viernes, 27 de diciembre de 2019

Turno noche



─Bueno González, yo creo que la búsqueda está cerrada. Tengo un candidato que cumple con el perfil. ─Dijo y colgó el teléfono mientras le dedicaba una leve sonrisa.

El postulante se revolvió en su silla. Había llegado tarde a la entrevista. No tenía un curriculum extenso o específico para el área y esa clínica médica era una de las más selectas de la capital pero de alguna manera había logrado caerle bien al encargado de RR.HH. Le habían hecho estudios médicos de todo tipo durante la tarde y no estaba seguro de si ya tenían los resultados. Todos eran bastante herméticos en ese lugar y no eran dados a conversar. Deambuló por consultorios y salas de espera cumpliendo un riguroso cronograma. El lugar tenía su lógica interna. El solo era un postulante más, quién sabe si pasaría la selección. Nadie le debía demasiada consideración. Lo único que le jugaba a favor era la época. Se acercaban las fiestas y esto abría cupos por el inminente período vacacional.

─Pase por ropería que le van a tomar las medidas así le preparan el uniforme. Empieza el lunes a la noche. Firme estos papeles así se arma su legajo.

─¿A la noche?...pensé que el puesto era diurno.

El encargado lo miró por encima de los anteojos con algo de severidad.

─¿Tenemos problemas con el horario?

─No ...no, para nada. Completamente agradecido. ─le contestó mientras le daba la mano. ─No va a tener quejas de mí, gracias por la oportunidad. ─dijo y salió apurado rumbo a quién sabe dónde.

─Perdón...¿ropería? ─preguntó en el pasillo del ascensor.

Ese lunes a la noche, puntual,  ya estaba vestido con su uniforme nuevo y un reluciente cartelito que lo identificaba abrochado a la solapa. Estaba su foto, su nombre y las siglas R.E.N en letras grandes  y rojas junto al logo de la clínica.
Deambuló medio perdido buscando la oficina de supervisión mientras veía a gente ir y venir en todas direcciones. Se dio cuenta enseguida que todos llevaban sus cartelitos pero ninguno era REN rojo. Los había azules y negros y otros que parecían más importantes llevaban otra sigla. C.O.N
Pronto dedujo que había algún tipo de escalafón en donde el REN rojo era el nivel inicial. Cuando llegó por fín, la encargada lo miró de arriba a abajo. No parecía muy convencida. Había varias personas trabajando en los escritorios. REN azules en su mayoría. Apenas lo miraron. Una chica le vio el cartelito y le sonrió timidamente pero luego se volvió a su pantalla de computadora a seguir tecleando.

─Hola, me llamo Esteban Marqués, el nuevo, si me orienta un poco ya puedo empezar ¿cuál sería mi escritorio? ─preguntó mientras la supervisora revisaba lo que parecía ser su legajo.

─No tiene. Usted es un temporal. Los expedientes que los operadores vayan emitiendo usted los lleva a los sectores correspondientes. ─dijo mientras le entregaba lo que parecía ser un mapa de la clínica.

─Los sectores de destino están en rojo. Los azules no están habilitados todavía para usted y los negros están prohibidos ¿me explico? ─dijo mientras le daba la mano. ─Mucho gusto señor Márquez.

─No, no...Marqués, con acento en la E y...

La supervisora gruñó algo que no entendió y levantó el dedo indice para interrumpirlo mientras contestaba su teléfono.

Otro teléfono sonó y una voz femenina se oyó desde el fondo.

─Necesitan este expediente de la mañana en hematología. ─dijo con algo de apremio.

Así Esteban comenzó su larga noche allí adentro. Cada vez que volvía había expedientes esperándolo en una especie de mueble. A veces eran varios rotulados según el destino. Fue aprendiendo despacio la lógica interna del edificio. Eran pasadas las 20 hs cuando regresó a la oficina después de las primeras entregas y ya no quedaba nadie allí excepto un REN negro con cara de pocos amigos.

─¿Ya nos abandonaron? ─dijo como para romper un poco el hielo pero el otro ni siquiera contestó.

Al rato su compañero, que Esteban apodó "Sonrisas", como para tenerlo presente en un futuro, se levantó de su escritorio y le puso una pila de expedientes enfrente.

─A historias clínicas. ─dijo secamente y volvió a sentarse.

Eran bastantes y pesados. Hasta ese momento había llevado todo a mano con el entusiasmo típico de un empleado nuevo. Pero ahora veía que la cosa no funcionaría si no mejoraba el sistema.

─Pero son muchos...─dijo tímidamente.

Sonrisas volvió a pararse con algo de fastidio y movió algo que había en un rincón. Era una carreta de esas que se veían en las oficinas para repartir las cosas. Una especie de carrito de avión, de esos con los que te servían el catering.

─Use eso.

─Te agradezco, es bueno saber que estuve haciendo el trabajo mal desde que llegué. ─dijo con algo de ironía que nadie se preocupó por valorar.

Así partió con su mapa de una clínica que ahora era completamente distinta. Sus pasillos estaban a media luz y nadie transitaba sus corredores. La única parte activa eran los consultorios de guardia pero esa parte se ubicaba del otro lado del edificio. Estaba en la parte oscura. Y era enorme.
Había visto algún agente de seguridad deambulando pero ellos tenían sus puestos fijos. Solo había que llamarlos si se los necesitaba. Le corrió un escalofrío por el cuerpo ante la silenciosa mole de cemento. Pero nada podía ir mal esa noche. Esa era su misión. Había que sacar el trabajo adelante y ganarse la confianza de todos. Ya se había acabado la indemnización del trabajo anterior y tocaba sostenerse con nuevos ingresos.
Historias clínicas parecía ser algo que estaba en el segundo subsuelo. El mapa lo mostraba como un solitario rectángulo rojo y negro. Así mismo, dividido al medio entre ambos colores. Era el único lugar al que tenía acceso allí abajo. El ascensor que llegaba hasta allí estaba en el final de un pasillo desolado. El silencio era sepulcral. "¿En serio?" pensó mientras mostraba una sonrisa de resignación. Ahora hasta extrañaba las modulaciones de radio de la gente de seguridad. Era el único sonido que había roto la monotonía de sus noches. Le parecía increíble que no hubiera un alma por ningún lado.
Finalmente la puerta del ascensor se abrió y se encontró otro corredor apenas iluminado y una solitaria ventanilla a oscuras al final. "¿En serio?" volvió a pensar. Empujó el carro mientras silbaba quién sabe que canción. No soportaba tanto silencio. El estaba acostumbrado a la gente, se había destacado en relaciones públicas toda su vida y ahora no tenía con quién hablar siquiera. Todavía purgaba su pena por el affaire con la hija de su anterior jefe y la maldición que le había echado..."No vas a volver a trabajar en publicidad en tu vida" Y así fue como las puertas de su anterior vida laboral se sellaron a cal y canto para él. Ahora empujaba un carro lleno de carpetas y silbaba quién sabe qué para soportar el silencio.
Miró dentro de una oficina con las luces apagadas. La ventanilla parecía cerrada. Puede que Sonrisas se hubiera equivocado pero no quería volver con toda la carga a preguntarle. Apiló las carpetas sobre el marco que parecía tener un soporte que se extendía hacia fuera a manera de repisa. Alguien tendría que venir ya que tenían que sellarle una planilla de entrega que estaba junto a las carpetas. Al menos así había sido hasta ahora cuando algún REN pálido y ojeroso estampaba su sello de "RECIBIDO" Empezó a vagar por el pasillo e inspeccionó un poco el lugar. No había puertas más que una junto a la ventanilla. No había cámaras. Pronto vio un cartel que en la penumbra y se acercó. Apenas se leía. "TOQUE TIMBRE Y AGUARDE"
Esteban suspiró, revisó la pared y dio con el enseguida. Lo tocó una vez. Nadie vino así que volvió a insistir un par de veces más. Había perdido bastante tiempo y ya empezaba a parecer que se había quedado paseando por ahí. Al menos eso podía parecerle a Sonrisas, su nuevo amigo. Volvió a silbar quizás por los nervios o quién sabe por qué pero entendió que no era buena idea, el eco de esos pasillos interminables daban la sensación de silbar con él...y no estaba bueno. Después vagó otra vez por el pasillo. Buscaba algún otro cartel que quizás le dijera que hacer. Se conformaba con un amable "espere un poco más" o un gracioso "suicidate"
Escuchó un sólido click metálico y la ventanilla se abrió de golpe. De la oscuridad surgieron un par de brazos delgados y pálidos que tomaron la voluminosa pila de carpetas, llevándose todo a la negrura. La ventanilla seguía abierta pero no había luz ni sonidos cercanos. Esteban apuró el paso mientras ensayaba una disculpa por la insistencia con el timbre.

─Disculpame, no sabía si había alguien ya que...

Un brazo volvió a salir de la oscuridad. El sello se estampó en la planilla con fuerza. Luego la ventanilla se cerró con violencia. Un sólido click metálico fue toda la respuesta.

─...estaba todo oscuro. Gracias y de vuelta disculpas...─le dijo al marco de la ventana. ─Muy amable todo.

Su Frankenstein se iba armando lentamente. Ahora "Brazos" se agregaba a "Sonrisas" y si se apuraba tendría el albúm lleno antes de terminar el verano.

"Ojos", la REN azul que le sonrió el primer día, fue lo lindo de esa primera semana. Esos grandes ojos cafés inocentones eran un descanso a tanta hostilidad. Apenas levantaba la mirada del teclado para mirarlo tímidamente pero esos fugaces contactos visuales eran la gema que brilla en el fango. Sólo había que pulir el detalle de que nunca le hablaba. Pero eso estaba de moda. Casi nadie lo hacía. Todo era monosílabos y directivas. Un cálido ambiente de trabajo podría decirse.
"Gruñidos", la encargada, estaba obligada a comunicarse oralmente, quizás por contrato, pero no obtuvo quejas ni felicitaciones de ella. Solo el consejo de que se ciñera al mapa y no deambulara por la clínica de noche. Supongo que el consejo venía de la mano del generoso aporte de Sonrisas después de esa demora de la primera noche en Historias Clínicas.
El resto de la semana se volvió rutinaria. Conoció sectores. Una larga sucesión de REN poco motivados para el servicio y a "Músculos", el de mantenimiento, que resultó ser tan parco como los demás pero le arregló una noche el carro cuando perdió una rueda. El solo hecho de que hubiera solucionado su percance ya elevaba la relación a nivel personal. Estaba seguro de que podía invitarlo  a conocer a su familia. Si tuviera una, o más precisamente, si tuviera una relación con ellos.
Una noche en que debía hacer un largo periplo entre administración y recursos humanos tuvo que sentarse un momento en un patio interno donde habia descubierto que podía fumar. Estaba disfrutando de un agradable fresco nocturno mientras chequeaba su teléfono celular y se olvidaba por un momento del peso de un lugar tan pernicioso como ese.

─Linda noche. ─se escuchó decir a sus espaldas. 

Podría haberse asustado o alarmado pero lo único en lo que pensó fue en que se había terminado su brilllante carrera en ese lugar.
Al lado suyo se sentó un CON negro, según pudo espiar de reojo en el cartel. Supuso que algún tipo de realeza del lugar. Había visto a los CON azules como la máxima autoridad de allí. Se consideró automáticamente despedido así que se relajó, lo habían agarrado en la primera de cambio, fin del juego...
Sacó un cigarrillo y Esteban le convidó fuego. Se dio cuenta que el desconocido tampoco lo miraba. Estaba atento a la porción de cielo que les regalaba ese pequeño espacio.

─Linda noche. ─volvió a decir, pero como si no fuera para él. Inspiró profundo y saboreó el aire...─deliciosa noche.

Esteban asintió un tanto descolocado pero siguió fumando sin mirarlo. No sabía si quedarse o irse directo al vestuario a llevarse sus cosas. Pero el CON estaba quieto, parecía absorto, mirando la luna mientras pitaba lento y profundo. Esteban no quiso mirarlo demasiado, pretendía hacer como si no prestara atención. Quizás en un algún tipo de pacto social, el acto de fumar juntos, supusiera un principio de camaradería. 

─No le digas a nadie que me viste fumando ─dijo cuando se levantó finalmente, y se fue.

