domingo, 14 de julio de 2019

Contrarreloj



Cuando faltaban un par de cuadras para llegar empezó a imaginar como siempre. Aminoró la velocidad y paseó esos últimos metros con el auto casi regulando. No sabía con que cuadro se encontraría cuando estacionara en el garaje y cruzara la puerta.
Las tensiones habían aumentado con la llegada de ese segundo hijo. Su esposa todavía lidiaba con la depresión por la muerte del primero. En su febril mente no se perdonaba el absurdo de que una muerte súbita se lo hubiera llevado una noche. Sin antecedentes, sin aviso, siquiera una fiebre, una tos, un malestar. Ningún síntoma aparente. Solo se quedó dormido para no despertar.
 Por eso no quería que él trabajara hasta tarde. Odiaba que hiciera horas extras luego de su turno pero la situación los obligaba. En parte él se sentía culpable. Sabía que a ella la noche la aterraba. Sólo dormía con pastillas y a veces ni eso calmaba su ansiedad creciente.
Cuando volvió a quedar embarazada los fantasmas sobrevolaron la relación. Él sabía que ella se cuidaba, o al menos eso creía, y tampoco había hecho demasiado por su parte para evitar la situación. Simplemente había sucedido. Todo ese bagaje desembocó en un parto prematuro. Un niño que pasó sus primeros días en una incubadora y una madre que no sabía querer aquello que podía serle arrebatado. El diagnóstico fue la conjunción de tres palabras impronunciables. Palabras que lo obligaron a aprender otras veinte para empezar a entender lo que le pasaba a su hijo. Sin embargo el niño superó las barreras del miedo y creció vigoroso. Pero ella no confiaba. Todo podía irse en el curso de una noche. Así habían pasado tres interminables años.
Él puso la llave en la cerradura y sin creer en nada se persignó como siempre.
Nadie contestó su saludo. La casa silenciosa le sonó alarmante. Santi solía jugar hasta tarde pese a las protestas de su madre, en parte, esperando su regreso. Sus tres años no entendían de obligaciones ni horarios. Sólo la luz de la habitación matrimonial revelaba actividad. Dejó la mochila y volvió a saludar. El silencio nunca le había gustado. Sabía que a su esposa tampoco.
Ella estaba sentada al borde de la cama. Sus ojos desencajados se enfocaban en algún punto difuso o en la nada. Santiago estaba boca arriba con los ojitos entornados. Estaba demasiado pálido. La boca entreabierta dejaba correr un espeso hilo de saliva blancuzca.
"Una convulsión" estalló como diagnóstico incipiente en su cabeza a manera de vigía de barco avisando del peligro. Él saltó sobre la cama e intentó que reaccione mientras le preguntaba

─¿Hace cuanto Sabrina? ¿hace cuanto?

─Otra vez...otra vez...otra vez...otra vez...─repetía con la mirada perdida.

Le tomó el pulso del pequeño cuello con dos dedos mientras ponía la otra mano en el pecho. Estaba frío. Horriblemente frío. Le abrió los ojitos pero estos tenían las pupilas vueltas hacia atrás. Puso el oido en su pequeña nariz tratando de oir el más leve soplido. Aunque el cuello no mostraba signos, la mano en el pecho parecía devolverle algo, o al menos eso creyó. Lo tomó en brazos y salió corriendo hacia la puerta. Tomó las llaves del auto y el comando remoto del portón. Activó el último mientras se subía y ponía en marcha el auto en una misma maniobra. Sopló cinco veces en la boca tratando de buscar reacciones. Acostó a su hijo en el asiento del acompañante y comenzó el masaje cardíaco mientras ponía reversa en una loca carrera. Ya había comenzado a acelerar cuando cerró el portón a distancia. Cuatro a seis minutos de hipoxia eran el límite tolerable. Isquemia encefalopática hipóxica fue el diagnóstico de la neonatóloga cuando pasó esa larga estancia internado al nacer. Dos eternos años de seguimiento no habían arrojado antecedentes destacados. No parecía tener secuelas. Treinta compresiones en el esternón. No demasido abajo para no lesionar las costillas. Dos ventilaciones más y volver a masajear. Tomar por la avenida pero bajar por la paralela evitando el paso a nivel y los semáforos. La clínica más cercana se hallaba a cuarenta cuadras. Poner balizas y tocar bocina tratando de poner sobreaviso de que iba en situación de emergencia. Soltó el volante y sacó el celular del bolsillo.

─Llamar Sabrina ─dijo en voz alta.

El celular tardó unos segundos en interpretar la orden y empezó a sonar buscando enlazar con el celular de su esposa. No contestaba.

Esquivó una moto por centímetros. Justo se había agachado para volver a soplar en la boca de su hijo, al volver a incorporarse la tuvo a escasos metros. Sólo tenía una mano para tomar el volante y poner los cambios. Maniobró como pudo mientras continuaba el masaje cardíaco. "Nunca lo detengas papá. vos seguí" le recomendó una enfermera si tenía que realizarlo alguna vez. Y no pensaba parar.
Había recorrido la mitad del camino. Llegaba el cruce de avenidas. Ese maldito semáforo demoraba setenta segundos. Demasiado. Un colectivo empezaba la maniobra de retomar después de levantar pasajeros. El amarillo se extinguía y pronto el rojo pararía toda la fila de autos. Aceleró para ganarle el lugar y doblar. Los bocinazos se multiplicaron pero no le importaba. Tenía poco tiempo.

─Llamar viejo.

─No se pudo procesar la orden, por fav...

─Llamarrr vieeejooo. ─Repitió marcando las palabras. La búsqueda comenzó mientras el auto viajaba a una velocidad temeraria. Sonó varias veces pero no hubo respuesta.

Las diez cuadras finales eran por la zona céntrica. Tomo una calle alternativa para evitar la avenida de los restaurantes y bares. Demasiado tránsito. Seguiría hasta el fondo y doblaría por una calle muerta que costeaba las vías. Daría un solo rodeo para salir a la calle de la clínica justo en el frente. No le importaba dejar el auto en plena calle si era necesario pero un lugar vacío en la cuadra le resultó ideal. Un pequeño auto negro con las balizas puestas se acercaba marcha atrás para ocuparlo. No había tiempo. Dos insuflaciones más y giró el volante pasando rasante al que venía en reversa, que frenó abruptamente para evitar el choque. El insulto no tardó en oirse pero el ya estaba abriendo la puerta del sanatorio con el pie.

─¿Un médico! ─fue su único y repetido grito ─¿un médico!...27, 28, 29, 30...

La puerta doble de la guardia se abrió con celeridad. Una enfermera se asomó sobresaltada por los gritos y le hizo una seña. Entró corriendo. Una camilla lo esperaba. La que parecía ser una doctora se acercaba tomando su estetoscopio. Por primera vez en esos largos minutos dejó de masajear. Lo sacaron mientras se abalanzaban sobre Santiago y la puerta doble se cerraba ante él. La mano guardó la sensación por un rato en la que la sintió temblar. Se dio vuelta y una sala de espera llena lo miraba expectante. Se puso las manos en la cintura por un momento tratando de recuperar el aliento. Volvió a tomar el teléfono. Un pequeño globo verde le avisaba que tenía mensaje. Hace dos minutos. Marina le había mandado un audio. Apenas se la escuchaba entre todo el ruido. Parecía hablar con el aliento. Su voz apenas se distinguía.

─Perdoname...perdoname...no aguanto más...

La primera idea que cruzó por su mente era una vieja conocida. Habían pasado cuatro años desde que ella había equivocado la dosis de calmantes y casi había muerto una noche. Había ingresado a esa misma guardia como intoxicación medicamentosa. Un eufemismo que describía muchas cosas pero que todo el mundo asociaba con los intentos de suicidio. El médico quiso internarla un tiempo pero ella se negaba. Él decidió creerle. No quedaría mucho más de relación si no lo hacía. Ahora también decidió creerle.
Encaró a un guardia de seguridad de la clínica y le hizo agendar su número. Le dijo que pase lo que pase no tardaría mucho. Que le de el número a la enfermera de guardia. Luego salió corriendo y encendió el motor. Agradeció que el auto negro no estuviera ahí. No había tiempo para discusiones de tránsito.
El mapa se invertía. Tenía que salir de la zona céntrica lo más rápido posible. Tomar calles comunes evitando semáforos, avenidas, pasos a nivel. Volaba a la velocidad de su propio miedo. Pastillas no podían ser. Después del nacimiento no hubo más calmantes fuertes al tener que amamantar. Lo que tomaba no sería suficiente. Tenía que ser otra cosa. Armas tampoco había. Solo quedaba una opción. Si se había cortado las venas el abanico se abría. ¿Había cortado profundo? ¿sabía donde hacerlo? En la muñeca tenía dos arterias que podía alcanzar. La cubital y la radial. Estaban a ambos lados del antebrazo según recordaba así que el corte debía ser importante pero no demasiado profundo. O a lo largo del brazo pero eso exigía una pericia impensada. A menos que lo tuviera planeado. Un perro se cruzó en su camino y lo obligó a volantear pero no perdió el control. Cruzó la única avenida que no podía evitar sin problemas y aceleró rumbo a su destino.
Apenas llegó se dio cuenta que la puerta seguía abierta como cuando salió. Dejó el auto en marcha mientras entraba a buscarla. La encontró en el sillón sangrando de ambas muñecas. El sillón marrón mostraba dos amenazantes aureolas oscuras. Estaba como sumida en un sueño de dolor. Su cara reflejaba pesar. Transmitía tristeza. Encontró cinta de pegar en la cocina y le envolvió las heridas con trapos y cinta. La subió al auto mientras le hablaba. Ella murmuraba algo y él trataba de que no termine de dormirse. El auto surcó otra vez calles que empezaban a ser tristemente familiares. El semáforo de la avenida otra vez quiso detenerlo. Tuvo que calcular la distancia que tenía con ese camión que avanzaba por la mano contraria pero cruzó sin demasiado esfuerzo.

─Me mandaste mensaje Sabri...amor, me mandaste mensaje...si no me avisabas no iba a venir. Vos lo sabés...

─per do na  me...─era todo lo que llegaba a oír

─Acá estoy Sabri...vine...quedate conmigo...quedate conmigo...

Las últimas diez cuadras volvieron a ser un infierno de tránsito pero las evadió con el camino que ya había hecho. En la esquina de la clínica lo frenó el semáforo. No podía darse el lujo de chocar. Un pequeño auto negro se puso junto a él. Otra vez él. Quien lo había insultado antes buscando donde estacionar. Ya se habían cruzado más temprano. Debía estar aburrido de dar vueltas a la manzana. Un auto salía del frente de la clínica después de que varias personas se subieran. La opción estaba abierta. Aceleró antes de tener paso, no pensaba trenzarse en ninguna discusión. El auto negro pretendió acelerar pero ya era tarde. Había vuelto a perder el lugar.
Entró con ella en brazos mientras volvía a pedir por atención médica. La misma enfermera volvió a asomarse por la puerta doble y se sorprendió de encontrarse con la misma cara.

