó mientras entraba al baño encendiendo todas las alarmas en su cabeza. No mucho después que ella se fue despertó a su hijo para el desayuno. La idea era hablar un poco más de este amigo de saco verde pero Lauti estaba tan dormido como de costumbre y no le pudo sacar palabra.
Llegó al jardín de infantes con un extraño zumbido en su cabeza. Quizás en parte por la ansiedad que le solía generar ser sometido al escrutinio de otros. No había dormido nada y esas extrañas siestas por la tarde lo dejaban más agotado todavía. Parecía dolerle detrás de los ojos. Un dolor punzante y agudo. Un dolor nuevo, entre los tantos que había padecido. Y el zumbido, ese maldito zumbido que no lo dejaba ni a sol ni a sombra. No sabía que podía aportar a la situación así que improvisaría. Inventaría una excusa de ser necesario para retirarse.
Lo cruzó la directora del jardín en la puerta. Se la veía agitada. Desbordada por la situación reciente. Parecía como si lo que se generaba desde el grupo de padres solo podía ser conjurado por uno de sus integrantes.
─Buen día papá. Le agradezco su ayuda. Ya preparamos todo para la charla, si quiere le muestro el salón y usted me dice si es lo que pidió...
El papá de Lauti se propuso manejar las cosas con un mínimo de ansiedad. Aunque el pánico amenazaba con tomar la batuta. Lo condujeron a un aula apartada. Estaba decorada con afiches hechos a mano, seguramente por las maestras.
─¿Quiere un café? ¿O va a volver más tarde para la charla? ─preguntó con creciente ansiedad la directora.
Necesitó un momento para evaluar la situación. Si se iba no volvería. La situación escalaría hasta límites inmanejables para él.
─Me quedo, voy a repasar algunas notas ─contestó con una sonrisa ajena por completo a su ser pero suficiente como para que la directora se tranquilizara un poco y se fuera de una vez.
Paseó por el salón mirando los afiches pegados para la ocasión. El lobo de caperucita, un Frankestein verde, Otra vez el lobo pero ahora de los tres chanchitos. Un afiche continuaba enrollado en el escritorio. Le dio curiosidad así que lo desplegó
"Charla sobre los miedos, Sala verde, amarilla y preescolar, 10 de la mañana"
En sí no era nada del otro mundo. Se solía hacer bastante en los niveles iniciales. Lo que no entendió fue por qué había una figura en el centro. Dibujada por un adulto pero con trazos de niño. Un hombre con anteojos negros, bastón y un largo saco verde. Una ráfaga fría le recorrió el espinazo.
─¿Usted fue el de la idea verdad? ─dijo una voz a sus espaldas sobresaltándolo. Un mujer alta de pelo lacio negro azabache y anteojos que sostenía un vaso grande de café. Tendría unos cuarenta años pero con especto jovial gracias a unos jeans gastados y un pullover ceñido verde pastel. Le extendió el café y se quedó mirándolo como suelen hacer esas personas que te analizan por oficio.
─Déjeme adivinar ─dijo al tomar el café y extenderle la mano para saludar. ─la psicopedagoga...
─¿Como hace todo el mundo para saberlo tan rápido? ─contestó sonriendo resignada. ─Marta ─dijo sin rodeos mientras él también se presentaba.
─Debo reconocer ─continuó ella, mientras miraba los afiches del aula ─que este enfoque agresivo de la cuestión me generó algunas dudas, pero algo contundente como esto, puede llegar a calmar los ánimos más exacerbados...no se ofenda pero debo preguntar. ¿Desde que enfoque piensa plantear esto? No voy a aburrirlo con autores como André o Allain Miller, es obvio que estamos encarando esto desde alguna forma de terapia narrativa. Sea lo que sea debe ser efectivo. Conozco a la directora hace años y no es fácil convencerla hasta tal grado...
─No tengo formación en esto, solo experiencia en terapias si es eso lo que me está preguntando. Un fóbico suele saber mucho sobre el miedo. ─Dijo arqueando las cejas mientras se encogía de hombros. No era un buen argumento y esperaba que ella tuviera suficiente sentido común como para parar toda esa locura.
Pero lejos de eso, ella asintió en silencio mientras no dejaba de observarlo con ojo clínico. Le había dicho a la directora que estaba loca si pensaba poner a un padre al frente de una charla tan sensible. Pero la directora conocía a las madres y su poder de persuasión. Nadie que perteneciera al colegio les inspiraría confianza en ese momento. Eso tristemente la incluía y fue su definitiva derrota en la pelea. Su rol se limitaba a estar presente junto a las maestras y supervisar las actividades que el papá había propuesto. Le lanzó una última mirada y se marchó con un gesto. Tenía que resolver cosas antes de las 10.
El papá de Lauti miró las mesas preparadas. Todas tenían hojas en blanco y colores listos para usar. En todas había lógicamente lápices verdes. Sea lo que fuera aquello había sido idea de él, si es que el término aplicaba. Entendió por qué su esposa estaba tan orgullosa de todo ese asunto. Siempre le había reclamado iniciativa. Salir de su ensimismamiento. Enfrentar la vida para que ella tuviera un descanso. Ella y todos. Todos parecían querer que fuera algo distinto a lo que era. Todos exigían. Nunca les alcanzaba. Nunca.
Cuando se hicieron las 10 el aula se pobló de chicos pequeños y maestras ansiosas ante el desorden que reinaba. La directora estaba en un rincón junto a Marta. Lauti lo miraba con fascinación y no dejaba de contarle a los demás que el que estaba al frente era su papá. Se concentró en dominar el impulso intenso de salir corriendo. No había escapatoria. Estaba ahí para hablar de eso que quería hacerlo huir. Solo tenía más miedo a una cosa en el mundo. Fallarle a ese pequeño ser de pelo castaño que lo miraba como nunca lo había hecho. Él no lo merecía. Así que cerró los ojos, abrió su boca y se lanzó a contar, con conceptos simples y adaptándose al pequeño público, lo que sabía del miedo.
No midió el tiempo o se percató de la reacción de la audiencia. Pareció recitar de memoria información que alguna vez recibió sobre el tema. Estructurada. Organizada. Como una exposición académica. Manejó los tiempos, las reacciones. Incluyó ejemplos accesibles. Se apoyó en el material que veía en el aula. Apeló a cosas que los chicos pudieran identificar. Los invitó a dibujar finalmente a ese hombre de saco verde. Anteojos negros. Bastón oscuro. Les contó que eso eran sus miedos. Las cosas que nos acechan. Que lo mejor que uno puede hacer es darles forma. Sacarlos de la oscuridad. Eso hace que uno lo enfrente. Lo domine. Lo venza.
La charla terminó con una pared repleta de hombres de saco verde. Todos distintos. Todos parecidos, donde se colaba un perro amenazante de fondo. Un papá dibujado chiquitito, o grande y enojado, o una mamá que lloraba. Ojos mirando detrás de la escena, o nubes de tormenta oscureciéndolo todo. Cada nene agregó algo a la composición. Algo de sus propios miedos. Algo que sumar al miedo colectivo.
