viernes, 29 de mayo de 2020

El trofeo




─¿Lo tenés? ─preguntó el más jóven con ansiedad.

El mayor no se inmutó. Estaba controlando la respiración y bajando el ritmo cardíaco. Acariciaba el gatillo con el dedo indice suavemente hasta que lo posó sobre el apéndice de metal. Con apenas una brisa lateral no había posibilidad de que los oliera o llegara a percibirlos. Igualmente estaban bien camuflados. Habían acechado el claro del bosque toda la mañana.
El macho. Un buen ejemplar, adulto y bastante vigoroso, se mantenía al borde de la vegetación. Había un pequeño arroyo corriendo que lo tentaba, seguro tenía sed porque no se movía de ahí. Finalmente la necesidad pudo más que el temor y se acercó. Varias veces levantó la cabeza observando hacia los árboles. Empezó a presionar el gatillo lentamente jugando con la resistencia del engranaje cuando vio una segunda forma que también se asomaba.

─Está con la hembra. ─susurró el tirador y el más jóven aprestó lentamente su rifle respondiendo a la invitación.

─Tiramos en orden. Voy primero─dijo el mayor, conciente de que necesitaban asegurar la pieza principal. Era la más valiosa. Pagarían un buen dinero por ella.

El resto fue volver al jugueteo previo con el gatillo hasta sentir que estaba neutro como para hacer el disparo. El cazador más jóven estaba en posición y ya empezaba a respirar distinto. No podía dilatar más el momento. Apuntó a la cabeza y disparó. Una segundo disparo sonó a su lado pero la hembra se giró asustada por la primer detonación y corrió hacia el bosque. Lo lógico hubiera sido ir por el cuerpo para inmovilizarla pero el más jóven pecó de ambicioso buscando un tiro limpio y perdió su chance. La vieron perderse por el follaje no sin antes echar una última mirada al macho que cayó inerte.

─Bueno, vamos a identificarlo. No pasa nada. Hay varios ejemplares por acá. Ya vas a tener tu chance. ─Consoló al más chico que tenía la decepción pintada en el rostro.

Bajaron del puesto de caza y se acercaron con los rifles preparados por si acaso pero el claro estaba limpio. Se pusieron guantes y mascarillas y giraron el cuerpo. El más joven sacó su celular y escaneó la muñeca del hombre. El tatuaje estaba intacto, perfectamente visible. El código QR se tradujo en la pantalla casi al instante.

Paciente 312954 / covid-19 positivo / asintomático. 

─Es un tres doce...y tiene la familia cerca. ─dijo el menor con una sonrisa que le iluminaba el rostro.

─Te dije que ibas a tener tu chance hijo. ─Dijo el padre con una sonrisa y le palmeó el hombro, luego observó el cielo despejado y calculó. Había buenas horas de luz todavía. Era lógico intentarlo. La madriguera tenía que estar cerca.

─Vamos ─dijo confiado, tomando sus cosas, y se fueron siguiendo el rastro de la hembra. 


alternativo el ultimo anillo

Un estampido a la distancia los sacó a todos del letargo. Picó cerca del sargento que puso rodilla en tierra y sacó los binoculares mientras insultaba.

─Tirador a las 9... 300 metros. —Gritó el tirador designado mientras se descolgaba el fusil de largo.

Allí nomás el grupo de tiro se echó al suelo y el que había gritado montó el bípode de su rifle. Quitó despacio el obturador de la mira y ajustó las lecturas mientras buscaba su blanco. Un segundo estampido mostró el fogonazo y estuvo condenado desde ese momento. Uno de los cazadores sufrió el impacto en su muslo y cayó. Se tomó la pierna y empezó a gemir. La sangre le brotaba abundante entre los dedos. Un soldado abrió su mochila y le pasó vendajes para que se comprimiera la herida pero se puso pálido enseguida.
El miedo le había transformado la cara.
Miguel esperaba el disparo del soldado pero este se tomaba su tiempo. Todos estaban en el suelo apartándose del muerto con la sensación de que eran blanco fácil.

─Si lo tiene dispare ─ordenó el sargento.

El sonido del rifle hizo eco en la planicie.

─Vector caído, tres más en cercanía y a cubierto.

Márquez le hizo señas al resto de los soldados y empezaron a avanzar separados por algunos metros unos de otros. El resto se quedó besando el polvo sin saber que hacer.  Miguel vio que Héctor se había movido a una especie de zanja a 20 metros, separándose del grupo y decidió imitarlo. Encontró una pequeña hondonada y se cubrió allí. Héctor sonreía oteando el horizonte con unos binoculares pequeños. Miguel tuvo que usar la mira para poder entender. Enfocó con los seis aumentos. Ocultos tras un puesto camuflado el sargento hablaba por radio al parecer. No habían encontrado más que a otros soldados esperándolos y charlaban entre ellos tratando de no ser vistos.


Miguel estaba confundido. Las ideas se mezclaban en su cabeza. Nada bueno estaba pasando pero tocaba disimularlo. El sargento había vuelto y daba órdenes para transportar al herido. No tuvo dificultad en hallar dos voluntarios entre los cazadores. El miedo reinaba en ellos.
Había sido un movimiento tan rápido como descuidado, pero finalmente efectivo para quitarse a la mitad de ellos de encima.

Miguel se quedó callado. 

Sintió una mano en el hombro. El armero lo miraba con gesto serio. Cruzó un dedo por los labios mientras negaba con la cabeza.

─Callado pibe...acá somos carne de cañón. Ellos nos desprecian. Somos civiles, es decir, nada para ellos. Pero ese que se va a ahí ─le dijo señalando al herido que era llevado entre dos de vuelta hacia el puesto. Ese vale oro para ellos, mañana sale en los diarios y en la televisión. Le dan un poco de guita y cuenta lo que ellos le digan. Así mantienen los puestos, por la amenaza armada.

─¿Los asis no atacan entonces?

─¿Con qué?...si no tienen ni para comer. Por eso quieren volver. Si las guerras se venden, quiere decir que se fabrican Miguel ¿no te parece? son un negocio más.

¿Y todo lo que vimos en el camino?

─Ya lo vas a entender, quedate tranquilo.





lunes, 25 de mayo de 2020

El último anillo (en produccion)




Cuando vió la polvareda que levantaba el vehículo apagó el cigarrillo. No tanto por miedo a la multa sino para que no le pidieran los demás. Costaban mucho y en esa zona directamente no se conseguían.
La camioneta era azul, una Ford desvencijada con caja abierta, llena de hombres que se cubrían del frío como podían con sus ponchos y frazadas.

