domingo, 8 de diciembre de 2024

La virgencita del barrio

 

─Hola Inés, soy Marta, tengo que pedirte un favor.

Era cualquier tarde de agosto, con un calor que no parecía obedecer al almanaque. Eso ponía de mal humor a Marta. Ella no soportaba las altas temperaturas.

Inés todavía estaba rotulando medicación cuando la vió llegar. La modesta salita sanitaria del barrio era un lugar un poco impropio para el Toyota que la asistente social manejaba. No lo llevaba demasiado porque le parecía excesivo para su trabajo pero cuando algo le urgía olvidaba hasta sus pudores...o prejuicios. Se bajó apurada con una carpeta color marrón, de esas que tiene un elástico negro que les sujeta el contenido.

Inés se acodó en el marco de la puerta. Tenia los brazos cruzados enfundada en su eterno saquito de lana verde. A las 5 de la tarde ya el trabajo del día estaba hecho pero los viernes acomodaba el depósito mientras espiaba de a ratos el barrio desde la puerta de la salita, eternamente abierta. Era uno de los últimos refugios que los vecinos compartían. Inés era más que la enfermera de "la salita" Era patrimonio social a esa altura.

─Licenciada, no la esperaba un viernes. La hacía camino al country club a esta hora.

─No empieces ─se limitó a contestar la recién llegada.

─Pasá, ya puse la pava, te toca cebar.

Inés siguió acomodando la medicación según fecha de vencimiento y acomodando las dosis prellenadas en la pequeña heladera. Tenía que aplicarlas el lunes. Habían entrado las vacunas para la gripe. Un poco tarde pero había que aplicar todo el lote. El calor mentiroso tenía fecha de vencimiento a mitad de la semana y todavía quedaban fríos por delante. Los abuelos, las embarazadas y los chicos en edad de jardín eran su blanco y los vería desfilar en breve.

─Tengo un caso y me está superando. ─arrancó Marta mientras le pasaba el primer mate.

─Pasame las planillas que están atrás tuyo...de qué nivel de superación estamos hablando?

─Del mucho. Vos sabés que no te voy a molestar por pavadas.

Inés se sonrió. A veces con Marta era simple saturación. Era de esas mujeres que no saben soltar a tiempo y su trabajo la exponía a situaciones complejas. 

─A quién vas a salvar esta vez?

Rocio, 16 años. Embarazo de 24 semanas. Viene con todo el combo ─dijo apoyando una prolija uña esculpida color rosa chicle sobre la carpeta marrón que había traído.

Inés suspiró y arqueó las cejas, eso podía significar muchas cosas en el rubro. Y sin embargo sabía que la debilidad de su amiga de la infancia era todo lo que roce con la adolescencia y una temprana pérdida personal.

De las chicas del barrio era la que había "progresado" por así decirlo ya que se puso de novia rápido y dejó la carrera cuando la cosa se volvió seria con el pibe de padres bien. Pronto llegó el casamiento, la mudanza al country y el cambio de status, pero los años de matrimonio no significan felicidad y 15 intentos de lograrlo le parecieron suficientes. Había tratado de hacer la cosa funcionar y hasta por momentos lo hizo meramente para que Mara, su única hija, tuviera un marco de contención adecuado. Volvió a la carrera después de unos años y se había recibido mientras la criaba, quizás por un capricho de creerse independiente, como solía afirmar su ex marido, pero así fue. El diploma de Asistente Social adornó por años el amplio comedor de su casa en el country. Tenía toda la teoría social y psicológica fresca, todas los recursos para tratar el entorno del sujeto, tenía tantas herramientas y a la vez ninguna, para anticipar o procesar el hecho de que su hija tuviera depresión profunda y se suicidara antes de su cumpleaños número 15.

Desde allí todo fue en bajada. Un resbaloso camino a los infiernos personales. No quedó nada que pueda señalarse como un después. El dolor fue un agujero negro que se tragó su futuro y la dejó anclada en el presente. En "ESE" presente. El matrimonio se fue mucho más rápido todavía. Solo quedó eso que colgaba en una pared de su amplio comedor como testimonio de que hubo un momento previo. Era ese pequeño marco negro y una enorme casa rodeándolo. Y una foto dónde tenía a su hija de la mano mientras alzaba el cartón enrollado que decía graduada. Esa era Marta hoy, un cartón enmarcado y una foto, denunciándola, al menos en su cabeza. Una brasa en el alma que quemaba sin consumir y dolía sin descansar. Y desde allí, la eterna lucha con la culpa y la dudosa misión de ir por ahí rescatando a todas, por una.

─Ya sé lo que me vas a decir...─arrancó con aires de disculpa. 

─Ah? resulta que es adivina la señora ─contestó la enfermera con una risita mientras le devolvía el mate. ─Contame todo, y no le pongas tanta azúcar. 

─Hogar disfuncional. 

─... Como siempre. 

— Socioeconómicamente bajo

—... qué novedad.

— Me vas a dejar hablar?

Inés se sonrió y siguió etiquetando ibuprofeno jarabe al 4%

─El papá del bebé no está ubicable. 

Inés se mordió la lengua para no acotar. Pero su cabeza pudo más.

─Al menos no es del tío o algo así.

─No es tan fácil...creo que hay historial de abuso.

Inés revoleó los ojos y su boca hizo un gesto involuntario pero Marta la ignoró. 

─Tiene déficit alimentario y un embarazo de 24 semanas, en cualquier momento de alto riesgo, esa nena no tiene buena salud.

─Ya veo. Pero 24 semanas es mucho. No se puede intervenir demasiado. ─se atajó la enfermera.

─No...no es eso. Quiero que alguien le hable, alguien que no sea yo. Vos sabés que a veces me cuesta.

Inés se tomó un momento para mirarla a los ojos. Marta le esquivó la mirada y se puso a cambiarle la yerba al mate.

─La seguís soñando a Mara?

Marta suspiró.

─Todas las semanas, pero ya no me angustia, ya no es como antes. A veces es todo lo que quiero ver cuando me acuesto. 

Habían sido duros los primeros tiempos de la pérdida. Inés trabajaba en una clínica de noche y varias veces le había tocado hacer de sostén de su amiga durante los días. Sobre todo cuando juraba que la veía en la casa caminando. 

─Los procesos son personales, pero eso no es sano para vos. Lo sabés...

─Es todo lo que me queda Inesita, dejame esto al menos.

─Qué querés hacer con la piba?

─Hablarle, desde todos los ángulos posibles. 

─Tenés miedo que haga algo raro para sacárselo? que se muera en un sucucho clandestino?

─No es eso Inés, para ella era recomendable interrumpirlo, pero salió al revés la cosa...lo quiere tener.

─Bueno, ya sabés como es Marta, a veces quieren enganchar a un muchachito y...

─Es virgen Inés...

La enfermera dejó el jarabe que tenía en la mano en el estante y suspiró de nuevo. Tenía que lidiar día a día con realidades variadas. No había espacio para la fantasía traumática de una adolescente.

─Una cosa es explicarle a una pibita como es la vida, pero con vos se me hace complicado...

─Prefiero que le hables vos Inés. Ya sé cómo suena. A menos que sea un abuso intrafamiliar que no pueda asimilar porque jamás tuvo un novio ni se acercó mucho a un muchacho.

─Estamos de acuerdo en que no fue el espíritu santo no?

Quizás fue la expresión de Marta lo que la preocupó. O lo inverosímil de la charla. Ya que esperaba ese mínimo consenso con su vieja amiga pero no lo obtuvo. Solo una promesa de que en un par de horas la niña la visitaría ahí mismo. Así que Inés puso la pava de nuevo y le cambió la yerba al mate. Parece que todavía no había terminado su guardia.

La chica se bajó del Toyota de Marta sola, tenía una mochila amarilla que llevaba en el regazo. Se abrazaba a ella como si fuera una criatura. Golpeó tímidamente sin animarse a entrar.

─Pasá, te estaba esperando...

─Hola...me trajo la señora Marta, me llamo Rocío ─dijo y se sentó en la sala de espera. Inés la saludó con un beso y cerró la puerta. Ahora oficialmente había terminado la atención del barrio y solo restaba ese pequeño asunto.

─A ver...contame, cómo está eso de tu embarazo?

─Y... más o menos señora.

─Inés...me llamo Inés. Cuántos años tenés? Te hiciste los controles? de cuántas semanas estás?

─16...si, me hice, pero cuando me empezaron a hablar de que era muy chica y que no lo tenga dejé...24 semanas.

─Esa charla siempre te la tienen que dar cuando es embarazo adolescente. Casi nunca te hablan bien antes de esas cosas y tenés que saber las opciones.

─Pero yo lo quiero tener, es mi regalo.—Dijo estrujando la pequeña mochila amarilla.

Inés percibió un reborde, una resistencia sutil y cambió el enfoque. No quería perder la batalla antes de tiempo.

─Necesitamos saber algunas cosas del embarazo para cuidar a tu bebé, sabemos si el papá tuvo alguna enfermedad? hepatitis? enfermedades venereas? Hay que saber si tuvo algo que le pueda afectar al bebé 

─No tiene papá, es mío nada más.

─Te entiendo, yo más que nada porque..

─Nunca estuve con un hombre. Por eso le digo.

Inés hizo una pausa y la miró fijo por un instante, quería saber si era simple negación.

─Vos sabés como se produce la concepción Rocio?

Las dos se miraron. La enfermera se reprochó a sí misma no haber sido más sutil pero la pregunta ya estaba hecha. Flotando y acusando.

 ─No soy una ignorante señora. Él es un regalo. Yo no podía tener me entiende? me salió algo de chica, un bulto y me tuvieron que vaciar. ─Soltó con indignación.

Inés suspiró como venía haciendo desde temprano. No quedaba más remedio que jugar el juego que le proponían. "ay Marta vos y tus ideas" es todo lo que pensaba. Ese "ÉL" era lo que más la turbaba. En su cabecita ya ese él era real, tenía sexo el bebé, o lo imaginaba así.

─Siempre es el último recurso una histerectomía, sobre todo en personas jóvenes. Quizás no te explicaron bien. Mi idea no es juzgarte sino apoyarte en esto. Marta también está para ayudarte.

─La señora Marta es buena. Yo se que se preocupa, pero yo estoy bien. Lo quiero tener...pero nadie me cree cuando les digo que soy virgen señora. Él es un milagro.

