martes, 26 de noviembre de 2019

Ya no hay aroma a jazmines



Había algún placer culposo esa navidad para las hermanas Torres. No era por la comida o la bebida. No sería tampoco por la música que sonó desde temprano esa tarde. O las risas un tanto exageradas de ellas. Quizás fuera por el alivio que sintieron por fín ya que aquella iba a ser la primera navidad sin mamá.
Porque mamá había fallecido. Llevándose los silencios ominosos, las prohibiciones, las verguenzas. Alguna hasta fantaseó con llevar algún novio por fín al hogar. De pronto todo estaba permitido. Todo era válido, lícito, después de décadas de ostracismo y pulcritud. Severidad y rutina. Porque la mano de hierro de Margarita Torres ya no asomaba por la casa de la calle Humboldt. Se pudría ahora en el panteón familiar a kilómetros de distancia.
La casa del silencio se volvió fiesta. Música. Risas. Hubo comida que jamás se habrían animado a probar vuelta menú oficial después de tener asignada historicamente una comida para cada día. Los vecinos se escandalizaron por la falta de decoro y hubo más de un creyente que se persignó. El solo hecho de sacar a la calle los jarrones con jazmines fue bastante comentado por los vecinos, ya que era la flor preferida de la matriarca, además de que el perfume enfermaba a las hermanas. Y quizás solo esto bastó para que lo hicieran.
Solo habían sido semanas desde la pérdida de Margarita Torres. Se imponía un respetuoso duelo que ninguna de las hermanas se dignó guardar. Sólo la mayor vistió el negro, pero por ser la que tenía que manejarse en un barrio donde las miradas eran insidiosas por demás. Las otras dos se compraron ropa esa misma semana o empezaron a lucir modelos coloridos que tenían guardados. Todas se prepararon para festejar como se debe las fiestas.
La espaciosa casa de dos plantas se repartió equitativamente. Cada una tenía su cuarto pero se apropiaron también de espacios hasta ese momento vedados. El único lugar que se cerraría a cal y canto era la habitación del fondo, donde tuvo lugar el desenlace. Era la más espaciosa. Daba al parque y estuvo destinada a ser la última estancia. Ninguna quería volver a entrar en ella.
El cuarto de juegos donde estaba el piano, estaba ahora lleno de revistas de chicas y literatura ligera que su madre no permitía. Todas querían olvidar las lecciones que su madre les daba, con metrónomo y vara, mientras Chopin se volvía instrumento de tortura.
El despacho ahora albergaba un tocadiscos traído por la menor hace un par de tardes y ya inundaba los ambientes con la desfachatez de Sandro y Los de Fuego. Era el lugar donde su madre leía y allí no podía haber más que silencio.
Habían movido también el televisor al comedor y ese fin de semana vieron Sábados Circulares de Pipo Mancera sentadas en el suelo y gritando como locas con los números musicales. Todo eso luego de tener el aparato guardado por meses desde que Margarita había decidido que era una distracción innecesaria.
La vida irrumpió violentamente en sus realidades sin dejarlas indiferentes en ningún aspecto. Ni siquiera sabían si todo aquello les gustaba pero tuvieron la imperiosa necesidad de probarlo.
Leonor, la mayor, había sido la que más había sacrificado. Tuvo claro que la única manera de que alguien tuviera vida en esa casa era que ella renunciara a tener una. Dejó sus estudios de enfermería y su trabajo en la farmacia y empezó a atender a una madre cada vez más demandante. La severidad de la matriarca no menguó cuando ese cáncer se atrevió a carcomerla. Pero Leonor tomó las riendas de la casa con eficacia. Fueron dos agotadores años en los que el cuerpo de Margarita Torres se secó hasta consumirse pero su mente adquirió un brillo impiadoso ante la magnitud de su destino. Se volvió un azote que no dejó carne sin maltratar en ese hogar.
Cuando la menor, Lucila, quiso autorización para armar el menú de esa navidad, fue a la habitación de su madre como quién busca encontrar el santo grial en un templo perdido. Y como tantos exploradores antes que ella, volvió con las manos vacias.

─Ya tendrán tiempo de festejar cuando me muera. ─señaló impiadosa.

Es cierto que faltaba un mes para navidad, y que solo se trataba de animar un poco el hogar con los preparativos, pero el menú del 24 sería el de todos los viernes. Se comería pescado con ensalada.
La del medio, Olga, tuvo la intención de confrontar pero Leonor hizo valer su edad y se puso firme. Solo ella trataría con su madre. Solo ella se encargaría de las peticiones. Eso zanjó las diferencias pero hubo rumores de ruptura completa con la matriarca ese diciembre caluroso.
Lo que no sabía el resto es que Leonor había tenido mucho trabajo esos últimos meses, y que había sucedido algo que intuyó como posibilidad, cuando tuvo que atender a su madre por algunas caídas que tuvo en la habitación. Aunque estaba débil por permanecer postrada y dolorida, todavía intentaba bajar de la cama para supervisar a sus hijas. Cuando el dolor aumentó en el cuerpo de su madre, su hija no aumentó la dosis de morfina, y hasta en ocasiones la disminuyó pese a que su madre pedía enérgicamente lo contrario. Eso la condenó a la cama definitivamente. Por fuerte que fuera la voluntad de Margarita Torres no podía manejar el dolor. Así fue que aquella vez en que, desesperada por el dolor, había tirado todos los frascos de la cómoda en busca de calmantes, aquella vez que terminó arrodillada sobre los vidrios tratando de dar con la morfina. Aquella vez que su hija mayor la trató por unos cortes profundos en las piernas. Aquella vez Margarita Torres no supo que su primogénita se ocupó de dejar, deliberadamente, una herida sin curar.
 La enfermedad había minado tanto las defensas de su madre, que un inocente corte sin tratamiento podía llegar a infectarse gravemente luego de unos días. Eso hizo la mayor de las Torres, y a esa empresa dedicó la mayoría de sus esfuerzos durante el mes previo. Tuvo pericia para esconder esto del médico de la familia, que viajaba ese diciembre a un congreso y ya había dicho a Leonor que no podía esperarse más que un desenlace. Que todo dependía de las fuerzas de su madre y que había que prepararse para lo peor en los próximos meses.
A Leonor hablar de meses le pareció demasiado. Sus hermanas merecían una navidad por fín. Asi que puso una expresión triste hasta que el doctor Morales se fue de la casa y luego volvió a cuidar de ese pequeño corte como quién cuida de un retoño en una maceta o una mascota rescatada de la calle. Y su trabajo dio frutos cuando la herida en la rodilla de su madre se convirtió en una hinchazón rojiza que empezó a colonizarlo todo. Luego, como era de esperar, llegó la fiebre.
Los delirios se hicieron cotidianos. Su madre hablaba mucho con personas que no estaban allí. Generalmente era gente de su pasado que sus hijas no habían conocido, mientras que a ella no la reconocía y la llamaba Ester. Hasta se enteró de cosas que su madre jamás le hubiera confesado. Todo esto debido a las fiebres. Como el hecho de que tambien había trabajado en una farmacia en su juventud preparando recetas magistrales. O que tuvo un novio antes de conocer a su padre que se llamaba Luis y que quería escapar con ella a Corrientes.

─No Luis, no puedo, mi padre jamás lo permitiría...no Luis, no puedo...claro que te amo...─repetía sin cesar una tarde.

Un pátina de humanidad se vislumbró a través de la corteza de severidad que recubría a su madre. Pero era tarde para arrepentimientos. Ante los ojos de Leonor el asunto era cosa juzgada. No podían ser meses, serían días. Sus hermanas tendrían una merecida navidad.
A mediados de mes tuvo el único sobresalto en ese tiempo. Encontró a su madre en la despensa. Eso era muy lejos de su habitación en la planta alta. No se imaginaba como logró bajar las escaleras con la rodilla del tamaño de un melón de tono violáceo. Ella era una excelente cocinera y hacía unas conservas exquisitas, pero a ellas no les era permitido acercarse. Mucho menos probarlas. Eran para las visitas o para ocasiones especiales. Sus hijas no entraban en ninguna de las dos categorías.

─¿Mamá que hacés acá? pudiste haber caído por las escaleras. ─dijo con fingida preocupación.

─Mis hijas...tengo que darle de comer a mis hijas Ester. Tengo que...

─Soy Leonor mamá. Vamos que te llevo a la cama.

 La madre forcejeó por un momento con el resto de sus fuerzas y la miró fijo.

─Tengo que estar con mis hijas Ester. Tenemos que estar juntas al final...

Con un gran esfuerzo Leonor la devolvió a la habitación. Ya no se levantaría de la cama.
Dos días después las líneas violetas de la rodilla habían subido más allá de la cintura y los ojos se le habian puesto vidriosos. Unas manchas rojizas invadieron su cuerpo y se supo que el final estaba cerca. Leonor le cambió los paños húmedos de la frente y le tomó el pulso. Estaba débil como nunca antes. Había resistido demasiado. Le acarició el pelo y empezó a despedirse.

─Ya está mamá, ya está.

En un súbito estertor Margarita Torres se sentó en la cama y tomó el brazo de Leonor con fuerza. La miró fijo a los ojos sin parpadear. La hija mayor se dio cuenta que la reconocía finalmente, pero en su mirada no existía el mínimo rastro de ternura. Había acusación. En sus ultimos momentos Leonor comprobó que su plan había funcionado, y también supo que su mamá lo había descubierto. La acostó nuevamente pero sus ojos no dejarían de estar fijos en ella. Ojos que decían mucho. Que le hablaron hasta que se vaciaron de vida. Había muerto.
No pudo dejar de mirarla. La severidad en el rictus. La ausencia de parpadeo. La condena.

Sus hermanas estaban en el comedor cuando bajó a darles la noticia.

─Se terminó.

Se quedaron en silencio un rato. No había llanto ni pesar, pero sintieron culpa. Cada una por sus propios motivos pero sobre todo por desear su muerte.