─¿Morales? ─preguntó el que conducía. El que parecía mandar venía en el asiento del acompañante. Estaba mejor vestido y traía anteojos negros aunque recién estaba amaneciendo.
Asintió con la cabeza esperando la venia para subierse atrás.

─¿Trajo lo suyo?

Tenía un envoltorio hecho con bolsas de basura negras. Dejó asomar el cañon de su Remington 700 y lo volvió a cubrir. Había vendido casi todo lo que tenía para comprarlo. Su calidad le aseguraba un lugar en la camioneta. Esa es la cuenta que había hecho.

─Juguete para grandes ─dijo el conductor con una media sonrisa mientras le echaba una mirada al acompañante que dijo que si con la cabeza y perdió interés en el asunto.

─Subí.

El camino era tortuoso. No iba a cambiar demasiado en esos últimos kilómetros. El último anillo era terreno arrasado y era propiedad del ejército desde siempre. Territorio militar. Ley militar.
Según ellos, para poder detectar las incursiones y actuar. Era donde se podía palpar realmente que había habido una guerra. Vehículos calcinados, cráteres y destrucción por doquier. Los sanos decían haber ganado esa extraña guerra pero era algo incomprobable.
Lo cierto es que los asis habían escapado definitivamente de los anillos. Los asintomáticos. La amenaza principal, más algunos antivacunas, los rebeldes por las dudas. Los traidores. De todo un poco. Claro que la gravedad de la pandemia los volvió las personas más odiadas desde que el COVID-19 se estabilizó algunos años después como la mutación definitiva y los convirtió en vectores. Esos que no se podían enfermar ni curar, simplemente llevando la muerte a otros de por vida.
No soportaron la vida en los ghettos, esos que les construyeron, donde fueron destinados a vivir. Si es que podía decirse que fuera eso. Obligados a residir allí y sobrevivir produciendo para cubrir sus necesidades tenían una existencia miserable. Los controlaba el ejército hasta que un día ya no fue así. Se produjo el inevitable levantamiento, la excusa que todos esperaban, asis y milicos. Se había armado el clásico de barrio y no tardaron en terminar enfrentados. Unos buscaban escapar de los campos y otros acabar con la amenaza definitivamente. Eso habían reproducido los medios hasta el cansancio.
Claro que todo eso se supo por los informes del ejército argentino. Se habló de sublevación masiva. De actos de terrorismo y todas esas cosas que hacen que los anillos seguros le dieran todo el poder a las armas para que contuvieran la situación. Sólo se sabía que algunos habían migrado hace tiempo fuera de los círculos de contención. Fugaron hacia la nada para morir en el yermo. Se volvían un recuerdo cuando se enfriaban las noticias, pero los infectados siempre volvían a aparecer así que la amenaza seguía ahí, y con cada caso positivo el ejército ganaba mayor influencia, aún en los anillos seguros.

─Mucho gusto. ─Le tendió la mano un hombre mayor que lo venía mirando desde que había logrado acomodarse. La otros venían dormidos o simulaban estarlo. El tipo parecía ser más sociable que la mayoría de los que se dedicaba a eso.

─Hector.

─Miguel ─tuvo que contestar casi obligadamente.

─Linda máquina. ─Dijo mirando el rifle mal envuelto. La mirada incómoda del recién llegado se hizo patente.

─No se preocupe. Es por vicio nomás. Antes de la pandemia tenía una armería. Allá por Santa Fé.

Miguel arqueó las cejas mientras miraba el paisaje que no era tal. Campo yermo por doquier. Sin animales, sin árboles, sin nada. Algunas alambradas abandonadas y barracas de madera. Los "habitat" que tanto se habían mostrado en la televisión, pero que no se parecían en nada a la publicidad oficial.

─¿A qué te dedicabas antes?...digo, antes de tener que hacer esto.

─Mecánico.

─¿Autos, motos...que se yo, ¿lanchas? ─volvió a preguntar mientras sacaba un poco de pan y se lo pasaba.

─Casi todo lo que tenga motor, pero en la última época motos más que nada.

Miguel recordó su proyecto de restaurar una moto clásica. Habían sido años de tratar de conseguir las piezas y cuando ya la tenía para pintar el maldito virus se le había adelantado. Al final la malvendió para comprar el rifle. No tenía ganas de conservar nada de antes del problema. Era inútil. La vida había cambiado para siempre.

Desde la cabina de la camioneta se oyeron golpes y un grito de advertencia.

─¡Ya se ve el muro. Todo el mundo despierto!

Hubo algunos resoplidos de fastidio. Los asis no se acercan a los muros. Eso todo el mundo lo sabía. Si las cámaras los detectan enseguida iban las partidas a buscarlos. El ejército gustaba igualmente de montar su circo de operaciones aunque la verdad fue que una milicia improvisada los había sorprendido en el levantamiento. Igualmente la mayoría se desperezó y empezó a comprobar las armas. Seguramente montarían un campamento del otro lado para organizar los grupos.

─¿Cuantas giras hiciste hasta ahora? ─Arremetió Hector, que no se rendía con él.

─Esta es la tercera. ─Mintió. Era la primera vez y esperaba que la única.

─Yo estoy desde el principio. Como también reparo mecanismos y me doy maña en esas cosas enseguida me llamaron.

Miguel decía a todo que sí con la cabeza. No había nada que pudiera hacer para que el tipo se calle así que se resignó. Le parecía raro ver a alguien con canas aventurándose fuera de la protección de los anillos, ya que eran más susceptibles al virus. Lo otro que sonaba extraño era que convoquen a alguien. Técnicamente ellos no estaban ahí y lo que estaban por hacer no pasaba oficialmente. Él había tenido que contactar a mucha gente y lo que había conseguido era un horario y coordenadas satelitales de la que resultó ser una estación de servicio abandonada donde lo levantaron.
El muro era más alto de lo que pensaba. Le hacía acordar a las series sobre la frontera mexicana con sus puestos de vigilancias y sus camionetas moviéndose como perros tras los ilegales. Al final eran un poco eso, el chiste era convencerse de que se estaba haciendo algún tipo de bien. Poco premio para la conciencia.

─Bajen rápido y formen ─dijo el conductor que había adoptado una actitud marcial y saludaba a los del puesto haciendo la venia.