Las madres estaban en la puerta. Nunca las había visto allí hasta terminar. Eso fue un alivio. Les habían dicho que se acercaran sin distraer pero permitiéndoles ver lo que se hacía. Todas desfilaron por la pared del aula con ansiedad por lo que sus hijos habían dibujado. Hasta Marta se sorprendió de los resultados. Le hubiera llevado mucho tiempo conocer algunos detalles sobre los chicos. Todo parecía tan claro en la pared. Tenía tanto ahora con lo que trabajar que quiso agradecerle al papá de Lauti la intervención pero él ya se había ido para entonces. Quedó simplemente ese nubarrón de madres ansiosas preguntando que había dibujado su nene o nena aquella mañana. Porque el hombre del saco verde estaba en todos los dibujos, pero de alguna manera, había desaparecido.
El papá de Lauti se quedó a un par de cuadras. Aprovechó un enorme cesto de basura de esos que los camiones levantan con un largo brazo mecánico. Había unos cartones apilados que le sirvieron para esconderse. Se acurrucó a un costado y dio rienda suelta a su ansiedad. Trataba de no moverse demasiado pero no podía controlar del todo el pánico. Creyó que moriría allí mismo. Abrazado a sus piernas, volteado de lado, llorando como un bebé indefenso que dejaron abandonado en la basura.
Se alegró de que nadie lo viera en ese estado. Se levantó y se limpió un poco y caminó tambaleando hasta la esquina. Allí pudo dar su primera bocanada de aire profunda y caminó hasta su casa, aliviado de que el miedo le hubiera dado un respiro.
Otra vez la encontró fría y desolada. Pensó en ir a la cocina y comer algo y luego miró en dirección al altillo. La escalera, cuando la luz estaba apagada era una boca de lobo, aún a pleno día. Y sin embargo casi no veía otra cosa. Porque la casa siempre había sido una excusa para ese altillo, como su vida era un pretexto para el miedo.
Recordó la charla con los nenes y la alegría con la que se arrojaron a la enorme tarea de conjurar el espanto. Hubiera querido ser como ellos. Tantas cosas hubiera querido.
Como un condenado empezó a subir los peldaños uno a uno, saboreándolos. Los primeros dos para llegar al descanso. Luego la escalera doblaba y continuaba hacia arriba pegada a la pared. Nunca hizo falta decirle nada a su hijo sobre el peligro de la escalera. Solía ser un lugar que evitaba hasta su esposa. Pudo recordar las palabras de su psicologa, enemiga de su espacio personal.
"No vuelvas a la oscuridad. Tenés que cambiar tu oficina de lugar ...o no se, pintala, decorala, comprate muebles. Algo. No la conviertas en un altar."
Encendió la luz pero fue como si no lo hubiera hecho. Apenas iluminaba. Como si hubiera baja tensión o algo. Su sillón. Su escritorio. La pc encendida. Y la pared lateral con un enorme hombre de saco verde y anteojos negros dibujado con crayones. Era casi de su altura.
Pudo haber gritado de miedo, pero no se había sobresaltado demasiado. Esperaba que estuviera allí. Era al único que estaba esperando.
Se acercó a él y miró esos circulos negros que representaban los anteojos. Por algun efecto extraño de refracción parecían brillar aunque la luz fuera pésima.
─Acá estoy...
No se habría sobresaltado si le hubiera contestado, pero el silencio reinó como siempre. Nada se oyó...pero vio. Fueron como flashes. Imágenes borrosas de Lauti subiendo la escalera, entre aterrado y curioso. Lo vio caminar en la oscuridad y pararse frente a esa pared. Y lo vio hablar con ella, casi como él estaba haciendo en ese momento. Lo vio pintar una y otra vez, en hojas blancas que tenía en su oficina, lo que veía en una pared donde todavía no había nada dibujado. Miró sus pies y vio que los dibujos estaban desparramados en el suelo. Los crayones también. La mayoría eran verdes. Y esa fue la primera vez en mucho tiempo en que no tuvo miedo. No hubo zumbido ni dolor detrás de los ojos. No sentía esa ansiedad creciente con la que se despertaba por las mañanas ni esa opresión en el pecho que le cortaba la respiración. Todo había quedado abajo. Lejos. Podía decir que sentía alivio por fín. Era casi una experiencia nueva. Y empezaba a entender...
Porque por primera vez en su vida, supo lo que tenía que hacer.
─No entiendo demasiado el punto de esto. Ya entrevistamos a su psicóloga. No nos dio demasiada información. Patología bastante típica. Trastorno de ansiedad. Empezó con ataques de pánico en edad adulta. Sin antecedentes previos. Crianza estricta de padre solo. Formó familia y estaba en terapia por su ansiedad pero se desenvolvía bien. Tuvo un ataque severo en su trabajo y decidieron que trabaje desde su casa. Aunque sabían que no era peligroso más que para si mismo. Y después, bueno, el desastre...
─Estoy tratando de forma particular a su hijo, y bueno, eso me mantiene en contacto con la esposa...
─Fue ella la que le pidió que venga entonces ─afirmó en tono diagnóstico la médica.
Cruzaron miradas confirmatorias.
─No es conveniente forzar a un paciente a recibir visitas si no consiente, usted me entiende. No quiere ver a su familia. Si estoy hablando con usted es porque él aceptó verla simplemente.
─¿Lo tienen de este lado por alguna crisis? ¿tuvo otro episodio?
─Protocolo, no tiene síntomas. Nada hasta ahora. El director es estricto, aunque a veces lo pasamos un rato del otro lado. Se lleva bien con los demás pacientes.
─¿Lo tienen muy medicado?
La doctora negó con la cabeza. ─No hizo falta. Hasta ahora no tuvo conflictos con el confinamiento, ni con sus pares ni con el plantel. Pero es cierto que tampoco encontramos el detonante. Se adaptó rápido y es colaborativo. Dibuja mucho.
─¿Dibuja? ─preguntó Marta intrigada.
─Mejor que usted y yo. Creo que era algo que hacía con el hijo, al menos eso supongo. Sabemos que le hace bien a pesar de su limitación. No lo frustra. ─Concluyó mientras hacía una seña a través de una pequeña ventana y un zumbido eléctrico invitaba a abrir la puerta de lo que parecía una sala de estar. Había dos enfermeros de buen porte en ella a prudente distancia. Marta se dispuso a entrar sin tenerlo a la vista todavía. Había pocos pacientes allí. Algún tipo de régimen especial supuso ella, dado que algunos eran peligrosos.
Avanzó unos pasos pero la doctora Ruiz la tomó del brazo para darle una última recomendación.
─Es aquel. El de verde...
El trabajo le alejó las dudas por un rato pero a medida que se acercaba el mediodía la inquietud volvió a aparecer. Revisó su teléfono para ver de que iban los mensajes. Había dos o tres madres rezagadas preguntando que había pasado esa mañana y se sintió reconfortado de no estar sólo en su ignorancia. Audios de mamás enojadas por algo era cosa recurrente, pero había un audio compartido por la mamá del chico que más lloraba...
..."─Mami no me dejes solo con el señor del saco verde, vení a buscarme, por favor mami, te quiero"...
El papá de Lauti sintió un frío fugaz en la espalda al imaginar la voz de su propio hijo diciendo algo semejante. La voz del nene sonaba angustiada. Eso de por sí podía poner loca a cualquier madre..bah, a cualquier familiar. Había ruido de fondo, otros chicos que reían y un murmullo que no se llegaba a oír bien. La voz de la maestra se escuchaba en el final del audio llamándolos. No duraba más que unos segundos pero disparaba todas las alarmas porque al nene le asustaba algo que estaba restringido al ámbito del jardín. Las mamás empezaron su catarata de mensajes. No era usual que los nenes manejaran teléfonos en el jardín. Nadie se había dado cuenta de que el nene había llevado un viejo teléfono celular que había en su casa, y que lo había llevado por algo. Que la maestra no se había dado cuenta y que por sobre todo había enviado ese audio hace un par de días, más precisamente el viernes.