Después de ese día vendría el servicio fúnebre y un sepelio simple. Miraron el cajón de lejos y trataron de no acercarse a nadie. Temían ser descubiertas. Nada memorable más que actuar como dolientes. Una semana después el 24 de diciembre las encontró en la mesa tras un largo día de preparativos. Todas estrenaron vestido y se maquillaron como las actrices de la televisión. Cantaron temas de Sandro y bailaron en la sala hasta que llegó la hora de cenar.
Leonor les dijo que cerraran los ojos y para cuando los abrieron, las conservas de mamá estaban en la mesa junto al pollo relleno que había hecho Lucila. El vino que guardaban en la despensa también estaba servido. Los ojos de las menores brillaron y Leonor se sintió satisfecha. Lo había conseguido finalmente. Sus hermanas tenían navidad.
Esa noche comieron y rieron como nunca.
Hubo música y la televisión pasaba un especial de nochebuena. No podía ser más perfecto pensaron las tres.
Tal es así que despertaron por la mañana todavía sentadas en esa mesa. Seguramente por el vino. Todavía desperezándose salieron a la calle a saludar a los vecinos que seguramente ya estaban visitándose entre sí.
Se pararon en la puerta y pronto descubrieron con pesar que nadie les dirigía la palabra. Actuaban como si ellas no existieran.
Lucila intentó saludar a Norma, la peluquera de la esquina, pero esta pasó caminando a su lado y entró en la casa contigua.
Olga, la del medio, no pudo soportar la indignación y les dedicó algunas maldiciones.

─¡Hipocritas! ¿que saben ustedes de lo que pasamos? ─les gritó finalmente. Pero nadie se dignó mirarlas.

Leonor las tomó de los hombros y las llevó para adentro. No quería que nadie en ese barrio les quitara su navidad. Su momento. Su alegría.
Y así se mantendrían por siempre. Juntas, unidas por un lazo inquebrantable y poderoso . Dueñas ahora de sus destinos en la casa donde morarían sin pensar jamás en el tiempo. Sería siempre navidad desde ese momento.
De eso se había ocupado Margarita Torres, a mediados de diciembre, en un rato en que las fiebres cedieron y le devolvieron la lucidez. Justo cuando vio su final acercarse y con lo que restaba de sus fuerzas, expresó su última voluntad, envenenando las conservas de la despensa.





 







Dale de comer al perro




Fue duro internar a la abuela aquella vez. Eso casi rompe a la familia. Y todo fue por un perro.
El reparto de culpas desató una guerra entre los hijos. Hubo ofensores y ofendidos. Viejos pases de factura pero poco más.
Demasiados disgustos había causado a la familia aquella vez que se escapó la mascota, sobre todo porque dejó a su dueña con la cadera quebrada, tirada en la vereda. Era claro que la nona necesitaría supervisión y cuidado luego de la operación. Pero los hijos fueron hábiles para llegar a un arreglo.
Al menos Sultán había logrado algo con su aventura. Por primera vez los hijos se habían puesto de acuerdo. Claro que mucho tuvo que ver la culpa de haberla dejado sola tanto tiempo. Fue ley desde ese día que alguien debía estar presente para ocuparse de la mascota y para mirar a la abuela. Y la cadena de responsabilidades fue bajando en la escala familiar hasta depositarse en la nieta menor.

─Dale de comer al perro hija ─le pidió la nona una siesta de chicharras y calor sofocante.

A la nieta le fastidiaba ese labor. Tanto que se dio el gusto de dilatar la tarea un par de horas. El perro era bonachón, hasta simpático pero era enorme y baboso. Un mantonegro obeso, con esa permanente sonrisa bobalicona que ella detestaba, esperándola en el patio mientras custodiaba su comedero de lata. 
Él festejaba cuando alguien llegaba a sus dominios. Hilos de baba corrían por los pliegues de sus fauces porque sabía que la visita solo podía significar una cosa. Comer.
Todo se volvía sucio y baboso con ese perro. Maldito perro pensaba la nieta mientras agarraba a duras penas el plato de lata. El labrador agradecido, le lamía la mano, la pierna y si podía la cara en el proceso. El creía que debía mostrar gratitud aunque ella hubiera preferido que estuviera atado, pero su abuela jamás hubiera consentido hacerle eso a su querido Sultán.
Aquella tarde, quizás por el fastidio, olvidó cerrar la puerta de costado cuando fue a cargarle el bebedero de agua. Se preocupó más en entrar rápido a limpiarse. El perro ya estaba engullendo el alimento balanceado con avidez así que creyó su tarea cumplida pero olvidó algo fundamental en el manejo de Sultán desde siempre, porque si hay algo que le gustaba tanto al animal como comer, era escaparse a la calle.
El grito de la abuela sacó a Gladys del baño en un santiamén, pero ya era tarde.

─¡El perroooo!

Gladys corrió a la puerta de calle solo para comprobar que estaba abierta de par en par. Miró con angustia en ambas direcciones pero aún con su tamaño y sobrepeso el perro se había esfumado.
Decidió correr en una dirección. La que fuera. Al menos dar la vuelta a la manzana pensando en las cosas que podrían atraerlo. Una plaza cercana podía ser la clave. Se cruzó con el quiosquero y con el del puesto de diarios. A ambos les dio el mismo resúmen de situación.

─Se escapó Sultán.

Ambos se agarraron la cabeza mientras empezaban a mirar en todas direcciones. La crisis barrial era conocida. Ya había pasado alguna vez y había sido de difícil resolución, ya que llevó varias horas encontrarlo. Y solo porque se había lanzado a perseguir colectivos en la avenida causando un modesto caos local hasta que fue atropellado. Sultán la había contado por poco. Pero no era como los gatos, así que nadie apostaba que tuviera más de una vida.
Gladys recordaba cuanto había sufrido la abuela por el suceso y de la necesidad de internarla luego por su cadera y para controlar su desbocada presión arterial. Desde ese día la nona usaría bastón y necesitaría más ayuda de la que habían sabido brindarle. Los nietos, imitando a sus padres, se repartieron la tarea de atender a Sultán al mediodía como medida de seguridad. Pero últimamente Gladys era la única con tiempo para la tarea ya que estaba cercano el fín de clases de su cuarto año de secundaria. Los demás trabajaban y ella tenía un verano más relajado por delante. Estudiante modelo como era. No había materias pendientes y ya asomaban días de pileta en el club, juntadas con amigos. Al menos hasta ese momento, de esa tarde, cuando olvidó la puerta del costado abierta y se desató ese pequeño infierno familiar. Eso dinamitó sus sueños de verano y la arrojó a la pesadilla de estar corriendo en ojotas por el barrio en busca de señales de ese estúpido perro. Lo odiaba pero era todo lo que quería que sus ojos vieran.
Mientras tanto la abuela estaba sentada en la vereda completamente pálida y una vecina ya había llamado a la ambulancia, mientras le prometia que iba a aparecer su amado perro, tratando de calmarla.

─Doña Nora no se ponga así. Usted sabe que juega un rato y después vuelve. Siempre vuelven dónde hay de comer.

Pero Doña Nora no estaba convencida. Era un perro que no conocía la calle. Que se dejaba llevar por el movimiento. En realidad no es que ella lo quisiera tanto, pero era el perro que había traído su finado marido una vez para que le haga compañía durante el día. Como él se pasaba la mayoría de la semana trabajando para la empresa de electricidad y llegaba tarde, la mayoría de las veces borracho, se había acostumbrado a Sultán. Era como un marido. Una compañía que hablaba poco y comía mucho. Le hablaba mucho al perro. Más que nada de esas cosas que no quería contarle a sus hijos. A ellos poco le importaba lo que a ella le pasara. Apenas disimulaban para no hacerla sentir mal.

Mientras tanto Gladys seguía buscando en la plaza. En la avenida. En los negocios. Molesta por haber salido casi descalza en el apuro, ya que una de sus ojotas no soportó el trajín y se bajó del evento. Tuvo que continuar descalza, sofocada por el calor de aquella tarde de diciembre, sin celular siquiera. Habían pasado algunas horas de búsqueda y ya empezaba a pensar que decirle a su abuela cuando volviera sin noticias. Tenía que avisarle a su papá para que viniera con el auto. Todo el asunto ameritaba algo de apoyo y logística.

Pidió el teléfono en el bar de la plaza. Era habitué del lugar y ya se habían enterado de la fuga así que le prestaron el aparato sin mucho requerimiento. Había perdido noción del tiempo que había pasado en la calle. El  sol empezaba a declinar y asomaba un nuevo dilema, de los tantos de esa tarde. El problema podía resumirse sencillamente. Sin su celular estaba perdida. No recordaba el número personal de nadie. Sólo atinó a recordar el teléfono fijo de su abuela y el de su casa. Dudó por un momento pero mejor sería empezar por sus padres. Era hora de llamar y enfrentar las consecuencias, por duras que fueran. Necesitaba ayuda para contener a su abuela. Los sonidos del marcado y las llamadas sin responder la desesperaron. Cuando se cansó de intentar a su casa sabiendo que no habría respuesta, decidió que tenía que llamar a la nona.
Marcó insegura. Apenas retenía la serie de números aprendidos a fuerza de repetición. Era un número antiguo, casi un mantra que podía repetir sin pensar. Sonó una vez, dos, tres. Volvió a marcar con un nudo en la garganta y las lágrimas a las puertas. Sonó varias veces antes de que se rindiera. Iba a salir nuevamente a la calle cuando decidió hacer un último intento.

─Hola....¿abuela?...¿abuela?

─¿Donde estás hija?

 La voz de Gladys se quebró.

─No lo encuentro abu...

─Te quiero hija. Siempre. 

Del otro lado sintió el tubo colgar y se quedó pensativa. También avergonzada.

La dueña del bar le acercó un par de zapatillas de su propia hija. Ambas calzaban parecido y al menos no parecía una indigente alienada buscando un perro invisible. Volvió con la cabeza gacha contando las baldosas dilatando el momento de la confesión. Encontró la casa de su abuela a oscuras. Se acercó por el fondo, cruzó la puerta de costado que seguía abierta, acusándola de su descuido y revisó debajo de una maceta. Allí estaba la llave que los hijos escondieron por si pasaba algo. Entró llamando a su nona con necesidad de escuchar su voz pero todo era silencio. Intentó encender las luces pero tampoco tuvo éxito. Parecía que no haber electricidad en la casa. Era común que fallara la vieja instalación que tenía. Más de una vez la abuela había pasado noches enteras a oscuras esperando que algún hijo viniera a revisar al otro día.
Buscó en la mesa del comedor su celular pero era difícil en la total oscuridad. Después de chocar con algunos muebles tuvo éxito. Fue entonces cuando escuchó que algo rascaba la puerta. Suspendió el llamado que tenía pensado y buscó las llaves. Cuando abrió, en el porche oscuro, la sombra de Sultán se mostraba expectante, recortada en la débil claridad del atardecer. El olor que tenía era terrible. Tenía el pelo apelmazado y húmedo así que lo dejó pasar sin acercarse demasiado. Un rato antes lo hubiera abrazado con todas sus fuerzas. Ahora volvía a odiarlo como al principio. Su abuela no estaba, seguramente, por todo el caos que había provocado con su huida.