─¡Que nochecita! ─fue todo lo que le dijo mientras le abría la puerta. La acostaron en una camilla que tenían cerca mientras buscaba con la mirada adonde habían estado atendiendo a su hijo. No había nadie allí.

─Tranquilo papá. Está en un box...ya reaccionó. ─dijo ella mientras se llevaba a su esposa

El pasillo le pareció un túnel larguísimo. La camilla se perdía por el final raudamente mientras un médico se acercaba para constatar el pulso de Sabrina. Sintió las sienes latir pesadamente. El tiempo empezó a detenerse luego de correr frenético durante largo rato. La enfermera lo sacó del espejismo al indicarle un rincón de la zona de internación donde vio a su hijo con los ojos abiertos después de verlo como un pequeño bulto sin vida un rato antes. Lo estaban monitoreando pero parecía repuesto.Tenía color en el rostro. Y miraba atento como la gente se movía alrededor de él. Fue la primera vez en esa noche en que el pulso se le serenó un poco. Le sonrió y tuvo una leve sonrisa como respuesta. Hasta se saludaron con la mano. Luego le pidieron que esperara afuera.
Una guardia de seguridad le avisó que había dejado su auto abierto. En realidad las puertas estaban abiertas de par en par y las balizas seguían recordando las peripecias de esa noche. Parecía un auto robado. Se sentó en la butaca y pretendió poner las llaves en el encendido. No pudo. De pronto no sabía como. Además no tenía que ir a ningún lado. No había donde. No había plazos. No tenía que contar los minutos. El resto no dependía de él. Así que se recostó en el volante y se puso a llorar.
Un pequeño auto negro se detuvo junto a él y un hombre calvo se bajó decidido. Llevaba un buen rato esperándolo y por fín lo tenía allí. Se arremangó dispuesto a cobrarse los desaires de toda la noche. Se acercó a la ventanilla y lo observó. Lo esperó un rato pero no se atrevió a interrumpir su llanto, así que volvió a subirse a su auto y siguió dando vueltas, buscando un lugar donde estacionar.











jueves, 4 de julio de 2019

El examen (en producción)



Mordió la lapicera mientras miraba los ejercicios por enésima vez. Quizás por la tensión. O por las ganas de romper el hechizo de la ignorancia. Por lo que fuera, lo único claro es que no se dio cuenta  que apretaba con demasiada fuerza. Finalmente sintió como el plástico cedía y se astillaba en su boca. El gusto a sangre la sobresaltó. Escupió tinta azul con trazos rojizos sobre los resúmenes desparramados en el escritorio y lanzó una palabrota.
Se sintió un poco tonta. La lapicera estaba partida a la mitad. Decidió que era hora de un descanso. Sintió hambre y se lamentó por no haber ido a comprar algo. Los truenos todavía se sentían lejanos pero la inminente lluvia esfumaba la esperanza de un delivery.
No usaba pc ni celular cuando quería estudiar en serio. Había aprendido a conducirse como un adicta y vivía el día a día. Si decidía mantener contacto con ellos no tardaba más de unos minutos en sucumbir a la tentación de las redes sociales. Se había propuesto finalmente sacarse esos módulos de encima. No perdería otro verano entre hojas de cálculo y resúmenes de gestas históricas.
Norah Jones sonaba en su viejo grabador. En todo ese entramado, el hipergastado CD de la cantante neoyorquina era su mejor aliado. La más preciada herencia que podía haber recibido de su madre. Pero esa era una historia en la que no se detenía a pensar demasiado. Ella se fue un día sin demasiada explicación dejando todo atrás. Nunca más se supo de su suerte, aunque la relación rota con su padre hubiera sido siempre un indicio claro de ese posible final.
Más allá de las circunstancias que rodearon su partida. El refinado gusto musical de una madre había sido clave para el mundo roto de su hija. Toda la música que ella escuchaba le transmitía calma. Le dejaba en parte conocerla. Y a veces hasta la consolaba. Sobre todo esa canción. Ese disco. Ese "No se por qué nunca regresé" que repetía lenta y tristemente en "Don´t know why" donde hablaba de un mundo de diversión que la había seducido por un momento y la vergüenza que no la dejaba volver.
Dejó el tema sonando mientras iba a la cocina. Tuvo que atravesar el pasillo que separaba su habitación del resto de la casa. Siempre la ponía nerviosa pasr por allí. Era largo y mal iluminado. En el otro extremo el dormitorio matrimonial, y a medio camino, la oficina de su padre, esa que tanto detestaba. Un destello de luz permanente se colaba bajo la puerta de ese lugar. Nunca se apagaba la luz allí. Una de las muchas obsesiones de las que él hacía gala.
La cocina no le devolvió la sonrisa. Cada vez que la familia se iba de vacaciones solía llevarse todo lo que pudieran. Según su padre era vital evitar comprar comestibles y artículos de limpieza. Cuestión de ahorro. El destino siempre era el mismo. La casa de verano que habían comprado hace años en las sierras. No importó mucho que esta vez ella no fuera de la partida. La política se mantuvo. Su padre se limitó a dejarle un sobre con dinero. Poco realmente para pasar quince días sola.Tampoco hubo flexibilidad en la fecha. Si se posponía la partida una semana ella podría acompañarlos. Al fin y al cabo solo debían demorarse cuatro días más, pero su padre solía ser esclavo de sus rutinas y se negó como siempre. Partió con su hermana menor rumbo a Córdoba el primer día de la semana.
Subió el volumen del grabador para que la música llenara la casa mientras hacía su excursión a la cocina. La misión tropezó con la escasez de botín. Encontró algo de pan y unos sobres de aderezo, de esos que te dan con la comida rápida. Los envolvió con un repasador mientras tomaba un cuchillo para el pan. Algo era claro. En la mañana tendría que ir de compras.
El súbito silencio la sobresaltó. La luz parpadeó y por un momento pareció que se iba a quedar a oscuras pero se recuperó con ella parada en la puerta de la cocina. Le preocupaba que su viejo grabador no resistiera y se apuró en llegar a su cama. En el viaje por el pasillo tuvo la extraña sensación de que una sombra pasó bajo la puerta de la oficina de su padre. Cuando prestó atención la claridad se mantuvo allí sin interrupciones. Debía ser por el bajón de tensión concluyó más preocupada en revisar su amado grabador.
Todo parecía normal en su habitación. Las luces mantenían su habitual intensidad. El grabador continuaba encendido. Lo único raro en el era la palabra "pausa" parpadeando en el display. Supuso que el bajón de tensión pudo haber generado un error ya que nadie podía haber apretado el botón. O si. El espejo de su habitación estaba enfrentado a su desordenado ropero. Bajo la ropa colgada aparecía un par de pies enfundados en sendas botas de cuero. Un frío intenso le recorrió la espalda. No tenía nada cerca con que defenderse excepto el pequeño cuchillo que trajo de la cocina. Lo empuñó decidida mientras soltaba el resto y enfrentó el ropero. Alargó la mano para apartar la ropa lentamente con el cuchillo listo para lo que fuera. Pegó el manotazo finalmente y se encontró con la pared del fondo. Unas botas altas de cuero estaban allí. Solas. Esperando que su prima fuera a buscarlas después de las fiestas de fin de año, cosa que había olvidado por completo.
Se rió de su paranoia y empezó a juntar las cosas del suelo. Allí estaba su cena.
«No es tu mejor momento nena» pensó y se rió de si misma. Con todo ese trajín había olvidado traerse agua así que volvió a salir rumbo a la infame cocina. No pudo evitar sentirse extraña en el pasillo. Era esa maldita oficina. Malos recuerdos. Tenía la imagen de un lugar lúgubre, con muchos libros y olor extraño. Una vez había entrado sin permiso siendo niña y su padre se había atrevido a levantarle la mano cuando la descubrió. Recordó que su madre lo miró enfurecida pero no le dijo nada. Nunca le decía nada. Simplemente un día se fue.
Le dio un buen sorbo a la botella. El agua estaba fría y le refrescó el ansioso estómago lleno de nervios por los exámenes y su hermosa infancia. Se puso en camino para intentar resolver esas ecuaciones de una vez por todas pero algo la detuvo en el pasillo. Norah había vuelto a sonar a todo volumen en la habitación. Sin bajones de tensión. Sin luces parpadeantes. Sin explicación.
Se quedó inmóvil. Volvió a sentir miedo como hace un rato en el ropero. Ahora no tenía siquiera el pequeño cuchillo. Las llaves de la casa estaban en la habitación. El teléfono celular y el de linea también estaban allí. Su billetera. Había puesto todo a mano para no tener interrupciones innecesarias. Se había encerrado temprano cuando la tormenta amenazaba. Hasta el perro había viajado con la familia así que no había nadie más que ella.
Se fue acercando despacio afirmando lentamente sus pies descalzos en las frías baldosas. No se oía mucho más que la cantante dándolo todo en el estribillo. Jamás había sentido temor escuchándola a ella hasta ese momento. Era de esas cosas de las que uno se apropia. Le molestaba sentirse así.
Intentó divisar alguna sombra. Algún sonido además de la música. Intentaba convencerse de que no era más que su pobre grabador defectuoso. «Estás paranoica nena. No es tu mejor momento» pensó y avanzó sin emitir sonido. La maldita oficina estaba allí. Junto a ella. La claridad bajo la puerta intacta, aumentada por la luz que se colaba por el espacio que la separaba del marco ya que estaba abierta.
Le tomó un momento reaccionar. Era una puerta que su padre mantenía celosamente bajo llave. La había cerrado antes de irse. No podía estar abierta. No parecía forzada ni dañada. No tenía sentido a menos que esto fuera una retorcida lección de su parte. Siempre había sido su estilo. Torturar. Ser sádico. Jugar psicológicamente con ella. No había mejor descripción de la relación que mantenían. Parecía no quererla. Quizás le recordaba demasiado a su madre ya que todos remarcaban el parecido. ¿Pero cuál era la lección? ¿no pongas la música fuerte? ¿no vuelvas a llevarte materias? ¿no amenaces el ropero con un cuchillo? nada tenía sentido.
Empujó la puerta de la oficina de su padre esperando que estuviera sentado en el viejo sillón. Mirandola por encima de sus lentes con mirada condenatoria. Pero allí no había nadie. Sólo la luz, que era muy intensa y la cegó por completo. Sintió el cuerpo extraño y un hormigueo en las piernas. Luego se desvaneció.

