viernes, 13 de diciembre de 2019

El esclavo de las risas





─¿Alguna vez sintió que por dentro se partía en dos?

El Dr Juarez intuyó que esa sería otra sesión intensa. Era viernes, último turno antes de cerrar el consultorio. Momento para escapada con amigos o una cerveza fría en casa. Su mente volaba lejos de las vívidas imágenes mentales de su paciente.

─No es que uno sienta romperse o algo así doctor. O si. Es como si uno fuera una cáscara. El huevo de otra cosa.

Juarez estaba acostumbrado al modus operandi de su paciente. Una jugosa revelación para dar inicio a la terapia y los desvaríos posteriores del señor Montelaguna. Canalizaba la ansiedad en multitud de formas. Todas más o menos fantasiosas o floridas. Jugosas como solía pensar Sebastián. Ninguna que representara de manera cabal los conflictos con su padre, que era el elusivo punto al que deseaba llegar con él. Lo único que anudaba la serie de conflictos que paseaba cada viernes en el consultorio según su parecer. No le daba mucho con que trabajar a parte de ese puntapié inicial. Al menos no de la manera en que le serviría para orientar la consulta.

─¿Y usted que cree que saldrá de ese huevo Julián?

─No lo se, me da miedo saber. Usted sabe como soy. Uno no sabe lo que hay adentro de un huevo hasta que se rompe.

─Pero sin que eso tenga que ser algo amenazante, no tenemos que pensarlo así, si tuviera que imaginar algo, cualquier cosa.

─Es que no se me ocurre nada. Nada bueno en realidad.

─Probemos otra cosa. ─concluyó el doctor.

─Cambió el cuadro ─señaló el paciente. ─me gustaba el otro, el del mar. Este de montañas me da como frío.

─¿No le gusta el frío?

─Depende. Creo que en la montaña se vuelve peligroso. La gente se muere congelada.

─Tienen que ser muy altas para eso me parece ─dijo el doctor sin mucho convencimiento, pensando en una pintura de una cabaña alpina que transmitía más paz y quietud que nada. Pero los cambios a veces pueden molestar.

Cuando desvariaba era difícil traerlo de vuelta. El señor Montelaguna era un hombre serio y responsable en su entorno. Funcional socialmente. De buena reputación, al que una serie de ataques de pánico depositaron en su divan. Y desde que empezó a tratarlo se evidenció que el hombre había necesitado tratamiento toda la vida. Para ser un odontólogo infantil respetable del lado oeste de la ciudad era demasiado maniático en algunos aspectos. No parecía ser ese rasgo de carácter compatible con el trato de pediátricos, sin embargo, era el consultorio más requerido de la ciudad. Se decía que conseguir un turno con él era ponerse en lista de espera un buen tiempo. El otro misterio era por qué no se atendía con algún terapista más cercano a su lugar de trabajo. Tenía muchos colegas respetables de ese lado de la ciudad pero Julian Montelaguna cruzaba la capital para llegar puntual cada viernes en el último turno hace tres años. Supuso que no quería que se enteraran que hacía terapia. Se le ocurría al Dr Juarez que podía ser mala publicidad para su negocio.
Manías, miedos, mala relación con un padre castrador con el que trabajaba en un moderno consultorio donde habían invertido mucho. Cada vez que se acercaban un poco al asunto paterno había un efecto fuga y los desvaríos se hacían presentes. El terapista intentó acorralarlo una vez más y volvieron al juego. Pero el gato estaba cansado y el ratón sabía la rutina así que pronto cada uno siguió su camino. Era viernes a la noche y el Dr Juarez lo despidió como siempre.

─Creo que por hoy ya estamos Julián. ¿La semana que viene a la misma hora?

El señor Montelaguna asentía con la cabeza mientras se ponía el abrigo y se notaba el cambio de expresión en el rostro. Dejaba de lado el aspecto débil y confundido de la sesión y volvía al aspecto frío y certero con el que se manejaba en la vida. Parecía colgar el personaje y todas sus seguridades en el perchero al llegar. Casi como todos suelen hacerlo.
Lo veía alejarse caminando erguido y parsimonioso como si de una salida de compras se tratara. Las apariencias podían serlo todo para gente como Julián. Recordó la llamativa frase con la que definió su estado..."el huevo de otra cosa".
Después cerró el consultorio y se fue a tomar una cerveza. Suficiente por esa semana.

El lunes por la mañana abrió el consultorio temprano. No solía ocupar las primeras horas para organizar su semana y concertar la agenda con Susana, su asistente, consejera y amiga de su difunta madre que terminó siendo una extensión de ella.

─Canceló la paciente de las 10 hs...otra vez. Tenemos un pedido de cambio de horario para la tarde, pero se superpone con otro paciente. Se enojó cuando le dije que era imposible, le ofrecí que venga hoy a la mañana, dijo que iba a ver...y...¡ah!...rebotó el cheque del Sr. Montelaguna.

Lo último fue lo único que le llamó la atención a Sebastián Juárez. Psicólogo. Como rezaba el cartel metálico en la puerta del edificio. Sabía que la paciente de las 10 era Mónica, que pasaba por un agudo caso de transferencia después de una ruptura sentimental traumática, ese enamoramiento que se da con los terapistas a veces y que dificultan la tarea si persiste, pero no la había derivado con otro especialista todavía. El que cambiaba los horarios todos los lunes era González, el de la distribuidora de golosinas, que solía tener problemas para planificar algo en su vida, justamente hacía terapia por ello. Desde que había puesto el consultorio hubo pocas constantes en su vida laboral. Pero justo esas le eran familiares. Es cierto que era joven y le costaba estar atado mucho tiempo al consultorio pero jamás había tenido problemas con nada de eso, lo que si era llamativo era la insolvencia del eminente dentista.

─Nada fuera de lo previsto entonces, pero habría que llamar al banco Susana. ─dijo mientras revisaba su celular.

─Y derivar a Mónica de una vez...digo...esa chica está encaprichada con vos. A menos que le hayas dado motivos...

─Se llama transferencia Susana, ya te lo expliqué, es una etapa que hay que superar.

─O se llama "paciente linda" ¿no? ¿de que trabajaba esta chica? ah si, era modelo ─dijo ya sacándose los anteojos para poder juzgar cada gesto que se asomara al rostro del Dr.

Sebastián la miró extrañado pero no contestó. Era como discutir con su madre, que en paz descanse, solo que esta madre sustituta no tenía esa pizca de cariño que se puede tener por el fruto de tus entrañas, esta era la que lo había adoptado casi como encomienda de una moribunda. Seguramente su santa madre le había pedido que lo tenga vigilado. Y Mónica era hermosa, para variar. Pero de eso no podía hacerse mucho cargo.

─Bueno mamá, ¿terminaste de retarme, ya me puedo ir al consultorio?

─Anda que en un rato te llevo el café, tengo que organizar todo de nuevo a ver si puedo conseguirle un hueco a González, ese hombre me vuelve loca...

─Podrías salir con él Susana. Justamente sos lo que le hace falta, orden, control y mano dura.

Tuvo tiempo para cerrar la puerta antes que el diario le diera en la cabeza. Abrió apenas y aprovechó la agresión para tomarlo. Quería ver la sección deportiva antes de que viniera el primer paciente.

Finalmente Mónica vino a la consulta. Quizás para ver si habían puesto a otro paciente en su turno, u otra. Por lo que fuera, Sebastián le comentó la posibilidad de derivarla, cosa que no le cayó en gracia. Amenazó con abandonar la terapia y montó una escena, que parecía ser para otra persona a su entender. Luego lloró desconsolada y terminó confesando que lo había visto por redes sociales y que era muy parecido a su ex, por lo que a veces le costaba diferenciar. Que rastreó su consultorio por internet cuando supo que era psicólogo. A todas luces era una cuestión obsesiva y hasta ella sabía que la situación no podía sostenerse. Esa misma mañana habló con un colega y concertaron la derivación. Mónica se arregló en el baño, volvió a maquillarse, le dio un beso en la boca por sorpresa cuando la despidió en la puerta y se subio el ascensor. Susana lo miraba fijamente pero su rostro no emitía gesto alguno. Tomó una planilla y anotó algo.

─Te morís por decir algo Susana, date el gusto ─dijo vencido cuando se desplomó en un sillón de la sala de espera.

─No tengo nada que decir, solo que González también está enojado porque no le pude conseguir el horario que quería. Supongo que lo vas a tener que recibir así también.

─Llamá al banco por favor ─fue toda la respuesta de Sebastián y se metió al consultorio.

Esa tarde transcurrió entre dilemas maternos y relaciones tóxicas de pareja. Los lunes le pesaban. A veces Sebastián se cuestionaba su elección de profesión pero era talentoso en eso. Todos lo decían. Hasta quién lo supervisaba que era un viejo profesor de la facultad, pero se iban a pescar y comían juntos cada tanto, así que se podría decir que esa opinión estaba viciada de nulidad.
Para cuando se moría la tarde despidió a González, su último paciente y se sentó en la sala de espera.

─Faltó el besito.

─¿Llamaste al banco?

─Tiene la cuenta cerrada. Algo de un cambio de firma debe ser. A veces cambian la razón social para evadir.

─Raro en alguien como Montelaguna ─arriesgó Sebastián.

─Te sorprenderías nene. Cuanto más serios parecen...

─Parece que hablara la experiencia.

─Tres matrimonios nene. Yo ya me recibí.

A Sebastián le molestaban las generalizaciones pero no quedaban dudas de que los últimos cheques pertenecían a esa cuenta y que la deuda se había acumulado.

─Vamos a tener que llamarlo.

─Lo llamé toda la tarde querido. Pareciera que cambió el número también. Y el del consultorio tampoco está activo.

El Dr Juárez se quedó pensativo. Dado su cuadro y los pocos avances. Las implicaciones del ausentamiento los medía en clave de riesgo claro hacía si mismo. En el sistema tan estructurado que lo contenia los cambios radicales eran dificiles de lograr. Si tomaba la decisión de asomarse a una faceta que temía enfrentar era imposible precisar las consecuencias. "El huevo de otra cosa"  podía significar mucho. Podía significar un cambio o peor, un final.
La idea de que pudiera suicidarse le rondó toda la noche en su cabeza. Todo el martes su mente revisaba mentalmente las sesiones. Tenía miedo de haber pasado algo por alto. Tenía pocas anotaciones relevantes y un par de dibujos que él había hecho alguna vez cuando no lograba anclarlo a la realidad. Dibujos infantiles que hacía por puro aburrimiento que ahora le parecían vergonzosos.
Ese martes apenas terminó de atender se despidió de Susana apurado y se subió al auto. Le tocaba su extenuante sesión de gimnasio pero no sería de la partida esta vez.
 Sabía la dirección del consultorio de Montelaguna pero el viaje era largo. Pensó por un momento que estaba exagerando pero sentía la urgencia de ocuparse del paciente que menos había tenido en cuenta en ese tiempo.
El enorme cartel que decía "SE ALQUILA" no prometía demasiado ni atenuaba sus temores. Se veía apenas giró y se encontró con el edificio. Odontología Montelaguna se leía encima en una marquesina despintada. Eso llevaba su buen tiempo así. No podía decirse que fuera un próspero negocio familiar.
Repasó una vez más las sesiones. Hablaba de trabajar en el mismo lugar que su padre había abierto hace años. Las fantasías de un local propio. Los años de rutina en un mismo lugar. Nada de aquello era cierto al parecer.