─Chicas lo escuché a la noche recién, no hubiera dejado a mi hijo un instante más de haberlo escuchado antes. ─se defendió cuando empezaron los cuestionamientos hacia ella.
─Yo a mi hijo le reviso la bolsita siempre, cuando lo mando y cuando lo voy a buscar porque si no pierde todo...
─¿Cómo puede ser que nadie vea un celular en un aula?...¿quién los controla ahí adentro?
─Yo siempre estoy pendiente del celular por si me llaman del jardín, una nunca sabe
─Yo me plantaba en la puerta y hasta el último que trabaja ahí adentro me daba explicaciones, vieron como soy de carácter.
─Bueno chicas ─intentó bajar el tono a medias, otra ─cada uno es como es, no sabemos lo que pasa en cada casa pero si tenemos que saber que pasa en el jardín.
─Y si, creo que van a pedir una reunión con la directora. Pero esto ya lo teníamos que plantear el viernes mismo.
*Mamá Tommy jardín salió del grupo*
El papá de Lauti suspiró. Le pareció seguro que otras madres en solidaridad con la atacada salieran en su defensa o desertaran del grupo, pero para la hora de la salida no hubo más comentarios ni actividad. Decidió ir un poco más temprano para evitar otra reprimenda de su esposa. Con suerte encontraría a Juan, el de la concesionaria y papá de Luciana. Nunca estaba de más intentar enterarse algo más por fuera del circuito materno. Pero Juan se enteró más por él que viceversa.
─Jodéme...¿y la reunión cuando la hacen? Luli no me dijo nada, bah viste como es, colgada como la madre, ni se enteró...che y este tipo ¿es alguien del colegio?
─No se mucho más, quería saber si habían leído el chat del jardín, si les había llegado algo.
─Nada, mi mujer se salió del grupo hace rato y yo ni pienso aparecer, bastante tengo con el laburo
El papá de Lauti se despidió y no tuvo más remedio que acercarse a la puerta con la certeza de que el problema seguía creciendo. El portón tenía un cartel escrito con fibrón que rezaba
"Atención sala amarilla turno mañana, reunión con dirección, 17 hs"
Las madres charlaban entre ellas pero ahora con respecto a la reunión. El nene que lloraba lo habían retirado esa misma mañana y parece que ya no volvería. Cuando el portón se abrió muchas mamás entraron y se quedaron adentro esperando hablar con una maestra que parecía resignada. Sabía que una opción era quedarse pero optó por salir con Lauti de la mano y caminar despacito tratando de sacarle información.
─¿Como te fue enano? ─fue lo más original que se le ocurrió.
─Bien. ─fue toda la respuesta, sin dar demasiada chance a la repregunta.
─¿Aprendiste algo nuevo hoy?
─Hice un oso rojo.
─...
─¿Que mas hiciste hoy?...¿pasó algo raro? ─dijo apresurando la jugada con un jugador mucho más avezado que él.
─¿Querés saber por qué lloraba Tomi no?
─¿Lloró Tomás?...¿y por qué?
La mirada fija en él del pequeño invitaba a dejar los rodeos de lado. Le revisó la bolsita para evitar la insidiosa forma en que lo analizaba un nene de cinco años que parecía manejar situaciones mejor que él. Después de todo, lo dejaban trabajar desde su casa porque había tenido algunos ataques de pánico y tenía dificultades para socializar con sus compañeros de trabajo. Sólo cuando prestó atención lo vio. Doblado prolijamente debajo de la taza de merendar y el cuaderno de notificaciones estaba ese papel. Podía jurar que no estaba esa mañana. En un momento pensó en un improbable oso rojo pero en realidad el papel estaba pintado con un verde intenso.
Desplegarlo fue todo un desafío ya que sintió como se le aceleraba el corazón y la cabeza le empezaba a latir. Se ordenó controlarse. Hacía rato que no tenía un episodio y no lo tendría con Lauti en plena calle. Recordó que tenía todavía medicación en la mesa de luz. Tenía que controlarse mientras abría el papel para descubrir el sobretodo verde de lo que parecía ser un hombre de bastón con el pelo enmarañado. Lo más perturbador eran los ojos. Redondos y negros, más grandes de lo normal y la boca, la boca muy grande y abierta, casi una mueca.
─¿Y esto Lauti? ¿quién es? ─dijo intentando mostrar aplomo.
─Ah lo tenía yo...ese es el ciego de la suerte pá.
─¿Pero quién es? ¿es alguien del jardín?
Lautaro pensó por un rato para luego cambiar de tema.
─¿Que me vas a comprar?
─Decime quién es Lauti...
Otra pausa mientras caminaban y el nene miraba las casas vecinas buscando algún perro para acariciar. A él le encantaban los perros. El papá lo miraba fijo esperando una respuesta que el niño no quería dar. Finalmente el pequeño entendió que el padre no se rendiría con facilidad.
─No te puedo decir pá...es un secreto.
Las peores pesadillas cruzaron veloces la mente de un padre al que le empezaba a faltar el aire. Estaba a punto de alzarlo y volver al jardín para intentar que le expliquen la situación cuando el pequeño volvió a hablar.
─Es mi amigo papá, pero me dijo que los grandes se asustan de él...aunque no lo puedan ver.
"Aunque no lo puedan ver"...ese detalle bajó al mínimo todas las alarmas previas. Si los grandes no lo pueden ver hablamos de la prolífica imaginación de unos chicos empezando a definir su realidad.
─Lauti, mi amor...tu...amigo...¿no se puede ver?
─Yo lo veo...pero los grandes no ─cerró la charla con algo de fastidio Lauti que ahora miraba como un enorme labrador le movía la cola desde un jardín.
─¿Cuando voy a tener un perro pá?
─Cuando seas más grande, ya te dije
─Ya soy grande pá, la abuela me dijo que estoy enooorme ─dijo haciendo el ademán con sus brazos abiertos ─ Quiero un perrito
─Los perros dan mucho trabajo Lautaro ─dijo con algo de brusquedad
─Siempre te enojás para no darme un perro, ¿ves que tiene razón?...
─¿Quién tiene razón Lauti?
─Mi amigo
─¿El señor del saco verde?
─No le digas así, es el ciego de la suerte
─¿Y que te dice de mí?
Lautaro ya estaba en búsqueda de otro perro para intentar acariciar, el labrador estaba atado y aunque le movió la cola no se pudo acercar a él. Manejaba los tiempos de la charla con un aire a película de Hitchcock. Se notaba que ponía a prueba a su padre y ese permanente trastorno de ansiedad que padecía.
─Lauti...¿que te dice de mí?
─No te puedo decir, te vas a enojar
─Te prometo que no me enojo
─También me prometiste un perro cuando fuera grande, ya soy grande, la abuela me dijo.
El padre suspiró buscando argumentos. Sabía que Lautaro estaba buscando una manera de volver a la charla sobre ese perro que él no estaba dispuesto a aceptar en casa. Una profunda cicatriz en la pierna atestiguaba que nunca volvería a estar demasiado cerca de uno.
─Bueeeno, si no me querés contar no vamos a poder ir al kiosco
La mirada del niño se volvió desconfiada. Entendió enseguida el ardid y su gesto fue condenatorio pero el papá no tenía más recursos y necesitaba tener algo que decirle a su mujer para cuando volviera. No pensaba entregar el fuerte ahora que estaba sitiado.