La sensibilidad volvió por etapas. Lo primero que sintió fue el frío en la cara. Enseguida se dio cuenta de que estaba en el suelo. Apenas podía moverse. Le dolía horriblemente la cabeza. No sentía las piernas y los brazos le pesaban toneladas. Su cuerpo estaba extrañamente entumecido. Sentía música sonar a la distancia, en un eco difuso. La puerta de la oficina estaba entornada. Tuvo el impulso de arrastrarse y salir al pasillo. Pero el solo acto de estirar un brazo parecía un esfuerzo imposible. Resopló y volvió a intentarlo pero fue inútil.
Pasos se hicieron audibles en el pasillo. Más de una persona caminaba y hablaba animadamente. Parecían preparativos. Alejó la idea de que fueran ladrones apenas entró uno de ellos. Llevaba una túnica oscura que lo hacía siniestro pero no tardó en reconocer al muchacho del supermercado. Estaba peinado distinto y portaba un rictus severo. Pensar que varias veces era simpático con ella cuando iba de compras. La tomó de los brazos inertes mientras ella cerraba los ojos para no delatarse. La arrastró a lo que parecía ser un cuarto contiguo. Nunca pensó que la oficina fuera tan amplia. Era una habitación oscura donde un olor rancio dominaba la escena. Vio destellos tenues a su alrededor pero no podía girar la cabeza para ver que eran. Intuyó que eran velas. Sentía el pecho pesado y un sudor que le perlaba la frente. Luego se quedó sola por un tiempo que no pudo precisar. Le costaba entender lo que estaba pasando. Las voces y la música cesaron gradualmente hasta que a todo lo dominó el silencio. El miedo había dado paso a las lágrimas. Las sintió quemar sus mejillas al ver que su cuerpo no reaccionaba. Allí, sola en la oscuridad. Necesitó hacer un esfuerzo para calmarse y tratar de pensar. Había dos cosas por averiguar. ¿Que pretendía aquella gente extraña que deambulaba por su casa? Y la pregunta que no se animaba a responder. ¿Que harían con ella?
No tenían demasiado dinero como para pensar en un secuestro. No escuchaba que revolvieran nada como para decir que buscaban cosas de valor. Tampoco habían reparado demasiado en ella. Simplemente la habían dejado allí, donde no molestaba.
Hacia rato que no se oían ruidos de ningún tipo. Quizás simplemente se habían ido, fantaseó. No tenía sentido pero necesitaba un aliciente para no darse por vencida. Intentó cerrar los puños. Mover los pies. Revolverse de su postura. El frío del suelo empezaba a darle ganas de orinar. Podía hacerse encima en última instancia. Todo era válido con tal de rebelarse.
Y entonces pasó. Un dedo de su mano pareció tomar nota de su miedo y se movió llegando casi hasta palma. Hubiera sonreído ampliamente de haber podido. No paró hasta que un segundo dedo lo acompañó. Pronto logró su primer puño y se dispuso a que la pierna también se sumara a la fiesta. Pero el proceso era más lento de lo pensado. No sabía cuanto tiempo le quedaba hasta que ellos, quienes fueran, volvieran.
El silencio era sepulcral. Se arrastró de lado ya que una mitad del cuerpo parecía haber reaccionado más que la otra. Quería llegar al escritorio en la habitación contigua. La meta era el teléfono que solía escuchar sonar cuando su padre estaba encerrado. No sabía si podría hablar pero al menos discar el número de emergencias podía servir para alertar del asunto. Con más perspectiva pudo ver que habían puesto velas encendidas alrededor de su cabeza. Un extraño dibujo con letras desconocidas completaba el diseño. Vio pequeños montículos de colores. Por el aroma parecían ser especias, también vio sal y un polvo negro.No serían más de tres o cuatro metros para llegar al escritorio, que a esa altura, eran una distancia imposible de sortear en su estado. Sin embargo, nada la convencería de no intentarlo. Si volvían o no, si le hacían algo malo o no. De nada de eso tenía control más que de esa mitad de su cuerpo rebelde que arrastraba al resto, a pesar de su pasiva resistencia.   





jueves, 27 de junio de 2019

A la intemperie (en producción)





La vista se le ahogó en la inmensidad. Aquello parecía no terminar nunca. Todo era verde y gris en una sucesión infinita. Gris el cielo, por los densos nubarrones que cortinaban el paisaje. Verdes los campos interminables, teñidos por un cielo cubierto que empezaba a oscurecerlo todo. Maldijo por enésima vez y espoleó su cansada montura.
 El poco sol que asomó al inicio del día se perdió finalmente en ese mar de nubes. Hacía horas que la pequeña sombra del jinete le hacía frente a la tormenta que se erguía desafiante en su camino. Quizás fuera una advertencia…«todavía puedo volver, nada de esto es necesario» pensó por un momento.
 Pero ese no era hombre de renunciar frente a las amenazas. Quizás por tozudez, o por orgullo. Parecía tener ganas de demostrar, de demostrarse algo. Pero para ese campo eterno solo era un desconocido. Esa pampa enorme, tan esquiva y tan hostil, parecía querer intimidarlo. 
“Si irrespetás la tierra, nunca te dará cobijo” fue una de las primeras cosas que le dijo su finado padre. Un recordatorio por demás funesto elevándose a cada legua, a cada metro ganado a fuerza del trote cansino de su caballo. No era bienvenido. No era parte de ese mundo. Volvió a sentir aquella vieja sensación de ser ajeno…”extranjero”…
Él lo supo muy temprano, ya de pequeño fue claro que no estaba hecho para la vida de campo. Delgado y enfermizo como fue en su infancia, sin soportar la comida, los insectos, las intensas madrugadas de estancia cuando el universo de la vida rural despertaba antes de que estuviera listo para ella. Fue un niño infeliz, y un adolescente irascible y huraño. Siempre supo que debía escapar de allí. Le dio la espalda a todo aquello en cuanto pudo. Tanta rivalidad tuvo con esa vida que escapó hacia un lugar que lo recibió peor. Así que apenas tuvo edad suficiente fue enviado a la pujante Buenos Aires. Un lugar que tampoco pretendía darle un lugar. Y ahora, irónicamente, esa vida tan despreciable para él era su única esperanza, después de la frustrada apuesta citadina.
El cielo encapotado siguió espiándolo amenazante toda la mañana. Un olor a tierra húmeda, a lluvia reciente, lluvia inminente. No tenía manera de saberlo, al menos no él. Hacia horas que cabalgaba tratando de ganarle al tiempo pero al clima no le importaban sus razones para estar allí. Nada se le mostraría amigable en aquellos dominios. Eso estaba fuera de discusión. No era su lugar. Nunca había sido parte de todo aquello, pero la herencia y su ambición desmedida lo obligaban a volver. A reencontrarse con la estancia de su padre, donde había dejado su salud y tal vez, la vida.
Educado en la urbe. Pupilo de una familia acomodada pero no importante, habiéndose hecho de abajo, más por contactos de su padre que por sacrificio personal, ascendió como un roedor en un sótano oscuro y anegado que busca subir por las vigas. Y subió lentamente, alejándose de la humedad. 
Claro que él también tenía sus armas. Como las ratas tienen uñas, dientes y voluntad de sobrevivir. El hacía gala de una elevada retórica. La capacidad para manejar a su antojo las palabras, gracias a su cintura verbal y sus dotes de manipulador. Pero hasta él sabía que detrás de la telaraña de palabras altisonantes solo había un roedor desesperado por trepar. Por salir de la oscuridad.
Había una expresión elegante para eso, “don de gente bien”, como tanto le gustaba pensar y decir, quizás para no evidenciar su carácter de advenedizo. Pero su pelaje lo delataba rápidamente. No podía escapar fácilmente del estigma que eso producía, cosa de la que era consciente y había sido siempre el motor de su angustia, sintiéndose excluido de los selectos círculos de las familias de renombre de Bs As.
El decidió luchar su batalla en los salones del té, en las tertulias joviales de la calurosa orbe, convertido en el esquivo roedor que merodea la trampera, siempre acechando el cebo, en busca de la presa posible. Porque las ratas también son obstinadas. Y la ambición por el botín las acerca al peligro que normalmente las hacía huir. Sabiendo que allí también era extranjero. El se consideraba un cazador. Siempre en el rastro, siempre en la búsqueda de algún escalón posible y cercano, accesible en esa infinita escalera, ese bendito peldaño. El ascenso que ambicionaba conseguir para encajar finalmente en ese ambiente. Algún puesto en la administración porteña, o alguna joven poco agraciada pero de buen apellido que pudiera servirle para obtener ese ansiado lugar, porque ese era un ámbito donde poco importaba el ganado que su padre tuviera, que nunca había sido tanto, ni las leguas de tierra que conformaran su dominio, que no eran las mejores.
Su infancia había transcurrido lejos de esa estancia donde habían intentado criarlo en principio, pero de la que fue alejado temprano. En parte por los ruegos de su madre antes de morir, que lo conocía como nadie y sabía que no estaba hecho de la madera necesaria para ese tipo de esfuerzos. 
 Don Justo también era consciente de que no había lugar allí para un muchacho como él. La excusa fue la de una educación avanzada, solo posible en la ciudad y quizás, una promisoria carrera de abogado, más acorde a su personalidad, a su ambición, quizás desmedida para su temprana edad. Pero era ese desprecio eterno que anidaba en él, siempre fue aquel desprecio, por su padre y por el campo, sus olores, sus rutinas, su gente, por esa vida que se le hacía insoportable, fue todo ese bagaje el que lo había catapultado a un hogar sustituto, donde las generosas remesas que enviaba el padre, hacían más tolerable la estancia del arrogante hijo.
El viento le azotó por enésima vez el poncho elegante con el que había salido de Bs As. Como capa que se agita a las espaldas del caballero que justa contra un oponente. Tomaba vuelo como las alas de aquel que batalla por el honor propio o de aquel a quien defienda. Poco había de caballero heroico en él, tampoco habitaba en él un hombre de campo, pero se empeñaba en disimularlo. Aunque de manera ridícula. Llevaba un vestido que se volvía inconfundible, más allá de sus bombachas y su chaquetilla de domingo, esas botas de caña alta y ese poncho lujoso y delicado, evidenciaban su papel en ese ámbito, llevaba los ropajes inconfundibles del patrón.
Entendió por el tiempo transcurrido, que se hallaba cercano al casco de la estancia, había atravesado un rudimentario cerco, que parecía un residuo del pasado más que una demarcación en el terreno. Esa fue su más clara señal, pero poco más había que le dijera que se hallaba ya en destino. Acaso ese campo tan vacio, sin animales a la vista, sin arrieros buscándolos o recorriendo los puestos alejados, ¿acaso era aquel páramo desierto, el modesto feudo de su padre? se preguntó, porque mas allá de la extensión, no encontró nada. Nada. Finalmente siguiendo la huella se encontró con lo que parecían dos puntales que sostenían una tranquera caida. Le faltaban varios postes. La figura en el horizonte, delgada y alargada, aunque todavía lejana, se acercaba a él trotando en un caballo tan flaco como su jinete. Lo vio tan gris como al resto del escenario, pero cabalgó con ganas en su dirección, era algo, alguien.