─¿Anda buscando a alguien?

La voz del portero del edificio de al lado lo sacó de sus pensamientos.

─Ando averiguando sobre los dueños del local. Tengo ganas de poner mi negocio por acá. ─mintió.

─El hijo anda medio desaparecido. No es el primero que pregunta. Un tipo raro. A veces viene pero no se que hace ahí adentro. Siempre hay ruido.

─¿Y el padre? ¿se puede ubicar?

─Nooo...el viejo Montelaguna falleció hace tres o cuatro años. Se infartó acá adentro. Un disgusto grande. Se le murió un chiquito cuando lo estaban atendiendo.

─Ah mire usted. Y eso que tenía buena reputación el hombre.

─Si, un dentista de primera ─ dijo y luego se acercó vigilando que no hubiera nadie cerca.

─ Dicen que no fue él. Que el problema lo tuvo el hijo. Pero el juicio se lo comió el padre, vió como es ─le confesó arqueando las cejas. ─Eso me contó la secretaria del viejo. El hijo de ocupaba de la anestesia y se les murió un chiquito. Se pasó de dosis.


Sebastián se quedó pensativo. Cada vez era más evidente que lo hablado en las sesiones había sido el invento de una mente que no podía asimilar ninguno de esos hechos. Eso condicionaba el cuadro hasta el límite. Era una fábula demasiado elaborada. Y ahora había detonado por un descuido. Tenía que haber una interconsulta con psiquiatría de manera urgente. Pero la duda de Sebastián que había traído la angustia era si su paciente seguía vivo.
Se quedó un rato en el auto mirando a la nada. El cartel de alquiler tenía un número de teléfono celular. Decidió mensajear a Susana. Ella lo podía sacar de dudas al respecto.

─¿Que querés nene? ─leyó apenas mandó el mensaje.

─¿Tenés el número de Montelaguna a mano?

....

Enseguida llegó el número más un emoticón de fastidio. Decidió molestarla un poco más.

─Gracias mamá.

Emoticones más obscenos llenaron la pantalla de su celular.

Cotejó ambos números. El del cartel y el de su paciente eran el mismo. No había inmobiliaria intermediando. Se acomodó en el auto y se quedó pensativo. Vio un hombre con un abrigo un tanto exagerado y capucha caminando hacía el lugar y subió la ventanilla discretamente. La figura pasó de largo frente al auto y se paró en el local. Apenas hizo un movimiento y de pronto había desaparecido dentro. Sebastián se bajó rápido marcando el número que le había pasado Susana. Pudo escuchar un timbre sonar lejano mientras se acercaba.
Ahora estaba seguro de que era él.
La puerta del enorme local estaba cerrada. así que dio una vuelta manzana buscando ver si había otra entrada al complejo. No la encontró o no había pero si vio un paredón que se alzaba en el contrafrente. No era demasiado alto. Se preguntó por un momento por quién estaba haciendo todo eso, si por su paciente o por él y su bendita crísis vocacional. La respuesta no estaba clara todavía. Pero si suponía que él representaba un peligro para si mismo, también podía serlo para otros. O para un infortunado psicólogo entrometido. Desechó la idea un tanto engreidamente. Quizás por sentirse joven y fuerte. Supuso que en última instancia podría contener la situación y llamar por ayuda. Montelaguna era alto pero delgado y encorvado.
 Para cuando terminó de pensar ya estaba en los fondos del local. Sintió el corazón latiéndole desbocado, como cuando era chico y se animaba a entrar furtivamente a recuperar la pelota caída en lo del vecino, o cuando se robaba las manzanas del árbol de Don López para impresionar a sus amigos. Siempre había sido el osado de la banda. Al menos así era de chico, cuando se caía mejor. Antes de volverse un adulto lleno de reglas y temores. Todo aquel asunto era una bocanada de aire puro y lo más emocionante que había hecho en ese último tiempo, al menos desde que cazó un ratón en su departamento.
Lo primero que oyó fue música infantil. Vio elementos de albañilería y pintura por doquier. Estaban refaccionando el local. Vio imágenes de dibujos animados pintadas en las paredes y colores pastel adornando los ambientes. Un cartel nuevo apoyado junto a una puerta rezaba "Odontopediatría, mecánica dental, Parodi y asociados"
Sebastián supuso que el incidente de mala praxis habia derivado en la ruina de su padre. El apellido Montelaguna había quedado manchado para siempre y no podia ligarse más con la atención de chicos. Una renovación y cambio de firma parecían lo más lógico para el negocio. De pronto se sintió estúpido haciendo de detective. Tenía que salir de allí y dejar de ir más allá de lo evidente. Solo necesitaba aclarar la situación el próximo viernes antes de la consulta. Entonces lo oyó. Las risas. Había risas de alguien, quizás Montelaguna. Pero la otra. La otra lo alarmó. Porque era de un chico.
¿Familia? no la había mencionado jamás. Estaba claro que si estaba con algun pariente allí, un hijo, por así decir, sería un problema explicar que hacía invadiendo propiedad privada. Pero no había mencionado nada de lazos. A esa altura ya era difícil imaginar que esperar de él.
Pero eran risas extrañas, casi histéricas. No parecían naturales. Encontró una puerta tipo trampilla en el suelo. Estaba abierta. Una escalera descendía hacia la oscuridad. Se dió cuenta que estaba revestida como el resto del piso. Supuso que si estaba cerrada pasaría inadvertida. Todavía estaba a tiempo de llamar a la policía o algo, pero ¿para decirles que? ¿mi paciente no me pagó? ¿mi paciente se ríe raro? La clave era esa risa infantil. Necesitaba saber un poco más todavía y después decidir. Así que bajó despacio la escalera.
El lugar era impresionante. Esperaba un modesto cuarto, a lo sumo dos pero eso tenía la sensación de ser un galpón enterrado. Vio un pasillo con puertas luego de una sala de estar con frases de hermosa caligrafía en las paredes. Seguir adelante significaba un riesgo cierto. No veía albañiles o pintores, pero era lógico por el horario, sin embargo ese lugar no estaba en refacción. Era un ambiente pulcro, aséptico, de un blanco impoluto y acabado. Apenas una sala amplia donde había una mesa con sillas y lo que parecía ser los restos de una cena comprada. Un armario alto y estrecho del que asomaba ropa de abrigo, tanto de niño como de adulto. Aquello era completamente distinto al nivel superior, aún en obras. Volvió sobre sus pasos al no escuchar más las risas y se quedó en la puerta del sótano espiando pero nada pasaba. La música infantil resultaba molesta para su vigilancia. Escuchó algo parecido a una conversación. Reconocía la voz de Montelaguna claramente aunque no entendía lo que decía. Hablaba en un tono familiar. Casi jovial. Parecía contento. La voz del niño volvió a oirse. No sonaba con miedo o temor. Otra vez Sebastián sintió que quizás estaba invadiendo un momento que parecía ser familiar, pero...¿y si no lo era? Un menor interactuando con un adulto en la noche, en semejante lugar. Cabía apelar a la duda razonable. Por lo que fuera, estaba decidido a actuar.
Volvió a descender, peldaño por peldaño, conteniendo la respiración. La escalera era metálica y amplia, pero estaba revestida, así que no hizo ningún ruido. Miró las frases en las paredes con detenimiento y algo en él se revolvió. Era como esos cuadernos que a veces se les recomendaba a los pacientes llenar de pensamientos. No eran para un terapia convencional, sino para casos más complejos, cuando hay dificultades en volcar lo propio en las sesiones. Pero verlo pintado en las paredes en letras tamaño molde no suponía un uso terapéutico. Había una especie de regodeo insano en lo que se suponía era la intimidad. Intentó descubrir aquello que se quería proclamar.

"dos enormes piernas pétreas, sin su tronco se yerguen en el desierto, yo también las he visto"

"Josef Priestley 1771-1772"

"El imperio de la voluntad será victima del tiempo, condenado a su ineludible fortuna, el olvido"

Había otras cosas escritas pero venían ruidos del pasillo y decidió no distraerse más de lo necesario. Le llamó la atención la primera frase. La reconoció de un famoso soneto inglés. Ozymandías. Pero le sonaba extraño el final. No reconocía el nombre y la fecha, quizás un poeta. 
Algo acerca de los imperios parecía obsesionarlo. Ozymandías trataba de eso, de la caída de los grandes reinos de los hombres a manos del tiempo, que todo lo vence. ¿Acaso esto hablaba del imperio de su padre? ¿El hombre bajo cuya sombra el señor Montelaguna vivía, aún después de muerto?
Sin dudar demasiado siguió avanzando. Chequeó sus pertenencias para saber si tenía todo lo necesario. Caminó despacio, cautelosamente, buscando la fuente de las risas, que volvían a oirse con fuerza. La puerta estaba abierta. Había luz y las sombras bailaban sobre la pared del pasillo. Tomó valor y se asomó. Un nene que no tendría más de 8 o 9 años estaba en un silla reclinable de esas que usan los consultorios odontológicos. Tenía una mascarilla puesta y le hacía señas ansiosas a alguien junto a él, riendo en el proceso. Montelaguna estaba de espaldas. Con pantalón de trabajo y camiseta. Lo vio distinto. Como de mayor porte, vigoroso. Tenía la espalda desarrollada y bien definida. Recordó que iba a las consultas con camisas amplias y tiradores. Parecía alguien delgado tratando de mostrarse más fornido de lo que era. Pero ahora entendía que realmente tenía un cuerpo trabajado y sólido, que le hizo dudar de sus posibilidades contra él.
El niño estaba vestido pobremente. Casi como si fuera un chico de la calle. Y reía bajo la mascarilla como si estuviera intoxicado. Cada tanto Montelaguna se la sacaba y tomaba una bocanada pero enseguida se la reclamaban. Era como un par de drogadictos compartiendo dosis. La situación le pareció insana. Sabía algo de la moda europea de drogarse con óxido nitroso. El gas de la risa, como era vulgarmente llamado. Bastante usado en pediatría para evitar la sedación por medios más invasivos como lo eran las inyeciones dentro de la boca. Era conocido que los chicos le temían bastante a las agujas.
Pero ese gas también era una especie de droga social. Un fenómeno en aumento, del que se desconocía el alcance y los posibles efectos secundarios. El niño reía alocadamente mientras Montelaguna empezaba a cerrar un largo tubo del que se proveía del gas.

─Basta Juan, te va a hacer mal.

─Un poco más doc, un poquito, dele...─le rogaba con el pecho completamente agitado.