Héctor le hizo señas para que sacara el rifle del precario envoltorio y se lo colgara al hombro. Eso lo libró de la reprimenda que le dieron a otros por tener el rifle guardado cuando pasaron revista.

─Han llegado al puesto de vigilancia Julio Argentino Roca. Acá están en territorio del ejército argentino. Se acabaron las boludeces de civil. Comen, respiran y cagan si les dan la orden ¿entendido?

Hubo algunas voces asintiendo y otras mucho más apagadas.

─¡¿Entendido?! ─tronó la voz del Sargento Márquez.

Las voces se esforzaron por acordar y terminar con aquello rápido. Aún quedaba una larga caminata fuera del muro en compañía de algunos soldados que hacían de guía.

─Preparar el material, salimos a las 0900 horas, sin tardanza, el que no está listo se queda a limpiar letrinas.

Miguel miró el reloj. Quedaban veinte minutos. Tenía la mochila armada y el rifle al hombro asi que se sentó a esperar cerca de los otros. Héctor bromeaba con uno de los soldados y le convidaba un cigarrillo mientras los demás cargaban agua en botellas de plástico. Él tenía una cantimplora llena y le pareció suficiente. El horario llegó cuando el frío empezaba a helar los pies. Todos pegaban saltitos y se arrimaban al enorme portón de camiones que los llevaba al exterior.

─A marcha forzada hasta el puesto de caza 12, cazamos a rececho señores. Si no entienden lo que estoy diciendo están en el lugar equivocado. ─Ladró el sargento y salió a paso firme sin mirar si lo seguían.

Miguel había entendido perfectamente. Había cazado en su juventud con su padre en los campos de Entre Ríos y le habían enseñado bien. A diferencia del acecho ellos entraban al territorio de la presa para perseguirla en vez de esperarla en un punto fijo.
Era un búsqueda específica. Un único trofeo. Una desafío más exigente en cuanto a la caza.
Le habían prometido buena paga por pieza, pero si superaba las diez el valor se duplicaba. Se necesitaba estómago para una así que conseguir varias te convertía en alguien confiable para la próxima convocatoria, aunque él no quisiera volver a ser convocado sino hacer una diferencia. Un asis era dinero y una posibilidad menos de contagio para su mujer y su hija, por ahora seguras en el anillo de la capital. Pero las seguridades costaban. Demasiado.

─¿Listo para vender el alma? ─lo sorprendió Héctor mientras pensaba en la pelea que había tenido con su esposa la semana anterior, esa en la que le había dicho que si iba a la frontera se olvidara de ellas. Pero él no se olvidaba, podía ocuparse de su familia sin tener que recurrir a su suegro. Estaba allí para mostrar que era capaz de mucho más de lo que pensaban.

─Tranquilo. Al principio cuesta pero después te soltás, te acostumbrás. ─Le sonrió malicioso el armero.

Miguel solo lo miró. Parecía haberse dado cuenta de que era un novato allí. Pero la mayoría debía ser como él, mostrando aplomo sin saber si serían capaces de apretar el gatillo. Sólo que él sabía lo que iba a hacer porque era lo que tenía que hacer.


La caminata se hizo en silencio cuando apretó el cansancio. La mayoría de ellos ya no estaban acostumbrados al esfuerzo sostenido. La caza se prohibió cuando el virus arrasó con la fauna. Los animales tuvieron menos oportunidad que las personas. Para Miguel era una de las cosas que menos se extrañarían pero debía prepararse asi que había salido a caminar con la mochila llena de ladrillos todas las noches durante dos meses previendo esto. Había entrenado a escondidas para evitar las peleas conyugales pero su mujer terminó por descubrirlo. De allí a perderlas hubo un paso. Recuperarlas era el siguiente.

El puesto 12 era una especie de bunker de hormigón abandonado en la llanura. No había comodidades o mobiliario. Sólo un techo sobre sus cabezas con olor a humedad, ratas correteando por doquier y oscuro como una cueva aunque estuvieran a un par de horas del mediodía. Apenas habían llegado y ya estaban acomodándose para hacer la primera incursión del día. Tenían el dato de un campamento de asis cerca y el sargento quería estar de vuelta para la noche en el Roca.

─Nosotros lideramos y ustedes acompañan haciendo respaldo. Una vez que los cercamos ustedes hacen su gracia señores. Tengo un hombre que va a documentar las piezas. Marcha forzada a partir de ahora, el que se queda atrás estará por su cuenta...¿entendido?

Se hizo un silencio que podía ser malinterpretado asi que el sargento insistió.

—¿ENTENDIDO!?

—¡Si señor! —exclamó la improvisada tropa.

Un estampido a la distancia los sacó a todos del letargo. Picó cerca del sargento que puso rodilla en tierra y sacó los binoculares mientras insultaba.

─Tirador a las 9... 300 metros. —Gritó el tirador designado mientras se descolgaba el fusil de largo.

Allí nomás el grupo de tiro se echó al suelo y el que había gritado montó el bípode de su rifle. Quitó despacio el obturador de la mira y ajustó las lecturas mientras buscaba su blanco. Un segundo estampido mostró el fogonazo y estuvo condenado desde ese momento. Uno de los cazadores sufrió el impacto en su muslo y cayó. Se tomó la pierna y empezó a gemir. La sangre le brotaba abundante entre los dedos. Un soldado abrió su mochila y le pasó vendajes para que se comprimiera la herida pero se puso pálido enseguida.
El miedo le había transformado la cara.
Miguel esperaba el disparo del soldado pero este se tomaba su tiempo. Todos estaban en el suelo apartándose del muerto con la sensación de que eran blanco fácil.

─Si lo tiene dispare ─ordenó el sargento.

El sonido del rifle hizo eco en la planicie.

─Vector caído, tres más en cercanía y a cubierto.

Márquez le hizo señas al resto de los soldados y empezaron a avanzar separados por algunos metros unos de otros. El resto se quedó besando el polvo sin saber que hacer. Así pasaron interminables minutos de cara al suelo, a merced del viento. Miguel vio que Héctor se había movido a una especie de zanja a 20 metros, separándose del grupo y decidió imitarlo. Encontró una pequeña hondonada y se cubrió allí. Héctor sonreía oteando el horizonte con unos binoculares pequeños. Miguel tuvo que usar la mira para poder entender. Enfocó con los seis aumentos. Ocultos tras un puesto camuflado el sargento hablaba por radio al parecer. No habían encontrado más que a otros soldados esperándolos y charlaban entre ellos tratando de no ser vistos.