Patrón…buen día, estaba temiendo que se hubiera arrepentido, con este tormentón que se viene…digo — Se apuró a presentarse el enjuto paisano, que se había sacado la boina mientras le hacía una reverencia ante la indiferencia del recién llegado.

¿Y por qué me iba a detener un poco de agua? Le contestó, ¿Dónde está Severino? le di instrucciones en la carta para que viniera por mí, ¿es que acaso está muy ocupado para venir a recibirme? Escupió con rabia mal disimulada — ¿y vos quién sos, si se puede saber?

—Soy Nuncio, patrón, el hijo de Severino, él estuvo malo en estos días, lo esperaba la semana pasada, pero usted se retrasó, no andaba bien ult…

 —No es excusa ─dijo, interrumpiéndole de malos modos. ─Le dije que tenía que venir él, ya me va a oír tu padre, por el estado de esto ─dijo señalando con la cabeza la tranquera semidestruida no se entiende de que está enfermo, de trabajar no es...

 Estaba molesto, necesitaba saber cosas antes de llegar, no quería parecer un triste citadino, quería llegar como el patrón en que se había convertido, tenía que lograr que lo respeten…el respeto lo era todo en el campo, «una vez que les haces saber quién manda…» pensó.
El muchacho no le sostuvo la mirada, simplemente miró hacia el suelo esperando el final de la diatriba. Parecía cansado, enfermizo, como todo lo demás en ese lúgubre lugar. No tenía gran sentido enojarse con el muchacho pero era la manera que tenía de rebelarse a ese escenario, en cierta manera le preocupaba volverse también parte de todo ese gris que lo rodeaba. “Tengo que mostrarles la mano que empuña el talero, o van a desbandarse como hace el ganado cuando les aflojás el tiento”

—¿Me vás a decir donde está tu padre?...no quiero pensar que ande borracho tan temprano— le dijo , sabiendo que jamás lo había visto tomar mientras estuvo en la estancia, al menos eso recordaba de su infancia, pero hacía mucho de eso, años, y tampoco le importó demasiado.

—Murió el domingo patrón ─dijo y se le atragantaron las palabras, tardó un momento en reponerse para poder continuar ─no se despertó más, hacía rato que venía malo, ni se quejó. Casi ni comía últimamente, solo le preocupaba su llegada para darle las novedades, contarle lo de su padre, pero no aguantó...no aguantó— dijo con la vista empañada.

Se hizo un silencio incómodo, parecía que de pronto el gris lo había teñido finalmente a él también, pocas cosas recordaba, o quería recordar de sus vivencias en esa estancia, pero la imagen de Severino siempre le había parecido inalterable, casi formidable. Alto, fornido, con el eterno cigarro armado, apagado en la comisura de la boca, mirada dura y dichos cortos, parecía que las palabras no salían de su boca porque las apretaba entre los dientes, las masticaba, y las ponía al costado del cigarro. Pocas veces le habló mientras estuvo ahí, pero siempre fue a manera de corrección, no entendía cómo no le mostraba amabilidad al hijo del patrón, pero jamás se hubiera atrevido a decírselo. Después de tanto tiempo, cuando por fin podía demostrarle que ahora sí tendría que respetarlo, se moría, y lo dejaba con el rosario entre los dientes…parecía a propósito. Desde la muerte de su padre, parecía que todo había empezado a irse detrás de él. El camino era esa huella solitaria por la que había llegado y no cambió un ápice hasta llegar a la casa de su infancia.
El casco de la estancia era una de las imágenes más deprimentes que podía imaginarse, y quizás le faltara imaginación para ese cuadro.
Apenas llegados a los que parecía ser una tranquera se avizoraba ya la que había sido la casa de su padre. La entrada principal, donde se extendía al galería, estaban visiblemente deterioradas, maderas podridas o faltantes hacían que se tuviera que tener cuidado con las pisadas, el techo de paja se veía oscuro y viejo, como podrido. Solía recordar que su padre le daba varias manos de cal al año a esas paredes para mantenerlas blancas. Hoy estaban sucias, manchadas de una humedad creciente haciendo que la parte baja ya mostrara un verde intenso, de musgo y hongos. Las hojas de los postigos estaban descuadradas, mientras un grupejo de perros flacos parecían examinar al recién llegado. Lo peor era la peonada. Parecía una procesión de espectros. Recorrió con la mirada a unos pocos peones macilentos y flacos, vestían harapos, con los ojos hundidos por el cansancio, ¿Esto era lo que le había legado su padre? ¿cómo podía ser posible que esta fuera la estancia de Don Justo Corrales?...
Al costado se hallaba la cocina. Al final de la galería. Era fácil adivinarlo por el rudimentario agujero en el techo del que se elevaba una tenue columna de humo, también salía por la parte superior de la puerta. De allí asomaba su cabeza la que debía ser la cocinera, parecía flotar, como una visión perturbadora, en el humo de leña. Apoyada en el marco vacio de una puerta que no existía se presentaba una mulata con varios años y kilos encima, tenía un pañuelo rojo en la cabeza anudado hacia adelante, y una blusa amplia que revelaba su generoso busto. Más allá de que era robusta, también lucía demacrada, pero eso no era lo más llamativo, lo que le llamó la atención era su mirada. Tenía un brillo distinto en esos ojos, rojos por la irritación, algo extraño, casi amenazante. Quizás fuera por el humo pero poco le importaba.
Nuncio se apuró a presentarlo como el hijo del patrón, pero cambió la frase rápidamente para dejarlo simplemente en “patrón”. El desfile de espectros que era su peonada apenas hizo una reverencia con la cabeza mientras sostenían sus boinas con manos nerviosas, pero nadie emitió sonido. El que tenía sombrero se tocó el ala mientras le lanzaba miradas al resto.

─Buenas tardes a todos, me llamo Arístides. Como sabrán, soy el hijo de don Justo. He venido para supervisar el estado de sus posesiones a la espera de la resolución de la herencia. Sé que ha habido dificultades con la reposición del ganado, han faltado materiales y se han atrasado los jornales. Sepan que mi padre siempre se mostró agradecido de que lo apoyaran en los momentos difíciles que tuvo que atravesar y espero poder seguir contando con ustedes, ya que la situación se sigue mostrando esquiva. Con el tiempo y mucho trabajo duro podemos devolver al sueño de mi padre a la buena senda. — dijo calmadamente el nuevo patrón, a sabiendas de que mentía descaradamente. No sabía si entendían algo de lo que les decía. La verdad es que no habría dinero para nadie. Nadie invertiría un peso fuerte en esos campos malditos, el poco ganado que quedaba ya estaba vendido. Solo restaba lograr que la poca peonada disponible hiciera posible las cosas sin demasiada queja. Un par de promesas más la dificultad de marcharse por esa cosa extraña del arraigo harían el resto. Su vecino, un alemán de nombre impronunciable que solo recordaban como “El Payo”, había pagado de buena gana un módico precio por las pocas vacas que quedaban, las tierras eran otro asunto y el hijo todavía no estaba seguro de rematarlas o esperar consejo de alguno de sus contactos en Buenos Aires. El plan no era perfecto, pero si debía permanecer secreto. Nadie en la estancia debía enterarse ya que el alemán fue uno de los más grandes disgustos de su padre. Se rumoreaba que había tenido que ver con la pérdida importante del ganado cuando enfermó y aún quedaba pendiente la desaparición de uno de sus arrieros más fieles.

La tarde empezó a oscurecerse. Parecía que el hijo del patrón había traido su negrura cuando el gris de esa semana se volvió negro. El viento arreció amenazante. Arístides despidió al desfile de espectros que era su gente con apenas un gesto y evitó acercarse demasiado a ellos ya que sabía que vendrían a “llorarle sus miserias mientras pedían aunque sea un adelanto”.

— Nuncio, llevatelos, estoy con el lomo partido del viaje, mañana veremos qué les pasa...después volvé que tengo cosas que mandarte.

El delgado capataz hizo un par de ademanes con los brazos para cumplir con el recado. Todos se fueron arrastrando los pies y murmurando con la cabeza gacha. Había pesadumbre en el ambiente, a pesar de los esfuerzos del joven capataz, que llevaba la enorme carga de suplantar a su padre. Sería más fácil para todos si viviera, pero casi como burlándose del nuevo patrón había decidido dejar la estancia, de la única manera que podía. Muriéndose.
Arístides encontró que la habitación de su padre no había sido ventilada en mucho tiempo. No era el olor a humedad o a encierro. Era olor a enfermedad, olor a muerte. Lo recordaba claramente de cuando su madre había enfermado. Un quiste supurante carcomió su piel y su vida cuando más hermosa era. Y en una macabra carrera drenó su vida mientras los doctores trataban de drenar los humores que el quiste producía. El olor de la podredumbre era una de las cosas que nunca había olvidado. Amaba a su madre más que a nada pero le producía mucho asco estar cerca de ella en sus últimos momentos. Ella comprendía y callaba su dolor, junto con sus lágrimas. Casi nunca se quejaba aunque la enfermedad la estuviera comiendo viva. Nada hubo en esta tierra que su padre no intentara por salvarla. La capilla abandonada detrás de la estancia era testigo de eso, monumento mudo a la desesperación, vuelta ferviente devoción a la virgen de Luján en esas horas de desahucio.
El olor a remedio viejo tuvo su sentido cuando abrió el primer cajón de la vieja cómoda de su padre. Incontables frascos marrones aparecieron dando testimonio de los últimos días. Días en los que lo inundó de cartas pidiendo que vuelva. Rogando verlo una última vez, contándole que estaba postrado nuevamente en cama. Que extrañaba a su madre. Que quiso ser un buen padre y todas esas cosas que se les da por decir a los moribundos…«No podía papá, seguro que entendiste» De alguna manera se mantuvo demasiado ocupado el suficiente tiempo, como para que las cosas siguieran su curso y el desenlace lo sorprendiera. Aunque esa tarde en que tomó el tren por fin entendió que no había sido sabio esperar tanto. Al menos sabría qué hacer en ese momento si hubiera dejado que su padre lo aconsejara de cómo seguir con todo esto. Pero a la vez sabía que su padre sólo le haría prometer que salvaría el esfuerzo de una vida. Cuando era obvio que todas serías promesas incómodas. Nunca en la vida se había propuesto salvar nada que tuviera que ver con la estancia, lo único que trataría de mantener a flote era su proyecto de hombre de negocios. Sólo esperaba que en algún momento, esa  tierra paupérrima le sirviera para incrementar modestamente su patrimonio. La carrera de abogado no iba tan bien como esperaba. Alguna vez creyó que su capacidad iba a la par de su ambición. Fue duro reconocer que ambas transitaban por distintos caminos, y que el esfuerzo continuado no era una de sus mayores dotes. 
No supo cuando fue que se durmió, solo despertó tendido en la cama con la ropa puesta. La ventana devolvía apenas una claridad mortecina. Al asomarse se dio cuenta de que había llovido. Al parecer la tormenta había sido dura, ya que todos se encontraban recogiendo cosas, buscando animales, reparando lo que sea que el viento había desparramado por el patio de tierra. Todo era un lodazal. Ahora se daba cuenta de que todavía podía verse peor ese lugar. Supuso que ya estaba anocheciendo. Faltaba luz y solo arrojaba claridad un farol mortecino colgando moribundo en un extremo de la galería. La cocina mostraba destellos rojizos, parece que algo estaban cocinando. Recordó que no había probado bocado en todo el día así que decidió darse una vuelta. Le costó caminar por el piso podrido de la galería. La madera crujía como si fuera a partirse de un momento a otro ¿Era posible tanto abandono? Parecía que a nadie le llamaba la atención el estado de aquel maldito lugar, pero repararlo se llevaría los escasos fondos con los que contaba. Habría que buscar la manera de ponerlo presentable al menos. Nuncio le salió al encuentro de la cocina visiblemente preocupado. Mientras  tanto los perros, ahora empapados, seguían examinándolo desde el alero del gallinero.