Julian Montelaguna lo miró un momento y volvió a girar el regulador, le acarició la cabeza y salió del consultorio.  
El Dr Juárez apenas tuvo tiempo de esconderse tras el armario de la sala de estar. Montelaguna iba pensativo. Tenía una mirada extraña. Se paró junto a la mesa y se rascó la cabeza, luego tomó las sobras de comida y subió la escalera. Sebastián entendió que estaba de suerte. Vio que era su momento. Se asomó lo más que pudo y vio que Julian había subido las escaleras.Volvió a paso ligero al consultorio y le sacó la mascarilla al niño lo más rápido que pudo. El olor del gas era dulce y metálico. Se cuidó de no aspirarlo demasiado. Lo que menos necesitaba era ponerse a reir allí dentro. Cerró el paso del largo tubo de color azul y sacudió al pequeño para que despierte. Pero parecía profundamente dormido con una sonrisa. Intentó tomarle el pulso pero parecía débil o ausente. Le abrió la boca y sintió que el cuerpo empezaba a ponerse frío. Comenzó las compresiones con el nerviosismo típico de quién tiene los segundos contados. Volvió a insuflar aire tratando de ventilar, las compresiones siguieron pero los labios ya estaban azulados. Le abrió un párpado y vio la pupila dilatada por completo. volvió a insuflar con desesperación. Masaje, masaje, masaje, insuflación. Nada. Masaje, masaje, masaje, insuflación...nada.

─Vamos pibe, vamos...reaccioná. ─dijo estrangulado por el cansancio.

─Es tarde doctor. ─dijo una voz inconfundible a sus espaldas.

─Hijo de puta, lo mataste. ─dijo con la voz quebrada por la emoción, agitado por el esfuerzo, mientras dejaba lentamente de comprimir el pequeño pecho.

─Doctor, ¿que es ese lenguaje? No perdamos la distancia profesional. Ese pibe ya estaba muerto desde que nació. Usted no sabe nada de él. ─dijo y Juárez percibió un rastro de emoción en su voz. ─Vivía en Plaza Constitución. Lo prostituía el comisario del destacamento. No conoció más que abusos y abandono. No se le conocían padres o familia. Había empezado a robar con los chicos de la estación. Le quedaba poco tiempo. Llegó a decirme que no conocía eso que le hacía sentir el gas. No sabía mucho de reirse o ser feliz.

─¿Y la solución era matarlo?

─Acá no hay soluciones doctor Juárez. Solo decisiones. ─Dijo mientras lo tomaba por detrás. Ató sus muñecas en un movimiento hábil y coordinado con un precinto. Le vació sus bolsillos y apagó su celular, luego se lo llevó a una silla y lo sentó.

─Supongo que ahora me toca a mí ¿no?

─Todo depende de las decisiones doctor. No tengo nada contra usted. Hay gente que se ha ido caminando de aquí. Gente que entendió...

─¿Cómplices?

─Aliados. Gente que sabe que no estamos buscando soluciones a esta altura. Gente a la que le duele lo que le pasa a estos chicos. Hay un ejército de estos pibes en la calle, un montón de nadies. Solos, vulnerables...disponibles.

─Un ejército que estás exterminando. Suena a una guerra contra ellos. ─Afirmó el Dr. Juárez.

 ─Soy uno de ellos. Jamás sería su enemigo. Jamás.

─Pero los matás julián.

Montelaguna negó con una sonrisa.

─Cuando los conozco. Cuando me involucro. Cuando intento darles refugio al menos por un par de noches. Ahí les hablo, les digo todo acerca de mí. Mis motivos. También les cuento del gas. Ellos no me tienen miedo a mí. Tienen miedo de volver a la calle.

─¿Que decisión certera puede tomar un nene de 9 años Julián?

─Se sorprendería doctor ...aunque debo aclararle que Juan tenía 11 años. Tenía principio de desnutrición, entre otras cosas. además de SIDA. y si, al final es una decisión que toman ellos. Yo solo les brindo los medios. Podrían venir a sentirse bien un rato o venir a concluir con sus vidas. Soy un intermediario. Al menos les brindo la posibilidad de una decisión entre tantas imposiciones. Llega el día en que vienen con una mirada distinta, están como eufóricos. Ese día, aunque trate de convencerlos no se quieren sacar la mascarilla...y no los culpo. 

El Dr. Juárez mantenía la vista fija en el cuerpito inerte mientras Julian Montelaguna comenzó a prepararlo. Lo desnudó y le puso una especie de camisolín celeste. Hacía todo con dedicación y cuidado. Lo higienizó, lo peinó y acomodó en una camilla que trajo por una puerta lateral. Y procedió a llevárselo por ella. El Dr podría haber juzgado impropio todo aquello pero se dejaba entrever cierta solemnidad en el momento. Algo ritual contaminaba la escena.
No tardaría mucho en volver, de eso estaba seguro. Sebastián Juárez tanteó sus bolsillos pero hasta las llaves le había quitado. Hubiera sido útil tener consigo una navaja o algo, pero no acostumbraba portar cosas como esas. Tampoco esperaba terminar el día cautivo. Tenía ese último recurso pero todavía confiaba en su habilidad como terapista. Tenía que pensar más rápido que él. Hacerlo hablar lo más posible, no dejar que lo volviera ese otro que llega a él a que lo saque de sus miserias.
En la pared del fondo del consultorio se leía una frase que le llamó la atención. "Esclavo de las risas"
Solo esa estaba pintada en lo que parecía ser un consultorio clandestino. Faltaban la asepsia y la limpieza que se requería en un lugar de esos. Hasta equipo de entrenamiento había allí. Pesas, mancuernas. Entendió que les ofrecía varias cosas además del gas. No tardó en ver un mando de videojuegos semitapado con revistas. Era como un espacio adolescente lleno de aquello que sus victimas anhelaban. Porque no se dejaba comprar por el discurso eutanásico humanitario. El que mata por voluntad halla algún tipo de goce. Eso se lo habían enseñado hace mucho.
Cuando volvió se había puesto algo encima de la camiseta de algodón. Se había acomodado un poco el pelo también. Estaba en plenos preparativos. Parecía haber olvidado que él seguía allí expectante. Decidió no someterse a ese trato deshumanizante. Si lo permitía estaba perdido.

¿Quién es Josef Priestley? 

...

─Leí su nombre en la pared de la sala. Debe ser importante para vos Julián. Había unas fechas también. 

─¿Va a intentar distraerme ahora? 

─Digamos que puedo hacer una consulta informal. Mi trabajo es entender Julián, por eso pregunto tanto.

─Se dice que fue el descubridor del oxígeno, al menos uno de los que pudo aislarlo. Un año despues descubrió el óxido nitroso. En un año descubrió las dos cosas más importantes para todos. La vida es risa dicen por ahí. No estaban muy lejos una de la otra. Además creía que religión y ciencia estaban emparentadas. Se dedicó a reconciliarlas toda su vida.   

─Lindo desafío se tomó.

─Nadie lo entendió. Se dedicaron a desprestigiarlo simplemente. 

─¿Creés que nadie te entiende, que tu misión no es valorada? 

─Imaginemos que llamo a los noticieros para contarles, ¿que piensa que dirán de todo esto? ¿Que pensaría la gente? ─Desafió un cínico Montelaguna. 

─Probá conmigo, explicame tu misión.  

─Vos me estás analizando. Estás ganando tiempo, buscando tu oportunidad. 

─Pero si partís desde el prejuicio nadie está en condiciones de entenderte. 

Julián Montelaguna terminó de acomodar el consultorio. Guardó revistas, posters, escritos, objetos que parecían ser los que compartía con Juan, el chico muerto. Embalaba todo como si no pudiera ser para nadie más. Se tomaba las cosas personalmente, cosa extraña para un asesino de su tipo. Porque Sebastián veía trazos de organización en su accionar, su falsa terapia. Su distancia emocional frente a la muerte de otros. 

Sebastián se resignó a ir detrás de él y su plan. No tenía la iniciativa, ni podía manejar la charla, pero si no lograba que le hable tenía pocas expectativas de salir de allí.

─¿Por qué a mí? Tenías muchos terapistas de este lado de la ciudad.¿Para que buscarme para montar semejante teatro?

─Yo no fingí nada. Ese era yo. O parte de mí en realidad. 

Sebastián supuso que ahora vendría el acto de las múltiples personalidades. Las voces. Las influencias y todo eso.

─Tenía que terminar de cambiar doctor. No soportaba la medianía. Me sentia suspendido entre estados. 

─El huevo de otra cosa ─recordó Sebastián en voz alta.

─Quiero que entienda que mi tratamiento con usted lo elegí por sus referencias. ─afirmó seguro.

─No tengo especialidad. Sería raro que alguien me recomiende.

─Usted trató a un hombre hace un tiempo. Había sido víctima de abuso cuando era apenas un niño. Esa persona estaba decidida a quitarse la vida hasta que se cruzó con usted. Logró sacarlo adelante. Lo empujó a actuar. Una de las cosas que usted le recomendó era buscar enfrentar todo aquello lo más sinceramente posible. Así lo conocí. Estuvo aquí para hacerlo.

─No entiendo la relación. ─dijo el Dr. Juárez un tanto confundido.

─Todo esto que ve aquí no lo hice yo. Lo heredé en todas las maneras que se pueda imaginar.

Sebastián lo miró extrañado. No quería arriesgar ninguna hipótesis. Quería que hable por si mismo. 

─Es raro que no pregunte doctor. En algún momento llegaremos a mi padre. Eso ya lo sabemos.

─Se que murió de un ataque al corazón aquí dentro. Que tuvo algún tipo de pico de stress. Hay gente que lo señala a usted. 

Montelaguna se resignó y se sentó finalmente. Por la expresión entendió que estaba buscando las palabras para comenzar.

─Esa tarde no teníamos mucho trabajo. Pero mi padre estaba encaprichado con un arreglo menor. ─Comenzó a decir con la mirada perdida. ─Se llamaba Theo. Un nene de cinco años. Lo traía seguido la madre. Mi padre hacía mucho trabajo social y trataba pacientes de bajos recursos casi sin cobrarles. Era una especie de santo para algunos. Le juro doctor que pensé que mi padre tenía una especie de historia con ella. Yo no veía nada en la boca del chico que justificara un trabajo extenso. Mi padre me mandaba a cada rato a buscar materiales para él. La madre ya estaba acostumbrada así que se sentaba a leer revistas en la sala de espera. Yo le decía que estaba todo bien y volvía adentro. Pero me equivoqué en el color de la pasta del arreglo. Mi padre siempre se enojaba por todo. Los pacientes lo tomaban por exigente. Pero en realidad solo tenía ganas de humillar a alguien, y yo era siempre lo más a mano que tenía. ─Dijo y se tomó un respiro. Salió del consultorio y volvió con un par de bebidas. 

─Me vas a tener que desatar.

Tomó el escritorio de metal y pese a que parecía pesado lo corrió con una facilidad que asustaba. Lo puso a su lado, apoyó la bebida cerca de él y le colocó un sorbete. Luego le echó una mirada desafiante y volvió a sentarse.