Lo vio alejarse con su porte erguido y su cabello cano. Esteban volvió a sus tareas con la sensación que deben tener aquellos a los que les conmutan la pena de muerte a último momento. Alivio, confusión, o algo entre ellos.
La duda de con quién se había cruzado esa noche lo persiguió unos días. Pero no le podía preguntar a nadie sin delatarse sobre sus escapadas a fumar. Intento algo de charla con Sonrisas pero era como dialogar con el menú grabado de una contestadora automática. Tenía que preguntarle a alguien que no fuera una amenaza. Bajar en la escala alimenticia. Alguien que sepa mucho pero a la vez tuviera menos rango.
Había un viejo que movía los carros de limpieza por el playón. Uniforme gastado y gorrita verde. Ni cartel en la solapa tenía. Solía verlo desde una de las ventanas toda las noches acarreando un carro más grande y pesado que el suyo. Ese tenía que ser un inferior. Ahora había que acecharlo hasta saber donde encontrarlo.No fue difícil. Sin acceso a ese pequeño jardín interno del que disponía Esteban y con el playón de descarga lleno de cámaras solo le quedaba el vestuario.A eso de las tres de la mañana cruzaba todo el patio y entraba en el. Ahora tenía que sorprenderlo.

─Perdón, no sabía que estaba ocupado ─dijo Esteban al entrar de improviso y encontrarlo fumando, sin zapatos.

─¡Uy hermano! me agarraste...─dijo el viejo sorprendido.

─No se preocupe jefe. Siga nomás ─dijo y se lavó las manos mientras se miraba al espejo. ─¿Hace mucho que trabaja acá?

─Ya perdí la cuenta hermano. Demasiado. ─Apuró la pitada y se presentó. ─Benito Polanco ─dijo extendiéndole la mano. ─Pero decime Polo...

Esteban se la estrechó, satisfecho de que su plan hubiera funcionado. Esa noche empezó a sacarle información sobre el lugar. Pero Don Polanco no era tan lenguasuelta como hubiera querido. Supo que el viejo tenía menos acceso que él a ciertos sectores y que odiaba a los REN, porque tenían dos meses allí y ya se creían superiores a él, que llevaba años en el lugar. Esteban no dijo nada aunque el viejo había sido bastante certero.

─Yo soy un temporal así que no puedo competirle a nadie ─contestó aunque por dentro el viejo le generara un leve desprecio. Si llevaba años empujando carros de desechos no podía creerse demasiado según su entender. Pero necesitaba información urgente del lugar si quería salir de la noche y de su propio carro personal.

─No me queda claro el asunto de los rangos Polo. Es rojo, azul y negro ¿pero eso es también para los CON?

─Yo que sepa todos los CON son azules. Nunca vi de otro color. ─contestó el viejo bastante seguro.

Esteban entendió que el viejo estaba confinado a los lugares menos visitados por la jerarquía. Era un informante mediocre para variar. Pero cada tanto el viejo lo miraba divertido y se quedaba callado. El muy ladino se guardaba datos. Parecía gustarle verlo intentar sacarle información. Tenía una frase que dejaba a Esteban a oscuras cada vez que se iba.

─Vos no querés saber lo que pasa acá.

Así pasaron dos semanas y llegaron las vísperas de las Fiestas. No había conseguido gran cosa y parecía condenado a volverse un nocturno. Los destratos seguían pero la paga era buena a pesar de todo y se ganaba mucho más de noche. Sin embargo continuó asediando a su informante hasta el límite de volver la relación más tensa de lo recomendado. El viejo tenía, según el parecer de Esteban, la forma de salir de ese turno, aunque no hubiera usado esa información para sí.
Cuando se enteró que habría un brindis por las fiestas para el personal y no estaba invitado, la cabeza de Esteban detonó. Se obsesionó con que esa reunión podía ser su presentación en sociedad. No podía perder esa oportunidad. Esa noche empezó a perseguir incansablemente a Polanco intentando saber como ser invitado.

─Vos no querés saber lo que pasa acá. ─se hizo escuchar varias veces.

Pero no podían mantenerlo a raya por siempre, por recia que fuera la resistencia iba a terminar por ceder. Lo esperó noche tras noche, en el playón, en el vestuario, en donde fuera que el viejo anduviera hasta que lo cansó. Cuando lo emboscó en el ascensor el viejo finalmente reaccionó.

─Ya me cansaste pendejo, si querés saber lo que pasa subite. ─le escupió amenazante. Y marcó una sucesión de teclas de los pisos hasta que se iluminó una que parecía anulada. La oprimió entre resignado y molesto.

─Es tu elección.

El ascensor bajó y bajó más allá de lo que el tablero indicaba. De pronto el habitáculo se puso intensamente frío para lo que era un diciembre cálido y húmedo. Polo se subió el cierre de la campera que no se sacaba nunca y se acomodó la gorra verde. La puerta se abrió y un vaho helado los invadió. El viejo prendió un cigarrillo y trabó el ascensor. Le hizo un gesto hacia adelante con la cabeza y se acodó en el marco de la puerta.

─Te espero acá.

Definitivamente eso no era parte de la construcción original. Esteban se encontró con una corredor de piedra. Algo que parecía excavado con gran maestría. Había apenas unas lámparas que parecían de aceite. No había nada eléctrico allí. O que representara algún signo de modernidad. Era lo que en su cabeza se podía asemejar a cosas antiguas. Su cabeza bullía de ideas sobre cosas secretas de tiempos inmemoriales donde no había otra cosa que mitos. Bs As estaba cruzada de túneles desde los tiempos de la colonia. Historias de contrabando, de logias y antiguas conjuras. Hacía mucho frío ahí abajo. Una humedad pegajosa y helada. Pronto el corredor se ensanchó dando lugar a una gigantesca cámara. No se veía demasiado allí donde la oscuridad reinaba. Supuso que la linterna de su teléfono celular podría ayudarlo pero no le daba más que unos metros de claridad. Avanzó dando inseguros pasos hasta que se topó con algo que pendía de lo que parecía ser una parte más baja del techo de la caverna. Se topó con "algos" en realidad. Eran cientos. Suspendidos y en silencio, reposaban cabeza abajo. Como si la caverna fuera un árbol oscuro y húmedo, dando como fruto a esos rácimos de seres. Tenían forma de personas, sin un solo cabello en el cuerpo y con un extraño color gris. A su mente acudieron imágenes de esas viejas películas de terror. Su mente había transitado por cosas ocultas alguna vez, por simple curiosidad, pero nada lo había preparado para esto. Todo sonaba a cliché si no fuera porque lo tenía ante sus ojos. Retrocedió tratando de no hacer ruido. La lógica decía que tropezaría y despertaría a una horda de no muertos desatando la matanza. Pero no tropezó ni trastabilló. En absoluto silencio llegó hasta la puerta del ascensor. Polo lo miraba divertido.

─No podías quedarte con lo que tenías ¿no?...te pagan bien y no te joden... ─bufó Benito. ─Estos pendejos ambiciosos. ─le dijo a manera de condena.

─¿Vos?...¿vos sos...?

El viejo se rió con ganas rompiendo el silencio por primera vez mientras negaba con la cabeza.
Se subieron al ascensor y Polanco repitió la lógica con los botones. El viaje en ascensor ahora le parecía eterno. Esteban quería fumar, correr, gritar. pero cuando lo pensó bien quiso entender.
Pero qué preguntar era paradojicamente la pregunta. El viejo lo vio entre pensativo y asustado y rompió el fuego. 


─O te vas corriendo y nunca más volvés. O hacés de cuenta que no viste nada y empezás a escalar acá adentro. ─dijo el viejo mientras hurgaba en su campera buscando los cigarrillos. ─Entre los papeles que firmaste y que seguro no leiste hay un pacto de confidencialidad. Ni siquiera podés denunciarlos. Te meten preso o te hacen pasar por loco. Te lo digo porque ya lo he visto. Deben tener preparado un diagnóstico si lo necesitan. Son gente de poder.

─Vos me querés decir que nadie sabe lo que pasa acá.

─ La gente de arriba sabe. Bah...ellos son la gente de arriba. Han estado siempre. Son más viejos que el mundo.


 Después de insistirle un poco se llevó a Benito a ese pequeño jardín donde él fumaba. Tenía mil preguntas y el viejo tenía respuestas, como él había sospechado. Polanco miraba hacía arriba contemplando las estrellas. El cielo parecía limpio, el pulmón entre los edificios tenía una agradable corriente de aire que lo volvía fresco y el olor de la hierba le daba el toque. El viejo hizo una mueca de desprecio. Él llevaba años fumando en el inmundo vestuario de mantenimiento donde el servicio de limpieza rara vez entraba. Sin embargo, disfrutaba de la incertidumbre de su ocasional compañero de cigarrillo. Le encantaba cuando no sabían que decir. Recién ahí lo empezaban a respetar. Él sabía mucho más de lo que pensaban pero allí no convenía hacerlo saber.

─Son lo que pensás, pero no son como te imaginás. Esos de la cueva son durmientes. Pasan así mucho tiempo. Los que están despiertos trabajan en alguno de los subsuelos. Ahí no hay diferencia entre el día y la noche. Es como si hibernaran por épocas. Mucho no se sabe de ellos y no les vas a conocer las caras a menos que sean jefes. Esos tienen reuniones y los ves seguido. Se visten como personas normales y tienen otro color. Yo he visto algunos de día pero nunca salen al sol. Tienen mucha influencia en el sindicato de salud. De hecho son más del 80% de los empleados nocturnos. Y coparon otros gremios también. Siempre se hacen fuertes en el turno noche. Te lo digo yo que fui delegado hace años. Pero no se te ocurra decirles vampiros o algo así porque se ponen locos. Dicen que son hematodependientes ─dijo el viejo y se le escapó una risita. ¿No viste como se apiñan en el fichero los que se van a última hora? Todos amontonados en esa oficinita con cara de miedo. ─dijo Polanco mientras daba un alarga pitada.

─¿Todo el mundo sabe entonces? ─Esteban no daba crédito a lo que oía.

─Si ascendes tarde o temprano te toca la charla informativa. Donde te explican que ellos no son lo que son. Y que sufren de una rara enfermedad. Y que se yo. Pero nadie quiere trabajar de noche. Eso es un hecho.

─¿Pero a qué le tienen miedo todos exactamente? ¿A que los hagan desaparecer acá adentro?

─Ellos no andan persiguiendo gente. La cosa no funciona así. Eso es para la tele. El manejo es bastante moderno. ¿A vos te sacaron sangre para hacerte estudios antes de entrevistarte no?

─Si, pero eso te lo hacen en todos lados. ─concluyó, seguro de lo que decía Esteban.

─Necesitan unas gotas para tener los resultados, el resto se almacena. ─dijo el viejo con una media sonrisa. ─Te van a sacar una vez por mes para "medirte niveles" y determinar que no consumís drogas o tenés enfermedades venéreas. Y el resto se almacena. Y así te van ordeñando como a una vaca. ¿Que te pareció lo que te dan de cenar?

Esteban no tenía queja alguna del servicio de cocina. Comía mejor que en mucho tiempo y eran porciones abundantes.

─¿Te engordan bien no? ─insinuó con una leve sonrisa.

Esteban lo miró raro. Una parte de él empezaba a preocuparse. Visto así el asunto todo cuadraba. La imagen de esa gente colgando del techo no podía borrarsela de la mente. Sin eso se estaría riendo del viejo, pero después de la caverna estaba seriamente preocupado.

─Se nota que no sos un gran lector. Si no ya entenderías la diferencia entre un CON y un REN. Es el sentido del humor retorcido que tienen.

Esteban se quedó pensativo.

─Recurso empleado numerado me dijeron que significa mi puesto ─señaló sin entender a que se refería. ─Y comisionado operativo numerado es para decir jefe o gerente ¿no? Cada empresa le pone como quiere a los empleados Polanco. No me pareció raro.

El viejo no contestó. Ya terminaba el segundo cigarrillo y tenía que retornar al playón.

─Tampoco es raro lo que viste en la cueva ¿no? ─cerró la discusión el viejo y se paró.  ─ Mirá pibe, tomalo como quieras. Pero por traerme acá a fumar te voy a hacer un favor, para que no digas que soy un desagradecido. ─dijo mientras guardaba el paquete de cigarrillos en la campera gastada y sacaba un sobre doblado. ─Es la invitación al brindis de fin de año. Yo nunca voy así que no te puedo decir como es. Que se yo, por ahí tenés suerte y pasas.

─Gracias por esto ─Le dijo Esteban agitando el sobre ─Pero no me dejes con la duda. ¿Que querés insinuar con las siglas?

─ Deberías leer algún clásico sobre la temática, es un chiste bastante obvio, ellos tiene ese humor...ese desprecio por el ganado ─dijo el viejo acentuando la malicia en las palabras. Luego se acomodó la gorrita verde y se fue silbando.