—Estuvo juerte patrón, logramos juntar casi todos los animales pero todavía no sabemos del Isidro, es un peón que enfiló para el cañadón del arroyo, se pone jodío ahí y no quiso esperarnos…

—¿Casi todas?... ¿te tengo que recordar Nuncio que no estamos para perder nada? ─Le contestó secamente, pasando por alto las peripecias de la peonada.

— Lo sé patrón, ya me voy pa´ llá, pasa que sube muy mucho el agua hace un tiempo, y se pone jodío el arroyo…es como que la humedá no se va…tuvimos una inundación juerte hace unos meses y la tierra como que no chupa…

—Menos excusas Nuncio, menos excusas, deberías aprender de tu padre, jamás se le oyó una queja. ─dijo secamente. Los ojos del capataz amagaron a empañarse de nuevo. Arístides no terminaba de comprender lo cercano de la pérdida del muchacho. Tampoco le importaba. —Vaya antes de que se pierda la luz que queda, y tráigame esas vacas sanas.

El muchacho inclinó apenas la cabeza en una reverencia y se dirigió a su caballo. Arístides todavía no podía creer que este fuera el hijo de Nuncio. Es raro que del mismo palo pudiera salir madera tan distinta.
Cuando se asomó a la cocina, encontró a la que seguramente era la cocinera. La mulata pelaba unas mazorcas con suma destreza mientras una enorme olla de hierro rezumaba de ingredientes. 

—¿Como li anda patroncito? —le dijo al verlo aparecer —si nota que le pica el bagre, quédese por acá que le vamu a dar alguito pa´entretené…—dijo con una enorme sonrisa algo escasa de dientes mientras le señalaba una silla de madera, toda desvencijada.

Era una habitación enorme esa cocina, con un agujero enorme en el techo encima del fogón, y aunque el fuego ardía con ganas, sintió más frío que en el resto de la casa. Una densa humareda hacía difícil respirar con normalidad, pero la vieja parecía sentirse a gusto con ese aire viciado, sólo sus ojos enrojecidos delataban lo pernicioso del ambiente. Tardó un rato en notar que tomaba cada tanto unas ramitas de un cuenco y  las tiraba a las brasas. Parecía que ese humo venía de algo que la vieja quemaba a propósito. Se acomodó como pudo en la silla, tratando de no ir a dar al suelo de tierra. Se sentó como con miedo de que el asiento tuviera tanta mugre como veía en el resto del lugar. Había restos de comida, pedazos de animal faenado que llevaban su tiempo por allí. Había restos de grasa disputados por insectos de todo tipo. Decidió dejar quieta la imaginación por un rato. Necesitaba comer algo y la escena no lo ayudaba a cuidar el apetito.

—Cuénteme un poco di allá, de la ciudá…patroncito. ¿Es un mundo de gente no? Dicen que allá se vive mejó.

Arístides carraspeó como para decir algo, pero no sabía muy bien que responder, ya  bastante trabajo le costaba entender lo que decía.

—Mire señora…no se si es que hay más gente o que vive toda junta…

La mulata se dio vuelta sorprendida y tiró el choclo sobre el mesón largo donde apilaba ingredientes…

— ¿Señora? Dijo con toda la sonrisa que podía caber en un rostro…—Ayyyy patrón, usté dice unas cosa juejeje…

La risa de la cocinera no parecía expresión de alegría, parecía más bien un espasmo o una convulsión que hacía repicar su busto dentro de la blusa. El joven patrón intentó sonreir al tiempo que recordaba lo confortable que era la habitación de su padre y lo errado que estuvo en abandonarla.

— ¿Ande dice usté que estai el progreso tonces?...¿cómo se le vé?...juejeje…

La risa de la mulata ya empezaba a molestarle. En realidad no le gustaba la confianza que le profesaba. Él era el patrón, y le costaba entender que no se hubiera dado cuenta.

— Ay disculpe usté patrón, yo soy media bruta ¿vió? — le dijo como leyéndole la mente. —Risulta que usté se cabalgó todo el día y no tiene ganas de que una negra desdentada le venga a da conversación juejeje! Tome, pruébese esto y después mi cuenta…

En cuanto se estiró para darle algo que parecía carne dentro de un pedazo del pan casero más oscuro que hubiera recordado, le vió las manos, las uñas negras por demás y sus dedos que eran extrañamente flacos contrastaban con una piel demasiado tersa para la edad que aparentaba. Parecían manos de señorita, con horribles terminaciones, pero muy suaves al tacto.
Comió con ganas. No supo qué tipo de carne era, pero era parecida al cerdo. Era bueno que hubiera lechones en la estancia, o quizás se cazaban jabalíes por la zona. No quiso preguntar para no parecer ignorante. Después de probar bocado se sintió extrañamente mejor, como nunca en ese día gris. El humo, al principio intoxicante, se volvió tolerable. Hasta se animó a dar algunas definiciones de progreso. La mulata, que decía llamarse Roberta…y que todos llamaban “Mamina” le había contado bastante de la actualidad de la estancia. Los últimos días de su padre, la amarga disputa con el Payo, la enfermedad repentina del Severino, las dificultades con los matreros que se habían llevado varias vacas ante la escases de peones en la estancia. Las dificultades para poder comer al menos una vez por día en el lugar. Pero lo hacía con gracia, mechando sus palabras, que tenían un marcado acento que no llegaba a identificar, con su infaltable risa…juejeje, una vez, juejeje otra vez…juejeje.
Si bien solo le había convidado un vaso de caña para pasar el bocado, pronto se sintió raro y no tardó mucho en marearse. “Será el estómago vacío” pensó inmediatamente aunque aquel mareo era extraño por demás. El techo de la cocina parecía haberse alzado varios metros mientras el agujero para humo se había ensanchado como un gigantesco ojo al cielo negro. Vió con horror la figura de su padre asomarse por allí mientras él se iba empequeñeciendo en la silla de paja…parecía caerse de ella, o más bien hundirse en las hebras deshilachadas. Quizo pedirle ayuda pero le dio temor el aspecto. Su padre tenía los ojos rojos, pero no parecían irritados, no eran esos ojos cargados de cansancio que le supo conocer de chico, parecían los ojos de una aparición. Ahogó como pudo el grito mientras se atajaba de la mano que ese padre muerto gigantesco había metido por la abertura para tomarlo.

— No papá, no…— dijo antes de caer de bruces mientras el humo danzaba al ras del suelo. Vio los insectos quedarse inmóviles, expectantes de la nueva migaja que caía del mesón. Uno en especial se acercó cauteloso. Movía sus antenas palpándolo suave y metódicamente. Casi podía sentirlo dudar acerca de qué hacer con él. Luego no vio nada más.