─Está bien, no me compres nada.
─¿Seguro?...mirá que justo hoy traje plata eh
─Entonces comprame un perro.
El resto del camino transcurrió en silencio. Con un papá humillado y un hijo que seguía sin mascota. El almuerzo siguió algo tenso, pero eran camaradas y se habían acostumbrado a convivir así que siguieron la rutina más allá de las desavenencias. Comieron fideos con manteca y gelatina de frutilla. Luego el pequeño se sentó en el sillón a mirar dibujitos hasta quedarse dormido. El papá fue a la pieza de su hijo a buscar entre la pila de dibujos que guardaba en un cajón con sus crayones. No había nada parecido al dibujo del hombre del saco verde. Pero tampoco encontró el color verde en ese cajón. Ni fibra verde ni nada que pudiera pintar con ese color. Revisó en silencio la habitación pero siguió sin encontrar nada. No recordaba que ese fuera su color preferido. A él le gustaba el rojo, casi todo podía ser rojo en su mundo, hasta un oso.
Fue en el cajón de la ropa, que tenía bajo su cama, donde encontró lo que estaba buscando. Del costado del que se apilaban algunas remeras sin mangas para los días calurosos aunque fuera invierno. El último lugar donde se buscaría. Tres lápices verdes de distinto tono y una fibra, también de ese color. Y una pila desordenada de hojas. El hombre del saco verde estaba allí. Aunque al principio no se notara demasiado. Porque no había sido siempre así, como lo había dibujado finalmente. Al principio era pequeño y de cabeza enorme pero los dibujos lo mostraban cada vez más grande. Al principio no tenía cabello y luego parecía tener una enmarañada cabellera roja que crecía en largo y abundancia. Sus ojos eran inicialmente, puntos negros diminutos y luego empezaban a adquirir proporciones mayores, también su boca que no aparecía dibujada al principio. Los contó. Eran catorce dibujos mostrando la evolución del que llamaba el ciego de la suerte. No le pareció normal. O si. Una vez había consultado a su psicóloga por los temores que tenía acerca de la paternidad. Su miedo a no ser capaz de ser un buen padre. Cómo manejar las necesidades de un niño, ni hablar de su imaginación. Y ella, una de las mejores profesionales que había conocido en su largo derrotero por consultorios y divanes. Y por sobre todo, madre de dos, le había dicho que tendría que lidiar con el hecho de que su normalidad se vea amenazada. Que ese cambio podía ser positivo aunque muy estresante. Tenía que entender que los chicos construyen su realidad con distintos parámetros que los adultos. Y estas eran cosas que los chicos suelen hacer, arman su mundo interior a partir de cosas imaginarias. Lo que le parecía inédito era como crecía su amigo.
Lauti tosió y se revolvió en el sillón. El papá guardó todo a las apuradas como si estuvieran por descubrirle un crimen. Dejó los dibujos como estaban y siguió camino a la escalera después de fijarse que no se hubiera despertado. A Lautaro le gustaba dibujar en hojas que él desechaba de su trabajo, estaban usadas de un lado solo. Y lo más importante, Estaban rotuladas por el sistema que usaba para pasar planillas. Tenían un código por el que podía rastrear la fecha. Eso quería decir que podía saberse cuando había empezado a dibujar a su amigo imaginario. Sonrió por un momento festejando su ingenio. Todavía podía ser mas astuto que su hijo.
Subió a toda prisa al altillo a encender la PC y rastrear los códigos que se había anotado en la mano. Lauti dormía profundamente en el sillón. No tardaría más que unos minutos así que se aventuró por las escaleras. El altillo estaba helado, aún más de lo que solía estarlo en esa época del año. Enchufó la estufa y se sentó en la PC. Tecleó presuroso los códigos y se sentó a esperar la respuesta que el sistema estaba buscando. Se distrajo por un segundo mientras miraba su oficina. Era bastante lúgubre y mal iluminada. Tendría que hacerse el tiempo para acomodar y pintar un poco pensaba mientras se iba acomodando en la silla. No tardó en quedarse dormido.
Lo despertó el sacudón de su esposa que lo miraba desencajada. Le costó ubicarse en tiempo y espacio. La oficina estaba más oscura que cuando había subido lo que lo sobresaltó. Saltó a la escalera para ver como estaba su hijo. Encontró más gente abajo. La abuela que abrazaba a su nieto que mostraba claros signos de haber llorado. El abuelo y padre de la mamá mirándolo con desaprobación. El reloj le devolvió un poco de claridad sobre las reacciones ajenas. Eran cerca de las 20 hs.
─¿Cómo podés dormirte dejándolo solo acá abajo todo el día? ─comenzó su diatriba el abuelo.
─¡Calmate Rubén!...─intervino la abuela y se acercó con tono maternal ─¡ay nene!...tenés que avisarnos, no podemos estar con el corazón en la boca todo el tiempo.
─Es que no había nada que avisar, subí a...subí a...tenía que hacer un envío urgente al trabajo...─atinó a balbucear mientras trataba de aclarar la cabeza.
─Pero si llamamos a tu trabajo querido, dijeron que todo estaba normal ─insistió la abuela ─Lauti estaba convencido de que te habías ido, no se si lo soñó o qué pero me llamó llorando a la tarde y lo vine a buscar, te llamé nene, te llamé un rato largo, nunca contestaste. Ni tu teléfono sonaba así que pensé que habías salido.
El papá de Lauti se acercó a él buscando su mirada pero el nene hundió su cabeza en el regazo de la abuela.
─No te enojes conmigo papá, no lo hago más...─dijo con la voz quebrada. ─te prometo...te prometo que me porto bien, que no te pido más un perro pero no te vayas.
Su suegro lo tomó del brazo y se lo llevó a un costado, lejos de los demás, y con su habitual brusquedad lo interrogó.
─¿Volviste a las pastillas vos? ¿es eso?...¡mirá que no quiero otro invierno como el año pasado eh!
El papá de Lauti se liberó de él y volvió con su hijo mientras los abuelos intercambiaban miradas y saludaban a su hija. Esa crisis parecía estar resuelta. Las amenazas y los consejos no pedidos ya habían sido entregados. Junto con el juicio abreviado a un despreocupado padre que no velaba por su hijo y que afortunadamente no había abandonado el hogar. Apenas cerraron la puerta era claro que empezaría la otra batalla.
─Pasé por el jardín ─comenzó la mamá. ─pensé que te iba a encontrar ahí. Había una reunión hoy.
─Ya se, no se como me pude quedar dormido. Debo estar incubando algo.
─Decime la verdad. ¿Qué te pasa? ─retrucó mientras miraba hacia la habitación conyugal
─¡No tomé pastillas mujer!...eso es idea de tu papá.
─Ya te dije que las tiraras o que las escondas, sobre todo si tenés un nene dando vueltas ─dijo mostrándole el frasco de la medicación. Seguro había buscado en su mesita de luz. Él se sintió traicionado pero no estaba en condiciones de hacer una escena. Ella puso el frasco arriba de la heladera, esa suerte de lugar inaccesible donde acababa todo lo que querían mantener lejos de la curiosidad de Lauti.