Llamó desde el celular a su mamá, que tardó un rato en responder.

─Gladys, ¿donde estás amor?

─En lo de la abuela. Se me escapó Sultán. Recién lo encuentro ─mintió, pensando en la posible reprimenda.

─No puede ser hija.

─Mamá, la abuela no está. Decime que está con vos por favor...

─...

─¿Mamá?

─Hija...la abuela se descompensó.

Gladys tragó saliva. Se esperaba algo así.

─Es por este perro de mierda. Me tiene cansada.

Parada en la oscuridad del comedor, lo sintió detrás de ella jadeando como siempre. Parecía querer comer de nuevo.

—Hija...la nona se nos fue...falleció...al rato de que saliste a buscarlo. No alcanzó a llegar la ambulancia. ─dijo su madre rompiendo en llanto. A Gladys se le aflojaron las piernas y tuvo que sentarse en el suelo. No podía articular palabra.

─ Alguien le vino a avisar que a Sultán lo atropelló un colectivo. Los vecinos lo llevaron al veterinario pero no lo pudieron salvar...La abuela no pudo con la noticia...le agarró un paro en la vereda...se fueron juntos amor. ─describió entre sollozos.

─¿Qué decís mamá? ─fue todo lo que atinó a decir.

Sintió el jadeo de Sultán muy cerca de ella y se petrificó. Sentía el calor de su aliento en el cuello. La actitud era la de siempre. Él festejaba cuando alguien llegaba a sus dominios. Hilos de baba corrían por los pliegues de sus fauces porque sabía que la visita solo podía significar una cosa. Comer.






lunes, 25 de noviembre de 2019

El hijo de aquellos miedos





Nunca pude ser distinto. Porque soy esto.
No niego que a veces me detesto o lo haré. Solo hay que darme tiempo.
Me muevo entre las sombras mejor que un pez en el viento. Porque los peces no vuelan y lo se y yo se quedarme quieto. Como la risa que me persigue desde que recuerdo. Y que conjuré una tarde según intento. Pero de las cosas que acechan peligrosas, son peores al por ciento, si portan rostros familiares. Sin importar lo que siento.
 ¿Acaso es una cubierta? ¿o es que las potencias me han designado esto?
El saludo gélido de una familiaridad, que no merezco.
O quizás es que la vida sólo se reduce a eso. Acariciar con el látigo y traicionar con un beso.
Habrá que echarle un ojo a esos días en que la muerte guiña el párpado sencillo.
Ese que se ha vuelto hueso.
Y me han roto y he vuelto a ser compuesto, como el mecano de un mago. Soy las partes que no han vuelto.
Y que agrio es ese vino, que bebo con desconcierto, desde que conocí mi origen. El hijo de aquellos miedos.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Pozo del Llanto






Era apenas una pequeña mancha negra, lidiando con el horizonte. Un auto negro, compacto y sin gracia, casi como sus ocupantes, dejando tras de sí apenas una estela de polvo que no tardaba en desvanecerse. Fuera de eso no quedaba vestigio. El paisaje se iba perdiendo junto con el rastro de la pareja de periodistas a medida que avanzaban. 
La ruta se había vuelto un camino sinuoso de tierra apisonada, con algún que otro resto de pavimento. Los viajantes se miraban fastidiados ante el panorama. No había nada en el moderno teléfono con gps que llevaban que advirtiera del paisaje más que un lacónico "camino vecinal". Tuvieron una breve discusión cuando se creyeron perdidos, tanto que intercambiaron lugares de manejo para que el otro comprobara si lo que decía el aparato era cierto. Detrás de sus gruesos anteojos, el mayor, Atilio, comprobó más allá de toda duda que efectivamente, estaban perdidos. 
Había una brecha generacional entre ellos que hacía las cosas más difíciles en el trato. Sin embargo, ambos estaban confundidos por igual. Por momentos la ruta parecía cambiar o desaparecer junto al pueblo que buscaban, para aparecer luego como si estuvieran a unos pocos kilómetros de él. Cuando volvió a aparecer en la pantalla del celular decidieron frenar en lo que parecía un cruce de calles. Estaban cerca. Solo algunos metros hasta la calle principal pero si avanzaban un trecho volvía a desaparecer todo. La señal del teléfono celular, la ruta, el pueblo entero, y la posibilidad de lograr el reportaje.


Se miraron fastidiados y elaboraron un precario plan para no seguir dando vueltas por esos caminos de nadie.


─Quédese acá en el cruce que yo voy caminando, el problema es la maldita señal, cada vez que se nubla desaparece todo...¿Tiene señal de móvil? ─interrogó el más joven.


─Pasamos por ahí recién y no vimos nada ─se quejó el otro, pero revisó el aparato y asintió.


 Para asegurarse Carlos le hizo un par de llamadas de prueba con resultados positivos, y partió caminando mientras el otro echaba una cabeceada ya que había sido el que más había tomado el volante.

En realidad, eso era un respiro. La tarea les había sido encomendada a la fuerza por el diario deportivo "La Jugada" Carlos andaba por los treinta. Licenciado en comunicación...o periodista a secas, con pocos años de titulado y demasiada ambición frente a un Atilio, fotógrafo, ya avanzado en sus cinco décadas con mucho menos brío y más ganas de sacarse el trabajo de encima simplemente. Uno estaba comenzando y estas tareas podían darle futuros espacios. El otro era un hueso duro de tragar, especimen de otra época con el que nadie quería compartir guardias periodísticas. El nuevo de la redacción era la victima lógica en el reparto de parejas. Solo hubo una cosa que los convenció de viajar tantos kilómetros por rutas desiertas. Ambos sabían que era una nota distinta. Era una que podían firmar.
La misión resumida sonaba hasta sencilla. Se necesitaba un par de fotos y una entrevista simple en la columna "¿Qué es de la vida de?" con esa gloria futbolística venida a menos. En este caso, el "Potro Rojas" que había vuelto a su humilde pueblo, en el aniversario número veinte, de gol decisivo que convirtió en la final del campeonato.
Un personaje peculiar que había rechazado la posibilidad de pasar a un equipo grande de la capital, luego también rechazaría un contrato en Europa. Nada le importó tanto como volverse a su pueblo apenas tuvo la posibilidad. Había hecho algún dinero pero no tenía la vida resuelta. La pregunta que podía hacerle Carlos es la que cualquiera le haría. ¿Por qué?


Carlos caminó mirando el cielo cubierto. Habían partido con el amanecer y nada hacía sospechar que llovería. El reporte del clima había sido bastante enfático al afirmar que no habría más que sol todo ese fin de semana. No uno demasiado intenso para aquel fresco abril pero al menos era luz. En cambio los recibió un manto pesado de nubes y una bruma persistente. Nada raro si estabas en una montaña pero en medio la llanura pampeana se hacía complicado de entender para él.


Llegó a otro cruce en pocos minutos. Se abría una ancha calle de tierra que se internaba en la niebla. El celular le mostraba señal así que llamó a Atilio, que mostró cierta pasividad al atenderlo.


─¿Me escucha?...le estoy mandando mi ubicación. Encontré una calle que parece ser la principal.
La niebla no ayuda pero creo que llegamos...¿me escucha?


─¿Eh?...¿Qué niebla? ─atinó a decir entre bostezos. La comunicación era mala y por momentos se entrecortaba. Un timbre sonó en su teléfono avisándole que había
entrado la información de su compañero. ─Lo escucho...supongo que ya tengo la ubicación, ya voy. ─agregó con poco convencimiento para volver a estirarse en la butaca y quedarse dormitando. No estaba demasiado ansioso por la nota y prefería que Carlos adelantara un poco el trámite. Hacer las presentaciones del caso. Se acordaba del cruce cercano. Si había un pueblo sería fácil pedir referencias.
Se tomó su tiempo para enderezarse en el auto, miró el teléfono y habían pasado más de 30 minutos desde la llamada y se sobresaltó mientras buscaba las zapatillas que se había sacado para relajarse.

— ¡Puta madre!

 Nunca las encontró así que arrancó manejando descalzo mientras se restregaba los ojos. Parecía haber dormido horas aunque solo fueron minutos. Le pesaban los párpados mientras miraba que la mochila con la cámara fotográfica estuviera a mano. No tenía muchas ganas de perder el tiempo con todo aquello. La nota le parecía un fiasco. Con su edad entendía que hay gente que no tienen ganas de lidiar con la grandeza. Que solo quiere vivir tranquilo, como era el caso del Potro Rojas. Hizo lo que tenía que hacer, salió campeón, levantó el trofeo, le dieron la  placa de goleador y cuando empezaron a sonar Boca y Vélez en el horizonte desapareció y se fue a su casa a estar tranquilo. ¿Cuál era el misterio y lo incomprensible del caso? Esas cosas no parecían entenderlas gente como Carlos. Como si la ambición no tuviera límites. Había que ir siempre por más. Hasta que un día ya no te alcanza para seguir. Pero así eran los jóvenes ahora. Y Atilio no tenía más opción que trabajar con él. Era una imposición que no tenía los medios para rechazar. Demasiado distintos en edad y enfoque como para encontrar la manera de llevarse bien. Tampoco se ponía demasiada voluntad en ello. Suspiró, puso primera y el auto enfiló por la ruta en la búsqueda del destino marcado y de la nota de ese fin de semana.


Carlos esperó unos minutos y terminó convenciéndose de que Atilio se había quedado dormido y entre insultos a su compañero decidió adelantar un  poco el camino. Después de todo no había manera de perderse, solo existía una calle principal de eso que no parecía un pueblo. Eso fue lo primero que pensó Carlos. Y eso que estaba habituado a viajar por el país.

Buscar lugares ignotos desde los que habían surgido viejas glorias futbolísticas o promesas rutilantes era rutina. Y una de las secciones más celebradas del diario. Pero algo era seguro en esos viajes interminables. Por más pequeño que fuera el pueblo, a veces una simple delegación, siempre solía tener un orden específico. Algún tipo de delineamiento. Generalmente los poblados se agrupaban alrededor de una plaza principal y se expandían desde allí, o tenían algún tipo de cuadrícula como pasaba con los emprendimientos modernos.