Inés la seguía mirando. La teoría del abuso empezaba a perfilarse en su cabeza. En ese escenario técnicamente ella podía defender perfectamente su virginidad porque no la había entregado, se la habían arrebatado y era una pulseada distinta.

─Bueno, pongámonos de acuerdo en algo. Yo te puedo revisar y confirmar lo que me decís. Igual la idea era controlarte, tomarte los valores y ver cómo está todo. Te parece?

La adolescente se paró y se acostó en la camilla casi sin indicación. Decidida. Eso le agradó a Inés. Después de todo, estaba mostrando demasiada madurez para la edad que tenía, en esa situación. Le tomó la presión mientras le hablaba y la acomodó para revisarla. Había asistido en quirófanos y participado en partos. Podía hacer de matrona si lo quisiera pero nunca le atrajo el mundo de la obstetricia. Se encontró con más de lo que pensaba. Para empezar, con un himen rosado e intacto. Sin embargo, la vagina despedía un olor fétido. Algo que ya había experimentado. Supo tener una suegra que había muerto de cáncer de cuello de útero y despedía un olor similar. Sin embargo esa panza parecía a todas luces un embarazo saludable. La enfermera pensó en escenarios que pudieran poner a una joven en una situación que se preste a confusión. La alteración hormonal se podía dar con algunos diagnósticos ligados al cáncer. Hasta dar falsos positivos en el test de embarazo, y para cerrar el diagnóstico, causaba distensión abdominal. Pero la nena hablaba de embarazo. Estaba muy segura. Tenía que tener algun estudio que lo confirme. Algo a lo que aferrarse.

─Cómo te enteraste? tuviste un atraso y te hiciste un test? una ecografía?

─Me lo dijo una tía, una de Corrientes, y tengo una eco de cuando era más chica, ahí va a entender.

Metió la mano en la pequeña mochila y rebuscó. Inés la miró casi con ternura. Quién podía negarle la ilusión? ella no estaba para eso. Imposible saber más allá de lo que Marta le contaba. Quién sabe por lo que había pasado esa criatura antes de llegar a estar sentada en esa camilla. Trayectos...cada paciente tiene el suyo, y esa era la gracia de su oficio. Facilitarlo en cuánto fuera posible, sin interponerse. Inés siempre había sostenido que se dedicaba a otra cosa, o eso pretendía. No estaba para juzgar a nadie, bastante hacían con lo que les ofrecían sus realidades. Para qué castigar a quién ya se está flagelando desde siempre.

La adolescente le extendió un informe médico que no era más que un breve texto impreso que decía poco y nada, hasta que leyó algo perdido en la jerga médica, una linea, una oración, un problema "ausencia quirúrgica de cuerpo uterino"

El resto fue cautela, había que hacer un laboratorio y una ecografía nueva, pero no alarmar, mantener la línea del normal tratamiento. 

─Tambien tengo un test positivo ─dijo y sacó una tira blanca de un bolsillo de la mochila. La mochila era tan infantil,  de un amarillo furioso y con dibujos de Bob Esponja, Inés hubiera tragado saliva si hubiera estado sola. Nada estaba de acuerdo con la situación. Era apenas una criatura abrazando la idea imposible de procrear como si fuera un premio.

─Ve? es un milagro señora, eso es, un regalo. ─dijo abrazando su pequeña pancita redonda, toda la ilusión del mundo encendida en su mirada clara. Ojos grandotes, sueños que se resistían a quebrar. 

─Cómo estás en tu casa? cómo se compone tu familia?

─Vivo con mi papá, pero seguro me tenga que ir, está enojado, me dice puta ─dijo mientras se le enturbiaba la mirada. ─Él no quiere sabe nada del milagro. Y como culparlo?

─Bueno, no es la mejor reacción pero es medio entendible. Hay que asimilar la situación. 

─Mi tía me ayuda, se vino de Corrientes para darme el mensaje y ya se quedó, no en mi casa porque mi papá no la quiere pero está cerca.

─Te voy a dar unas recetas, las vas a llevar a la guardia del hospital de la ruta, ahí está el doctor Ruiz, él las va a sellar para que puedas hacerte los estudios si? si podes te vas temprano en ayunas y ya te quedas hasta que te hagan todo.

─Me van a decir que me lo saque?

─Tenemos que saber cómo está tu embarazo ─mintió sin inmutarse Inés mientras le guardaba las órdenes en la mochilita.  ─Volvé con los resultados y vemos como seguir, si?

Esa noche discutiría con Marta, por lo precario de la situación y por no haber podido hacer que la piba se controlara.

Marta se defendió como pudo pero la realidad era que la adolescente había sido muy hermética, solo accediendo a sus consejos cuando ya la situación era insostenible. El supuesto embarazo ya mostraba evidencias en su cuerpo y su padrastro había reaccionado con hostilidad a la noticia. Y en el medio Marta haciendo malabares con pinos ajenos. Con público ajeno. Con angustia propia. 

Los siguientes días se propuso averiguar algo de la tía. La persona que sostenía en parte la idea alocada de la inmaculada concepción. Le mandó mensaje a Marta tratando de que la reunión suceda. 

─Mirá que es todo un personaje ─fue el aviso que le dió su amiga. 

La siguiente tarde sucedió el encuentro. Se encontró con una señora de vestido de algodón rojo y estampado de flores parada en la puerta de la salita pero sin entrar. Rápido se dió cuenta Inés de que no era por timidez sino que examinaba el lugar con atención. Desde la distancia y sin apuro. 

─Hola... usted es la tía de Rocio no?

La señora era extremadamente flaca, tanto que la piel cetrina y curtida parecía un cuero correoso pegado a los huesos. No era muy alta, casi encorvada y consumida. Solo destacaba un bulto oscuro en pleno escote, ahí donde los huesos de las costillas se unen solo que no había un generoso busto sino apenas una forma turgente y magra que recordaba que allí debían estar los pechos. Y en el medio un bulto que no debería surgir. Negruzco y ajeno, antinatural.

─Pase, siéntese que tomamos unos mates si quiere. 

La figura enjuta se acomodó con ojos duros y gesto severo. Miraba con atención el entorno y cada tanto aterrizaba la mirada en la enfermera del barrio. No era una mirada blanda y amable sino una blindada, fría y distante. 

En cuanto le ofreció un mate recibió la negativa con la mano y una mirada que seguía observando la salita con atención.

─Solo mate de vino doña. Cosas mías. ─fue toda la explicación.

─Si arranco tan temprano con eso no emboco ni un pinchazo así que me conformo con el mate común. 
















 






martes, 17 de septiembre de 2024

La cueva

El teléfono colgado en la pared sonó, rompiendo la monotonía del día. 

─¿Trueno?

─¿Qué haces Chino? ¿cómo va? 

─Me dijeron que te avise que ya terminaron de limpiar los papeles. Levantaron todo, no queda nada ni nadie.

─Mejor así ─dijo pero sabía que no era cierto. Ella estaba sentada sobre la mesa, cosa que él odiaba, con su mirada desafiante de siempre.

─Se van a esconder en otros destinos cuando les den el OK, yo creo que voy a cruzar el charco...

─Es lo estipulado. ─dijo blindando las palabras Trueno.

─¿Y vos que vas a hacer? ¿te vas a Entre Ríos?

─Sin ubicaciones por favor.

─Perdon...igual no creo que tengamos la línea pinchada. Todavía no asumió el radicheta, por ahí ni llegue. No debería.

─Arriba se van a lavar las manos. Hay rumores de juicio, se tienen que cuidar el culo.

─¿Vos decís que nos van a tirar los muertos a nosotros Juan?

─Sin nombres por favor.

...

─Los operativos fuimos nosotros Chino, la cadena de mando es larga. Siempre se corta antes de llegar arriba.

─Pero los discursos, las circulares, las órdenes del día...

─Todo lo que se pueda quemar ya es cenizas. Cuidate hermano, quizás nos veamos. 

─...¿Trueno?...

─¿Qué pasa Chino?

─No puedo dejar de pensar en la piba...

Trueno se apoyó en la pared, suspiró y se resignó. A veces tocaba escuchar confesiones como los curas.

─...No tenía sentido cortarla, no sabía nada, solo le había gustado a Ordóñez ─dijo hablando de su superior, que la había chupado en Caseros, sin dar demasiadas señas, en una de esas razzias desesperadas días atrás...

─Sin nombres por favor.

El Chino siguió como si hablara con el mismo.

─...¿Te acordás cuando le sacamos la capucha esa tarde?...¿cuando nos miró?...el miedo que tenía en la mirada, vos sabés que yo nunca cuestioné nada, agaché la cabeza y cumplí...pero por primera vez, te juro, por primera vez...me sentí un hijo de puta Juan...

─Sin...

─La vengo soñando desde esa tarde...me pregunta ¿por qué? y no sé qué carajo decirle.

Trueno hubiera querido decirle que él no necesitaba soñarla, que la tenía ahí, a dos pasos, y que lo seguía mirando, pero ya no lo miraba igual.

─¿Te dijeron dónde la llevaron después?

—Ni idea Chino...—mintió  —buen viaje hermano —cerró la charla abruptamente y colgó el teléfono.

Se acomodó la camisa adentro del pantalón, estiró los costados del pullover y se pasó la mano por el pelo como si estuvieran a punto de pasar revista. No iba a dejar que eso le pasara a él. No iba a dudar de lo que tenía que hacer ni de por qué. Órdenes son órdenes y no se cuestionan. No era tiempo de olvidar los deberes.

Se dio vuelta esperando encontrarse con la mirada de ella que seguiría sentada sobre la mesa, decidido a ignorarla, aunque era fácil que lo sacara de quicio.  

─Te dije que saques el culo de ahí, espero que estés haciendo algo útil cuando vuelva ─le ladró y se fue a comprar para el almuerzo. De pronto esa casa lo oprimía. Tenía ese no se qué de mal ambiente y necesitaba salir. Se sentía como ahogado. No esperaba que la piba acatara órdenes pero ya que estaba allí podría al menos colaborar un poco. Al menos dejar de mirarlo así.