─Yo no me había equivocado. Le faltaba pasta de ese color para el arreglo. Pero su orgullo pudo más y fue a buscarlo él, y ese fue su error, ese día se equivocó... porque tardó lo suficiente. Al nene se le pasó un poco el efecto de la anestesia. Mi padre trabajaba a la vieja usanza. Usaba nitroso. Le iba a aplicar más cuando lo miré a los ojos. El nene lloraba. Lo quise contener y me agarró el brazo. Me quería hablar. Estaba muy agitado así que le saqué la mascarilla para que hable.

─No me dejes...con él...no me dejes...me toca...las partes. No quiero, tengo...miedo...─repitió como si el niño fuera él.

─Me quedé petrificado doctor. Jamás se me hubiera pasado por la cabeza. Era un tipo inmaculado en ciertos aspectos. Tan estricto que uno pensaba que estaba más allá de las bajas pasiones. Y después eso. 

─¿Ese fue el primero de los nenes que murió? ─preguntó incisivo, Juárez.

Montelaguna lo miró extrañado. Luego lanzó una risita incrédula mientras sacudía la cabeza.

─Lo saqué en brazos y se lo entregué a la madre. El nene se aferró a ella. Yo no sabia que decirle. Mi padre salió y solo la miró. Tenía esa mirada extraña. Ella bajó la vista y se fué. No dijo nada ni preguntó que le había pasado. Se fue doctor. Yo no lo podía creer...era como si supiera ¿entiende doctor? era como si supiera.   

Sebastián Juárez se sintió interpelado por la mirada de Julián Montelaguna. Buscaba respuestas. Y él no las tenía.

─Theo murió tres meses después. Sufría maltratos. El padrastro le pegaba y un día se le fue la mano. La madre también lo sufría. Los dos terminaron presos por abuso físico y sexual. Mi padre se aprovechó de eso. El nene venía marcado, estaba lleno de cicatrices. Con amenazar a la madre bastó para que se sometiera. Y otro cargó con su parte de la culpa.

─¿Eso como lo supiste?  ¿Él te dejó seguir trabajando después de que lo descubriste? 

─Esa noche no me dirigió la palabra. Tuvo el cinismo de pretender que no había pasado nada. Mi padre solía ser contundente para descalificar a los demás si se lo provocaba. Me buscó con su mirada insidiosa pero no lo enfrenté. Quizás tuve miedo de que me dijera algo terrible, no sé...no sabía si agradecer o no que solo me hubiera pegado de chico. Jamás me...él no...usted...usted me entiende. Al menos no recuerdo.

Era la primera vez que lo notaba abrumado, como confundido. Había que presionar. Buscar el quiebre. Era su momento de vulnerabilidad.

─¿Y no te parece que es tiempo de parar con todo este asunto? Tu misión es romper con las acciones de tu padre. No podes tomar ese legado. No es tu herencia Julián. No es tu imperio.

─¿Y quién dice que tomé algo de eso? me callé por un tiempo pero empecé a prepararme para enfrentar la situación. Alteré las agendas. Le inventé un viaje por un congreso. Suspendí los turnos. Y esperé que terminaramos ese viernes. Este sótano que ves ─dijo abriendo los brazos para marcar el abundante espacio ─supuestamente era un depósito. Yo no bajaba nunca hasta que no tuve más remedio. Tenía una especie de respeto extraño por este lugar. Cuando bajé descubrí este otro consultorio. Solo que acá filmaba a sus pacientes. ─hizo una pausa para tomar una larga inspiración y continuó. ─Llevaba unos registros que a simple vista parecen historias clínicas. Pero eran una especie de perfil psicológico con una lista de puntos vulnerables. Cosas que el podia utilizar contra las familias o contra las mismas víctimas. Armaba los abusos como casos médicos. Pero eran varios biblioratos, llenos de expedientes, cientos. También tenía una especie de socios. Gente con nombre en clave, tan enfermos como él. Claro que estaban las filmaciones. Siempre eran pibes de la calle. Algún que otro paciente regular si se tentaba. No se portaba como un vulgar pedófilo doctor. Le gustaba torturar. Amenazaba con lastimar a las familias. Les decía "negrito de mierda, quién te va a extrañar" o "si me llevo a tu mamá mañana, no sabés lo que le voy a hacer".
Vi que mi mejor arma eran esos videos pero los destruía al poco tiempo. Así que un viernes decidí que seguía él. Le drogué la comida y me lo traje para acá. Esa tarde descubrí que todos tenemos oscuridades doctor. Ese día el cascarón empezó a romperse. Lo confieso, lo disfruté. Lo filmé a él, atado a la camilla. Filmé todo el interrogatorio y tres días después de trabajarlo, la confesión.   

─Ningún tribunal admitiría esa prueba. ─señaló Sebastián.

─No era una confesión para el tribunal. Era para las víctimas. Tenía acceso a todos ellos gracias a los registros de mi padre. Encontré tantas de esas "historias clínicas" que tenía trabajo para meses. Así que me tomé el tiempo de enviarles a cada uno, un detallado video donde se ve como lo torturo, lo lastimo, lo quiebro y lo hago confesar. ─señaló con un macabro brillo en la mirada. Un dejo de disfrute insano y bestial. 

─Tuve que editarlo para que no saliera mi nombre. Mi padre me insultó bastante, me rogó bastante, en fín, hasta me suplicó que lo mate. Le puse una máscara de faraón. La tenía de una fiesta de disfraces. Después se me ocurrió darle un nombre a este poderoso caído...Ozimandías. Y yo era el tiempo. Solo me cubrí el rostro con un pasamontañas. Después me nombre Caronte, el barquero, la verdad no se me ocurrió otra cosa. Tenía que representar el tiempo de alguna manera. Supe que los faraones se pasaban toda la vida haciendo cosas para ir al más allá con gloria. Les preocupaba dejar una huella de grandeza. 

─Pero en ese video también estabas vos. ¿No tenías miedo de que te reconocieran?

─¿Qué le puedo decir doctor? soy un buen actor, nadie me reconocería aunque fueran con el video en la mano. Ya sabe, fuera de aquí soy el otro, el inseguro. El débil. El burocrático. El inútil. Es cierto que algunos se asustaron y mandaron la filmación a la policia. Tenían miedo que fuera una jugarreta de mi padre. Pero tenía la situación controlada. Otros me lo agradecieron. Algunos hasta se lamentaban de no haber podido ponerle una bala en la cabeza. Esos me interesaban. Uno de esos fue paciente suyo. Y así llegamos hasta acá. Yo no lo elegí doctor. Él me dijo que usted entendería, que tenía una sensibilidad especial para estos casos, pero yo no estaba seguro. 

─¿Ellos vinieron hasta aquí? ¿Esos son los que salieron caminando de acá entonces? ¿tus aliados?

─Entiendo que se sienta desilusionado. Usted tratando de llevarme a mi punto de quiebre, tratando de ganar mi costado vulnerable para salvarse y yo que solo le doy trato preferencial a las víctimas ─sonrió malicioso.

─Te felicito, estuviste jugando conmigo todo este tiempo. Me convertiste en tu juguete nuevo. ─contestó indignado.

─No se lo tome así doctor. Tampoco soy un monstruo. Ni siquiera maté a mi padre, no soy ese sádico que perfila, fue su paciente el que lo ejecutó. Pero no usó un arma. Se tomó su tiempo y déjeme decirle algo. Ese hombre disfrutó el momento. Su momento. Le hizo estallar el corazón con el gas. Fue raro ver como lloraba mi padre mientras reía...y reía...y reía...y reía hasta que se calló. Rieron juntos hasta el final. Sólo que su paciente no necesitó del gas. 

─¿Y entonces que hacemos acá? Vengaste a los demás, te tomaste revancha...¿y ahora qué?

─Ya le dije doctor. Había socios, nombres en clave. Gente desconocida que venía y usaba este consultorio. Los vi ir y venir de chico. Todavía recuerdo. Eran varios y ya tengo algunos, pero todavía no cayeron todos. ¿Entiende ahora lo que estoy haciendo?

─Alguna clase de revancha dibujada de justicia. Tenías las pruebas en la mano para voltear esa red de pedofilia. Podrías haber denunciado todo y preferiste jugar al justiciero. Tu impulso narcisista.

─No sea duro doctor. Por la zona en la que estoy tendría que hacer la denuncia en la comisaria donde mandaba uno de ellos. Ese comisario que prostituía a Juan ¿se acuerda? Y la cadena iba hacia arriba. No era de las que bajan. Jueces, curas, políticos, docentes. Había de todo y más. En este momento están aterrados. Saben que están desapareciendo uno por uno. Saben que alguien sabe, que alguien habló. Se acusan entre ellos. Y pronto van a empezar a matarse.

─Un poco ingenuo tu razonamiento Julián. Estas cosas se matan exponiéndolas, no hay otra manera.

─Veo que no vamos a ponernos de acuerdo. Pero tenemos tiempo...─dijo lacónicamente y salió del consultorio. 

Sebastián se quedó en silencio. Era en ese momento o nunca. Desde la ola de secuestros de hace un par de años había aprendido la técnica. Se la enseñó un amigo que hacía cursos de defensa personal. Era el último recurso. Sólo tenía que hacer los movimientos correctos. Era indispensable que Montelaguna no estuviera presente ya que era bastante aparatoso el movimiento. Empezó a hablarle en vos alta para poder ubicarlo mientras se contorsionaba para lograr su objetivo.

¿Y por qué acá Montelaguna? ¿Por qué no irte a otro lado? ¿No te parece muy obvio que van a saber que trabajas en el mismo sotano que tu padre? La policía no es tonta. Ya deben saber que algo pasa en la zona. Sobre todo secuestros. Además en un local tan céntrico a tres cuadras de la comisaría por la avenida, es muy arriesgado. Tu papá trabajó acá toda la vida. Es una esquina muy transitada...

─¿Qué trata de hacer doctor? ─Lo sorprendió Julián apareciendo de golpe con una cuerda larga en su mano. Se abalanzó sobre él a tiempo para quitarle ese segundo teléfono celular de la cintura del pantalón. Viejo y primitivo, tanto que todavía tenía teclado físico. Suficientemente útil para hacer una llamada sin ver el teclado. El rostro de Montelaguna estaba desencajado. Sirenas se empezaron a oír a lo lejos. El aparato estaba encendido y en llamada. Julián se lo acercó al oído lentamente casi sin respirar.

─Siga hablándonos señor. Los móviles ya están en camino...

─Me llamo Sebast...─gritó el terapista antes de que una patada en el estómago lo dejara sin aire. Ya era inútil. Julián había cortado. Sin embargo no tardó en ver destellos azules filtrarse por una pequeña ventana ciega. Un puñetazo terminó de hacerlo caer en posición fetal. Las sirenas parecían ecos lejanos pero lo tranquilizaron un poco. Todo terminaría allí. Ya no importaba tanto su suerte. Podía desmayarse un rato. 