Esteban se guardó el sobre y volvió a su reparto. Tuvo que usar internet para entender a que se refería el viejo. Y no llegó a entenderlo del todo, pero le pareció un chiste barato. Quizás el viejo era un tanto exagerado pero quién sabe, las cosas no marchaban por los caminos usuales en ese lugar.
Esa noche Sonrisas estaba tranquilo y solo visitó tres sectores más. Brazos le pareció hasta simpático cuando trabó la ventanilla. Ojeras, el de farmacia, estaba más despierto que otras veces. Casi podía sentirse el ambiente festivo. Sin embargo era gente normal, claro que nunca los cruzaba en el fichero ni tenía otras interacciones fuera del trabajo pero parecían normales, aunque pálidos.
El día del brindis todos los empleados tuvieron asueto. Faltaban un par de días para que finalice el año pero ya no volverían al trabajo hasta el próximo año.
Esteban se dio el lujo de quedarse en la cama todo el día pensativo. Jugó con el sobre y la invitación girándola entre los dedos. La miraba y volvía a leer buscando algún detalle que lo ayudara a decidir. Decía algo de elegante sport y ser puntual. No tenía nombre pero si una especie de chip adherido. Intentó dormir y la caverna se le mostró en sueños extraños y sofocantes. Se levantó para ducharse. Estaba decidido a no ir. No por miedo sino porque no le parecía el momento. Prendió la TV del monoambiente pero la pantalla estaba completamente negra. Un cartel le avisaba que regularizara su situación.

─Genial, ni televisión tengo. Un éxito mi vida.

Después de un rato de dar vueltas abrió el placard y empezó a buscar que ponerse. Las oportunidades están para aprovecharse se dijo para sí. No lo iba a detener ni siquiera un hematodependiente.

Cuando llegó a la clínica había menos gente de la esperada, de hecho no se cruzó con nadie más que los habituales guardias de seguridad, pero había carteles indicando la dirección del evento. El resto era la oscuridad de siempre.

"Fiesta y brindis de fín de año" Tercer subsuelo. 22 Hs.

Se acomodó la camisa y se miró en el espejo del vestíbulo. Sacó la invitación del bolsillo. Tenía una especie de pequeño chip que había que pasar por el tablero para desbloquearlo. Al menos eso vió hacer a una pareja mientras esperaba su turno...probó y funcionó. Se iluminó una tecla al final del mismo. No era parecida a la que el viejo había apretado esa vez, cosa que lo tranquilizaba bastante. Pero también era cierto que este ascensor no ea el de servicio. La apretó y respiró profundo. Todo o nada.

Al abrirse la puerta no había túneles de piedra o grandes cavernas oscuras. Era un pasillo iluminado con luces de neón y decoración moderna. La música sonaba con potentes bajos a manera de discoteca. Un guardia de seguridad le extendió la mano pero no tomó la invitación sino que le selló la muñeca con un símbolo fluo y luego le señaló lo que parecía ser un salón enorme, dándole la bienvenida. Todo era muy moderno, hasta para él, que esperaba algo más formal. Se encontró con una de esas fiestas electrónicas tan de moda en la ciudad. No era el más excelso bailarín pero se defendía bastante bien. Todavía quedaba el detalle de lo incómodo que podía ser intentar una charla en medio de la pista de baile, pero algo saldría de todo eso. Tenía que haber algo para él ahí.
Luces láser iban y venían peinando la pista mientras los temas de moda sonaban remixados y deformados por sintetizadores. Una bandeja llena de tragos se cruzó en su camino y se sirvió antes de que la moza se diera cuenta pero su aventura tropezó con la espalda de un muchacho que ya estaba realizando arriesgados movimientos de baile. Trago derramado.Oportunidad perdida. Empezó a bailar al son de quién sabe que cantante pop latino mientras intentaba reconocer algun rostro. Sonrisas estaba acodado en la barra. No perdía su habitual encanto aunque estuviera vestido de camisa sport y tiradores. Músculos había acaparado la pista de baile y parecía una especie de Travolta drogado, pero tenía una ronda de gente alrededor que lo vivaba. De alguna manera funcionaba lo suyo. Su muñeca brillaba con las luces ultravioletas gracias al raro símbolo que le habían estampado. Le pareció fuerte el champagne que había bebido. Se sintió mareado. Quizás fuera por no haber comido bien durante el día pero por las dudas fue al baño y se mojó la cara. Necesitaba todos sus sentidos alertas. Esa tenía que ser su noche y no necesitaba alcohol para desinhibirse. Pronto daría con alguien de arriba y le mostraría cuán valioso podía ser. Todos los seres del mundo necesitan buenos asistentes, humanos o no.
El alcohol no dejaba de correr por la pista de baile y las tres barras que la rodeaban. Todos parecían muy animados y no se podía reconocer quién era REN o CON. Humano o hemato. Todos bailaban y reían sin distinción. Se acercó a una de las barras y pidió gaseosa. El barman se rió de la ocurrencia.

─Acá no vas a encontrar nada liviano. Pero si no te gusta el alcohol también se consiguen otras cosas para colocarte. ─Le dijo guiñándole un ojo.

Todavía estaba acodado en la barra cuando cruzó miradas con una rubia despampanante de vestido negro ajustado que le sonrió. Pero estaba demasiado seguro de que esa era una chupasangre así que solo le hizo un gesto a manera de saludo y siguió caminando. Le ofrecieron tantas veces tragos que tomo una copa y la tuvo en la mano para que dejaran de molestarlo, pero no estaba en sus planes beber, ya no. Supuso que podría dar con el CON que se cruzó fumando. Al menos podía comenzar una charla con él. Pero en realidad no se sentía cómodo. Las luces estroboscópicas le saturaban la vista. Quizás se había acostumbrado a la penumbra por su trabajo porque apenas podía soportar los destellos intensos. Los láser a esa altura parecían manejados por algún intoxicado ya que parecían venirse encima de uno en tandas repetitivas, de manera casi hipnótica. El tatuaje fluo parecía arder con las luces negras. De hecho podía ver quién estaba sellado y quién no en la pista de baile, con bastante facilidad. Algo bastante llamativo. De hecho cada sellado parecía estar rodeado de gente que no, así que empezó a mirar a su alrededor. Se topó con un par de miradas que intentaron evitarlo apenas se sintieron descubiertas. Si se guiaba por los dichos del viejo todo aquello funcionaba de manera profesional. Se preocupó por descubrir si Sonrisas o Músculos estaban sellados pero Sonrisas tenía la manga de la camisa abrochada. Con Músculos era más simple porque estaba con una simple remera. Su sello brillaba como un adorno de navidad. Alrededor de él no pudo ver ningún otro sellado. Había un gigantesco reloj que iba en cuenta regresiva como anunciando el momento del brindis, solo que ahora a Esteban ya le empezaba a incomodar todo aquello. Estaba volviendo a los temores iniciales. Los que asociaba a la caverna. Esa con la que soñaba desde que estuvo allí.
Dos chicas muy atractivas llegaron tratando de que tome más champagne pero declinó la oferta. Una intentó besarlo y lo miró con bastante desprecio cuando la rechazó. Después se fueron lanzándole miradas torcidas que le parecieron demasiado hostiles para el ambiente que reinaba. Aún quedaban 43 minutos para que llegara el momento cero. El tan mentado brindis. Había cosas que no cuadraban en todo el asunto. Se preguntó que estaba haciendo exactamente allí. O en que momento se había enterado de la fiesta y casi no podía recordarlo. De hecho no podía. No había una charla previa o infidencia de alguien dentro de la clínica. Pero de alguna manera lo sabía, sabía hasta como desbloquear el ascensor y lo más le preocupaba era que no podía explicar el intenso deseo que tenía de asistir. Era todo lo que podía recordar entre las lagunas mentales que padecía esas últimas semanas. También se sentía muy cansado. Lo atribuyó al cambio de vida al empezar con el turno nocturno, pero realmente no se sentía él desde hace tiempo. Todavía quedaban 40 minutos así que había decidido  refrescarse en el baño y huir de allí. Todo aquello ya era pasado para él. Se disculparía con su antiguo jefe, trataría de enmendar las cosas pensando en volver a aquello donde era bueno. Era lo mejor que podía hacer con las cartas que tenía. Los bajos de la música remixada empezaban a taladrarle la cabeza. Sentía mucho calor. El baño parecía la cola del banco. Todos se mojaban la cabeza. como si les ardiera el cuerpo, la piel. Esteban tenía una leve sensación de ese tipo pero no al extremo de los demás allí. Todos exhibían el tatuaje en la muñeca. Cosa que seguía inquietándolo. Abandonó la idea de esperar allí. Todos gritaban y se empujaban eufóricos jugando con el agua.
Buscó el pasillo que daba al ascensor y encontró la puerta del corredor cerrada con llave. Estaba abierta de par en par cuando entró pero ahora ni siquiera había seguridad cerca. Cuando pudo ubicar a uno este no le hizo mucho caso a su petición.

─Después del brindis, después del brindis ─es todo lo que decía.

Las alarmas en su mente se seguían disparando

"...creo que la búsqueda está cerrada. Tengo un candidato que cumple con el perfil" sonaba en su cabeza, del día de la entrevista, pero lo cierto era que él no daba con el perfil, al menos no el laboral. No tenía experiencia previa ni había llegado en horario. Entonces ¿cuál era el perfil que buscaban en realidad? Había algo en lo que sí encajaba. Después de todo era un hombre solo, sin relación familiar cercana, ni mujer o hijos. Allí encerrado y sin nadie que lo busque si faltaba. Se habían buscado la víctima perfecta.
Pero si algo había tenido toda su vida era instinto de supervivencia. Y le parecía que era hora de usarlo. Examinó el lugar. Solo tenía una salida y estaba cerrada pero recordaba que el mapa mostraba que los subsuelos tenían otro ascensor.
Miró hacia arriba. Tenía que haber algo. Se escondió tras unos cortinados buscando encontrar si el salón tenía oficinas. De hecho las encontró apenas disimuladas por la decoración. Las luces estaban apagadas pero se podía llegar a ellas si escalaba por las columnas de sonido. Aprovechó el inicio del siguiente tema que era cuando se apagaban las luces por completo y empezaban los efectos luminosos psicodélicos y trepó. Se tuvo que colgar de un largo cortinado rojo pero llegó a una de las ventanas. Estaba cerrada. Maldijo su suerte pero más adelante se veía una que estaba abierta. Solo quedaba el pequeño detalle de que debería hacer equilibrio por el riel de las luces de colores. Debajo la pista ahora parecía pequeña. Pero se podían apreciar las rondas conformadas. No parecía gente suelta en una pista de baile sino un ejercicio coreográfico. Se podía apreciar como los que tenían las muñecas brillantes estaban rodeados por pequeños grupos de gente que no se apartaban de ellos. Veía que en las barras había un encargado que señalaba gente tras quienes salían las camareras prestas a ofrecerles de beber. Excelente servicio o estrategia. Se apuró a llegar a la ventana abierta y se colgó del marco. Quedaban tres minutos para el brindis.
Cayó dentro de una oficina oscura. Apenas se puso de pie dio un vistazo a la situación. El salón era mucho más grande de lo que pensaba, destacaba también en altura. Ahora que podía ver el techo se dio cuenta de que era de piedra. Oscura y excavada. La caverna vino a su mente con la claridad que no había tenido en esos días. Ahora estaba seguro. El viejo lo había traído por el ascensor de mantenimiento, ese era el otro que se veía en el mapa. Sonrió por su ingenio. Se asomó por la puerta de la oficina y encontró un pasillo largo y vacío lleno de oficinas. Supuso que del otro extremo de la cueva encontraría el ascensor al playón de descarga, allí donde conoció al viejo. Volvió a la ventana para dar una última mirada. Ya tenía suficiente ventaja allí arriba como para corroborar si sus suposiciones eran correctas o si era presa del pánico. Miró hacia la puerta cerrada y vio como Gruñidos y Sonrisas abandonaban el salón saludando a la gente de seguridad que gentilmente les abrió la puerta. Esa que le habían negado hace minutos. Detrás de ellos, otros también se despidieron. Seguro eran jerárquicos también, pero para el resto de los sellados parecía ser otra la realidad. Allí en la pista, borrachos y vulnerables.
El reloj estaba llegando a cero y una alarma tipo de bombardeo sonó por los parlantes mientras la voz del animador arengaba a todos a hacer el conteo final a viva voz.

...10...9...8...─gritaron todos

Detrás del escenario se habían reunido gente que salía de lo que parecía ser una cueva lateral. Seguridad les daba indicaciones como si tuvieran que ponerse al tanto de alguna situación.

...7...6...5...

En la pista de baile todos estaban expectantes pero se veia claramente como se iba rodeando  ordenadamente a las muñecas que brillaban. La gente de la barra de tragos había cerrado y se iban apurados por una salida lateral con los encargados cerrando la fila. La puerta se cerró finalmente y un guardia de seguridad quedó apostado en ella.

...4...3...2...