En la calle la gente no lo conocía demasiado pero su semblante, su estampa, lo delataban. Por eso trataba de no salir mucho, pero ya no tenía opción. La operatoria oficial no era esa. No mostrarse por el barrio era una directiva que murió cuando el proyecto quedó parado. Esa casona iba a ser un nuevo centro pero el cambio político, que sonaba definitivo, dinamitó las chances. Y ahora no sabía que hacer allí. Hace días que el no identificable no venía, y sin él no había víveres, ni órdenes. Nadie le había traído el sueldo al menos, se habían olvidado de él, de su grupo y de los planes que tenían con el lugar. El sótano a medio terminar que solo había servido para esconder algunas cosas. Los encanutados que se habían quedado con él seguían dando vueltas por ahí. Todo es un compás de espera insoportable. Compró rápido consciente de que no había sido una buena idea, estaba cometiendo errores operacionales, algo impropio de él así que volvió apurado sin levantar la vista.

Se encontró con el morocho apenas abrió la puerta, el que estaba muy flaco. Hace mucho que no salía del sótano. Apenas lo vió bajó rápido las escaleras y desapareció. Mejor así, no estaba para lidiar con ellos hoy. No estaba de humor, y ellos sabían que si se enojaba les cerraría la puerta dejándolos a oscuras. O algo peor.

La piba tampoco estaba, así que cocinó tranquilo, tampoco hubiera modificado su rutina por ella, aunque sí se tomó el tiempo de limpiar la mesa a conciencia, le daba asco cuando se sentaba donde él comía.

A la tarde puso la radio y escuchó un rato de tango hasta que llegaron las noticias. Ahí apagó, no tenía ganas de escuchar sobre la fiesta de la democracia. La tele era un lujo que no estaba pensado para un lugar así. Sólo se dedicó a leer el diario. Lo había comprado en esa escapada de mediodía y necesitaba distraerse después de esperar en vano toda la noche el móvil, pero recién por la tarde se hizo algo de tiempo. La misión de vigilar estaba primero. 

Su rutina no era agobiante. No había mucho que hacer, pero estaba inquieto, las horas se le perdían, no tenía mucha noción del tiempo, estar tan desconectado por momentos lo desesperaba. Le molestaba bastante el estar ahí, confinado, cuidando quién sabe qué...

..."estamos prisioneros carcelero"... recordó que cantaba ese guitarrero borracho.

Se preguntó si debía activar algún tipo de conducta autónoma y proceder ¿Cómo preservar la cadena de mando en esas condiciones? Echó una mirada al escobero y vió la pala allí esperando, todavía con tierra, preguntando también por él. Todavía no se decidía, todavía podía haber alguna llamada oficial, todavía podía aparecer el bendito móvil o algo que recomponga la cadena de mando. Todo era un maldito todavía. Pero la sensación de que la vida ahí afuera, había seguido adelante sin ellos, sin contemplar lo mucho que quedaba atrás, el inmenso esfuerzo realizado, esa sensación de pérdida absoluta lo desesperaba. La maquinaria virtuosa que supo ser su gente en esa guerra se desgranaba, se hundía en el olvido empujando odio hacia la superficie, odio que se acumulaba en su ser, porque esa es toda la virtud del odio...ser intenso y acumulable. La mejor motivación solía pensarse.

Habían sido los rectores, los que definían conductas, la voz y quizás las manos de la conciencia. Más que nada eso, las manos, los instrumentos que trajeron el orden. ¿Acaso había algo más importante? a él no le constaba.

Alguien golpeó la puerta y otra vez se sintió interrumpido. Al menos deberían dejarme pensar en paz murmuró. Agarró el fierro, lo comprobó y se lo puso en la cintura. Miró por la mirilla y solo vió la calle vacía. Se quedó un rato esperando del otro lado de la puerta con la culata del arma firmemente sujeta, luego cedió y abrió sin más. Si quisieran entrar no había forma de detenerlos. De hecho era algo que ansiaba. Se sentía mucho más que cualquiera de los que vinieran a buscarlo. Se los haría saber sin dudar.

Abrió y por un momento no vió a nadie. Estaba escondido detrás de la amplia estrella federal que decoraba el lateral de la entrada. Sólo lloraba y se tomaba la cabeza.

─¿Chino?...¿qué haces acá?

El Chino, Cabo 1ero Gerónimo Suárez, ejército argentino, de Santa Fe capital, lloraba escondido tras las flores rojas de una estrella federal. No dijo una palabra. 

─No Chino, vos no ─dijo casi en un ruego... ─¿cómo te quebraste así hermano?

Sólo había lágrimas por respuesta, hace unos días nomás era libre de irse, tomarse el buque, volver con su familia que se había ido a Uruguay, ya le habían dado la baja y le habían puesto algunos pesos en el bolsillo, y sin embargo, todavía seguía con los fantasmas en su cabeza. No tenía manera de entenderlo así que decidió que le daba asco verlo siquiera y le dio la espalda. Le señaló el sótano ahí nomás, cerca de la entrada con la puerta entreabierta, la escalera que descendía, la oscuridad...

--Andá ahí si tanto querés estar con ellos.

El resto de la tarde noche fue silencio, enojo, furia. Se acostó a dormir enojado. Frustrado. La soledad del deber lo abrumaba. Sólo él y su misión quedaban. Esa noche no se molestó en desvelarse esperando el móvil no identificable. Prefirió dormir aunque lo hizo mal, como nervioso. Pensando en resolver todo de una vez. Hacer limpieza...porque de eso en definitiva se trataba. Para eso no se necesitaban órdenes sino voluntad. Saber discernir y luego...aplicar.

Se despertó entre ansioso y febril, casi entusiasmado. Como si la noche hubiera sido su consejera maestra. Ahora sabía lo que tenía que hacer. Y quería con todo su ser hacerlo.

Sacó la pala en el escobero y la dejó sobre la mesa, comprobó el fierro y no pudo evitar sonreír de satisfacción mientras se lo colocaba en la cintura.

--Hoy se termina...

Echó una ojeada mientras tomaba unos mates y prendió la radio. Un tango furioso ladraba...

...y te dieron lustre las patotas bravas allá por el año novecientos dos. 

La letra lo hizo sonreir, conocía esa melodía, y le daba nostalgia porque la escuchaba su viejo y le recordaba su propio grupo, que ya no estaba. ¿Dónde se habían ido? Chispero, Comadreja, Bruja o 220, hasta el Chino lo había dejado de garpe como decía otro tango. Tocaba resignarse entonces se dijo, porque primero estaba la tarea, así que puso la radio fuerte y avanzó pala en mano.

 Ninguno había subido así que sería más simple de lo pensado. El Chino merecía mejor suerte pero cada uno hace su elección. Eso se le respeta a todos. Cada uno de ellos había terminado en ese sótano por algo. Hasta la piba que tenía la edad a la que todos empiezan a creer en cosas y crear el desorden, creer es crear, ahí arrancaba el problema para él ¿por qué ella sería distinta? ¿Por qué habría que llorarla siquiera? ¿O contestar sus preguntas?

Llegó hasta la entrada del sótano, apoyó la pala contra el marco y encendió la luz sin anunciarse, cosa que siempre hacía cuando bajaba a prender la máquina y acomodar la parrilla...quería que supieran que llegaba, que estaba yendo hacia ellos, como algo seguro e inevitable, pero sin dar detalles. 

Una ráfaga de oscuridad lo azotó mientras bajaba. La luz se apagó de golpe pero no le importó y siguió avanzando. Se sintió como liviano, quizás por la misión que llevaba, que lo impulsaba, algo lo empujaba llenándolo de vértigo, de una energía nueva, ya que casi sin darse cuenta ya estaba de pie en ese fondo húmedo y frío, más frío que de costumbre. Allí los encontró, estaban todos de pie, en silencio, dándole la espalda a la escalera, como esperándolo. Con su silencio final y sus cabezas gachas por demás, mirando al suelo. Ni siquiera el Chino le dió la cara, quizás ya resignado a su suerte. 

Se llevó la mano a la espalda para sacar el fierro pero no pudo tomarlo. Lo sentía allí en su cintura como siempre pero era como si no estuviera. La única que se acercó a él fue la piba. La única en dar la cara. El resto permaneció inmóvil en la penumbra. No lo miraba hosca y rebelde como siempre sino distinta, le puso la mano en el hombro y nada más. Él quiso gritarle que no lo toque, que no lo mire, que no se acerque...pero no tenía voz. No había palabras ni aliento que las forme en su garganta. Se apartó bruscamente y retrocedió. Buscó a tientas como volver a subir. Sólo quería escapar. Allí estaba la pala tirada, la que hace un segundo estaba en su mano. Quiso subir pero no pudo. La escalera no lo sostenía. Sus pies no podían dar con los peldaños como antes no pudo empuñar su Browning 9 mm. La escalera se iba perdiendo en la oscuridad y allá arriba, la claridad del marco de la puerta comenzaba a verse distante. Se estiraba como escapándose de la escena. 

Levantó la vista para preguntar algo, preguntarlo todo, mostrarse horrorizado o lo que fuera pero ya no había nadie. Solo tumbas. La tierra fría y removida, un solitario teléfono sobre la repisa junto a la camilla de metal. Los cables prolijamente enrollados, colgaban en la pared. Recordó vagamente las últimas tareas desempeñadas con su compañero y se desesperó buscando a su alrededor algo que le hiciera saber qué estaba pasando , ahora que necesitaba respuestas, sólo que esta vez las necesitaba para él y no por el mero ejercicio de su oficio. 

Sólo un montículo destacaba. A diferencia de los otros tenía una modesta madera con algo escrito. Se acercó para leerlo, forzó la vista en la creciente oscuridad pero ya no pudo. O no quiso. 

─No Chino, vos no... ─volvió a decir como aquella tarde en la que lo descubrió tratando de ayudar a que escapen.

La claridad escapaba a medida que la puerta allá arriba comenzaba a entornarse lentamente, el rectángulo de claridad se afinó hasta volverse apenas una línea de luz y luego se apagó por completo. Ahora todo era oscuridad. La luz se apagaba también en lo que le quedaba de vista mientras esa tumba distinta temblaba por un momento. Le había caído toda esa negrura sobre la cabeza como una capucha. Se aterró al sentirse sólo y vulnerable ahí abajo, y allí las sintió por fin. Las manos frías que salían de la tierra oscura, y eran tantas, tomándolo de la ropa, reteniendo sus manos, arañando su cara, en ese abrazo desesperado que lo empujaba hacia ellas. Eran tantas y tan firmes, que era imposible resistirse a su fuerza. Tanto que no tuvo más reacción que el entregarse, rendirse, y cada tumba se volvió una secreta fauce que esperaba por  él. Hubiera llorado pero no quedaba algo de vida en la sequedad que lo representaba. Estaba seco, enmudecido y vacío aquella última vez que bajó a las sombras, ahora para siempre.




domingo, 15 de septiembre de 2024

La noche es de las bestias


─Cerrá bien y no le abras a nadie. Vos sabés lo que anda pasando.