Aquí no había plaza ni orden aparente. Solo algunas casas derruidas a la vera de esa calle principal que iba descendiendo. No había notado alteraciones en el terreno en todo el camino, pero esta calle iba claramente en declive. La niebla solo dejaba adivinar algunos detalles pero no eran más que contornos. Quizás en ese momento fue que prestó atención al nombre. Pozo del llanto. Por alguna extraña confusión cuando oyó por primera vez el nombre creyó que se trataba de un tal "Pozo de Ollanto" quizás acostumbrado a la tendencia predominante que llevaba a ponerle a los lugares nombres de santos o militares.


Cáscaras de casas espaciadas, ni siquiera contiguas, que parecían abandonadas hasta que alguna cabeza se asomaba por esos huecos oscuros que eran las aberturas a mirarlo con extrañeza. Parecían gente muy humilde, demasiado, casi indigentes. Lamentablemente lo había visto en otras partes, pero le costaba recordar tal grado de abandono. Recordó vagamente cierta categoría que se le daba a los pueblos de ese tipo. Solían catalogarlos como "despoblados". Este sería un buen ejemplo.


No tuvo más remedio que descender por la calle y dejar que ese vacío de bruma se lo tragara lentamente, dejándole una sensación extraña de soledad y angustia. Todo aquel asunto tenía cierto parecido con lugares que ya había visto. Algunos pueblos del norte enclavados en la ladera de algún cerro que solía visitar. Pero por tranquilo que fuera el lugar siempre mostraba atisbos de vida. Perros ladrando, algún chico jugando despreocupado mientras la madre hacía sus labores. Algún bar o fonda que servía de excusa para la reunión y el trago, rompiendo el silencio con las carcajadas propias del alcohol. Lo normal de los lugares que pueden ser pequeños pero no por eso dejar de ser intensos en actividad. Siempre se escuchaba algún grito, alguna risa. Pero esto era mortalmente triste. Estaba como muerto. En sus infinitos viajes no había escuchado nunca, si es que cabía el término, nada parecido al silencio que lo envolvía. Era algo que se podía palpar. Silencio de hombres y de bestias.


Suspiró resignado mientras hacía un esfuerzo para mantener la marcha en un ritmo normal. La pendiente no era amable y la humedad ambiente volvía todo demasiado resbaladizo para sus zapatos de vestir. La niebla no dejaba ver mucho de lo que había abajo pero por lo poco o nada de vegetación que lo rodeaba parecía estar descendiendo a un yermo. Entendió que la niebla podía ser propia del lugar ya que la temperatura descendió de golpe. Arriba el cielo seguía encapotado como amenazando inundar a todos en aquel pozo perdido en medio de la nada. Ahora entendía como no habían logrado verlo. Encima de estar aislado era difícil de ver sin estar cerca de él, casi que te debías caer dentro.


Decidió llamar a Atilio para comentarle la situación pero ahora la cobertura era inexistente. Podía volver a buscarlo pero sentía haber avanzado un buen trecho. Era una pena volver y perder todo lo andado ahora yendo cuesta arriba. Tenía que suponer que estaba viniendo, ya que esas fueron sus palabras así que prefirió no desencontrarse. Seguramente escuchara el sonido del motor, que en aquel silencio sería imposible de ignorar. No llegaba a apreciar calles laterales, solo vacíos desordenados entre las casas. Parecía un pueblo demasiado chico para perderse. Sólo le preocupaba la escasa visibilidad. Se topó con un par de casas más y luego vio que el camino descendía todavía más y ya nada había a la vera. Se preguntó por un momento si ese había sido el final del pueblo. Sin embargo, sintió ruido de metales entrechocando, casi como un tintineo incesante más adelante y decidió continuar. No sabía si eso era alguien martillando o qué.


Quizás hubiera algún tipo de negocio o algo. Lo preocupante fue que en cuanto dejó de ver casas sintió como la niebla lo envolvía por completo haciéndolo sentir indefenso. Lo había engullido ese miserable pueblo. Ya no podía ver nada. Tampoco tenía noción del tiempo.


Un golpe lo hizo volver en si después de estar mirando a su alrededor sin encontrar referencia que lo guíe. Se había topado con algo o alguien. Una delgada silueta se recortó en la bruma. Parecía ser un morador del pueblo que lo miraba en silencio. Estaba miserablemente vestido y era muy delgado pero aún así casi había logrado tirarlo al suelo. Se incorporó como pudo pidiendo disculpas pero el hombre se limitó a señalar en una dirección sin decir palabra. Quiso hacerle algunas preguntas pero así como señaló se volvió a perder en la niebla y ya no lo vio más. Decidió que, fuera sensato o no, seguiría la dirección que el hombre alto y flaco le había señalado. Después de todo, allí tampoco se sentía muy seguro.
Aquello ya parecía bastante una locura. Su compañero no venía, el estaba perdido y lo único que quería era encontrar el maldito lugar, hacer dos preguntas, sacar dos fotos con su propio celular si era necesario y desaparecer. Todo se sentía como una cinta de terror barata pero lamentablemente ya había tenido que lidiar muchas veces con ese tipo de contextos. Era el nuevo de la redacción y no podía exigir comodidades.  

No tardó en dar con un portón metálico enorme ya ganado por el óxido. Era antiguo, ornamentado, con letras en el extremo superior que formaban el nombre del lugar. Po o del Ll nto. Entendió que el pueblo llevaba el nombre de la que debió ser la estancia principal. Se dio cuenta de que ese portón había estado haciendo los ruidos metálicos que lo ayudaron a no perderse. Seguramente el hombre con que se topó había salido de allí. No parecía haber mucho más alrededor. Fastidiado de tener demasiadas conjeturas y ninguna certeza empujó con fuerza. No estaba cerrado y se abrió lanzando el agudo chirrido que hacen las cosas que no parecen haber sido abiertas en siglos. Decidió caminar con firmeza esperando que alguien, aunque sea un perro saliera a su encuentro. Pronto se dibujó en el extremo de la bruma la figura de un casco de estancia, un tanto derruido, pero evidencia de presencia humana al menos.


─Holaaaaa!...─lanzó con todo el aplomo posible mientras golpeaba las manos...clap clap clap.


El silencio no era buen síntoma, volvió a tomar aire para lanzar otro llamado...



─No hace falta tanto grito ─lo interrumpió alguien detrás suyo. La voz llegó de golpe acompañada de ladridos. Por un momento temió que algún can saliera de la nada y lo mordiera. 



 Parecía ser un anciano debajo de unos largos cabellos grises y barba poblada. Era alto a pesar de estar un poco encorvado y bastante flaco. Llevaba un traje gris que parecía de buen corte y una camisa blanca que brillaba demasiado pulcra para el marco. Estaba descalzo. Sus pies eran bastante llamativos. Estaban sucios y percudidos como si no conocieran zapatos. Además eran desproporcionadamente grandes y tenía unas uñas largas y amarillentas. Sus manos también eran enormes y descuidadas, coronadas de uñas similares. Hizo un chasquido con la boca y la jauría de perros se quedó en silencio de golpe.


─Usté viene pa' hablar con el potro ¿no?


Le sonó a música, a melodía. Por fin algo de sentido asomaba entre la niebla en ese extraño día que venía atravesando. Se presentó y citó su medio extendiendo la mano. El viejo lo miró de arriba a abajo con una media sonrisa bastante enigmática y se la estrechó. Estaba tan fría que Carlos no pudo evitar un sobresalto.


─Venga, pase...ya lo mando a buscar.


Notó que la luz escapaba más rápido de lo pensado en ese lugar, parecía oscurecer de golpe en ese pozo, aunque apenas se transitaba la media tarde. La hondonada proyectaba sus largas sombras engullendo de a bocados la luz . Su reloj le confirmaba que su deducción era correcta. Era fácil culpar al pozo en el que el pueblo estaba sumergido. La oscuridad avanzaba tiñendo de sombras el paisaje. Luego el cielo se puso negro y comenzaron los primeros refucilos. Parecía venir la lluvia, o mejor dicho, la tormenta. Carlos no daba crédito al marco pero le tocaba encogerse de hombros y asegurar la nota.

No se había animado a entrar. La casa parecía no tener luces interiores así que esperó afuera mientras el viejo se iba a buscar al potro. El viento comenzó a soplar arremolinado obligándolo a sostener con fuerza los papeles y su teléfono. La oscuridad reinante agregaba tensión a su pobre cabeza que solo pensaba en pegar la vuelta.


─Véngase pa´dentro que va a llover ─dijo el viejo desde la oscuridad de la sala.


Y Carlos, sin demasiadas opciones, entró.


El viejo estaba sentado en el centro de la sala rodeado por la oscuridad. Apenas había un resplandor rojizo de un brasero donde estaba apoyada una pava negra de hollín. Una mortecina claridad se colaba por la puerta. El lugar parecía estar lleno de basura. Cosas. Quién sabe qué. Hasta un gato había que el periodista no vio y pisó sin querer. Un aullido de dolor y el gruñido amenazante del felino no se hicieron esperar. Un brazo huesudo le señaló en dirección al que parecía ser un cajón de madera lo suficientemente firme como para que se siente.


─La casa es chica pero el corazón es grande ─murmuró el viejo


Carlos se sentó como pudo y trató de sacar una libreta del bolsillo pero desistió al ver que no podía ver demasiado.


─Bueno...dígame su nombre, ¿usted es familiar del potro?


─Soy casi como de la familia. Acá me dicen el tío o Vinchuca ¿vió?...por lo feo seguramente.


Carlos oyó risas en el fondo y ruido de faena. Por unas puertas dobles entreabiertas vio movimiento en lo que parecía ser un patio trasero. Estaban haciendo preparativos de lo que parecía un asado, aún con el viento aullando y el cielo iluminado por los fogonazos de los relámpagos. Ajenos a lo áspero del clima reinante. Supuso que el potro era de la partida así que le preguntó al viejo.


─¿Está haciendo el asado el potro? …según parece, estamos de festejo...


─¿Por aquellos me dice?...nah...─dijo el viejo haciendo una pausa eterna ─el potro solo viene a comer. Eso se lo deja a los demás. ─dijo mientras apuraba un sorbo del mate. ─Ya viene, él se toma su tiempo. Es como la estrella del pueblo. ─Agregó.