Miguel estaba confundido. Las ideas se mezclaban en su cabeza. Nada bueno estaba pasando pero tocaba disimularlo. El sargento había vuelto y daba órdenes para transportar al herido. No tuvo dificultad en hallar dos voluntarios entre los cazadores. El miedo reinaba en ellos.
Había sido un movimiento tan rápido como descuidado, pero finalmente efectivo para quitarse a la mitad de ellos de encima.

Miguel se quedó callado. 

Sintió una mano en el hombro. El armero lo miraba con gesto serio. Cruzó un dedo por los labios mientras negaba con la cabeza.

─Callado pibe...acá somos carne de cañón. Ellos nos desprecian. Somos civiles, es decir, nada para ellos. Pero ese que se va a ahí ─le dijo señalando al herido que era llevado entre dos de vuelta hacia el puesto. Ese vale oro para ellos, mañana sale en los diarios y en la televisión. Le dan un poco de guita y cuenta lo que ellos le digan. Así mantienen los puestos, por la amenaza armada.

─¿Los asis no atacan entonces?

─¿Con qué?...si no tienen ni para comer. Por eso quieren volver. Si las guerras se venden, quiere decir que se fabrican Miguel ¿no te parece? son un negocio más.

¿Y todo lo que vimos en el camino?

─Ya lo vas a entender, quedate tranquilo.

Se giró y vió que eran varios los que volvían con los heridos. A nadie le gustaba ser tiroteado. Eso cambiaba las cosas. La sensación de la guita fácil se desvanecía. Del trabajo sucio pero fácil se pasaba a esa situación de peligro que no todos sobrellevaban bien. Pero Miguel no podía volver con las manos vacías. Aún si lo hubieran herido estaba decidido a quedarse. Hubiera buscado alguna manera de continuar. Al menos eso quería creer de sí mismo. 

─Paciencia pibe. Hay que separar la paja del trigo. ─dijo Héctor con un gesto de extraña satisfacción. ─Ahora empieza la verdadera caza.






 


                                                                                                                                                                      

                                    
  




Ana de los cuervos




Ana no tiene amigos, al menos no humanos.
Las cosas con su especie nunca habían resultado fáciles, pero siempre tuvo afectos de otra clase. Seres que le correspondían el cariño. Por eso ama a los animales por sobre todas las cosas. Eran la clase de amistad que retribuye el amor que se le brinda, aunque invadir su casa cada vez que podían era el más común de los gestos. Aquel lugar se había convertido en una especie de santuario. Un refugio para Ana y los suyos.
No alcanzaban los retos de su madre ni los límites que pretendía imponer. Ella siempre estaba en compañía de alguno. Nunca faltaba algún perro o gato rescatado de la calle, alguna vez hasta una tortuga, pero de todos ellos había una especie que predominaba. Los cuervos. Esos eran sus preferidos. Desde ese día que llegó el primero a la ventana de su habitación en el primer piso. Era un ave un tanto extraña para ella. Enorme, negro azabache y sin un ojo. La miró desde el marco mientras ella lloraba, como todas las tardes, y le graznó. Otra vez la habían maltratado en el colegio. Era una etapa complicada de su vida con su carácter retraído, sus pocas palabras y su pelo negro llovido ocultándole la cara.

─¿Qué querés? ─fue toda la pregunta que hizo pero el cuervo solo ladeó la cabeza. ─¿Qué querés? ─insistió ella.

Volvió a graznar y su cabeza apuntó al plato que estaba sobre la cómoda. No había tocado el sandwich que le había hecho su madre. Ella lo tomó fastidiada por la interrupción. Quería llorar tranquila como siempre así que le mostró el plato. El cuervo se agitó ansioso pero desconfiado. Ella se lo acercó desafiante y lo aleccionó.

─Si te digo ¿qué querés? me tenes que contestar...ahora por ejemplo, ¿querés comer no?

Ella cortó un trozo y se lo lanzó al marco. El pájaro engulló rápido y le lanzó un graznido que ella interpretó de agradecimiento y repitió su lección.

─Si te digo ¿qué querés? ¿vos me tenés que decir?...

...─ ¿Querés?... ¿Querés?

Ana se sorprendió. No tenía mucha idea de que los cuervos hablaran. Ni que aprendieran tan rápido.

─Hola señor cuervo. Te puedo decir Ojito si querés

─ ¿Querés? ─repitió él.

Le dió el resto del sandwich maravillada de las habilidades de su nuevo amigo que ya satisfecho graznó por última vez y abandonó la ventana. Ella se asomó para ver hacia donde volaba pero ya no pudo encontrarlo en el paisaje. Lo esperó por un rato apoyada en el marco con una sensación de alivio que crecía moderadamente. Ya se había olvidado por qué lloraba gracias a Ojito.
Tuvo que cerrar la ventana con pena cuando anocheció. El frío de agosto no perdonaba su endeble salud. Después de una cena donde mostró buen apetito le costó conciliar el sueño. Las tristezas del día se avivaban a la noche a medida que se acercaba el momento de volver a la escuela. Hubiera preferido ir a trabajar. De hecho se lo había planteado a su madre pero era una discusión difícil de ganar si se tienen 13 años.
Unos golpecitos en la ventana se mezclaron con su modorra. Podría jurar que escuchó una voz hablándole un segundo antes de despertar. Algo flameaba en el exterior con la brisa nocturna. Estaba precariamente fijado al marco de madera. Era un pañuelo de seda blanco. Delicadamente bordado. Hasta parecía nuevo.
Ojito parecía haberse ocupado de sus lágrimas. Al menos es lo que ella quiso pensar mientras leía información sobre cuervos en su celular hasta quedarse dormida.
El resto de la semana llevó ese pañuelo blanco a todas partes, prolijamente anudado a su muñeca, para sentirse acompañada. Por la tarde se ocupó de alimentar a los callejeritos del barrio. Les puso agua y gastó buena parte de sus ahorros en comprarles alimento balanceado. Todo el dinero que conseguía de su madre, o de las tortas que ocasionalmente horneaba a pedido, se invertía en alimentar a los perros y gatos que vagaban por el barrio. Y claro, después estaban los cuervos.
Comandados por Ojito se dejaban ver bastante por la zona. Nunca se sabía de dónde venían los cuervos, solo que una vez que vienen, ahí se quedan. Resultaron ser una bandada numerosa que generaba antipatías en el barrio. La gente llamaba a zoonosis para que enviaran a alguien que controle la invasión reciente. Hasta hubo conflictos con los gatos que visitaban a Ana. No estaban dispuestos a compartir territorio. Pero los cuervos dominaban las alturas parados uno al lado del otro en los cables del tendido eléctrico. Una larga linea de negro plumaje se extendía por toda la cuadra. Era gracioso ver a su cuervo preferido gritarles desde alturas razonables a los felinos.