Se quedó parado esperando, en uno de esos rituales urbanos, hasta escuchar la llave girar y luego el candado cerrando en el pasador que había puesto por los ruegos de Zulma, su esposa. 

─...Los chicos Antonio, pensá en los chicos. ─Solía decirle.

Se colgó la mochila del hombro, puso las manos en los bolsillos buscando calor y levantó la vista hacia la calle. Ya era un hombre maduro pero eso no apagaba ninguno de sus miedos. Está obligado por el uso, eso si, a guardarlos donde nadie los viera. Y salir en busca de la ruta sin pensar en la distancia que lo separaba de ella. Con suerte tendría esta vez un compañero de viaje.

Porque pasaba lo de siempre y no tanto. El barrio 12 de octubre es uno más de los tantos barrios pobres que salpican el conurbano. Marcado por la marginalidad, la pobreza y el narcomenudeo, pero el 12 como le decían sus habitantes tenía algo más que problemas de seguridad. Tenía una tasa de desapariciones más alta de lo habitual, quizás la mayor del partido si alguien se hubiera ocupado de hacer estadísticas o contabilizar las denuncias, que tampoco querían tomar. Antonio tenía que caminar varias cuadras hasta llegar a la ruta. Solo allí encontraría un colectivo que lo conecte con el afuera, simbolizado en la estación. Todo lo previo era tierra de nadie aunque allí vivieran todos.

─Los chicos...los chicos...─pensaba, pero era él el que tenía que caminar esas cuadras a las cuatro de la mañana. Antes había habido un colectivo que hacía el recorrido que ahora le tocaba desandar. Pero una vez lo habían atacado de noche y ya no volvió a circular. El primer servicio empezaba a las cinco y en las esas semanas iniciales sucedió. Lo habían vandalizado por completo. Rotas las ventanas y rasgada la carrocería como si hubieran usado alguna herramienta cortante. El chofer se asustó tanto que renunció y la empresa abandonó el recorrido.

─Los chicos...pensá en los chicos...pero la madrugada la tenía que encarar solo.

Todavía tenía un trecho cuando llegó a la esquina del baldío. El coche quemado seguía allí después de meses. El basural podía variar su forma pero en esencia sería siempre eso. Hubo en algún momento grupitos copando esa esquina, cuando había menos basura. Haciendo fuego, reunidos entre risotadas y alcohol barato. Hoy era silencio. Las guerras entre bandas por el territorio eran frecuentes pero lejos de aquellas cuadras ya que los soldados de la noche empezaron a perderse cuando merodeaban por allí. A desaparecer. El lote de Arroyo y Nevares era el centro de la tierra muerta.

El 12 se había vuelto eso, tierra fantasma. Hasta los dealers desistieron de vender droga en esas cuadras, al menos de noche. Dejaron de verse adolescentes tomando o fumando en esa o cualquier esquina, tampoco se veían patrulleros bajar desde la ruta, ni siquiera perros se veían, a menos que estuvieran a resguardo, dentro de las casas. Los kioscos del barrio cerraban al atardecer y solo uno que otro atendía si le tocaban el timbre. Pero ya no había clientela que se acercara cuando llegaba la noche. Pedir un Uber o un remis que se adentrara en la calle Arroyo era un imposible cuando se escapaba el sol. Las ambulancias tampoco ingresaba sino que esperaban pacientes en la ruta que le acerquen al enfermo. Lentamente el barrio del 12 dejó de ser. La gente perdió la poca alegría rebelde que tenía. Allí empezó el cuento del bicho, cuando eso, lo que fuera, empezó a ganar las calles. Se volvió figura popular y protagonista de todos los chismes que circulaban. Todos conocían a alguien que había salido un día y no había vuelto, un familiar, amigo o conocido. Alguien de quién la comisaría había tomado apenas una exposición pero rara vez una denuncia. La policía tampoco quería patrullar el barrio. Si alguien faltaba siempre había un testigo plantado que afirmaba haberlo visto en otro lugar y reducían todo a una fuga.

Se paró en la esquina y observó. Estaba fresco en esa madrugada de otoño. Algo llamó su atención en el basural. Se movía discretamente, seguramente fruto de algún gato o perro que se atrevía a desafiar la noche por el hambre pensó Antonio y cruzó la calle dándole la espalda al baldío. Golpeó con su alianza la reja de doña Emilia. La pieza que daba a la calle era donde ella dormía. Vivía con su hijo, que tenía una entrevista de trabajo en capital. Pero si quería llegar a horario debía salir temprano. Y don Antonio era el único que se atrevía a pasar por esas calles en la madrugada.

─¿Doña Emilia?

─¿Si?...ah...hola Antonio. Ya se lo busco. Deme un segundo.

Jugó con sus manos en los bolsillos tratando de quitarse el frío. Apretaba el manojo de llaves encerrándolo con el puño. Apretaba hasta que ya no era posible, luego aflojaba la presión y luego repetía el proceso. Fantaseaba con que si tocaba pelear las usaría como apoyo para que la mano tuviera firmeza. Igualmente la cosa se demoraba. Los minutos se arrastraban por su reloj, que miraba a cada rato.

La persiana de plástico empezó a subirse y vió el rostro de la mujer, antes tan agraciado pero ahora surcado por los años y la preocupación. Recordó vagamente que antes de Zulma alguna vez se le cruzó por la cabeza intentar acercarse a ella, pero ella solo tenía ojos para Rubén, el carnicero, ese que moriría una madrugada descargando medias reses en esa misma vereda, llevándose la ilusión de la vida de Emilia, que dejó correr lágrimas hasta el infinito. Y pensar que ahora esos bellos ojos estaban distintos, grandes y abiertos. Con grandes ojeras oscuras y con algo más en esa madrugada. Con miedo.

─Antonio...no está, Carlitos no está...ni las llaves ni su mochila...el baño está mojado, se bañó hace un rato...

─¿Está segura?

Doña Emilia asintió. Su mirada era un solo ruego.

─Seguro lo estaba esperando afuera...para no retrasarlo Antonio...él estaba muy entusiasmado...su primer trabajo ─dijo y la angustia le cerró la garganta...─Espere que me pongo algo y salgo a mirar...él es todo lo que me queda.

Antonio se puso serio y miró hacia el baldío. 

─Cierre doña Emilia, guárdese. Yo me fijo.

─Le hago sonar el teléfono de él...por favor Antonio...por favor.

Pero Antonio ya no contestó. Estaba cruzando la calle después de suspirar y entregarse a su suerte. Recordó fugazmente a su hermano Pedro, desaparecido en el Proceso. Así, con mayúscula, porque era el nombre de algo, un ente propio, algo que nunca terminaba de irse. Eso hizo que su familia se mudara al 12 de Octubre. Su padre estaba seguro de que harían hablar a ese hijo que militaba en el centro de estudiantes de su colegio cuando eso era pecado y bastaba para la inquisición de la mente, hablaría aunque no quisiera, aunque no tuviera nada que decir. Aunque no pudiera. Le arrancarían otro nombre para que la maldita cadena tuviera otro eslabón. Aún desde la tumba se podían escuchar las palabras de su padre, la lógica metálica y fría que le imprimía a la realidad, sin siquiera pensar en luchar por encontrarlo, pese a los ruegos de su madre...

"Tenemos que irnos" 

También corría en esa época en Quilmes el cuento de la criatura. El Pombero, el Aparecido, el Cuevero. Eran muchos los apodos que podían tener los grupos de tareas. Sucedió en su juventud y se repetía ahora. Para Antonio todo se reducía a eso, otro grupo parapolicial limpiando, de la única manera que sabían, las estadísticas del municipio.

No fue un sonido sino un destello de claridad entre la basura lo que lo sacó de sus pensamientos. Algo en el suelo se había iluminado. Tomó un palo que encontró en la vereda y se acercó lentamente a los montículos irregulares. A veces parece que pudiera escucharse el silencio. Eso le pareció porque tanta quietud lo aturdía. 

Con el palo hurgó despacio, cómo si provocara a una fiera escondida, corriendo cartones y bolsas de nylon hasta tocar una chapa en el suelo. Allí estaba la fuente de luz, un celular. Se iluminaba con furia pero no emitía sonido. Una palabra aparecía constante...TATA. Estaba seguro que era de Carlos, del nieto. Se acercó a tomarlo apoyando despacio el peso de su cuerpo en cada pie atento a su alrededor. No creía en criaturas pero no dejaba de pensar en algún animal rabioso. Apretó las llaves en el puño dispuesto a todo. 

Y entonces cayó. La chapa había cedido al peso de su cuerpo. Debajo la nada. Un hueco, un pozo, bastante holgado ya que no rozó nunca los bordes. Fue todo caída limpia, que pareció eterna, la oscuridad lo engulló hasta encontrar el fondo. Uno de tierra húmeda, cascotes y ramas. La chapa soportó algo del impacto junto con la mochila puesta en un solo hombro o hubiera terminado peor. Le costó volver en sí. Tenía un horrible dolor que le cruzaba la espalda y una rodilla que parecía no querer flexionarse. Aún así veía el círculo allí arriba que era la boca desde donde se espiaba el cielo. Calculó algo de tres o cuatro metros. Se paró como pudo, tanteó sus bolsillos hasta encontrar celular, billetera...pero le faltaban las llaves.

No tardó en encontrarlas. Junto a la chapa que tenía manchas líquidas rojas. Se palpó y encontró un corte en la espalda. Era profundo ya que le había empapado de sangre la camisa de trabajo. Levantó el palo que le había servido para hurgar entre la basura y tocó las paredes, luego el suelo para ver si era tan firme como parecía. Parecía ser el fondo. Y lo era, sólo tierra húmeda y maloliente. Allí fue cuando se percató. Era un penetrante olor a pelo de animal mojado, como cuando a sus perros los agarraba la lluvia. Tenía una bufanda en la mochila así que la usó para hacerse una especie de faja, apretando una remera que apoyó contra la herida a manera de compresa. 