La mañana lo sorprendió tendido sobre la cama. Apenas se giró escapando de la claridad del día sintió que la cabeza le estallaba en una punzada profunda. Tenía las piernas acalambradas y la espalda tiesa. Le costaba recordar algo de la noche anterior aunque la vista del insecto ocupaba su mente. Esos pequeños ojos de ébano escrutándolo fueron seguros habitantes de las pesadillas que ahora no podía recordar, pero despertarse bañado en sudor nunca era buena señal. A pesar de la intensa luz que atravesaba las cortinas se notaba esa claridad blanca de los días nublados. El clima parecía no querer ceder terreno ante el visitante en esa justa para definir quién doblega a quién. 
Le costó más de lo esperado incorporarse, podía adivinar que alguien lo había llevado a la cama pero no se aseguró de dejarlo en condiciones, parecía que lo hubiera arrojado en ella sin demasiados miramientos. Buscó en los cajones de la robusta cómoda algo de ropa más adecuada. No podía seguir de domingo andando por la estancia, para colmo parecía haber sudado copiosamente durante la noche, ya que tenía un olor a transpiración bastante intenso. La cuestión es que su padre era mucho más fornido que él, no sabía que podría encontrar que le quedara razonablemente bien. La sorpresa fue mayúscula cuándo comprobó que la ropa de su padre le calzaba casi al talle. No fue difícil darse cuenta de que habían achicado las prendas hasta lo indecible. Tenían pinzas y recortes por todos lados. Su padre era un hombre alto y fornido. Empezaba a entender que sea lo que sea que padeció su padre, lo había consumido por completo. 
La peonada ya había empezado la faena temprano asi que no sabía donde podría desayunar, pero no pensaba volver a la cocina, y a los dominios de la vieja. Empezó a deambular por el patio de tierra mientras el mundo parecía absorto en sus tareas, parecía que nadie lo había visto aún asi que se acercó a una criada que daba de comer a las gallinas. Cuando la muchacha desalineada y muy delgada se volteó y lo vió, el cuenco de maíz cayó esparciendo el grano por todo el patio de tierra, las gallinas no perdieron la oportunidad de hacerse un festín. El grito se escuchó en toda la estancia, la peonada se exaltó y más de uno se persignó masticando algún rosario. Todos palidecieron y retrocedieron mientras que Arístides permaneció de pie, parado en medio del patio, confundido por la situación. El miedo invadió todos los rostros, aún el del patrón, desbordado por las reacciones de todos. Se quedó sentado toda la mañana en la galería mirando el horizonte gris y maldiciendo una vez más aquella maldita tierra de que la que estaba decidido a desprenderse muy pronto. Una mano huesuda le acercó un mate y lo sacó de sus pensamientos. 
— No se preocupe patrón— dijo Nuncio con una sonrisa. — Elda es muy escandalosa pero es porque es miedosa nomá.
Nuncio intentaba no entrar en detalles pero era claro que algo había asustado realmente a la muchacha. Arístides se sintió estafado. No iba a permitir que lo trataran como a un citadino. 
— Escuchame una cosa, y escuchala bien Nuncio, empezá a decirme que pasa porque no pienso dejar que me pasen en mi propia casa. 
Era raro hasta para él hablar de esa forma de un lugar que tan poco apego le causaba. Pero aunque esa casa no le importara si le importaba que lo trataran como se debía. 
— Mejor que empieces a hablar, no me obligues a…
— Patrón, no se me ofenda…es muy difícil pa´ todos la pérdida de su finado padre. Todos sabíamos que de él dependía la estancia y lo poco que teníamos, además él era como un padre pa´nosotros.
— No me estás contestando Nuncio…
— La última vez que su padre salió de su habitación, que pudo...porque le fallaban las fuerzas llevaba esa bombacha verde que se puso usté, y la misma chaquetilla…de hecho, hasta sus alpargatas tiene puestas, es como volver a verlo, la última época estaba tan flaco como usté patrón, cuando lo ví la primera vé no me pareció que se pareciera patrón…pero ahora me doy cuenta de que usté es casi él…
Arístides se miró las ropas con impresión genuina, era como llevar puestas sus propias mortajas. Se sintió descompuesto y mareado. El mate acabó en el suelo cuando salió dando tumbos a la habitación de su padre buscando quitarse el atuendo de un muerto.
Se arrancó la ropa con total desesperación, como queriendo huir del influjo de su padre. Aún no había encontrado la manera de escapar de su pasado. Su padre tan afecto a los consejos parecía querer hablarle desde la tumba. Sólo podía repetir constantemente…
— Andate papá, andate…andate de una vez…todo esto por no querer nombrar a un apoderado ¿en qué carajos estaba pensando? ¿Cómo pude meterme en esto por propia voluntad? Siempre fracasando Arístides, sos un don nadie, sos tu padre, sos él…al final solo sos él…─se reprendía a si mismo.
Las palabras de Nuncio le taladraban los sesos …”Usté es casi él…usté es casi él”…mientras destrozaba la camisa que alguna vez su padre vistió. Usté es casi él!  Usté es casi él…
No pensaba esperar más, esa misma tarde galoparía hasta la estancia del Payo para cerrar el trato que había venido cocinando por carta en los últimos meses. Tenía planeado poner en condiciones las tierras y el ganado para que su vecino no le rebajara el precio. Ni siquiera pensaba ir sólo, pretendía ir con Nuncio a manera de respaldo, inventando que quería arreglar cuentas con el infame alemán. Nada de eso ya importaba, ahora sentía que tenía urgencia por cerrar el trato y abandonar esa maldita tierra. Sólo debía buscar la huella. Tenía pocas referencias pero sabría encontrarla. No podía ser tan difícil, debía encontrarla. Todo su afán era conocer al comprador del lugar que ya había decidido abandonar. 
Buscó a Nuncio pero no estaba a la vista y la chica que se había asustado de él lo miró con miedo cuando se acercó a preguntar. Con un rosario de maldiciones entre dientes preparó él mismo un caballo, lo ensilló y salió a galope limpio por la tranquera. La peonada apenas levantó la vista viéndolo alejarse.  Nuncio, que volvía de traer agua lo vio salir apurado. Fue el único en mostrar preocupación. Se llevaba su caballo el patrón enfilando hacia la nada. La estancia del Payo era la única vecina, pero quedaba por detrás de la estancia, yendo hacia norte mientras que su caballo tomaba el camino del arroyo. El patrón iba rumbo a ninguna parte.

Al anochecer se declaró perdido. Trató vanamente de guiarse por la referencia de las cartas. Había sido inútil dar rodeos buscando huellas que parecían no existir…” ¿es que acaso nadie anda a caballo en estos campos?” parecía que nadie, sea hombre o animal se animara a transitar por esas tierras malditas. Fue más la vergüenza de saberse un inútil citadino lo que lo llevó a esperar la oscuridad. Sería más simple encontrar algún resplandor en la noche cerrada que seguir insistiendo con lugares que le parecían todos iguales. Sin embargo la noche puede ser difícil en campo abierto. La negrura lo envolvió y los problemas se agudizaron para el patrón. El caballo empezó a mostrarse inquieto y cada vez costaba más dominarlo. El animal no era muy amigo de la noche e instintivamente quiso volver a la estancia, sólo que Arístides no lo comprendía y tensaba las riendas pensando que se hallaba tan nervioso y extraviado como él. Al final, perdido por perdido decidió dejar que el caballo guiara, esperanzado de que tuviera más lucidez de la que él mostraba. Increíblemente con los retazos de luna que las nubes regalaban pudo discernir una mínima huella y sintió el primer alivio en ese día tan nefasto. La noche se cerraba a cada instante, volviendo a negarle la esperanza, pero no importaba, tarde o temprano descubriría algún fuego, claridad o quizás, su estancia. Estaba aferrado a esa idea aunque la negrura no arrojara destellos en ninguna dirección. Al menos el caballo seguía ese mínimo sendero. En forma de premio le acarició el cuello y lo alentó a continuar como si el animal buscara su permiso. 
—Sacame de acá hermano, te juro que mañana vas a comer por dos, pero sacame de acá —dijo casi rogándole. Fue la primera vez que sintió cariño por animal alguno en toda su vida. 
La luna terminó por desaparecer cuando la negrura aparejó tormenta. Algunos refucilos perfilaban nubes altas junto con un viento que empezó a arreciar. El olor a tierra húmeda terminó con la alegría por su esquiva suerte. No había ningún fuego o claridad más que los relámpagos lejanos en la negrura. La desesperación volvió a la escena. Sin embargo, en medio de su creciente desesperación empezó a oir sonidos todavía lejanos. Pero no podían ser lo que él pensaba. Sin embargo trató de guiarse hasta ellos. Como era predecible, los truenos se acercaban y no había caballo que los resistiera. Menos uno que pretendía llevarlo en dirección contraria a los sonidos de ¿tambores? Arístides no terminaba de comprender que significaba eso, pero sabía que no se tocaban solos. Esa sola prueba le bastaba.
La tormenta le pisaba los talones. Los tambores se oían claramente, parecían cercanos y sin embargo, no lograba dar con ellos. Empezó a ir y venir desesperado por encontrar su origen. La oscuridad no le daba otra salida. Se encontró con una hondonada y un arroyo. Las paredes del terraplén no eran altas, pero la altura era respetable. Siguió por el borde sin animarse a bajar, costeándolo aunque la lluvia había comenzado a caer pesadamente. La orilla escurría agua por las empinadas paredes y se volvió resbaladiza. Cuando el caballo casi resbala en el borde del terraplén decidió tomar distancia del cauce. Si el caballo se lastimaba en una rodada estaba perdido. Entendía que era un error bajar a la cañada, acercándose a una corriente que empezaba a violentarse. La tormenta comenzaba volver amenazante el paisaje. Se había aferrado al sonido del tambor, cegado por la esperanza que le representaba y dejó de pensar con claridad. Quizás fue por eso que se asustó al oír que aquel repiqueteo fantasmal empezaba a apagarse. Pensó que seguramente el viento y la lluvia torrencial confundieron el eco. Se desesperó al pensar que quizás hubieran dejado de tocar por lo que avanzó por la orilla tratando de resguardarse del viento para oír mejor. Volvió a encontrarlo conforme se internaba por la vera del arroyo sin darse cuenta que se hundía en la tierra y las paredes arcillosas ya eran más altas de las que podía franquear con el caballo. El sonido iba y venía y lo invitaba a acompañarlo sinuosamente. Cierta claridad empezó a surgir del cielo encapotado y le brindó un panorama del paisaje. Persiguiendo el sonido de los tambores se había internado a ciegas por el borde de la cañada. Pero estaba peligrosamente cerca del  arroyo, que ya llevaba un cauce respetable. 
La vereda que se abría a ambos lados del arroyo empezaba a reducirse. Cuando pensaba en regresar, los tambores parecían volver a oírse con fuerza, como si fuera una especie de juego macabro de seducción. Avanzaba a ciegas, y seguía sin encontrar a nadie. Arístides parecía seguir jugando con el terreno, bajo la precaria esperanza que le daba. El viento se había puesto bravo, cargado de humedad, pero una luminosidad extraña hacía que se viera un poco. El cielo se volvió blanco con un relámpago enorme que anunciaba el estruendo. El joven patrón sólo atinó a agarrar fuerte las riendas, sus vellos se erizaron tanto como las crines del caballo. Ambos sabían que no venía solo. Se pusieron tensos a la espera del trueno, preparándose como podían, pero no lo estuvieron. El sonido ensordecedor hizo que el caballo corcoveara violentamente y el jinete quedó suspendido en el aire. La violencia del salto de la montura lo había arrojado a buena altura, debajo ya no había silla ni caballo ni suelo. Cayó pesadamente en el agua que corría caudalosa sobre un lecho de piedras. Su espalda recordó la pésima noche de sueño. La cabalgata de horas para llegar a la estancia. Las largas jornadas de galera padeciendo a sus ocasionales acompañantes con el olor típico a frutas secas de la carga en un viaje tan tortuoso como económico. Recordó toda una vida de tertulias y paseos a pie por las glorietas, alejado de la rústica vida rural, todo aquello no hizo más que minar su endeble contextura. Sus piernas parecían pesar toneladas cuándo quería que resistieran el embate de la corriente. Tanto luchar por volverse un señor de alta sociedad habían terminado por condenarlo. Tanta paciente elucubración logrando posicionarse en esos ámbitos, para terminar medio sumergido en agua turbia y barro colorado. Descubrió con pavor que el agua bajaba con furia y le costaba incorporarse. Se sintió empujado por un largo trecho hasta que se hizo con las suficientes fuerzas como para ponerse en pie, no sin muchas dificultades. Miró en todas direcciones buscando al animal. Cuando lo halló finalmente, estaba demasiado lejos de su alcance. El caballo lo miraba desde la cima de la cañada. Lo observaba indolente. Casi como despidiéndose. Supo que bastaría un rato, otro trueno o las ganas de volver a la estancia para que desapareciera del cuadro dejándolo absolutamente solo. Miró en ambos sentidos y las paredes le parecieron de pronto gigantes, ¿acaso no había bajado hace un momento al cauce? La lluvia empezó a azotarle el rostro con violencia. Intentó llegar al borde del terraplén dando pasos inseguros mientras luchaba contra la corriente. Debía escapar del arroyo antes de que se desbordara por completo y empezara a subir por las paredes. Se maldijo por meterse en esa situación, por viajar a ese lugar tan odiado y temido, solo por ambición. Se sintió culpable por no llorar a su padre cuando se enteró de su muerte y solo preocuparse por averiguar sobre sus bienes. Ni siquiera le mandó una carta a la hermana de su padre por miedo a que reclamara algo de la herencia, aunque su tía poco y nada hubiera querido tener que ver con un hermano con el que estuvo distanciada la mayor parte de su vida. Tropezó con una piedra y cayó de bruces sintiendo como el lecho de guijarros le desgarraba las ropas. Tragó agua y barro una vez más. Otra vez la corriente lo arrastró y maltrató por un rato. Estaba exhausto y con frío. Tiritaba cuando finalmente consiguió estar a tiro del  muro de tierra. Hundió sus manos en las paredes correosas, aferrándose a ellas para trepar, pero parecía imposible. La tierra arcillosa era demasiado resbalosa para sus torpes intentos, pero no dejaba de intentarlo. Era más la desesperación que la razón en ese intento estéril de escapar de la trampa que se había tendido a sí mismo. Avanzó a tientas buscando algún asidero que le brindara una modesta esperanza. Los tambores volvieron a oírse, pareciendo más una burla que un aliciente. 
─ ¡Ayuda por Dios…ayuda! ─ dijo en un grito ahogado. ─ No quiero morir así…
La respuesta se sintió dolorosamente inmediata. Un azote en pleno rostro le hizo arder el pómulo. Creyó que una rama lo había golpeado, arrastrada por el intempestivo viento.
─ Agárrese hombre, no hay tiempo. ─ dijo una voz y lo hizo reaccionar. Alzó la vista y divisó una figura recortada contra el cielo cubierto. Un baqueano empapado con un lazo en las manos le hacía señas de que tomara el tiento. Golpeó el agua con las manos intentando encontrar el extremo pero no pudo dar con el. El baqueano empezó a recoger el tiento con la esperanza de que le orientara a Arístides pero este no hizo más que desesperarse ante la retirada del cabo. 
─ ¡No…por favor no, no me deje aquí! no lo alcanzo ─ Dijo casi sollozando ante la mirada incrédula del misterioso hombre que negó con la cabeza en un gesto de desprecio ante la desesperación de Arístides y volvió a lanzar el tiento en un movimiento tan diestro, que cayó a dos palmos de él. El muchacho se aferró con todas sus fuerzas mientras el inesperado salvador buscaba donde parapetarse. 
─Va a tener que escucharme. ─ le gritó a manera de advertencia. ─Hágame caso o no podré sacarlo. No se suelte pero camine, más adelante hay un recodo donde es más fácil trepar, hágame caso. Yo voy adelante para mantener tenso el tiento ─ le dijo tratando de calmarlo, aunque parecía en vano. El patrón estaba aterrado. Su gesto desencajado y sus gritos eran indicio de que no sería fácil lograr que cooperara en la maniobra que el gaucho salido de la nada parecía dominar. 
─ Sáqueme, por lo que más quiera, sáqueme de acá, me voy a morir. ─ Las lágrimas corrían sin control por la cara de Arístides, aunque la lluvia se encargara de disimularlas. 