─¿Que dijeron en la reunión? ─dijo intentando cambiar de tema
─Se sacaron el asunto de encima. No hay nadie de verde o parecido. La historia de la imaginación de los chicos y todo eso. Las mamás quieren que la psicopedagoga los evalúe. Como viene dos veces por semana hoy no estaba pero mañana los empieza a ver ─dijo ella en tono de resignación
─Lauti lo vio...pero es imaginario. ─dijo con aire despreocupado ante la sorpresa materna ─Parece que lo inventó él o al menos lo conoce desde hace un tiempo. ─dijo yendo a la habitación de su hijo a buscar los dibujos. El cajón le pareció ordenado distinto. Todo estaba perfectamente doblado y acomodado, no había ningún dibujo, tampoco colores. No dijo nada aunque le pareció extraño. Pudo cambiarlos de lugar ya que estuvo "solo" toda la tarde.
─La casa está helada de nuevo ─volvió a la carga ella ─tenemos que llamar a alguien que sepa ─lanzó en un dardo perfecto a la mantención que él mismo hacía de las estufas antes de cada invierno.
─Mañana llamo a alguien, no te preocupes.
La cena transcurrió tensa. La magia de sus suegros era potente sobre el estado de ánimo de su esposa. Simplemente nunca vieron con buenos ojos la relación con alguien a quien ella había conocido en una de sus crisis. Compartieron primero el psiquiatra y luego una cama. Siempre conscientes de que solo ellos sabían el infierno que habían atravesado en ese tiempo y que la unión podía ser férrea por momentos, pero no exenta de los altibajos propios de una novedosa estabilidad para ambos.
El niño había devuelto influencia a los padres de ella. Ella defendió la idea del vínculo y la necesidad de los chicos de tener quien los malcríe. Él no estaba tan convencido pero le parecían mejor ellos que su propio padre, violento y abusivo.
Su idea era seguir evitando la discusión. Darle todas las garantías para que mañana se fuera a trabajar tranquila. Y conseguir los malditos dibujos.
Volvió tarde al altillo para revisar los resultados de su búsqueda anterior. Había terminado de lavar los platos y habían acostado juntos a Lautaro. La PC extrañamente estaba apagada. Podía ser un apagado programado pero él recordaba haberlo configurado para la madrugada. El programa volvió a pensar por un rato...
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Refrescó la pantalla tratando de forzar algún resultado.
*no file found*
Eso era imposible. El sistema ya le puso número de codificación al trámite. Era lo único que hacía el programa. Ordenaba los números de pedido. Decidió llamar al conocido que tenía en sistemas. Era tarde pero algo inventaría para justificarse.
─¿Hola, Gastón?...
─¿Hola?...ah como estás, te conocí el número...decime que no se cayó el sistema porque me muero ─sonó una voz entre sorprendida y somnolienta.
─No querido, anda sobre ruedas, mi problema es que necesito rastrear unos números de trámite y no me tira el resultado
─¿Están bien ingresados?
Se tomó un momento para hacer como que tecleaba. Eran su pan de cada día y no se había equivocado en ninguno, pero hizo una pausa para que supusiera que estaba trabajando.
─Están bien, si querés te paso los números de trámite y los buscas vos
Apenas los pasó se sentó a mirar nuevamente su lúgubre oficina. Si lo viera su psicóloga estallaría. Nada de ambientes lúgubres, mucha luz y aire fresco le dijo a quién ahora trabajaba en un altillo sin ventanas, frío y mal iluminado. Al menos allí se sentía seguro. Algo del útero le explicó ella alguna vez. Tenía que salir de la matriz insana. Malditos traumas de la niñez decía un dibujito de la tele. Gran verdad.
─Tenemos un problema ─dijo una voz en el teléfono, sacándolo de sus pensamientos. ─no aparecen porque están borrados. Es rarísimo.
─¿Y tenés manera de ver al menos de que época son?
─Por las planillas puedo ver que son de meses distintos, algunos son del año pasado. Son más o menos de la época en que...cambiaste de oficina...─dijo refiriéndose diplomáticamente a la crísis del invierno pasado ─y la fecha de modificación es de...¿hoy? ¿pero si no se hizo ninguna revisión? Habría que rastrear al que metió mano. Alguien va a estar en problemas si piden de arriba los reportes.
─Tranquilo, no hay drama, llamo durante el día y averiguo por mi oficina. Anda a dormir.
─Listo, cualquier cosa avisame, abrazo.
Colgó con la certeza de que algo más había sucedido por la tarde. Ese programa no estaba habilitado para que sea modificado por alguien como él. El programa controlaba que los empleados entreguen su trabajo cada día. Si de alguna manera el fallo lo había generado él estaría en problemas. El programa controlaba que estuviera activo y presente. Si se ausentaba de las sesiones diaria de trabajo su jefe se contactaba con la familia, era lo convenido. Desventajas de ser un empleado "inestable".
El siguiente día arrancó con la rutina de siempre. Curiosamente no recordaba al principio por qué su mujer estaba distante. Sólo cuando se despidió y le lanzó una frase familiar.
─Vuelvo temprano...te amo...sin sorpresas por favor ─dijo saliendo, sin esperar respuesta.
A él no le parecía posible que una frase pudiera albergar información, cariño y reproche todo junto en una misma línea, pero ella era talentosa para probar los límites del lenguaje. No dijo nada. Demasiado temprano. El se ocupaba de levantar al occiso cada día. Era una forma simpática de referirse a la manera en que su hijo quedaba dormido por las noches. Era un muñeco de trapo, todo desarmado al que le llevaba bastante reaccionar. Se imaginó la cara de sus suegros si se llegaba a referir así de su nieto en presencia de ellos. Más le valía no probarlos demasiado. Se opusieron a que le dieran tratamiento ambulatorio después de su crisis pasada. Habían pensado que lo mejor era mantenerlo internado pero primó más la opinión de su esposa y la terapeuta gracias a Dios.
El desayuno pasó en silencio. El papá hizo como que todo estaba bien, que era una mañana más. Lauti tampoco dio señales de conflicto aunque en algún momento tendría que aflorar. El papá reprimió todo impulso de ansiedad y se sentó a desayunar en silencio mientras el nene comía su tostada con mermelada. Quién rompería la tregua silenciosa era aún un misterio.
─Le voy a poner Coquito ─dijo finalmente un despreocupado hijo.
─Mirá vos che, que lindo nombre ─replicó un distraído padre.
─Me lo va a tener la abuela en su casa. Ya sabe que no te gustan los perros.
─No me gustan porque muerden, debe ser por eso.
─Los chiquitos no, bueno, el de Ema muerde pero es cachorrito y no te hace nada.
─¿Y cuando sea grande que hacemos?
─Nada, la morderá a la abu pero lo pueden atar.
─Esa sería toda la solución...poner en la cárcel al pobre Coquito
─¿Por qué pobre si lo van a cuidar? la casa de los abuelos no es una cárcel ─dijo el nene, pero el padre no estaba tan seguro, ya que eran obsesivos de la seguridad. Cámaras de video, rejas. detectores de movimiento. Sólo faltaba un guardia apostado en la terraza. A veces pensaba que había muchos que tenían problemas peores que él, solo que a él se le dio por demostrarlo. Pidió ayuda. Otros andan con sus problemas pintándolos de normalidad.
Al principio hubo poca charla entre padre e hijo, pero no resistían mucho sin hablarse. Algún disparador iniciaba la charla despreocupada. Luego se llegaría al tema escabroso.
─Le voy a comprar un collar rojo con una correa para llevarlo a la plaza. ─inició el avance Lauti.