─Los chicos...pensá en los chicos...y mirame ahora Zulma. ─masculló enojado.

Se dió cuenta que la espalda le dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer. No intentó trepar, las paredes húmedas y desprovistas de relieve eran imposibles de franquear. Le pareció inútil el esfuerzo. Otra caída sería complicarse la historia sin necesidad. Había que pensar en otra cosa.


 




 


 





La noche es de las bestias preparacion

 

El barrio 12 de octubre es de los primeros asentamientos que se registraron en ese partido. Fue una toma pacífica y consensuada con la municipalidad de unos terrenos fiscales cercanos al arroyo, cuando la autoridad estaba màs atenta a poblar que a brindar condiciones de vida.

Al estigma de la usurpaciòn le siguiò el de la marginalidad y la delincuencia. Nada bueno podía surgir de ese lugar que compensara su origen. Era la marca definitiva. La maldición de la pobreza era más poderosa que la suma de todas las voluntades allì reunidas. No había redención si se conocía que ese era tu origen.

Con los años algunas cuestiones se imponían   
 

jueves, 5 de septiembre de 2024

La partida

 De los tres, el que iba adelantado de pronto espoleó su montura y se paró en los estribos espiando el horizonte. Algo lo había alertado y al resto no le quedó más remedio que seguirlo aunque solo tenían por delante la pampa infinita. Tardaron un rato en alcanzarlo. Se había apeado. 

Justo, el líder de la partida, no mucho mayor que el resto, entendió apenas pasar la lomada lo que había agitado a Bagual, el guía, ese indio que le dió Don Celestino para encarar la búsqueda. Los pájaros negros volaban en círculos bajos y descendían pesadamente apenas perdían el miedo. Se escupió la palma de la mano, apagó el cigarro en ella y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. La escena demandaba algún tipo de respeto.

Del rancho apenas quedaba algo en pie. Como si un torbellino hubiera bajado a castigar esas paredes de adobe, dejando apenas una parte intacta. Pero eso no lo había hecho el viento. 

El tercero y último en llegar, Jacinto, no tuvo tantas contemplaciones. Quizás porque era más joven. Escupió al suelo e hizo una mueca de desprecio mientras negaba con la cabeza. Los cuerpos, esparcidos alrededor de la casa estaban rodeados de carroñeros, pero semejante daño no se le podía achacar a las bestias.

─Indios de mierda...

Bagual caminó entre los muertos sin tocarlos, mostrándose casi ceremonial. Notaba que el cristiano había dado lucha. Él respetaba eso, entendió que fue el primero en morir y para él eso tenía sentido. Todavía tenía el facón en la mano y su poncho enrollado en la otra, como si hubiera salido a buscar un duelo, pero estaba descalzo y apenas un blusón le cubría la parte del pecho que no estaba desgarrada. Estaba casi desnudo. Expuesto. Sabía que iba a morir y quizás por eso salió del rancho. No quería morir acorralado. Seguro tampoco quería ver el destino de su familia si fallaba. Una india bastante agraciada estaba un poco más lejos, tirada. Todavía tenía una guagua en brazos. Un tajo feroz, que prácticamente le cercenó la mano, había dado cuenta, en su camino, de la vida del niño. No era la única herida de la mujer que parecía haber querido escapar hacia el arroyo que se escuchaba correr cerca. Tenía la espalda desgarrada en tal manera que se le habían desnudado los huesos y mostraba parte de las costillas y la columna. Había otro niño, algo mayor, que intentó seguir a su padre según entendía y quedó cerca de la puerta, al menos veía parte de él ya que le faltaba la cabeza. Bagual no pudo encontrarla.

─¿Cuántos? ─preguntó Justo mientras apoyaba la mano en su revólver, para sentir seguridad.

Bagual se puso en cuclillas y tanteó la tierra con las yemas. Dibujó la forma de un pie descalzo alrededor de una huella y trazó una linea con otras similares, sin embargo cerca de dónde el hombre había perdido el duelo la huella ya era distinta, hería la tierra como si fuera una garra, lo que lo dejaba perplejo, finalmente negó con cierto dejo de confusión mientras miraba el cuerpo con la sangre seca, manchando el patio de tierra.

─Uno...muchos. ─ Contestó sin mirarlo. 

─No entiendo.

El indio le dedicó una mirada breve pero intensa y entró en lo que quedaba del rancho. A Justo le quedó claro que su guía tampoco entendía demasiado.

─Malón...está clarito esto, jefe ─dijo Jacinto, el tercero del grupo ─. Acá no hay mucho misterio. Hay que volver y avisar al ejército.

Justo ni siquiera lo miró, era el sobrino de su patrón y se lo adosaron porque le habían confiado un costoso rifle a él por ser familia. Igual dudaba de que ese mocoso supiera qué hacer con un arma en medio del peligro, pero lo soportaba. 

Justo también estaba inquieto. Los indios podían ser salvajes y conocía los malones. Los había padecido y los había enfrentado pero esto parecía otra cosa, parecía cosa de animales. Sin embargo, había heridas que parecían de corte entre las de garras. Quizás un puma que había bajado de la sierra por el hambre, pero son bichos tímidos y no conocía que atacaran a la gente en sus casas. Mucho menos que anden con los hombres.

Decidieron no enterrarlos. Si los asesinos seguían por allí sería mejor no avisar que los buscaban. Justo se sintió culpable pero Bagual decía que una vez cazados podrían hacer algún tipo de ceremonial. Presentar los respetos. Al guía tampoco le gustaba como se venía dando el asunto y ya le urgía terminarlo. El que iba sintiendo el miedo era el más joven. De la verborragia inicial a otear con inquietud el horizonte habían pasado solo algunas horas. Jacinto ya no se despegaba del rifle de su tío. Lo había sacado de la montura y se lo colgó como si fuera el antídoto para su miedo. A Justo no le gustaban los hombres nerviosos y asustados, sobre todo si tenían demasiado calibre al alcance de los dedos, pero no tenía más remedio que aguantarlo. 

Bagual limpió las huellas del grupo sin tocar las demás. Pretendía esconder todo lo posible su presencia pero desconfiaba. Era fácil de vigilar esa hondonada desde el alto que se alzaba cerca. Estaban expuestos sin remedio así que prefería quedarse lo más bajo y cerca del arroyo posible. Vadeó buscando un lugar para que descansen las monturas mientras ellos armaban las tiendas. Dió con una pequeña cueva que se abría entre las piedras a la vera del agua. Apenas un hueco que solo podrían usar dos, el tercero haría la guardia. Solo confiaba en el blanco mayor para que lo releve. El otro, el más chico, apestaba a odio y miedo, pero teniendo a mano un rifle que lo sentaría de culo al primer tirón del gatillo. No quería avisarle a toda la pampa que estaban ahí. Ese que duerma pensó mientras prendía un pequeño fuego para calentar la carne salada y de paso entibiar las piedras donde dormirían. Disolvió la carne en agua caliente y le puso hojas que traía con él. De esas que dan sabor y relajan. El guiso tomó color. Comerían todos de la pequeña olla por turnos. Él esperaría al final como era costumbre con los blancos. No le molestaba. Allá ellos si tragaban tan confiados. El día que se cansara de la compañía podía envenenarlos sencillo. 

Justo le cedió la cazuela a Jacinto para que arranque el deguste mientras acomodaba las alforjas y daba agua a los caballos. Tampoco confiaba mucho en el indio aunque no le hubiera dado mucho motivo de queja. El problema era el Jacinto y el rifle que abrazaba como a una moza. Sin pericia era un pedazo de metal y madera más, que nada haría por nadie. Al menos nada bueno si no sabía manejarlo.

Cuando Bagual apagó la pequeña fogata Jacinto atinó a protestar. Se había levantado viento y refrescó la joven noche al punto de que los ponchos abrazaron sus cuerpos. 

No más fuego.

Justo le echó una mirada al joven cuando emprendió la protesta y este se calló. 

─Querés decirle dónde estamos a todos? ─dijo el mayor y acabó los diálogos.

Sólo quedaba tirar la manta dentro del hueco y guarecerse. Eso hicieron los blancos mientras el indio se apoyaba en una piedra. En otro tiempo hubiera acomodado su arco y su lanza. Desde que había conocido a los blancos el cuchillo ancho y el revólver se habían vuelto mejores herramientas para su trabajo. Igual se pintó la cara con barro del arroyo. Se lo vería menos y de paso declaraba su intención en el asunto. Podían matar a 100 blancos y detrás vendrían 200, tenían la ventaja del número, pero habían matado a una india con un crío en brazos. Eso no estaba bien, no era bueno ni justo. Mal augurio. Tenía la sensación incómoda que estaba buscando a alguien que actuaba como un blanco y se movía como un indio. Lo peor de ambos. No conocía tolderias cerca. Quizás las hubiera, quizás algún malón buscando venganza por alguna afrenta. De eso los blancos tenían mucho para responder, pero la india qué? castigada por andar con un blanco que escapó de su propia gente, que se fue lejos de sus fuertes buscando libertad. Eso no es un mal blanco. No le constaba. Era casi un indio más.

Peló las ramas bajas de un arbusto espinoso y se coló debajo con su manta. La negrura obligaba a escuchar más cuando se veía menos. Había hecho un círculo grande de ramas secas y espinosas alrededor. No había manera de no pisarlas si se acercaban. Pensó en recostar la cabeza un poco y dedicarse a oir. No estaba visible a ras del suelo pero sacó el revolver de la cintura y lo dejó a la altura de la cabeza por las dudas. Tocaba esperar. 

Lo despertó un ruido. No supo precisar de qué. Se arrastró sin hacer demasiado ruido en dirección a la cueva donde los demás estaban dormidos. No le sorprendió encontrarse con el blanco mayor que también estaba agachado, revólver en mano. 

─Me despertó ese ruido. ─Murmuró. —Los caballos están inquietos.

Ambos se quedaron codo a codo esperando en la oscuridad. Unos relinchos los alertaron. Los caballos mostraban la incomodidad de algo que sus jinetes no podían ver, como avisando su miedo a todos. No se volvió a escuchar ruido alguno.

─Fue como un aleteo pesado. Como si fuera un carancho o algo así, pero grande. ─describió Justo en voz baja.