Otro largo rato pasó sin que el viejo dijera palabra. Carlos se revolvió en su precario cajón de madera. La demora lo ponía ansioso pero no estaba en condiciones de exigir demasiado. Los ojos del viejo estaban fijos en él, aunque más que ojos eran un par de brillos flotando en la negrura. La claridad que venía del patio apenas le dibujaba las facciones entre las sombras.


─¿Le gustan las historias? ¿Quiere que le cuente un poco del pueblo?...por ahí le sirve pa´ lo suyo. ─se ofreció Vinchuca como para cortar un poco el silencio después de un rato que a Carlos le pareció eterno.


Volvió a sonarle a música. Le ponían ansiosos los silencios incómodos y no había obtenido más que algunos monosílabos hasta ahora. Tampoco tenía información del lugar. No había mucho en internet sobre el paraje. Algún registro del siglo pasado. De hecho había apenas alguna referencia en los mapas. Una fuente de primera mano era buen sustento aunque más no fuera un paisano de aquellos lares. Se imponía el viejo vicio que le había quedado de cuando estudiaba comunicación.

─Cuénteme un poco...─lo animó.


─El pozo era antiguamente el lugar donde vivía una toldería de indios ranqueles, gente de guerra, malos como la peste. Se negaron a abandonar la tierra por considerarla sagrada ¿sabe? decían que acá vivía un walichu, en una cueva que hay acá al fondo ─dijo señalando en la penumbra para el lado del asado.


─El blanco se venía y se venía empujando la frontera y muchas tolderías se movieron pal´lado de las montañas ¿vio? Algunos caciques habían confiado en sus lanzas pero les había ido mal. El huinca avanzó sobre sus dominios...huinca nos decían los salvajes...robador, usurpador —señaló — la cosa es que ya se sabía que quedarse era un riesgo. ─dijo dando un sonoro sorbo al mate ─Hubo una machi por acá, una bruja de ellos ¿vio? que quiso proteger la cueva según parece. Se dijo que el asunto del pozo era sagrado y que se yo. Cosas de ellos. La cuestión es que algunos tipos le creyeron, confiaron en sus creencias y se quedaron con sus familias...por eso no hicieron mucho cuando vieron levantarse la polvareda. Se venía una columna del ejército. Eso era malo pa´ los indios. Mucho...─señaló mientras le pasaba un mate al periodista.


El cronista veía por momentos la cara del viejo iluminada por los refucilos. Tenía un brillo extraño en los ojos, pero hablar de normalidad en aquel lugar era muy ambicioso. Pero era buen narrador y se notaba que lo que contaba podía usarse para enmarcar la nota así que no se quejó. La grabadora se activó disimuladamente sin avisarle al narrador. Cada tanto miraba para afuera y veía brillos distintos. Ojos ansiosos. Los perros se amontonaban en la puerta y se podía verlos inquietos, pero no hacían ruido alguno, tampoco se atrevían a entrar. Solo esperaban. 


─El que venía era el sargento Ordoñez. Se traía cincuenta hombres pa´reforzar el fuerte Diamante, que estaba como a veinte leguas de acá. Venían de varios días de marcha forzada. Habían salido tarde porque se habían emborrachado. Después el teniente Juárez se les había muerto de cólera por el camino, así que se lo traían envuelto en una carreta ¿vio? El sargento sabía que lo iban a sancionar por la tardanza apenas llegara. Dicen que fue pura casualidad que los exploradores dieran con el pozo. En realidá buscaban agua y divisaron la toldería cuando estuvieron prácticamente sobre ella. Dicen que eran ciento treinta almas acá abajo. El sargento no dudó cuando vio la oportunidad. Usté me entiende ─dijo y un relámpago le iluminó una sonrisa extraña. Vinchuca parecía disfrutar del relato y sus detalles.


─Los ranqueles oraron a sus dioses, hicieron una rogativa por protección ¿vio? La machi le cantó a los cuatro vientos. Seguramente quería que los cubriera esa niebla cerrada que usted ya vio, pero ese día no hubo niebla ni viento ni nada. No hubo una mano pa´los indios, o más bien, hubo una del dios de los nuestros. Y eso que no rezaron demasiado ─La sonrisa de dientes amarillentos amenazaba por las comisuras del viejo. ─ Porque en aquella hondonada una columna del ejército se topó con su enemigo en este aujero, cuidando quién sabe qué y con un manantial justo ahí...─dijo señalando hacia el patio donde hacían el asado, con una sonrisa repulsiva que seguía brillando en la penumbra.


El viejo hacía la pausa justa para que Carlos elaborara aquellas imágenes. Había vuelto a sacar la libreta y anotaba a oscuras las palabras principales. Quería apuntalar la narración para evitar que perdiera detalles además de ayudarle a orientarse luego con la desgrabación.


─No hubo rezo ni grito ni mierda que le hiciera frente a los Remington Patria del ejército, eran una máquina. ─Dijo señalando a una pared. Había algo allí colgado pero era difícil apreciar algún detalle. ─Eran lentos pa´recargar así que mano a mano no daban mucha ventaja...pero a la distancia. Con los indios abajo...mamita...estaban regalados. Fue como pescar adentro de un balde ¿vio? ─mencionó y Carlos volvió a notar los dientes amarillentos, propios de toda esa mugre, que sin embargo brillaban junto a los ojos. Aún sin poder ver bien se podía adivinar cierta malicia en los gestos, que se acentuaba en el cénit del relato.


─Fue una masacre. De esas que se cuentan mucho tiempo. Les agarró la sed ¿vio? la sed de sangre. Todos querían cargarse uno. Hacían apuestas y festejaban las muertes. Los más chiquitos valían más porque era más difícil darles. Las madres se interponían siempre. Los abrazaban pa´cubrirlos y todo eso. Los hombres habían caído primero con sus lanzas y sus gritos de guerra, pero de los gritos pasaron al llanto. Cuando quedaban pocos, los últimos se arrastraron a la cueva llorándole a su dios. Los soldados casi que agotaron la munición. De la cueva salían lamentos solamente. Acamparon esa noche arriba y a la mañana bajaron pa´terminar la faena. Quedaba un llanto como finito ¿vio? El sargento ordenó calar bayonetas y cuidar las balas. No quedaba casi nadie pero tuvieron pa´divertirse un rato...usté me entiende.


El viejo se tomó un respiro mientras cebaba otro. Carlos tenía un nudo en la garganta, no daba crédito a semejantes atrocidades. Recordó sus clases de historia argentina. Era sabido que se libró con el indio una guerra de exterminio pero era algo difícil de poner en perspectiva. Así había sido en todos lados. El progreso se pagó siempre con la sangre de los que no estaban incluidos en él. En Estados Unidos, después de la matanza, se los había recluido en reservaciones pero aquí no se contempló al principio la posibilidad de darles territorio. Si se los reunió alguna vez fue simplemente para usarlos como esclavos. El viejo le alcanzó otro mate amargo que le cerro la garganta de lo intenso pero no se atrevió a despreciar la invitación.


─El sargento Ordoñez discutía con los cabos como hacer ¿vio? había que demostrar la captura de alguna manera, sino los putos oficiales te desmerecían todo y después se robaban el crédito. Usté me entiende. Discutían entre ellos que se iban a llevar como prueba...que si se llevaban las orejas podían decir que estaban perreando con el número de muertos. Que si las cabelleras...El sargento mandó a callar a todos y decidió que se llevarían las narices. Los cabos protestaron porque era difícil sacársela a los más chicos ¿vio? Así fue que de los infantes se llevaron las cabezas directamente. Después enfilaron pal´fuerte. ─describió mientras la cara del periodista oscilaba entre la sorpresa y la indignación.

─El sargento se plantó con los superiores. Era un tipo recio, derecho ¿vio? Reclamó paga y honores. Dijo que fueron emboscados y que habían acabado con una toldería ellos solos, pero los hijos de puta le negaron el reconocimiento...eran de rango muy bajo pa´esas cosas. Si hubiera vivido el teniente o algo, pero eran pura soldadesca ¿vio? ─dijo con algo de indignación que parecía no cuadrar con la barbarie que relataba.

─Pidió al menos la tierra que habían librado pero parece que eso tampoco era pa´ gente como ellos ¿vio? así que le tiró la bolsa con los restos al teniente, encargándose de mostrarle las manos manchadas de sangre..."parece que esto no vale nada en el ejército" ─le gritó. ─Claro que con eso se ganó unos buenos días en el calabozo. La cosa se empezó a complicar cuando algunos cagones lo delataron. La emboscada empezó a transformarse en masacre. Al ejército le importaban un carajo los indios, pero podía haber problemas por mentirle a un oficial ¿vio? siempre había pica con los oficiales...encima el teniente ese se la tenía jurada al sargento, porque nunca se quedaba callado, se plantaba. Apenas estuvo libre tuvo que rajarse. Desertó llevándose a unos cuantos leales y se vino pa´ acá. Lo persiguieron a sol y sombra pero no lo pudieron agarrar. Nunca les dijo donde estaba el pozo vio? Era bastante vivo el sargento...

Uno de los que estaba en el fondo entró y le susurró algo al viejo que movió la cabeza negativamente y perdió por un momento el hilo del relato. Eso pareció no gustarle demasiado y el otro se fue para el fondo tan rápido como había llegado ante la mirada intimidante del viejo. Carlos aprovechó la interrupción para acercarse lo más que pudo a la puerta. Las nubes de tormenta giraban sobre el pueblo como si fueran a desatar un tornado en minutos. Los refucilos eran constantes pero ni una gota caía del cielo. Extraño todo en aquel lugar sin dudas. No veía el auto por ningún lado. Revisó la señal del móvil. Muerto.

Atilio se perdió, y me clavó con este viejo y sus historias, pensó resignado. Ya había dejado de preocuparle el Potro Rojas, el fútbol y el diario que lo había mandado a aquel agujero. Quería terminar con el asunto lo antes posible. Era la única forma de salir de allí cuanto antes . En cuanto viera el auto se iría de allí, aunque tuviera que manejar toda la noche. Atilio había tomado el volante bastante trecho, pero no sería de mucha ayuda en la noche cerrada con esos gruesos anteojos. La cosa es que el auto no aparecía y Vinchuca parecía haber puesto de nuevo la pava en el fuego. Los del fondo parecían estar cada vez más animados, eso se palpaba en las risotadas exageradas. Cortesía de algún alcohol de baja calidad seguramente. Había un ambiente festivo, pero no tenía modo de saber qué se festejaba. Los brillos suspendidos en la oscuridad de la puerta delataban que los perros seguían su guardia. El silencio de los canes no dejaba de ser extraño. Ni siquiera mendigaban comida, solo esperaban. Tan concentrado estaba en la jauría que pudo percibir como hicieron un pasillo en silencio mientras de la niebla emergía una silueta inquietante, recortada en la tenue claridad de la entrada. Hubiera querido que fuera Atilio todo agitado y nervioso como siempre pero lo que apareció fue un hombre alto con pantalón de fútbol gastado. Tenía una remera vieja y caminaba despacio, dando pasos largos, como zancadas.
A su espalda un grito lo sacó de sus pensamientos.