Músculos estaba abrazado con varias personas. Si reaccionaba tenía tiempo de sobra para llegar a la puerta y correr al ascensor. Ninguno de seguridad tenía su porte. Podía con ellos si no estuviera tan borracho como para no poder mantenerse en pie.

 ...1.

Todos alzaron sus copas y alzaron la voz en el festejo. Pero eso es un decir. Porque el grito de algarabía inicial se mezcló con los lamentos individuales cuando empezó la matanza. Del escenario brotaron los que parecían ser una horda de seres como los había visto suspendidos del techo de la caverna. Tenían un color gris intenso y estaban desnudos, esa era la única diferencia con los demás que se unieron a ellos. Esos que ya estaban en la fiesta. Músculos se sacó a dos de encima e hizo valer su fuerza para mentenerlos a raya. Hubo un momento en el que dejaron de atacarlo hasta que una nueva oleada cayó sobre él y lo hizo trastabillar. Pudo ver sus esfuerzos por levantarse pero cada vez que lo hacía se le venían otros encima. Le caía bien Músculos, le había reparado el carro una vez. Debía ser nuevo también, porque nadie era amable con él allí.
Se apenó de ver que la rubia que le había sonreído en la barra también estuviera siendo devorada por varios de esos seres. Parece que al final solo estaba flirteando con él. Lo tendría en cuenta para futuras ocasiones. Le sorprendió ver que Ojeras, el de farmacia, se había subido a la barra y pegaba patadas para intentar mantenerlos a raya. Pronto le tomaron de las piernas y lo hicieron caer. Un racimo de gente cayó sobre él. No era como Músculos así que no le dio muchas esperanzas.
Vio que los sellados ya habían sido en su mayoría ultimados y que todos se reunieron alegremente a comerlos. Había risas y comentarios en un idioma que desconocía. A medida que comían su color cambiaba a un saludable color piel. Se preguntó cuál de todos era Brazos, aunque apostaría la vida a que pertenecía al bando vencedor.
Se había terminado la fiesta, así que cerró lentamente la ventana y luego deambuló por los pasillos, atento a cualquier sonido. Encontró una puerta con la leyenda "servicios" y supo que había una luz de esperanza en todo eso. Había dado con un pasillo más rústico llenó de tubos que llevaban cableado por las páredes. Le pareció un pasillo técnico, de esos por donde deambula personal de maestranza. Se podía oler una brisa de libertad en el asunto. Esperó hasta que oyó sonidos de ruedas pesadas y pasos firmes y se escondió. Traín carros con los restos de la fiesta y los dejaban después de una curva que daba el pasillo, frente a una puerta de ascensor. Uno que le pareció familiar. Se montó en uno rogando no encontrarse con restos de personas en su interior pero tuvo suerte. Solo eran partes de la decoración, guirnaldas y una pierna que se movió cuando la tocó accidentalmente. El miedo puede disparar reaciones impensadas pero su primer reflejo fue mantener la calma. Corrió con el corazón desbocado lo que parecía ser un cartón con la palabra bienvenidos y se encontró con unos enormes ojos café que lo miraban aterrados.

─No me mates por favor ─susurró Ojos, todavía llena de lastimaduras y cubierta de sangre.

Puso las manos en señal de súplica. Estaba con un vestido hecho jirones y el maquillaje corrido. Se notaba un corte profundo en el brazo y el estado de shock. Esteban solo atinó a cruzar un dedo por sus labios en señal de silencio y asomarse apenas para ver si había gente. El ascensor hacía ruidos como si estuviera llegando a ese piso. Sabía que solo entrarían dos carros como mucho en el habitáculo así que era posible que los despacharan hacia arriba sin escolta. Con suerte sería Polanco quién los recibiera.Ya tenía ganas de ponerle las manos encima a ese tipo.
Alguien se acercó y empujó el carro hasta el fondo del ascensor sin ninguna delicadeza. Luego metió el otro con menos dulzura que el primero y aporreó los botones y se fue a seguir con lo suyo. La sensación del habitáculo subiendo era la gloria. Se escuchó un sonido metálico cuando por fín llegó a destino. Las puertas se abrieron y se escucharon los sonidos propios de la calle. Una brisa entró e inundó los pulmones de Esteban. El playón pensó con ilusión mientras Ojos lo seguía atenta con la mirada. Tenía suficientes razones para desconfiar de él. Estaba limpio, sin heridas ni signos de pelea así que lo mantenía vigilado.
Esteban dio otro vistazo y vio que no había nadie. No sabía si alguien vendría por el carro rapidamente o si debía esperar algo más pero decidió que no se quedaría allí.

─No hay nadie ─le dijo a una aterrada Ojos que no quería ni ser tocada. ─Yo me voy de acá, decidí vos que querés hacer. ─dijo lacónicamente y salió del carro buscando una salida a la calle. Encontró un portón que estaba cerrado pero que  se podía trepar. Apenas puso un pie en las rejas alguien habló a sus espaldas.

─Ayudame.

Ojos estaba detrás de él. Él se tomó el tiempo para ayudarla. La sostuvo unos segundos que parecían interminables. Pronto pudo hacer pie y se descolgó del otro lado del portón. La siguió sin hacer apenas ruido. Se encontraron de pronto en la vereda de la clínica.

Habían salido.

Caminaron en silencio por la ciudad callada. Era la madrugada y prefirieron no pedir un taxi o alertar a nadie. A Esteban todo aquello que se había montado en una prestigiosa clinica le significaba protección de todo tipo. Política, policial o ambas. No podia confiar en nadie, mucho menos pensar en denunciar algo. Él ni siquiera debía estar allí esa noche. Cuando estuvieron a prudente distancia le ofreció su camisa para que se cubriera y le preguntó si quería ir a su departamento y desde ahí pedir un taxi o algo.

─Te podés pegar una ducha en casa si querés. Después llamás a alguien para que te venga a buscar. Además tenés que hacer algo con ese brazo ─dijo encogiéndose de hombros.

─No conozco a nadie acá. Mi familia vive en el interior. Hace seis meses que trabajo en la clínica. Ni siquiera iba a ir a esa fiesta, pero me ascendieron un mes antes y me dijo Gladys que tenía que ir.

Tenía bastante lógica la elección, entendió Esteban. Entendió que Gladys debía ser Gruñidos. La que se había escapado antes del asunto. Una empleada modelo al parecer.

El departamento era un desorden total, tal como era la vida de Esteban por esa época. Apenas pudo ordenar algo para que ella se sentara y le fue a preparar la ducha. En el momento en que le trajo unas toallas le extendió la mano.

─Esteban, un gusto conocerla en este apocalipsis. ─se presentó con una sonrisa.

─Clara ─contestó, y le devolvió la sonrisa, aunque no estaba para chistes.

Él la miró detenidamente y suspiró exageradamente.

─No te veo los colmillos, parece que me puedo quedar tranquilo.

Ella ya no sonrió, todavía no estaba lista para reirse del asunto.

─Perdón pero te lo tengo que preguntar ─inició él tratando de no ser demasiado brusco. ─¿Cómo te escapaste de ahí?

─Por una apuesta estúpida. ─dijo ella con los ojos empañados. ─Cuando se fueron los de la barra de tragos me desafiaron a robarme alguna botella. Y me crucé del otro lado. Estaba aprovechando que todos estaban distraídos con lo del brindis ─dijo y la mandibula le tembló pero contuvo como pudo el llanto y se secó una lágrima delatora. ─No me puedo olvidar los gritos. Los gritos...uno de los chicos de la oficina me gritaba mientras...mientras...me gritaba "no salgas...no salgas" ─se secó las lágrimas con la toalla. ─Lo estaban lastimando pero él se preocupaba por mí. Habíamos entrado juntos a trabajar ahí. Me cayeron cosas encima. Vidrios. Sangre. Restos. El celular de alguien que intentó llamar o algo. Lástima que se rompió con el golpe sino hubiera llamado a la policia para que los maten a todos esos hijos de puta. Me arrastré a la cocina y me escondí detrás de unos tachos grandes de basura. Después cuando se callaron todos y vi el otro carro cerca me metí ahí y esperé a que me vengan a buscar. Me tapé como pude pero nunca creí que no se dieran cuenta de que estaba ahí...Estaba esperando que me vengan a matar. ─dijo y su mirada de dolorosa resignación dejó mudo a Esteban.

  Permiso, me voy a bañar. ─dijo y entró en el baño apurada. 


Tardó un buen rato en el baño, tanto que a él le preocupó que se hubiera desmayado, o algo así pero decidió no molestarla. Demasiado habían pasado esa noche así que se sentó en la silla y no tardó en quedarse dormido. Lo despertó un agudo dolor en el pecho. Manoteó la mesa en su desesperación. El control remoto cayó y el televisor se encendió mostrando otra vez la pantalla negra y el cartel de "regularice su situación". Clara estaba sobre él, empapada y desnuda, empujando un cuchillo de cocina entre sus costillas. Gritó y se resistió pera ya estaba muy profundo.

─¡Morite hijo de puta, vos no me vas a matar. Yo te voy a matar a vos bicho de mierda! ─gritaba enloquecida y con las pulilas enormes, dilatadas. Estaba fuera de sí. Pero no dejaba de tener unos grandes ojos cafés que podían ser un descanso para Esteban que se fue contemplándolos. Sus cabellos empapados le caí en la cara y le pareció una imagen hermosa y terrible. No tendría que haber dejado que se bañe, tarde lo comprendía. Cuando sintió que las fuerzas lo abandonaban dejó de luchar y se entregó a su suerte. Su madre fue el último rostro que imaginó. Tendría que haberse despedido.

La policia llegó en minutos y derribó la puerta por el llamado de los vecinos, Se apersonaron por un caso de violencia doméstica según se desprendía de los testimonios, encontrando a un hombre sentado en la mesa rodeado de un charco de sangre. Una generosa cuchilla le asomaba del pecho. Al lado había una mujer desnuda y semidesvanecida que murmura que el hombre la quería matar, que era un vampiro. Desvarió todo el tiempo hasta que se la llevaron gritando, pedía que se aseguren de que estaba muerto. Se la derivó a un centro de salud para ser evaluada y luego quedó detenida.
Se comprobó a primera hora de la mañana que estaba drogada con LSD que había consumido a través de un tatuaje en su muñeca, una moda de las raves electrónicas del momento. Se creía que la acusada no tenía control sobre su adicción y que alguien la había inducido al consumo, sufrió una fuerte sobredosis, propiciando un brote psicótico que desencadenó la tragedia.
El caso, de alto perfil, estalló en los medios, sobre todo cuando se filtró que era empleada de un prestigioso centro de salud.
El periodismo acechó las puertas del nosocomio hasta que consiguió una declaración oficial.
Gladys, encargada de la acusada, salió ante las cámaras hablando del flagelo de las drogas y que ellos no podían hacer la vista a un costado como centro de salud.
La jóven ya tenía antecedentes según se pudo comprobar por estudios presentados por la clínica. Estaba siendo asistida por su problema de adicción. Habían afrontado el problema desde que conocieron su caso. Lamentaban que un empleado nuevo se hubiera aprovechado de su situación y la hubiera inducido a una recaída. Se comprometieron a seguir acompañándola, facilitando sus  instalaciones, de ser necesario, si se la declaraba inimputable, dado el diagnóstico psiquiátrico que podía caberle ya que la acusada insistía en su fantasía de que una logia de vampiros dominaba los centros de salud y devoraba a sus empleados.

Pasada esa semana de agitación. Benito barría la vereda de la clínica, llena de basura por la intensa guardia periodística cuando un jóven se acercó a preguntar si allí estaban tomando gente. Tenía una carpeta de la que asomaban papeles, curriculums seguramente. El viejo se acomodó la gorra verde y se rascó la barbilla, luego señaló una entrada lateral y con una sonrisa le aclaró.

─Creo que es por aquella puerta, yo que vos pruebo...me parece que están tomando...para la noche.

 



















 
























 














sábado, 14 de diciembre de 2019

Los saberes perdidos



LOS SABERES PERDIDOS
 

VIERNES


Era noche de festejo. Se cumplían los siete días vaticinados, el número perfecto, anhelado. Alguna vez imposible pero ahora cercano. Casi al alcance, como quién acaricia a una bestia esperando que ya no gruña ni muerda.
Ya eran las once de la noche y las pizzas estaban preparadas y listas para servir. Las cervezas transpiraban en la mesada. Gastón, el mayor, se ufanaba de haber traído a la persona indicada. El del medio, Walter, mantenía sus reservas pero se permitía creer. Era la menor la que todavía mantenía una seriedad y un silencio sepulcral mientras trajinaba en la cocina.
Pamela había aprendido de chica a desconfiar de todo. Hasta de las buenas noticias.

─Me debés un fernet, no te hagas ─apuraba el mayor, pero el del medio solo sonreía y servía la cerveza.