Así los sorprendió el alba. Al clarear se acercaron a las monturas. Faltaba una de las yeguas. Un rastro de sangre salpicaba las piedras pero no iba a ningún lado. Solo se desparramaba no muy lejos de donde las habían atado. Bagual revisó las ramas del círculo que había armado y estaba casi intacto. Ese "casi" lo guió a una hondonada. Allí encontró a la yegua baya de Jacinto. Desangrada. Tres tajos profundos en el cuello dieron cuenta del animal mientras el tiento colgaba cercenado limpiamente entre las heridas.

Justo tendría que compartir montura, no había remedio. Pese a la lógica el muchacho había atado su yegua más lejos, casi separada, seguro para que estuviera lejos del alazán del indio, y pagó caro el desconfío. 

─Que estamos buscando? ─preguntó Justo apenas se separaron del muchacho. El indio miraba el horizonte desde un montículo.

─Tenemos que buscar agua. ─Dijo apenas mirándolo. Solo así vamos a saber. ─contestó seco. Distante, y no vió ni una pizca de seguridad a pesar de sus formas.

─Usted tampoco sabe...─dijo con fastidio y tiró de las riendas para bajar al riacho a levantar campamento.

─Es mala tierra, esto ─dijo señalando Bagual hacia ese horizonte que miraba con desconfianza. Si hay agua habrá gente y ahí estará lo que pregunta. 

Le contestó aunque no quisiera, en parte porque lo trataba de igual. Y porque se sabían en peligro. Algo cazaba ahí. Y no le importaba quién, solo cazaba.

Justo no entendía que tenía que ver el agua con las preguntas y con ese entuerto que los tenía vagando por ese llano seco y polvoriento. Solo se limitó a juntar todo con la pobre ayuda del Jacinto que era una colección de nervios mal disimulados con dedos demasiado tensos para acercarse a un gatillo, y sin embargo ahí estaba, meciendo el rifle como si fuera una hija.

Sintió el rechifle agudo que el indio hacía cuando se alejaba un poco. Hizo gestos de que había que partir y señalaba el sol, quería moverse con la primera claridad del día y no esperar que el calor los agobie. Después lo vió espolear y arrancar decidido hacia quién sabe dónde. Apuró al Jacinto que parecía buscar algo perdido sin demasiado empeño y salió apenas pudo detrás del guía. Era incómodo mandar sin dirigir pero no había de otra. El indio tenía algo, un especie de sospecha y él no tenía ni eso. Lo vió a la distancia cuando por fin pudo terminar de cargar las cosas. Si caballo sintió el esfuerzo de cargar con el rancho para tres y a Jacinto que no aguantó demasiado y pidió ir a pie rifle al hombro.

Marcha lenta y el indio que no le aflojaba al rastro, al menos eso esperaba. Lo alcanzaron a media mañana porque aflojó el paso en una loma. Desmontó y se tiró de panza con el fusil. Ellos trataron de no alertar y se fueron arrastrando para llegarle sin mucha sorpresa.

Apenas estuvo por asomarse le levantó la mano un poco. Así que se asomó despacio. Casi oteando pero con la barba raspando el suelo. Una laguna, abajo, 







 







lunes, 27 de mayo de 2024

La mujer sin nombre

 

La mujer sin nombre


De todas las tragedias que sucedieron en el barrio, que no fueron pocas, lo que pasó con la señora de la esquina es una de esas que es digna de ser contada. 

Y lo fué, por mucho tiempo, hasta el hartazgo, pero nunca estuvo completa. Mutilada como esas cosas que vemos atropelladas en la ruta y no podemos identificar facilmente....era un perro?...gato?...

Sólo sabemos que hasta el día de hoy nadie supo dar con el ingrediente principal, así que cada uno le agregó, como a los guisos de campo, eso que creemos que es el alma, el sabor característico. Ese gusto que, quizás porque se añora una época o queda adosada a la nostalgia y se vuelve un recuerdo casi irreproducible. Eso pasó con un aspecto fundamental de ese relato barrial. Quedó a la orilla de la veracidad, coqueteando con la fábula, exagerada con el tiempo pero con esa omisión siempre presente. Se podía describir mucho de los sucesos y sus protagonistas, pero nadie nunca supo decir con exactitud como se llamaba la señora que vivía en la esquina.

Llamémosla Mirta, o Juana. Eso queda librado al azar. La cosa es que nadie solía verla mucho por el barrio, era casi una ermitaña. Tenía una modesta huerta y un gallinero con 3 ponedoras batarazas. El marido, que se llamaba Luis y era apenas más sociable, hacía muebles de madera, nada demasiado complejo, y dos veces por semana salía con su carro a venderlos, pero nunca cerca de donde ellos vivían. Eran una especie de misterio. Cómo subsistían? les alcanzaba con ese carro cargado de muebles que volvía casi en idénticas condiciones a como había salido? Tampoco es que fueran oriundos de allí. Solo aparecieron instalados un fin de semana. Pasando por debajo de todos los radares vecinales. Parecían haber llegado de noche relató la verdulera que tenía el local casi enfrente, en diagonal. 

—Te juro que si venían de día los hubiera visto, viste que no me gusta cerrar al mediodía, como mi marido no duerme la siesta dejo abierto, si total para lo que se vende...

La cosa se ampliaba cuando intervenía el policía retirado que vivía a media cuadra.

—No eran trigo limpio esos , se andaban escondiendo, seguro en algo andaban porque nunca asomaban la cabeza, porque como están las cosas de podridas ya no se puede salir a la calle, se necesitan un buen par de botas para volver a acomodar esto...

El que siempre pretendía aportar claridad de conceptos era el arquitecto. 

—A esa gente hay que dejarla tranquila, porque nunca se sabe que traen...mucha negatividad, andá a saber, le dije el otro día a Eleonora...Eleonora es mi mujer...y le digo que...viste que ella tira las runas...bah es un hobby pero no sabés como te orienta...nosotros para irnos de viaje preguntamos siempre...viste que runa significa secreto...bueno pero es que en realidad como eso está en otro plano no hay nada oculto para ellas pero en realidad también significa susurro...bueno ahí está...no se puede decir, o sí pero no muy alto...me entendés? —contestó seguro ante el micrófono del cronista.

Julián, el movilero de NotiPlus, el noticiero más visto del oeste, había recibido el encargo temprano, a las 6 de una mañana fresca cuando apenas estaba llegando al canal de cable zonal donde hacía sus primeras armas en el periodismo. La cosa es que le pidieron jugo y lo único que veía potable eran las naranjas que vendían en esa esquina. Se sentó un rato en un cajón de verduras vacío y volvió a mirar la escena, casi en frente, en diagonal. La casa quemada, ennegrecida hasta los cimientos, la pared, o muro perimetral, técnicamente hablando, estaba partida por el calor aunque estuviera 5 metros separada de la linea de edificación, una montaña negra al costado de la propiedad que era la madera que acumulaba el dueño de casa para hacer sus muebles. Y ningún vecino que pudiera atestiguar cómo había empezado el fuego.

El hombre de al lado que estaba revisando su techo buscando daños por el calor, apenas lo vió se puso incómodo y lo saludó apenas moviendo la cabeza pero no mucho más, no había querido dar nota al ver el tumulto en la calle. Se sabía que era un hombre reservado, de modales hoscos, poco querido en el barrio según le comentaron. El asunto es que por ubicación, siendo la casa del siniestro la de la esquina, la geografía le regalaba al vecino de junto el poco amable título de principal sospechoso, eso si se sostenía la hipótesis de que el incendio no había sido accidental.

Pero la policía no tenía muchas ganas de investigar. Los bomberos hicieron un primer peritaje pero el resto le correspondía a la autoridad federal. Y allí la cosa se empezó a torcer hacia el accidente



 






lunes, 6 de mayo de 2024

Puerta a puerta

 --Cuánto?

--David...nos conocemos, sabés que no me manejo así...

--Cuánto? --insistió él

La doctora se acomodó los lentes en el entrecejo para enfocarlo mejor. 

--De que serviría ponerte una fecha? presionarte? para qué?

--Necesito saber si tengo que ir al banco, a la inmobiliaria o a la casa de sepelios... ...cuánto?

--Es un diagnóstico complejo Dario. Ya te conté cuán variada puede ser la reacción del cuerpo, dependes del ambiente, de la voluntad que le pongas, de los tratamientos nuevos. Los anticuerpos monoclonales son bastante efectivos

--Dale Valeria, lo encontramos tarde. Ya está, no hagamos tanto drama. Pasó, pasará...punto.

--Todavía estás procesando la información, no estás hablando en serio, pero no podemos darnos el lujo de perder tiempo valioso antes de iniciar el tratamiento. Conozco los últimos avances, las drogas combinadas, hay un campo enorme --insistió ella con algo de emoción en la voz. Quizás porque a veces cruzaba la línea. Quedaba ligada, muy a su pesar, en el fondo, sospechaba que se había involucrado con su paciente. Con un paciente terminal, aunque se negara a aceptarlo. Él se levantó de la silla y miró por la ventana...seguía nublado como a la mañana, pero había una pegajosa humedad y el sol que calentaba el día a pesar del manto de nubes...suspiró, se resignó y pensó en el camino de regreso, ya no diría nada.

Se despidieron con un abrazo. Ella lo propuso inconcientemente. Algo completamente impropio, un mal mensaje, casi una despedida. 

--Tenés mi número --insistió ella controlando la emoción --pero más importante es que tengas este --dijo alzando un pequeño papel entre los dedos. Él solo la miró y sonrió levemente, tomó su mano suavemente, la encerró con la suya y la acompañó de vuelta a su regazo.

--estamos bien, hiciste todo lo que podías. --dijo simplemente y no lo tomó. 

Ella lo miró con un reproche en la punta de la lengua, pero él seguía con esa sonrisa compradora que la hacía dudar de todo. Se echó en falta la distancia profesional tan conocida e ignorada a veces. 

--te conseguí un turno con el mejor especialista, te acompaño si querés...--fue casi un ruego, una súplica velada

--Estamos bien Vale, estamos bien...--dijo y la volvió a abrazar, ahora lo necesitaba él. Después de eso se dió la vuelta y no frenó hasta estar en la calle. No miró atrás, ni siquiera saludo al portero que baldeaba la vereda en el coqueto barrio de Palermo viejo. Paró un taxi y pidió por la dirección de su casa.