─!Llegó el campeón! ─gritó Vinchuca con un tono que a Carlos le sonó algo irónico.

Las fotos de archivo no tenían nada que ver con lo que se acercaba al porche de la casa. Flaco y macilento. Lento de movimientos con un pelo largo y enmarañado que no dejaba ver demasiado el rostro. Saludó con la mano al viejo y le hizo un gesto a Carlos con la cabeza. Así como entró siguió camino hacia el fondo donde se estaba haciendo el asado. Carlos pretendió seguirlo pero Vinchuca lo atajó con una frase.

─Dejeló que salude a los muchachos. Después de todo, el asado lo consiguió él ¿vio? Cuando esté listo nos juntamos todos atrás. Con un poco de vino se le va a aflojar la lengua y flor de historias le va a contar. Pero sobrio casi no habla...usté me entiende.

No, la verdad que ya no entiendo nada quiso gritarle, pero se contuvo. Miraba hacia la puerta de entrada y no se oía un alma. No parecía haber un auto deambulando por el pueblo. Es como si el viejo Atilio se hubiera desvanecido, quizás cansado de buscarlo pero se negaba a creer que se hubiera ido. Eso sería muy gracioso de contar y muy triste de vivir.

─¿Anda preocupado por algo don? ─arremetió Vinchuca.

─No...bueno si...mi compañero anda con el auto y nos íbamos a encontrar acá, pero no lo veo.

─El pozo es traicionero. Parece que no hay nada y de pronto está uno sentado en la estancia de Don Rojas. ─dijo y lo miró con una sonrisa pícara... ─¡muchachos! a ver si traen algo pa´picar que el invitado anda con hambre. ─le gritó a los del fondo.

─No...no se moleste. La idea es hacer un par de preguntas y no molestar más. Se nota que están de festejo. ─intentó disculparse Carlos.

─Acá se festeja cuando se come don. Cuando hay se comparte y cuando no, le entramo al mate ─dijo y se rió perturbadoramente. Carlos no sabía si era por la incomodidad que venía arrastrando del día, pero al viejo Vinchuca ya casi no lo soportaba.

Uno de los muchachos vino con una tabla y le sirvió al viejo y luego a él un pedazo de carne en pan casero un tanto duro y seco. Carlos reconoció que se veía apetitoso aunque estuviera mal presentado . Era un tanto grasosa pero de gusto intenso. Penetrante. Al principio pensó que le iban a servir perro y se lamentó de no haberlos contado antes como para tener una pista. El gato había desaparecido así que pasaba a ser opción, pero después de masticar un rato trató de convencerse de que era cerdo para poder tragarlo. Le ofrecieron lo que parecía ser sangría en una botella cortada pero declinó el ofrecimiento mostrando el mate que el viejo le había alcanzado. Vinchuca se volvió a sentar y lo miró fijo.

─Dicen que el asado lo inventó el diablo ¿vio? Cuando Dios puso la misa el diablo se rompió la cabeza pensando en como iba a profanarle el día santo. Entonces inventó otra misa pa´los domingos. "La reunión" ─dijo en tono solemne mientras extendía sus largos brazos. ─Con gente alrededor de la carne como habían estado alrededor del cristo llorando por un pedazo. Y a lo último, cuando ves que la cosa ya está hecha le mandas el cuchillo y se termino. Como el cristo y la lanza ¿vio? Lo pincharon cuando estuvo a punto ─dijo Vinchuca entre risas. Carlos ya no disimulaba demasiado la incomodidad. Hasta el viejo podía ver que estaba a punto de salir corriendo y puso un tono más conciliador.

─Era chiste hombre, no se lo tome a mal...hagamos algo. Le termino de contar del fundador y nos vamos a comer, que seguro ya lo agarramos al Potro bien entonado. Ya lo ando viendo ansioso. Si quiere despué lo acompaño al pueblo. Hay un barcito yendo pa´rriba ¿vio?...ahí seguro lo encontramos a su amigo. Todo el que no conoce le termina preguntando a la Herminia, y de paso, se toma una copita ya que está...usté me entiende.

La sensación de que todo acabaría pronto lo tranquilizó un poco. La imagen de Atilio tomando en un barcito de mala muerte era algo que le había tocado vivir, no sería nuevo. Las nubes de tormenta seguían arremolinándose sobre el pueblo sin que caiga una mísera gota. El viejo acomodó por enésima vez la pava en el fogón y volvió a lo suyo.

─Llegaron de noche con la tormenta pisándole los talones ¿vio? la tormenta y una partida del ejército. El teniente ese no lo dejaba de perseguir. Le había vuelto a encontrar el rastro el muy ladino. Se enfrentaron en el borde al amanecer. Verá usté que esta hondonada tiene un solo costado amable, el resto es bastante empinado. El sargento era un tipo vivo, vivo ¿vio? sabía que como eran un puñado, el teniente iba a querer cargar sobre ellos...atropellarlos a bayoneta calada nomá. Todo se trató de donde acomodarse pa´ esperarlos...Y claro, los vieron entregados y arremetieron. Cargaron al grito pelao todos enceguecidos y chocaron contra los desertores, que eran meros uniformes sostenidos con palos. Los habían engañado. El pobre teniente cayó primero, por estar a caballo ¿vió? terminó en el fondo del pozo con la espalda rota. Mezclado con los restos de la indiada. Le dije que el sargento era un tipo despierto...Usté me entiende.

Carlos ya había perdido la cuenta de las cosas que debía entender. Esas de las que encima no tenía la más mínima idea. Decidió hacer alguna pregunta para ir hacia lo importante.

─Y este Ordoñez...¿tenía entre sus filas a algún Rojas, o alguien de quién descienda el Potro?

─Todos eran Rojas.

Carlos se mostró incrédulo. No tenía sentido. La historia era inverosímil por momentos. Cosa común en los relatos que solían recogerse en el campo, pero si la historia se desmadraba demasiado como venía pasando no se la publicaría nadie. El viejo le dio un buen sorbo al mate.

─No me mire así. Fue idea del sargento. Se le ocurrió cuando bajaron a la cueva al otro día de la matanza, la bruja se arrastraba sobre sus tripas echándole maldiciones al tipo. Había uno de la tropa que entendía un poco de la lengua de ellos y le dijo que le gritaba algo de las manos rojas...todos tenían las manos manchadas de sangre ¿vio? El sargento le sonrió a la machi, mientras la atravesaba con su sable. Ese que le había robado al teniente muerto de cólera. Sentía que se la había ganado y le gustaba el reconocimiento─ dijo el viejo riéndose de la situación como hacía con esas cosas que a cualquiera le daría asco, repulsión o lo que fuera, todo menos risa.

─Cuando volvieron el sargento decidió que se cambiarían el nombre...todos. Había que empezar de nuevo. Eran desertores y si los agarraban los iban a fusilar. Y se le ocurrió que todos tenían que tener un nombre que les recordara su hazaña. Por eso fueron Rojas desde ese día. Como hermanos, primos o lo que sea de una misma familia. La otra cosa fue bautizar al pueblo con algo parecido. No le pusieron Manos Rojas porque se le había ocurrido a esa india mugrienta nomás ¿vio? Pozo del Llanto era algo más lógico. De hecho el teniente que lo perseguía y su partida lloraron un par de días antes de morir. Era algo que el pozo tenía.

La cara de Carlos ya era de absoluta desconfianza. O incredulidad. Cosa que el viejo percibió claramente.

─Yo se que usté no me cree nada don. Hay cosas que es mejor olvidar piensa la gente bien, los cajetillas, pero no saben como se hace un país. Hay que tener bolas pa´ hacer lo que hay que hacer. Parece que ya se olvidó como se llaman algunos lugares de acá. A ver usté que sabe tanto...¿como se llama el pueblo más grande de Buenos Aires eh? ─dijo elevando el tono.

Carlos rebuscó en la memoria y supuso que se refería al partido de La Matanza. No conocía demasiado de la historia o por qué le habían puesto así, pero no imaginaba nada bueno.

─No era mi intención ofenderlo señor. Le agradezco su hospitalidad. De hecho me sirvió mucho lo que me contó. Si lo llama al Potro le hago un par de preguntas y lo dejo liberado ¿le parece?

─El que se enoja pierde maestro. No pasa nada. — dijo con una media sonrisa — Creo que ya podemos ir pal´fondo. Seguro que ya debe estar entonado el Potro. 


Apenas salieron, la extraña claridad del cielo lo cegó por un momento. El clima era bastante extraño en aquel olvidado paraje. Lo que más le llamó la atención era que había más gente de la que pensaba. Parecía que todo el pueblo se había reunido allí. De hecho de la niebla del patio emergían constantemente rostros nuevos. Aquello se parecía mucho a un evento social. Aparecían por todos lados como si aquel lugar no tuviera muro ni alambrado que lo separara del resto. Había gente en el medio del parque alrededor de lo que seguramente era el asador que no debía ser más que una parrilla en el suelo ya que no se divisaba ningún tipo de edificación cerca. El potro parecía reírse animadamente cerca de los asadores. Tenía en la mano una media botella plástica con una bebida oscura.

─¿Qué le dije? ─señaló el viejo con una sonrisa pícara. ─Ya está punto caramelo ¿vio?

─¿Y él es de juntarse mucho acá? Parecía un tipo distante cuando apareció ─se animó a preguntar Carlos ya pensando en como entrevistarlo.

─Es uno más acá. No es agrandado si me pregunta. No se aguantó estar lejos de su pueblo ¿vio? Un día largó todo y se volvió, no pudo más. Y eso que acá no siempre se la pasa bien. Usté me entiende. La cosa acá pasa por las privaciones que a veces uno pasa. ─le dijo el viejo mientras le daba un mate. ─Pero así fue siempre. Acá no se puede sembrar nada. Es mala la tierra, malísima, si ni el pasto crece. Es difícil criar animales también. Pero el sargento lo sabía. Él le enseño a los otros a sobrevivir. Aprender a aprovechar todo. Fíjese la bombilla del mate. ─le señaló el viejo mirándolo fijamente.