Cada tanto todos miraban disimuladamente el reloj de la cocina. 23:34 hs. Apenas un puñado de minutos más.  Si hubiera sido decisión de Pamela comerían después, pasada la medianoche, pero sus hermanos no eran conocidos por la paciencia.

La cerveza empezó a correr generosa así que Pamela sirvió la pizza. Era inútil con esos dos. Mejor que no calentaran el pico con el estómago vacío.

Walter cortó la segunda pizza. De cebolla. Su preferida. Empezaba a relajarse de la mano del alcohol y de un miedo que se iba. El reloj ya anunciaba las 23:48 hs

Lo que los mantenía confiados era el ambiente. No parecía cargado ni nada, como otras veces. Habían peleado mucho entre ellos. Sobre todo los viernes de esas últimas semanas. Pero hoy bromeaban como cuando eran chicos y vivían en la casona de la abuela. Cuando no tenían que lidiar con nada de todo eso. 23:54 hs y Gastón propuso un brindis. Pamela puso cara de "¿podrías esperar un minuto más?" pero Walter ya estaba volviendo a llenar los vasos. 23:58 hs y ya el ambiente era como cuando se esperaba la cuenta regresiva de navidad o fin de año. Los varones se levantaron y alzaron los vasos.

─Rata, te podrías haber jugado con un champagne. ─chicaneó Gastón.

23:59 hs. Los vasos quedaron quietos sin avanzar para encontrarse. Los hermanos no pudieron chocarlos por un motivo obvio. El florero en el centro de la mesa levitaba frente a ellos. Luego, movido por una fuerza invisible atravesó todo el comedor y se estrelló violentamente contra la pared del fondo. El ramo de rosas que le había regalado su novio a Pamela, deseándole lo mejor para esa noche, yacía desparramado en el suelo. No había alcanzado para conjurar el espanto. Como tampoco alcanzaron los esfuerzos que había hecho el cura traído por Gastón el viernes anterior. Prometió que si la cura alcanzaba los siete días se podría decir que todo había terminado.
 Reinaba el silencio y la tensión que no se había hecho presente en esa noche. Gastón estaba pálido y no reaccionaba. Permaneció inmóvil con la mirada fija en la mesa sin atreverse a mirar hacia el destino final del florero. Walter tenía una mezcla de miedo y rabia que por momentos parecía una expresión de querer llorar como cuando pierde tu equipo de fútbol una final.
Fue Pamela la que se desplomó rendida en la silla y se tomó la cabeza mientras negaba toda la escena. Se miró con Walter a quién la indignación le desfiguraba el rostro por momentos. El hermano del medio quería llorar pero hacía fuerza para no quebrarse. Ellos dos siempre se habían entendido sin hablarse, eso era bueno ya que el varón tenía un nudo en la garganta, no hubiera podido decir nada. Fue la menor de los hermanos Galván la que tuvo que ponerle palabras al momento.

─Vamos a tener que llamar a la vieja.

                                                   

*** 


SÁBADO


Eulogia Ceferina Pena no había podido dormir bien esa noche, ni las últimas. Se levantó con la fresca y encendió el fuego para espantar a los bichos. También para poner esa pava negra de hollín que la acompañaba hace mucho tiempo. Polvorín, su viejo perro, se echó junto a ella y la miró tristón. Presentía que su dueña andaba preocupada. La señora estiró un poco de masa que había dejado tapada con un repasador y tiró algunas tortillas pequeñas a las brasas en un pequeño enrejadito que tenía al costado.
Polvorín se relamió. Cuando su dueña andaba así casi no comía. Doña Pena se hizo un mate cocido y se sentó en su sillita de paja a cuidar las tortillas. Intentó comer una pero casi no pudo tragar así que se la tiró al perro. Tenía dolor en la boca del estómago. Le quemaba hasta arriba de la garganta. Había vuelto a soñar con esa casa. Tres nenes chiquitos que lloraban en una habitación y un hombre que se paseaba rodeado de oscuridad.
Desde su patio de tierra se veía la calle que se perdía en el monte. Estaba por levantarse a lavar cuando vio que un sobrero de paja se recortaba en el horizonte. La Palmira venía apurada en su bicicleta roja. Seguro venía con el recado. Era la única que tenía teléfono cerca y además era una buena mujer. Desde que le había curado al marido no había cosa que la Palmira no hiciera por ella.Y eso que el tipo no valía nada. Borracho y mujeriego, tendría que haberlo dejado secarse. Pero ella lo quería, así que Doña Pena hizo lo suyo y el tipo se curó. La Palmira iba a entender tarde que a veces es mejor estar sola. Pero no sería Doña Pena quién le enseñara.

─¿Ya me la anduvieron molestando de nuevo m´ija? ─dijo a modo de saludo.

─No pasa nada Doña Pena, buen día.

La Palmira se sentó cerca del fuego y le aceptó una tortilla mientras recuperaba el aliento. Polvorín se le acercó como dando lástima para sacar algún que otro bocado.

─¡Sape! ¡sape! ─lo espantó su dueña para que no moleste a la visita. ─Anoché soñé. ─fue todo lo que dijo la dueña de casa.

La Paulina la miró entendiendo algo de lo que le decía. No eran buenos los sueños de Doña Pena.

─Llamaron de Buenos Aires. Esos chicos que una vez me contó. Pidieron por Mamá Rosa.

─Así me decían allá. Ya sabés que no me gusta mi nombre. No se que tenía en la cabeza mi padre.

Palmira ya había cedido a la insistencia de Polvorín y le estaba convidando de su tortilla.

─¿Que quiere hacer doña Pena?

─Me da pena molestarla Palmira, usted sabe como soy.

─El micrito pasa a las dos. Me voy al pueblo a sacarle el pasaje ¿le parece?

─No la quiero molestar, mire si se enoja su marido.

─Ese anda en capilla Doña Pena, no va a chistar. En un rato la venimos a buscar con la camioneta.

La Palmira se volvió a subir a su bicicleta roja y partió rauda. Doña Pena se quedó mirando un rato. Tendría que apurarse a preparar el bolso para estar lista. Buscar agua para bañarse y esas cosas pero eso no era problema. El bolso estaba sobre la cama, listo desde la tarde anterior, junto al vestido de domingo. Solo quedaba ir a buscar agua al aljibe.


*** 


─¿Qué te dijo?

─No estaba, no vive ahí, es una vecina.

─¿Entonces?

─¿¡Que se yo Gastón!?...dijo que le iba a avisar.

Estaban sentados en el sillón de la sala. Evitaban moverse demasiado por el momento. Walter fue a comprar comida ya que nadie se acercaba a la cocina desde el incidente. Tampoco habían dormido mucho. Trajeron los colchones al comedor. Pamela usó el sillón. Decidieron no llamar tan tarde esa noche pero a primera hora de la mañana no pudieron evitarlo. Sus miedos eran lógicos, los del momento y los que se desencadenaron al revivir todo aquello.
Hacía casi veinte años que no tenían contacto con ella. No sabían si estaba viva o no. Si ese teléfono todavía pertenecía a alguien. Tampoco se ponían de acuerdo en el nombre. Pamela decía que se llamaba Rosa Peña pero era como si hubieran olvidado ese episodio del pasado y todos sus detalles en algún tipo de mecanismo de defensa. Walter dejó unas empanadas y se fue a trabajar. Pamela tenía que irse a la facultad a entregar unos trabajos, pero dudaba de dejar a Gastón solo.

─Andá Pame, yo me quedo. Tengo que esperar a ver si llama la vecina esta. Sino llamo de nuevo.

─¿Seguro?

Gastón le guiñó el ojo y flexionó el biceps como cuando eran chicos. Él le decía que era el más fuerte del barrio y la iba a defender de todo.

─Ya no sos el más fuerte. ─le respondió ella con una sonrisa pícara. ─ahora es mi novio.

─¿Ese enclenque raquítico? no me dura ni un round. ─afirmó confiado.

Cuando se paró en la puerta y la despidió Gastón podría haberle gritado si quería que la acompañe a la facultad. O a la parada del colectivo al menos, o si lo abrazaba y se quedaba con él para poder arrancarse el miedo un rato, pero solo le sonrió.
Cerró la puerta y podría jurar que oyó una risita a sus espaldas.Una de esas burlonas que te calan los huesos y te vuelven un niño aterrado. Porque de los tres a él le había tocado la mochila más pesada. Sus hermanos habían padecido las señales. Los ruidos. Los malos ambientes. Pero para él era peor, porque él los veía.
No podría decir que eso fuera un don. Era una condena. Porque un don implica algún tipo de poder sobre la situación y eso que tenía desde siempre lo obligaba a vivir con un miedo que no podía desearle a nadie. Y que siempre pensó que nadie podría comprender hasta que conoció a la cuidadora de su abuela. Mamá Rosa le puso él y el nombre le quedó. La única que se daba cuenta cuando había soñado cosas feas o que sabía que estaba viendo algo cuando se quedaba con la mirada fija en el vacío y temblaba como una hoja. Ella venía y lo abrazaba despacito, hablándole al oído.

─No lo mires. Mirá para abajo que ya se va. ─le decía Mamá Rosa mientras recitaba algo que Gastón nunca entendía.

Para cuando lo soltaba ya no había nada y el alivio era tan grande que quería decirle todas las cosas lindas que se le ocurrieran, pero ella ya se había ido a atender a su abuela de nuevo.
Cuando la abuela falleció Gastón estaba más triste por el destino de Mamá Rosa que por esa señora que nunca se sabía su nombre y lo miraba raro. Era la mamá de su papá y los había criado luego del accidente, pero apenas podía consigo misma y nunca los trató con amor. Los vio como una carga injusta, que no le correspondía. Pero la ley los depositó en esa casa, y los encadenó a su dueña.
Sin embargo los tres aprendieron a estar juntos. A quererse por sobre el resto de las cosas, y a compartirlo todo. Hasta los eventos que no se podían explicar pero que ellos aprendieron a entender.
Mamá Rosa tuvo mucho que ver. Les explicó cosas que no podían contarle a nadie más. Que eran para ellos. Y aunque Pamela nunca la quiso verdaderamente, la respetaba como a nadie. Walter la molestaba diciéndole su nombre verdadero. Ella se enojaba pero jamás lo retaba o amenazaba. Ella sabía por lo que estaban pasando y tenía mucho cuidado en como tratarlos. Quizás, en el fondo, ella había sido esa abuela que no habían podido disfrutar.
Gastón miró alrededor y prendió todas las luces aunque fuera mediodía. No soportaba la más mínima sombra a su alrededor. Se fue a la cocina en un rapto de coraje para servirse algo fresco de la heladera.

─¿¡Por qué llamaste a esa vieja de mierda!? ─le gritó la cabeza de su abuela desde el cajón de las verduras.

Trastabilló y retrocedió hasta chocar con la mesa. En el centro se bamboleó el florero que había estallado contra la pared la noche anterior. Las rosas estaban marchitas y ennegrecidas. Caían gusanos de sus pétalos. Sintió que se le cerraba el pecho y se ahogaba casi en simultáneo. Tuvo que salir a la calle. Se sentó en la vereda buscando aire. Hubiera querido fumar pero los cigarrillos estaban adentro. La billetera para ir a comprar otros también.
La vecina de la esquina pasó y lo vió pálido.

─¿Te sentís bien nene?

─Tenía calor ─fue todo lo que se le ocurrió decir.

En realidad tenía ganas de prender fuego la casa, pero no estaba seguro de si eso resolvería el problema.



 ***


Pamela llegó al atardecer, solo para confirmar sus peores temores. Gastón no le contestaba el teléfono hacía rato y desde que bajó del colectivo solo quería ver las luces de su casa encendidas, pero toda la esquina era una boca de lobo. Walter llegó al rato con la moto y recién ahí entraron juntos. Habían pasado por tanto esa última semana que todas sus acciones las dominaba el miedo. La casa estaba tan oscura y silenciosa que a los hermanos les corrió un viejo y conocido frío por la espalda. Fue angustiante ir de cuarto en cuarto sin saber lo que podrían encontrar. Al final lo mejor y lo peor fue no dar con Gastón por ningún lado. Y lo único extraño fue la puerta de la heladera abierta de par en par.

─Por ahí se fue a comprar algo. ─arriesgó Walter.

Pamela solo hizo una mueca. Hace rato había dejado de fantasear con la versión complaciente de las cosas. Salieron a la vereda a ver si lo veían por ahí.

La vecina de la esquina volvía de quién sabe donde y vio a los chicos charlando en la puerta.

─Tu hermano se fue a la parroquia. No tenía buena cara. Muy pálido. Ese chico no se alimenta bien. ─dijo al pasar y siguió su camino.