Con muchas dificultades avanzaron, cada uno en su extremo de la soga. Al baqueano le resultaba difícil traer al infortunado. El recodo no estaba a más de 20 metros. Era más bajo en comparación, en parte aplanado, aunque no dejaba de ser empinado, era por donde bajaban las vacas a beber con buen tiempo, y por donde se las rescataba en momentos como ese. Aunque nunca hubiera sido un hombre lo que había que rescatar del arroyo. El agua ya chocaba con las paredes y subía de nivel a un ritmo creciente. El terror dominaba por completo a Arístides que se hallaba como en trance mientras el baqueano lo arrastraba, no sin esfuerzo, luchando contra la corriente. El agua ya le llegaba a la cintura. El baqueano había atado su montura en el recodo en cuanto divisó que el caballo del hijo de Severino se iba por la huella rumbo a la estancia. Le pareció raro que anduviera lejos de su jinete, con lo que cuidaba a ese pardillo el muchacho. Supuso que había salido a buscarlo a él ya que había quedado buscando un par de vacas que se habían perdido en la tormenta anterior. En parte se sintió culpable ya que hacía un par de días que faltaba en la estancia. Tenía la excusa de que esas malditas vacas se habían esfumado de pronto cerca del arroyo. No fue difícil dar con ellas. Solo que las encontró destrozadas. De alguna manera habían cruzado del otro lado del cauce. Habían sido devoradas por algún animal, aunque dudaba de que los zorros fueran detrás de animales tan grandes. Todo hacía suponer que se habían lastimado alguna pata y cayeron para quedar a merced de los depredadores. Si cruzaron el cauce asustadas y el agua se las llevó, era razón más que suficiente para no salir ilesas. Igual estaban tierra adentro, por lo que de alguna manera habían podido seguir caminando. Al menos hasta que cayeron. Ese fue su fin. Una vaca volteada deja el vientre expuesto. Los caranchos y chimangos en seguida revolotearon, como invitando a todos a la fiesta. Le sorprendió ver algunos jotes, un bicho horrible con la cabeza pelada, imponiendo respeto entre la cuervada. Igual dos animales en la misma situación es bastante inusual, algo que es síntoma de mala fortuna en esos lares. Si ya con una sola tenías cuento para las noches de pulpería. 
Ya estaba cerca de su caballo cuando sintió que el tiento se clavó. Se asomó lo más que pudo pero no alcanzaba a divisar al infortunado. La soga seguía tensa. Al menos no se había soltado, pero permanecía sumergido. No lo veía. Miró a su animal. Si soltaba más tiento lo alcanzaría y podría tirar con más autoridad. Se fue acercando pero el lazo le quedaba corto. 
─ ¡Mierda!...me falta tan poco. ─se dijo mientras tironeaba sin éxito tratando de arrancar al condenado de las aguas turbias. Sabía que no iba a aguantar mucho, así que se acercó a la orilla tirando y aflojando el tiento buscando mover al pobre tipo del fondo. Trató de no forzar demasiado para no arrancarle la soga de las manos. Sabía que no podía asomarse demasiado, o serían dos adentro del arroyo. De pronto, un relámpago iluminó la cañada y pudo ver con claridad que la soga hacía pequeños movimientos pero se mantenía en el lugar. Tenía un arbusto con buena raíz, así que no dudó en atar allí el tiento mientras examinaba la situación. El baqueano se desesperó al no verlo salir. La cara de ese hombre le resultaba familiar a pesar de estar deformada por el miedo. Tenía que ser él. El hijo del finado Corrales. Lo estaban esperando hace días. Suspiró resignado tratando de sacudirse la responsabilidad pero sabía que no iba a poder. Se lo debía al viejo, al menos el intento. Le había dado trabajo después de tener problemas con el comisario del pueblo. Era un matrero para la mayoría pero Don Corrales le tendió una mano. Y quizás más porque lo salvó de la cárcel. Era una locura, podía darse cuenta pero se encomendó a la virgen y saltó a las aguas.
Mantuvo la tiento cerca mientras trataba de dar pasos firmes haciendo frente a la correntada. Su destino no parecía lejos de donde él estaba, pero en esa situación si no estaba ahogado poco le faltaba, y un metro es mucho trecho con el agua traicionera bajando con tanta fuerza. Hundió la mano, tanteando el fondo. Tocó una cabeza. Agarró los cabellos con fuerza y tiró. Sea lo que sea, lo que lo tenía sujeto cedió y emergió un hombre con el rostro desencajado y la mirada desorbitada. El muchacho lanzó una bocanada profunda mientras se abalanzaba sobre su ocasional rescatador, aferrándose a su chaquetilla empapada. El baqueano no pudo evitar el empujón cuando se le vino encima y cayó de espaldas soltando todo en la caída. El golpe lo dejó sin aire por un instante. Cuando pudo ponerse de pie se notó perdido. Jadeaba mientras trataba de no dejarse llevar por la corriente. No encontraba el tiento por ningún lado, ni al hombre, ni explicación de lo que estaba haciendo allí.
Se volvió para ver como el muchacho trataba de trepar por el tiento sin siquiera mirar atrás. El tiento se había perdido de vista tan pronto como el muchacho emergió. Ahora era él el que no lograba ver donde flotaba. El infortunado seguía trepando torpemente pero sin responder a sus gritos, cuando por fin se dio vuelta no lo miraba a él, miraba las aguas oscuras como buscando algo que solo él podía ver. Estaba como ido. En vano intentó que se detuviera. El tiento apenas estaba atado a un arbusto. No sabía si podría soportar a dos personas. Pero aquel hombre, dominado por el miedo no escuchaba, solo arañaba las paredes con un brazo mientras el otro se abrazaba a la tiento como si fuera el cordón umbilical. Un ventarrón inoportuno le voló su eterna boina negra, haciendo que olvide al ingrato joven por un momento. Masculló una maldición por esa suerte tan esquiva. Finalmente el tiento volvió a estar en sus manos, pero de nada le servía ahora. El infortunado había logrado un progreso significativo. No tenía más opción que esperar que terminara de subir. Y rogar que ahora fuera él quien lo ayudara.
No supo si por causa del miedo, pero esa desesperación creciente hizo que el joven llegara a la cima de la pared contra todo pronóstico. Lo vio encaramarse y por un instante esperó que se volviera hacia él. Sin embargo, desapareció tan pronto se puso de pie. Los gritos y los pedidos fueron una pérdida de valioso aliento. El agua le llegaba al pecho cuando por fin, resignado, empezó a trepar. Se vio con buenas posibilidades. Tenía práctica y estaba menos cansado que el muchacho aterrorizado. Si el tiento resistía sería cuestión de un momento. Ya casi había sacado una pierna del agua cuando sintió con pavor, que no podía seguir ascendiendo. Algo le sujetaba firmemente el tobillo izquierdo, que todavía estaba sumergido, y tiraba hacia abajo. El tiento empezó a escurrirse entre sus dedos por la fuerza del tirón. Eso era más que una simple corriente así que se negó a soltarse. Hizo un esfuerzo supremo para liberarse. Fuera lo que fuera aquello tenía una fuerza formidable. No podía ser una rama, o un alambre llevado por la corriente, era algo más. Se sentía claramente que tenía dedos. Algo lo estaba agarrando. Sin dejar de sostenerse con un brazo sacó su facón con cuidado de la vaina. No sabía si había más personas intentado salvarse. De ser así debía salir a respirar o le haría un tajo como para definir el asunto. Apenas podía mover el pie sujeto cuando decidió lanzar el puntazo a la supuesta mano. El agua recibió el impacto pero nada firme se encontró con el filo de su cuchillo, sin embargo, la mano seguía asiéndolo con firmeza.
─ ¡Cosa e´mandinga!─ gritó asestando nuevos golpes con su filo. ─ ¡Soltá hijo e puta!─ dijo en su desesperación. Aquello que lo sujetaba empezó a tirar hacia abajo con más fuerza. 
El tiento le quemaba la mano por el roce, así que con mucha dificultad envolvió el tiento en su antebrazo. No pensaba dejar que lo lleven. En medio de los puntazos, un grito de dolor surgió de él cuando se acertó en el tobillo. Se había cercenado el talón. Su pie perdió por completo la fuerza además de doler demasiado. Tuvo la suficiente frialdad de envainar el cuchillo para liberar su mano y asirse firmemente. Intentó seguir subiendo con la seguridad de que arrastraría lo que fuera con él. Hizo acopio de fuerzas para empezar el ascenso. No pensaba darse por vencido. Se ayudó con el pie sano para el intento. Por más oposición que sentía no dejaba de intentar trepar por el tiento. Sin embargo, no había progreso. Toda la fuerza que oponía solo alcanzaba para mantenerlo fuera de las aguas oscuras y torrentosas. Sintió por un momento que hacía algún progreso para contemplar con horror que en realidad el tiento estaba cediendo. Gritó con todas sus fuerzas por ayuda. El tiento parecía ceder pero de manera lenta. Entendió que no tendría mucho tiempo más. Se le cruzaba por la cabeza que debió aceptar el ofrecimiento del Payo de llevar ganado a Mendoza. Viajar largo. Dejar esa maldita estancia de una vez. ¿Que podía ganar allí viendo como se perdía toda una vida de esfuerzo de Don Justo? El inútil del hijo venía ahora que el viejo era finado para rematar todo seguramente. Era un pobre porteño que venía a matar el hambre con el sacrificio del padre. La mano soltó de golpe. Parecía haberse cansado, era eso o que el otro infortunado preso del arroyo se había ahogado finalmente. Su atención volvió a estar puesta en los intentos de escalar ese maldito terraplén. Pudo sacar el pie del torrente oscuro. Apenas se veía y sin embargo de su pie brotaba la sangre, brillante y roja en tropel. Había perdido la alpargata en el forcejeo. Tenía tres tajos profundos, muy feos en su pie desecho. Sin embargo no importaba, estaba entero. No se sentía un caballo listo para el sacrificio, a lo sumo pasaría a ser el rengo. Se había pasado la vida arriba del caballo así que no le haría diferencia. El tiento pareció afirmarse, el arbusto finalmente le daba la mano que necesitaba. No dudó en llegar a la cima. Cuando pudo asir el borde resbaladizo hundió los dedos en el barro buscando cualquier asidero que hubiera, hasta que pronto había sacado el torso completo y se acostó en el borde, boca arriba, dejando que la lluvia le lave la cara. El alivio era completo. El arbusto estaba casi arrancado de cuajo, pero sus últimas raíces se habían negado a dejar el suelo. Eso le había salvado la vida. Se incorporó como pudo, sintiendo por primera vez el dolor punzante de su pie. El tiento seguía tenso. Estaba en plena batalla con el fiero arbolito. Miró hacia donde había dejado el caballo atado, solo para confirmar que ya no estaba. No había que ser adivino para darse cuenta de que el muchacho en apuros no había tenido inconveniente en llevarse su montura. Apenas podía mantenerse de pie y tenía que caminar 5 leguas hasta la estancia. Intentó dar un paso con sus heridas y el dolor se agudizó, a pesar de eso, se alejó un par de pasos del tiento. Tenía que hacerse de un apoyo para descargar el peso del cuerpo o no podría ni siquiera enfrentar la caminata. El arbusto volvía a ser la respuesta, pero parecía que de un momento a otro saldría volando para el arroyo. El tiento en su tensión ya había hecho surco en el barro de la orilla. Creyó que ya no se movería de allí, pero para su sorpresa  empezó a moverse distinto, ya no tiraba sino que se movía hacia donde él estaba con sorprendente velocidad. Intentó saltar pero el detalle de su pie inútil le restó posibilidades. El tiento barrió la orilla lanzándolo por los aires con suma violencia. Si no fuera porque había estado dentro del arroyo hubiera jurado que había enlazado un toro con esa maldita soga de cuero que el mismo había trenzado. Intentó incorporarse. Ya no estaba para juegos. Tenía que alejarse de allí antes de que volviera a azotarlo. Empezó a dar pasos torpes e inseguros. Lo perdió de vista. Sólo rogaba que se hubiera cortado por fin. Fue entonces que los oyó. Tambores. Venían del arroyo, pero eso era imposible. No había donde guarecerse. No era posible que alguien se diera el lujo de tocarlos en ese vendaval. Allí dentro el agua arrastraba todo con su furia, pero los tambores tocaban alegremente. Recordó algo que le había dicho el Severino una vez, que Don Justo había hecho muchas macanas con tal de salvar la estancia. Algo de unos tamboreros. Que había vendido el alma a Mandinga. Puras gansadas que le parecieron impropias en la boca del viejo capataz pero de las que lo notaba muy convencido. Eso lo distrajo por un momento, no se dio cuenta hasta que fue tarde. Algo frío le rozó la pierna y sintió un escalofrío. Las víboras suelen salir con la crecida en busca de terreno alto así que tanteó el facón con lentitud mientras miraba. Con pavor descubrió que entre sus piernas se hallaba el tiento de cuero trenzado que le había llevado varias noches terminar. Se sentía orgulloso de su trabajo. El cuero estaba cortado en lonjas largas y parejas haciendo fácil el trenzado. Muchos le habían pedido que les hiciera uno parecido pero ese era el mejor que había hecho, era de esos que solo salen una vez. Se había tomado el tiempo y curado bien el cuero. Había engrasado las lonjas y las había dejado secar, todas cortadas parejitas en el marco de la ventana secándose al sol de la mañana. Pudo haberse dedicado a hacer cosas con cuero, se le daba bien. Lo habían hecho conocido en el pueblo y más de un talero llevaba las marcas de su hechura. Lo vio claramente en ese momento, había una extraña claridad, inusual para una noche de tormenta. No eran los relámpagos, era algo más, una luz extraña. Vio los detalles de su tiento por última vez. Después oyó el sonido. No eran los tambores, no eran los truenos, ni siquiera su respiración agitada. Era el sonido claro de la madera rompiéndose, de la tierra removida, de cosas arrancadas a la fuerza, silbando en el aire mientras toman impulso. Era el sonido del arbusto viniendo hacia él. Aflojó el cuerpo y soltó el aire. A veces es inútil resistirse. Lo alcanzó a la altura de la cintura elevándolo, llevándolo como asido por las ramas, algunas enterradas firmemente en su cuerpo, hacía la negrura de la cañada. Lamentó no haber podido sostener el facón. Había volado de su mano por el golpe mientras viajaba de vuelta hacia el arroyo. Pero no sintió cuando tocó el agua.