                                                                       ***


Sebastián Juárez se sentó en el pulcro escritorio de acero inoxidable y acomodó las carpetas. Tenía todo preparado. Anotaciones de sesiones previas, perfil actualizado del paciente. Sacó la lapicera de su saco y la apoyo en la mesa. La acomodó varias veces hasta que estuvo alineada con su libreta. Luego se paró y corrió un poco el pesado escritorio para que quede centrado. Era la oportunidad de su vida. Un nuevo enfoque en su carrera, al menos así quería verlo él después de todo lo que había pasado. Se oyó un pasador metálico deslizarse y la puerta se abrió. Julián Montelaguna lo saludó con un gesto a pesar de las esposas y se sentó frente a él.

─Buenas tardes Julián ¿estamos listos? 

─Cuando quiera doctor. Yo siempre tengo tiempo para usted.  

─Me parece un tanto excesivo. No era necesario ─dijo Sebastián mirando las esposas con extrañeza.
 
─Hay que seguir el juego doctor. No queda otra ─dijo encogiéndose de hombros. ─Soy un preso peligroso ─señaló divertido mientras hacía comillas con las manos en el aire.

─Retomando el tema de la vida y la risa, quería que me cuente un poco si sentía que la finalidad de su trabajo era ese. Devolver las risas a los demás.

─¿Usted dice que yo sería una especie de Joker criollo doctor? ─dijo entre risas.

Sebastián sonrió pero le mantuvo fija la mirada.

─El gas era una herramienta de trabajo que conocía bien. Me parecía simple de usar. Además tenía varios propósitos. Si hubiera sido plomero quizás sería el loco de la llave de caños. 

─¿Varios propósitos? Si en definitiva causaba la muerte de inocentes y culpables, el propósito parece ser el mismo ¿no le parece? 

─El mundo no es blanco o negro. Hay gente que milita por la eutanasia o la pena de muerte y son dos cosas distintas, pero la finalidad es la misma. No creo que haya nadie que le diga que tomar agua hace mal pero el exceso puede causar serios trastornos. O la muerte. Pero por las dudas se toma mucha agua ¿no? No son soluciones, son elecciones doctor. Elecciones en una extensa gama de grises.

─¿En un mundo sin bien ni mal? ─Atacó el Dr Juárez.

─En una cultura occidental, de tradición judeocristiana donde todos pecamos en público y nos arrepentimos en privado ─contrarrestó Julián.

─Estaba seguro que era al revés ─señaló Sebastián.

─El imperio de mi padre estaba a la vista de todos. Y nadie hacía nada. Los chicos desaparecían cada semana. La comisaría recibía las denuncias de desapariciones. Las marchas del dolor salían por televisión. Los políticos hablaban de flagelos. Y todos sabían que la cosa se agitaba por debajo de la tierra. Porque cuando mi padre no los encontraba en las calles se los arrebataba a los barrios humildes de la periferia doctor. Caminaba entre la gente como un santo, un doctor bueno que regalaba cepillos de dientes entre los olvidados. Nunca le faltó "material" doctor. Nunca. ─Le dijo Julián levantándole las cejas. 

─Digamos entonces que el pecado es público. ¿Por qué hablamos de arrepentimientos privados?

─Por que a todos ellos les arranqué un arrepentimiento cuando los até a la silla. Les hice sentir lo mismo que ellos provocaban. Ese es mi pecado doctor. Porque nunca podré negar como disfruté ese momento. Al menos yo tuve la decencia de elegir cuidadosamente mi pecado. Puedo ir al infierno con una sonrisa.

─¿Infierno? No te tenía por fiel creyente.

─Es una expresión de deseo, nada más, pero si existe un Dios, y está mirando...nos tiene que quemar a todos.

─No cabe duda de que es motivacional tu discurso. 

Julián Montelaguna se encogió de hombros mientras miraba condescendiente al Dr Juárez. En algún momento se sostuvieron la mirada y Sebastián no tuvo más opción que preguntar.

─¿Por qué a mí Montelaguna? ¿por qué a mí?

─¿Otra vez con eso doctor? Ya le dije que fue un paciente suyo el que lo señaló. A mi no me quedó más opción que investigarlo. 

─¿Investigarme? ¿Y que descubriste? No tengo tanta trayectoria profesional como para sacar conclusiones jugosas. ─señaló Sebastián con una sonrisa.

─No me interesaba su trayectoria profesional. ─contestó con otra sonrisa que apagó la de su terapista.

Se sintió en el aire el cambio de ambiente. Sebastián pretendía llevar las riendas del asunto, tal como se lo proponía siempre pero era algo de lo que nunca se podía jactar con Montelaguna.

─No se ponga así doctor. Me tenía intrigado su paciente. Tenía tanta confianza en usted. Decía que usted tenía un entendimiento y una sensiblidad por su problema, que no había logrado percibir en ningún otro terapista. Y eso que había pasado por varios. Le tengo que confesar que al principio pensé que su acercamiento al tema fue por su intervención en el asunto de Susana, su asistente. Mujer madura, con un marido violento. Golpeador. Potencial femicida. Usted se contactó extraoficialmente con el perito forense y logró que lo entierre con las pericias. El fiscal hizo otro poco. El tipo sigue preso ¿no? Como sea, usted le dio trabajo en su consultorio y ella recompuso su vida después del intento de suicidio. Hasta le prestó plata para que se mude y todo.

─¿Cómo sabés eso?  

─Después seguí escarbando un poco y mire lo que son las casualidades doctor...terminé en su pueblo.  
Sebastián Juárez palideció. Sabía exactamente adonde iba la charla.

─Un nene de ocho años le confiesa a la maestra que su primo mayor le hace cosas en la casa de su tío. La maestra lo lleva con el doctor del pueblo, constatan el abuso, después va a la comisaría y quiere radicar la denuncia. El primo del nene era el prometido de la hija del intendente. Tenía un cargo político y era el protegido del poder local. Un escándalo en el año de las elecciones. A la siguiente semana había maestra nueva. De la denunciante no se supo más nada. Nunca llegó a su casa en Entre Ríos como se dijo. Desapareció. El nene fue mandado con su mamá a vivir en Buenos Aires en una casa flamante. Nunca les faltó nada, aunque su mamá nunca trabajó desde que llegó. Un intento de suicidio en la adolescencia y una relación distante con su madre que murió en un geriátrico unos años después.

─No sigas...─La mirada perdida, de ojos vidriosos, delataba a Sebastián. 

─Ese dinero que llegaba del interior le pagó una buena educación y una carrera universitaria. Hace rato que se acumula en una cuenta a nombre suyo. Usted no lo retira generalmente. Pero cada tanto lo usa, como esa vez que tuvo que sobornar al perito y al fiscal por el asunto de Susana. Y así entramos en la extensa gama de grises doctor.  

Montelaguna se acomodó en la silla y miró a Juárez que tenía la vista fija en el escritorio metálico pulcro y brillante.

─Su primo doctor, sucedió en el poder al viejo intendente. Gobernó varios períodos hasta que se dedicó exitosamente a la actividad privada. Claro que su estancia en el poder le sirvió para abrochar suculentos negocios. Un hombre del poder, ligado a los sectores acomodados de su provincia. Sigue haciendo giros de dinero a diversas cuentas, porque usted no fue ni el primero ni el último. 

─No quiero saber nada de él, ya ni recuerdo lo que pasó...─levantó la voz Sebastián sin hacer lo mismo con la vista.

─Hace un tiempo entró en crisis y recorrió todo el camino hasta su pueblo una madrugada. Lo tomaron las cámaras de varios peajes. Hasta le llegó una multa. Pero no se atrevió a ir a buscarlo, se quedó en la entrada del pueblo. La panadera lo reconoció, se acuerda de usted. Lo vio esa madrugada. Le manda saludos. Como yo lo veo doctor, usted no se olvidó de él, usted no se olvidó de nada... ─dijo con su sonrisa fría y calculadora. ─Lo que lo aterra es no saber que pasaría si volvieran a encontrarse...

Sebastián lanzó un grito y saltó hacia adelante buscando con sus manos la garganta de Montelaguna. Había calculado la distancia un segundo antes. Estaba seguro de que llegaría a él. El odontólogo se hecho para atrás en la silla y se quedó expectante sin perder su sonrisa habitual. Sebastián pudo haberlo logrado de calcular bien pero la cadena atada a su cintura se lo impidió finalmente. Le faltaron centímetros.

─Casi..─fue todo lo que dijo Montelaguna. ─¿Estuvo haciendo trampa con el escritorio otra vez?

─Soltame y que sea una pelea justa ─le escupió el Dr Juárez sin dejar de estirarse para tratar de tomarlo del cuello. Luego se rindió y volvió a sentarse. 

─Si un día lo logra doctor, se va a morir de hambre acá abajo. Solo y a oscuras. Ese no es un buen plan. Además, acá tengo óxido nítrico, lo uso para entrenar. Incrementa mi capacidad de respuesta física. No sería una pelea justa con o sin cadena. Como yo lo veo los dos necesitamos terapia. Yo, por ejemplo, tengo que lidiar con mi impulso narcisista. ─acotó con una sonrisa maliciosa ─Pero tengo un regalito para usted. Quiero que vea que me esfuerzo por hacer que esto funcione. ─Dijo mientras se levantaba e iba hacia la puerta. La abrió de par en par y dejó a la vista el consultorio justo enfrente. Atado a la silla dental se rebatía un sujeto encapuchado. Tenía unos auriculares puestos. Seguramente lo estaba torturando con música o algo.  

─¿Le doy pistas o lo dejo adivinar solo? 

─Vos crees que me voy a convertir en cómplice tuyo? 

─Aliado doctor, aliado. Gente que toma decisiones, Es bueno que la gente haga eso si se pone a pensar. Sin aliados todo esto sería real y yo estaría esposado de verdad. ─Dijo Montelaguna quitándose las suyas. 

─Pero yo llamé a emergencias. Vos no podés controlar todo. Quedan registros.

─Ya los había. Del portero de al lado. Dos veces llamó al 911 para denunciar que acá pasaban cosas raras. Dice que escuchó música y gritos. Yo presenté un plan de remodelación del local y lo demandé, hay una mediación pendiente. Declaré que le molestaban los ruidos de la obra, tenía todos los permisos en regla pero acepté de buena fé trabajar en horarios diurnos. Me vino bien tu jugarreta porque el celular tuyo apareció en su casa. Tuvo que ir a declarar a la comisaría. Chismoso como todo portero. ─dijo con una risita.

─Un día se te va acabar la suerte Julián. 

─Mi suerte ya está echada doctor. La que queda por ver es la suya y la de ese...─dijo haciendo un ademán con la cabeza. ─Puede salir de acá caminando. Tiene mi palabra.

─No todos podemos matar a placer como vos.