Pamela le quiso contestar pero no iba a ser en buenos términos. No le caían bien las ancianas. Cosas de crianza. La herencia de sufrir a su abuela. Walter la frenó y le paso el casco invitándola tácitamente a la moto. Salieron con la luz escapándole al día. La iglesia no estaba lejos.
La encontraron cerrada. Golpearon pero nadie respondió. Pamela miró alrededor. Solo había un borracho tirado en la esquina. Con una angustia creciente se acercó a él. En cualquier escenario se encontraría con un extraño. Era Gastón. Estaba desvanecido por el alcohol. Le habían robado la zapatillas y la campera, por eso no pudieron reconocerlo. Se nota que había empezado a tomar temprano.
Como pudieron trataron de ponerlo de pie pero no se sostenía. De alguna milagrosa manera lo subieron a la moto. Walter manejaba y Pamela lo sostenía abrazado en medio de ellos. Así volvieron y así lo metieron bajo la ducha. Era el más grande no solo de edad sino también de físico, pero de alguna manera ellos siempre habían tratado de cuidar de él. Era el que peor la había pasado. Era como un nene grande y asustado. 

─Ese hijo de puta del cura me dijo que no puede hacer más nada. ─rezongó cuando por fin abandonó el baño. ─que nos tenemos que comunicar con la diócesis y que ellos vean. Que él no se puede involucrar más, que tiene que pensar en sus fieles...

Pamela conocía esa reacción. Era algo de siempre. Alguien venía con buenas intenciones. Llámese cura, pastor o curandero. Se encontraba con ese caos con el que tenían que vivir. Todo se agitaba, se ponía peor y el buen samaritano salía corriendo, pero ellos no podían. Y volvían a quedarse solos.
Así pasó con esa señora que hacía "limpiezas" de hogar. Apenas entró a la casa fue como si le bajara la presión. Después pidió que le dieran alcohol para tomar. Y luego dijo que lo que había era muy fuerte y que tenía que volver preparada pero nunca volvió. Nadie volvía.

─No quiero irme de mi casa ─comenzó a decir Walter ─pero no se si podemos seguir así. ─dijo mientras en la pared se comenzaba a escribir una frase de la nada. Era como si un hilo de pintura negra fuera movida por un dedo invisible..."YO MATAR".

Walter se quedó quieto y apenas respiró por un rato. No era normal que ellos vieran las cosas que afectaban a Gastón. En su vida solo se habían dedicado a escuchar lo que él les contaba con un temor reverente. Ellos creyeron que alejarse de la casa de su abuela seria suficiente. Sabían que ese era un lugar de mala estrella. Dañino. No había allí momentos felices o propios. Solo un sinfín de días llenos de destrato y dolor que había que dejar pasar hasta que llegara el momento en que pudieran irse. El plan siempre había sido mantenerse juntos a pesar de todo.
Allí fue que Gastón se puso esa improbable capa de héroe. Dejó de ser solo alguien que había sufrido lo indecible para convertirse en aquel que los rescató finalmente. Porque con la mayoría de edad y la casa que Mamá Rosa tenía en un barrio del conurbano fue que lograron salir de allí. Después de un tiempo sobrevino la parálisis de su abuela. Pero ellos ya no tenían contacto. Mamá Rosa se encargó de todo. Siguió asistiéndola en soledad. Se quedó viviendo con ella un tiempo hasta que finalmente murió. Ellos no podían estar más agradecidos. Parecía ser el final de la pesadilla.

Hasta que todo se descontroló el verano anterior. Fue aquella noche en que Gastón volvió con cara de preocupado. Trabajaba de remis haciendo viajes cortos. Fue un viernes a la noche que parecía ser productivo. Gastón metió tres viajes seguidos sin bajarse del auto. Los recogía en la puerta de la remisería y los dejaba en una casa, en un lugar apartado. Volvía y el siguiente cliente le pedía que lo lleve a ese mismo lugar. Al tercero le dio algo de charla para saber si allí había algún tipo de fiesta.

─Vamos a misa. ─dijo el que parecía ser un hombre mayor.

Pudo verle la sonrisa por el retrovisor. Tenía los dientes negros, como podridos. Le pareció raro porque parecía más joven cuando se subió al auto. No pudo llegar a destino. El pasajero se había descompuesto ante sus ojos en segundos y era un monton de huesos y materia amarronada en el asiento trasero. Casi estrelló el auto contra un poste. El olor se mezclaba con la imagen en el retrovisor. De alguna manera pudo frenar el auto a salvo. Se bajó de un salto y se sentó, jadeando, en el cordón de la calle con la mirada fija en el suelo. Le costó bastante controlar la respiración. Otro rato le costó volver a subirse en él. En el asiento trasero no había nada. Apenas un maldito olor penetrante. Esa noche volvió con esa cara que sus hermanos conocían. Se sentaron en la mesa como siempre y esperaron que les cuente.

─Están volviendo. ─fue la sencilla explicación de Gastón, que todos entendieron claramente. No dijo más nada.

La verdad es que ellos apenas percibían lo que era su pan diario. A fuerza de ver aquello que antes les era vedado entendieron por qué la vida de su hermano había sido esa extraña sucesión de cosas inexplicables, que parecían no llevar a ninguna parte. No tenía trabajo fijo. No estudiaba, y si en un rapto de rebeldía quería hacer algo con su vida, se encontraba repentinamente con que la gente a su alrededor tomaba actitudes extrañas con él.
Tuvo un patrón que lo había querido apuñalar sin razón aparente. Compañeros de trabajo que no querían estar cerca de él. Y mujeres, que aunque lo encontraban atractivo, no podían ocultar la repulsión y el temor que les causaba su presencia.
Gastón llevaba su vida de paria bastante dignamente. Lo soportaba todo si a cambio no veía nada extraño por un tiempo. Pero siempre terminaba sucediendo. Siempre volvían. Sólo había momentos de respiro entre un round y el siguiente. Porque esto se asemejaba bastante al boxeo que practicó en una época. Parecía un pelea de fondo por el título, solo que él era el retador puesto para que el campeón se luzca. No parecía tener chances de ganar la pelea. Terminaba besando la lona a cada rato.
 Pamela le alcanzó unos pantalones para que su hermano no anduviera en calzoncillos por la casa. Nunca se sabía si podía pasar algo que los obligara a salir corriendo. Pero Gastón seguía su discurso de indignación hacia la iglesia católica apostólica romana por el destrato.
Las palabras que había visto Walter en la pared se habían convertido en ceniza y ahora eran un polvillo negruzco acumulado en el suelo, seguido de ese olor característico a azufre, cosa que les reveló una de las tantas limpiadoras de energías que habían pasado por esa casa. Pamela se había pasado un rato mirando hacia la puerta de calle y ninguno sabía a ciencia cierta si estaba viendo algo. Es que de pronto todos eran Gastón y sufrían los eventos que antes pertenecían solo al mayor.
Walter fue el que finalmente tomó el mando de la situación. No estaba acostumbrado a vivir con ese miedo tan distinto, tan desconocido. No era como el mayor. No se veía por años mirando a la nada y agachando la cabeza.

─¡Nos vamos de acá ya! ¡así no se puede vivir! ─gritó y abrió la puerta con ímpetu. Una presencia en la entrada lo frenó en seco. La pequeña figura no superaba el metro y medio de altura y llamaba la atención por el atuendo.

Walter se quedó sin palabras, se le había hecho un nudo en la garganta.

─Ya no me conoces parece...¿me invitas a pasar? ─dijo Mamá Rosa y a Walter se le llenaron los ojos de lágrimas.





***



La cara de Gastón se iluminó como pocas veces en su vida. Hubiera querido correr a abrazarla pero ella lo miró de arriba a abajo. Estaba en calzoncillos y con el rostro desencajado. Bastó una mirada de ella para que se ponga los pantalones y se acerque a esperar su turno del abrazo. Porque hasta Pamela la abrazó. Hasta ella se rindió ante la evidencia.

─Dejá de decirme vieja vos...¿te crees que no vas a llegar a esto?

Pamela se ruborizó pero la sonrisa cómplice de mamá Rosa le dio un respiro. Cuando llegó el turno de Gastón sus hermanos podían jurar que tenía la expresión de un nene de diez años. La abrazó como creyendo que no estaba allí. Que era una visión. Después se desmoronó sobre ella. Pero Mamá Rosa resistió el peso gracias a una vida entera de tareas manuales y vida rural.
Todos se atropellaron para contarles el infierno del último mes mientras ella solo miraba alrededor. Parecía no prestarles atención. Estaba buscando algo. Dio una vuelta por el comedor mientras miraba principalmente el suelo. Pidió una escoba y recogió el polvillo negro que había visto Walter y dos pétalos de rosa que quedaban del incidente con el florero.

─¿Me dan un encendedor? ─dijo cuando tuvo todo eso reunido. Salió a la vereda y lo encendió en la misma pala de la basura. Todo ardió como si le hubieran echado combustible.

Cuando volvió a la casa a la casa las caras de los hermanos eran la angustia personificada. Pero la tranquilidad de Mamá Rosa echaba por tierra el temor que reinaba.

─¿Qué comemos? ─preguntó la visita y todos fueron confiados a la cocina.

Esa noche fue la primera de calma después de muchas muy distintas. Comieron y cada uno contó sus experiencias. Doña Pena los miraba en silencio. Habían crecido tanto. Casi no los reconocía pero detrás de esa adultez estudiada había unos chicos con miedo y una tremenda soledad. Esa noche de cena tranquila y relajación hizo que el sueño se apoderara de todos. Pudieron volver a sus habitaciones por fin. Todos, menos Gastón que quería dormir en el comedor para que Mamá Rosa usara su cama.

─Dejame el sillón ─dijo Doña Pena. ─No creo que hoy me dejen dormir.

Gastón tragó saliva, sabía lo que era una mala noche pero se quedó con ella toda la madrugada. Podía no acostarse en toda la noche pero sentía de por sí un tremendo descanso.

Mamá Rosa se interesó por todas las cosas que había estado viendo. A veces se quedaba pensativa y le pedía detalles que al mayor no le parecían relevantes pero para ella significaban un largo rato pensativa.

 ─¿Por qué a mí? ─Era la duda que lo carcomía desde hace años. Alguna vez ella le dijo que él era especial, pero nunca estuvo seguro de eso.

─Hay gente que siente más estas cosas Gasti, les gusta todo el asunto, pero puede ser que pase porque sos el primero nada más.

─Entonces no tengo solución ─dijo abatido.

Ella le acarició la cabeza mientras pensaba, pero no lo contradijo. No le salía bien eso de andar mintiendo.

─Hay cosas que vas a tener que aprender nomás. Todo se termina sabiendo a la fuerza.

─¿Y usted Mamá? ¿Le gusta esto? ¿Cómo hace para aguantarlo?

─Fue un poco como vos todo ¿sabés? pero antes las cosas eran más sabidas. Nadie te iba a mirar raro.
Mi mamá me sacó el miedo de chica. Y después ya no costó tanto. Pero nunca es lindo.

Gastón se quedó pensando. Le consolaba un poco la idea de que no le pasara solo a él. Pero no mejoraba demasiado el asunto.

─¿Cuanto tiempo tengo para aprender?

─Hace mucho que venís aprendiendo, no te diste cuenta nomás. Tenés que matar el miedo. ─Le dijo ella con tono imperativo.

Gastón no entendía como podía ser posible eso. Cómo evitar sentir lo que sintió siempre. Tampoco conocía un antídoto para eso. La más básica de las emociones.

─¿Por qué no se va la abuela de una vez? ─fue la otra pregunta histórica, que Gastón mantuvo en su cabeza por años.

─No se donde estará tu abuela pero no está acá Gasti. Doña Bárbara le tenía mucho miedo a la muerte, hizo de todo por quedarse en este mundo pero cuando te llega la hora ya está.

─La vi en la heladera ayer...la cabeza me gritó.

Ella se levantó trabajosamente y se encaminó a la cocina.

─Vení.

Ella se dirigió decidida y abrió la heladera. El cajón de verduras apenas tenía un tomate y algunas hojas de lechuga. No había cabezas a la vista. Cerró la heladera y lo invitó.

─Abrila vos.

Gastón la abrió y el contenido se mantuvo inalterable.

─Otra vez.

Se repitió el proceso por un rato hasta que Gastón empezó a fastidiarse. Ella le dio un descanso pero le encomendó otra tarea.

─Haceme un tecito Gasti.

─No puedo Mamá Rosa ─dijo sin moverse de la heladera. Estaba mirando al piso.