Valeria se quedó pensativa. Todavía estaba conmovida pero sabía que él podía ser la llave de todo, solo que no podía obligarlo, aunque se hubiera encargado de dejarle palabras que rompían el poco trato profesional que quedaba entre ellos, palabras más sentidas, más personales que se colaban en ese papel con el número del especialista, ese papel que dejó en el bolsillo de su paciente, clandestinamente, con el último abrazo.

David agradeció que en toda esa situación pudiera contar con el beneficio de su trabajo. No era el dinero sino los contactos que uno cosechaba como asesor financiero. Mucha gente había ganado dinero con él, muchos habían progresado, y a todos les decía lo mismo cuando querían retribuirle con algo más que su comisión, una porción mayor de beneficios. 

—Cuando necesite algo te aviso.

Ahora necesitaba de todos.

El primero era Juan, el muchacho que se había puesto una inmobiliaria. Él no solo le ayudó a invertir sino que lo metió en la cámara empresarial local de la mano de otro contacto. Ahora necesitaba irse de la ciudad. Poner todo lo propio en alquiler para una futura venta. Lo vendería todo pero no podía ser inmediato. No quería pasar sus últimos momentos corriendo entre inmobiliarias y bancos. Entonces Juan sería su apoderado. O el comprador si arreglaban los números. No tardó en conseguirle un pedazo de tierra a suficientes kilómetros del ruido. 

…"Un lindo campito...podes plantar soja, o lo que quieras"

No era su idea sembrar, era necesario cosechar pronto, si el día no alcanzaba sería de noche, pero el lugar era perfecto, lo vieron 15 días después. 4 hectáreas con una estancia principal. Él solo quería la casa y los 150 metros hasta la entrada, ese fabuloso corredor arbolado que llevaba hasta la tranquera, una hilera de árboles de cada lado, un pasillo frondoso y alto que daba un aspecto sombrío pero íntimo al lugar. Era lo que en su cabeza imaginaba. Su propia morada final. El resto estaba en venta.

El dinero no fue problema. En su rubro a veces había clientes especiales, gente que necesitaba colocar dinero rápida y discretamente. No tenía muchos, pero esos nunca discutían la comisión. De hecho preferían que fuera alta. Un pacto tácito se podría decir. 

—Eucaliptos medicinales —le comentó Juan como si necesitara venderle lo que él mismo le había pedido —estos ya pasaron los 30 metros, pueden crecer más todavía, es una vista grandiosa, el túnel de ramas de acá hasta el final, casi no se adivina la casa, además el aroma, tienen muchas propiedades y dicen que curan las malas vibras

—Te tomo la palabra —contestó con un dejo de amargura el asesor. Se había entrenado toda la vida para aconsejar cuando y dónde arriesgar, cuando frenar, cuando vender. Tenía ese sexto sentido que era saber leer las gráficas, las tendencias, los datos negros, información que compraba a veces para saber cuan cierto eran los balances de las empresas, de los bancos, las proyecciones. Y todo eso no le dejó ver que esa inflamación en la ingle no era por un esfuerzo, no fue esa barrida accidentada en el fútbol 5, era un maldito cáncer quebrando sus defensas desde el mismo origen. Se preguntaba que habría en el más allá. Será que hay un túnel con una luz al final, como ese que formaban las ramas bajas de los eucaliptos medicinales de camino a quién sabe qué porque era casi imposible adivinar que al final había una estancia. Imposible de adivinar como una gráfica que aparentaba normalidad cuando se dibujaba un balance mientras se vaciaba y desmembraba una firma comercial. Su empresa se desmoronaba bajo la aparente normalidad de un cierre bursátil neutro. Papeles sin cambio. Viernes por la tarde y las oficinas empezaban a quedar a oscuras, luces al mínimo hasta la próxima semana pero para él no habría lunes.

Dejó de pensar. No necesitaba regodearse en la desgracia. Se guardaba un tanto de dignidad para decorar su final. Desaparecía colgando un cartel de cerrado por vacaciones. Lo anunció en su nutrido grupo de clientes de whatsapp, en su página y en la oficina donde ya trabaja casi independiente. Vacaciones en definitiva..."I'll Sleep When I'm Dead"...de quién era esa canción? no lo recordaba.

—Tenés las llaves?...me quedo. 

Juan sonrió y las hizo tintinear con un vaivén de muñeca mientras se mostraba satisfecho como si hubiera abrochado la venta de su vida. Ingenuo él que no pidió más por el lugar. Hubiera pagado cualquier precio. 

Tenía ese manual en inglés hace un tiempo. Esos que tanto gustan a los norteamericanos, afectos a construir cabañas en lugares retirados, esas que necesitan que uno instale todo tipo de servicios. Siempre fantaseó con una casa de fin de semana. Una cabaña. Pero esto era otra cosa, un bunker, una cueva para hibernar, un rincón oscuro y fresco donde se arrastran los perros que saben que van a morir. 

Se hizo montar un equipo de internet satelital casi en tiempo récord. Tenía el equipo, y el técnico, otro cliente suyo que ahora se había independizado de la empresa que lo explotaba. Ahora hacía soporte, no tocaba más un cable de fibra, pero por él claro que lo haría. Todo el paquete era lo suficientemente caro como para tomarselo en serio y aprender de redes lo suficiente. Una estación meteorológica hogareña para saber si estaba cerca una tormenta y de qué magnitud, nada de sorpresas...nuevas. Un generoso acuerdo con un hipermercado cercano para provisiones. No tenía idea de cuánto podría valerse por si mismo antes de que los dolores lo dejaran postrado. Pero era seguro que resistiría lo suficiente como para encontrarle sentido a todo eso. Un último viaje al pueblo cercano para que la enfermera de la salita barrial le enseñara a aplicarse inyecciones. Necesitaría calmantes, muchos...no le costó demasiado ganarse su confianza. Eran tiempos difíciles para subsistir, la economía golpeaba duro, además de que con ella pudo ser más directo y hablarle de su condición. Ella entendió mucho más rápido que cualquiera. Solo quedaba descubrir el ciego. El ángulo que no estaba cubierto, eso que se le escapaba. Eso con lo que no había contado, porque siempre existe aunque uno disimule, pero lo descubriría pronto seguramente. 

La casa estuvo pronto habitable. No tenía demasiados muebles y apenas algunas comodidades pero nada necesitaba fuera de un poco de paz y buen whiskie, algo de internet para distraerse y contemplar el final holgadamente. No había hecho suficiente dinero como para retirarse pero si para afrontar un corto tiempo. Ese tiempo, su tiempo. Lo que quedaba era sólo de él. 

Así pasaron las primeras dos semanas, en las que empezó a conocerse. Le gustaba estar solo más de lo que había imaginado, en cierta forma y después de una vida de forzosas relaciones públicas, tenía su lógica. Descubrió cierto gusto por la cocina y los sabores. Se dedicaba a buscar recetas que desafiaran su paladar. Lo agridulce, lo picante, lo no convencional. Le gustaba que la ventana de la cocina diera al largo pasillo de la arboleda. La vista no llegaba hasta la tranquera pero tenía unos buenos 70, 75 metros. De noche era más imponente. Tenía faroles cada 15 metros que producían circulos de luz en el camino, a cada uno correspondía un trecho de oscuridad casi de la misma extensión. Luces y sombras en igual proporción. Balance absoluto. Estaba de acuerdo con la distribución. Sólo que la extensión era tal que al final era imposible no toparse con la oscuridad. Tarde o temprano la luz se moría en la distancia. Captó rápidamente la ironía. Ese túnel tenía más sentido para él de lo que había imaginado.

Fue un domingo. Estaba entre las pastas al dente y encender el fuego, estuvo tentado en la semana de invitar a alguien pero se había acostumbrado a esa soledad casi terapéutica para él. Había tenido ¿cuántas? siete u ocho parejas sexuales antes del diagnóstico. Eso en los últimos meses. Nunca nada demasiado formal. No tenía tiempo repetía siempre, ahora sonaba irónico. Entre sus tantas reflexiones recientes pensaba en que había encarado su diagnóstico como un cliente especial. Le dedicaba unos primeros instantes de intensidad máxima. Tomaba decisiones arriesgadas hasta estabilizar el flujo, dejaba que empezara a rendir ganancias pero corría para garantizar algo que no disfrutaría. Quizás debió hacer algo distinto con su vida pero...no sentía que fuera muy cierto eso de que hay que dedicarse a vivir. Se dedicó a hacer dinero...propio a través del ajeno. A generarse una red, de contención, de contactos. No tenía una de afectos porque eso venía con la edad y ya no sería viejo.

Fue como verse a él mismo, al principio una leve forma clara caminando por la arboleda. Admirando como las ramas se entrelazaban cerca de las copas. La bóveda vegetal era imponente. Tendría la misma edad que él, la misma altura y esa prestancia arrogante que reconocía como propia mientras caminaba  semisonriente, como satisfecho de si mismo. Era un vendedor sin dudas.  

Pero nadie sabía que él estaba ahí. Levantó el brazo y tanteó en la alacena sobre la mesada. Acarició la culata de la Glock G19, la mejor del mercado según un armero. 15 tiros serían suficientes para hacer ruido y si era necesario, daño. No recordaba que hubiera terminado en malos términos con sus clientes pero, cualquier revés económico puede afectar la cabeza más fría. 

A último momento se la puso en la cintura. Del lado de la espalda. Hubiera preferido dejarla pero donde hay dos vendedores hay un duelo. 

Se asomó a la puerta mosquitero. Sabía que el podía verlo y el visitante no. Esa ventaja se la guardaba.

—Hasta ahí nomás. 

El visitante se paró en seco. Quizás sobresaltado por la voz imperativa.

—No dispare. —dijo y alzó las manos con una sonrisa.

—Todavía no me decido. No estás invitado y llegaste a dos pasos de mi puerta...¿que querés?

—Si puedo bajar mis manos le doy mi tarjeta. 

—No pregunté eso

Sin bajar las manos hizo un leve movimiento y entre sus dedos apareció una tarjeta personal. Un truco barato de mago. La tarjeta seguro ya estaba en su mano. La puesta en escena clásica para ganarse al público, sobre todo al infantil. Siguió con su show haciendo muecas como si le costara leer de cara al sol.

—Ase...soría...Nuñez...ser...vicios especiales, creo

—¿En serio ese numerito te funciona? —arremetió el dueño de casa.

—Le sorprendería —contestó sin perder esa irritante y encantadora sonrisa.