Carlos la miró detenidamente. Al principio le pareció de madera. Luego vio un poco más de cerca y se le revolvió el estómago. Era de hueso.

─Tranquilo ─dijo el viejo entre risas. ─No es de indio...no duran tanto.

Se hizo un silencio a su alrededor. Cuando levantó la vista todos los ojos estaban fijos en él. El mate cayó de sus manos casi sin resistencia. Sintió nauseas y avanzó a los tumbos hasta la parrilla. No quería escuchar más nada de lo que le decían. Decidió que necesitaba ver, y vio.

Aunque era piezas sueltas, en lo que parecía ser un enrejado de grandes dimensiones, pudo distinguir las piernas y brazos de alguien, un torso y finalmente una cabeza. Notó la calva, el contorno y pudo reconocer las facciones de Atilio a pesar de estar casi cocida. Las piernas se le aflojaron. Vio que a uno de los muslos le faltaba un pedazo importante de carne y recordó que más temprano le habían servido carne a él. No pudo evitar vomitar.

─No se me ponga así hombre. ─le dijo el viejo mientras le palmeaba la espalda . ─A veces no queda de otra ¿vio? Ya le dije que el sargento Ordoñez era un hombre hecho y derecho. Tenía que alimentar a su tropa y lo único que sobraban acá eran enemigos...hoy se come teniente ordenó y nadie chistó...¿Qué más se podía hacer? usté me entiende.

Pero Carlos ya no entendía nada ni escuchaba mucho de lo que le decía el viejo. Empezó a llorar profusamente mientras un par de fuertes brazos lo ponían de rodillas. Todos lo miraban indolentes. Ninguno parecía mostrar emoción alguna por la escena aunque él suplicara con los ojos llenos de lágrimas un poco de piedad. Buscó ayuda en algún rostro, pero no había. Sintió el entrechocar del metal típico de cuando se afila una cuchilla, mientras alguien ponía un balde de veinte litros delante de él. Estaba manchado de rojo, como las manos que lo habían puesto. Unos anteojos de marco grueso descansaban en el fondo entre los restos sanguinolentos. Negó con la cabeza ante lo obsceno de la escena. Algo le decía que nada de esto podía estar pasando, que todo era un mal sueño y se despertaría en el auto, pero Vinchuca lo volvió a meter en la pesadilla con sus dichos y sus gestos.
Se paró frente a él y lo miró con una mueca de desaprobación, mientras le pasaba por el rostro las manos más frías y ásperas que pudieran tenerse.

─Compóngase un poco hombre. Si lo viera el sargento lo colgaría de las tripas como escarmiento. Ese si que era un hombre. No se le conoció ni una duda ni una lágrima. Y no erraba con el pensamiento tampoco, fíjese que le puso bien el nombre a este lugar...todos lloran al final, todos. Le dije que era algo que el pozo tenía ¿vio? ...usté me entiende.







 












 
 
 










  




Las alas de la verguenza





No pudo saberlo hasta que lo vio sentado en su sala. ¿Cómo intuir que algo así podía pasar?
Había llegado como todos los días, cansado, cargando bolsos, bolsas, su mochila y algún ocasional comic que solía comprar cuando venía desde el norte de la ciudad. Hacía bastante que había renunciado a la idea de publicar los suyos. Ahora simplemente guionaba trabajos ajenos de dudosa calidad. La última novela gráfica en la que trabajaba de alguna manera vería la luz ese verano. Era increíble que eso se fuera a publicar. “La invasión de los mutantes del espacio” 
Había tratado de mejorar la historia pero el editor no tenía ganas de que la cosa tuviera un poco de sentido. Los mutantes eran de otro planeta. Fue difícil explicar que solo puede mutar una forma conocida. En todo caso serían alienígenas pero la editora manejaba datos de que eran populares las series de mutantes pero no podían ser terráqueos por la similitud con otras obras recientes. Mutantes del espacio sería en claro homenaje o robo, a las series B de los 60´s. Podía haber objetado también esa parte pero desistió en el intento.
Su saga estaba muerta hace mucho. Había publicado tres tomos completos. La historia de Darciel, el angel renegado, que había elegido volverse humano por una mujer. No había gran novedad en la premisa hasta que el tipo se pasaba de bando y pactaba con el diablo para lograr su propósito. Eso la hizo interesante. Pelear junto a los demonios contra sus antiguos compañeros. Enfrentarse a Dios y gritarle sus verdades. Era todo un tópico. Así fue que después de varios comics había decidido sacar una novela gráfica para explicar un poco todo ese mundo de entidades espirituales. Luego la situación del país cambió y su editora quebró, llevándose muchos de sus dividendos. Darciel podía haber adquirido poderes angélicos y demoníacos pero nunca podría ganarle a la situación del país. 
En un arrebato de furia decidió darle un final a la saga. Nunca había podido publicarlo. No importaba que hubiera ganado dos premios y hubiera sido la revelación unos años atrás. Ahora guionaba artistas mediocres, post adolecentes que pasaban al papel las poses que reproducían a diario. Además de las deudas claro. Las malditas deudas.
A veces tenía ganas de romper aquel final. Quemarlo. Siempre optaba por esperar un poco. Quizás algún editor recordara la saga. Tenía un final y algún curriculum como para generar expectativa. Además había que reconocer que era demasiado bueno. Tan trágico y movilizante. Quizás lo mejor que había escrito, así que volvía a guardarlo. 

No cumpliste con tu parte. ─dijo el que estaba sentado en las sombras.

Vos fuiste el que no cumplió. ─respondió el escritor sin siquiera soltar las cosas que traía en la mano. 

Intentó aparentar naturalidad aunque hacía mucho que no lo veía. De hecho casi lo había olvidado. Tendría que haberle pagado antes pensó. Pero de verdad creyó que simplemente se había ido. 
Dejó las cosas en la mesita del pasillo y se dispuso a encender las luces.

Dejalas apagadas. Ya te dije que no me gusta que me vean la cara.

Prendo la de la cocina. Todavía no veo en la oscuridad. 

No esperó respuesta y encendió una tenue luz. La cocina era apenas un pasillo con mesada angosta y cocina antigua rematada en el fondo con una heladera pequeña. Todo era pequeño en aquel lugar, pero era todo lo que podía costearse. 

Mirá como vivo. ¿Te parece que cumpliste? 

Creo que tendrías que revisar los términos de nuestro arreglo. Estás así porque no continuaste con lo nuestro.

Yo creo que no tenías la influencia que dijiste tener. ¿No eras el "hombre" preferido de tu jefe? ─dijo haciendo comillas en el aire con los dedos.

Olvidó que no debía provocarlo. También olvidó lo alto que era. En un instante lo tuvo respirando frente a él. Eran solo centímetros. Su aliento, tan cálido y fétido, le hizo recordar que estaba indefenso ante él. Se había encorvado para quedar cara a cara con él. Agradeció la sugerencia de permanecer a oscuras. También su propia astucia de mantenerse al amparo de la luz de la cocina. Se estableció una frontera en toda regla. Ahora había que negociar esa precaria seguridad, que el visitante estaba dispuesto a romper. 

Me disculpo. ─Dijo bajando la mirada. No se había dado cuenta pero inconscientemente había levantado las manos como si lo estuvieran asaltando. Quizás esa era la cuestión, aunque creyera que manejaba la situación.

Tan rápido como se paró, la visita volvió a sentarse. 

¿Puedo sentarme al menos? ─preguntó el escritor.

Es tu casa.

Hizo una mueca como si en realidad eso estuviera en duda y pudo sentir como la visita se revolvía en el sillón de la sala. Tenía que dejar de provocarlo. Era algo que debía tatuarse alguna vez, preferiblemente en la frente para leerlo cada mañana frente al espejo. Tendría que ponerlo al revés o no lo entendería si estaba demasiado dormido, pero no dejaba de ser una excelente idea. Quizás le iría mejor en la vida. 
Estiró el brazo y arrastró una silla hasta el débil haz de luz que venía de la cocina. Tenía una vaga idea del porqué de la visita pero estuvo callado mientras el intruso permanecía en silencio. Esperaba que él dijera algo. Cuando el visitante calmó lo suficiente la respiración tomó la palabra.

Traelo ante mí.

Al principio el escritor no se movió. Se hizo el desentendido. Hizo un gesto como de incredulidad, o duda pero la visita no estaba para juegos.

Quemaré este lugar hasta los cimientos si me vuelves a provocar.

Fue hasta un mueble de la sala. Estaba envuelto en una bolsa de plástico. Lo había escrito en su computadora en cinco noches consecutivas. A veces ebrio, a veces drogado, pero siempre inspirado. Apenas durmió esos días. Sintió un hambre extraña por escribir y devoró hojas en blanco todo el tiempo que su cuerpo resistió. Luego durmió lo que pareció ser una semana. Perdió una excelente oportunidad laboral de participar en un stand de la comicon donde expondría sus obras completas, cortesía de un colega que no congregaba más que un puñado de aficionados. A él en redes sociales lo seguía un pequeño ejército de fans que no dejaba de reclamar la conclusión de su saga. 
Lanzó el manuscrito a las sombras, frente a la visita. El sonido sordó al chocar el piso daba cuentas de su importante volumen.

¿Cómo pudiste? 

Vivo de esto.

Se hizo otro silencio. 

Debo recordarte nuestro trato según veo...

Entiendo la naturaleza del asunto. ─ se apuró a aclarar, sin lograr que su interlocutor detenga la sentencia. 

...porque solo había una condición ineludible. 

Quizás este asunto necesite una renegociación. Porque necesito algunas mejoras sensibles en la calidad del intercambio.

Nunca ofrezco algo por nada. Debo obtener algo a cambio. Y no me interesa nada de lo que tengas. De hecho no tienes nada más que ofrecerme. Estás acabado.

Lo publicaré si es necesario. ─Dijo, reaccionando precipitadamente. ─Voy a salir de esta situación como sea. Si eso no es bueno para mí, está bien...correré el riesgo. Tampoco creo que sea agradable para tí. 

Sería realmente novedoso en esta relación que intentaras amenazarme. ─Dijo el visitante poniendo un tono inquietante en sus palabras. 

¿Acaso no ves que realmente podía hacerlo solo? ahí está, levantalo...leelo. 