La abuela de Gastón flotaba descalza sobre las hornallas y lo apuntaba con el dedo. Su boca estaba abierta en un grito enmudecido. Sus dientes negros hacían contraste con los ojos blancos y vacíos. Su cabello canoso parecía flotar en una brisa que no estaba ahí. Tenía una mueca de odio indecible, además de un vestido blanco manchado de negro y un aspecto de cadáver a medio podrir.
Mamá Rosa se adelantó tomándose el crucifijo que traía colgado.

─¿Cómo te llamás? ¿cómo te llamas? ─preguntaba constantemente mientras murmuraba algo.

Pero la abuela parecía no reparar en su presencia, o la ignoraba. Buscaba que Gastón la mire, pero no tuvo éxito. El mayor se quedó mirando fijamente al piso como si pudiera ver a través de él. La presencia se elevó después de un momento, desvaneciéndose como un humo oscuro por el techo.

Gastón se desplomó en la silla y se quedó mirando a la nada. Doña Pena le puso una mano en el hombro.

─¿Qué te dijo?

─Está enojada porque usted vino. Dijo que la iba a matar.

─Haceme un tecito. Hoy no va a morir nadie.



*** 


DOMINGO


Los otros dos se despertaron después de haber descansado como nunca en esos días, pero al encontrar a Gastón durmiendo en la silla de la cocina intuyeron que algo había pasado durante la noche. No veían a Mamá Rosa por ningún lado y la puerta de calle estaba abierta, tragaron saliva pensando lo peor, si es que había algo más por pasar en esos dias. Para alivio de todos estaba sentada en la vereda tomando mate y hablando con la vecina de la esquina, tan chusma como siempre. Esa que les controlaba los movimientos.
En realidad discutían sobre la receta correcta de tortilla pero eran de distintas provincias así que ambas tenían razon.

─Si le pone harina cuatro ceros le sale chiclosa ─afirmó segura Mamá Rosa.

─Nah que va a ser, es más liviana que si le pone las tres ceros, sino cae pesada. ─Respondió la vecina.

Los chicos salieron a saludar antes de que las cosas pasaran a mayores.

─A la tarde paso y le dejo, asi prueba ─le tiró desafiante la vecina de la esquina, antes de seguir rumbo al mercado.

─Deje si quiere  ─contestó Mamá Rosa con un mal disimulado fastidio.

Los chicos se sentaron con ella. Ella les sirvió un mate amargo. Pamela rechazó como siempre pero Walter siempre se lo aceptaba aunque le fuera difícil tragar algo tan amargo con el estómago vacío.

─Me parece que hoy voy a hacer un guisito. Están demasiado flacos ustedes.

Nadie desautorizó el menú. Pamela tenía ganas de empezar con el veganismo pero esos días no estaba como para encarar cambios profundos. Walter comía cualquier cosa. Y no era una exageración. Gastón sufría de acidez crónica, y nadie podía sorprenderse de eso. Antes de la crisis tenía la cosa bastante controlada pero ahora era raro que comiera.
Gastón se asomó a la puerta todavía dolorido por la mala posición. Despeinado a más no poder se sentó con ellos en la vereda. Mamá Rosa le pasó un mate sin mirar siquiera.

─¿Tiene yuyito?

─En un rato te busco Gasti, cuando voy a comprar. ─Dijo Doña Pena entretenida en darle pedacitos de pan a un perro de la calle.

─Estaría para un guisito ¿no? ─se aventuró a decir el recién levantado.

Todos se rieron menos él, que los miró confundido. Después se dio cuenta que era el menú establecido y sonrió. Lo importante era comer bien ahora que estaba mamá Rosa. Y pocas cosas cocinaba que no fueran sus famosos guisitos.



***
 
JUEVES

Los siguientes días Mamá Rosa acomodó algunas cosas en la rutina de su antigua casa. Colgó páginas de una pequeña biblia en las paredes. Llamó a Palmira para recordarle que le llevara alguito de comer a Polvorín, pero su vecina ya se lo había llevado con ella. Le encomendó que le cuidara el ranchito y Palmira le dijo que se quede tranquila pero que no se encariñe mucho que ya la andaba extrañando. 
Solo quedaba un asunto complicado por atender. Tenía que lograr que Gastón lo acompañe a la casona donde se crió con su abuela. Ahí tenía que estar el origen de todo según entendía.
Pero ninguno de los chicos quería pasar ni cerca de esa casa. Los tres habían hecho su pacto personal. Ni siquiera se opusieron cuando un primo lejano vino para reclamar una supuesta parte de la herencia. Si hubiera sido por ellos, le entregaban la casa con un moño. Pero avisado de que había que pagar la sucesión desapareció de un día para el otro. Después una inmobiliaria les ofreció alquilarla con algún artilugio legal que nunca se terminó de realizar. Y allí quedó la casona. Desmoronándose en una esquina. Lo último que supieron era que la municipalidad quería nombrar la propiedad de interés cultural de la zona. Hacer un museo o algo. Walter decía que se podía hacer una mansión del terror y que Gastón podía dar visitas guiadas, contando las porquerías que había visto en su infancia.
Todo se dilataba hasta que un día los sentó a la mesa y les habló muy seria.

─Ustedes se creen que yo voy a vivir para siempre me parece. ─Arrancó su discurso enojada. ─Tenemos que acomodar las cosas para que me pueda volver a mis pagos tranquila de una vez.

Ellos se quedaron mirando con cara de compungidos. La verdad es que desde que ella había llegado Gastón comía y dormía como una persona normal. Ellos habían dejado de ver cosas y sus vidas mantuvieron una relativa calma por una semana completa. Pero ese tipo de problema no era de los que iba a solucionarse solo. Tenía temporadas simplemente. Y las cosas que a ellos los habían dejado tranquilos estaban ensañados con Doña Pena. Raramente dormía una noche completa, siempre la despertaba alguien gritándole pero ya levantada no podía ver a nadie. Fue Gastón el que la encontró varias madrugadas tomando mate sola en la oscuridad y entendió que solo habían conseguido paz pasándole el daño a alguien más, encima era alguien querido. Se sentía como lo que su propia abuela les hacía. Entonces fue que habló con sus hermanos.

─Pasé por la inmobiliaria. Ya tengo las llaves de la casa. El sábado vamos para allá. Acomoden sus tiempos.

Los hermanos se quedaron callados. Hacía rato que no veían tanta determinación en él. Sabían que lo hacía por ella, por su abuela del corazón. Todos entendían que era lo justo. Terminar con todo. Probar las mieles de una vida tranquila.

─Supongo que te vas a pagar el asado después de todo lo que vamos a hacer por vos ─Lo pinchó Walter con tono irónico.

Gastón sonrió. Esperaba ese tipo de desafíos. Pero ya había hecho cuentas. Pensaba juntar plata toda la semana en el remis para hacerle una fiesta a Doña Pena. Se lo merecía. Y después pagarle un pasaje de micro, pero de la empresa más cara. Primera clase. Esos que tienen butacas grandes y te dan de comer bien.

─Hacemos lo nuestro el sábado y yo te aseguro que te vas a cansar de comer.

─...Y de tomar...hacemela completa.

─¿Y vos no vas a poner nada? ─retrucó Pamela, que veía el interés de su hermano en lucrar con la situación.

─El pecho a las balas nena. Lo mío es el riesgo ─sonrió Walter poniendo cara de héroe absoluto.

Gastón negó con la cabeza. No le gustaba esa actitud sobradora cuando lo que estaba en juego era tanto, pero entendía que en realidad se estaba dando ánimos. Conocía a su hermano. Tenía miedo. De esa casa, de todo lo que se había vivido y de volver a revivir momentos. De que eso que los acechaba no se fuera más.


***


MALDITO VIERNES
 
Ese sábado por la mañana Gastón se fue a trabajar temprano para tener libre la tarde. Los hermanos se quedaron limpiando la casa como si no fuera a pasar nada durante el día. Mamá Rosa fue a comprar y trajo cosas de quién sabe donde. Ninguno de ellos se hubiera atrevido a preguntar algo. A veces las respuestas son más peligrosas que las preguntas. Permanecían ajenos a lo que se gestaba tanto como podían. A Walter le tocó cocinar mientras Pamela lavaba un vestido blanco de algodón para la invitada.
Doña Pena casi no comió. Estaba pensativa y en la sobremesa leyó por un largo rato una pequeña biblia llena de anotaciones. Ellos no sabían que fuera creyente. O si pensaba mezclar a Dios en el asunto como último recurso. Quién sabe, pensaron para sí, pero siguieron dejándolo todo en el silencio.
Gastón mandó un mensaje a media tarde avisando que se la había roto el auto y que se iba a demorar. Mamá Rosa estaba ansiosa con todo el asunto así que Pamela empezó a organizarse para llegar a la casona en caso de que Gastón no pudiera resolverlo. Eso en sí no era problema. El asunto que preocupaba a Doña Pena es que andaban separados cuando se necesitaban juntos. Se reprochó el haber dejado a Gastón solo todo el día. Tenía miedos de las jugarretas y las cosas que veía. Nunca había logrado prepararlo por más que le hubiera hablado muchas veces. Hay cosas tan amargas que no se pueden describir hasta que se prueban. Y a veces ni así se logra. 
A las cinco todos salían para la casa de su infancia. Allí donde conocieron a Mamá Rosa. Donde vivieron con esa persona que nunca consintieron en llamar abuela, porque no podían, no lo merecía. Había faltado amor para llenar ese título y había sobrado odio para marcarlos de por vida. Se quedaron en silencio en el comedor con las cosas preparadas, pero Gastón no contestaba los mensajes. El actor principal no había subido a escena.

─Prepárense chicos. ─Dijo, lacónica, Doña Pena.

Ellos se miraron. No sabían muy bien que preparación necesitaban. Mamá Rosa miraba hacia la puerta anhelando ver a su Gasti llegar. Y entonces sonó el teléfono.

A kilómetros de distancia Gastón se limpiaba la grasa en el pantalón tratando de tomar su teléfono. Se le había hecho tarde y casi había volcado cuando una de las ruedas se aflojó de repente en plena ruta. Había logrado dominar el auto y se había puesto a la tarea de intentar repararlo para llegar a su casa. Sabía que lo esperaban y no le importaba si se terminaba de romper en el proceso. Era el día. Su día. El que había esperado años. Iba a llegar como fuera y necesitaba que su familia lo supiera. Tenía miedo que pensaran que se había asustado. Que había abandonado la batalla. Que otra vez se dejaba vencer.
El teléfono llamó pero nadie atendía así que se subió al auto sin dudarlo. Podía seguir intentando mientras cruzaba calle tras calle a toda velocidad. Era la primera vez que corría hacia aquello de lo que había intentado escapar toda su vida. Era como recurrir a la bala de plata que todos guardamos para estas situaciones. Ese momento de coraje que todos podemos tener alguna vez. Gastón ya había decidido usarlo.

Walter miró a los demás y puso la llave en la cerradura con cuidado. Pamela no aguantó las ganas y le palmeó la espalda cuando más concentrado estaba. El gritito que pegó en el sobresalto hizo que hasta Doña Pena se tentara. La puerta se resistió a abrir por un instante, luego se quejó con ganas mientras el óxido era vencido por fín. La oscuridad y el polvo no daban exactamente una bienvenida. Ellos tampoco visitaban el lugar por placer.

Los hermanos se quedaron en silencio. La sala parecía menos grande que en sus recuerdos pero seguía siendo imponente. Mamá Rosa no se dejó distraer por el lugar y examinaba todo con la mirada. Su cara tenía un rictus severo que no le conocieron nunca. Había algo que la tenía contrariada. El ambiente no era el que esperaba. Le faltaba carga. Se sentía vacío. Le hacía acordar a alguien en sus pagos, que siempre la llamaba para que le limpie la casa, pero el hogar no tenía nada. La carga la tenía la persona, pero no sabía como explicarle que donde fuera, eso iría con ella. Tan solo se limitaba a hacer lo suyo y no cobrarle. Se hubiera sentido como una estafa. Pero el hombre seguía insistiendo.

─Decime otra vez que te dijo Gastón por teléfono. ─Preguntó preocupada Doña Pena.

─Que venía directo para acá. Que el auto no andaba bien y que no nos quería demorar. ─Resumió Walter.

Doña Pena se rascó la cabeza. Quizás la presencia de Gastón fuera necesaria para cambiar el ambiente. Pero no podía comprobarlo si no estaba allí con ella. No tendría que haberlo dejado ir solo por ahí todo el día. Había sido floja por no marcarle la agenda, pero es que parecía todo un señor ahora. Había sacado a sus hermanos de esa casa y los había protegido de todo. Hasta de las apariciones. A veces se olvidaba de que en el fondo era un chiquito asustado, aunque por fuera tuviera disfraz de hombre. Uno al que ella ayudó a enfrentar el mundo que le había tocado y que mal que mal, no se había dejado doblegar en todos esos años. Lo real es que Doña Pena estaba preocupada. Empezaba a pensar que se le habían escapado cosas y no había nadie allí para hacérselas notar.