—¿Qué me querés vender?

—¿Qué es lo que más le gustaría comprar?

El silencio que siguió no le gustó al dueño de casa...porque sería fantasear, y él no fantaseaba, estaba plenamente anclado en la realidad, y quería seguir ahí.

—No tenés nada que quiera o necesite.

—¿En serio?...porque la plata va y viene pero la salud...

Allí fue donde no soportó más esa sonrisa, se sintió expuesto. Tuvo el impulso irracional de tomar el arma. Probar que son 15 tiros en la humanidad de una persona

—¿De qué laboratorio sos hijo de puta? ¿quién te mandó? —dijo abriendo la puerta dispuesto a confrontar

Retrocedió dos pasos y la sonrisa se transformó en un rictus de seriedad. 

—No vendo tratamientos ni medicamentos. No represento a ningún laboratorio. Pero vengo de parte de alguien.

Mantuvo los brazos extendidos cuál cristo mientras lo miraba fijo mientras David trataba de refrenarse. Revisaba la idea del vendedor, solo que no estaba claro que vendía, tuvo por un momento el pensamiento fugaz de que lo había mandado Valeria, pero sería demasiado invasivo. Ella era bastante respetuosa. 

—Te doy medio minuto para que te expliques porque estoy a punto de sacarte a trompadas.

—Esa persona que represento tuvo el mismo diagnóstico y hoy está limpia. 

—¿Qué sabés vos de mí? …existe algo llamado confidencialidad médica... 

—David...¿puedo llamarte por tu nombre? David Suárez...ayudaste a mucha gente en tu vida.

—Trabajé...trabajé con gente...nada más —No estaba para manipulaciones baratas y pensó en dejarlo claro.

—…¿Qué pasa si le digo que alguien que está muy agradecido decidió confiarle información que no está abierta al público?...un benefactor...alguien que puede ver cosas así más allá de lo evidente como usted puede leer gráficos de trading un viernes por la tarde. Es la última hora de cotización, ya cierran los mercados y pasará mucho tiempo hasta el lunes. A veces no ver una tendencia puede arruinar vidas y sueños.

—¿Adonde vas con todo esto?

—Una oportunidad David, una cura, así como lo oye.

—Me imaginaba que eras vendedor pero no de buzones. —retrucó con fastidio. Aquel hombre extraño le sonrió de nuevo. 

—No estuve tan mal, hace rato que no tiene ganas de pegarme 15 tiros con esa glock... —le guiñó un ojo y volvió a hacer el truco de hacer aparecer la tarjeta entre sus dedos.

—Solo tiene que aceptarla. —dijo mientras extendía la mano y se la ofrecía.  —Ahora si no le molesta debo hacer un par de llamadas. Le tomo prestada la silla, no tardo. Sólo quiero sentarme abajo de la arboleda. —Dijo y arrastró una silla hasta situarla unos metros más allá, donde el sendero quedaba a la sombra. Pareció medir a ojo los árboles y se acomodó de espaldas a la casa. Lo vio hablar por teléfono muy animado. David no supo bien que hacer con semejante personaje. Le hizo acordar a sus inicios, cuando realmente era pura voluntad, puras ganas de vender lo que fuera, cuando creía que todo podía hacerse. Pero habían pasado quince años. Ese hombre tenía su edad, estaba arrancando tarde a su entender. O no había logrado nada con su talento porque tener que ir vendiendo puerta a puerta le parecía más un inicio que una meta.

Se metió a guardar la tarjeta y dejar el arma otra vez detrás de un paquete de fideos y cuando se asomó solo vio una silla vacía en el medio del camino. Se había ido. Otro truco barato a su entender.

 





  









 







domingo, 21 de abril de 2024

Duelo

 

Se miraron fijo mientras el de saco gris jugaba con el vaso donde se había servido un buen whisky de 12 años. Metió un dedo y revolvió discretamente los cubos de hielo. Las miradas no se soltaban, parecían bailar sin música pero conociendo una íntima coreografía. El otro no había tocado su bebida. Estaba tenso y aunque tenía las manos sobre la mesa rozaba disimuladamente la culata de su revólver con el codo derecho. Solo eso lo calmaba, la cercanía del arma era casi un amuleto.

Uno parecía más relajado, casi sobrando la situación y se daba el lujo de tomar cada tanto un sorbo y hablar de las bondades de su bebida, de la diferencia entre whisky y whiskey según dónde se elaboraba y de como en USA se llamaba Bourbon y se hacía generalmente en Kentucky.

El otro asentía, de pulcra camisa negra, sin registrar la información, pendiente de lo que hacían esas manos y de cualquier movimiento que pudiera resultar amenazante.

Uno venía a negociar una posible tregua después de invadir su territorio a sangre y fuego liquidando a varios de los suyos en el proceso. El otro había perdido demasiado en el proceso, al estar por años en guerra con las bandas vecinas, tanto que un nuevo jugador se le había colado bajo sus narices y amenazaba con partir su área en dos y dejarlo sin los asentamientos cercanos a las vías. 

—Creo que es hora Guzmán de que tenga un socio. Los dos sabemos que no puede aguantar a los Alemanes, y el guacho ese Walter ya se ganó la venta de la estación.    

—¿Para eso me citaron acá? es un lugar demasiado caro como para venir a escuchar mentiras y exageraciones.

El de gris sonrió y siguió jugando con su bebida.

—...en realidad no deberían ponerle hielo. La temperatura ambiente le permite desarrollar al máximo los aromas...

—No me está contestando... 

—Pasa que es importante, como esto se hace en las islas británicas— dijo alzando levemente el vaso — y son normales ciertas temperaturas, hay que replicar esos 16...18 grados ambientes. He ahí el dilema de como lograr esas condiciones.

—No tengo problema en ir a la guerra con tu jefe querido. No voy a regalarle la zona, llevo años trabajándola.

El de saco gris alzó los hombros mientras miraba su trago a trasluz. 

—Estoy tratando de educarlo. La cultura alcohólica se está perdiendo y eso es una tragedia. Si no sabemos cómo beber, mañana no sabremos como comer, o cómo hacer el amor.

—¿Y si mejor le explico a los tuyos como recibir una bala?

—No niego que esa sería información de suma utilidad pero esa situación es hipotética, yo le estoy enseñando algo que usted puede usar hoy cuando llegue a su casa, seguramente tenga alguna botella de respetable manufactura en la que pueda aplicar la información brindada, ya no sería el caso mañana porque seguramente usted se niegue a la oferta que le traigo y tenga que ser visitado por la gente que en este momento está vigilando su domicilio, su familia, esposa e hijas, hasta a su perro que hace una hora fue paseado en la plaza a 300 mts de allí...por cierto, dígale a su hija mayor que debe levantar las deposiciones de Roma, su terrier de dos años, o podría ser multada.

—¿Quién carajo te crees para amenazar a mi...—dijo levantándose lentamente pero la imagen de un celular le mató el ímpetu. El del saco gris le mostraba la pantalla de su celular. Era la puerta de un depósito. Lo reconoció de inmediato. El negocio de su mujer, el vivero. Era el patio trasero, dónde entregaban mercadería los proveedores. Todavía había luz, sería la tarde y un hombre estacionaba su camioneta de reparto bajaba y justo detrás aparecía Carmen, su esposa para darle un beso apasionado y sonreirle. La palidez le ganó el rostro y el de camisa negra empezó a sentarse lentamente. Ya no era el acceso de cólera lo que lo dominaba pero la mirada se le enfriaba mientras se cocinaba el odio.   

—Si vamos a ser socios tenemos que ayudarnos...y yo sé que esto era el tema que lo tiene desenfocado Guzmán. Así que me permití hacer un pequeño arreglo. ¿Quiere que le cuente?...

La mirada del de camisa negra fue una invitación a proseguir.

—No podemos mostrar debilidad, pero tampoco podemos olvidar a los afectos, hay que mantener separadas las cosas mientras se pueda, los dos somos hombres de familia. Sé lo difícil que es pero este hombre buscó por mucho tiempo acercarse a ella. Se conocen desde que eran jóvenes. Y él es alguien de quién ella nunca le hablaría. El único hombre que le puede arrebatar el amor de su vida Guzmán, y sabemos que se acercó a ella por interés...necesita dinero. —dijo y le clavó la mirada mientras saboreaba su bebida Ese no es un hombre, es un miserable que se irá apenas tenga lo que pretende obtener de ella. Ella le ha transferido esta semana una cantidad considerable para que el rescate su negocio. Ella cree que escaparan juntos...pero él ya mandó todo el dinero a Uruguay y se va pronto. 

—Voy a matar a ese hijo de puta!

—Guzmán... por favor, pruebe al menos el trago, honre su bebida. Ya hice los arreglos.

—y vos quién sos para venir acá a mostrarme esto? quién te mandó? —ya era el antebrazo el que rozaba la culata de la semiautomática. Estaba a punto de tomarla.

—No me manda nadie. Trabajé para Robles un tiempo, pero se me nota la clase. En seguida quiso sacarme del medio. Bajarme. Es muy inseguro el comisario. —dijo jugando con el vaso de whisky.

—Que arreglos hiciste?...habla o te juro que...

El de gris sonrió. Alzó su trago y brindó.

—Por la parejas que se vuelven a encontrar.

El de negro miró a su alrededor y especuló en cuantos de los comensales eran gente de Robles, esperando cocinarlo apenas saliera. o que se equivocara ahí mismo. Lo que quedaba era decidir cómo quería que fuera su final.

—No hay nadie acá, mi amigo, si es eso lo que está pensando. Somos dos caballeros. Dije que venía solo y he cumplido aclaró el de gris mientras leía su lenguaje corporal y su furia. —No necesito más que un buen trago y las palabras para entendernos. Tengo los pasajes, los registros bancarios y un oficio de embargo judicial a nombre de él. Todo en este sobre —dijo y tiró un rectángulo de papel marrón sobre la mesa. Luego puso otro igual del otro extremo. 

—Acá están las pruebas que pueden mandar al hoyo al comisario Robles. Su principal competidor. Tengo toda la red intervenida. Desde escuchas hasta testigos encubiertos. Pero él tiene sus contactos políticos y si lo dejamos maniobrar puede llegar a zafarse. —dijo y en un pase de prestidigitador onduló sus dedos hasta hacer aparecer una bala. La puso en medio. Una sola, brillante en su envoltura marrón metálico.