─Lindo color, le va a quedar bien a Coquito
─Me asusté mucho ayer. Pensé que te habías ido. Que me dejaste como antes.
El papá se sintió conmovido por la sinceridad del reclamo y se arrodilló junto a él para poder verlo a los ojos.
─Papá nunca te dejó. Papá se enfermó y se tenía que curar bien porque sino no te podía cuidar ¿sabés? pero papá nunca te dejaría porque te ama. ─dijo mientras se abrazaban. Lauti también lagrimeó cuando vio la emoción de su papá. Eso marcaba el fin de las hostilidades.
─Yo sabía que era mentira ─fue toda la acotación del nene.
El papá se sintió algo alarmado por esa afirmación pero no quiso romper el momento y lo dejó pasar. Enseguida estaban de camino al jardín. Y otra vez había tumulto en el portón. Un cartel anunciaba que sala amarilla sería atendida por turnos en el gabinete pedagógico. Había que estar atentos al teléfono por si se requería de la presencia de los padres. No hubo mucha más información. Lauti entró como siempre y el papá se quedó esperando un rato. Los comentarios iban desde los indignados con la indiferencia del jardin a los que todavía no se habían enterado del tema y preguntaban todo de nuevo.
El papá de Lauti se rindió. No había información fresca así que emprendió el regreso. Mando un mensaje a su esposa sin demasiados detalles. No los había. Era cuestión de esperar y estar atentos.
La mañana transcurrió normal y de a poco se fue olvidando del tema mientras se sumergía en su trabajo. Había calculado que si adelantaba lo suficiente se podía dar una vuelta por el jardín como un papá preocupado más y despejar las dudas sobre su maltratada paternidad.
Solo era cuestión de subir y mandar los archivos. Pesadamente emprendió el camino por la escalera y se abandonó en su sillón de oficina enorme y mullido. Uno de los pocos gustos culposos que se había permitido en ese etapa. La PC tardó en encender. La humedad no favorecía el proceso y la bendita máquina no perdía oportunidad en recordárselo. Tenía que cambiar ese lúgubre lugar de una vez por todas. Pintar, arreglar lo de la humedad, iluminarla mejor. Todo eso sonaba lindo pero en realidad no deseaba cambiar nada. En el fondo nos debemos un lugar donde seamos nosotros mismos pensó con algo de rebeldía mientras la pantalla de inicio cargaba a regañadientes.
El sonido de su celular lo despertó. Se levantó de un salto. Dormirse no estaba en sus planes inmediatos. Miró a todos lados y tropezó con la estufa cuando intentó alcanzar el teléfono para responder. Seguramente era del jardín intuyó mientras trataba de despabilarse. Cuando alcanzó el dichoso aparato ya había dejado de sonar.
*llamada perdida "amor" 18:53*
Se le heló la sangre.
La casa estaba en silencio y a oscuras. Anochecía temprano en invierno. Tuvo que andar a tientas hasta que pudo encender las luces. Sólo uno llamada perdida en todo el día. El jardín parecía no haberlo llamado. Se había suspendido todo lo urgente...o él no había estado disponible y la habían llamado a ella.
─¿Hola amor? ─dijo él tratando de parecer calmo aunque el corazón se le desbordaba.
─Hola desaparecido. ─contestó ella en tono cordial
─No llegué a atender. Me lo había olvidado arriba
─Igual hoy te dejamos tranquilo así podías terminar con tu trabajo. Me avisaron de tu oficina que estabas atrasado. Llevamos a Lauti a comprar el perro con los abuelos. Está re contento, se cansó de jugar con él. Ahora lo llevamos con mi papá. Ah...y también me llamaron del jardín...
─¿Ah si? bueno con respecto a eso te quería decir algo...
─Quedaron impresionados con lo que les dijiste. ─Lo interrumpió ella sin dejarlo terminar. ─Dicen que lo van a poner en práctica ─cerró con algo de emoción.
─ ¿...?
─¿No vas a decir nada? miralo al señor modesto. A mi también me pareció genial la idea.
La confusión lo nublaba. No recordaba que le hubieran hablado del jardín, ni recordaba que ella hubiera sonado de ese modo alguna vez. Mezcla de admiración y complacencia. Fuera lo que fuera seguro fue tema de conversación con sus suegros. Quedaba el pequeño asunto de no tener la más mínima idea de como había hecho él para intervenir en el asunto del jardín con éxito. Y que les diría a todos cuando le pregunten. El por qué no recordaba nada era el otro asunto que le taladraba la cabeza. Esos apagones le empezaban a preocupar. Supo tener algunas crisis en el pasado pero nunca de ese tipo. Su problema siempre había sido la ansiedad creciente.
Decidió que iría recabando información de a pedazos para reconstruir su día. Todavía no sabía lo que le pasaba y poco tenía para decirle a su mujer. Revisó su celular. El historial de internet lo dejó sin aliento. *abrigo verde largo* páginas de venta online, páginas de redes sociales. Había visitado más de treinta publicaciones con esa búsqueda. En todas había dejado los correspondientes "me gusta" con su perfil que ahora aparecía en modo público. Todo estaba allí, expuesto a quién quisiera mirar si lo decidía.
Esa noche transcurrió entre el renovado entusiasmo de su esposa y las dudas de él de decir algo que rompa el clima. Lo atormentaba lo que no sabía de la tarde pero disimuló como un actor consumado. Cocinó y trató de mostrarse activo. Habló con su hijo del cachorro y por primera vez se planteó la posibilidad de traerlo con ellos. Su hijo ahora también lo miraba extasiado. Aquello podía ser un punto de inflexión en su vida familiar. Un quiebre que había venido buscando sin éxito desde hace tiempo. Y ahora llegaba a él casi como un regalo...¿pero de quién? la respuesta no tardó en llegar.
─Me dijo que quiere ser tu amigo pá. ─fue la confidencia que le hizo su hijo cuando la mamá se había llevado los platos de la mesa.
─¿Quién Lauti?
Su hijo lo miró incrédulo.
─Mi amigo papá...¿no te acordas?
─ Ah si, me acuerdo...¿Y antes no? ─preguntó un extrañado padre.
Lauti lo miró con seriedad mientras negaba con la cabeza. Por primera vez percibió miedo en su hijo. Y no le gustó. Ese sentimiento se quedó con él por el resto de la noche.
La mañana siguiente la sensación de que algo amenazante lo observaba continuó. Había dormido mal, soñando con ojos en las oscuridad, miles. Oscuridad que se iba tragando la luz y acercándose a él. Mucho antes de que sonara la alarma de su mujer ya estaba levantado. Ya que estaba develado preparó el desayuno familiar y se sentó a mirar la nada con un café enfriándose en su mano.
─¿No pudiste dormir? ─lo interrogó su esposa apenas levantada mientras recibía una taza de té caliente que él le pasó.
─La fama me tiene mal ─contestó, tratando de parecer simpático.
─No te olvides que hoy te esperan en el jardín para charlar eso ─le contestó mientras entraba al baño encendiendo todas las alarmas en su cabeza. No mucho después que ella se fue despertó a su hijo para el desayuno. La idea era hablar un poco más de este amigo de saco verde pero Lauti estaba tan dormido como de costumbre y no le pudo sacar palabra.