─¿Querés?...¿Querés?

Ana dejó el llanto por las tardes y se concentró en enseñarle algunas gracias a Ojito. Pero no era como adiestrar un perro. Parecía pensar mientras miraba a su amiga esforzarse porque la entienda. Ojito prestaba atención un rato y luego empezaba a graznar con desgano desanimando a su amiga. Pero había rutinas que se mantenían. La merienda la tomaban juntos. Hasta la madre de Ana sabía que el menú era doble. Afuera la bandada esperaba paciente las semillas y frutos secos que ella colgaba de la ventana. Pero adentro Ojito se daba la vida de un rey. Comía lo mismo que Ana mientras escuchaban música y ella hacía los trabajos de la escuela. Él siempre traía regalos para la ocasión. Botones dorados, monedas, algún juguete infantil.

─No podés andar robando cosas Ojito, te van a enjaular. ─Decía ella con tono severo, pero su amigo ladeaba la cabeza para poder verla con su ojo sano y le contestaba siempre.

─¿Querés? ¿Querés?

Así pasaron el invierno juntos. A medida que que pasaban los peores fríos la relación con su amigo ganaba en calidez. No les supuso mayores novedades la primavera aunque siempre había espacio para las lágrimas por la tarde, solo que trataba de no llorar frente a su amigo alado. Él la miraba a veces sin decir su frase pero había noches en las que le dejaba algún presente sin esperar comida. Ana aprendió a darle significado a los regalos. Se convirtió en una especie de lucha entre su depresión adolescente y un formidable oponente vestido de negro. Y su amigo muchas veces ganaba la batalla.
Sobre todo esas tardes donde ella estaba tirada en la cama sin ánimos para comer y sentía el alimento llegar a su boca. Ojito se paraba en la almohada con sus pedacitos de sanguche y la alimentaba. Ella no lo rechazaba. Le parecía tierno de su parte que la cuidara así aunque nunca dejara que lo acaricie. Eso también le gustaba. Él mantenía su distancia aunque su figura se volviera gigante por momentos. Pero también estaban los días malos cuando ella estaba por demás irritable y lo echaba de la ventana cuando le molestaban sus graznidos. Él le lanzaba un molesto

─¿Querés? ─y se iba a los cables de electricidad. 

Hubo una vez en que se fue por días. No se vió a ningún cuervo en el vecindario. Ella pensó que la había abandonado y lo lloró acodada en la ventana, pero volvió un atardecer cubierto de sangre y con algunas plumas menos. Ella lo llamó y Ojito voló a su marco. Esa noche le limpió las heridas y durmió dentro. Toda una novedad. Tenía hasta el pelo de alguien enredado en las plumas pero ella no hizo preguntas. Se había vuelto más grande todavía y ya ni los gatos lo molestaban. A ella le gustaba la impunidad de su amigo, quizás porque ella anhelaba lo mismo.

Y luego conoció a Facundo. Su otro cuervo.

Transferido desde otro colegio por problemas de conducta. Llegaba para el último trimestre con una mala actitud y  ropas negras. Enseguida entró en fricción con el grupito que la hostigaba. El grupo Pastel como ella les decía, con su ropa de moda en tonos claros, sus peinados y sus poses de revista. Su mamá no la dejaba vestirse de negro pero era fácilmente reconocible como oscura y no tardaron en trabar relación. La música de Pixies hizo su trabajo ya que ambos eran fanáticos. Ella sentía que por primera vez tenía una razón para ir a la escuela. Una que no fuera la insistencia de su madre.
Ojito fue el que no vio con buen ojo el asunto. De hecho no coincidían nunca en la misma habitación. La madre de Ana también fue reticente a que Facundo la visite pero era la primera vez que su hija tenía un amigo desde la pérdida de su padre. Se vio obligada a ceder solo por sus ruegos aunque tenía suficientes reservas con la relación. Era un muchacho apuesto de ojos verdes y malos modos. El permiso era bastante condicional y se lo hizo saber al invitado en cada oportunidad que tuvo pero él solo se reía.
Ojito muchas veces miraba todo el asunto desde los cables de electricidad. Un poco porque era reticente a nuevos rostros y otro poco porque ella no abría la ventana algunas tardes aunque él se posara en el marco. Estaba con ese humano y a Ojito ningún humano le parecía bueno. Solo su amiga, pero porque era parte de la bandada.
Fue para su cumpleaños de Ana que Facundo apareció de la nada en la casa con una remera personalizada de Pixies y una torta. La madre vio sus esfuerzos desvanecerse. Había luchado toda la mañana para hacerle algo similar pero sus habilidades en repostería eran escasas. Dejó que suba las escaleras y la sorprenda. Y de hecho fue toda una sorpresa, porque Ojito estaba comiendo con ella y no vio la visita más que como una intrusión. Sus amplias alas negras se abrieron mientras él entraba a la habitación y se hizo presente el habitual

─¿Querés?

Facundo no tenía idea de que pudieran ser tan grandes, ni que hablaran así.

─Qué te importa. ─contestó divertido pero Ojito voló al marco y se quedó mirando.

Ana vio la torta y la remera, traídas por su nuevo amigo, y no pudo evitar que su cara se iluminara, olvidando todo lo demás. Ojito entendió su paso a segundo plano, lanzó un graznido de protesta y emprendió el vuelo. Esa noche el cuervo dejó una remera negra en el marco de la ventana pero cayó al suelo por la mañana sin que nadie la recogiera.
Ana olvidó todo su dolor en esos días. Estaba absorta en esos ojos verdes que parecían mirarla con desdén. Pero este nuevo cuervo que al principio trajo presentes luego usó su largo y curvado pico para robarle su primer beso y con suficiente insistencia, su inocencia, apenas pudo tenerlos a distancia.
Y una vez que se alimentó de su alma emprendió el vuelo lejos de su víctima. Y Ana se desesperó. Lo buscó esperando alguna explicación y lo encontró rodeado del grupo Pastel que ahora parecían sentarle bien. Sus hermosos ojos verdes la miraron impasivos mientras ella no podía contener las lágrimas. Este otro cuervo se pasearía de la mano de nuevas presas muy pronto dejándola con un sentimiento de vacío infinito. El abismo que apenas había evitado cuando murió su padre la había engullido con una facilidad brutal en un puñado de días. Su madre la abrazó cuanto pudo y Ojito trajo más cosas brillantes que nunca, pero una mañana su mamá la encontró en el baño.