                                                                *****

─¿Patrón?...¿patrón?...

Nuncio fue lo primero que vio cuando pudo abrir los ojos. Le costó saber en donde estaba. Parecía estar en una cama. Había soñado extraño. Aguas negras que lo arrastraban. Su padre vuelto gigante intentando llevarlo a la oscuridad, insectos de ojos negros como el ébano que lo examinaban con sus asquerosas antenas.  Una negra desdentada que se reía de él aparatosamente.

─¿Me oye patrón?...

─¿Donde estoy?

─En la estancia. Le cayó encima la tormenta de anoche. Menos mal que pudo volver. Lo trajo el caballo del Palmiro. Hace días que no sabemos nada de él...

Trataba de despejar la cabeza pero no podía salir del sopor. Sentía el cuerpo caliente. Una sensación de cansancio extremo, de debilidad. Los ojos le dolían, el cuerpo y sobre todo el tobillo que se sentía como marcado con un hierro al rojo vivo.  
Volvió a sumirse en una especie de sueño extraño. Cuando volvió a ver la luz otra vez la cara de Nuncio estaba allí, expectante, pero ahora tenía un plato enlozado en la mano e intentaba darle de comer. Se negó con las fuerzas que tenía y volvió a dormirse. Sentía voces a su alrededor. Como si hablaran sin saber que él las escuchaba. Algunas eran conocidas, otras no tanto. Le pareció extraño oír la voz de Anastasio Sanchez Oroño, el padre de una de las muchachas que cortejó hace un tiempo. Volvía a escuchar una catarata de insultos por intentar usar a su hija para cimentar su posición. Retumbaban palabras como advenedizo o trepador. Luego se volvían eco y la risa de la mulata de la cocina llenaba el silencio con su estridencia. Luego la oscuridad se volvió torrente cuando sentía el estruendo de las aguas bajando oscuras y arrastrándolo mientras una mano lo llevaba hacia el fondo. 

El caballo negro estaba receloso del extraño, pero al estar atado no pudo alejarse de él. Finalmente tuvo que aceptarlo. Lo ponía nervioso el olor del extraño. La forma en que le hablaba. No le hablaba como su dueño, siempre tranquila y pausadamente. Este tenía la voz quebrada, llena de nervios. Se aferraba a su cuello de una manera a la que no estaba acostumbrado. Su dueño solía darle un par de palmadas pero no se aferraba a él como si fuera un niño. Recordaba que los cachorros de hombre lo solían tratar así. El los soportaba porque no le daban miedo los hombres chiquitos, solo querían jugar y a veces daban algunas cosas que tenían dulce. Pero este hombre raro olía a miedo. Y eso lo asustaba. Sólo quería que se baje, pero esto no parecía posible en el estado en que el hombre extraño se encontraba.
Solo quedaba volver donde le daban de comer. Buscar el refugio que siempre tenía durante la noche. No le gustaba la oscuridad. Muchos ruidos de cosas que no podía ver. Le parecían extraños los hombres últimamente. Estaban alborotados yendo de un lado a otro como escapando de algo. Terminaban por poner nerviosos a los otros como él, y algunos asustaban, como la señora que estaba siempre en la cocina. Cada vez que cantaba todos nos enojábamos con ella. Había más ruido y más miedo. Los hombres se ponían tensos y escapaban para el campo a hacer cosas que nunca hacen.
La huella era clara a pesar de la lluvia, el animal la distinguía con facilidad. Avanzó seguro en la noche hacia la seguridad del rancho. No tenía miedo cuando sabía el destino. Ni siquiera apuraba el tranco, a menos que el humano tuviera prisa, solían ponerse ansiosos a veces y pinchaban la panza con esas puas que les crecen en los pies, pero eso era a veces y el humano asustado parecía no tenerlas, o al menos no se le había ocurrido usarlas.
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La machi!
Le habían hablado siempre del progreso, y de como le iba a cambiar la vida a la gente, pero la gente es gente, negro, indio o cristiano, la taba no se da vuelta una vez que está en el suelo…cuanto más cambia la cosa, más sigue siendo la misma

http://www.biblioteca.org.ar/libros/132900.pdf

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