Llegó al jardín de infantes con un extraño zumbido en su cabeza. Quizás en parte por la ansiedad que le solía generar ser sometido al escrutinio de otros. No había dormido nada y esas extrañas siestas por la tarde lo dejaban más agotado todavía. Parecía dolerle detrás de los ojos. Un dolor punzante y agudo. Un dolor nuevo, entre los tantos que había padecido. Y el zumbido, ese maldito zumbido que no lo dejaba ni a sol ni a sombra. No sabía que podía aportar a la situación así que improvisaría. Inventaría una excusa de ser necesario para retirarse.
Lo cruzó la directora del jardín en la puerta. Se la veía agitada. Desbordada por la situación reciente. Parecía como si lo que se generaba desde el grupo de padres solo podía ser conjurado por uno de sus integrantes.
─Buen día papá. Le agradezco su ayuda. Ya preparamos todo para la charla, si quiere le muestro el salón y usted me dice si es lo que pidió...
El papá de Lauti se propuso manejar las cosas con un mínimo de ansiedad. Aunque el pánico amenazaba con tomar la batuta. Lo condujeron a un aula apartada. Estaba decorada con afiches hechos a mano, seguramente por las maestras.
─¿Quiere un café? ¿O va a volver más tarde para la charla? ─preguntó con creciente ansiedad la directora.
Necesitó un momento para evaluar la situación. Si se iba no volvería. La situación escalaría hasta límites inmanejables para él.
─Me quedo, voy a repasar algunas notas ─contestó con una sonrisa ajena por completo a su ser pero suficiente como para que la directora se tranquilizara un poco y se fuera de una vez.
Paseó por el salón mirando los afiches pegados para la ocasión. El lobo de caperucita, un Frankestein verde, Otra vez el lobo pero ahora de los tres chanchitos. Un afiche continuaba enrollado en el escritorio. Le dio curiosidad así que lo desplegó
"Charla sobre los miedos, Sala verde, amarilla y preescolar, 10 de la mañana"
En sí no era nada del otro mundo. Se solía hacer bastante en los niveles iniciales. Lo que no entendió fue por qué había una figura en el centro. Dibujada por un adulto pero con trazos de niño. Un hombre con anteojos negros, bastón y un largo saco verde. Una ráfaga fría le recorrió el espinazo.
─¿Usted fue el de la idea verdad? ─dijo una voz a sus espaldas sobresaltándolo. Un mujer alta de pelo lacio negro azabache y anteojos que sostenía un vaso grande de café. Tendría unos cuarenta años pero con especto jovial gracias a unos jeans gastados y un pullover ceñido verde pastel. Le extendió el café y se quedó mirándolo como suelen hacer esas personas que te analizan por oficio.
─Déjeme adivinar ─dijo al tomar el café y extenderle la mano para saludar. ─la psicopedagoga...
─¿Como hace todo el mundo para saberlo tan rápido? ─contestó sonriendo resignada. ─Marta ─dijo sin rodeos mientras él también se presentaba.
─Debo reconocer ─continuó ella, mientras miraba los afiches del aula ─que este enfoque agresivo de la cuestión me generó algunas dudas, pero algo contundente como esto, puede llegar a calmar los ánimos más exacerbados...no se ofenda pero debo preguntar. ¿Desde que enfoque piensa plantear esto? No voy a aburrirlo con autores como André o Allain Miller, es obvio que estamos encarando esto desde alguna forma de terapia narrativa. Sea lo que sea debe ser efectivo. Conozco a la directora hace años y no es fácil convencerla hasta tal grado...
─No tengo formación en esto, solo experiencia en terapias si es eso lo que me está preguntando. Un fóbico suele saber mucho sobre el miedo. ─Dijo arqueando las cejas mientras se encogía de hombros. No era un buen argumento y esperaba que ella tuviera suficiente sentido común como para parar toda esa locura.
Pero lejos de eso, ella asintió en silencio mientras no dejaba de observarlo con ojo clínico. Le había dicho a la directora que estaba loca si pensaba poner a un padre al frente de una charla tan sensible. Pero la directora conocía a las madres y su poder de persuasión. Nadie que perteneciera al colegio les inspiraría confianza en ese momento. Eso tristemente la incluía y fue su definitiva derrota en la pelea. Su rol se limitaba a estar presente junto a las maestras y supervisar las actividades que el papá había propuesto. Le lanzó una última mirada y se marchó con un gesto. Tenía que resolver cosas antes de las 10.
El papá de Lauti miró las mesas preparadas. Todas tenían hojas en blanco y colores listos para usar. En todas había lógicamente lápices verdes. Sea lo que fuera aquello había sido idea de él, si es que el término aplicaba. Entendió por qué su esposa estaba tan orgullosa de todo ese asunto. Siempre le había reclamado iniciativa. Salir de su ensimismamiento. Enfrentar la vida para que ella tuviera un descanso. Ella y todos. Todos parecían querer que fuera algo distinto a lo que era. Todos exigían. Nunca les alcanzaba. Nunca.
Cuando se hicieron las 10 el aula se pobló de chicos pequeños y maestras ansiosas ante el desorden que reinaba. La directora estaba en un rincón junto a Marta. Lauti lo miraba con fascinación y no dejaba de contarle a los demás que el que estaba al frente era su papá. Se concentró en dominar el impulso intenso de salir corriendo. No había escapatoria. Estaba ahí para hablar de eso que quería hacerlo huir. Solo tenía más miedo a una cosa en el mundo. Fallarle a ese pequeño ser de pelo castaño que lo miraba como nunca lo había hecho. Él no lo merecía. Así que cerró los ojos, abrió su boca y se lanzó a contar, con conceptos simples y adaptándose al pequeño público, lo que sabía del miedo.
No midió el tiempo o se percató de la reacción de la audiencia. Pareció recitar de memoria información que alguna vez recibió sobre el tema. Estructurada. Organizada. Como una exposición académica. Manejó los tiempos, las reacciones. Incluyó ejemplos accesibles. Se apoyó en el material que veía en el aula. Apeló a cosas que los chicos pudieran identificar. Los invitó a dibujar finalmente a ese hombre de saco verde. Anteojos negros. Bastón oscuro. Les contó que eso eran sus miedos. Las cosas que nos acechan. Que lo mejor que uno puede hacer es darles forma. Sacarlos de la oscuridad. Eso hace que uno lo enfrente. Lo domine. Lo venza.
La charla terminó con una pared repleta de hombres de saco verde. Todos distintos. Todos parecidos, donde se colaba un perro amenazante de fondo. Un papá dibujado chiquitito, o grande y enojado, o una mamá que lloraba. Ojos mirando detrás de la escena, o nubes de tormenta oscureciéndolo todo. Cada nene agregó algo a la composición. Algo de sus propios miedos. Algo que sumar al miedo colectivo.
Las madres estaban en la puerta. Nunca las había visto allí hasta terminar. Eso fue un alivio. Les habían dicho que se acercaran sin distraer pero permitiéndoles ver lo que se hacía. Todas desfilaron por la pared del aula con ansiedad por lo que sus hijos habían dibujado. Hasta Marta se sorprendió de los resultados. Le hubiera llevado mucho tiempo conocer algunos detalles sobre los chicos. Todo parecía tan claro en la pared. Tenía tanto ahora con lo que trabajar que quiso agradecerle al papá de Lauti la intervención pero él ya se había ido para entonces. Quedó simplemente ese nubarrón de madres ansiosas preguntando que había dibujado su nene o nena aquella mañana. Porque el hombre del saco verde estaba en todos los dibujos, pero de alguna manera, había desaparecido.