La sangre ya se había escapado de sus venas.

Ojito oyó el grito de su madre y los llantos que siguieron luego y no abandonó la casa ese día. Se quedó en el marco mientras los humanos dentro estaba reunidos y callados. Mucha gente extraña entró y salió pero no pudo ver a Ana hasta que la subieron a la ambulancia y se la llevaron. Estaba con la cara cubierta, pero él sabía reconocerla. Afuera todo ese día la bandada se reunió. Los perros no ladraron, los gatos no se atrevieron a asomarse. Solo se escucharon los graznidos, potentes y lastimeros con los que la lloraron sus hermanos. Volaron sobre la casa en círculos negros como la noche hasta que volvieron a traerla. Ojito quería entrar a jugar con su amiga pero sabía que no podía. Estaba distinta, vacía. Se había ido. La sacaron en una caja de madera después de un rato y la subieron a un auto negro para llevarla al cementerio. La bandada siguió la larga fila de autos que subieron lentamente por la calle pero Ojito no estaba con ellos.
El servicio se desarrolló con normalidad mientras un extraño con libro negro hablaba de cosas que los cuervos no entienden demasiado. Pero cuando Ojito volvió los demás se acercaron con él al cajón ante el horror de los presentes que se sintieron amenazados por las aves y tuvieron que apartarse. Todos menos la madre que se quedó junto a su hija. Todavía no la habían bajado y no quería dejarla sola, al menos aquella última vez. Además estaba acostumbrada a los cuervos hace tiempo. Le pareció justo que participaran de la ceremonia, sobre todo el más grande, ese sin un ojo que se posó sobre el cajón, delante de ella. Era el amigo de su hija. Traía un pañuelo blanco en el pico que dejó sobre el féretro mientras le lanzaba un áspero.

─¿Querés?

─Vos sabés lo que quiero. ─contestó su madre con un hilo de voz, entre lágrimas.

─¿Querés? ─contestó el cuervo y torció la cabeza como esperando una respuesta, después se alejó volando mientras la bandada lo seguía.

Ella tomó el pañuelo y contuvo por un momento el aliento, luego lo posó en el nuevamente sobre el ataúd mientras la gente volvía a reunirse en torno a ella.
 La mamá de Ana observó como su hija descendía para siempre y lanzó su puñado de tierra. Una parte, entre los pedazos en los que se había convertido su alma, se sentía extrañamente reconfortada. Aunque nunca se lo contaría a nadie. Se lo guardó en su interior como una confidencia, una especie de tonto consuelo. Solo ella sabría que enterraron esa tarde a su hija con un pañuelo blanco sobre el ataúd. Uno delicadamente bordado, que guardaba en su interior un regalo para el viaje. Un hermoso par de ojos verdes.










 





    

domingo, 24 de mayo de 2020

Variables

Se escucharon pasos cerca de la puerta de entrada. La mujer se puso tensa. La noche era siempre el peor momento. Escondió a su hijo bajo la mesa y tomó al bebé en brazos. No recordaba donde habían quedado las balas de escopeta. Tampoco sabía si tendría el valor de utilizarla. Apagó la luz mientras tomaba un cuchillo y se escondió. Se escuchó a alguien jugar con la cerradura por unos segundos que se volvieron eternos. Lamentó no haber puesto la barra de metal más temprano. Ahora era tarde. De la puerta recién abierta emergió la sombra de un hombre. Se quedó en el umbral como dudando, luego dio un paso y habló.

─Amor...soy yo. ─Sonó en la inconfundible voz de su esposo.

─ ¿Luis?

Él mismo se encargó de encender nuevamente las luces. Se sacó el gorro de lana y la pesada campera. Los guantes, la máscara. Todas las protecciones que pacientemente debía ponerse para salir afuera. Dejó todo en un cesto junto a la puerta y se desplomó en una silla con la mirada sombría. Ingrid tuvo miedo de preguntar pero juntó coraje.

─ ¿Lo conseguiste?

Las miradas se encontraron. Ella llena de expectativa y él demacrado, vencido, pero afirmando con la cabeza.

─ ¿Pero qué pasa? ¿Funciona? ¿Te mordieron? ─disparó mientras ponía al bebé en la cuna. El niño, que no tenía más de 3 años salió de abajo de la mesa y lo miró. Él lo saludó con la mano pero no le permitió acercarse esbozando apenas una sonrisa cansada. Ya estaba enseñado acerca de esperar que su padre terminara de descontaminarse para poder abrazarlo.

Eran demasiadas preguntas pero él se sobrepuso  tratando de mantener la sonrisa para tranquilizarla, mientras le señalaba los juguetes a su hijo para que vaya a jugar. Se tomó un segundo para ver como volvía a los bloques de construcción. Era un pequeño alivio verlo actuar como un niño común. A veces quería creer que todo había vuelto a la normalidad, como si fuera el fin de un juego.

─La tenemos, la puse en el galpón. Yo estoy bien, no me pasó nada.

Ahora era ella la que se desplomaba en la silla, visiblemente aliviada.

─ ¿Pero por qué esa cara? ¿No era la solución?

─Si, ya sé, perdón...es que no fue fácil...nunca lo es.

Ella extendió la mano pero él no dejó que lo toque. Entendió que estaba emocionada. Una lágrima quería brotar quizás en ambos. Por un momento habían olvidado que él tenía que asearse.

─Gracias...

─Todavía no me lo agradezcas.

─Vos sos el ingeniero, si hay alguien que puede hacer que funcione, ese sos vos. Es tu proyecto.

─Hay que hacer muchos cálculos todavía. Lo importante es que nos mantuvimos sanos. ─dijo y le lanzó una mirada interrogativa.

─Tranquilo, estamos bien. ─Dijo ella mientras iba a revisar al bebé. Le acomodó las mantas en la cuna y cubrió su espalda para que no se le vieran las ronchas.