Yo te di la historia. El desarrollo. Los personajes. Te subí a la bicicleta ¿y ahora me dices que inventaste el pedaleo?

Nunca te necesité realmente.

Y eso me lo dices después de que te di una carrera. Resulta que ahora eres independiente. ─Señaló con ironía  ─Cuéntame como te ha ido sin mí, te invito.

Se suponía que todo se iría contigo cuando obtuvieras lo que querías de mí. Ya se como funciona. Ahora...

Acabas de decirme que no me necesitaste nunca. ¿Qué podría haberme llevado entonces? Obtuviste mucho más que varios que trataron conmigo.

Pero resulta que ahora puedo quitarte algo como tú lo has hecho. De hecho puedo quitártelo todo.

¿Y si esta noche murieras y me llevara tu manuscrito? ¿has pensado en eso?

¿Si eso fuera realmente cierto, por qué sigo respirando? 

Quizás solo estaba esperando el momento...

El silencio volvió a escena. La partida estaba en tablas ahora. No había razón para su existencia pero el visitante se tomaba el tiempo de mantener conversación con un triste escritor. Algún valor debía haber allí. Algo que el dueño de casa no podía deducir de la visita pero que hacía que volviera, como en otras épocas en que se sentaba en su sala por largas horas a contarle como había sido todo. Casi podía ver los sucesos en su cabeza.

¿Recuerdas cuando empezamos esto? ─preguntó el escritor tratando de recuperar alguna simpatía.

La visita se tomaba su tiempo para responder, así que tuvo que improvisar.

Nunca te ofrecí nada para beber, pero esta es una noche donde necesito un trago. No se si sea adecuado ofrecerte.

Podría beberme tu alma ─dijo con algo de gracia en el tono ─ pero en realidad no tenemos ese tipo de necesidades. Toma todo lo que quieras. No me disgusta ver a los hombres influenciados por el licor. Se vuelven más osados, más transparentes, de hecho hubiera jurado que tu ya estabas bebido después de amenazarme.

Quizás no tenga nada más que perder ¿No reconoces a un hombre desesperado?

Te conozco a tí. Y veo que es tu estado natural.

¿Qué harías en mi lugar?

No lo sé, pero intentaría no volver mi situación peor de lo que está.

Esto no puede estar peor. Tú lo sabes, y yo lo se.

He visto hombres sacrificarlo todo por una mentira. Por una vana esperanza. Por un minuto de vida. Por ver sus libros en una lista de mejores vendidos.

¿Te burlas de mí?

Tanto como tú te burlas del que me ofrece todo por ver a sus hijos pequeños superar una operación o un mal diagnóstico. O recuperar un amor. O salvarse ellos mismos de morir.

Esto no va a ninguna parte. ─Concluyó el escritor.

Se miraron casi sin verse. Uno en la penumbra era un contorno borroso arrellanado en el sillón de la sala. El otro sentado en el pasillo amparado por el haz mortecino de claridad que le daba la cocina.

...Todavía recuerdo el cielo poblarse de luces y refucilos. De rayos furiosos provocados por las espadas de fuego...─ recitó el escritor. ─Lo escribí tal cual me lo dijiste.

Lo se. Leí tu obra. Creí que lo contarías distinto.

Era imposible de mejorar. La batalla del cielo. Había que estar allí para describir aquello. Y yo no estuve invitado.

Peleamos por culpa de ustedes. El viejo preparaba el escenario. Y ya se había conseguido un villano.

Tu nuevo jefe supongo.

Pudo ser cualquiera de los que peleaba allí arriba. Todos teníamos nuestras diferencias con la jefatura. Siempre supimos que todo aquello era un gran teatro. Una tragedia a la que le faltaba otro acto.

Si me hubieras señalado eso lo habría puesto. Siempre me pareció que peleaste por convicción, pero que te faltaba conflicto.

─¿Que me faltaba conflicto? creo que no estás escuchando tus afirmaciones.

─Eras como alguien perfecto al que una mujer trastocó.

─Esa fue la imagen que me diste. Me reí de ello realmente. Supe que no habías entendido nada. ─comentó la visita con aire despectivo.

─No fuiste tan abierto con esa parte. Solo me hablaste de ella. De como te habló. Su inocencia. Su hechizo llegaste a decir.

─Estaba condenada. Demasiada carga. El viejo estaba orgulloso de su plan y no iba a escuchar sus ruegos, pero nosotros estuvimos viéndolo todo.

─Pero sabías que si bajabas y te mostrabas a ella habría consecuencias. ─Afirmó el escritor.

─Era mi trabajo. Tenía que estar allí, con los dolientes. Y estuve.

─Sabías que no sería omitido. De hecho quedó escrito. Supongo que la parte que no me cuentas es que fuiste castigado.

─No exactamente. Se cambiaron algunas partes. Me suplantaron.  Y si, fui citado ante el trono.

─¿Eso era como un tribunal?

─Ni siquiera, el viejo era juez, verdugo y damnificado.

El escritor perdió un poco el miedo. Notaba menos tensión en el tono del visitante. Algo parecido a la emoción parecía querer aflorar.

─¿Crees que hubiera sido distinto el desenlace?

─Por supuesto. Venía con varias legiones a salvarlo, pero el viejo lo tenía todo planeado. Estaba a algunas leguas cuando me puso a Miguel en el camino. Chocamos sobre el monte Carmelo. Todos sintieron el terremoto que causó el enfrentamiento. Pero ya era tarde.

─Hay algo que no entiendo. Estaba escrito que tenía que morir. ¿Acaso no estaríamos condenados si eso no pasaba?

─Estaba escrito que sacrificaría a su hijo por la humanidad, no el mío. ─dijo con dolor el visitante.

La cara del escritor fue de absoluta sorpresa. Eso era toda una revelación para él. El visitante nunca le había confesado que María y él hubieran intimado. Lo había entendido como algo platónico, casi irreal. De hecho no sabía si eso era posible. ¿Era posible?

─¿Tu hijo?

El visitante calló. Parecía arrepentido de haber hablado. El escritor supo que había encontrado una veta y sería un pecado no explotarla. La cuestión era hasta donde podía presionar.

─¿Que validez tendría un sacrificio si no sigue lo establecido? ─tanteó.

─La pregunta es quién lo establece. El que hizo la ley se preocupó por no estar sujeto a ella. Podía hacer lo que quisiera.

El escritor se quedó pensando. Tenía su lógica. Hasta ahora había lidiado con la idea del agente disconforme. La distorsión de la versión oficial. Pero ahora empezaban a transitar por terrenos personales. El conflicto que la historia reclamaba. Es que no podía dejar de pensar la historia en forma de saga aunque la realidad decía que el drama era algo más que un hecho literario.

─Tú solo piensas en tu estúpido libro de dibujos, pero esto es mucho más grande ─se quejó la visita.

─Estos estúpidos dibujos son los que permitirán contar tu historia. Esto mucho más grande de lo que piensas ─retrucó el escritor.

─Demasiada insolencia para alguien en tu posición. ─se escuchó decir en las sombras con un tono que volvía a ser amenazante.

─Creí que la insolencia era la marca de tu clan. ¿O acaso me buscaste por ser políticamente correcto?

─Fue el olor de tu desesperación ─cerró diciendo el visitante que se puso de pie y se dirigió a la ventana.

El escritor se puso de pie intentando evitar que se fuera.

─Espera. Si te vas esto quedará inconcluso. Dame algo con lo que corregir mi manuscrito. O dime como contactarte, no tengo ganas de tener que andar invocando al...

─No lo nombres. No lo quiero aquí, pavoneándose como siempre. ─Advirtió la visita.

─No deberías hablar así de tu jefe.

Ni siquiera pudo adivinar el movimiento. Salió de las sombras. Una mano o garra, lo que fuera, lo tomó del cuello y por primera vez el rostro de la visita salió tenuemente de la oscuridad. Estaba desmejorado. Parecía enfermo. Pálido en extremo. Con ojos que parecían no tener pupilas, como si fueran de un tono oscuro y uniforme.

─Yo no tengo jefe. ─gruñó guturalmente.

El escritor hubiera querido responder, pero la mano no dejaba de apretar al punto de quitarle por completo el aliento. Después de unos instantes, que parecieron eternos, la mano cedió y el escritor cayó de bruces intentando respirar aunque su esfuerzo solo produjo una tos lastimosa.

─¿Insistes en provocarme mortal?

Aún en el suelo el escritor levantó una mano en señal de rendición sin poder alzar la mirada. Todavía se tomaba la garganta después de la fuerza formidable que había sufrido. Parecía ser el fin de la contienda. No había espacio para otro round. Al menos eso pensaba el escritor. Con la poca voz de la que disponía intentó razonar con la visita que otra vez estaba ante la ventana.

─Tienes que ayudarme a entender. Tu historia no tiene sentido si no me detallas algunas cosas.

─Lo que tienes que entender primero, es por qué estás en el suelo. ─Dijo y se oyó el estruendo de la ventana estallando en pedazos.

La cortina desapareció en la noche y la luz de la luna lo bañó cuando desplegó un par de alas membranosas. El escritor recordó cuando lo conoció en su juventud. La imagen era tan distinta. Esas alas estaban pobladas de plumas blancas de increíble brillo. La rosadez de su piel y la pureza de sus ojos cafés casi lo enamoraron. Era tan bello. Pero quizás fuera un ardid en definitiva. Quizás siempre había sido de esta forma.
El visitante le dedicó una última mirada. El escritor, ciego quizás en su ambición literaria buscaba algo que deducir de todo aquello. Pudo leer que en el visitante había un rastro de vergüenza por mostrarse de esa forma. El ser dio un ágil salto en el que pareció ascender y se perdió en la noche. Notó que llevaba el manuscrito con él. Eso dejó al escritor tranquilo.
Sabía que volvería.
Quizás fuera con malos modos pero después de tratar con editores déspotas ¿Qué se podía temer de un ángel caído?
Sonrió por un momento, aunque debería estar temblando. Quizás había ido demasiado lejos esta vez,
porque ese caballero del cielo, en vez de llevarse la conclusión de su saga se había llevado el original de una muy mala novela que escribió en su adolescencia.
Apenas se había servido el segundo trago cuando otra vez algo aterrizó en su sala con su par de alas negras y una mirada de odio. Apuró el trago para lo que venía, porque entendió que se había equivocado un rato antes. En realidad, estaba listo para otro round.