El papá de Lauti se quedó a un par de cuadras. Aprovechó un enorme cesto de basura de esos que los camiones levantan con un largo brazo mecánico. Había unos cartones apilados que le sirvieron para esconderse. Se acurrucó a un costado y dio rienda suelta a su ansiedad. Trataba de no moverse demasiado pero no podía controlar del todo el pánico. Creyó que moriría allí mismo. Abrazado a sus piernas, volteado de lado, llorando como un bebé indefenso que dejaron abandonado en la basura.
Se alegró de que nadie lo viera en ese estado. Se levantó y se limpió un poco y caminó tambaleando hasta la esquina. Allí pudo dar su primera bocanada de aire profunda y caminó hasta su casa, aliviado de que el miedo le hubiera dado un respiro.
Otra vez la encontró fría y desolada. Pensó en ir a la cocina y comer algo y luego miró en dirección al altillo. La escalera, cuando la luz estaba apagada era una boca de lobo, aún a pleno día. Y sin embargo casi no veía otra cosa. Porque la casa siempre había sido una excusa para ese altillo, como su vida era un pretexto para el miedo.
Recordó la charla con los nenes y la alegría con la que se arrojaron a la enorme tarea de conjurar el espanto. Hubiera querido ser como ellos. Tantas cosas hubiera querido.
Como un condenado empezó a subir los peldaños uno a uno, saboreándolos. Los primeros dos para llegar al descanso. Luego la escalera doblaba y continuaba hacia arriba pegada a la pared. Nunca hizo falta decirle nada a su hijo sobre el peligro de la escalera. Solía ser un lugar que evitaba hasta su esposa. Pudo recordar las palabras de su psicologa, enemiga de su espacio personal.
"No vuelvas a la oscuridad. Tenés que cambiar tu oficina de lugar ...o no se, pintala, decorala, comprate muebles. Algo. No la conviertas en un altar."
Encendió la luz pero fue como si no lo hubiera hecho. Apenas iluminaba. Como si hubiera baja tensión o algo. Su sillón. Su escritorio. La pc encendida. Y la pared lateral con un enorme hombre de saco verde y anteojos negros dibujado con crayones. Era casi de su altura.
Pudo haber gritado de miedo, pero no se había sobresaltado demasiado. Esperaba que estuviera allí. Era al único que estaba esperando.
Se acercó a él y miró esos circulos negros que representaban los anteojos. Por algun efecto extraño de refracción parecían brillar aunque la luz fuera pésima.
─Acá estoy...
No se habría sobresaltado si le hubiera contestado, pero el silencio reinó como siempre. Nada se oyó...pero vio. Fueron como flashes. Imágenes borrosas de Lauti subiendo la escalera, entre aterrado y curioso. Lo vio caminar en la oscuridad y pararse frente a esa pared. Y lo vio hablar con ella, casi como él estaba haciendo en ese momento. Lo vio pintar una y otra vez, en hojas blancas que tenía en su oficina, lo que veía en una pared donde todavía no había nada dibujado. Miró sus pies y vio que los dibujos estaban desparramados en el suelo. Los crayones también. La mayoría eran verdes. Y esa fue la primera vez en mucho tiempo en que no tuvo miedo. No hubo zumbido ni dolor detrás de los ojos. No sentía esa ansiedad creciente con la que se despertaba por las mañanas ni esa opresión en el pecho que le cortaba la respiración. Todo había quedado abajo. Lejos. Podía decir que sentía alivio por fín. Era casi una experiencia nueva. Y empezaba a entender...
Porque por primera vez en su vida, supo lo que tenía que hacer.
***
La pesada puerta metálica lanzó un quejido cuando abrieron por fín. Marta caminó por un largo pasillo con olor a desinfectante, escoltada por una enfermera con cara de pocos amigos. Cruzaron una sala donde había mesas con juegos y varios pacientes en mamelucos blancos hacían actividades.
─Acá ponen a los tranquilos ─dijo con sequedad la guía mientras sacaba un llavero enorme al llegar al otro extremo de la sala. Otra puerta metálica y otro pabellón, menos iluminado. Más lúgubre. El eco de los tacos de Marta contrastaba con los pasos mudos de la enfermera que llevaba zapatillas. Otro pasillo interminable y una médica al final con las manos en los bolsillos del ambo que la observaba.
─Y acá están los otros ─completó, sin dar muchas más explicaciones mientras señalaba a la médica como destino final. Ya no siguió acompañándola.
Se saludaron de compromiso. Marta tuvo que hacer muchas averiguaciones previas. Había entrevistado a la esposa, que fue la que lo encontró. Todo había pasado el mismo día en que lo había conocido, dando una charla que no había visto dar a a nadie en sus muchos años de formación.
─ Soy la doctora Ruiz. ¿Hablé con usted? Marta ¿no?
─ Soy la doctora Ruiz. ¿Hablé con usted? Marta ¿no?
La licenciada asintió. ─Gracias por recibirme.
─No entiendo demasiado el punto de esto. Ya entrevistamos a su psicóloga. No nos dio demasiada información. Patología bastante típica. Trastorno de ansiedad. Empezó con ataques de pánico en edad adulta. Sin antecedentes previos. Crianza estricta de padre solo. Formó familia y estaba en terapia por su ansiedad pero se desenvolvía bien. Tuvo un ataque severo en su trabajo y decidieron que trabaje desde su casa. Aunque sabían que no era peligroso más que para si mismo. Y después, bueno, el desastre...
─Estoy tratando de forma particular a su hijo, y bueno, eso me mantiene en contacto con la esposa...
─Fue ella la que le pidió que venga entonces ─afirmó en tono diagnóstico la médica.
Cruzaron miradas confirmatorias.
─No es conveniente forzar a un paciente a recibir visitas si no consiente, usted me entiende. No quiere ver a su familia. Si estoy hablando con usted es porque él aceptó verla simplemente.
─¿Lo tienen de este lado por alguna crisis? ¿tuvo otro episodio?
─Protocolo, no tiene síntomas. Nada hasta ahora. El director es estricto, aunque a veces lo pasamos un rato del otro lado. Se lleva bien con los demás pacientes.
─¿Lo tienen muy medicado?
La doctora negó con la cabeza. ─No hizo falta. Hasta ahora no tuvo conflictos con el confinamiento, ni con sus pares ni con el plantel. Pero es cierto que tampoco encontramos el detonante. Se adaptó rápido y es colaborativo. Dibuja mucho.
─¿Dibuja? ─preguntó Marta intrigada.
─Mejor que usted y yo. Creo que era algo que hacía con el hijo, al menos eso supongo. Sabemos que le hace bien a pesar de su limitación. No lo frustra. ─Concluyó mientras hacía una seña a través de una pequeña ventana y un zumbido eléctrico invitaba a abrir la puerta de lo que parecía una sala de estar. Había dos enfermeros de buen porte en ella a prudente distancia. Marta se dispuso a entrar sin tenerlo a la vista todavía. Había pocos pacientes allí. Algún tipo de régimen especial supuso ella, dado que algunos eran peligrosos.
Avanzó unos pasos pero la doctora Ruiz la tomó del brazo para darle una última recomendación.
─Le
tengo que advertir como hago siempre con todos. Están acá por algo
Marta, no vienen solos. No se olvide que él se arrancó los ojos con
un par de crayones ─dijo con tono severo, mirándola fijamente.
Parecía querer entender el porqué de su presencia allí.
Finalmente desistió y suavizó un poco la mirada mientras la
soltaba, indicando con la cabeza en dirección a un rincón de la
sala.
─Es aquel. El de verde...

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