─ ¿Comemos? ─preguntó ella, que ahora disimulaba lágrimas que no eran de emoción. Temblaba.

─Si, me voy a limpiar, ya vengo. ─dijo él con tono cansado mientras iba hacia la puerta.

Ella fue a buscar la cazuela para servir la pasta y cuando volvió lo encontró junto a la cuna. Tenía el bebé en brazos y lo estaba revisando. Se había vuelto a poner los guantes. Ahora las lágrimas empezaron a caer abundantes en los ojos de ambos cuando se miraron.

─ ¿Cuándo? ─preguntó casi sin emoción.

─Hace seis días. No sabía cómo avisarte. No sé cómo pasó...te juro que hice todo lo que me dijiste...tardaste tanto que me estaba volviendo loca ─dijo ella mirándolo con súplica ─Por favor amor...no lo hagas. Busquemos la manera. Ahora tenemos la máquina...tenemos una oportunidad. ─Rogó.

Pero la cara de él lo decía todo. Se giró y le acarició la cabeza al niño que le sonrió mientras seguía apilando sus bloques. Le apartó el cabello y vió que también tenía las ronchas. Después la miró con honda tristeza.

─Dejame acá, dejanos...prefiero quedarme con ellos. ─dijo ella endureciendo la mirada.

─No sabés lo que pedís. No lo viste. Es...es horrible ─dijo tratando de tragar el nudo que tenía en la garganta. No podía explicarle las mutaciones, el dolor antes de morir, si es que morían, porque podía ser peor. Había tomado la mantita y asfixiado al bebé mientras hablaba con ella y luego lo depositó en la cuna con suavidad y ternura. Lo tapó por completo para no ver su rostro.
Ella lanzó un grito cuando advirtió la maniobra y se abalanzó sobre él desenfrenada pero el disparo la frenó en su impulso. Cayó inerte juntó a la cuna. El niño se sobresaltó por el estampido y se puso de pie.

─ ¿Mami?

Una segunda detonación dejó la casa en silencio.

Se volvió a desplomar en la silla dejando el revólver en la mesa. Le hubiera gustado tener a mano esa botella de whisky pero se la había acabado hace rato, algo así como trescientos intentos atrás. Quería creer que no era tan traumático como al principio. Quería creer en tantas cosas pero sabía que hace rato había perdido todo rastro de humanidad. Luego se obligaba a desechar esos pensamientos, no tenía manera de verificar algo así a esta altura. También se obligó a levantarse. Todavía quedaban tentadoras balas en el arma. Seguir adelante era toda la posibilidad que quedaba.
Camino pesadamente al galpón. Estaba oscuro y húmedo como siempre en ese invierno inclemente. Abrió la planilla...bitácora Nº 586…un dato frío y distante,  casi sin sentido.  Anotó algunas conclusiones aparentes. Las variaciones a la medición original. Había sido demasiado trabajo sin recompensa ni haberse acercado a algo parecido a una solución. Esa era su vida, su mundo, trazar variables y esperar que el resultado final coincidiera con los modelos. Disparar a ciegas. Volvió a extrañar la botella de whisky. Ajustó los niveles. Cargó los nuevos parámetros, dejó que la máquina hiciera los cálculos por él y se acostó a dormir.

Se despertó en total oscuridad. No sabía si había dormido un día o una hora. La desorientación cada vez era mayor pero le daba igual. Estaba demasiado agotado para esos detalles. Se asomó afuera para disfrutar el fresco en la cara, se acomodó el revólver en la cintura y salió. Sintió un frío húmedo que le recorrió el cuerpo en una ráfaga. La nieve había caído profusamente. Siempre era agradable caminar por ella. Sólo lo separaban cien metros de la casa pero los recorrió con calma. Todo estaba a oscuras así que metió las llaves despacio esperando no encontrar nada extraño dentro.
La puerta se abrió de par en par. Dudó en entrar por un momento, nunca sabía lo que podía pasar pero era necesario hacerlo.

─Amor...soy yo.

─ ¿Luis?















sábado, 23 de mayo de 2020

El compañero



Llevaba tiempo ese duelo. Cada vez que se cruzaban se miraban intensamente. Los días transcurrian casi sin más sentido que la espera por ese encuentro, siguiendo una enferma rutina. Y lo claro es que íntimamente tenían la certeza de que tarde o temprano iba a suceder. Era cuestión de tiempo.
A veces pasaba a media mañana en la oficina, sobre todo esos días en que Juan llegaba tarde y apurado. Parecía elegir los peores momentos para incomodarlo. Generalmente lo acorralaba en el baño lanzándole sus dardos.

─Buen día perdedor ¿otra vez viniste a perder tiempo acá? ─le dijo mientras se lavaban las manos.

─No me rompas las pelotas.

─Perdón, no quería molestarte. Debes estar muy ocupado buscando donde echarte una siesta, fumarte un puchito ¿no?...

─Flaco, yo no te dí confianza, cerrá la boca o me vas a conocer.

─El miedo ─dijo irónicamente mientras exageraba una mueca de espanto. ─El miedo me embarga.

No solía reaccionar así y trataba de medirse pero ese tipo lo exasperaba realmente. Había decidido mantener la cordura ya que no era lógico provocar a alguien que no parecía estar demasiado en sus cabales. Lo cierto es que los encuentros con su compañero de oficina lo ponían de mal humor. Esos días eran malos y se le hacían eternos. Pero a veces tenía suerte y no se cruzaban por un tiempo. Juan solo se quedaba medio escondido en su escritorio y se sumergía en el trabajo. Y su vida, por breves momentos, resplandecía de normalidad.
Esa semana no volvieron a verse. Pero quedaban secuelas. Esos días el encargado de la oficina era el que lo perseguía.

─González, por favor, mantenga la línea, no puede andar por la oficina con ese aspecto.

Pero a Juan no le importaba. La idea de no cruzarse con su compañero le bastaba para ser medianamente feliz en su jornada.