─Me decepciona doctor. Con lo que me costó traerlo hasta acá. Era un hombre...digamos...perseguido por sus propias acciones. Tuve que decirle que era abogado suyo y que usted pensaba denunciarlo penalmente por abuso sexual. Lo cité a mi oficina. Vino urgente con una buena cantidad de dinero y armado. También trajo un guardaespaldas, un sicario en realidad, por si acaso. Todo un ejemplar su primo. Al sicario lo tuve que procesar rápido, pero si usted quiere a su primo lo soltamos. Digo...basta con que le diga que no fue usted y el hombre seguro se va a quedar tranquilo ¿no? Piénselo con calma que yo le dejo la puerta abierta. Cada uno tiene que lidiar con sus propias oscuridades ─Dijo apoyando una llave en el escritorio metálico, mientras le guiñaba el ojo. Luego fue al consultorio y le sacó los auriculares al encapuchado. Le acarició la cabeza y se fue. 

─¿Quién es?...¿quién es?...¿Sebastián?...¿sos vos? Seba, escuchame por favor. No me hagas nada Seba...¿Sebastián? soltame por favor, hablemos. Te traje plata, es para vos, es mucha Seba...Yo no quise...pero no pude, estoy enfermo, es como si no fuera yo Seba ─Rogaba el encapuchado mientras el Dr Juárez miraba la llave sobre el escritorio. Era de la marca del candado que lo mantenía sujeto a la cadena. La tomó y pensó mientras la hacía girar entre los dedos. 

─Sebastian por favor, hablemos, dale...nunca te hice faltar nada, dale...contéstame hijo de puta!

Se liberó de la cadena y siguió haciendo girar la llave entre sus dedos, casi como le daba vueltas al asunto hace días. No podía sacarse esas palabras de la mente..."El huevo de otra cosa"...que interesante frase. Avanzó hacia el consultorio con las manos en los bolsillos examinando la situación y cerró con suavidad la puerta una vez dentro.





















 








 



















































 















  



  


 









 
  

 









 











 






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lunes, 9 de diciembre de 2019

Tirar a matar



No podía decirse que Rosendo Nuñez fuera un hombre malo. Quizás un poco influenciable, eso sí, pero eso no lo volvía malvado. Nunca había querido hacerle daño a nadie.

Vivió con su madre toda la vida en el pequeño pueblo de Salinas donde su vida era tan anodina como
podía serlo en un pueblo chiquito a la vera del cerro. Poco y nada podía decirse de su conducta. No era un gran trabajador, eso sí. Y quizás esa fuera la condición necesaria que lo arrastró al ejército. Porque cuando su vecino Ignacio le propuso robar la burra del tendero, vio con buenos ojos la idea de no salir al campo a cosechar ese día y ganar unos pesos vendiendo al tonto animal en otro pueblo, como le había prometido su cómplice.

Porque a Rosendo no le gustaba la cosa de madrugar para ir a recolectar, o volver por la tarde con la
espalda quebrada para entregar lo suyo al tendero, José Luis, que pocas monedas ofrecía por el sacrificio del día.
Lo que le gustaba un poco a Rosendo era el trago, eso sí. Eso y la promesa de su vecino de que no tendría que trabajar en todo el mes si lograban el atraco. Porque a Rosendo no le apasionaba el campo y su estilo de vida. Hubiera preferido nacer en la ciudad. Trabajar en algo que no le demande tanto esfuerzo. Pero que tampoco le exigiera demasiado el pensamiento, eso sí.

Así fue como una siesta se encaminó el dúo hacia la tienda del pueblo. Como el tendero era un hombre recio y de mal genio esperaron que se pasara la hora del almuerzo, porque se iba a tomar unas cañas al bar y se acostaba a dormir la mona, como era su costumbre, hasta que fuera hora de abrir la tienda a eso de las cinco.
Pero al vecino de Rosendo le faltó inteligencia para la planificación. Porque una vez por mes al tendero le llegaba el pedido de mercancia que no podía conseguir en el almacén general. Ese se lo traía un mulero que llevaba una hilera de animales por la sierra proveyendo a los pequeños poblados de géneros, utensilios de cocina y herramientas. Ese día el tendero no tomaría caña ni se acostaría a dormir la siesta por tener que tratar con el mulero. Así fue como el dúo llegó con el sol sobre las cabezas al establo de José Luis, confiados de tener allí a la burra sin quién la vigile. Grande fue la sorpresa cuando se encontraron el establo lleno de mulas cargadas,  al mulero y tendero en plena faena, y todos con cara de sorpresa por la situación.
El tendero, como todos sabían, era conocido por su mal genio, y ese día Rosendo comprobaría que también por su mala puntería. 

Sacó su revólver de la cintura y disparó contra ellos, con tan mala fortuna que le dio al mulero en la cabeza en la confusión. Dicen que no hubo nadie que subiera el cerro más rápido que la malograda pareja de malhechores. Desaparecieron por unos días. Pero sólo uno regresó. Porque parece que Jose Luís no tenía tan mala puntería como se había creído y había herido al cómplice de Rosendo en una pierna. Ignacio se fué en sangre esa misma noche. Se quedó dormido en el cerro para no despertar.
Para cuando Rosendo volvió a ver a su madre, varias historias circulaban por el pueblo. En algunas él
había sido el asesino a sangre fría del mulero según había declarado un pobre tendero atribulado. En otras, sostenidas por su madre, un hijo desesperado por salir de la difícil situación habia caído en el engaño de un vecino criminal que se aprovechó de su desesperación.
La cosa es que la policía lo buscaba a él y a su vecino. Y aunque fantaseó con escapar la realidad es que no duraría mucho en los cerros. Así que se fue caminando despacito por la calle en dirección al pueblo para entregarse. Terminó en la delegación de la policia rural, en la misma habitación que el tendero. Todos sabían en el pueblo que Rosendo no andaba armado, no porque no pudiera sino porque no tenía un céntimo para comprar un arma. Su vecino Ignacio ya era otro cantar.

La policía no quería andar teniendo que investigar ni perseguir a nadie. Se venían las fiestas de la virgen del pueblo y había que estar atentos a los preparativos. Al mulero no se conocía quién pudiera llorarlo, así que la situación podía mantenerse contenida. El teniente de policía era un hombre pragmático que creía en el diálogo así que los sentó frente a frente a Rosendo y al tendero para que arreglen las versiones. Tenían que salir diciendo lo mismo, o al menos parecido, eso sí.
Rosendo no se animaba a mirar al otro a los ojos al tendero por la verguenza, pero también estaba molesto porque les había disparado sin más.

─¿Donde está el otro?─ladró Jose Luís.

Rosendo se encogió de hombros.

─Ustedes mataron a ese pobre hombre.

Rosendo siguió con la mirada baja por un momento pero después se animó a mirarlo. El tendero, en realidad, más allá de su corajeada, estaba pálido y asustado, quizás tanto como él. A Rosendo se le escapó una sonrisa. Entendió que al otro no le creían. Estaban los dos complicados así que se puso a pensar un poco. Solo por un rato, eso sí.
Entendió que no se trataba de justicia ni nada sino de tener alguien a quién culpar. Por alguien que nadie iba a reclamar. Rosendo iba a tener algún castigo porque ya había confesado cuando se entregó. Pero no iba a cargar con un muerto.

─Si usted mantiene a mi madre yo digo que fue el otro. ─se arriesgó a proponer.

─¿Tú me vas a decir a mí lo que tengo que hacer, ladrón?

Rosendo se volvió a encoger de hombros.

─No señor. Yo nada más les voy a decir donde murió el otro. Tiene un balazo en la espalda así que le van a echar la culpa a usted y al revólver ese que le conoce todo el pueblo.

Rosendo vio que al tendero la expresión le empeoraba todavía más. La cosa se ponía seria con dos muertos. Podía perderlo todo por su temperamento. El teniente no era precisamente su amigo, sobre todo desde que le negó algunas artículos en consignación para la dependencia. El detalle del balazo en la espalda se le ocurrió en ese momento a Rosendo, pero era adecuado. Era algo que a los ojos del tendero podía condenarlo a la ruina.

─Vea, mi madre no se puede mover mucho así que usted tiene que llevarle la provista. Le prepara las
cosas el domingo y el lunes le lleva para la semana. No come mucho pero por ahí necesite un vestido nuevo.

Jose Luís lo miró con odio pero no dijo más nada. No hizo falta un sí para el acuerdo.

Y así Rosendo declaró esa misma tarde que había intentado robar a José Luís, tendero, por consejo de su vecino Ignacio. Que su compañero no le avisó que andaba armado y dado que su acción terminó en tragedia, su conciencia lo obligó a volver al pueblo y confesar. Que quería tomar la misa el domingo y contarle al cura sus pecados para que Diosito lo perdonara. Que el tendero también era un buen hijo de Dios y que iba a ayudar a su madre mientras el cumpliera la condena. Que rezaría por el alma del mulero cada noche para que tenga descanso y rogaría también para que su cómplice sintiera la mano del señor y decidiera imitarlo presentándose ante al autoridad, por el horrible acto de tomar la vida de alguien. Algo que solo le corresponde a Dios.

Claro que ese acuerdo tenía que rubricarlo el teniente que había confiscado el revólver de José Luís y
nunca se lo había devuelto. En vista de lo confuso del episodio siempre quedó la duda de si lo iba a
mandar a peritar a la capital. La verdad es que durmió en un cajón por años mientras José Luís nunca más le hizo faltar nada a la dependencia policial. Ni a la madre de Rosendo, que no fue a la cárcel finalmente. Para eso había que instruir a un juez en la causa, traer a su secretario a que tome declaración, llenar los formularios y devolverlos debidamente completados. Y eso en vísperas de las festividades, era un problema para todos. Así que a Rosendo lo dejaron despedirse de la madre y lo enviaron la noche siguiente al cuartel quinto de montaña como conscripto para que pague su deuda sirviendo a la patria.

Si la vida como granjero no era adecuada para Rosendo. La disciplina militar tampoco sería demasiado amiga con él. No sabía agarrar el rifle. Tampoco mantener el uniforme en condiciones. No había manera de que se pare derecho después de una vida de cosechar agachado. Si bien sabía pensar, Rosendo nunca abusaba del privilegio. Sólo usaba la mente para librarse del trabajo o de las culpas, eso si.
Parecía que lo único que sabía hacer era fuerza. Así que ese fue su destino. Lo sacaban al cerro para que cargue con los pertrechos del pelotón que subía. Iba al final de la fila de soldados arrastrando un pequeño carro hasta el campamento del alto donde estaban las tiendas de los soldados que hacían las rondas buscando forajidos. A Rosendo no le parecía tan malo, y hasta podía acostumbrarse a eso. Pero el capitán López era demasiado severo y no lo quería en sus filas. Decía que no cualquiera podía vestir el uniforme del ejército. Creyendo que eso lo haría rebelarse lo había puesto como porteador. Y Rosendo no se quejaba. Lo había mandado meses a limpiar letrinas, Y Rosendo no se quejaba. Lo hizo cargar troncos de palma para hacer una cabaña de herramientas, y Rosendo no se quejaba.
El sargento Sánchez siempre decía que hay criaturas en las que el Señor no había puesto demasiada atención. Eso era Rosendo. Era el sentir de todos en el cuartel.