El auto frenó haciendo chirriar los neumáticos. Gastón se bajó de un salto y corrió a su casa esperando ver si los encontraba todavía. Todo se sabría al comprobar la puerta. De estar cerrada con llave seguiría camino, pero la puerta se abrió de par en par. Era de noche ya y las luces estaban encendidas. Avanzó unos pasos llamando a todos. Su constante temor a que pensaran que se había asustado lo empujaba a seguir, a demostrar algo. Quizás a sí mismo antes que a los demás. Demasiados años de miedo. Dejó las llaves en la mesa expectante por oir alguna respuesta. Fue entonces cuando por su mente pasaron las imágenes previas de ese día. Lo que habían hablado en la semana. Ese último mes de infierno. O meses. Ya había perdido la cuenta.
No podían haberse ido si recién había hablado con Mamá Rosa. Lo estaban esperando. No querían irse sin él.

─Te dije que no la llames...─sonó desde algún lugar de la casa mientras todo quedaba repentinamente a oscuras.

Luchó con el miedo en el primer momento para no quedarse paralizado y tanteó la mesa en busca de las llaves pero no las encontró. Retrocedió hasta la puerta para salir afuera pero la encontró trabada como si ahora sí estuviera cerrada con llave. Estaba seguro de no haber sido él. La tecla de la luz tampoco respondía. Era imposible. Recién había entrado. Hace unos minutos había hablado con Mamá Rosa. Todo estaba listo. Subirían al auto e irían a aquella casa para hacer lo que tuvieran que hacer. Librarse por fin de esa presencia. Era el final. Tenía hasta el dinero en su bolsillo para la comida de esa noche. También el pasaje que había conseguido para su abuela del corazón. Primera clase para que vuelva cómoda a su casa, para que pudiera descansar merecidamente. Pero el fin de semana próximo. Porque esa semana la llevaría a pasear y conocer el centro. Le daría todos los gustos...

─Nadie te va a defender ahora...

Se vació los bolsillos lentamente. Dejó en la mesa toda la plata que tenía, el pasaje de ómnibus y la billetera, luego avanzó a tientas por  la oscuridad, tentado en responderle. Mamá Rosa se lo había prohibido de chico, pero ahora era grande y tenía que pelear sus batallas. Tenía que poder.

─Otra vez estás solo...

─Eso es mentira...ya no te tengo miedo abuela.

Una pequeña claridad iluminó vagamente la sala del comedor. Era la puerta de la heladera que empezaba a abrirse lentamente. Gastón tragó saliva pero se mantuvo de pie frente a ella.
No mires al piso, no mires al piso, se repetía mentalmente. Estaba dispuesto a encontrarse con lo que sea, con tal de mantener a los suyos a salvo. Ahora estaba seguro de lo que tenía que hacer. Ya eran demasiadas noches soñando que su gente sufría. La imagen repetida de su abuela lastimando a Mamá Rosa. Demasiadas.


Walter y Pamela apuraban al chofer del remis para que pisara el acelerador. Doña Pena murmuraba algo con los ojos cerrados mientras apretaba esa pequeña biblia. Estaba a unas cuadras apenas de su casa pero parecía el viaje más largo de sus vidas. Mamá Rosa había pegado un grito y todos se habían asustado.

─¡¡¡Gastiii!!! ─se oyó en toda la casona cuando entró a la habitación donde dormían de chicos.

Doña Pena lo vió frente a ella llorando. Era el mismo nene de diez años que solía ver hace mucho. En esos días cuando ella lo calmaba y le decía lo que tenía que hacer, cuando le explicaba que no había que mirar ni hablarle a las apariciones. El niño le extendía la mano pidiendo ayuda, quería alcanzarla. Gritaba sin voz. Luego desapareció en la oscuridad.
El resto había sido correr a una remisería para volver lo antes posible. Todos sintieron la carga de haberlo dejado solo. Walter se sentía culpable de algo, pero no entendía bien de qué.

─Pero me dijo que venía para acá, yo no entiendo. Me dijo que estaba en camino, me dijo...

Doña Pena no contestaba. Sólo cerraba los ojos con fuerza tratando de estar con su nieto del alma, que estaba solo.
Llegaron y vieron el auto de Gastón estacionado en la puerta. Pamela se quedó pagando el viaje mientras Walter volvía a ser el encargado de abrir la puerta. La llave giró sin oposición. Todos pensaron que Gastón quizás se había asustado. Una explicación simple. Tenía todo el derecho después de todo lo que había visto.
Todas las luces estaban encendidas. Encontraron dinero en la mesa y un pasaje de micro a nombre de Eulogia Pena para la semana que viene. Su billetera y nada más. Era raro que no contestara.

─¿Se habrá acostado? ─preguntó inocente Walter. La mirada de Pamela le sirvió de respuesta. Le señaló a Doña Pena que estaba parada cerca de la cocina. Mamá Rosa empezó a llorar desconsolada pero ninguno de los chicos veía nada.

─Ya va a aparecer Mamá Rosa, no se ponga así ─intentó consolarla Walter ─Déjeme intentar volverlo a llamar. ─Dijo mientras marcaba otra vez su número.

El inconfundible ringtone de Gastón sonó en la cocina. Le gustaba el heavy metal y su banda preferida había sido la elegida. Doña Pena seguía inmóvil en el comedor. Pamela señaló la heladera. De allí venía el sonido.

─Ya le pasó una vez que lo dejó ahí adentro. ─comentó el hermano del medio, con una sonrisa que intentaba apagar el miedo. ─Me debe haber tomado toda la cerveza otra vez ─comentó mientras abría lentamente la puerta. Trató de ponerse eso en la cabeza. Sólo sacaría el celular y buscaría esa cerveza que había guardado al mediodía.

La impresión lo hizo caer sentado. Pálido. sin entender lo que estaba viendo. Pamela dió un grito y cayó arrodillada mientras sus manos se crispaban. Doña Pena seguía llorando como sabiendo lo que iban a encontrar.
Gastón estaba dentro de ella en una grotesca posición. No había espacio para él allí. Parecía como si fuera un muñeco de trapo, metido a presión, con sus extremidades dobladas y enredadas alrededor del torso. Tenía los ojos muy abiertos, la boca también, en una mueca de miedo inexpresable. Como si el proceso hubiera sido lento, doloroso y muy consciente para él. Los brazos estaba partidos en varias partes. Las piernas igual. Los huesos rotos habían rasgado la ropa y asomaban sanguinolentos como ramas secas, mientras se acumulaba la sangre en el cajón de las verduras. La puerta se fue entornando sola hasta que la luz se apagó y ocultó el cuadro. Un sonido apagado avisó que se había cerrado totalmente. Nadie era capaz de hacer un movimiento ni dijo una palabra, solo se escuchaba el sollozo ahogado de Pamela y el ringtone que siguió sonado hasta que atendió el contestador.

─Hola, te comunicaste con Gastón, dejá tu mensaje...  

El resto de la noche fue presa de las luces policiales. Peritos. Una ambulancia esperando y gente reunida afuera que le preguntaba a inoportunos policías, que nada respondían ni dejaban espiar demasiado. Todos querían saber que era lo que había pasado en la casa de los hermanos Galván. 

─Fue un ajuste de cuentas. ─Arriesgó una vecina que había escuchado hablar a los de la ambulancia.

─Habrá sido por drogas. ─Sentenció otra, completamente satisfecha con su deducción.

Los policías interrogaron a los hermanos y a Doña Pena, pero lamentablemente no habían estado allí. Poco podían decir y aunque la policía pidió permiso para revisar la casa no encontraron nada que supusiera evidencia. El celular listaba los intentos de llamada entre los hermanos pero no había mucho más. No había indicios extraños ni nadie que tuviera antecedentes en la casa. No había signos de pelea ni relatos de los vecinos de haber escuchado algo. Tampoco denuncia previa. Les preguntaron si Gastón tenía enemigos. Si lo habían amenazado recientemente. Cosas como esas que hacen pensar que la victima había sido en parte responsable de su destino.
Los peritos tardaron un rato en analizar la escena. Los hermanos se llevaron a Mamá Rosa afuera para no presenciar el operativo. Ninguno de los tres soportó el sonido que hizo el cuerpo cuando intentaron sacarlo de allí. Luego lo pusieron como pudieron en un bolsa negra y lo subieron a la camilla. Hasta los de la ambulancia estaban impresionados del estado y se lo llevaron a la morgue judicial sin demora. Todo el asunto quedó caratulado como homicidio. Pero no había sospechosos. El remisero corroboró las declaraciones de los hermanos sobre el horario de llegada. Y el hecho de que el auto de la victima ya estaba estacionado en la puerta. Esa noche ya nadie dormiría en el barrio. El viernes cruzó la frontera de la medianoche y se volvió sábado sin que nadie se atreviera a retirarse. La vecina que los vigilaba estaba en la vereda, callada, con un vestido negro y un rosario en las manos. Ella también lloraba.
 
 
 
ALGUNOS VIERNES DESPUÉS

Las semanas siguientes transcurrieron entre juzgados, declaraciones y gente que los miraba como si ocultaran algo, pero los hermanos Galván estaban resignados, sabían que no obtendrían justicia para su hermano. Al menos no de ese tipo.
Doña Pena hizo honor a su apellido. Apenas pronunció palabra. Acompañó a los hermanos en toda la odisea judicial a la espera de poder darle a Gastón su último descanso. La policía se encogió de hombros ante los sucesos y sólo argumentó que nadie sabía en que andaba la víctima. 
Doña Pena fue dispensada por el fiscal y finalmente tomó el micro de vuelta a sus pagos. Apenas se despidió de Pamela en la terminal. Walter estaba tan shockeado que tuvieron que sedarlo. Estaba internado. Fue el inicio de su largo periplo por pabellones psiquiátricos. Un viaje que aún no termina. Todavía intenta explicar que había hablado con su hermano ese fatídico día, aunque el celular de Gastón no registraba esa llamada.
Pamela le dedicó una última mirada a Doña Pena el día que se fue. Una de esas que acusan. El breve acercamiento entre ambas se había desvanecido. Mamá Rosa la entendió. Vino para salvar a su hermano y no pudo. Al final no pudo ayudar a ninguno. 
Su estancia había durado más de la cuenta dado que llevó un tiempo poder enterrar a su nieto. Solo cuando se despidió de él pudo decirlo finalmente. Solo cuando el cajón tocó el fondo de la fosa tuvo la fuerza.

─Descansá Gasti, te amo...mi nieto ─dijo tirando su puñado de tierra.

Se había resistido a tomar ese papel. No quería usurpar el título que había manchado la abuela de sangre había sido tan cruel y despiadada con ellos, pero se dio cuenta de que los había adoptado hace mucho, y no podía negarlo. El cariño pudo más. Tampoco pudo negar que le habían arrebatado al más cercano.

Palmira la esperó en la terminal, la trajo de vuelta a su casa y se encargó de abrazarla cuando lloró, desconsolada, otra vez. Pero finalmente la pena se le quedó guardada adentro. Se le amontonó como tantas otras en el apellido y tuvo que seguir con lo que le quedaba de vida. Polvorín le hizo toda la compañía que pudo. Parecía tan triste como ella, quizás entendiendo mucho más de lo que podía.

Esa mañana, como las que habían seguido a su regreso no tenía que encender el fuego si quería. Palmira lo había puesto a trabajar al marido y le habían instalado una cocina con garrafa. Le habían comprado una cama, un colchón y hasta el baño estaba terminado. Podría haberse quejado pero estaba tan golpeada que les perdonó la intromisión. Necesitaba de compañía en esos días.
Igual hizo su fueguito para espantar a los bichos, fiel a su costumbre, y se quedó mirando el camino mientras tomaba su mate amargo.
Polvorín se le sentó en los pies sin pedirle ni un pedazo de tortilla. Sólo se quedó mirando a la nada con ella. Ella le rascó la cabeza agradeciendo la compañía.

─Me lo llevaron negro, me llevaron al Gasti. ─Se quejó amargamente mientras Polvorín la miraba con las orejas gachas. Después ya no dijo nada, mientras dejaba ir la última lágrima. El agua se le había enfriado así que volvió a poner la pava en el fuego. El perro levantó la cabeza. Quizás adivinando un ruido. Luego se volvió a acostar en el patio de tierra y resopló. Ella volvió a tirar un par de tortillas en su enrejadito. No había más que hacer que esperar. Quizás la tristeza le hubiera acortado los días y pronto pudiera descansar con su nieto.

Eso a veces la consolaba un poco. Solo un poco. Mientras miraba el camino sin esperar a nadie.