Sin embargo ese viernes a última hora no aguantó las ganas. Tenía que ir al baño con urgencia así que quebró su regla y se aventuró fuera de su escritorio. Cruzó con creciente expectativa los pasillos que debía recorrer hasta el baño. Era la última hora, del último día de la semana. Tenía que ser demasiada casualidad el encontrarlo pero no podía sacudirse la inquietud. Esa sospecha de que estaría esperándolo, solo por el placer de molestarlo.
Entró al baño apurado sin mirar demasiado y se encerró en un cubículo. Pasó largo rato allí oscilando entre el alivio absoluto y la creciente preocupación de sentirse observado, aunque aquello no fuera posible. Tomó aire, valor, coraje, todo lo que tuviera a la mano para salir de allí y lavarse, solo restaba ir por su abrigo y cerrar la sesión de su computadora. Misión cumplida, sin contratiempos ni sobresaltos hasta que alzó la vista mientras se secaba las manos. Otra vez lo estaba observando. No lo había sentido acercarse. Había una sonrisa malévola en él, de esas que surgen de la insana satisfacción de tender una trampa y hacer caer al incauto.

─¿Creiste que te ibas a escapar? ¿que te la iba a hacer tan fácil? ¿qué pensaste que iba a pasar?

Juan eligió algunas palabras para contestar pero le supieron a poco. Insuficientes. Necesitaba otra respuesta. Una más contundente. Sólo quería ver ese rostro perder toda forma y romperse de un buen golpe así que cerró la mano y lanzó el puñetazo certero. Sin esperar reacción o respuesta. Y lo vió estremecerse mientras toda su fuerza se concentraba en borrar esa estúpida sonrisa. Ni siquiera le importó el dolor que sintió en su mano. Lo valía. Por todos los cielos que lo valía, aunque su puño se destrozara cuando atravesó aquel espejo.

martes, 19 de mayo de 2020

Hojarasca



Cuando moría abril mi vista empezaba a llenarse de sus más favoritos tonos. Los ocres.
Amarronados botones sobre la entrada de mi casa. Hojas, por cientos, se acumulaban formando irregulares montones delatando por fín al otoño.
 Laura siempre se quejaba, pero yo no dejaba que las quite. Tenía prohibido juntarlas. Las necesitaba para caminar, sentirlas, oír como crujían bajo mis pies mientras pasaba sobre ellas, y vaya que lo hacían. Era feliz saliendo de mí casa con cualquier excusa. Amaba la delicada queja de la hojarasca, o cuando la bicicleta surcaba los montones y mejor aún, cuando el auto daba marcha atrás por sobre ellas para ganar la calle. El otoño me seducía con su color y sus ruidos. Sus ocres crujidos.
Nada cambió cuando nació Tomás. Sólo esperaba con ansias que creciera para que saliera en otoño a jugar conmigo y con las hojas, y vaya que lo hizo. Aprendió de pequeño la hermosura de aquel manto. Bastó que se lanzara a caminar para que lo dirigiera hacia ellas. Eran tan amplias las posibilidades de juego y tan confortables cuando por su torpeza tropezaba y caía. Y vaya que lo hacía. Podía caer y caer, pero si estaban ellas estaría seguro. Fue feliz como yo era feliz con él, y nuestras hojas.
Se volvió la estación preferida de los dos. La madre prefería la primavera con sus flores y colores. Sus aromas y demás tonterías, pero ella no sabía nada de todo lo que ofrecía aquel manto ocre que vestía el patio de la entrada. No había nada mejor que nuestras amigas. Nada volvía suave y agradable el andar disfrazando el gris del cemento de furiosos marrones.
Un día de verano Laura se sintió mal. Y me dio miedo. Estábamos lejos de las hojas, distantes del influjo de su época. Pensamos lo peor pero aquel malestar se convirtió en proyecto. Ella me dijo que se completaba su sueño. Tendríamos una niña. Clara.
Nacería en el otoño. Como debía ser. Sería otra amante de las hojas como su hermano y yo. Todo seguía el curso natural de las estaciones y estaba ordenado. Pero Tomás estaba distante, celoso del amor nuevo que vendría a quitarle los momentos de jugar con las hojas y conmigo. Se puso hosco y huraño. Ya no miraba las nubes anticipando los primeros fríos. Ya no preparaba los juegos que nos pondrían a prueba en la entrada de la casa. Ya no imaginaría los montículos de hojas, sus alturas y variedades. Empezó a añorar el calor del insípido verano. A acercarse a los ideales de su madre. Quizás tratando de ganar tiempo, de relegar al que aún no había nacido pero detestaba. Tomás se volvió verano de la amargura. Un verano caluroso de rabietas y húmedo de ojos empañados. No volvimos a jugar a nada en esos meses en los que Clara creció y creció en la panza de su madre. Maduró al ritmo en que los días se acortaban y el sol se ponía tímido como de costumbre. Venían los días del manto ocre y mi corazón se vestía de fiesta, pero el de Tomás se hundía en la desesperación y el miedo. No pudimos convencerlo de que no temiera. Estaba convencido de que su hermana le robaría el otoño. Y eso asusta a cualquiera.
Y una tarde de hojarasca robusta y fresca. Laura me dijo que era tiempo justo cuando las hojas finalmente habían caído por montones. Había que ir a la clínica a dejar que el otoño llegara por completo. Había llegado el momento. Puse en marcha el auto mirando por el retrovisor los montones de hojas. Estaban tan marrones, tan intensas, que brillaban. Había cargado los bolsos y esperaba que Laura saliera para emprender el camino a la nueva forma que había adoptado la familia. Los abuelos estaban adentro para cuidar de Tomás. No había querido despedirse de ellos y se había encerrado en su habitación.
Entonces lo vi. Oculto en un montón, desafiante. Tomás me miraba con ojos humedecidos flotando entre las hojas. Parecía querer bloquearnos el paso allí acechando, mientras su madre se subía al auto concentrada en el trabajoso ritmo de la respiración. Tomás endureció la mirada, como aquellos vaqueros del oeste se plantan en plena calle para batirse a duelo. No había tiempo para pestañeos. Todo se resumía a la dictadura del momento. Y luego lo vi. Amenazante, vil, despreciable. Rojo como el atardecer que los enmarcaba. El encendedor en su mano y la muda amenaza. No había espacio en ese pueblo para todos. No había suficiente otoño. 
Y mi mente pensaba en escenarios dantescos y llamas colosales consumiéndolo todo en un momento. Mi manto, mi precioso manto destruido en un tris. El horror de las cenizas.
 Mi mano en la palanca de cambios quería temblar pero la sostuve. Tomás ya intentaba hacer funcionar el rojo demonio de combustión. Casi se podían adivinar las llamas.
La aceleración final no dejó lugar a las dudas. La reversa y el golpe. La clara oscilación de la cabina y mi mujer preguntando entre soplidos.

─¿Qué fue eso?

─Hojas mi amor, solo hojas.