El capitán se rascó la cabeza y pidió los papeles de Rosendo. Así se enteró que estuvo involucrado en un homicidio y se le ocurrió una idea.

─Así que a usted le gusta matar ─afirmó el capitán.

─No señor. Yo nunca he matado. ─contestó Rosendo con naturalidad.

─Sus papeles me confirman que usted está aquí por la muerte de alguien.

─Estoy por robo, pero no llegué a robar siquiera.

─Todos dicen lo mismo. Todos son inocentes.

─No soy inocente señor. Quise robar pero casi me agarraron y me escapé. El que mató fue mi cómplice. ─contestó recordando su mentira.

─¿Usted sabe como me doy cuenta si alguien es un asesino?

Rosendo se encogió de hombros.

Había un oficio que nadie deseaba en el cuartel. Se atrapaban muchos bandoleros y prófugos en los
cerros. Desertores, fugados de prisiones. Todo indeseable tendía a subir por las montañas tratando de
evitar la captura. Aunque no sucedía siempre, había reincidentes o personas con pedido de detención para los que no había posibilidad de indulto. Eran demasiado peligrosos, demasiado revoltosos o lo que fuera. Para esos solo había un tratamiento posible.
Desde ese día Rosendo Núñez quedó adscripto al pelotón de fusilamiento del cuartel. La tarea más
odiada. Había que obligar a la mayoría ya que pocas veces había voluntarios y se alternaban siempre entre soldados, pero para Rosendo aquello sería una ocupación fija.

El sargento Sánchez fue el encargado de entrenarlo para dominar el fusil. Cosa difícil, pero peores que Rosendo había tenido.
Y salió nomás como fusilero. Tenía el carácter tan calmo que era asombroso su pulso. Podía no ser el soldado modelo pero le acertaba al blanco desde varios metros.
Rosendo no sabía como se iba a librar de esto ya que una de las pocas cosas que tenía clara en la vida era no querer cargar con un muerto, así que puso a pensar a su cabeza, sin abusar, eso sí.

No era un hombre complejo y la solución era la cosa más simple de pensar. Para evitar la carga de
conciencia había decidido que iba a fallar el tiro, las veces necesarias.
Fueron 38 ejecuciones sumarias a cargo del cuartel en esos años y de lo único que se puede imputar a
Rosendo Núñez es de no haberle dado nunca al reo. Fue castigado, azotado, echado al hoyo como si fuera el peor de los cautivos. Se inventaron castigos nuevos solo para él. Pero Rosendo agachaba la cabeza y aceptaba lo que fuera que pergeñara el capitán.
Solía hacerse por la costumbre cada vez que se ajusticiaba a uno que el resto de los reos fueran formados en el playón para ser testigos del hecho. Así les metían el miedo y muchos hasta pedían enrolarse. Pero las últimas veces todo el cuartel estaba pendiente de una sola cosa, de si Rosendo volvería a fallar el tiro. El capitán estaba cerca del ascenso y no quería irse de allí sin la victoria sobre el tozudo campesino, vuelto soldado.

El asunto había escalado tanto que se habían hecho apuestas y Rosendo pagaba mucho si alguna vez acertaba. También si fallaba había premio. Los soldados lo incitaban a que haga una u otra cosa de acuerdo a como habían apostado.

─No le des el gusto Rosendo, que Dios nos mira a todos desde el cielo...

─Apunta tranquilo Rosendo que yo te voy a preparar el rifle con una salva...

─Si le pegas en una pierna alcanza. No te pueden decir nada por eso...

─¿Mira si te vas a dejar castigar por uno de esos tipos? dale plomo que después te acostumbras, yo ya
estuve en seis fusilamientos...

Rosendo había aprendido a no fiarse. Nadie ahí entendía la vida como él la veía. Pocas cosas eran igual a como fueron en sus años mozos. Su madre había fallecido hace un tiempo y según le contaron los del pueblo, estaba contenta con como su hijo la cuidaba a la distancia. Nunca le había faltado nada, cortesía del tendero y del teniente de policía que le hizo cumplir el acuerdo. Rosendo sabía que no podía volver. El día que volviera los beneficios de su madre se cancelarían. Estuvo conforme con el arreglo y nunca se preocupó por regresar.

Fue una mañana fría y brumosa cuando la cosa encontró su rostro final. El capitán fue ascendido, finalmente, por atrapar al criminal más buscado de aquellos tiempos. Le decían Tiroloco, y tenía una banda como de treinta secuaces. Era buscado en varios departamentos. Decían que una de sus amantes vivía cerca del pueblo. Pero se disfrazaba para bajar de la montaña, alternando caminos y nunca daban con él. Le tendieron una emboscada de acuerdo a unos dichos pero parece que tenían mal el dato. Bajó sin problemas a ver a su cariño pero a la vuelta tenía un par de whiskies de más y se descuidó. Lo agarraron en un camino de mulas y no le dieron tiempo a nada. Cuando lo llevaron les costó reconocerlo pero ya en el cuartel no tuvo escapatoria. Era sabido que a Tiroloco se le habían acabado las andanzas. Esa mañana fue sentado en una silla y atado frente al paredón, listo para conocer a su creador. El capitán hizo retirar cuatro fusiles y solo dejó uno. Cuando Rosendo fue a tomar parte del asunto se encontró con que estaba solo en la linea de tiro. Todos estaban expectantes. Los reos formados en el playón también habían hecho sus apuestas.
El capitán esperaba que Rosendo falle para acusarlo de traidor a la causa nacional, a la patria y a cuantos designios se le ocurrieran. O que acierte y le diera la razón de que siempre había sido un asesino. Tiroloco lo miró desafiante para que supiera que no tenía miedo de morir. No había aceptado que le venden los ojos para poder mirar a su ejecutor. Rosendo suspiró y chequeó el fusil. Puso bala en recámara y apuntó despacito.

La detonación sonó en todo el cerro.

Luego le siguieron otras. Los vigías cayeron de las torres y se dieron voces de alerta. Estaban todos tan expectantes con Rosendo en el cuartel que habían debilitado las guardias. Los hombres de Tiroloco cayeron sobre ellos enceguecidos. Venían por su líder.
El capitán no se dejó distraer y dio la voz de ¡fuego! a Rosendo. Las balas picaban cerca de ellos.
Tiroloco seguia mirando a Rosendo fijamente como este miraba a su capitán esperando que le pida
que vaya a cubrir los muros o algo. Pero este solo seguía repitiendo ¡fuego! en una danza demencial de voluntades.

El capitán reaccionó finalmente y sacó su revólver. Rosendo se vio cerca de tocar el arpa pero su superior apuntó a Tiroloco en vez de a él pero una nueva detonación lo hizo caer. Lo habían herido. Rosendo soltó el rifle y fue a ayudarlo.

─Mire si será idiota Rosendo, esa gente nos va a matar a todos.

─Yo no puedo cargar con un muerto señor. ─dijo y se encogió de hombros.

Pronto los hombres de Tiroloco habían copado el cuartel. El grueso del destacamento estaba en el
campamento alto así que los que quedaron no fueron rivales para semejante bandidaje. Sobre todo cuando los reos formados para ver la ejecución decidieron que era negocio participar en la revuelta.
No había pasado una hora que ahora el capitán López era el que estaba atado a la silla.
Tiroloco se paseaba por el cuartel dando órdenes y cargando las armas del arsenal en una carreta. Todavía quedaba un puñado de soldados prisioneros pero Tiroloco era conocido por su salvajismo.

─¡Todos a cuchillo! ─dijo y el lamento general se dejó oír por un rato mientras las voces fueron callando una a una.

─Jefe ─dijo un lugarteniente cuando vio que el siguiente en morir era Rosendo. ─¿Y con este que?

─Acérquese hombre ─dijo el bandido al reconocerlo. ─Este hombre recibió la orden de ajusticiarme y se negó. De hecho ya lo conocen. Jamás lastimó a uno de los nuestros ─dijo, haciendo que los demás reparen en él. ─Libérenlo.

Lo tomó del hombro y lo llevó hasta donde estaba el capitán. Atado y amordazado en la silla de los condenados.

─No hay justicia en este mundo ─comenzó a decir el bandido. ─Uno va fabricando alguna clase de justicia en el camino. Le ofrezco que tome la suya ─le dijo mientras le ponía el revólver del capitán en su mano. ─Acá nadie lo va a delatar, de hecho no va a quedar nadie que pueda decir que pasó. Este hombre le ha hecho mucho daño a los míos. Usted no la ha pasado mejor. Si mi gente no hubiese llegado usted podía haber terminado en la silla por desobedecerlo, mi amigo.

─Yo no puedo cargar con un muerto señor. ─se limitó a decir

─Pues ya está decidido. Se la voy a poner fácil. O él o usted, así no tiene mucho más que pensar. Es un tiro fácil ─cerró diciendo Tiroloco.

Parecía que aún el mismo capitán estaba esperando confirmar su teoría sobre él ya que miraba expectante. Como invitándolo a que lo ajusticie.

─Entonces...¿qué hacemos? preguntó Tiroloco ansioso.

Rosendo amartilló el revólver. Le sintió el peso y jugó con el por un momento mientras el capitán parecía estar rezando por lo que venía. Hasta el hombre más pintado sabe cuando ponerse a cuenta. El campesino devenido en soldado, tenía que pensar en la situación y en alguna clase de justicia. No tenía mucho tiempo para decidir, eso sí. Era cierto que la opción era sencilla, como lo era el tiro. Rosendo nunca había sido un hombre complejo. Las soluciones que buscaba tendían a ser las más simples. Así que le dedicó una última mirada al capitán y se encogió de hombros, luego se puso el revólver en la sien y disparó.










martes, 26 de noviembre de 2019

Ya no hay aroma a jazmines



Había algún placer culposo esa navidad para las hermanas Torres. No era por la comida o la bebida. No sería tampoco por la música que sonó desde temprano esa tarde. O las risas un tanto exageradas de ellas. Quizás fuera por el alivio que sintieron por fín ya que aquella iba a ser la primera navidad sin mamá.
Porque mamá había fallecido. Llevándose los silencios ominosos, las prohibiciones, las verguenzas. Alguna hasta fantaseó con llevar algún novio por fín al hogar. De pronto todo estaba permitido. Todo era válido, lícito, después de décadas de ostracismo y pulcritud. Severidad y rutina. Porque la mano de hierro de Margarita Torres ya no asomaba por la casa de la calle Humboldt. Se pudría ahora en el panteón familiar a kilómetros de distancia.
La casa del silencio se volvió fiesta. Música. Risas. Hubo comida que jamás se habrían animado a probar vuelta menú oficial después de tener asignada historicamente una comida para cada día. Los vecinos se escandalizaron por la falta de decoro y hubo más de un creyente que se persignó. El solo hecho de sacar a la calle los jarrones con jazmines fue bastante comentado por los vecinos, ya que era la flor preferida de la matriarca, además de que el perfume enfermaba a las hermanas. Y quizás solo esto bastó para que lo hicieran.
Solo habían sido semanas desde la pérdida de Margarita Torres. Se imponía un respetuoso duelo que ninguna de las hermanas se dignó guardar. Sólo la mayor vistió el negro, pero por ser la que tenía que manejarse en un barrio donde las miradas eran insidiosas por demás. Las otras dos se compraron ropa esa misma semana o empezaron a lucir modelos coloridos que tenían guardados. Todas se prepararon para festejar como se debe las fiestas.
La espaciosa casa de dos plantas se repartió equitativamente. Cada una tenía su cuarto pero se apropiaron también de espacios hasta ese momento vedados. El único lugar que se cerraría a cal y canto era la habitación del fondo, donde tuvo lugar el desenlace. Era la más espaciosa. Daba al parque y estuvo destinada a ser la última estancia. Ninguna quería volver a entrar en ella.
El cuarto de juegos donde estaba el piano, estaba ahora lleno de revistas de chicas y literatura ligera que su madre no permitía. Todas querían olvidar las lecciones que su madre les daba, con metrónomo y vara, mientras Chopin se volvía instrumento de tortura.
El despacho ahora albergaba un tocadiscos traído por la menor hace un par de tardes y ya inundaba los ambientes con la desfachatez de Sandro y Los de Fuego. Era el lugar donde su madre leía y allí no podía haber más que silencio.
Habían movido también el televisor al comedor y ese fin de semana vieron Sábados Circulares de Pipo Mancera sentadas en el suelo y gritando como locas con los números musicales. Todo eso luego de tener el aparato guardado por meses desde que Margarita había decidido que era una distracción innecesaria.
La vida irrumpió violentamente en sus realidades sin dejarlas indiferentes en ningún aspecto. Ni siquiera sabían si todo aquello les gustaba pero tuvieron la imperiosa necesidad de probarlo.
Leonor, la mayor, había sido la que más había sacrificado. Tuvo claro que la única manera de que alguien tuviera vida en esa casa era que ella renunciara a tener una. Dejó sus estudios de enfermería y su trabajo en la farmacia y empezó a atender a una madre cada vez más demandante. La severidad de la matriarca no menguó cuando ese cáncer se atrevió a carcomerla. Pero Leonor tomó las riendas de la casa con eficacia. Fueron dos agotadores años en los que el cuerpo de Margarita Torres se secó hasta consumirse pero su mente adquirió un brillo impiadoso ante la magnitud de su destino. Se volvió un azote que no dejó carne sin maltratar en ese hogar.
Cuando la menor, Lucila, quiso autorización para armar el menú de esa navidad, fue a la habitación de su madre como quién busca encontrar el santo grial en un templo perdido. Y como tantos exploradores antes que ella, volvió con las manos vacias.

─Ya tendrán tiempo de festejar cuando me muera. ─señaló impiadosa.

Es cierto que faltaba un mes para navidad, y que solo se trataba de animar un poco el hogar con los preparativos, pero el menú del 24 sería el de todos los viernes. Se comería pescado con ensalada.
La del medio, Olga, tuvo la intención de confrontar pero Leonor hizo valer su edad y se puso firme. Solo ella trataría con su madre. Solo ella se encargaría de las peticiones. Eso zanjó las diferencias pero hubo rumores de ruptura completa con la matriarca ese diciembre caluroso.
Lo que no sabía el resto es que Leonor había tenido mucho trabajo esos últimos meses, y que había sucedido algo que intuyó como posibilidad, cuando tuvo que atender a su madre por algunas caídas que tuvo en la habitación. Aunque estaba débil por permanecer postrada y dolorida, todavía intentaba bajar de la cama para supervisar a sus hijas. Cuando el dolor aumentó en el cuerpo de su madre, su hija no aumentó la dosis de morfina, y hasta en ocasiones la disminuyó pese a que su madre pedía enérgicamente lo contrario. Eso la condenó a la cama definitivamente. Por fuerte que fuera la voluntad de Margarita Torres no podía manejar el dolor. Así fue que aquella vez en que, desesperada por el dolor, había tirado todos los frascos de la cómoda en busca de calmantes, aquella vez que terminó arrodillada sobre los vidrios tratando de dar con la morfina. Aquella vez que su hija mayor la trató por unos cortes profundos en las piernas. Aquella vez Margarita Torres no supo que su primogénita se ocupó de dejar, deliberadamente, una herida sin curar.
 La enfermedad había minado tanto las defensas de su madre, que un inocente corte sin tratamiento podía llegar a infectarse gravemente luego de unos días. Eso hizo la mayor de las Torres, y a esa empresa dedicó la mayoría de sus esfuerzos durante el mes previo. Tuvo pericia para esconder esto del médico de la familia, que viajaba ese diciembre a un congreso y ya había dicho a Leonor que no podía esperarse más que un desenlace. Que todo dependía de las fuerzas de su madre y que había que prepararse para lo peor en los próximos meses.
A Leonor hablar de meses le pareció demasiado. Sus hermanas merecían una navidad por fín. Asi que puso una expresión triste hasta que el doctor Morales se fue de la casa y luego volvió a cuidar de ese pequeño corte como quién cuida de un retoño en una maceta o una mascota rescatada de la calle. Y su trabajo dio frutos cuando la herida en la rodilla de su madre se convirtió en una hinchazón rojiza que empezó a colonizarlo todo. Luego, como era de esperar, llegó la fiebre.
Los delirios se hicieron cotidianos. Su madre hablaba mucho con personas que no estaban allí. Generalmente era gente de su pasado que sus hijas no habían conocido, mientras que a ella no la reconocía y la llamaba Ester. Hasta se enteró de cosas que su madre jamás le hubiera confesado. Todo esto debido a las fiebres. Como el hecho de que tambien había trabajado en una farmacia en su juventud preparando recetas magistrales. O que tuvo un novio antes de conocer a su padre que se llamaba Luis y que quería escapar con ella a Corrientes.

─No Luis, no puedo, mi padre jamás lo permitiría...no Luis, no puedo...claro que te amo...─repetía sin cesar una tarde.

Un pátina de humanidad se vislumbró a través de la corteza de severidad que recubría a su madre. Pero era tarde para arrepentimientos. Ante los ojos de Leonor el asunto era cosa juzgada. No podían ser meses, serían días. Sus hermanas tendrían una merecida navidad.
A mediados de mes tuvo el único sobresalto en ese tiempo. Encontró a su madre en la despensa. Eso era muy lejos de su habitación en la planta alta. No se imaginaba como logró bajar las escaleras con la rodilla del tamaño de un melón de tono violáceo. Ella era una excelente cocinera y hacía unas conservas exquisitas, pero a ellas no les era permitido acercarse. Mucho menos probarlas. Eran para las visitas o para ocasiones especiales. Sus hijas no entraban en ninguna de las dos categorías.

─¿Mamá que hacés acá? pudiste haber caído por las escaleras. ─dijo con fingida preocupación.

─Mis hijas...tengo que darle de comer a mis hijas Ester. Tengo que...

─Soy Leonor mamá. Vamos que te llevo a la cama.

 La madre forcejeó por un momento con el resto de sus fuerzas y la miró fijo.

─Tengo que estar con mis hijas Ester. Tenemos que estar juntas al final...

Con un gran esfuerzo Leonor la devolvió a la habitación. Ya no se levantaría de la cama.
Dos días después las líneas violetas de la rodilla habían subido más allá de la cintura y los ojos se le habian puesto vidriosos. Unas manchas rojizas invadieron su cuerpo y se supo que el final estaba cerca. Leonor le cambió los paños húmedos de la frente y le tomó el pulso. Estaba débil como nunca antes. Había resistido demasiado. Le acarició el pelo y empezó a despedirse.

─Ya está mamá, ya está.

En un súbito estertor Margarita Torres se sentó en la cama y tomó el brazo de Leonor con fuerza. La miró fijo a los ojos sin parpadear. La hija mayor se dio cuenta que la reconocía finalmente, pero en su mirada no existía el mínimo rastro de ternura. Había acusación. En sus ultimos momentos Leonor comprobó que su plan había funcionado, y también supo que su mamá lo había descubierto. La acostó nuevamente pero sus ojos no dejarían de estar fijos en ella. Ojos que decían mucho. Que le hablaron hasta que se vaciaron de vida. Había muerto.
No pudo dejar de mirarla. La severidad en el rictus. La ausencia de parpadeo. La condena.

Sus hermanas estaban en el comedor cuando bajó a darles la noticia.

─Se terminó.

Se quedaron en silencio un rato. No había llanto ni pesar, pero sintieron culpa. Cada una por sus propios motivos pero sobre todo por desear su muerte.

Después de ese día vendría el servicio fúnebre y un sepelio simple. Miraron el cajón de lejos y trataron de no acercarse a nadie. Temían ser descubiertas. Nada memorable más que actuar como dolientes. Una semana después el 24 de diciembre las encontró en la mesa tras un largo día de preparativos. Todas estrenaron vestido y se maquillaron como las actrices de la televisión. Cantaron temas de Sandro y bailaron en la sala hasta que llegó la hora de cenar.
Leonor les dijo que cerraran los ojos y para cuando los abrieron, las conservas de mamá estaban en la mesa junto al pollo relleno que había hecho Lucila. El vino que guardaban en la despensa también estaba servido. Los ojos de las menores brillaron y Leonor se sintió satisfecha. Lo había conseguido finalmente. Sus hermanas tenían navidad.
Esa noche comieron y rieron como nunca.
Hubo música y la televisión pasaba un especial de nochebuena. No podía ser más perfecto pensaron las tres.
Tal es así que despertaron por la mañana todavía sentadas en esa mesa. Seguramente por el vino. Todavía desperezándose salieron a la calle a saludar a los vecinos que seguramente ya estaban visitándose entre sí.
Se pararon en la puerta y pronto descubrieron con pesar que nadie les dirigía la palabra. Actuaban como si ellas no existieran.
Lucila intentó saludar a Norma, la peluquera de la esquina, pero esta pasó caminando a su lado y entró en la casa contigua.
Olga, la del medio, no pudo soportar la indignación y les dedicó algunas maldiciones.

─¡Hipocritas! ¿que saben ustedes de lo que pasamos? ─les gritó finalmente. Pero nadie se dignó mirarlas.

Leonor las tomó de los hombros y las llevó para adentro. No quería que nadie en ese barrio les quitara su navidad. Su momento. Su alegría.
Y así se mantendrían por siempre. Juntas, unidas por un lazo inquebrantable y poderoso . Dueñas ahora de sus destinos en la casa donde morarían sin pensar jamás en el tiempo. Sería siempre navidad desde ese momento.
De eso se había ocupado Margarita Torres, a mediados de diciembre, en un rato en que las fiebres cedieron y le devolvieron la lucidez. Justo cuando vio su final acercarse y con lo que restaba de sus fuerzas, expresó su última voluntad, envenenando las conservas de la despensa.